Los caminos de la libertad: el derecho al trabajo

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por Juan Delgado

Hace pocas semanas, el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales de Madrid, España, editó el libro “Los orígenes del derecho al trabajo en Francia (1789-1848)”, cuya autoría pertenece a Pablo Scotto Benito. Tras la aparente especificidad que el título desliza, se desarrolla un texto de incalculable valor para la comprensión actual de los problemas ligados a la relación entre el lenguaje de los derechos, la igualdad, el trabajo y otros aspectos de disputa cotidiana en la arena política y teórica.

El libro tiene la virtud de los textos que establecen un recorrido que hace que el lector, una vez que llega a las últimas páginas, complete el círculo de los temas presentados al inicio. Es un texto que se despliega conforme avanzan las páginas hasta cubrir, en términos cronológicos y teóricos, el universo temático que presenta al comienzo. Hacerlo con la minuciosidad y trabajo de fuentes y archivo del autor puede despojar al lector de esta reseña de cualquier escepticismo acerca del mérito del autor en este sentido. Como su título lo indica, Scotto  buscó presentar los orígenes sociohistóricos de lo que en Francia se conoció como “Derecho al Trabajo” en el período que comprende la Revolución de 1789 hasta los debates constituyentes de 1848.

Esa noción encierra más que una discusión jurídico-política acerca de los diferentes alcances y significados que las fuerzas políticas en pugna le otorgaron. El derecho al trabajo es el pivote a partir del cual se disputan los distintos proyectos de sociedad que surgieron en los días de la Revolución de 1789. Es una expresión que engloba la lectura realizada por los distintos sectores políticos y económicos (desde la aristocracia y la alta burguesía hasta la pequeña burguesía y el incipiente proletariado) sobre el surgimiento del capitalismo en Francia desde el ocaso del siglo XVIII hasta mediados del XIX.

Desde el comienzo del libro, el autor inscribe la lucha de clases motorizada por el desarrollo económico -sobrevenido tras la eliminación de los privilegios feudales- en el lenguaje de los derechos consagrados en los gloriosos días de la Revolución Francesa de 1789. Es así que la arena política trasciende las barricadas (aunque por supuesto sin obnubilarlas) para establecer un vínculo de retroalimentación entre aquellas y las dinámicas institucionales ligadas a la redacción de los distintos proyectos constitucionales, las cartas de derechos y las leyes de regulación económica.

La expresión “derecho al trabajo”, nos dice Scotto, era de un carácter tan maleable que permitía que los espacios más conservadores, relacionados con los proyectos de restauración borbónica, establecieran un diálogo con las irrefrenables masas subalternas en plena lucha contra la desposesión capitalista. En el primer capítulo del libro, el lector atraviesa un recorrido por los años inmediatamente anteriores y posteriores a la simbólica toma de la Bastilla del 14 de julio de 1789. Lo hace en dos planos, íntimamente entrelazados: uno más marcado por las transformaciones económicas originadas a partir de las reformas propuestas por el ministro Turgot en 1776 y que tomaron fuerza con el correr de los años subsiguientes; el otro caracterizado por los eventos propiamente políticos que marcaron a fuego el futuro de Occidente: las idas y venidas de la lucha establecida entre la aristocracia, la burguesía y las fuerzas populares por la dirección de la nación francesa.

El puntapié del debate es el concepto presentado por Turgot en una de sus reformas de 1776: la libertad de trabajo. Para este ministro, abogado de la libertad de empresa irrestricta, el derecho al trabajo puede ser leído más bien como la libertad de trabajar que cada individuo tiene. El derecho al trabajo, entonces, sería un derecho destinado a los pobres como complemento del derecho de la libre empresa que el entonces ministro buscaba defender. Lo hacía en un período en el que la estructura socioeconómica francesa todavía estaba caracterizada, en los sectores rurales, por los privilegios feudales de los nobles y clero y, en las áreas urbanas, por los gremios y compañías de artesanos.

Fracasado su intento, el derecho al trabajo asomaría nuevamente a la superficie con los sucesos desatados por 1789, pero ya inscrito en una nueva lógica semántico-política: el lenguaje de los derechos naturales. Con sus sucesivas Declaraciones de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, los revolucionarios franceses instalaron la pregunta por la legitimidad de la propiedad y sus vínculos con la libertad, la igualdad, la existencia y, por ende, el trabajo. Una vez iniciado ese debate, se marcó a fuego la lucha de los siguientes cincuenta años por la consagración de un derecho al trabajo que o bien otorgara la victoria definitiva a la alta burguesía industrial o bien consolidara un movimiento popular en búsqueda de la transformación, en sentido igualitario, de la sociedad.

Si bien, como dijimos, Scotto se detiene en la presentación y análisis de todas las fuerzas políticas que utilizaron el derecho al trabajo como la punta de lanza de su estrategia política y económica, una de ellas es  -a mi entender- la que debe retener la atención del lector.  Nos referimos a aquella que, en la estela de Robespierre, recogió el guante de la Convención de 1793-1794 para intentar otorgar respuestas a una ingente masa de trabajadores urbanos en su lucha por la libertad política y económica. El gobierno montagnard, cuya ala izquierda estaba representada por el propio Robespierre, avanzó en su corta vida hacia una sociedad basada en la garantía del derecho a la existencia. Retomando la célebre fórmula del Incorruptible, la sociedad debía defender los derechos inalienables del ciudadano y el primero de ellos es el de existir socialmente. Con esto en mente, el proyecto robesperriano concluyó que era necesaria una vuelta a la pregunta por la legitimidad y origen de la propiedad privada. Sin propiedad, ningún individuo podría ser plenamente autónomo, sino que caería en las garras de la dependencia económica y simbólica, destrozando entonces cualquier capacidad de autogobierno y, con ello, de participación en los asuntos comunes. Por ende, si la propiedad y su estatuto constituían el nodo principal de poder de la sociedad francesa en los albores del capitalismo, un proyecto igualitario como el de Robespierre debía avanzar hacia una concepción de la propiedad como “cosa pública, que debe ser configurada por la República” (página 147). Siguiendo a Scotto, este proyecto estaba apoyado en cuatro patas: la extensión de la pequeña propiedad basada en el trabajo personal, la ampliación y desarrollo de los bienes de dominio público, la garantía de los derechos de uso de los bienes comunes y ,la regulación del precio de las subsistencias.

Este programa, que hoy en día guarda niveles de radicalidad sólo comparables a los que significó en su propia época, fue el sedimento principal de las posteriores alternativas presentadas como resistencia a la consolidación del modo de producción capitalista. Es así que el autor recupera el hilo que une a Robespierre con Babeuf, con los movimientos populares de Lyon en la década de 1830 y finalmente con uno de los grandes dirigentes de las jornadas de 1848: Louis Blanc.

Párrafo aparte merece este último personaje, no solo por el tamaño de su figura política e intelectual, sino como una especie de reivindicación de un militante y pensador tantas veces vilipendiado, merced a una simplificación de los eventos históricos de cierta izquierda dogmática. Luois Blanc, autor del celebérrimo Organización del trabajo, fue capaz de sintetizar en su obra escrita y militante el legado del jacobinismo de 1793-1794 con las transformaciones y actualizaciones que dicho pensamiento requería como resultado de las rápidas transformaciones de la estructura socioeconómica francesa. Por mencionar algunas: la proliferación de la pequeña propiedad agraria, la progresiva desaparición de los gremios artesanos en beneficio de los talleres industriales, el crecimiento del proletariado urbano y, con ello, el surgimiento de movimientos mutualistas de trabajadores. En el medio siglo que separa a Robespierre de Blanc ocurrieron quiebres en el pensamiento filosófico, económico y social que Scotto presenta y evalúa de forma magistral. Eso incluye la figura de Saint Simon, lógicamente, pero también a Fourier y sus discípulos (todos ellos futuros rivales políticos de Blanc), a Sismondi y, “cruzando de vereda”, el surgimiento y desarrollo del liberalismo decimonónico tal cual lo conocemos (proceso también reseñado con detalle y erudición por el autor). 

Rescatar la figura de Blanc no debe confundirse con una glorificación de su pensamiento y su accionar político, sino que debe entenderse como el acto de otorgar el justo lugar que merece a un pensador que significó un salto adelante para el pensamiento socialista de la primera mitad del Siglo XIX, que superaba las distintas fracturas a su interior entre los socialistas utópicos, los partidarios de las insurrecciones de vanguardias y los reformistas místicos. Es a Blanc a quien debemos la defensa más radical de la frase que informa el pensamiento socialista desde el Siglo XIX hasta nuestros días. Me refiero a la breve pero potente fórmula: “de cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades”. Una frase que, por simple que parezca, contiene un interesante trastocamiento del pensamiento filosófico del socialismo francés de las primeras décadas de dicho siglo. En ella se defiende una concepción transformadora de la sociedad, y a través de ella, del derecho al trabajo y la propiedad.

La frase, surgida como respuesta a una fórmula acuñada por los saintsimonianos, aparece como una articulación insospechada hasta entonces de dos caminos que por aquellos tiempos se desenvolvían en paralelo, sin entrecruzarse: el de la justicia distributiva y el de la justicia contributiva. Como superación sintética de ambas, la frase presenta al trabajo como una esfera de desarrollo de las capacidades y facultades del individuo y no ya como una resignación sacrificial por el desarrollo de la sociedad entera. El trabajo como una oportunidad de autonomía y no solo una dependencia basada en la necesidad. Aparece, en consecuencia, como un deber moral, sí, pero solo en un contexto de trabajo libre y asociado. Mientras la justicia no se extendiera a la esfera productiva, mientras permaneciera el individuo en la esfera de la necesidad, el derecho al trabajo sería solamente el derecho a vender la fuerza de trabajo por una mínima retribución de existencia (o muchas veces ni siquiera eso). Una bella forma de decirlo, con Pablo Scotto, es que para Blanc el derecho al trabajo es la posibilidad de obtener de la sociedad los instrumentos necesarios para seguir aportando al bien común y desarrollarse como individuo.

Como corolario de este planteo, surge la propuesta política de Blanc. Más allá de cualquier crítica, sugerida por todo el tramo recorrido desde el socialismo utópico al socialismo marxista, pasando por todo tipo de realismo inerte y bienpensante, el programa de Blanc basado en la reforma política como medio para la reforma social no nace de un repollo. Es una propuesta heredera del jacobinismo de la convención montagrnard de 1793-1794 y contiene en él todas sus virtudes y algunas de sus limitaciones. Para Blanc, el Estado debe tomar la iniciativa en el despliegue de una revolución industrial basada en el principio cooperativo y asociativo y debe actuar como proveedor de los instrumentos de crédito y de producción necesarios para que los trabajadores construyan cooperativas de trabajo. Sin entrar en los pormenores de su defensa del cooperativismo, debemos reparar en el hecho de que se trata nuevamente de una propuesta política basada en la idea fundamental de que la sociedad tiene como deber principal la defensa de la existencia de sus ciudadanos y que, a través de ello, debe buscar que cada uno alcance la felicidad. Solo podrá hacerlo si su programa es el de una lucha por la libertad y la igualdad, entendida como la reciprocidad en la libertad.

En mi opinión, es este el elemento más jugoso del excelentemente logrado libro de Pablo Scotto. Nos permite pensar la actualidad del pensamiento que el autor cataloga como “socialismo jacobino” para intentar configurar una alternativa coherente y radical a la actual catástrofe capitalista que vivimos.

Si, con José Aricó, entendemos que la tradición socialista es mucho más rica que los dos o tres textos de Marx con la que suelen identificarla, el libro de Scotto desbloquea toda una línea de reflexión para alumbrar espacios oscuros del mundo actual. El socialismo, entonces, es mucho más amplio que el marxismo, sobre todo porque este es a su vez mucho más amplio de lo que frecuentemente los propios marxistas creen. Entender, a la luz de su tiempo, las distintas resistencias al avance del capitalismo nos permite reconstruir un camino de más de dos siglos de las fuerzas populares como resistencia a la desposesión, la dependencia y la opresión.

Quizás sea hora de repensar las formas en las que construimos, en los marcos de la sociedad actual, la sociedad futura que siempre soñamos. Y para ello el recorrido realizado por las fuerzas populares desde comienzos del Siglo XIX está plagado de enseñanzas, claves e hitos a los que debemos atender. Frente a un capitalismo cada vez más voraz y destructivo, confirmamos que la única alternativa es la construcción colectiva y democrática de una sociedad basada en la asociación entre libres e iguales. Ello implica volver a discutir el significado de la libertad, de la propiedad, de la participación y también del trabajo. En este sentido, el texto de Scotto es una herramienta de importancia difícil de exagerar para quienes militamos por esta causa.