¿Quién le teme al socialismo real?

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por Adam Schaff*

¿Son socialistas los países socialistas? La pregunta es intencionalmente paradójica. Se podría responder de forma simple, dejando a un lado toda polémica, que si se trata de países socialistas son evidentemente socialistas y que la pregunta no tiene ningún sentido. Pero la cuestión tiene un sentido diferente: ¿los países llamados socialistas son verdaderamente socialistas? No se trata de una evidencia ni de un pleonasmo, pues la designación que se dan a sí mismos esos países no es necesariamente adecuada. Ciertos países son llamados “socialistas” porque se han auto bautizado como tales aunque la denominación no corresponda a lo que se entiende por “socialismo”. Esta es la tesis de algunos teóricos del socialismo cuya preocupación no es de naturaleza semántica, sino política. De hecho niegan a los países del “socialismo real” un carácter verdaderamente socialista. Su objeción parte de la condena a los regímenes políticos de esos países que cultivan un ideal del socialismo. Los que preconizan este punto de vista son casi exclusivamente representantes o antiguos representantes de las tendencias más diversas de la izquierda (que actualmente padecen “el purgatorio” de la frustración política). Porque, para los outsiders provenientes de distintos grupos de derecha no hay ningún problema: cuanto más deplorable es la práctica del socialismo más confirman su opinión negativa en ese sentido. Para ellos no existe ninguna duda de que esa práctica de los países socialistas representa precisamente al socialismo.

Las formas de la negación del carácter socialista de los llamados países socialistas, han variado según la tendencia política de los críticos. Cronológicamente, el grupo más antiguo es el de los trotskystas. Lo extraño es que defendieran la tesis menos radical: la URSS y los otros países con el mismo “modelo”, son la degeneración burocrática de un estado obrero. Eso afirmaba Trotsky, y hoy lo afirman sus seguidores. Según Ernest Mandel, por ejemplo, se trata de países con una base económica nacionalizada. Los maoístas fueron mucho más severos. Para ellos no se trataba en general de socialismo y de estado obrero, sino de un capitalismo de estado. Son las convicciones de Paul Sweezy y, sobre todo, de Charles Bettelheim. Actualmente, son los partidarios del eurocomunismo los que se pronuncian abiertamente sobre este problema. Manuel Azcárate considera, en el prólogo a mi libro Le mouvement communiste á la croisée des chemins (Viena y París, 1982) que los países del socialismo real no son países socialistas y lo mismo afirma en su libro más reciente, “Crisis del eurocomunismo” (Barcelona, 1982). Adolfo Sánchez Vázquez en su artículo “Ideal socialista y socialismo real” (Nexos, núm. 44, México, 1981) comparte este punto de vista negativo al hablar de estos países como “una formación social específica”.

En las reflexiones que siguen me fundaré principalmente en estas dos últimas posiciones porque se trata de los enunciados más recientes (y porque ambos autores son viejos comunistas y marxistas eruditos), salidos de las críticas de mi posición sobre este tema. Mi objetivo desde luego no es solamente defender mis propias opiniones. Sobre todo, quiero defender una tesis de considerable efecto en la lucha por formas nuevas, más perfectas, del movimiento revolucionario contemporáneo. Rechazar simplemente a los países socialistas, calificándolos como no-socialistas, es quizá una forma de subirse la moral a uno mismo como defensor del socialismo “puro”, pero en ningún caso se ayuda a la causa si se oculta el hecho de que el socialismo puede muy bien ser lo que es hoy realmente y no sólo lo que siga siendo en el dominio de lo ideal.

Cuando uno se propone edificar la realidad futura del socialismo de una manera más próxima a lo ideal que la que se ha hecho, no tiene derecho de practicar la política del avestruz y de ocultar la cabeza en la arena para no ver una realidad deplorable. Por el contrario es preciso mirarla de frente, analizar las causas del mal y esforzarse por tomar medidas profilácticas para prevenir los efectos. Eso es lo único eficaz porque, como trataré de demostrarlo, las pretendidas razones teóricas de mis contradictores no son convincentes. Pero antes de pasar al análisis de fondo, conviene detenerse sobre la motivación psicológica de las opiniones que nos interesan aquí.

Creer y no creer

Presentado de la manera más sucinta, el problema es el siguiente: se trata de un sentimiento de frustración, provocado por la yuxtaposición de los aspectos negativos de la vida en las sociedades socialistas existentes y de la visión ideal que se ha hecho de lo que esas sociedades deberían ser. Para ciertas ortodoxias, estos fenómenos negativos ya no pueden ser ocultados, se han hecho evidentes a todo el mundo por las crisis recurrentes, la crítica reciente en el exterior y en el interior y, sobre todo, por la sacudida del muro de aislamiento que en la época del apogeo estalinista permitió disimular casi totalmente la situación de hecho. El mundo exterior sabe hoy con exactitud cómo vive la gente en las sociedades socialistas, pero los ciudadanos de estas sociedades saben también como vive el mundo no socialista y pueden ver y apreciar mejor sus propios problemas sociales. El descontento y el sentimiento de frustración crecen con la conciencia de la crisis. Después de la caída del mito estalinista en el XX Congreso del PCUS, tras la revelación de los secretos del gulag por Solyenitsin, tras el terremoto de la unidad socialista por el cisma de China y la aparición de las guerras entre países socialistas, tras el estrangulamiento represivo de la resistencia en la República Democrática Alemana, Hungría, Checoslovaquia y Polonia, después de Afganistán y de las oleadas de críticas al “socialismo real” fundadas en argumentos provenientes no de medios hostiles sino de las propias filas comunistas, nada puede frenar la conciencia de los males propios del “socialismo real”. Es comprensible que los esfuerzos de los trogloditas del estalinismo por frenar la ola de descontento, no hagan sino intensificar la resistencia y la crítica. El único medio de obtener resultados no es eludir y silenciar los hechos evidentes, sino separar las causas de estos hechos.

En el estado de crisis aguda que atraviesa actualmente el movimiento comunista internacional (cuyo centro se sitúa en los países del “socialismo real”) se observan fenómenos que testimonian la profundidad de la crisis en la conciencia de quienes todavía hace poco culpaban de eso al marxismo y al comunismo. Algunos rompen con el movimiento comunista, y no sólo en Occidente, donde esto no cuesta nada aparte de un sentimiento de fracaso ideológico y político personal, sino también en los países socialistas, donde esa decisión cuesta caro y exige mucho valor dadas las consecuencias que pueden derivarse. Conviene añadir que, en situaciones particularmente graves, como la que actualmente reina en Polonia, se trata frecuentemente de personas que han pasado toda su vida conciente en ese movimiento y tienen detrás de sí años de prisión y de campos de concentración por sus actividades comunistas, antes de la guerra y durante la ocupación. Otros van más lejos aún y rompen con el marxismo porque lo consideran responsable del “socialismo real”. Volviendo al ejemplo de Polonia, se puede hablar de una catástrofe en este sentido, pero el fenómeno es mucho más vasto. Puede decirse incluso que es mundial y que para despejar el terreno de estos efectos será preciso mucho tiempo y energía.

Finalmente, hay quienes -y este es el centro de nuestras reflexiones- buscan un auxilio moral en la negación del carácter socialista de los países del “socialismo real”. Se trata de marxistas y de comunistas que lejos de renunciar a la ideología que era la suya y al movimiento revolucionario al que pertenecían, aspiran por el contrario a restituirle su pureza y su fuerza. Su razonamiento es el siguiente: la vida de los países del “socialismo real” es contraria al ideal del socialismo y, por este hecho, esos países no son socialistas. Como se trata de deformaciones que en mayor o menor grado están presentes en todo los países que se autonombran socialistas -continúa el argumento- hay que concluir que el socialismo como sistema no ha sido realizado en ninguna parte y conviene ponerle otro nombre al sistema en vigor en estos países así como elaborar una teoría que explique su existencia.

Este punto de vista se ha extendido no sólo entre los teóricos marxistas en Occidente sino incluso dentro de los países socialistas. Vuelvo a mis experiencias polacas, donde he conocido casos verdaderamente patéticos de personas que han pasado más de medio siglo en el movimiento comunista y ha luchado al lado de la Unión Soviética, la que consideraban entonces con entusiasmo como “la patria del proletariado internacional”, y ahora “saben” con seguridad que los países socialistas no son socialistas.

Como me opongo al lujo de esta especie de “confort moral” voy a intentar demostrar que, desde el punto de vista del marxismo, se trata de opiniones, teóricas erróneas y, políticamente hablando, nefastas, porque sin tener en cuenta las intenciones de sus autores producen un efecto desmovilizador en la lucha para la eliminación de las deformaciones en el movimiento revolucionario contemporáneo. Sin embargo, para evitar malentendidos y porque es una discusión con amigos que estimo muchísimo, antes de entrar a ese tema quisiera decir en qué estoy de acuerdo con ellos cuando dicen que la práctica de los países del “socialismo real” no responde al ideal del socialismo.

La abstención de Marx

En lo que respecta al ideal o al modelo del socialismo, el problema no es simple para el pensamiento marxista. Marx no sólo no precisó en ninguna parte un modelo ideal, lo que tampoco le impidió expresar ideas sobre tema en diversas obras sino que no quiso hacerlo deliberadamente, considerándose simplemente un investigador que se esforzaba por prever lo previsible fundándose en la ciencia y dejando el resto a los que vivirían en la sociedad futura. Pero Marx, como todos nosotros desde luego, tenía en el espíritu los grandes trazos de ese modelo que pueden simplificarse en las tesis siguientes: el socialismo debería ser un sistema en el que los individuos vivieran mejor bajo todos los aspectos y más felices que en un sistema capitalista. Es preciso que sea, pues, un sistema capaz de asegurar a los individuos mejores condiciones materiales de vida, más libertad individual formal y real, más democracia, una participación constante en la dirección de los asuntos sociales, una posibilidad mayor de desarrollo universal de la personalidad, el aumento de tiempo libre por la reducción de tiempo de trabajo, la eliminación de toda forma de explotación del hombre por el hombre, etc. Esta es una aproximación constituida en el buen sentido. No tiene necesidad, para justificarse, ni de referencias a la autoridad de los clásicos, ni de especulaciones filosóficas. Si el socialismo no fuera un sistema “mejor” en esos aspectos, un sistema que concediera más a los individuos, si al contrario diera menos para la satisfacción de las diversas necesidades humanas, sería preciso combatirlo y no luchar por su victoria.

Los partidarios del socialismo luchan para asegurar su realización porque están persuadidos de que el socialismo garantizará la realización de sus ideales. Pero cuando se compara la práctica de los países del “socialismo real” con los ideales del socialismo como sistema mejor o “superior” al capitalismo, es preciso confesar que en la mayoría de las cuestiones enumeradas, no ha respondido a las esperanzas. Yo también siento la decepción del sufrimiento y, en ciertos casos, de la aversión. Pienso que las deformaciones de los países del socialismo real constituyen una grave anomalía y que es necesario que el movimiento revolucionario los domine o al menos que cree condiciones para dominarlos si el socialismo quiere conservar perspectivas de victoria y desarrollo en los países altamente desarrollados, los decisivos según Marx. Quisiera decir también a mis interlocutores que, viendo las cosas desde el “exterior”, es decir desconociendo desde el interior la vida de los países de “socialismo real” que critican, omiten en sus reflexiones lo que es más penoso y alejado de los ideales del socialismo: justamente la vida cotidiana con sus desequilibrios incomprensibles para el observador turista, incluso si es miembro de un partido comunista. Comprendo perfectamente el móvil y los motivos, comparto el juicio negativo razonado sobre estos fenómenos pero rechazo enérgicamente las conclusiones. Se trata simplemente de un error lógico en el razonamiento: si la práctica de los países del “socialismo real” provoca nuestra oposición y nuestra critica porque transgrede ciertos ideales fundamentales que el socialismo debería poner en marcha, esto no significa que esos países no sean socialistas, sino simplemente que su sistema, su socialismo, funciona mal. Este mal funcionamiento es fatal y es preciso superarlo, para lo cual resulta indispensable descubrir sus causas. Querer arreglar el problema por la negación del carácter socialista de estos países es recurrir a una solución de una facilidad despreciable. En primer lugar porque conduce a renunciar a la búsqueda de las causas del mal e impide, de esta manera, toda tentativa de superarlo. En segundo lugar, porque la definición de un sistema no se remite a una lista de ideales realizables sólo en el curso de un largo proceso de desarrollo, la definición de un sistema debe fundarse en criterios claros y precisos. Ciñamonos pues a esta cuestión. El problema y la dificultad vienen precisamente de que los países del “socialismo real” son socialistas, aunque a pesar de todo no realicen ciertos ideales fundamentales del socialismo.

La polémica consiste en dilucidar si los países del “socialismo real” son socialistas conforme a la concepción marxista. Porque el término “socialismo” puede funcionar con otras acepciones, en el marco de distintas teorías, por ejemplo del anarquismo, en cuya acepción ciertamente los países del “socialismo real” no pueden ser calificados de socialistas. Pero eso no nos interesa en este contexto puesto que elegimos deliberadamente atenernos a la concepción marxista del socialismo, la cual no da una respuesta clara a la cuestión de saber qué caracteriza a una sociedad socialista. Da, por el contrario, una respuesta precisa en cuanto a lo que caracteriza a la formación económica socialista de la sociedad. Ya he recordado por qué Marx no quiso pronunciarse sobre la futura forma de esta sociedad, y aunque hay anotaciones dispersas de Marx y Engels sobre este tema en varias obras (El manifiesto comunista, La guerra civil en Francia, el AntiDühring, La crítica del programa de Gotha), no se encuentra en ninguna parte un ensayo de presentación sistemática. Más aún, sus anotaciones, hechas en diversas épocas, son a veces contradictorias en cuestiones esenciales como las formas de la propiedad socialista y la substancia de la dictadura del proletariado. Por el contrario, se encuentra en Marx una respuesta clásica y unívoca a la pregunta de qué es el socialismo, en el sentido de la formación económica de la sociedad. En la concepción marxista del materialismo histórico, donde el lazo social entre la base y la superestructura juega un papel fundamental, la formación económica de la sociedad es el eje teórico, determina la división de la historia de la humanidad -después de la comuna primitiva- en cinco formaciones económicas básicas de la sociedad: asiática, antigua, feudal, capitalista y socialista. No se trata de la superestructura y, a fortiori, de “ideales”, ya pueden existir diversas superestructuras en una sola formación económica de la sociedad. De esta manera, obtenemos la primera acepción del término “socialismo”, una acepción más restringida porque se limita únicamente a la base de la sociedad y elimina los problemas de la superestructura. El “socialismo” aquí significa formación económica socialista de la sociedad. A fin de alejar toda duda sobre este tema, voy a citar la fórmula clásica de Marx en su “Contribución a La crítica de la economía política”, pero antes se impone una anotación a propósito de la traducción de este pasaje de la obra de Marx traducción que, al deformar el sentido de su enunciado, ha contribuido a malentendidos en la cuestión que nos interesa.

La herencia de Plejanov

En otras partes he hablado con frecuencia de las fallas en la traducción de la obra de Marx. Me he embarcado una lucha “homérica” para la rectificación de los errores en la traducción de la Sexta tesis sobre Feuerbach sometiendo todas las pruebas necesarias, incluso un texto absolutamente unívoco de Feuerbach mismo que prueba que la traducción en las Tesis de Marx de la expresión menschliches Wesen por “la esencia del hombre” es falsa porque, en realidad se trata del “ser humano”. Estos esfuerzos son ciertamente vanos: error en la traducción rusa, que se monta lejos puesto que fue cometido hace mucho tiempo por Plejanov, ha sido fielmente reanudado en la edición moscovita de las traducciones a otras lenguas, y como su rectificación amenazaría con socavar la oposición stalinista a la antropología filosófica marxista, incluyendo el problema del individuo, se tiende constantemente al error aunque, en este lapso, lo que un principio no era más que equivocación se haya vuelto deliberadamente falso. Desgraciadamente este hecho no está aislado. Lo mismo sucede con la traducción de la expresión ökonomische Gesellschaftsformation, que puede decirse también en alemán ökonomische Formation der Gesellschaft. La única traducción conveniente es: “formación económica de la sociedad”. Sin embargo, se tradujo en ruso, piada después fielmente en las traducciones de texto de Marx en otras lenguas, como: “formación socioeconómica”. Esto no testimonia únicamente una ignorancia lingüística (sería preciso que el texto alemán fuera ökonomisch – gesellschaftliche Formation y no ökonomische Gesellschaft), sino igualmente una ignorancia en cuanto al fondo: se plantea mentalmente el concepto de Marx porque, en lugar de partir de la base de la sociedad, se habla de la sociedad como de un todo, es decir de la base y de la superestructura, modificando de este modo toda la concepción relativa a la formación de la sociedad, la sociedad socialista incluida. He examinado el problema de este error en su fuente y es evidente que sus autores eran conscientes de la diferencia, pero se decidieron por la versión aquí criticada, porque “era mejor así”. Por medio de la traducción en vigor, se ha decidido “mejorar” teóricamente a Marx o, digamos simplemente, falsear su pensamiento. Estas explicaciones me han parecido necesarias para la comprensión de los razonamientos ulteriores que, si partieran de la traducción falseada del texto de Marx serían incomprensibles. 

Marx publicó en 1859, en el marco de sus trabajos sobre “El capital”, una obra llamada “Contribución a la crítica de la economía política”, en cuyo prólogo expuso las grandes líneas clásicas de la teoría del materialismo histórico. Es ahí precisamente donde se encuentra lo que aquí nos interesa, a saber: la teoría de la formación económica de la sociedad. Debido a la importancia del problema para nuestro razonamiento, debo citar pasajes importantes:

“En la producción social de su vida los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a cierto grado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden unas formas de conciencia social determinadas… En cierta fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en conflicto con las condiciones de la producción existentes, o, para emplear lo que no es sino la expresión jurídica, con las condiciones de propiedad en el seno de las cuales han actuado hasta entonces. Si, al principio, estas formas evolutivas eran las fuerzas productivas, se transforman en trabas. Es en este momento cuando se inicia una época de revolución social… Una formación social no desaparece nunca antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que es capaz de contener… A grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y de la sociedad burguesa moderna pueden ser consideradas como épocas progresivas de la formación económica de la sociedad.

Las condiciones de la producción burguesa constituyen la última forma antagónica del proceso de producción social… Con esta formación de la sociedad se acaba, pues, la prehistoria de la sociedad humana”. (Subrayado de A.S.)

Así pues -y esto se desprende totalmente del texto citado- la historia de la humanidad debuta con la formación económica socialista de la sociedad, la quinta según el cálculo. Según este concepto, el socialismo equivale a la formación económica socialista de la sociedad. Lo cual representa la definición más limitada del socialismo, que ya hemos mostrado. Si uno se basa en la teoría marxista de la sociedad, esto es incontestable.

Este concepto implica las siguientes características: primero, se limita al modo de producción cuyas relaciones de propiedad constituyen la expresión jurídica; segundo, la modificación del derecho de propiedad (a quién pertenecen los modos de producción) es determinante para la modificación de la formación económica de la sociedad y su carácter; tercero, los problemas de la superestructura están excluidos de estos razonamientos, independientemente de la constatación de que la modificación de la superestructura, y en particular la que se opera en la conciencia de los hombres, es la consecuencia de la modificación de la base y depende de ella; cuarto, finalmente Marx justifica la limitación de su análisis de los problemas de la base por el hecho de que (este pasaje ha sido omitido en nuestra cita) la modificación de la base, contrariamente a la de la superestructura, puede ser constatada con rigor científico, como en las ciencias naturales:

“Cuando se consideran tales alteraciones (de la base y de la superestructura) es preciso distinguir entre el desorden material que se opera en las condiciones económicas de la producción -que se puede constatar con un rigor propio de las ciencias naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en pocas palabras las formas ideológicas donde los hombres toman conciencia de este conflicto y se esfuerzan por resolverlo”. (Subrayado de A.S.) 

A la luz de estas consideraciones, no habría duda de que, para Marx, el socialismo es ante todo “la formación económica socialista de la sociedad” caracterizada por los derechos de propiedad que imperan en ella. En la vida social todo el resto es secundario, un derivado con relación a este cambio fundamental. Marx comprendía que la sociedad y su vida no se limitaban a la base, que existían igualmente diversos elementos de la superestructura en la sociedad socialista.

La cuestión del Estado

Esto nos conduce a la segunda acepción, más amplia, del término “socialismo”. Pero no sin razón Marx concedía cierta importancia a la acepción más limitada, concerniente no sólo a las cuestiones fundamentales para la vida social, sino también como él lo dice, a lo “que se puede constatar con un rigor propio de las ciencias naturales”. Conclusión: los países que han abolido la propiedad privada de los medios de producción han cambiado, efectivamente, la formación económica de la sociedad -en la acepción más restringida del término- de los países socialistas. Esto se refiere evidentemente a los países del llamado “socialismo real” y, en estas condiciones, negarle su carácter socialista -en la acepción dada del término “socialismo”- carecería de fundamentos. En todo caso, a la luz del marxismo. Persiste la posibilidad de rechazar el marxismo como base de discusión, pero entonces el problema, ya lo he dicho antes, deja de interesarme como tema de la discusión que perseguimos. Evidentemente, se puede madurar una definición del socialismo según la cual los países del “socialismo real” no son de ningún modo socialistas. Pero lo que nos interesa aquí es la definición marxista, y se confirma que, según ella, son socialistas, al menos en la acepción más restringida del término “socialismo”.

Se podría oponer a esta opinión un argumento que conviene examinar: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, que determina el cambio de formación económica de la sociedad capitalista, significa la socialización de estos medios de producción y es la que decide el cambio de las relaciones de producción citadas por Marx. Ahora bien – dicen algunos de los que niegan la calificación de socialistas-, los países del “socialismo real” no han socializado los medios de producción, los han estatizado, reemplazando al propietario privado por el Estado. Es necesario hablar no del socialismo, sino del capitalismo de Estado donde la burocracia ha tomado el lugar de la clase capitalista.

Volveremos a esta cuestión cuando abordemos la definición más amplia del socialismo. Limitemonos por el momento a la socialización-estatización, presente constantemente en las discusiones sobre nuestro tema. Esta oposición no es nueva, pero su genealogía no es marxista; está ligada a los nombres de Simmel y Max Weber en la sociología alemana de fines del XIX y de comienzos del XX. Para Marx y Engels el debilitamiento del Estado en el socialismo recaía únicamente en las instituciones políticas y en el aparato del poder, en el gobierno de los ciudadanos, pero no sobre la gestión de las cosas. Confundir la actitud del marxismo y del anarquismo hacia el Estado constituye un grave malentendido teórico. La estatización es una forma de socialización y no algo contradictorio. Así, en el Manifiesto Comunista, donde se habla de socialismo como de una “asociación de libres productores”, se dice al mismo tiempo:

“El proletariado se servirá de su supremacía política para arrebatar, poco a poco, todo el capital a la burguesía, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir del proletariado organizado en clase dominante”. (Subrayado de A.S.)

Engels escribe más tarde en el Anti-Dühring: “El proletariado se apoderará del poder y hará en seguida de los medios de producción una propiedad del Estado”. En este pasaje Engels formula la tesis clásica sobre el debilitamiento del Estado, y luego explica la significación de este enunciado: “La dominación de los hombres será sustituida por la dominación de las cosas y la dirección del proceso de producción”.

Así pues, en el marco de la teoría marxista el argumento mencionado es insostenible, y las tesis concernientes a la significación más restringida del término “socialismo” y aquella según la cual, en esta acepción, los países del “socialismo real” son socialistas, permanece como válida. En efecto, los adversarios de esta tesis van a objetar inmediatamente: ¿es posible concebir el socialismo sin considerar la superestructura, y en particular la superestructura política? Respondo: por supuesto que no. Y esto nos lleva a la segunda acepción, más amplia del término “socialismo”. Ya lo hemos visto anteriormente: Marx y Engels eran absolutamente conscientes del hecho de que la vida de una sociedad socialista no podía reducirse al modo socialista producción (al problema de la formación económica de la sociedad), sino que comprendía ante todo diversos elementos de la superestructura política.

Es imposible cambiar la formación económica de la sociedad en el espíritu del socialismo, sin la toma del poder político por el proletariado, en tanto que clase dominante y sin que sea abolida la dominación de la burguesía, que significa – según Marx y Engels- el cambio del carácter del Estado, burgués en proletario. Le suceden otras estructuras, entre ellas estructura ideológica.

Realidad del socialismo y socialismo real

Los clásicos del marxismo eran perfectamente conscientes, y se han expresado en diversas obras sobre lo que podría llamar el “ideal del socialismo” Sin embargo, no han hecho una exposición sistemática de la imagen que tenían de una sociedad ideal (los socialistas utópicos no se privaron ello), no sólo porque no querían contravenir las normas y los límites de la previsión científica, sino sobre todo porque si querían atenerse a esas normas esos límites, no estaban en disposición de hacerlo: la forma concreta de la superestructura, contrariamente a la forma de la base, depende en efecto de una cantidad determinada de variables (historia, cultura, carácter social de los hombres, estructura de clase de la sociedad, carácter y formas de la lucha de clases, consenso social a propósito los cambios o ausencia de consenso condiciones materiales de una sociedad dada, etc.) que es imposible mencionar de otra manera que no sea general; también es imposible hacer previsiones científicas precisas. Por eso los clásicos no dan definiciones más amplias del socialismo; también por eso es un error insinuarle intenciones que no tenían cuando se traduce ökonomische Gesellschaftsformation por “formación socioeconómica”, cuando Marx se refiere conjunto de la vida social y no sólo base económica.

Esta definición más amplia del socialismo es, de hecho, la imagen ideal del socialismo. No disponemos ni de receta, ni de modelo, sino que todos tenemos ideas generales sobre el tema; son hasta tal punto generales que resultan banales, pero no menos importantes: es preciso que el socialismo pueda asegurar a los individuos más de todo lo que es necesario a fin de que puedan tener una mejor vida y más feliz que en el capitalismo. Digamos: más bienestar (Marx ponía como condición primera de la realización del socialismo la repartición inmediata del bienestar), más libertad en todos los dominios, más democracia en el sentido de la gestión por los hombres mismos de su vida política; la abolición de toda forma de opresión del hombre por el hombre, la eliminación de las guerras, etc. En el socialismo, todo esto debe encontrarse expresado de la misma manera en la superestructura ideológica ¿Y si no fuera así? ¿Y si la superestructura de las sociedades cuya base económica es socialista (perteneciente a la formación económica socialista) no realizara este postulado de conceder más en los ámbitos mencionados? Entonces es evidente que algo no funciona en su socialismo y es preciso negarle la calificación de “socialistas” en la acepción más amplia del término; Esto convierte a todos los países del “socialismo real” y si los que le discuten su carácter socialista tienen esto a la vista, tienen razón; desgraciadamente, no pueden negarle la calificación de “socialistas” en general porque esos países son, sin duda, socialistas, en la acepción más restringida del término. De ahí la dificultad de la que no se puede salir únicamente por la negación del carácter socialista de estos países. Lo repito, desgraciadamente, son países socialistas, incluso si se trata de un socialismo deformado, impotente.

“Desgraciadamente”, porque si fuera de otro modo, quedaríamos desembarazados de un problema muy molesto: estos países no son socialistas y sin embargo, nosotros -en tanto que partidarios del socialismo- no llevamos ninguna responsabilidad política. Digámoslo más crudamente: si el socialismo no fue nada más que esto, si obligatoriamente debiera ser tal, será preciso combatirlo y no luchar por su victoria. Un socialismo que significa la miseria, la privación de los derechos cívicos fundamentales, la sustitución de la democracia por la dictadura sobre el proletariado en nombre del proletariado, el socialismo del Gulag y de las clínicas psiquiátricas para los desobedientes, constituye una caricatura pérfida del socialismo. Comprendo y bien que los partidarios de los ideales socialistas -justos y bellos- rechacen el socialismo así deformado. En este punto de vista, estoy de acuerdo con ellos. Pero la solución que proponen, a saber, la negación del carácter socialista de los países del “socialismo real” es errónea. Se trata de países socialistas en el sentido de la formación económica de la sociedad y es necesario que los partidarios del “ideal del socialismo” tengan conciencia de que el socialismo también puede presentarse así, deformado, impotente porque esa es una enseñanza muy importante para el porvenir. Es preciso estudiar las causas y esforzarse por tomar medidas profilácticas para prevenir el mal en las actividades ulteriores de los movimientos revolucionarios en el mundo. Es el único medio si se quiere “corregir” el movimiento comunista y dar una forma conveniente a la nueva izquierda unificada que está naciendo en el mundo. El movimiento revolucionario debe extraer las enseñanzas de sus errores. Para hacer esto, no se puede limitar a negar y tomar sus distancias con relación al pasado. Aquí reside el fondo político del problema.

Nuestra discusión no es, en efecto -ya lo hemos señalado al principio- de orden semántico. De lo que se trata es de saber cómo sobrepasar, lo mejor posible, los errores que desfavorecen la edificación del socialismo. Mis interlocutores lo saben muy bien y no tengo nada que añadir a la bella conclusión del artículo de Afolfo Sánchez Vázquez, que he citado al comienzo.

Hay pues que asumir críticamente el socialismo real precisamente para seguir la lucha por el socialismo a un nivel más alto. Asumirlo críticamente quiere decir no ignorarlo en nombre de un marxismo “puro” o de un socialismo “incontaminado”. Aunque duela reconocerlo, el socialismo real forma parte de la historia real, compleja y contradictoria, de la lucha por el socialismo que no es una batalla de flores y que es compleja y contradictoria justamente porque el socialismo no es la simple aplicación de una idea o el ideal inmaculado que para no mancharse no debe poner nunca el pie en la realidad.

La crítica marxista revolucionaria del socialismo real es necesaria y beneficiosa para el socialismo ya que contribuye a reforzar su capacidad movilizadora. Por otro lado, mientras exista la necesidad objetiva y subjetiva de transformar el mundo, el socialismo como objetivo -el ideal socialista- subsistirá. Y esa necesidad no podrá ser ahogada por los nuevos escuderos ideológicos de la burguesía que difunden el pesimismo más exacerbado y ensalzan el individualismo, el irracionalismo, el utopismo o la privacidad. Tampoco podrán acabar con el socialismo los que, desesperanzados ante el socialismo real, se refugian en un nihilismo o catastrofismo de nuevo cuño. Como en tiempos de Marx “de lo que se trata es de transformar el mundo” y para ello necesitamos no sólo elevar la lucha contra el capitalismo y el imperialismo sino también la lucha -con la parte crítica que nos toca- para que el socialismo sea verdaderamente real.

Esto está expresado de manera muy bella y muy pertinente. Pero ¿cómo alcanzar este objetivo? Ahí está el problema, donde nuestros caminos se bifurcan…

¿Negar o mirar?

Obviamente, negando a los países del “socialismo real” su carácter socialista, se niega además la lucha necesaria para mejorar la situación. En realidad, es preciso reconocer lo que en ellos es socialista, atacar lo que hay de contrario al ideal del socialismo, examinar las causas de las deformaciones y sacar las conclusiones que se imponen para la actividad práctica. Este es el objetivo de mi libro Le mouvement comuniste a la croisée des chemins, recientemente publicado. Puedo limitarme a una recapitulación de las conclusiones que allí han sido más ampliamente tratadas.

Primeramente, el análisis de las deformaciones que intervienen en los países del “socialismo real” prueba que la causa fundamental consiste en esto: una revolución socialista ha sido consumada en países que no cumplían las condiciones objetivas y subjetivas consideradas desde siempre por el marxismo como indispensables. Según el marxismo, una revolución socialista no debe ser cumplida ad libitum, sino únicamente si las condiciones se prestan a ello y si hay un consenso social. En el caso contrario, el socialismo victorioso en cuanto a la base, degenera en el plano político en dictadura, destruyendo la democracia y tomando, en los casos extremos, la forma de una tiranía. Esta es la vía abierta a la alienación de la revolución, que destruye su objetivo primordial: el hombre. Si no se indica con precisión que en esos casos el socialismo está evidentemente deformado, pero que no deja de permanecer ahí, y que el mismo peligro amenaza a todos los que actúen de la misma manera, se desmovilizan las energías necesarias en la lucha por la victoria de los ideales del socialismo.

Segundo, y consecuentemente, este análisis prueba que, en el marco de una formación económica socialista, las superestructuras (en particular la superestructura política) pueden ser diversas. Esto depende de un cierto número de variables, pero principalmente de que sean o no cumplidas las exigencias objetivas y subjetivas indispensables para el éxito de la revolución socialista. Si esta constatación es evidente cuando se trata de la politología del capitalismo, puede chocar al relacionarse con la politología del sistema socialista: esto, debido únicamente a la confusión que proviene del hecho de que se identifiquen los ideales imprecisos del socialismo, desprendidos de la base de condiciones concretas, con su forma real hic et nunc. Ahora, es precisamente el análisis de las deformaciones del socialismo, o sea el análisis de la práctica, la prueba que unas superestructuras políticas diversas, comprendidos los comuno-fascistas, pueden elevarse sobre una base socialista. Es un despertar desagradable cuando se ha soñado con “ideales” pero es importante para la lucha en favor de estos ideales. Porque, desde el punto de vista de la base socialista, la superestructura política que se edifica sobre sus fundamentos no es indiferente. Algunas superestructuras frenan la actividad de esta base, e incluso se ve finalmente en la práctica- conducen a la ruina, amenazando al sistema con una catástrofe. La comprensión de este hecho tiene mucha importancia para quienes conducirán futuras revoluciones socialistas: el cambio de formación económica de la sociedad es una condición necesaria, pero no suficiente para asegurar el éxito de la revolución socialista. Su éxito exige que sean cumplidas también otras condiciones. Es esta la razón por la que no es necesario quemar las etapas que conducen a la revolución socialista, y Marx lo decía claramente en El Capital. También es necesario derramar el agua fría de la teoría sobre las cabezas caldeadas de los “revolucionarios a ultranza”, en particular en el Tercer Mundo, sin tener en cuenta sus protestas. La “teoría” según la cual, en una “situación general” dada, se puede introducir al socialismo “a voluntad”, es errónea desde el punto de vista teórico y desfavorable desde el punto de vista práctico. Subrayemos claramente que hablamos de revolución socialista y no de cualquier otra de sus formas.

Tercero, se deduce una conclusión concreta para los militantes revolucionarios, en particular para los militantes que se ocupan de la teoría: es preciso que aprendan ellos mismos y que enseñen a los demás la paciencia revolucionaria, sin duda la ciencia más difícil. La historia nos enseña lo que cuesta carecer de esta virtud.

Sin embargo, para comprenderlo a fondo no se puede buscar, sin tener en cuenta la teoría y la práctica del marxismo, un “consuelo” a su conciencia revolucionaria negando a los países del “socialismo real” su carácter socialista; por el contrario, es preciso denunciar abiertamente sus deformaciones, analizar las causas y sacar de este análisis las conclusiones que se imponen para la edificación del socialismo.

Antes de terminar, resta una anotación para evitar los malentendidos. El hecho de constatar deformaciones del sistema (sobre todo político) de los países del “socialismo real” no equivale a negar el carácter socialista en general ni a negar las adquisiciones parciales. Son indudables, aunque difieran según los países socialistas y por diversas consideraciones. Estas adquisiciones no han sido a pesar del sistema sino gracias a él. En todo caso, hasta un cierto momento de desarrollo, donde la superestructura político-social deformada se puso a frenar la actividad de la base. No hay que olvidar es no sólo contraria a los hechos sino que además impide comprender la necesidad histórica del establecimiento de los países del “socialismo real”, cuya génesis no estaba conforme con la doctrina marxista, pero era dictada por las realidades políticas de la época; en cuanto a la apología total, no sólo es un ultraje a la realidad, sino que pone además obstáculos a su eventual rectificación. Y esto constituye un error mortal con respecto a las ideas que se quieren defender.


* Filósofo polaco, autor de Historia y verdad (Grijalbo. 1974), Sociología e ideología (A. Redondo, Barcelona 1971) e Introducción a la semántica, FCE, México, 1969.

Fuente: Revista Nexos, 1 de junio de 1983