Los peligros profesionales del poder

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por Christian Rakovsky*

El trabajo que publicamos fue editado por primera vez en español por Ediciones de la Izquierda Nacional, en base a la edición francesa de 1957 (“Les Bolsheviks contra Stalin”). Ha sido reeditado recientemente por la editorial española Fontamara, en la antología “La oposición de izquierda en la URSS”. Se trata de una epístola que revela a un Rakovsky agudo, indeclinable en su lucha, a pesar de los avances cada vez más imponentes de la burocracia soviética observables hasta el año ‘28 fecha en que fue escrita esta carta. Encontramos en ella lo esencial de la teoría que Trotsky desarrollará con posterioridad acerca de la naturaleza del Estado Ruso, y que tomará cuerpo definitivo en 1936 en su obra La Revolución traicionada. La presente versión se realizó confrontando las dos traducciones castellanas indicadas más arriba. (presentación de la revista Praxis).

Querido camarada Valentinov [1]

En sus Meditaciones sobre las masas, fechadas el 8 de julio, examinando el problema de la actividad de la clase obrera, trata usted una cuestión fundamental, la de la conservación por parte del proletariado de su papel dirigente en nuestro Estado. Aunque todas las reivindicaciones de la Oposición tiendan a este objetivo, estoy de acuerdo con usted en cuanto a que no se ha dicho todo acerca de esta cuestión. Hasta ahora, la hemos examinado siempre en relación al conjunto de la toma y conservación del poder político, cuando, para arrojar más luz sobre ella se hubiera debido tratarla por separado, como una cuestión especial con valor propio. En el fondo, los mismos acontecimientos se han encargado de colocarla en un primer plano.

La Oposición conservará siempre, como uno de sus méritos respecto al Partido, del que nada puede despojar, el haber dado la alarma, en el momento oportuno, sobre la terrible decadencia del espíritu de actividad de las masas trabajadoras y sobre su indiferencia creciente acerca del destino de la dictadura del proletariado y del Estado soviético.

Lo que caracteriza la oleada de escándalos recientemente desvelados, lo que constituye su mayor peligro, es precisamente esta pasividad de las masas (pasividad aún mayor entre las masas comunistas que entre los sin partido) en relación a las manifestaciones de despotismo sin precedente que se han producido. Han habido obreros testigos de ellas, pero las han dejado pasar sin protestar o se han limitado a murmurar un poco por temor a los que estaban en el poder o por indiferencia política. Desde el asunto de Chubarovsk (para no remontarnos más lejos) hasta los asuntos de Smolensk, de Artiemovsk, se oye constantemente la misma monserga: “Ya lo sabíamos desde hace algún tiempo…”[2]

Robos, prevaricaciones, violencias, sobornos, increíbles abusos de poder, despotismo ilimitado, borrachera, disipación: de todo esto se habla como de hechos ya conocidos, no desde hace meses sino años, y también como de cosas que todo el mundo tolera sin saber por qué.

No hace falta que diga que cuando la burguesía mundial vocifera sobre los vicios del Estado soviético podemos ignorarla con tranquilo desprecio. Conocemos de sobra la pureza moral de los gobiernos y parlamentos burgueses de todo el mundo. Pero no son ellos los que debemos tomar por modelos. En nuestro caso, se trata de un Estado Obrero. Nadie puede hoy ignorar los terribles estragos de la indiferencia política de la clase obrera.

Por añadidura, la cuestión de las causas de esta indiferencia y de los medios para eliminarla se revela esencial.

Pero esto nos obliga a tratarla de una forma fundamental, científica, sometiéndola a una análisis en profundidad. Un fenómeno semejante merece que le concedamos toda nuestra atención.

Las explicaciones que da usted de él son, indudablemente, correctas: cada uno de nosotros las ha expuesto ya en sus discursos; en parte, han encontrado ya un sitio en nuestra plataforma[3]. Sin embargo, estas interpretaciones y los remedios propuestos para salir de esta penosa situación han retenido y siguen teniendo un carácter empírico; se refieren a los casos particulares y no resuelven el fondo de la cuestión.

En mi opinión, esto se ha producido porque la cuestión misma es una cuestión nueva. Hasta ahora, hemos sido testigos de numerosos casos en que el espíritu de iniciativa de la clase se ha debilitado y ha descendido hasta el punto de alcanzar el nivel de la reacción política. Pero estos ejemplos se nos habían presentado, tanto aquí como en el extranjero, en un período en el que el proletariado luchaba aún por la conquista del poder político.

No podíamos tener un ejemplo del descenso del ardor del proletariado en una época en que poseyera ya el poder, por la sencilla razón de que nuestro caso es el primero en la historia en que la clase obrera haya conservado el poder durante tanto tiempo.

Hasta ahora sabíamos qué podía ocurrirle al proletariado, es decir, cuáles podían ser las oscilaciones de su estado de ánimo, mientras es una clase oprimida y explotada; pero solo ahora solo podemos, en base a hechos, evaluar los cambios de su estado de ánimo cuando toma en sus manos la dirección.

Esta posición política (la de clase dirigente) no carece de peligros: los peligros, por el contrario, son muy grandes. No me refiero ahora a las dificultades objetivas derivadas del conjunto de las condiciones históricas, del cerco capitalista en el exterior y de la presión pequeñoburguesa en el interior del país. No. Se trata de las dificultades inherentes a toda nueva clase dirigente que son consecuencia de la misma toma del poder y de su ejercicio, de la capacidad o incapacidad para servirse de él.

Estas dificultades, naturalmente, seguirían existiendo hasta cierto punto aunque admitió éramos, por un momento, que el país estuviera habitado tan solo por masas proletarias y el exterior constituido tan sólo por Estados proletarios. Estas dificultades podrían llamarse “los peligros profesionales” del poder.

Sin duda, la situación de una clase que lucha por la toma del poder y la de una clase que detenta el poder son distintas. Repito que cuando hablo de peligros no estoy pensando en las relaciones con las demás clases, sino en aquellos que se crean entre las filas de la misma clase victoriosa.

¿Qué representa una clase que pasa a la ofensiva? Un máximo de unidad y cohesión. El espíritu de oficio o de camarilla, sin hablar de los intereses personales pasa a segundo plano. Toda la iniciativa está en manos de la misma masa militante y de su vanguardia revolucionaria, ligada orgánicamente a esta masa de la forma más íntima.

Cuando una clase toma el poder, una parte de ella se convierte en agente de este poder. Así surge la burocracia. En un estado socialista, donde la acumulación capitalista está prohibida por los miembros del partido dirigente, esta diferencia empieza por ser funcional, y luego se convierte en social. Esto pensando ahora en la posición social de un comunista que tiene a su disposición un automóvil, un buen departamento, vacaciones regulares, y que percibe el salario máximo autorizado por el Partido; posición que difiere de la del comunista que trabaja en las minas de carbón con un salario de 50 a 60 rublos mensuales. En lo que se refiere a los obreros y empleados, ya sabe usted que están divididos en dieciocho categorías distintas…

Otra consecuencia es que algunas funciones desempeñadas antes por el Partido en su conjunto, por la clase en su conjunto, se han convertido ahora en atribuciones del poder, es decir, tan solo cierto número de personas de este partido y esta clase.

La unidad y la cohesión que antes eran consecuencia natural de la lucha de clase revolucionaria no pueden ya conservarse más que mediante un sistema de medidas orientadas a preservar el equilibrio entre los diferentes grupos de esta clase y este partido, y a subordinar estos grupos al objetivo fundamental.

Pero esto constituye un proceso largo y delicado. Consiste en educar política a la clase dominante de manera que se capacite para regir el aparato estatal, el partido y los sindicatos, para controlar y dirigir estos organismos,

Repito: es una cuestión de educación. Ninguna clase ha venido al mundo en posesión del arte de gobernar. Dicho arte se aprende por la experiencia únicamente, como lección de los errores cometidos. Ninguna constitución soviética, aunque sea ideal, puede asegurar a la clase obrera el ejercicio sin obstáculos de su dictadura y de su control gubernamental, si el proletariado no sabe utilizar los derechos que le acuerda esa Constitución.

La falta de armonía entre la capacidad política y la destreza administrativa de determinada clase y la forma jurídico-constitucional que ella establece para su uso después de conquistado el poder, es un hecho histórico comprobable en la evolución de todas las clases, y en parte, también, en la de la burguesía. La burguesía inglesa, por ejemplo, libró varias batallas no solamente para rehacer la Constitución conforme a los propios intereses, sino también para colocarse en situación de aprovechar sus derechos y de participar plenamente del sufragio. La novela de Charles Dickens, El Club de Pickwick, incluye varias escenas de esta época del constitucionalismo inglés, cuando el grupo dirigente, asistido de su aparato administrativo, volcaba el coche que conducía a las urnas a los electores de la oposición para que estos no pudiesen llegar a tiempo al comicio.

Este proceso de diferenciación es perfectamente natural en la burguesía triunfante o que está a punto de triunfar. En efecto, tomado en el sentido más amplio del término, ella está constituida por una serie de agrupamientos y aún de clases económicas. Nosotros conocemos la existencia de la grande, de la media y de la pequeña burguesía; sabemos que hay una burguesía financiera, una burguesía comercial, una burguesía industrial y una burguesía agraria. sucesos como las guerras y las revoluciones producen reagrupamientos en las filas de la propia burguesía. Nuevas capas aparecen y comienzan a desempeñar su papel, por ejemplo, los propietarios, los adquirentes de bienes nacionales, los llamados nuevos ricos, que suelen surgir tras una guerra que ha durado cierto tiempo. Durante la Revolución Francesa, en el período del Directorio, estos “nuevos ricos” constituyeron uno de los factores de la reacción.

Examinada en su conjunto, la historia del triunfo del Tercer Estado en Francia, en 1789, es sumamente ilustrativa. En primer lugar, este Tercer Estado era considerablemente heterogéneo. Englobaba a todos aquellos que no pertenecían a la nobleza o al clero; no solo a las diversas variedades de la burguesía, sino también a los obreros y a los campesinos pobres.

Solo gradualmente, tras larga lucha y sucesivas intervenciones armadas, el Tercer Estado adquirió, en 1792, grandes posibilidades de participar en la administración del país. La reacción política iniciada aun antes del Termidor consistió en que el poder comenzó a pasar, tanto formal como materialmente, a manos de un número de ciudadanos cada vez más restringido. Poco a poco, primero por la fuerza de las cosas y, enseguida, legalmente, las masas populares fueron eliminadas del gobierno del país.

La verdad es que, en aquel caso, la presión de las fuerzas reaccionarias se hizo sentir ante todo sobre las ligaduras que vinculan en un gran conjunto a las diversas clases del Tercer Estado. Y es seguramente cierto que, al examinar las diferenciaciones internas de la burguesía, no encontraremos contornos de clase tan acentuados como los que separan, por ejemplo, a la burguesía y al proletariado, es decir, dos clase que juegan un papel enteramente diferente en la producción.

Además, en la Revolución Francesa, durante el período de declinación, el poder no intervino solamente para eliminar siguiendo las líneas de diferenciación, grupos sociales que, ayer aún, marchaban juntos, unidos por un mismo fin revolucionario, sino que, además desintegró masas sociales más o menos homogéneas. Por un proceso de diferenciación funcional, la nueva clase dirigente destaca de su seno a los círculos de altos funcionarios. Tales fisuras, ante la presión de la contrarrevolución, convirtiéronse en verdaderos abismos. Añádase a ello que la misma clase dominante engendra contradicciones en el curso de la lucha.

Los contemporáneos de la Revolución Francesa, quienes participaron en ella y, más aún, los historiadores de la época siguiente, se interesaron acerca de las causas de la degeneración del Partio Jacobino.

Mapas de una vez, Robespierre puso en guardia a sus partidarios sobre las consecuencias de la intoxicación del poder. Dueños de pelo, les previno no volverse demasiados presuntuosos, no “inflarse”, como él decía, no contagiarse de vanidad jacobina, como diríamos nosotros. Pero, como abajo veremos, Robespierre mismo contribuyó grandemente al desplazamiento de la pequeña burguesía, que gobernaba con el apoyo de los obreros parisinos.

Omitimos aquí los testimonios contemporáneos acerca de la descomposición del Partido Jacobino (…) su tendencia a enriquecerse, su participación en los contratos, abastecimientos, etc. Mencionemos, más bien, un hecho extraño y conocido: la opinión de Babeuf, para quien la caída de los jacobinos se vio grandemente estimulada por la fascinación que sobre ellos ejercieron las damas de la nobleza. Babeuf se dirigía a los jacobinos en estos términos: “¿Qué hacéis pues, plebeyos pusilánimes? Hoy, ellas os estrechan en sus brazos; mañana, os estrangularán”. Si hubieran existido automóviles en el tiempo de la Revolución Francesa, habríamos encontrado también el factor del “harén-eum-automóvil ” indicado por el camarada Sosnovsky[4] como uno de los que desempeñan un papel de primer orden en la formación de la ideología de la burocracia del Partido.

Lo que juega el papel más serie en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que los separa completamente de las masas de obreros y pequeños burgueses es, además de la liquidación de todos los elementos de izquierda, comenzando por los “rabiosos”, los hebertistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos.

El envío de comisarios de los ejércitos a ciudades donde la contrarrevolución levantaba cabeza, no sólo era legítimo sino indispensable. Pero cuando, poco a poco, Robespierre comenzó a reemplazar los jueces y los comisarios en las diferentes secciones de París que, hasta entonces, habían designado mediante elección a dichos funcionarios, cuando llegó a nombrar presidentes de COmités Revolucionarios, e incluso llegó a sustituir por funcionarios a toda la dirección de la Comuna, todas estas medidas tuvieron por resultado reforzar el poder de la burocracia y matar la iniciativa popular. Así, el régimen de Robespierre, en lugar de impulsar la actividad revolucionaria de las masas -ya oprimidas por la crisis económica y, ante todo, por la crisis alimenticia- agravó el mal y facilitó el trabajo de las fuerzas antidemocráticas.

Dumas, el presidente del Comité Revolucionario, se quejaba ante Robespierre de no encontrar jurados para el Tribunal;: nadie quería cumplir esas funciones.

Pero Robespierre concluyó por sufrir en carne propia esta indiferencia de las masas parisinas cuando, el 10 de Termidor, lo llevaron por las calles de París, herido y sangrando, sin ningún temor de que las masas populares intervinieran en favor del dictador de la víspera.

De toda evidencia, sería ridículo atribuir la caída de Robespierre y la democracia revolucionaria al principio de los nombramientos.

Sin embargo, sin ninguna duda, él aceleró la acción de los otros factores. De todos ellos, el decisivo fue las dificultades de aprovisionamiento causadas, en gran parte, por dos años de malas cosechas. Añádase las perturbaciones originadas por el traspaso de la gran propiedad rural de la nobleza al pequeño productor campesino, y el alza constante de los precios del ́pan y de la carne, debido a que, al comienzo, los jacobinos no quisieron recurrir a medidas administrativas para reprimir a los campesinos ricos y a los especuladores. Cuando, finalmente, y presionados por las masas, se resolvieron a sancionar la “Ley del Máximum”, las condiciones del mercado libre y de la producción capitalista, impidieron que ella jugase otro papel que el de simple paliativo.

Pasemos ahora a la realidad que vivimos. Creo, ante todo, que es necesario indicar que, cuando empleamos expresiones tales como “el Partido”, “las masas”, etc., no debemos perder de vista el contenido que la historia de los últimos diez años ha puesto en estos términos.

La clase obrera y el Partido -no ya físicamente, sino moralmente– ya no son lo que eran hace diez años. No exagero cuando digo que el militante de 1917, habría tenido dificultad para reconocerse en la persona del militante de 1928. Un cambio profundo ha tenido lugar en la anatomía y en la fisiología de la clase obrera.

A mi juicio, es necesario concentrar nuestra atención sobre el estudio de las modificaciones de los tejidos y de sus funciones. El análisis de los cambios sobrevenidos logrará mostrarnos el mejor modo de salir de la situación creada. No tengo la intención de presentar aquí este análisis; me limitaré solamente a algunas observaciones.

Hablando de la clase obrera,e s necesario encontrar respuestas a todas una serie de preguntas, por ejemplo:

¿Cuál es la proporción de obreros y empleados actualmente en nuestra industria que han entrado después de la revolución, y cuál la de aquellos que trabajaban antes?

¿Cuál es la proporción de los que han participado en otro tiempo en el movimiento revolucionario, tomando parte en huelgas, que han sido detenidos, deportados, o han tomado parte en la guerra o en el Ejército Rojo?

¿Cuál es la proporción de obreros y empleados de la industria que trabajan sin interrupción? ¿Y cuál la de quienes solo trabajan accidentalmente?

¿Cuál es la proporción en la industria de los elementos semiproletarios, semi campesinos, etc?

Si descendemos y penetramos en las profundidades mismas del proletariado, del semiproletariado y de las masas trabajadoras en general, sólo encontraremos sectores enteros de la población de los cuales nadie se ocupa entre nosotros. No quiero hablar aquí únicamente de los desocupados, que constituyen un peligro siempre creciente y que, en todo caso, es un sector que ha sido claramente indicado por la Oposición. Pienso en las masas reducidas a la mendicidad, en los semi-pauperizados que, gracias a los subsidios irrisorios entregados por el Estado, están en el límite del pauperismo, del robo y de la prostitución.

No podemos imaginar cómo la gente vive, a veces unos pasos apenas de nosotros. Llega la ocasión en que enfrentamos fenómenos cuya existencia no habría podido sospecharse en el Estado soviértico y que dan la impresión de descubrirnos súbitamente un abismo. No se trata de defender la causa del Poder de los Soviets invocando el hecho de  que no ha logrado desembarazarse de la triste herencia legada por el régimen zarista y capitalista. No, pero en nuestra época, bajo nuestro régimen, descubrimos la existencia de fisuras en el cuerpo de la clase obrera, a través de las cuales la burguesía podría introducir una cuña.

En ciertos períodos, bajo el régimen burgués, la parte consciente de la clase obrera arrastraba detrás suyo esta masa numerosa, comprendida en los semi vagabundos. La caída del régimen capitalista debía llevar a la liberación al proletariado entero. Los elementos semi vagabundos consideraban a la burguesía y al Estado capitalista responsables de su situación. Estiman que la revolución debía aportar un cambio a su condición. Estas gentes, ahora, están lejos de estar satisfechos; su situación no ha mejorado ni poco menos. Comienzan a considerar con hostilidad el poder de los Soviets, y a aquella parte de la clase obrera que trabaja en la industria. Se transforman, sobre todo, en los enemigos de los funcionarios de los Soviets, del Partido y de los Sindicatos. Se los escucha hablar a veces de la clase obrera como de la “nueva nobleza”.

No me detendré aquí en la diferenciación que el poder ha introducido en el seno del proletariado, y que he calificado más arriba de “funcional”. La función ha modificado el ´órgano mismo, es decir, la psicología de aquellos que se han encargado de diversas tareas de dirección en la administración y la economía del Estado ha cambiado hasta tal punto que no solo objetiva, sino también subjetivamente; no solo material, sino también moralmente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera.

Así, por ejemplo, un director de fábrica hace de “sátrapa”. A pesar del hecho de que es un comunista, a pesar de su origen proletario, a pesar de que aún trabajaba en la fábrica hace unos años, no encarna ante los ojos de los obreros las mejores cualidades del proletariado.

Molotov[5]puede, con el corazón alegre, establecer un signo de igualdad entre la dictadura del proletariado y nuestro Estado, con sus instituciones burocráticas, y lo que es peor, con los brutos de Smolensk, los estafadores de Tajkent y los aventureros de Artiemovsk. Al hacer esto, no logra más que desacreditar la dictadura sin desarmar el legítimo descontento de los obreros.

Si prescindiendo de los demás matices de la clase obrera, pasamos ahora al Partido mismo, nos encontraremos con los elementos provenientes de las otras clases sociales. La estructura social del Partido es más heterogénea que la del proletariado. Esto ha sido siempre así, naturalmente, con esta diferencia: que cuando el Partido solo tenía una vida ideológica intensa, la amalgama social se fundía en una sola aleación gracias a la lucha de la clase revolucionaria en movimiento.

Pero, el poder, tanto en el Partido como en la clase obrera, opera diferenciaciones sociales semejantes a las que separan a las diversas capas de la sociedad.

La burocracia de los Soviets y del Partido constituye, de hecho, un nuevo orden. No se trata de casos aislados, de desfallecimientos en la conducta de una camarada, sino más bien de una nueva categoría social, a la que debería consagrársele un estudio específico. A propósito del Proyecto del Programa de la Internacional OCmunista yo escribiría a Leon Davidovich (Trotsky) entre otras cosas:

“En lo que concierne al capítulo IV (el período transitorio. La manera con que ha sido formulado el papel de los partidos comunistas en el período de la dictadura del proletariado es bastante débil. Sin la menor duda, esta manera vaga de hablar del papel del partido hacia la clase obrera y el Estado no es un efecto azar. La antítesis  existente entre la democracia burguesa y la democracia obrera está claramente indicada; pero no se dice una sola palabra para explicar lo que el Partido debe hacer para realizar, concretamente, esta democracia proletaria. ‘Atraer a las masas y hacerlas participar en la construcción’, ‘reeducar su propia naturaleza’ (Bujarin se complacía en desarrollar este último ́punto, entre otros, más especialmente en ligazón con la revolución cultural); son afirmacione s verdaderas desde el punto de vista de la historia y conocidas desde hace mucho tiempo; pero se reducen a simplezas si no introducimos la experiencia acumulada en el curso de los diez años de dictadura del proletariado.

Es aquí que se planteó el problema de los métodos de dirección, que juegan un rol importante.

Pero nuestros dirigentes no sienten agrado en hablar del asunto, bajo el temor de que resulte evidente que ellos mismos están lejos aún de haber ‘reeducado su propia naturaleza’?

Si yo fuera el encargado de escribir un proyecto de programa de la Internacional COmunista[6], habr´pia consagrado buen lugar, en este capítulo, a la teoría de Lenin sobre el Estado durante la dictadura del proletariado y el rol del Partido y su dirección en la creación de una democracia proletaria, tal como debería ser, y no de una burocracia de los Soviets y del Partido como la que existe actualmente.

El camarada Preobrazhenski [7] ha prometido consagrar un capítulo especial en su libro Las conquistas de la dictadura del proletariado en el año II de la Revolución  a la burocracia soviética. Espero que él no olvidará el papel de la burocracia del Partido, que es mucho mayor en el Estado Soviético que el de su hermana, la burocracia de los Soviets. He expresado la esperanza de que él estudiará este fenómeno sociológico específico, bajo todos sus aspectos. No hay un folleto comunista que, relatan la traición de la socialdemocracia alemana el 4 de agosto de 1914[8], no indique al mismo tiempo el papel fatal que las cumbres burocráticas del Partido y de los sindicatos jugaron en la historia de la caída de ese Partido. Por su parte, muy poco ha sido dicho, y esto en términos muy generales, sobre la función desempeñada por nuestra burocracia de los Soviets y el Partido, en la disgregación del Partido y el Estado Soviético. Es un fenómeno sociológico de la máxima importancia que no puede, sin embargo, ser comprendido y profundizado en toda su gravedad si no examinamos las consecuencias que ha tenido el cambio de la ideología del partido de la clase obrera.

Usted se pregunta qué ha ido del espíritu de actividad revolucionaria del Partido y de nuestro proletariado. ¿A dónde ha ido a parar su iniciativa revolucionaria?¿Dónde están sus intereses ideológicos, su valor revolucionario, su orgullo proletario? ¿Está Ud. sorprendido de que haya tanta apatía, tanta mezquindad, pusilanimidad, arribismo y otras muchas cosas que podría añadir yo mismo? ¿Qué ha ocurrido para que gentes que tienen un pasado revolucionario estimable, cuya honestidad personal no arroja ninguna duda y que ha dado pruebas de su devoción a la Revolución en más de un caso, se encuentren convertidos en lastimosos burócratas?¿De dónde viene esta horrible Smerdiakovstchina[9] de la cual habla Trotsky en su carta sobre las declaraciones de Krestinski y Antonov-Ovseenko?[10]

Pero si se puede esperar cualquier cosa de los procedentes de la burguesía y de la pequeña burguesía, intelectuales, “individuos” en general, desde el punto de vista de las ideas y de la moralidad, ¿cómo explicar el mismo fenómeno cuando se trata de la clase obrera= Muchos camaradas han observado esa pasividad y no pueden disimular su decepción.

Es verdad que otros camaradas han visto, en el curso de una cierta campaña llevada por la cosecha de trigo, síntomas de una robustez revolucionaria, probando que los reflejos de clase viven aún en el Partido. Muy recientemente, el camarada Ischenko me ha escrito (o, más exactamente, ha esc4ito en tesis que definió haber enviado igualmente a otros camaradas) que la cosecha de trigo y la autocrítica se deben a la resistencia de la sección proletaria de la dirección del Partido[11]. Desgraciadamente, es preciso decir que esto no es exacto. Los dos hechos, resultan una combinación urdida en las altas esferas, y no son debidos a la presión de la crítica de los obreros, es por razones políticas y, a veces, por razones de grupo o -digámoslo- de fracci+on, que una parte de las cumbres del partido pone en práctica esta línea. No se puede hablar más que de una sola presión proletaria: la dirigida por la Oposición. Pero, es preciso decirlo claramente, esta presión no ha sido suficiente para mantener la Oposición en el interior del Partido; más bien, ella no ha logrado modificar su política.

Leon Davidovoich ha demostrado con toda una serie de ejemplos irrefutables el rol revolucionario, verdadero y positivo que ciertos movimientos revolucionarios jugaron con su derrota: la Comuna de París, la insurrección de diciembre de 1905 en Moscú. La primera aseguró el mantenimiento de la forma republicana de gobierno en Francia; la segunda abrió la vía a la reforma constitucional en Rusia. Sin embargo, los efectos de estas derrotas conquistadoras son de corta duración si no están reforzadas por una nueva revolucionaria.

Lo más triste es que ningún reflejo se produce dentro del partido y de la masa. Durante dos años, se ha venido librando una lucha excepcionalmente áspera entre la Oposición y las altas esferas del Partido. En el curso de los dos últimos meses, se han desarrollado acontecimientos que habrían debido abrir los ojos a los más ciegos. Sin embargo, nadie hasta el presente advierte que las masas del Partido estén interviniendo.

También es comprensible el pesimismo de algunos camaradas, que percibe igualmente a través de su pregunta.

Babeuf, al salir de la prisión de la Abadía, echando una mirada a su alrededor, se preguntaba qué había sido del pueblo de París, de los obreros de los barrios de Saint-Antoine y Sain-Marceau, aquellos que el 14 de julio de 1789 habían tomado la Bastilla, el 10 de agosto de 1792, las Tullerías, que habían sitiado la Convención el 30 de mayo 1793, sin hablar de tantas otras intervencione armadas. Resumía sus observaciones en una sola frase, donde se siente la amargura del revolucionario: “Es más difícil reeducar al pueblo en el amor a la libertad. que conquistarla”.

Nosotros hemos visto por qué el pueblo de París olvidó la atracción de la libertad. El hambre, la desocupación, al liquidación de los cuadros revolucionarios (numerosos dirigentes habían sido guillotinados), la eliminación de las masas de la dirección del país, todo esto llevó a tan grande lasitud moral y física de las masas, que el pueblo de París y del resto de Francia tuvo necesidad de 37 años de respiro antes de comenzar una nueva Revolución.

Babeuf formuló su programa en dos palabras (me refiero a su programa de 1794): “La libertad es una Comuna elegida”.

Debo hacer aquí una confesión: no me he dejado nunca arrullar por la ilusión de que es suficiente para los líderes de la Oposición presentarse en los mítines del Partido y en las reuniones obreras para hacer pasar a las masas al campo de la Oposición. Siempre he considerado tales esperanzas que provenían sobre todo de los dirigentes de Leningrado[12], como cierta sobrevivencia del período en que ellos tomaban las ovaciones y los aplausos oficiales como expresión del verdadero sentimiento de las masas, y los atribuían a su popularidad imaginaria.

Iré aún más lejos: esto explica, para mí, el brusco viraje de su conducta.

Ellos pasaron a la oposición esperando tomar rápidamente el poder. Es con ese fin que se unieron a la Oposición de 1923[13]. Cuando alguien del “grupo sin dirigentes” reprochó a Zinoviev y Kamenec haber dejado caer a su aliado Trotsky, Kamenev les respondió: “Nosotros teníamos necesidad de Trotsky para gobernar; para reingresar al Partido es un peso muerto”.

Sin embargo, el punto de partida,la premisa habría debido ser la obra de educación del Partido de la clase obrer,a es una tarea larga y difícil, tanto más cuanto que los espíritus deben limpiarse de todas las impurezas introducidas en ellos por la práctica de los Soviets y del Partido, y por la burocratización de esas instituciones.

No se ha de perder de vista que la mayoría de los miembros del Partido (sin hablar de los j ́venes comunistas) tiene la concepción más errónea de las tareas, de las funciones y de la estructura del Partido, debido a la concepción que la burocracia les enseña con su ejemplo, su conducta práctica y sus fórmulas estereotipadas. Todos los obreros que ingresaron al partido después de la Guerra Civil, entraron,m en su mayor parte, después de 1923 (la promoción Lenin)[14]ellos no tienen ninguna idea de lo que era en otro tiempo el régimen del Partido. La mayoría entre ellos está desprovista de esa educación revolucionaria de clase, vivida durante la lucha, en la vida, en la práctica consciente. En el pasado, esta conciencia de clase se adquiere en la lucha contra el capitalismo. Hoy, ella debe formarse por la participación en la construcción del Socialismo. Pero nuestra burocracia ha reducido dicha participación a una frase hueca, y los obreros no pueden adquirir en ninguna parte esa educación. Se entiende que excluye como medio anormal de educar a la clase el hecho de que nuestra burocracia, bajando los salarios reales, empeorando las condiciones de trabajo, favoreciendo el desarrollo de la desocupación, empuja a los obreros a la lucha que eleva su consciencia de clase; pero, entonces, ella es hostil al Estado socialista.

Según la concepción de Lenin y de todos nosotros, la tarea de la dirección del partido consiste, precisamente, en preservar al Partido y a la clase obrera de influencias corruptoras de los privilegios, de los favores y de las tolerancias inherentes al poder, en razón de su contacto con los restos de la antigua nobleza y pequeña burguesía, habría debido premunirse contra la influencia nefasta de la NEP[15], contra la tentación de la ideología y la moral burguesa.

Al mismo tiempo, nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido llegaría a crear un nuevo aparato, verdaderamente obrero y campesino, nuevos sindicatos, realmente proletarios, una nueva moral en la vida cotidiana.

Debe reconocerse francamente, claramente, en voz alta e inteligible: el aparato del Partido no ha cumplido esa labor.. En esta doble tarea de preservación y educación, ha demostrado la incompetencia más completa; ha fracasado; es insolvente.

Desde hace tiempo estamos convencidos de que lo pasado en estos últimos ocho meses pone en evidencia para todos que la dirección del Partido avanza por el más peligroso de los caminos. Aún hoy sigue por esa ruta.

Los reproches que le dirigimos no conciernen, por así decirlo, al aspecto cuantitativo de su trabajo, sino más bien, al cualitativo. Subrayamos esto pues, de otro modo, volveríamos a sumergirnos en cifras con los éxitos innumerables e integrales obtenidos por los aparatos partidario y soviético. Ha llegado el momento de poner fin a esta charlatanería estadística. Oid las versiones del XV Congreso del Partido [16]. Leed el informe de Kossior sobre la actividad organizativa. ¿Qué se encuentra? Cito literalmente: “El prodigioso desarrollo de la democracia del Partido… La actividad organizativa del Partido se ha extendido grandemente”.

Y luego, por supuesto, para reforzar todo esto: cifras, cifras y aún cifras. Ye esto era dicho en el momento en que había en los expedientes del Comité Central documentos que probaban la terrible desintegración de los aparatos del ´Partido y los Soviets, la sofocación de todo control de las masa, la opresión horrible, persecuciones y un terror jugando con la vida y existencia de militantes y obreros.

He aquí cómo la Pravda del 11 de abril caracteriza nuestra burocracia: “Elementos arribistas, hostiles, perezosos e incompetentes, se empeñan en arrojar a los mejores inventores soviéticos más allá de las fronteras de la URSS. Si no se lanza un gran golpe contra estos elementos, con toda nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestro coraje, etc…”

No obstante, conociendo nuestra burocracia, yo no estaría sorprendido de escuchar a alguien hablar nuevamente del desarrollo “enorme” y “prodigioso” de la actividad de las masas y del Partido, del trabajo organizativo del Comité Central implantando la democracia, etc.

Estoy persuadido de que la burocracia partidaria y soviética que hoy existe, seguirá cultivando con el mismo éxito abscesos supurantes a su alrededor, a pesar de los ardientes procesos que han tenido lugar en el mes último. Esta burocracia no cambiará por el hecho de haberse sometido a una depuración. No niego, quede bien claro, la utilidad relativa y la absoluta necesidad de tal depuración. Deseo señalar, simplemente, que no es únicamente una cuestión de cambio de personal, sino ante todo de cambio de métodos.

A mi juicio, la primera condición para devolver a la dirección del Partido la capacidad de ejercer un papel educativo, es reducir la importancia de las funciones de esa dirección. Las tres cuartas partes del aparato deberían ser licenciadas. Las tareas del cuarto restante deberían tener límites estrictamente determinados. El criterio debería aplicarse a las tareas, a las funciones y a los derechos de los organismos centrales.

Los miembros del Partido deben recobrar sus derechos, que han sido pisoteados y recibir garantías válidas contra el despotismo de los círculos dirigentes que ya conocemos.

Es difícil imaginar lo que pasa en los niveles inferiores del Partido. Es especialmente en la lucha contra la Oposición donde se ha puesto en evidencia la mediocridad ideológica de esos cuadros, así como la influencia corruptora que ejercen sobre las masas proletarias del Partido. Si, en las cumbres, existe aún una cierta línea ideológica, una línea especiosa y errónea, mezclada, es verdad a una fuerte dosis de mala fe, en los niveles inferiores, en cambio, la demagogia más desenfrenada se ha empleado contra la Oposición. Los agentes del Partido no han vacilado en utilzair el antisemitismo, la xenofobia, el odio a los itnelectuales, etc. Estoy persuadido de que toda reforma del Partido que se apoye sobre la burocracia se revelará utópica.

Resumo: Observando, como Ud, la falta de espíritu de actividad revolucionaria en las masas del Partido, yo no veo nada sorprendente en este fenómeno. Es el resultado de todos los cambios que han tenido lugar en el Partido y en el proletariado mismo Es necesario reeducar a las masas trabajadoras y a las masas del Partido, en el cuadro del Partido y de los sindicatos. Este proceso es largo y difícil; es inevitable; ya ha comenzado. La lucha contra la Oposición, la lucha de centenares de camaradas, las detenciones, las deportaciones, a pesar de que no hayan hecho mucho por la educación comunista de nuestro Partido tienen, en todo caso, más efecto que todo el aparato tomado en su conjunto. En el fondo, los dos factores no pueden ser comparados, El aparato ha despilfarrado el capital del Partido legado por Lenin, no solamente de una manera inútil sino también nociva. Ha demolido, mientras la Oposición construía.

Hasta ahora, he razonado por “abstracción”, a partir de los hechos de nuestra vida económica y política que han sido analizados en la Plataforma de la Oposición. Lo he hecho deliberadamente, pues mi tarea era señalar los cambios que se han producido en la composición y la psicología del proletariado y del Partido en relación con la toma del poder misma. Estos hechos quizás han dado un carácter unilateral a mi exposición. Pero, sin proceder a este an´palisi preliminar, resultará difícil comprender el origen de los errores económicos y políticos cometidos por nuestra dirección en lo que concierne a los campesinos y los problemas de la industrialización, del régimen interior del Partido, y, finalmente, de la administración del Estado[17].

Reciba un saludo comunsita.

Astrakán, 6 de agosto de 1928.


[1] Valentinov perteneció al partido bolchevique desde su fundación compartiendo junto a Rakovsky las filas de la Oposición de Izquierda. Luego de la revolución de octubre tuvo a su cargo la dirección del periódico de los sindicatos soviéticos, el Trud.

[2] Entre octubre de 1927 y julio de 1928 los productos agrícolas aumentaron bruscamente sus precios de mercado, permitiendo que los distritos agrícolas que concentraban la plaza monopolizaran jugosos excedentes.

[3] Se trata de la “Plataforma de la Oposición”, documento presentado en setiembre de 1927 al CC del PCUS por los miembros de la Oposición de Izquierda, liderados por Trotsky. Existen tres versiones castellanas de la Plataforma, la primera debida a Andreu Nin, titulada “La situación real en Rusia”, Barcelona, E. Apolo; la segunda al cuidado de Manuel Pumarega, reimpresa en nuestro país por Distribuidora Baires, Bs As, 1973, con el título de la “La situación de Rusia después de la Revolución”, y en Barcelona por Ed. Fontamara, titulada “La oposición de izquierda en la URSS”, 1977.

[4] Sosnovsky. Destacado periodista soviético, autor de brillantes páginas sociológicas, constituyó el ala izquierda e intransigente del exilio trotskista. Demostró implacablemente a los miembros de la oposición que se inclinaban a capitular durante el giro izquierdista (1927-1929) del estalinismo. El concepto de factor harén-eum-automóvil le sirvió para denunciar la codicia y la corrupción de la burocracia.

[5] Molotov. Ingresó en el partido en 1912, integrando la dirección de Pravda. Desde el X Congreso del PCUS forma parte de su C.C. Miembro destacado del cuerpo diplomático estalinista, combatió a la Oposición de Izquierda hasta su aplastamiento definitivo.

[6] El Proyecto de Programa de la Internacional Comunista fue redactado por N. Bujarin para ser presentado en Moscú en 1928, durante el VI Congreso de la COmintern, atendiendo a las resoluciones del V Congreso. Acerca del Proyecto (puede consultarse L, Trotsky: “Stalin, el gran organizador de derrotas”, La InternacionalComunista después de Lenin, varias ediciones).

[7] Preobrazhenski. Ingresa a la socialdemocracia rusa a los 17 años, en 1903. Miembro de la fracción bolchevique, es uno de los dirigentes del Partido en los Urales. Entre 1917 y 1921 es miembro del C.C del PCUS. Participa junto a Bujarin en la fracción de los comunistas de izquierda redactando junto a aquel el ABC del comunismo. En 1923 firma la Declaración de los 46, base de la Oposición de Izquierdo. En 1926 aparece La Nueva Económica, primera parte. En 1927 es excluido del Partido y deportado. Capitula en 1929, junto a Rádek, Smilgá y otros 400 deportados. En 1936 actúa como acusador en los Procesos de Moscú, pero aún así es expulsado nuevamente el mismo año, desapareciendo por orden de Stalin, en 1937.

[8]  El 4 de agosto, tras la movilización de los ejércitos alemanes, austríacos, franceses y rusos, el conjunto del bloque de diputados socialdemócratas (más de cien) votó en el Reichstag en favor del presupuesto de guerra y el defensismo. Destaquemos, empero, la posición exacta de K. Liebknecht, que se opuso férreamente a la traición de la socialdemocracia.

[9] Smerdiakov. La figura eternamente quejumbrosa en Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky, que termina por suicidarse.

[10] Circular, enviada el 9 de mayo de 1927 al conjunto de la Oposición en el exilio. En términos idénticos, Rádek llegó a Zhenia el 10 de mayo de 1927.

[11] La terrible crisis cerealera, sumada a la inundación que soportó el mercado internacional del trigo por parte de los principales productores obligó al aparato estalinista a incentivar la producción en las cooperativas mecanizadas y la disciplina “comunista” de trabajo, recurriendo a contingentes obreros que partieron al campo a reforzar la recolección.

[12] Se trataba ante todo de Zinoviev y Kamenev

[13] La primera Oposición dirigida por Trotsky.

[14] La Promoción Lenin o Promoción leninista es el nombre con que el triunvirato Lenin-Zinoviev.Kamenev bautizó a los más de 200 mil obreros incorporados al Partido entre febrero y marzo de 1024, en vísperas del XIII Congreso del PCUS, con el objeto de manipular demagógicamente una masa considerable de cuadros en su lucha contra la Oposición de Izquierda, lucha desatada en 1923, durante la XIII Conferencia. Al respecto, el lector puede consultar “La Revolución Rusa”, Carr, E. H., Ed Madrid Alianza Editorial, 1981, Págs. 94 y ss.

[15] La “Nueva Política Económica” (NEP) fue una política instrumentada por el gobierno soviético-definida por Lenin como “retroceso táctico”- al finalizar la guerra civil y la intervención, con el objeto de reavivar la destrozada economía rusa, relevando la política del “COmunismo de guerra”. Entre otras medidas, comprendía el impuesto en especie, se permite la libre comercialización del excedente agrícola, culmina el igualitarismo salarial y se extiende la libertad de comercio a los productores industriales.

[16] El XV Congreso del PCUS celebrado a fines de 1927, consagró el giro hacia la izquierda de la fracción stalinista, espantada por el enorme poder concentrado por el campesinado rico -el kulak- durante un período de crisis en la producción industrial soviética.

[17] En julio de 1928 se desató la polémica Stalin-Bujarin, a consecuencia de la terrible crisis económica que asolaba al país. La fracción bujarinista forzó a Stalin a levantar aquellas “medidas provisorias” de catreo, requisa y terror rojo que preanunciaban claramente las intenciones de Stalin de “liquidar al kulak como clase”. Sin embargo, la victoria parcial de la oposición de derecha la condenó a sí misma a una guerra a muerte donde los stalinistas no vacilarían en recurrir a cualquier medio con tal de desplazar al bujarinismo del poder.

*Christian Rakovsky nació en Rumania en 1873. Años antes del estallido de la primera guerra mundial funda el Partido Social-Demócrata de Rumania. Su militancia revolucionaria lo llevó a actuar también en Bulgaria, siendo perseguido por la policía política de varios países europeos. Su principal trabajo teórico durante este período es una historia del movimiento obrero rumano. Al comenzar la guerra asume la posición de la izquierda de Zimmerwald contra el chauvinismo, junto a Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburg y Karl Liebnecht. Con la revolución de octubre es designado presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Posteriormente pasó a cumplir misiones diplomáticas. En el período 1923-24 se suma a las filas de la Oposición de Izquierda, hasta ser deportado cerca del círculo Ártico Astrakán. Allí desarrollará una intensa correspondencia con L. Trotsky y los principales líderes de la Oposición en tanto se dedica a preparar una Biografía de Saint Simon, investigando los orígenes del socialismo utópico y la historia de la revolución francesa. En 1934, bajo las presiones de la burocracia estalinista, “reconoce sus errores” y capitula. Acusado en 1938 -durante el tercer “proceso de Moscú”- de traición a la revolución, es condenado a veinte años de trabajo forzado donde se supone encontró la muerte, entre 1942-1943.

Fuentes: Revista Praxis, año 1, número 2 (1984).