El sentido de la crítica de “la alternativa”. Entrevista a Rudolf Bahro

Print Friendly, PDF & Email

Por Angelo Bolaffi

 Angelo Bolaffi: Las sociedades que se vienen llamando de socialismo real son analizadas críticamente recurriendo a diversas categorías o teorías como las de la sociedad de transición, colectivismo burocrático, capitalismo monopolista de estado, etc. En tu libro La Alternativa las rechazas todas porque concibes el socialismo realmente existente como una formación social autónoma que, contrariamente a lo que presumen todas las teorías que hablan de “deformación”, debe y puede ser explicada según leyes específicas. ¿Podrías exponer qué significa esta posición?

Rudolf Bahro: He partido de la idea de que la revolución rusa o, más precisamente, los dirigentes de la revolución rusa, es decir, el partido bolchevique, se encontró objetiva,ente con que tenía que resolver un problema diferente al que se había fijado. Los socialdemócratas rusos, como se llamaban entonces, eran marxistas formados en la escuela del socialismo científico de Europa Occidental y estaban firmemente convencidos de poder realizar en Rusia una revolución socialista. A este fin trabajaron y se organizaron entre la clase obrera y en las grandes ciudades aprovechando la agudización de las contradicciones generada por la Primera Guerra Mundial. Por otra parte ellos eran conscientes de la antigua advertencia de Engels según la cual en Rusia sería relativamente fácil tomar el poder pero mucho más difícil llevar luego a cabo el proceso socioeconómico posrevolucionario. Una vez sentado esto, he tratado de indicar en mi trabajo dos cosas distintas. La primera es que la tarea principal con la que tuvieron que enfrentarse los bolcheviques fue la industrialización, pero oponiéndose al mismo tiempo a la tendencia, propia de toda Europa y de la misma América, por la cual la industrialización significaba sustitución/destrucción de las culturas precedentes a cargo del modo de producción capitalista. Por lo tanto, se trató de una vía a la industrialización que respondía a una necesidad histórica, evidentemente no el sentido de un postulado moral, sino de legalidad objetiva, inevitable.

De esto se deriva la forma que asumió la “superestructura” política. No es que todos los “excesos” estuviesen preestablecidos en un sentido determinista, solo quiero decir que la construcción de base únicamente puede explicarse de este modo. Desde este punto de vista puede comprenderse mejor el error de sobrevaloración cometido por Lenin a la hora de enjuiciar el nivel de desarrollo del capitalismo en Rusia. Si hubiese conocido los Grundrisse de Marx y en particular el capítulo dedicado a las “Formas que preceden al modo de producción capitalista”, Lenin habría tenido más en cuenta el papel y el peso de lo que precede al capitalismo. Al igual que en geología, en la sociedad sucede también que cuando estamos ante una formación social más desarrollada no existe solo esta y nada más, sino que por debajo de ella subsisten todavía formaciones más antiguas. No es por nada que Marx habla del capitalismo como de una “formación terciaria” precedida por la sociedad primitiva a partir de la cual se desarrollan las sociedades de clases  (formación secundaria). Si se estudia la historia de Rusia se descubre que el estado rusp se desarrolló entre los siglos VIII y IX en Rusia-Kiev como un estado feudal no muy distinto al merovingio. La única diferencia es que el cristianismo ruso procede de Bizancio. Y esto significa desde el principio menor pluralismo y un elemento de poder temporal de la Iglesia, esencialmente cultural, y diferente de la iglesia ortodoxa del régimen de los zares.

Todo esto fue posteriormente destruido y desplazado al norte, viéndose sustituido por un dominio mongol, que había de durar doscientos años, intensamente marcado por estructuras asiáticas, al menos en el sentido de lo que Marx denomina modo de producción asiático.

AB: Permítame un inciso a este respecto. En los años 20, Wittfogel, que entonces era marxista y estaba próximo al KPD y a Korsch, y que posteriormente, en el exilio, colaboró con el Institut für Sozialforschung de Horkheimer y Adorno, intentó explicar la dinámica de la sociedad soviética recurriendo al análisis marxiano del modo de producción asiático. La pregunta que te formulo es la siguiente: ¿situas en el “legado” del modo de producción asiático el origen de esta vía rusa no capitalista a la industrialización?

RB: Cuando a mediados de los 60 tuve ocasión de leer los Grundrisse de Marx y en particular el capítulo que ya he citado, me di inmediatamente cuenta de que aquello podía decirnos algo. Al mismo tiempo procedía a releer el libro de Wittfogel[1] que por motivos que ahora comentaré, no recordé críticamente en mi obra. Precisamente en estos días he tenido ocasión de encontrarme y discutir públicamente con el viejo Wittfogel. Desde un punto de vista puramente objetivo, obviamente, he aprendido alguna cosa de él. Pero son mucho más importantes las cosas que me separan de él y, si puedo añadirlo, también de las tesis expuestas por Rudi Dutschke en su libro[2].

El libro de Wittfogel, efectivamente, no fue escrito con el ánimo del historiador objetivo, sino bajo la impronta de un trauma antisocialista y de una profunda desilusión respecto de lo que aconteció en la Rusia posrevolucionaria, que era muy distinto a lo que se esperaba entonces en Europa Occidental. Por eso rechazo totalmente la motivación de base de aquel libro, que conduce inevitablemente, como lo demuestra también la historia personal de Wittfogel, a la contraposición total con los países del socialismo realmente existente y con las esperanzas y deseos de los hombres que viven en ellos. Yo no he partido de la idea del “fracaso” del socialismo, sino de la realidad de otro tipo de sociedad. El por el contrario se limita, hoy más claramente que entonces, únicamente a poner en guardia, con espíritu chovinista, al mundo occidental burgués frente al “peligro” asiático.

AB: Rasgos chovinistas están presentes incluso en el libro de Dutschke, que casi da a entender que Rusia representa al Este en el umbral de la civilización.

RB: Posiciones similares, que ciertamente yo no puedo aprobar, reaparecen también en sus intervenciones políticas más recientes. Con el fin de evitar aproximarse a tales posiciones, que corren el riesgo de reducirse a vulgaridades del tipo “peligro amarillo”, he propuesto intencionadamente en mi libro el ejemplo del despotismo de los incas. En realidad, cuando Marx habla del modo de producción asiático está pensando en una formación social y no en una zona geográfica limitada. Quisiera añadir que precisamente por esto mi escrito no es, como se lo ha querido presentar con frecuencia, una “crítica de la RDA o del régimen”, sino que es una Kritik del socialismo realmente existente en el sentido en que Marx utilizó este término.

AB. Retomemos el discurso que habíamos iniciado acerca de la “prehistoria” del socialismo ruso.

RB: De hecho, se trata de examinar un segundo aspecto, el relativo al desarrollo del zarismo que, como Principado de Moscú, se desarrolló frente al dominio mongol y que se convirtió en tal en toda Rusia, precisamente a través de la función de las gobernaciones instituidas por los mongoles.

A diferencia de la tradición occidental marcada por la Iglesia romana de Occidente, Rusia recibió la impronta bizantina, con su diferente imagen del individuo. Esto significa una diferencia en la historia de la civilización que todavía hoy juega un papel esencial en relación con la dialéctica interna de Europa del Este y, en concreto, en la dialéctica entre Polonia, Hungría, Checoslovaquia y República Democrática Alemana por un lado y la Unión Soviética por el otro.

Aquello frente a lo cual se encontraron los bolcheviques fue, así pues, el zar y los campesinos, quienes a su vez eran en parte “campesinos de estado” y en parte estaban explotados a través de los impuestos. Este sistema de administración a través de ciudades.guarnición es la parte asiática de la tradición rusa. No fue casual que Marx y Engels definiesen a Rusia como mitad asiática y mitad feudal.  Y esto en 1880…

AB: ¿Te refieres a las cartas a Vera Zassulitch?

RB: Sí, y en particular a la carta más extensa, que no fue enviada nunca. Por encima del “estado asiático” estaba el feudal de los propietarios de la tierra. No se trataba de una nobleza “alta”, originariamente propietaria de la tierra, sino de una nobleza de “servicio” procedente de la destrucción operada por el zar de la alta aristocracia y así llamada porque si quería tener alguna relevancia política tenía que ponerse al servicio del zar. Por último estaba el estrato social más reciente: unos 5 millones de personas que representan al proletariado y la burguesía.

Por tanto, 100 millones de campesinos y 15 millones de pequeña burguesía que vivían, de alguna manera, apoyándose en el Estado. Por esto la primera tarea de la revolución -y Lenin lo intuyó de inmediato- fue la de una buena administración. Pero en aquella tesitura resultó imposible sustituir al cuerpo de los funcionarios estatales. Al contrario, más de la mitad fue reclutado de nuevo y los cuadros mejores de la ya escasa clase obrera o bien cayeron en la guerra civil o bien debieron asumir funciones estatales y administrativas. Al propio partido le tocó asumir una función estatal.

De este modo Rusia se transformó en anticipadora de un “segundo mundo” frente al capitalista. Un segundo mundo no-capitalista caracterizado a su vez principalmente por un modo de producción más antiguo, el asiático. Por esto, países como Rusia y China , por sus potentes tradiciones estatales, estaban predestinados a seguir con éxito una vía no-capitalista. Y esto, a su vez, podría tal vez ser válido también para países como Persia.

AB: ¿No crees que con esta argumentación te expones a la crítica de quienes sostienen que en realidad tú legítimas como históricamente necesario al estalinismo?

RB: Quisiera responder con claridad. En la medida en que sostengo que la formación social producida por la revolución rusa es distinta a la que se había esperado, de hecho y conscientemente, legitimo por así decir en el plano fundamental de la necesidad histórica este desarrollo en su conjunto. Desde luego no quiero decir con esto que la industrialización y la colectivización staliniana fuesen económicamente óptimas. Es cierto que podría haberse procedido gradualmente o de otra manera. Es verdad que los bolcheviques podrían haberse organizado mejor para no haberse dejado desbordar por situaciones no previstas. Pero lo  que quiero decir es que estas no son casuales y que su dificultad real de fondo consistió en que habían hecho la revolución para hacer el socialismo y se encontraron ante una situación completamente diferente a la que se habían prefigurado. Discutieron acerca de los peligros de un “Termidor” desde luego, pero no se daban cuenta de que mientras trataban de impedir una contrarrevolución burguesa, que en verdad no estaba enteramente al orden del día, estaban construyendo con sus propias manos el dominio despótico de Stalin.

AB: ¿Pero no existían otras alternativas? Por ejemplo, Bujarin…

RB: Solo era posible una forma más racional del mismo despotismo industrial. Se trata, de hecho, de una formación social de tipo específico que obedece a sus propias leyes. Y de aquí se deriva la necesidad histórica. No se trata de ningún fatalismo, sino de una aplicación coherente de la categoría marxiana de formación social. He tratado de ofrecer una explicación materialista no solo de los procesos económicos, sino también de los “superestructurales”. El problema fundamental del modo de producción asiático, con su división vertical del trabajo que se basa en la distinción entre trabajo manual y trabajo intelectual, es un bajo desarrollo de las fuerzas productivas que sólo hace posible el desarrollo de una élite reducida, de una minoría. El proceso de transmisión de las informaciones ha de ser jerárquico y solo pocos intelectuales, sean sacerdotes o militares, han de ejercer el mando en este proceso de reproducción social. Pero -y esta es una diferencia fundamental- mientras que el despotismo del modo de producción asiático era función de la reproducción simple, incluidas las fuerzas productivas subjetivas, la revolución industrial de los bolcheviques produjo una revolución cultural de dimensiones enormes. Y ha implicado la producción masiva de intelectuales, no solo como estrato, en tanto especialistas -por usar las palabras de Gramsci- sino en todos los estratos del trabajador colectivo, hasta en la última aldea koljosiana.

AB: Según tú, ¿por qué se reproducen continuamente tensiones entre poder e intelectuales en los países del este? Pienso en la difusión de formas de disensión que en los países occidentales se interpretan, con simplismo, solo en términos de mayor libertad individual, de derechos civiles y políticos.

RB:Tengo la impresión de que estas demandas de carácter liberal.democrático, en sí y por sú ciertamente justas, son con frecuencia sólo una proyección de los intelectuales occidentales que en los países del este, en el ámbito gigantesco potencial intelectual producido, sólo encuentra eco en aquella élite restringida que mantiene relaciones con las formas occidentales de la individualidad. Y, consiguientemente, en especial en aquellos países del este europeo que llamaría “occidentales”, esto es, no internos al desarrollo ruso. Se trata de una contradicción que podría tener desarrollos de gran riqueza. Tenemos que empezar por comprender que en estos países “occidentales” de Europa oriental existe un potencial representado por la intelectualidad técnica que, a diferencia de la occidental, no se ha desarrollado a la sombra de la tradición humanista-renacentista. En la República Democrática Alemana o en Checoslovaquia los ingenieros no sueñan en convertirse en otros tantos Pascal, ni podrían hacerlo vista su dimensión de masa.

Si se consiguiera impedir. y hay que hacerlo a toda costa- que se desarrollen en estos países impulsos centrífugos respecto de la URSS, que podrían resultar muy peligrosos también para la paz y el equilibrio político europeo, pienso que de esta periferia podrían partir impulsos positivos e incluso fructíferos para la propia Unión Soviética. Es decir, habría que pensar en la posibilidad de que a consecuencia del desarrollo producido por el “despotismo industrial” de Stalin sobre la antigua  base de las relaciones asiáticas, esta estructura social real se traduzca en la superestructura política. En esta reflexión me ha ayudado mucho el concepto gramsciano de “revolución-restauración”.  Y así, aunque no creo que se pueda excluir totalmente un “renacimiento” del estalinismo, me parece que una parte de las causas que lo produjeron han sido superadas. Piénsese sólo en la transformación cultural de la sociedad soviética: es algo significativo que Lenin expresó sus dudas mayores acerca del éxito futuro de la revolución precisamente a partir de la constatación de que, como él afirmaba, “estamos atrás culturalmente”. Y además tengo confianza en el desarrollo histórico, que produce saltos: baste pensar en el ejemplo de la historia francesa, que ha conocido el 89, 1848, 1871 y, en fin, mayo del 68. Sin olvidar el Termidor.

AB: Si he entendido bien -por otra parte, esto lo afirmas explícitamente en tu libro-, tú piensas que no es posible aplicar simplemente a los países del Este modelos y esquemas institucionales y políticos que se han desarrollado en Occidente. Por esto niegas la utilidad o, incluso, la posibilidad de la reintroducción de un sistema pluripartidista y proponer, en cambio, la formación de una “liga de los comunistas”.

RB: Mi propuesta ha sido frecuentemente malentendida porque existe una obstinación en querer pensar con categorías occidentales también la realidad de los países que se encuentran “al otro lado”. Todos los sistemas apuntan, hoy al menos tendencialmente, a una planificación global de la sociedad. Pero las premisas históricas son diversas. Por ejemplo, en Occidente la pluralidad de partidos es fundamental, mientras que en la URSS sigue pesando el viejo principio de la organización tecnocrática, la conexión de la guía en el campo espiritual, político y económico. No cabe pensar que pueda ser fácilmente liquidado. Como mucho puedo imaginar en un futuro lejano una fusión de ambos principios. La liga de los comunistas habría de favorecer el desarrollo de una dinámica política al margen de los esquemas occidentales.

AB: Así, resumiendo, en el momento de la revolución de octubre la teoría marxiana del socialismo-comunismo era utópica.

RB: Era utópica para Rusia. Es decir, no se trataba de una utopía del marxismo, sino de los bolcheviques. En este sentido, me parece que fue Trostsky quien, después de la muerte de Lenin, más profundamente percibió e hizo productiva esta contradicción.

AB:Pero sí, como sostienes, ha sobrevenido esta transformación en la estructura del nexo entre fuerzas productivas y relaciones de producción, al mismo tiempo que la ciencia se ha convertido en una fuerza inmediatamente productiva y en el interior del trabajador colectivo aumenta el peso del especialismo, ¿no nos encontraremos ante una suerte de “teoría de la convergencia” entre Este y Oeste dominada por el poder acrecentado de las élites intelectuales?

RB: No situaría aquí la perspectiva principal; antes bien, le vería en la necesidad de redefinir el sujeto revolucionario. Y si a principios de siglo el obrero especializado caracterizaba a la clase obrera, hoy es necesario constatar que en el interior del trabajador colectivo se ha formado un nuevo estrato que tiende a ponerse al frente o a la cabeza de los trabajadores. Por tanto, es necesario desarrollar una estrategia política que tenga en cuenta esta nueva realidad estructural y que se mueva en la convicción de un partido comunista, es decir, un partido de la “emancipación universal” no puede apoyarse en intereses particulares. es verdad que existe una contradicción posible y peligrosa. Por un lado, esta política no puede olvidar los intereses de aquellos trabajadores que, víctimas de la división del trabajo, han de hacer los trabajos penosos. Pero, por otro lado, no puede atenerse al nivel más bajo y limitarse a reflejar a estos pretendidos “pobres”, olvidando el auténtico nivel al que se plantean hoy los problemas. Pienso en todo aquello que, reductivamente, viene definiéndose como “calidad de vida”. Por ejemplo, en este país (la RFA, en el que los sindicatos y el movimiento obrero han olvidado la crítica marxiana del maquinismo y del proceso de trabajo capitalista, no queda otra cosa sino la lucha por el principio más abstracto de la economía capitalista, el salario visto solo desde un punto de vista cuantitativo. De aquí se deriva una sociedad consumista que llega a las consecuencias más absurdas. El progreso humano, la nueva determinación de las decisiones de inversión y de los nuevos sectores productivos, un nuevo modelo de desarrollo y de formación de la voluntad política son cuestiones que se olvida o se “intercambian” por una mator cantidad de mercancías. Pero hoy está cada día más claro que para el resto de la humanidad es intolerable seguir por este largo camino y no solo por motivos directamente sociales o humanitarios. Pienso, en efecto, en el desastre ecológico que comportaría una generalización del modelo de la “sociedad de lo superfluo” a los países más pobres de Europa y del Tercer Mundo. Por esto estoy completamente de acuerdo con la idea de “austeridad” lanzada por Berlinguer. Hoy debemos incluso correr el riesgo de perder un poco de consenso entre nuestros electores y seguidores pidiendo, desde luego, no sacrificios sin objetivos, sino renuncias destinadas a salvar el mundo del desastre ecológico y a cambiar las prioridades sociales.

AB:Sé que vas a trabajar en la Universidad de Bremen en una investigación acerca del significado y la importancia teórica y política del “compromiso histórico”. Quisiera que explicases la razón de esta elección.

RB: El tema de mi investigación es “Teoría general del compromiso histórico”. Mi plan consiste en examinar y desarrollar mejor el concepto y el significado de este concepto. Mi punto de partida es el siguiente: en el siglo pasado el movimiento obrero ha actuado en el convencimiento de que la difusión de las contradicciones de la sociedad burguesa mediante su agudización a niveles de antagonismo resolvería no solo los problemas de las naciones capitalistas desarrolladas, sino también los de la humanidad en general. Sin embargo hoy nos encontramos frente al hecho de que después del 40 eso no ha sucedido mientras que en Europa Occidental se desarrolla una especie de “segunda oleada” del movimiento obrero: pienso en eso que se llama eurocomunismo y que tiende a una estrategia de  reformas. Por otra parte, el peso de los problemas internacionales ha superado al de la solución de los problemas internos. Las relaciones Este-Oeste y el conflicto Norte-Sur son dominantes y resulta una auténtica locura pensar en una estrategia de clase contra clase. Las trágicas experiencias del movimiento obrero de 1922 a 1933 hasta 1974 nos han de hacer buscar una vía distinta. Tenemos que comprender que la solución a la crisis de nuestra civilización no puede consistir en una “revuelta de Espartaco”. En esta reflexión me ayuda mucho el estudio del papel jugado por el cristianismo en la transición del imperio romano al feudalismo, al que se impuso atravesando horizontalmente a todas las estructuras sociales preexistentes y que redefinió globalmente, más allá de las determinaciones de clase, el conjunto de los valores de la existencia humana. No quiero decir con esto que no haya que tener en cuenta la estructura de clase que se ha desarrollado anteriormente, lo único que me atrevo a pensar es que cabe aprender del cristianismo el valor de la penitencia como vía para acabar con antiguos hábitos que amenazan con precipitar al mundo al abismo.


Notas

[1] Karl A. Wittfogel, Despotismo oriental. Estudio comparativo del poder totalitario. Madrid: Guadarrama, 1966 (N.d.T)

[2] Rudi Dutschke, Tentativa de poner a Lenin sobre los pies, Barcelona: Icaria, 1976 (N.d.T)

Fuente: Rinascita 4-1-1980.