La gran batalla de E.P. Thompson

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Por Juan Soria

I.

En 1978 el mundo atravesaba tiempos turbulentos: el recrudecimiento de la Guerra Fría, que entraba en sus años finales; la instauración de gobiernos dictatoriales en América Latina; el ascenso de las derechas neoliberales en Inglaterra, con Margaret Thatcher a la cabeza en Inglaterra y, años después, con Ronald Reagan en los Estados Unidos. Los vientos de época mostraban que los sectores dominantes habían logrado articular una ofensiva a nivel mundial para eliminar cualquier atisbo de posibilidad de transformación radical de la sociedad. De forma posterior, la caída de los “socialismos reales” prefigurará una frase que hoy se ha transformado en vox populi en las izquierdas y progresismos, como síntoma y, en algunos casos, como programa político: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. El siglo XXI se construiría sobre las ruinas de las utopías del siglo XX. Se vive en un régimen de historicidad presentista, al decir de Francois Hartog,: el pasado no pasa, el futuro no puede inventarse.

Pero 1978 también es testigo de la publicación de un ensayo de uno de los grandes nombres de la historiografía marxista británica. Estamos hablando de “The poverty of theory” o “Miseria de la teoría” de Edward Palmer Thompson. De esta obra y de su potencia para pensar nuestro pasado pero también nuestro presente es de lo que nos ocuparemos en el siguiente artículo.

II.

Edward Palmer Thompson –o “E.P.” como también es conocido- nació el 3 de febrero de 1924 en Oxford, Inglaterra. Su familia era una familia de clase media imbuida en el metodismo y en los valores liberales y antiimperialistas, que recibía constantemente visitas de figuras como Nehru o Ghandi, lo que moldearía fuertemente la subjetividad de Edward. La gran causa de su juventud, la lucha contra el fascismo, llevaría a que se uniera junto a su hermano Frank al Partido Comunista de Gran Bretaña a finales de la década del 30. El estallido de la Segunda Guerra Mundial llevaría a los hermanos Edward y Frank Thompson a participar en la primera línea de fuego. El hermano mayor caería en combate en el año 1944, mientras que Edward sobrevivió al conflicto y luego de la guerra, participó en las brigadas de reconstrucción en Europa del Este. 

Al fragor del triunfo laborista en Inglaterra, en 1945 contraería matrimonio con su esposa Dorothy Towers, también militante comunista – a quien había conocido en el conflicto- y posteriormente una de las historiadoras más importantes del movimiento cartista. Será a partir de esos años en que tanto Edward como Dorothy pasarán a formar parte del Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña, mejor conocidos como los “marxistas británicos”, junto a historiadores e historiadoras de la talla de Eric Hobsbawm, Rodney Hilton, Cristopher Hill, George Rudé, entre otros y otras. 

En el exhaustivo libro “Los historiadores marxistas británicos”, un trabajo fundamental para comprender el aporte de este grupo de historiadores, Harvey Kaye afirma que a pesar de sus diferencias y problemáticas particulares de trabajo, esta escuela historiográfica representa una tradición teórica que buscó trascender el economicismo y los análisis en clave de la determinación dinámica base económica – superestructura ideológica. A su vez, sus aportes son fundamentales para comprender el origen y la génesis del capitalismo. Sin embargo, Kaye afirma que su principal aporte como colectivo es un “enfoque común”, una teoría de la determinación de clases, a partir de la cual podemos inferir el rol fundamental de la lucha de clases en el desarrollo del proceso histórico. El esfuerzo mancomunado de historiadores marxistas por aportar al debate histórico –pero también en diálogo con diferentes tradiciones historiográficas- se reflejará en la creación de la revista Past and Present en el año 1952, una de las revistas de historiografía más importantes del siglo XX.

El enfoque planteado por estos historiadores, que podemos englobar bajo el nombre de “historia desde abajo” pone el énfasis en la agencia, la resistencia y las experiencias de luchas de las clases bajas a lo largo de la historia. Así, busca recuperar los aportes de aquellas para romper con la idea de que los grupos sociales estaban determinados de forma mecánica por las estructuras. Al contrario de lo que afirmaba la vulgata marxista de la época, era el conflicto social y la acción de los grupos subalternos en este lo que promovía el desarrollo histórico. No solamente buscaban recuperar la historia de las clases populares por un mero afán académico, sino que su rescate podía ayudar a iluminar las luchas del presente. Así, la historia y la lucha política eran, para este grupo, dos caras de una misma moneda.

III.

1956 será un punto de quiebre para el Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña. Ese mismo año se da a conocer el discurso de Kruschev donde se denunciaban los crímenes del stalinismo, a la vez que en noviembre del mismo año las tropas soviéticas invaden Hungría para sofocar una revuelta que bregaba por una mayor democratización del sistema soviético. Frente a esto, el Partido Comunista británico cerró filas ante a las críticas que desde su seno denunciabanla invasión a Hungría y la falta de democracia interna del Partido. En estos planteos, el Grupo de Historiadores jugó un rol fundamental en la disidencia interna. Thompson, junto a John Saville, creará el Reasoner, un periódico pensado para poder desarrollar la autocrítica que no tenía espacio dentro del Partido. Sin embargo, frente a los oídos sordos de la dirigencia y junto a Cristopher Hill, Dorothy Towers y Rodney Hilton –entre otros y otras-, Thompson abandonará el Partido Comunista ese mismo año.  En 1959, de la mano de otros intelectuales marxistas disidentes, nacerá  la New Left Review, revista que hasta la actualidad sigue siendo una de las usinas intelectuales más importantes de la izquierda a nivel mundial.

Ese mismo año Edward Thompson se verá inmerso en el comienzo de la escritura de su obra magnánima, “La formación de la clase obrera en Inglaterra”, que vería la luz en el año 1963. Resultado de un encargo del editor Victor Gollanz, el libro –uno de los más importantes de la historia social del siglo XX- abarca el período entre 1790 y 1830 y cuenta la historia de la génesis de una clase que, en palabras de Thompson, “estuvo presente en su propia formación.” Este libro, que pretendía “rescatar de la enorme condescendencia de la posteridad” a los trabajadores ingleses de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, le valió a Thompson un lugar de enorme influencia en la historiografía y el pensamiento de izquierdas a nivel mundial. 

El éxito del libro iría acompañado de su paso por la Universidad de Warwick, donde trabajó entre 1967 y 1975, así como de un denodado esfuerzo militante junto a otros intelectuales como Raymond Williams y Stuart Hall y su “May day manifesto” de 1968. También abrazaría la causa de la Campaña por el Desarme Nuclear, de la cual se volvería referente indiscutido hasta el final de sus días. Su alejamiento del Partido Comunista también se debió a su ruptura con el marxismo – leninismo, pero no implicó un abandono de sus ideas socialistas y su militancia política, ya que hasta el final de sus días se definió como un “comunista libertario”.

Su militancia política –como el mismo Thompson llegó a afirmar tiempo después- lo alejó de la práctica histórica. Sin embargo, la década de 1970 encontró a Thompson produciendo algunos trabajos de importancia para la historiografía marxista:“Tiempo, disciplina y capitalismo industrial” (1967), “La economía moral de la multitud” (1971), la publicación de “Albion’s fatal tree” junto a una serie de historiadores e historiadoras, “Whigs and hunters” (traducido y editado en español como “Los orígenes de la ley negra”), ambos en el año 1975, son muestras de la enorme capacidad para la generación de textos que marcarían un antes y un después en los estudios históricos. En el obituario escrito luego de la  muerte de Thompson, Eric Hobsbawm afirmaría que tenía “la capacidad de producir algo cualitativamente distinto” a lo que producía el resto del Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña. En el año 1978 verá la luz “Miseria de la teoría”, una virulenta defensa de la historia y del “humanismo socialista” frente al avance del marxismo estructuralista francés de Louis Althusser y sus discípulos británicos. 

IV.

“Miseria de la teoría” es un libro de combate. Es lícito denominarlo así porque el mismo Thompson afirmó que fue escrito en el marco de un avance del althusserianismo en las ciencias sociales y particularmente en la historia, frente a la cual en ese momento el estructuralismo se estaba “concentrando en masa frente a sus fronteras”. Es una brava y valiente defensa de la historia –disciplina a la cual Thompson llega a llamar “la reina” de las Humanidades-, de su método empírico, de su capacidad para producir conocimiento y teoría para la acción política socialista. También es una forma de saldar cuentas contra la ortodoxia de 1956, un ataque contra el “estalinismo” y el “terrorismo teórico” que representaba, para Thompson, el estructuralismo althusseriano. En resumidas cuentas, “Miseria de la teoría” es un escrito donde política e historia dialogan de una forma vibrante, polémica y activa. Las condiciones históricas y de discusión historiográfica de ese debate han cambiado, pero “Miseria de la teoría” y sus aportes siguen siendo útiles para pensar una historiografía y política radicales, desde abajo y que aporten al cambio social. A hacer un balance de estos dedicaremos las próximas líneas.

Si hay una línea rectora que podemos rastrear a partir de la lectura de “Miseria de la teoría” es la que parte de un fuerte espíritu libertario. El libro afirma que hay que comprender al estructuralismo en el contexto histórico de su surgimiento, marcado por la inmovilidad de la Guerra Fría, del enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque socialista en una suerte de dinámica en la cual los dos bloques se retroalimentaban entre sí. Thompson afirma que esta dinámica llegó a instalarse en el bando socialista luego de 1945. Luego de un espíritu socialista que se basaba en el “voluntarismo”, que nutrió a la lucha antifascista – de la que Thompson se reconoce parte y heredero- y donde la fuerza humana era la clave para torcer el rumbo de la historia, sobrevino un espíritu que tiñó de “inmovilidad estructural” al sentido común de las izquierdas. Ya no hay lugar para la voluntad humana: los hombres son “vectores” de las estructuras económicas. El estructuralismo, reflejo ideológico de esta lucha entre estructuras (el bando capitalista y el bloque socialista) se lanza al ataque de la disciplina histórica catalogándola como empirismo, como una suerte de “reflejo ideológico”, un engaño que solamente podrá ser corregido por la acción de la teoría científica construida en los claustros universitarios. Según el análisis de Thompson, la lógica althusseriana crea una conceptualización estructural sin vida, que deja a los sujetos en un rol pasivo, incapaces de actuar. Nace de la misma un “teoricismo ahistórico” que borra la experiencia de los sujetos, los aprisiona. Es “terrorismo intelectual”, estalinismo canonizado en un marco teórico.”Miseria de la teoría” es, entonces una “intervención política” –en palabras de Thompson- que va dirigida a la izquierda.

La obra, escrita con una prosa rabiosa, urgente, casi desesperada, es una defensa de una manera de construir conocimiento histórico y también, de una forma de construir política. Porque para Edward Thompson, como decíamos anteriormente, la historia y la política eran cuestiones inseparables. El conocimiento histórico no surgía de las abstracciones y de los armados teóricos sino del diálogo entre el concepto y los datos empíricos. Los “hechos” registrados en las fuentes no revelan de por sí sus significados y relaciones, sino que surgen de la pericia de quien investiga y de su aparato teórico. La potencia analítica del materialismo histórico radicaba, justamente, en que sus conceptos eran potentes en tanto y en cuanto soportaban el análisis histórico. Pero para que esto suceda los conceptos como “lucha de clases”, “hegemonía”, “clase” debían funcionar más como expectativas, como disparadores de preguntas para abordar los datos que como teoría autonconfirmatoria. El conocimiento histórico tenía su materia prima en la “experiencia”, concepto central del pensamiento thompsoniano, lugar de empalme entre el ser social y la conciencia humana. Esta categoría se presentaba como clave para el trabajo histórico, en tanto es la respuesta “mental y emocional, ya sea de un individuo o de un grupo social, a una pluralidad de acontecimientos relacionados entre sí o a repeticiones del mismo tipo de acontecimiento.” Sin embargo, la misma es válida dentro de determinados “límites” o “presiones” (en este sentido el diálogo con los aportes de Raymond Williams es fundamental para potenciar el pensamiento de Thompson) estructurales: nunca se niegan las “presiones” que ejercen las condiciones materiales, pero las mismas no determinan de forma total la acción humana. Por lo tanto, el método de análisis histórico de las fuentes puede ser entendido en términos benjaminianos como una lectura a “contrapelo” o como plantea Juan Andrade, una “arqueología de la sospecha”. 

Un aporte clave del texto es la definición de la “lógica histórica” planteada por E.P. Thompson: entiende a la misma como un método de análisis adecuado a sus materiales, que es concebido para contrastar hipótesis estructurales y autoconfirmatorias y que consiste –de nuevo- en un diálogo entre concepto y dato. Lo que construye esta lógica es el conocimiento histórico, siempre inacabado, provisional, proteico. El conocimiento histórico cambia a partir de las preguntas realizadas a los objetos o, parafraseando a Cristopher Hill, lo que cambia no es el pasado, sino las preguntas que hacemos desde el presente. 

Y es justamente frente al avance de la teoría y la abstracción como método de conocimiento que Thompson va a afirmar que “la patria” de la teoría marxista es “el objeto real humano en todas sus manifestaciones, pasadas y presentes” el cual no puede ser conocido por la teoría sino solamente por disciplinas y conceptos particulares. Sin embargo, la historia no puede funcionar como una “fábrica de teoría” sino que debe buscar construir conocimiento histórico para poder explicar los procesos sociales. El conocimiento histórico es fundamental  porque “nos ayuda a saber quiénes somos, por qué estamos aquí, qué posibilidades humanas se han desplegado” y también porque nos ayuda a comprender que “todo momento histórico es a la vez resultado de los procesos anteriores e índice que señala la dirección de su decurso futuro”. Más que construirse a partir de citas y referencias teóricas a los padres del materialismo histórico, el mismo debe construir su conocimiento a partir de los “silencios” que existen en esta tradición teórica. Para Thompson, entonces, el materialismo histórico era un quehacer constante, un proceso activo donde el análisis de los hombres y las mujeres reales en su contexto jugaban un rol clave.

Es aquí donde es posible plantear el empalme entre historia y política. Porque “Miseria de la teoría” también aboga por un conocimiento histórico construido a partir de una metodología particular. Durante la investigación, los y las historiadores deben mantener sus “juicios en suspenso” para poder desentrañar la lógica del proceso histórico y poder explicarlo, pero luego es posible y necesario establecer un propio juicio sobre lo analizado. Un juicio que esté, obviamente, bajo determinados parámetros, pero que nos permita identificarnos con determinados valores del pasado, que es lo que hace que la historia nos sea significativa y podamos accionar a partir de ella. Y es por esto que “Miseria de la teoría” es plausible de ser leído en este diálogo entre historia y política. Porque para E.P. Thompson, defender la tradición de los historiadores marxistas británicos era una forma –también- de contrarrestar al estalinismo como praxis política. Una forma política que descarta cualquier tipo de “humanismo” y “moralismo” por ser desviaciones “pequeñoburguesas”, que desautoriza cualquier tipo de análisis histórico por ser “empirista” y que anula cualquier tipo de capacidad de agencia humana, agrupando todo esto bajo la idea de una Teoría como “ciencia”. Al decir de Thompson “el althusserianismo es justamente el estalinismo reducido al paradigma de la teoría.”. 

Y justamente también se nos presenta como posibilidad leer, en parte, el quehacer histórico y político de Thompson como una respuesta al conflicto desatado por 1956 en el movimiento comunista a nivel mundial. En sus propias palabras, fue la política de aquel entonces lo que dirigió los trabajos de la Nueva Izquierda: lo que Thompson llamaría un sentido común de crisis política. Y es –también- frente a la cerrazón ante las críticas de cierto sector de la ortodoxia dominante en los Partidos Comunistas que Thompson va a desarrollar su trabajo. “Miseria de la teoría” es, quizás, la forma más abierta de esa discusión política e histórica. Es sobre el humo de Budapest que Thompson construirá textos clave como “La formación de la clase obrera en Inglaterra”, “La economía moral de la multitud”, “Whigs and Hunters” y, finalmente, “Miseria de la teoría”.

La crítica que Thompson va a plantear al estalinismo en “Miseria de la teoría” es, en sus palabras, una “crítica política muy específica y práctica. Ha tenido que ver con formas y prácticas concretas dentro del movimiento comunista.” Va a atacar, básicamente, la fuerte persecución a la disidencia interna –que en el caso de los historiadores marxistas británicos había acabado con el abandono del Partido-, las lecturas economicistas que reducían todo análisis a la cuestión material. Lo que reprimía la ortodoxia comunista, esa que había triunfado en 1956, era la inhibición de la educación del deseo. Frente a este “espíritu” de 1956 es que Thompson lanzará su ataque frontal, afirmando la imposibilidad de que coexistan pacíficamente al interior del movimiento una tradición de “socialismo democrático y revolucionario” y otra, a la cual pertenecían el estalinismo y su forma ideológica, el althuserianismo, que procedían a la “confiscación de la actividad autónoma del pueblo trabajador (…) y sus medios de autoorganización.” A través de este ensayo, lo que Thompson va a buscar es liberar a las fuerzas creativas de la izquierda, la cual, rompiendo con los corsés ideológicos de la ortodoxia, podría apostar a construir un futuro que también contemple, aparte de la lucha por las condiciones materiales o las determinaciones de la necesidad, una serie de “elecciones de valores”. Al fin y al cabo para Thompson ahí estaba la disyuntiva de la tradición marxista de su época: una elección entre el “idealismo” althusseriano y un socialismo basado en la razón operativa y activa.

V.

El planteo thompsoniano en “Miseria de la teoría” aboga por una práctica político – intelectual que tenga en el centro a las personas en su contexto, abjurando de toda construcción teórica que no tenga asidero ni diálogo con la experiencia individual y colectiva, vivida, sentida y construida por los seres humanos. En este sentido hay una correlación clara entre el espíritu polémico de “Miseria de la teoría” y, por ejemplo, su prefacio a “La formación de la clase obrera en Inglaterra”, en el cual afirma que la clase no es una estructura sino “algo que tiene lugar de hecho en las relaciones humanas”, entrañando así una noción de “relación histórica”, de “proceso fluido”, relación que “debe estar encarnada en gente real y en un contexto real”.

A 43 años de la edición de “Miseria de la teoría” quizás cabría preguntarse por qué es un texto necesario para los tiempos que corren. Las apasionadas discusiones entre el marxismo británico y el althusserianismo ya son parte de la tradición intelectual de las izquierdas del siglo XX; el desarrollo de la “historia desde abajo”, revitalizada y repensada por los Estudios subalternos, la historia cultural y la historiografía de género ha sido amplio y provechoso para las últimas décadas de producción de conocimiento histórico. El mundo de la Guerra Fría llegó a su fin en la década del 90 y el orden mundial se reorganizó bajo la hegemonía norteamericana, hoy disputada y en crisis. Y sin embargo, más allá de procesos políticos más que interesantes y potentes para las izquierdas mundiales, como pueden ser el levantamiento zapatista mexicano, la potencia de la lucha plebeya contra los gobiernos neoliberales y la posterior “década progresista” en América Latina, el surgimiento de fuerzas política como Podemos o los últimos acontecimientos de Chile, vivimos en un mundo donde sigue siendo más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

Decía Marx que la poesía de las revoluciones debía partir de la esperanza en un futuro mejor. Y sin embargo, hoy ese futuro más justo e igualitario parece estar cada vez más lejos, en un mundo donde la desigualdad y la miseria humana crecen sin parar. Frente a esto, las izquierdas y progresismos parecen sumidos en un estado catatónico. La crisis provocada por el Covid – 19, aparte de demostrar la brutal inmoralidad e ineficacia del “libre mercado” para proteger la vida humana también deja de relevo una crisis del sentido histórico de las izquierdas a nivel mundial. La imposibilidad de frenar la producción y reproducción de la vida para salvarla, la mesura y el respeto frente a los designios del gran capital, la imposibilidad de construir un relato, prácticas y políticas de cuidado colectivas, la claudicación frente a las presiones de grupúsculos radicalizados y finalmente, la imposibilidad de un cuestionamiento a las relaciones de producción capitalistas y la lógica mercantil para generar un reparto equitativo que permita a las personas sobrevivir en una situación de una gravedad inédita son la triste cara de la aparente imposibilidad de imaginar una forma de vida no capitalista.

Frente a esto, releer a Thompson nos puede aportar algunas claves para repensar una agenda radical, plebeya y emancipadora. La relectura de “Miseria de la teoría” y de su vasta producción puede ayudarnos a reactivar y potenciar ese deseo de un mundo mejor. Es reapropiarnos y resignificar esa educación del deseo como estrategia política de los marxistas británicos, que consiste en apelar a la formación de una conciencia histórica capaz de “comprender el movimiento y el devenir, para valorar la suma de esfuerzos y sacrificios que ha costado el presente al pasado y que el futuro cuesta al presente, para concebir la actualidad como síntesis del pasado (…) que se proyecta al futuro”, según los planteos de Harvey Kaye. Si el neoliberalismo triunfa a partir de la apropiación del deseo el conocimiento histórico entonces deviene arma de resensibilización colectiva frente al “proyecto histórico de las cosas” y al “sálvese quien pueda”. He ahí nuestra tarea como docentes, como investigadores, como militantes, esas esferas que Thompson entendía debían ser inseparables, sin perder un ápice de rigurosidad disciplinar, honestidad y seriedad en cada una de ellas. Las aulas, las calles, las plazas, los medios de comunicación necesitan más y mejor conocimiento histórico para disputar el sentido de época, el sentido de nuestro pasado y de nuestro presente. Quizás tomar la posta en esa tarea sea el mejor homenaje que se le pueda hacer a vidas y proyectos colectivos que, con errores y aciertos, aportaron a pensar el cambio social.

Y cuando nos enfrentamos a preguntas por nuestras formas de vida, de trabajo, por el cuidado de la casa común, por la posibilidad de vidas sin violencias e igualitarias, cuando la crisis nos obliga a repensar todo, recuperar a Edward Palmer Thompson puede ayudarnos a la construcción de más y mejores movimientos radicales de mayorías, dinámicos y poderosos que pongan en jaque al modo de vida capitalista. Movimientos que, forjados al calor de las luchas desde abajo, callejeras e institucionales, recuperen las experiencias pasadas de lucha, resistencia y cooperación de los sepultados bajo la “enorme condescendencia de la posteridad” a lo largo y ancho del mundo para que las causas pendientes del pasado ayuden a iluminar las estrategias y objetivos de las luchas por el futuro. Cuando la crisis toca a nuestras puertas y atraviesa nuestras vidas, todo está por hacerse.

Bibliografía

  • Andrade, Juan (2016). “E.P. Thompson y la agenda para una historia radical” en Sanz, Babiano y Erice, “E.P. Thompson. Marxismo e historia social”, Madrid, Siglo XXI de España.
  • Fisher, Mark (2019). “Realismo capitalista ¿no hay alternativa?”, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra.
  • Kaye, Harvey (2019). “Los historiadores marxistas británicos”, Buenos Aires: Waldhuter Editores.
  • Thompson, Edward Palmer (2019). “Costumbres en común. Ensayos sobre la cultura popular”, Madrid, Capitán Swing.
  • Thompson, Edward Palmer (2021). “Miseria de la teoría”, Villa María: EDUVIM