Mitos y verdades del Campo argentino, entrevista a Gabriel Delgado

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Por Sociedad Futura

En Argentina, el discurso progresista halló en el sector agrario argentino un enemigo político. Es interesante rastrear las causas de ese desencuentro, para escapar a muchos dogmatismos y simplificaciones que perjudican un análisis certero y realista de la estructura social, económica y política de nuestro país. ¿Es el campo un agente de desarrollo? ¿La construcción de un país más igualitario tiene al sector agrario como un obstáculo? ¿Es posible englobar en una misma categoría a La Sociedad Rural, a los pequeños productores, a los exportadores de granos, o a los trabajadores rurales? Con el objetivo de encontrar respuestas a algunas de estas preguntas, entrevistamos a Gabriel Delgado, economista especializado, para que nos otorgue una mirada un poco más amplia que la acostumbrada en los espacios progresista.


Sociedad Futura: Se habla mucho sobre la importancia del sector agrario para Argentina pero se suele conocer poco. Es un actor económico fundamental pero también es un actor importante en términos políticos. ¿Cómo funciona el sistema productivo agrario en Argentina? ¿Quiénes en esa cadena de valor son los que verdaderamente poseen el poder de decisión sobre nuestra economía en general? ¿Cuánto hay de cierto en esa frase que dice que Argentina produce alimentos para 400.000.000 de personas?

Gabriel Delgado: Y… Mira:podés hacer una tesis de cada una de esas preguntas. Hay una parte de la afirmación que yo no comparto porque vos me decís que el sector agrario es un actor político relevante y yo justamente creo que uno de los problemas que tiene el sector es esa representatividad institucional privada que no sabes si a veces es política, a veces es técnica. Pero si es política tampoco es totalmente electoral, entonces para mí esa es una cosa difusa. No estoy seguro, puede ser que en términos políticos pueda tener cierta influencia pero eso no se traduce en términos electorales y siempre que el sector intentó ir por el lado electoral no le fue bien. A principios del Siglo XX fueron las primeras experiencias en ese sentido. Después, pienso que las empresas más grandes dentro de toda la cadena, las que tienen el verdadero poder son las empresas que terminan generando la exportación. Estos son muy pocos jugadores y siempre se confunde esto de que en realidad los poderosos son los grandes productores y todo eso, pero en realidad hay muy pocas empresas que concentran toda la exportación y el ingreso de divisas a la Argentina. Y hay una dicotomía entre el sector generador de empleo y el sector generador de divisas. El sector agropecuario tiene un 8% -10% del PBI primario dependiendo del año -redondeemos en 10%- y más del 60% del ingreso de divisas a la Argentina, entonces la importancia económica está dividida. Además, dentro de ese 10% del PBI, se dice que el sector genera muy poco empleo y lo que cada vez es más reemplazado por máquinas es la parte de agricultura que se mezcla con la parte de ganadería, que es la que realmente genera empleo. Entonces hay mucha confusión, creo, alrededor del sector y me parece que hay mucha crítica que genera mucha comodidad intelectual a una buena parte de la academia.

Se trata de generar en el imaginario colectivo, principalmente urbano, que los productores son pocos, que en realidad son malos. Y en realidad es uno de los sectores más atomizados de la economía -el primario- que en general está plagado de pequeñas y medianas empresas y donde hay pocas empresas muy grandes que además no duran mucho tiempo. Fíjense por ejemplo los pools de siembra, porque es insostenible gestionar una gran empresa agropecuaria primaria de manera centralizada. Es muy complicado porque, a diferencia de otras industrias como la bancaria, como la de supermercados, entre otras, es muy difícil controlar la biología. Entonces son tantos los problemas de control que se generan que hay cuestiones hasta naturales para pensar que el sector es uno que esencialmente es muy atomizado. A pesar de lo que se cree, ¿no? Pero en realidad la concentración está en empresas que en general no son nacionales y que se paran en la punta de la exportación. Y también en una buena parte de la provisión de insumos, porque una gran parte de las empresas que proveen los insumos para producir en general tampoco son, en su mayoría, nacionales y tienen mucho poder… Como así lo tienen en todo el mundo las químicas y las exportadoras de granos. Argentina no está exento de eso. Hubo una historia de la colonización de la pampa húmeda, de amigos de la corona que se quedaban con grandes extensiones de tierra, pero eso fue hace 200 años, no tiene nada que ver con lo que está pasando ahora.

SF: ¿Y la frase sobre los alimentos para 400.000.000 de personas?

GD: Bueno yo siempre digo que esa frase es un cliché que se dice acá en Argentina pero en realidad no es así. Argentina produce alimentos básicamente granos que los exportamos para alimentar animales, entonces no es verdad esa frase. No producimos muchos alimentos para personas.

SF: Mucha gente plantea que a partir de 1975 hubo una especie de quiebre estructural en Argentina. Se evidencia en indicadores sociales de pobreza, crecimiento, empleo, entre otros. Hace casi 50 años que Argentina tenía menos población y una economía más diversificada con producción industrial considerable y una perspectiva de desarrollo basada en el agregado de valor de todos los rubros. ¿Qué cambios y continuidades hubo en estos 50 años, más allá del signo político de quien gobernó y demás, para que llegaramos a esta situación actual?

GD: Yo lo que creo es que Argentina tiene como una especie de dilema que se generó con toda la desindustrialización que comenzó en 1975-76. Te diría que viene de una década donde dos generaciones se plantearon modelos de país muy distintos y en general con mucha violencia que después terminó en un terrorismo de Estado que todavía es una herida que no sanó. Yo lo que creo es que Argentina siempre se enfrenta al dilema que cuando crecemos, para no caernos tenemos que ajustar porque nunca nos alcanzan los dólares, digamos. Entonces cuando la economía crece, en general no nos ajustamos y bueno, somos el primer país del mundo con más recesión desde esa época hasta ahora. Eso para mi es la clave y creo que las dos academias que se pelearon en la década del ’70 todavía siguen en pugna, entonces me parece que estamos frente a una generación que todavía se sigue peleando y que lo único que ha generado es una disminución del PBI per cápita y una caída muy importante de los niveles económicos y de dinamismo de la Argentina que se expresa en un aberrante índice de pobreza. Y esa me parece que esa pelea y esa cuestión que arrancó en los años 70 o quizás antes, pero que política y económicamente se empieza a expresar con mucha crueldad a partir de 1975 y de los índices de pobreza, creo que la única forma que tiene de sobrepasarse y sobreponerse es justamente la de un cambio generacional. No hay otro camino. Son bandos.

SF: En esta línea, para salir por encima de esta pugna ¿el sector agropecuario necesita transformaciones? Y si es así, ¿hay alguna dimensión subjetiva-personal, político partidaria, que lo impida o es una dinámica estructural de la que Argentina es parte alrededor del mundo?

GD: Yo lo que creo es que al progresismo le conviene un sector que más bien tenga este dinamismo. Porque la visión que tiene el progresismo del sector es que hay que cobrarle impuestos porque tiene una ventaja mayor que el resto de los sectores. O sea que implícitamente es una visión ricardiana. Parece contradictorio pero es así. Y me parece que también a una parte del sector, a la que yo llamo «Logia primarizante» le conviene también esta mirada porque finalmente no hay ninguna responsabilidad en el desarrollo de la Argentina, cada uno hace su parte, se pelean porque uno le cobra impuestos al otro pero me parece que al final son posiciones funcionales una a la otra. Y finalmente la mirada es bastante parecida respecto del rol que tiene que cumplir el sector en la economía argentina. Yo creo que esa grieta es funcional a ambos y que les resulta muy cómoda a la derecha, si se quiere, más primarizante agropecuaria, criticar con mucho énfasis al progresismo y a este criticar a la derecha. Me parece que es algo que sirve académicamente y que da buena renta de ego a los que les toca pelear eso. Me parece que en algún momento este cambio generacional que yo decía antes va a agarrar y va a decir bueno, nosotros podemos tener una economía en la que pensemos cómo el sector agropecuario puede aportar más al conjunto de la sociedad argentina y no solamente cobrando las retenciones, que insisto que es una pelea bastante cómoda para ambos bandos.

SF: Entonces el cambio generacional que vos decís que es necesario estaría conectado con esto.

GD: Sí, yo creo que sin un cambio generacional eso no va a ser posible. Me refiero al cambio generacional desde el punto de vista ideológico, porque hay mucha gente joven que está involucrada en todo este pensamiento, estoy hablando de un cambio generacional que puede incluir a personas grandes que tienen otra mirada.

SF: Siguiendo con esto que decís, el sector primario tiene entonces la posibilidad de convertirse en un motor de desarrollo económico.

GD: Primario y no. Vos imaginate que si nosotros estamos exportando alimentos para animales estamos en el punto de la cadena trófica. En realidad no habría que pensarlo así. A la ganadería se la llama actividad primaria pero es un poco un error, porque en realidad la ganadería se nutre de la agricultura y los granos. Entonces no es tan primaria la ganadería y ni hablar después de la industria de la carne, los frigoríficos, etc.

SF: Dentro de la coalición de gobierno hay muchas posturas sobre cómo lidiar con el sector agrario. Hay sectores que defienden el impulso al Consejo agroindustrial argentino pero también hay otros que hablan de la  necesidad de una reforma agraria en Argentina. ¿Hay alternativas por fuera de esas?

GD: Yo lo que creo es que en realidad eso no es solo una expresión dentro del frente de gobierno que está manejando, sino que me parece que son diferencias que hay en la sociedad argentina. Entonces pienso que en todos los frentes de gobierno existen estas diferencias. Yo la verdad que ahora no estoy muy metido en lo que está pasando en Argentina respecto a estas discusiones. Pero creo que esas visiones están en la sociedad y se expresan en todos los bandos políticos.

SF: Un poco volviendo al tema generacional. En Argentina hay generaciones, las más jóvenes, que solamente vivieron en un país en crisis. Cada vez más pauperizado y cada vez con más problemas económicos. Algunos de los integrantes de las franjas más jóvenes -urbanas sobre todo- cuestionan las formas de producir y de consumir que venimos teniendo hace décadas, no sólo acá sino en el mundo; esto es un fenómeno un poco más global. Esto incluye el consumo de carne, el uso de transgénicos, el modelo de siembra directa, ciertas formas de extracción minera, entre otras. ¿Cómo se puede considerar el desarrollo económico que necesita la Argentina para salir de la pobreza con estas nuevas formas de expresarse políticamente?

GD: Yo lo que creo es que el progresismo argentino (la centro izquierda) se ha nutrido de la opinión de la política agrícola con miradas un poco europeas. Y la centro derecha se ha nutrido de ideas más de Estados Unidos. Y me parece que acá, una parte de ese electorado urbano como vos bien señalas está exigiendo cosas muy vinculadas a lo que pasa en Europa. Europa es un continente mucho más contaminado que el nuestro y que por supuesto los consumidores tienen un ingreso mucho más importante. Y pienso que nosotros tenemos una dimensión de la producción agropecuaria que Europa no tiene. Me parece que esos discursos tienen un fuerte componente de problemas que no son nuestros. Igualmente creo que en el sector hay muchas cosas que resolver en materia ambiental pero insisto, eso no quiere decir que tengamos la agenda de Europa. Deberíamos construir una agenda propia de estos temas porque si no podemos errar en las cosas que tenemos que corregir: hay cosas que deben solucionar los europeos que nosotros no tenemos que corregir. Todo esto del cuidado del ambiente, de los transgénicos, de los agroquímicos, hay mucho que tiene falta de ciencia, otras que no, pero todas implican un incremento promedio del precio de los alimentos en el mundo. Entonces muchas de estas teorías son un poco románticas, un poco inocentes respecto de la catástrofe que podría significar en el mundo la disminución de la producción de alimentos. Más bien la pregunta debería ser cómo hacemos para continuar produciendo lo mismo cuidando más el ambiente, capturando más carbono, usando menos agroquímicos, pero planteado de esta manera, ¿Cómo lo logramos? y no «dejemos de usar eso», porque dejar de usarlo implicaría caídas en los niveles de producción que impactaría a su vez en los precios. Es lo mismo que decir «dejemos de usar antibióticos en los humanos». Yo la verdad que estoy de acuerdo con eso porque los antibióticos son muy malos para las personas, pero yo si tengo una infección tomo un antibiótico. La pregunta es cómo podemos dejar de usar antibióticos y a partir de eso poner dinero en investigación para lograrlo, pero no es tan fácil como decir «bueno no usamos más».

Otro tema sobre el que quiero puntualizar tiene que ver con los transgénicos. Los transgénicos están muy conectados al uso de agroquímicos. Está claro que el uso de agroquímicos afecta la biodiversidad, afecta otros equilibrios y el futuro de eso es el tema de los probióticos, el estudio de los microbiomas y todo eso, ahí hay un camino. Pero a los transgénicos se los vincula con los agroquímicos porque los primeros transgénicos hacían que se use mucho de un agroquímico en particular (el glifosato). Pero hay muchos transgénicos que no tienen nada que ver con el uso de agroquímicos: hay transgénicos que hacen, por ejemplo, que se utilicen menos herbicidas, hay otros que hacen que las plantas aprovechen mejor el agua, otros que hacen que se capture mejor el carbono. La transgénesis, como técnica, es un elemento muy importante para cuidar el ambiente y no hay ningún efecto en la salud humana. Todo esto lo digo porque me parece fundamental separar la paja del trigo.

SF: A nivel regional, ¿ves que estemos caminando hacia una discusión en ese tema?

GD: Yo creo que sí. Hay mucha mirada congruente entre Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Estados Unidos, Canadá. Hay una mirada americana de la agricultura y esta se ve cada vez más. 

SF: Si lo pensamos como clases dirigentes (no en un sentido peyorativo) a nivel regional, ¿Ves una discusión sobre la mesa sobre cómo encararlo mancomunadamente?

GD: Si, sin dudas. Y cada vez más. 

SF: Otra faceta de esta discusión es que el mundo camina desde hace décadas hacia el incremento cada vez mayor de los centros urbanos. Argentina tiene el grueso de su población en cuatro centros: el AMBA, el Gran Rosario, el Gran Córdoba y el Gran Mendoza. Algunos espacios a nivel internacional, pero también a nivel local, apuestan por la desconcentración poblacional e incluso por un regreso a los espacios rurales. ¿Es viable un «regreso al campo»?

GD: Yo soy un poco escéptico de todas esas ideas. Hay una mirada que se mezcla con la producción natural, con el ir a vivir al campo y todo eso implica que no lleves raid, que no lleves off… no sé, estoy siendo sarcástico porque con todo esto soy un poco escéptico. 

SF: ¿Crees que puede haber una vida en el campo, en el sector agrario, en el Siglo XXI?

GD: Mira, la Argentina en 1890 era uno de los países con mayor índice de urbanización del mundo. Así que la Argentina siempre fue un país urbano, eso no es ninguna novedad. Con lo cual, cambiar esa trayectoria en una década… Lo veo difícil. Pensando a largo plazo, bueno, en Roma pasó. En el imperio romano hubo un momento en el que era tal la hacinación de gente que se empezaron a desconcentrar. Puede ser que el tema de la conectividad, de la pandemia, lleven a esos pensamientos. Pero siempre pensando que la gente que se va no necesariamente va a generar una mejoría en el cuidado del ambiente. No quiero decir lo contrario, pero algo bastante parecido. Parece que la gente que se aleja lo hace como una especie de chiste, se va a 60km de Buenos Aires. O sea, una cosa es gente que se vaya a vivir a Lobos o a Pilar, pero otra es que se vayan a Pampa del Infierno a colonizar la agricultura. Si la gente de Pampa del Infierno viene a Buenos Aires a trabajar y no se vuelve. Lo digo de verdad, es un fenómeno que está ocurriendo al revés y no veo ningún proceso de ruralización. Primero habría que preguntarse, ¿la gente del interior que va a trabajar a los grandes centros urbanos, ya no viene más o el flujo todavía sigue? Eso como para empezar a hablar, porque quizás todo esto es un ejercicio intelectual de las urbes, de gente cansada del ruido y que cree que nos tenemos que ir a vivir al campo y nunca se termina yendo. Es una reflexión de café que dura décadas y mientras tanto tenes un montón de gente del interior que se traslada a las ciudades a trabajar y a vivir. Entonces, ¿no será un ejercicio intelectual de una clase media acomodada que siempre ha ido al campo en verano y con off? y cuando se aburren se compran un pasaje en colectivo o en avión para volver. En el balance migratorio, las personas que se van de la ciudad al campo son una parte mínima. 

SF: Si tuvieras que recomendar una, o varias, lecturas para la persona que quiera comprender mejor cómo funciona el sector agrario en Argentina, ¿cúal sería?

GD: Memorias de un imprescindible. Es la biografía de Horacio Giberti, que fue el último Ministro de Agricultura de Perón, era antiperonista, marxista, economista de la Sociedad Rural Argentina durante 12 años. Una persona muy particular.

SF: Muchas gracias.