Asociacionismo socialista en tiempos de peronismo: el caso del cooperativismo[1]

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por Carlos Miguel Herrera*

A la querida memoria de Sara, Dora y Ethel D’Anna

Sin contar con el espacio para encarar una discusión metodológica más profunda, se puede considerar que el abordaje del asociacionismo alienta al menos dos perspectivas diferentes, abriendo luego un campo a otras combinaciones. Un punto de vista interno se centrará preferentemente en el funcionamiento del grupo como tal, apuntando ante todo a la construcción de su lógica propia, orgánica, al desarrollo de sus dinámicas, etc. Un punto de vista externo, en cambio, privilegiará el accionar de la asociación hacia el afuera, asumida ya su identidad, su interrelación. Sin descuidar los elementos internos, nuestro estudio se encuadra en el segundo enfoque. Lo que nos conduce a una segunda precisión: el tema que nos ocupa, el cooperativismo de inspiración socialista bajo el peronismo, supone una problemática asociacionista que se disocia del concepto de “sociedad política”, tal como fuera presentado por Partha Chatterjee (2004)[2]. Un asociacionismo –un cooperativismo–, que traba en efecto, al menos en el período considerado, una relación con el Estado que se inscribe más en la lógica antinómica de sociedad civil, aunque más no sea porque preexiste al proceso de transformaciones que está impulsando el peronismo.

El movimiento cooperativista fue un componente de vital importancia no sólo en la cultura socialista sino también en el accionar del PS argentino, al punto que su denso tejido asociativo apuntalará a las estructuras partidarias cuando éstas entren en crisis tras el gran cisma de 1958, en particular al Partido Socialista Democrático[3]. Por cierto, el cooperativismo socialista se expresará en diversas áreas, pero se condensa ante todo en una esfera, la de consumo y vivienda, cuya expresión organizativa dominante, y objeto central de nuestra indagación, es “El Hogar Obrero” (en adelante EHO), creado en 1905 y que funciona hasta nuestros días[4].

Como sea, el cooperativismo se transformará en un terreno más del enfrentamiento entre el peronismo y el socialismo, aunque de manera bastante tardía, en el marco de la avanzada del Gobierno sobre esas organizaciones sociales[5]. Como en otras esferas, predominaba en el peronismo una retórica genésica, que narraba que antes de su llegada al poder, el pueblo no estaba organizado, en términos orgánicos, sino simplemente asociado en función de intereses. Esto también ocurría en su juicio con el sistema cooperativo –Perón pretende incluso que antes de su acción “hablar de cooperativismo en el país era una cosa un tanto escabrosa”[6]–. Este discurso virginal habilitaba una intervención política con una dirección precisa, en torno a la idea de organicidad, y más exactamente, de centralización.

Por su parte, el cooperativismo había permitido al socialismo continuar su prédica opositora por otros medios, sobre todo en un contexto en que se veía cada vez más privado de canales de expresión pública, tanto por la ausencia de representantes nacionales en el parlamento como por el hostigamiento del Gobierno, que había llevado a la clausura de su periódico en 1947. El cooperativismo puede presentarse como un contra-modelo económico-político al peronismo, en particular en lo que respecta a la propiedad colectiva, que, aunque no absorba la significación de la cooperación, tampoco puede concebirse como mera nacionalización. Se lo denomina así una “forma inteligente de economía dirigida”. La cooperativa, al extenderse, realiza la socialización sin violencia, respetando las libertades, y, a diferencia de la estatización (peronista), son los usuarios y los consumidores quienes la orientan. Incluso, el modelo se extiende a veces a otros dominios que los puramente económicos: la cooperativa es presentada en aquellos momentos como “una miniatura de la República” (aunque la cooperación supone adhesión voluntaria y libre). En un texto publicado en uno de sus órganos, en septiembre de 1946, se lee que “la cooperación libre es el movimiento obrero mejor organizado y que mejor persigue los fines económicos y sociales de los trabajadores”. En definitiva, la cooperación aparece como “el mejor sistema para desarrollar la democracia social”.

El cooperativismo socialista conocerá dos coyunturas diversas bajo el peronismo. La primera, que se desarrolla tras la inesperada elección del general Perón a la Presidencia en febrero de 1946, muestra una oposición más directa, presentando las aristas de un discurso alternativo. La segunda, que sigue al Segundo Plan Quinquenal, entre 1953 y 1955, trashuma una situación más compleja; es en ese momento que el peronismo busca apropiarse más claramente del cooperativismo como elemento de la comunidad organizada. El cooperativismo socialista se muestra más cauto en sus expresiones políticas, con una estrategia defensiva.

I – El cooperativismo en el socialismo

Como se sabe, el cooperativismo se transformará prontamente en el eje económico del programa del socialismo argentino. Y aunque Justo teorizará no menos rápidamente la cuestión, insistirá sobre el aspecto práctico e inmediato que aparejaba para los trabajadores. De hecho, el inicial folleto justista, de 1897, es contemporáneo del primer ensayo socialista de constituir una cooperativa, la “Cooperativa obrera de consumo”, creada en 1898 y que desaparece luego de tres años de vida[7]. Tras una nueva y fallida experiencia en Junín, el tercer intento impulsado por Justo tendrá mayor éxito: en julio de 1905 nace “El Hogar Obrero”, una cooperativa para facilitar el acceso a la vivienda obrera, a través de préstamos para edificar casas individuales, o más tarde su construcción a cuenta de la cooperativa. Siguiendo siempre los llamados “principios de Rochdale”, tanto su éxito como su transformación serán inmediatos.

El Hogar Obrero, su órbita, sus satélites

En enero de 1911 aparece su primera realización social, un barrio obrero en Ramos Mejía, que para Justo constituye “la primera manifestación importante de la capacidad del pueblo trabajador del país para organizarse con fines económicos”, sin intervención de una clase parasitaria. Dos años más tarde, EHO construye la primera casa colectiva en la Capital, un edificio de 7 plantas en Bolívar y Martín García, con 32 departamentos. También en ese 1913 se transforma en cooperativa de consumo, incorporando los sectores de alimentos, tienda, zapatería, mercería, librería y carbón, agregando la sastrería en 1925[8]. El dinamismo de la rama “consumo” de EHO dará lugar a la creación, en 1932, de la Federación Argentina de Cooperativas de Consumo (FACC), que aspiraba a convertirse según lo aseveraba Nicolás Repetto, en el almacén mayorista de las cooperativas de consumo. En un plano institucional, representará a la Argentina en la Alianza cooperativa internacional, fundada en 1895.

Ya en su conferencia de 1897, Justo priorizaba en su razonamiento las cooperativas de consumo, “expresión elocuente del poder económico de la clase obrera”, frente a las de producción, con un argumento realista: aquellas “son perfectamente factibles para la clase trabajadora”. Y no sólo “mejoran el modo de vivir de los asociados”, también “aceleran la evolución industrial, suprimiendo los pequeños productores y  comerciantes, educan a los cooperadores, y son al mismo tiempo una prueba de su educación”[9]. No por nada es el propio Justo quien preside personalmente EHO durante sus primeros seis años, antes de dejar su lugar a su ladero Repetto, en 1912.

La visión del cooperativismo podía incluso adaptarse al calor de la evolución del programa económico socialista. En los años 1930, veía así ampliada su esencia: para Rómulo Bogliolo, que se convierte en el principal especialista económico del socialismo, la cooperación libre era una forma inteligente de economía planificada, que combina el antagonismo entre intereses individuales y colectivos, suprimiendo las causas del malestar social[10]. Bogliolo, a más de ser uno de los impulsores de la línea planificadora del PS, era uno de los principales teóricos del cooperativismo, en particular con su obra La acción económica libre del pueblo, la cooperación de 1928, que aparece, abstracción hecha de los siempre venerados trabajos de Justo y Repetto, como la mejor síntesis del proyecto socialista en materia de cooperativismo (de hecho, es reeditada a finales de los años 1930). Pero también Carlos Rovetta, una de las principales figuras de EHO en el período que nos ocupa, sostenía en 1939 que “la cooperación puede reclamar el derecho a ser considerada como un verdadero sistema de economía dirigida”[11].

Este ensanche de miras no hacía desaparecer un punto sobre el que insistía con fuerza Repetto en esos años 1930:

“La historia demuestra que allí donde el movimiento cooperativo nace bajo el impulso y la aplicación de ideas políticas, ese movimiento cooperativo adolece de fallas originales bien graves, que después, en el porvenir, le crean obstáculos serios, a veces hasta insalvables”[12].

Aunque este juicio crítico era destinado a analizar la experiencia en Alemania, Bélgica y Francia, su significado podía ser mayor aun cuando el impulso sea dado por un gobierno “totalitario”, como se juzgará al peronismo.

El calificativo “libre” cifraba el peculiar carácter político del cooperativismo socialista. Si de acuerdo con los codificados principios de neutralidad, no había injerencia del PS sobre la vida cooperativa, los equipos cooperativistas estaban estrechamente ligados al Partido. Desde 1933, presidía EHO José Bogliolo, el hermano de Rómulo (quien de hecho había sido también presidente de la cooperativa previamente en dos períodos, 1923-24 y 1931-32). José Bogliolo era por entonces un experimentado dirigente cooperativista y de hecho es quien ocupará la presidencia de EHO por el mayor lapso de tiempo en toda su historia (más de un cuarto de siglo, ya que la abandona recién en 1960). En los años del peronismo, integran la dirección de la cooperativa algunos significativos dirigentes de segundo nivel del PS, como Enrique Corona Martínez, Julio B. Berra, Arturo Ravina, el ya recordado Rovetta, o los experimentados Manuel Palacín o Jerónimo Della Latta, antiguos diputados. Las figuras tutelares, como Alicia Moreau y Nicolás Repetto no dejan de participar como delegados en las asambleas de EHO, donde se puede identificar también la presencia de M. L. Berrondo entre otras. Para esta época, y a diferencia del primer período en el que los máximos dirigentes del PS y de EHO se confundían, encontramos a la cabeza del grupo a cuadros “propios” del cooperativismo, es decir, surgidos de sus propias filas, con perfiles más técnicos, dada la importancia de EHO y la complejidad creciente de su administración económica.

Por cierto, a través de sus publicaciones, actos y conmemoraciones, se celebra la obra de Justo y en menor medida de otras figuras del socialismo, como Ángel Giménez. Los trabajos de Justo, Repetto, R. Bogliolo son el eje de su importante acción educativa. Sin embargo, en ningún momento aparece la identidad socialista como tal; al contrario se insiste sobre el principio de neutralidad, que permite al cooperativismo reunir en su acción gente de cualquier credo[13].

Esta porosidad entre la dirigencia socialista y la conducción cooperativista se encontraba también en la FACC, que aparece como una extensión de EHO[14]. Desde 1936 era presidida por Bernardo Delom (1884-1956), que era al mismo tiempo miembro del directorio de EHO en los años 1950, y siempre en el período que nos ocupa, su comisión directiva era integrada asimismo José Bogliolo, como tesorero o Juan Nigro, importante dirigente bonaerense del PS, como vocal titular, amén de los ya recordados Corona Martínez o Berra. De algún modo, la Federación dará eco político e incluso amplitud intelectual a la labor de EHO, y las posiciones públicas, a veces frontales, contra el gobierno peronista, se harán sobre todo bajo la firma de la FACC. En particular, a través de la Revista de la cooperación que la FACC comienza a editar a partir de 1945, publicación bimestral donde se reúnen trabajos de fondo de autores nacionales y extranjeros, y que aparece hasta 1953[15]. Claro que no era la única publicación de la galaxia cooperativista: EHO editaba desde 1913, para “propagar las buenas doctrinas”, La Cooperación libre, que continuará sin interrupción bajo el peronismo. Hasta fines de 1946 había sido dirigida por Rovetta, recayendo la responsabilidad, tras su renuncia, en el directorio, con la colaboración del enérgico presidente de la FACC Delom, ya director de su órgano de prensa.

El cooperativismo socialista ante el peronismo

EHO había continuado su pujante accionar y al finalizar ese crucial año de 1945 contaba con 14.000 socios. La FACC, por su parte, reivindicaba en 1946, la federación de casi el 80 % de las cooperativas de consumo del país, y la suma de 100.000 adherentes. Incluso, los elementos más “obreristas”, que estaban presentes en la prédica de los dirigentes socialistas, va siendo puesta entre paréntesis, para subrayar los beneficios inmediatos, en materia de ahorro y consumo.

Cuando las dificultades del PS para difundir sus ideas iban en aumento, el cooperativismo pasó a ser para los socialistas un nuevo vector de la crítica del peronismo a través de sus órganos, tanto en un plano general, como en un plano concreto. En lo que respecta al primero, el abogado Corona Martínez, una de sus activas figuras, reivindicaba al cooperativismo como una valla al “creciente y peligroso nacionalismo económico”, a la par que permitía resistir a “la abominable omnipotencia del Estado, que despoja al hombre de sus atributos esenciales para convertirle en instrumento de propósitos liberticidas y siniestros”[16]. Otro artículo, firmado esta vez por Manuel Palacín, buscaba fundar los lazos entre cooperativismo y democracia, que hacen que el cooperativismo “no podrá jamás coexistir con el despotismo”, aunque prefiere evitar las precisiones nacionales y guarda un tono abstracto[17].

En un plano más específico, apenas instalado el nuevo gobierno del general Perón, Díaz Arana, atacaba la inclusión de las cooperativas en la política de control de precios, solicitando un régimen fiscal propio. Reclamaba, además, la estructura cooperativa de la energía aun en un régimen de nacionalización[18]. En las páginas de La cooperación libre la crítica toma la forma de una censura de la inflación, que terminaba por desvirtuar la justicia social, tal como lo venía denunciando el PS. La denuncia que se hará omnipresente a lo largo del período, junto con el desabastecimiento, como se puede leer ya en una columna de agosto de 1947, donde el autor se aventura a determinar sus causas, que serían del orden de tres: el excedente comercial de la posguerra, el déficit presupuestario, y la caída de la producción.

Un ensayo de Alicia Moreau de Justo fijará las coordenadas en las páginas de la revista[19]. Aunque se cuida mucho de hacer referencia a la situación argentina, prefiriendo un análisis general a partir de la política británica de nacionalización de la industria molinera, la línea es clara: se debe distinguir la economía colectiva de toda forma de intervención del Estado, en particular la estatización. Se denuncia en particular el aumento de burocratización que la nacionalización implica, lo que termina diluyendo la responsabilidad y lleva a perder de vista su fin, el bienestar de la nación. El cooperativismo, en cambio, permite a los individuos desarrollar una mayor autonomía y capacidad, al crear “en los individuos mayor conciencia económica y los hace capaces de realizar por sí mismos la función de dirección económica que el Estado moderno se atribuye”. El texto termina reivindicando la socialización, para la cual la cooperación es el camino. La única estatización válida es la que conduce hacia ella.

Ese número de julio de 1949 de La cooperación libre marco un punto de inflexión en la crítica, en consonancia con el endurecimiento de las posiciones del PS a partir de la reforma constitucional de ese año. Pero a partir de entonces, el lenguaje opositor se hace más críptico, con sobreentendidas alusiones a “conflictos y angustias económicas y de todo otro orden derivadas de circunstancias conocidas”. Incluso, cuando se denuncia la carestía de vida, no sólo se adopta un tono neutro, sino que se apunta a la falta de responsabilidad del cooperativismo en esos hechos[20]. Pero, como dijimos, es la FACC, más que EHO, quien asume el papel de vocero de la crítica pública, que se hace siempre a través del rechazo de la política económica del Gobierno. Así, en febrero de 1947, la FACC denuncia el recorte de libertad que implicaba el Primer Plan Quinquenal. También piden un mayor intercambio con el exterior en función de la ausencia de ciertos productos. Y en un documento público del 5 de julio de 1947, se declara en favor del libre intercambio mundial, y contra el desabastecimiento. En su asamblea anual de aquel año la FACC vota una declaración en apoyo a las cooperativas agrarias en su lucha por la libertad de comercialización de sus productos, cercenadas por el IAPI. En julio de 1948, al celebrarse el día de la cooperación, destila, en una apretada síntesis, sus reivindicaciones de la hora:

 “Intensificar la producción, suprimir las trabas de todo orden que dificultan el intercambio, combatir la especulación, comprimir los gastos públicos y reducir muchos impuestos que elevan el costo de la producción y distribución de numerosos artículos de primera necesidad”.

Un año después se vuelven a denunciar las trabas de un conjunto de disposiciones que afectan a las cooperativas “como si se tratara de empresas lucrativas”. Aunque no se deslegitiman las leyes para regular el abastecimiento y combatir el agio y la especulación, para la FACC se debe organizar la economía a favor del consumidor, extirpar los monopolios en sus múltiples formas, aparte de dignificar la persona humana e instaurar la paz entre los pueblos[21].

Pese a todo, la oposición sigue siendo muy moderada, si se la compara con la virulencia de los ataques del PS a partir de finales de 1948, y sobre todo después 1950[22]. Por lo pronto, cuando el Partido había visto para entonces cerrados sus principales canales de expresión y propaganda, el acceso a la palabra pública es diferente para los cooperadores, que incluso tiene abiertas en esos años las ondas de las radios Excelsior, Libertad o El Mundo. Aunque a partir de 1947 hay problemas con los costos de edición de sus publicaciones, y se pide a los socios no contar con más de un ejemplar por hogar, los órganos del cooperativismo libre siguen apareciendo regularmente.

Apenas si se señala en 1951 el “azote” de la carestía de vida, o aún “a la anormalidad en que se desenvuelve la vida económica del país”, como dice José Bogliolo al asumir un nuevo mandato en 1951. Por cierto, se habla ritualmente, y sin mayores precisiones, de las dificultades a vencer. Incluso en un artículo que Delom publica en Francia, a finales de 1950, donde hubiera podido hacer gala de una mayor libertad de tono, apenas aparecen formuladas dos críticas. Por un lado, el temor ante una eventual modificación de la legislación, frente a un intervencionismo estatal que se acentúa cada día. En el mismo orden de cosas, el presidente de la FACC señala que la concentración, en manos del Estado, de la casi totalidad de actividades sociales y económicas impide al cooperativismo continuar su desarrollo con nuevas tareas, en particular la producción, importación y exportación de productos[23].

Un elemento debe ser resaltado en ese sentido: las críticas que dichas entidades dirigen al Gobierno se dan en un clima de optimismo para el cooperativismo en los inicios de la década de 1950. Si EHO no parece buscar modificar su relación tradicional con el Estado, el contexto positivo en que tienen lugar sus reparos tiene consecuencias sobre la retórica. En ese año, el cooperativismo socialista subraya la existencia de 14 organizaciones de segundo nivel, siendo la más importante la FACC, que cuenta según sus cifras, con 139 cooperativas y cerca de 165.000 miembros –no por nada, EHO reclama un cambio de funciones, dada la envergadura que la Federación ha tomado–. Pero no es la única a mostrarse activa: la siguen la Federación Argentina de Cooperativas de Electricidad (117 cooperativas y casi 134.000 integrantes), y un conjunto de uniones de entidades agrícolas, como la “Asociación de cooperativas argentinas” o SanCor. Un extracto de la revista de esta última, retomado en La cooperación libre de julio de 1953, da cuenta de ese fenómeno complejo que está viviendo el cooperativismo bajo el peronismo:

“Ahora que el cooperativismo se consolida dentro de la economía nacional, y que por ende resulta fácil de prever su futuro promisorio, tampoco asume otra actitud que no sea la pacífica observada a través de todo su pujante desarrollo”.

Aunque algunos análisis consideran el período 1930-1950 como de “consolidación y moderado crecimiento”[24], el dinamismo de EHO no parece sufrir mermas durante la experiencia peronista y el aumento de sus afiliados es constante durante el período: en 1947 supera los 20.000 miembros. En 1950 tiene más de 29.000 socios, superando los 31.000 el año siguiente, y sobrepasando los 35.000 en 1953 (cuando el PS cuenta alrededor de 4.000 afiliados en esos momentos). En 1955, al cumplir 50 años, y en momentos en que se produce la caída del gobierno peronista, EHO alcanzará los 40.000 socios. Si, como se puede observar el ingreso de afiliados no deja nunca de ser creciente, el compromiso no parece ser el mismo que en los tiempos de los pioneros: a menudo se leen en las páginas de La cooperación libre quejas sobre el accionar de los socios, que no compran en las despensas, que compran para terceros, etc. Con todo, la organización es pujante: tras cuatro décadas de vida, cuenta con 8 casas colectivas edificadas o en construcción y cuatro barrios de viviendas individuales (Ramos Mejía, Turdera, Bernal y Villa Lugano), siendo su gran obra de la época el monumental edificio de la avenida Rivadavia 5126 (que consta de 22 pisos y 263 departamentos idénticos), y que se inaugura oficialmente en diciembre de 1955.

II – Vertebrando al cooperativismo

En el proceso que lo terminará llevando al poder, el coronel Perón se había mostrado interesado por el mutualismo, antes que el cooperativismo, como componente de la amplia Seguridad social que el Gobierno del 4 de junio buscaba desarrollar[25]. Ya instalado en la presidencia de la República, Perón convierte, en septiembre de 1948, la vieja oficina de “Registro, Inspección y Fomento de las Cooperativas” en una “Dirección de Cooperativas”, dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, primer síntoma del impulso que el Gobierno busca darle al cooperativismo. Los principales responsables del área, no eran ajenos al movimiento cooperativo[26].

El peronismo intenta promover una nueva forma de cooperativismo, las “cooperativas de trabajo”, estructuradas a través de los sindicatos en torno al consumo, pero abiertas a una evolución más importante en materia de producción, al mismo tiempo que priorizaba fuertemente, entre las formas ya organizadas, el cooperativismo agrario. El talante era, en ambos casos, centralizador, y se fomentaba la creación de entidades federativas en diversas áreas[27]. Sólo a partir de 1952 el peronismo pasa a interesarse más de cerca por las cooperativas de consumo, donde tendrá que afrontar, inexorablemente, al asociacionismo socialista.

El cooperativismo en la comunidad organizada

La Constitución de 1949, que había desarrollado nuevas formas de intervencionismo económico, no había abordado la cuestión del cooperativismo en profundidad. Esto cambia a las claras con el Segundo Plan Quinquenal, como lo admitirá más tarde el propio presidente Perón[28]. Se afirma así en el cap. XVI, que “el Estado estimulará y protegerá el desarrollo del cooperativismo en todas las actividades económicas”. En ese sentido, “la acción estatal será ejercida mediante asistencia técnica y económica a las cooperativas: crédito bancario, provisión de materias primas, exención o reducción de impuestos, prioridad en los servicios públicos, etc.”. Además, fomentaba la educación cooperativista, en particular en los medios estudiantiles y escolares, para “contribuir a la formación de la conciencia nacional cooperativa”.

Sobre todo, “el Estado auspiciará la creación y desarrollo de cooperativas de producción, industria, distribución y consumo, como elementos básicos para la regulación natural de la actividad económica”. Las cooperativas agropecuarias ocupaban su mayor atención: en 10 puntos se declinaban todo el programa para el quinquenio 1953-1957, que debía culminar con “la organización de un sistema nacional uniforme de cooperativas de productores agropecuarios que represente a todos los productores del país y defienda sus intereses económicos y sociales”. En lo referente al consumo, en particular, se dice que el Estado promoverá “la coordinación permanente de las organizaciones cooperativas de producción, agropecuarias o industrial y de distribución, con las cooperativas de consumo, a fin de suprimir la intermediación comercial innecesaria”. En especial, lo que será denunciado por el cooperativismo socialista:

“el Estado estimulará la creación y desarrollo de cooperativas de consumo, particularmente las que funcionan en las asociaciones profesionales de carácter gremial, a fin de procurar por este medio la defensa del poder adquisitivo del salario”.

También en materia de construcción de viviendas, se impulsaba la actividad cooperativa de las asociaciones profesionales (cap. VII).

Pronto, el cooperativismo pasará a ser una de las significaciones del peronismo. Ya en 1949 el Presidente afirmaba que los objetivos de los cooperativistas eran los mismos del gobierno, y las cooperativas una de las formas privilegiadas en toda la organización del sistema social justicialista[29]. Pero el eje se profundiza: en un intento de reformular el relato de la política de su gobierno, Perón afirmaba en 1952 que la creación del IAPI había sido una cánula, puesta provisoriamente en el funcionamiento de la economía argentina tras extirpar el tumor de la intermediación, mientras se desarrolla el tejido de las cooperativas, que lo suplantará en su momento. “Esperamos ahora que la organización cooperativa reemplace todo este sistema”, pero la garantía para los agricultores y productores argentinos se hallaba en la universalización de dicha organización[30].

Acaso el intento más articulado por dotar al peronismo de una doctrina cooperativista propia venga de Jorge del Río, el antiguo forjista que, según la leyenda, fuera el redactor de los párrafos sobre cooperativismo del Segundo Plan Quinquenal. Del Río es una figura clave por más de una razón. Por un lado, es un cooperativista reconocido, sobre todo en materia de electricidad. De hecho, su posición general con respecto al cooperativismo no disiente sobremanera del cooperativismo socialista: destaca así su método de persuasión y asociación, que aleja de la violencia revolucionaria, subrayando que no propugna la transferencia de la propiedad al Estado sino dar a los trabajadores y a los consumidores la conducción de la economía. No por nada se referencia en los trabajos del economista francés Charles Gide, una de las figuras tutelares del cooperativismo “libre”[31]. Por el otro, es uno de esos intelectuales orgánicos que ambicionan dar un programa al peronismo en laboratorios tales como particular desde las páginas de Hechos e ideas o Argentina de Hoy. Del Río pone así en relación el cooperativismo con la “tercera posición”, uno de los ejes en que se apoyaban esos ensayistas y universitarios con pasado radical o socialista contaban para construir la ideología peronista[32]. Es más, es la tercera posición la que permite crear el vínculo entre justicialismo y cooperativismo. En todo caso “si una nación quiere organizar su economía con un sistema distinto al capitalismo y al comunismo, fatalmente debe recurrir al único experimento social que no ha fracasado en el mundo”, al “único método que combina un justo sistema de distribución de la riqueza con el respeto de la libertad del individuo”[33].

Sin embargo, Del Río es un teórico más que un funcionario estatal, y por ende no puede ser considerado como representativo de las políticas peronistas, pese a asumir a menudo el papel de asesor del cooperativismo justicialista. Para Del Río, nunca antes un gobierno argentino ha dado al cooperativismo la preeminencia que le concede el Segundo Plan Quinquenal, subrayando, contra aquellos que denuncian su carácter autoritario, su “hondo sentido democrático”. Más aún: “la empresa cooperativa encuentra en la doctrina y en las realizaciones justicialistas el clima más propicio para su mejor progreso”.

Al mismo tiempo, Del Río juzgaba que el cooperativismo argentino “vive un tanto desarticulado en perjuicio de productores y consumidores”, promoviendo en su artículo programático una coordinación permanente, incluso entre diversos tipos de cooperativas[34]. En comparación con las cooperativas agrarias o las de trabajo, privilegiadas por el Gobierno, las cooperativas de consumo eran para Del Río “la expresión más amplia y generosa del cooperativismo”, e incluso “la más auténtica y provechosa”, ya que la categoría de consumidores engloba a todos los miembros de la sociedad. No por nada era el “tipo de cooperación que más ha progresado”. Sin embargo, apuntaba un límite: “su aislamiento, que las ha mantenido en un estado estacionario, reducidas al comercio minorista”[35]. Del Río recordaba que el Plan propiciaba la creación de un “Sistema nacional de cooperativas de consumo”, que:

“Necesita contar con una organización vertebrada de los consumidores, con un sistema que asegure un mejor y menos costoso abastecimiento de la población, promoviendo también una sana competencia con la organización comercial”.

Esto suponía una acción coordinada con los otros sistemas cooperativos (agrarios, del trabajo, de la vivienda, del seguro). Y aquí, a la experiencia nórdica, Del Río agregaba el sistema inglés, como para dar credenciales democráticas al modelo. Porque estaba claro que era en el plano de las cooperativas de consumo donde la política del peronismo se confundía con un ataque al socialismo. Ciertamente, no puede ignorar la existencia de la FACC pero a su juicio “ésta se distingue más por su actuación en el terreno político como uno de los órganos del Partido Socialista que como organización económica del pueblo”. Más aún:

 “Los dirigentes de esta organización, llevados por su sectarismo político, no desean el triunfo del Plan y sería insensato confiar en ellos la organización de un sistema […] que no cuenta con su leal colaboración”[36].

El enfrentamiento no queda enfrascado en una cuestión doctrinal y en ese año de 1953 tomará otras formas. El panorama parecía ensombrecerse para el cooperativismo socialista: en el primer número de 1953 de la Revista de la cooperación se dice que el balance del año anterior “no se refleja como muy favorable”, por “las grandes dificultades de diverso orden encontradas a lo largo de la labor realizada”. Incluso, el propio almanaque de la FACC que aparece a principios de 1953 se muestra menos “politizado” que antes. Son las viñetas y caricaturas, más que los análisis, que insisten sobre el aumento de los precios de la carne, de los productos de despensa o los electrodomésticos. Por cierto, la defensa de la neutralidad política y religiosa se declina de diversos modos, y una larga cronología viene a recordar que el cooperativismo tenía una larga historia en el país, contrariamente a lo que creían “cooperadores recientes”. Hacia abril, el tono de la Revista de la cooperación había cambiado totalmente, y ya ni siquiera practicaba el estilo indirecto para criticar la situación argentina. El artículo más sustancioso trata de una nueva ley de cooperativas sueca. La gran mayoría de las notas aluden a países extranjeros (España, Sudáfrica), y son hechos por autores locales o son traducciones de textos de la Revue des études coopératives. Se dan informes de las cooperativas argentinas, el más importante concierne SanCor, pero a partir de sus balances contables. Y en el artículo “A través del mundo”, firmado por Delom, sólo se da cuenta de la Argentina para señalar el fallecimiento de un socio… Como si se adivinase los peligros que se cernían sobre la Federación.

El punto culminante del enfrentamiento se dará en ese mes de 1953, en ocasión de la Asamblea ordinaria de la FACC, que se convoca para el día 25 de abril en la Sociedad Luz, con la presencia de 98 delegados. Al abrirla, Delom señala una vez más las dificultades de la hora, que tenía que ver con la actitud de los afiliados, pero también con la escasez de capital y la inflación. Y reafirma los principios neutralistas de Rochdale. Pero tras su discurso, la mayoría decide rendir homenaje a la memoria de Eva Duarte de Perón. Acto seguido, se vota también una moción de desaprobación de su Presidente, que decide entonces retirarse del recinto. Las otras autoridades de la FACC rechazan asumir la dirección y es así que una mayoría de los delegados decide revocar los mandatos del Consejo de administración y rechazar la memoria y el balance general. Tras haber adherido al Segundo Plan Quinquenal, se procede a la elección de nuevas autoridades, encabezadas por el diputado justicialista Ángel L. Ponce[37].

La prensa socialista denunciará profusamente lo que se califica de “asalto” de la FACC en sus distintos órganos de prensa. Nuevas Bases revela incluso, unos meses más tarde, los pormenores de la preparación del golpe, con la publicación de una carta del diputado Pascual H. Preste, presidente de la cooperativa del personal de los ferrocarriles del Estado, donde se pide que se elijan delegados peronistas, para “peronizar” la federación, convocando a una reunión preparativa[38]. La operación se habría hecho apoyándose fundamentalmente en los delegados ferroviarios. La Vanguardia (en el exilio), que ya había hecho alusión al plan, acusando Ponce, su nuevo titular, de haber dirigido la operación junto con Preste, denunciará que el nuevo boletín Coop, correspondiente al mes de mayo, se publica con los retratos del presidente y de la primera dama fallecida, acompañados de sendas frases de su respectiva autoría, lo que prueba que “el propósito central de la agresión al colocar al organismo copado bajo la égida del régimen e incluir la entidad cooperativa en el vasto plan de proselitismo oficial”[39].

El primer cooperativista versus la ley

El avance de la peronización de la palabra cooperativa no se había detenido y un conjunto de discursos de Perón en 1954 vienen a vertebrar esta apropiación. No por nada es proclamado por algunas de esas organizaciones “primer cooperativista”, de la República e incluso de América. Perón, por su parte, no dudará en afirmar “el cooperativismo es el reflejo del justicialismo”, en la medida que reproduce, como lo dice en mayo de 1954 en momentos en que clausura el Primer congreso de cooperativas de Trabajo de la República Argentina, a escala menor lo que busca el Estado Justicialista. Según Perón, las cooperativas no eran más un cuerpo extraño en la vida económica del país, para pasar a ser órganos naturales a la nueva Argentina –para el Presidente, pueden incluso solucionar el noventa por ciento de los problemas que se presentan en la vida económica y social del país[40]–.

En ese discurso, Perón proclamaba que el cooperativismo está “en la médula misma de nuestro Justicialismo”. Y aunque debía admitir que el cooperativismo no era una novedad en el país, reivindica el impulso dado en los últimos diez años. Justamente, insistía en su importancia para la preocupación de la hora, “producir”. Poco después, en otro discurso, subraya el “carácter solidario” del cooperativismo, siendo por eso mismo una institución “eminentemente justicialista y peronista”[41].

La oposición con el cooperativismo libre se cristalizará en torno a la ley 11.388, que regía desde 1926 el cooperativismo, cuando comienza a proclamarse su inadecuación en el estado actual de desarrollo. Los socialistas habían considerado dicha ley como obra propia, ya que había sido Justo quien había presentado en la Cámara, allá por septiembre de 1915, el primer proyecto de ley integral sobre sociedades cooperativas, y vuelto a proponer, sin mayor éxito, nuevamente en 1923. Finalmente, un año más tarde, el Poder Ejecutivo encabezado por Marcelo T. de Alvear, envía un proyecto a la Cámara de Senadores. Una comisión presidida por el socialista Mario Bravo, redactará su texto definitivo, que se sanciona en diciembre de 1926. El socialismo juzgaba la ley muy cercana a los proyectos justistas y fiel reflejo de los principios de Rochdale, “una antorcha en la cual la cooperación tiene una guía segura y un fuerte propulsor de progreso”, como lo afirmaba Repetto unos años más tarde, y en ese carácter continuaba reivindicándola.

El peronismo había comenzado por poner en tela de juicio esa paternidad socialista, y Del Río prefería filiarla en la acción de Alvear y sobre todo de su ministro de la justicia, Antonio Sagarna. Incluso va más allá en el intento de deslegitimar el papel de los socialistas en el desarrollo del cooperativismo:

“Los que hoy atribuyen al Estado el propósito de someter las cooperativas a su influencia son precisamente aquellos políticos que con su pasividad o complacencia, durante la época de los gobiernos de Uriburu y Justo, se prestaron al juego de la oligarquía criolla en defensa de los capitales foráneos que estrangulaban la economía nacional” [42].

La disputa teórica de fondo va a concentrarse en un frente: la centralización del cooperativismo, lo que el general Perón llamaba “el proceso orgánico” –no por nada hablará de “cooperativismo organizado”–. Ya antes, se mostraba crítico de una organización “un tanto sui generis”. En una alocución del 8 de junio de 1953, Perón sostenía que “es muy simple hablar de cooperativas, pero es muy difícil realizarlas bien. Se necesita gente capaz y honrada, sobre todo que las maneje, y hombres que sepan lo que es el cooperativismo; que no crean que este es un negocio más”[43]. Para Perón, si las cooperativas “hubieran tenido gente altamente capacitada y una buena organización”, hubieran ya triunfado sobre el sistema capitalista. Una organización que debía hacerse de abajo hacia arriba. Si la realización podía ser descentralizada se necesitaba “una unidad de concepción bien centralizada”. “Es necesario llegar a formar una organización cooperativa única” proclama en un encuentro de marzo de ese mismo año con los gerentes de la Asociación de Cooperativas Argentinas. Y en todos sus discursos, Perón insistirá en el “contacto permanente” de los organismos estatales con las cooperativas, “para servirlas”.

EHO, entre otras organizaciones (como SanCor), se mostraban reacios a toda modificación de la ley 11.388, que se considera siempre adaptada a las necesidades de las sociedades cooperativas. En octubre de 1953, EHO enviará una breve pero detallada opinión a la peronizada FACC, ante el requerimiento de sugerencias en vistas a la eventual modificación del régimen legal, de las razones a favor del mantenimiento de la ley, dentro de las cuales se subraya que la Dirección de cooperativas sólo debe controlar el cumplimiento de la ley por parte de las entidades, aunque no le niega tampoco la posibilidad de “estimularlas y orientarlas”, pero “sin entorpecer su funcionamiento”. En un alarde de versatilidad, La cooperación libre subrayaba públicamente la satisfacción por la opinión coincidente del “segundo jefe” de la Dirección, A. Moirano[44].

Como se ve, EHO y sus órganos prefieren conservar su mesura. La nueva situación de la FACC tras el “asalto”, no es objeto particular de análisis, y EHO no parece romper relaciones con ella, aunque sus antiguos dirigentes llevan el caso a la Alianza cooperativa internacional. En los momentos de mayor efervescencia opositora, en junio de 1955, los mayores ataques que se pueden leer en la Revista de la cooperación atañen al problema de la vivienda, pero en ningún momento el Gobierno es nombrado como tal. Se trata más bien de los “poderes públicos”, a los que se reconoce haber hecho algunas cosas, pero al que se reclama una política fiscal más favorable (para la importación de materiales, para lo construido sobre el terreno, etc.)[45]. El tono sube algo más con el rechazo de las cooperativas de industriales y comerciantes, que se han creado en esos tiempos con “la tolerancia de las autoridades competentes”, pero la crítica no se aleja nunca del área específica de actividad de la cooperativa, interpelando más a las “instituciones” que al peronismo, con un contenido técnico ante todo.

En otras palabras, EHO no cambia de estrategia, y no pasa nunca al enfrentamiento frontal, cuanto menos que en ese año de 1954, y por primera vez en 18 años, la cooperativa no tiene excedente de consumo, acusando pérdidas por 172.000 pesos. Pero se aducen causas ligadas a las conductas de los socios y no de la situación económica. Incluso se ven aspectos positivos en las proveedurías sindicales, y los servicios sociales creados en ministerios y servicios del Estado, como se puede leer en La cooperación libre en 1954.

Un discurso más articulado de oposición, empero, surgirá de los antiguos animadores de la FACC, y la nueva revista que comienza a sacar el defenestrado Delom, Democracia económica. En un texto programático, aparecido en su primer número, un año después del enfrentamiento, con el título “La democracia de los consumidores”, se insiste sobre el carácter “orgánico” del cooperativismo, ya que forma una institución social, pero también “económica” porque no agrupa a los individuos por un interés abstracto, como la democracia política, sino concreto. En ese sentido, es también una democracia familiar. Pero por sobre todas las cosas tiene un carácter voluntario (diferente, incluso, al estatuto de la ciudadanía). El texto, a la par que disputa el discurso de la organicidad, coloca, de manera implícita, el punto de oposición con el peronismo en la democracia, pero, al mismo tiempo, esta no se resumía, como estaba ocurriendo en la prédica antifascista que dominaba al PS, en una mera democracia liberal.

Cuando se produce, en septiembre de 1955, el derrocamiento del general Perón, el tono cambia radicalmente: Democracia económica denuncia al régimen dictatorial, que ejerció “toda clase de abusos y vejámenes contra las instituciones libres y democráticas”. En lo que respecta al cooperativismo, se asegura que el movimiento fue “dominado por títeres colocados a su frente, con la pasividad de algunos asociados demasiado ingenuos y tolerantes”. También ataca el servilismo de quienes nombraron a Perón primer cooperativista de América. Y se augura que el movimiento cooperativo podrá ahora “lograr su verdadera libertad” y “realizar su misión, con independencia y dignidad, dentro de los auténticos principios de la cooperación libre”.

También el órgano de EHO saluda la caída de Perón y en su número de octubre-noviembre de 1955 publica un artículo que lleva por título “Democracia y cooperación libre”. Recién ahora se hace referencia al “asalto por delegados regimentados” sufrido por la FACC, y que hizo que esta cayera en manos de cooperativistas que actuaron como “políticos” y se pusieron al servicio del régimen. Se hace referencia allí a la “continua y permanente zozobra” en la que había vivido el cooperativismo, “ya que no se tenía la seguridad de poder actuar libremente”, a lo que se agregaba el temor permanente que EHO fuera avasallado “en cualquier momento”. Pero, como se ve, se habla más de temores que de hechos. Poco después, en el número de diciembre, EHO llamará a la depuración del sistema cooperativo, ya que la proliferación de organismos bajo el peronismo había producido una desnaturalización del cooperativismo, lo que aparecía a las claras en la reivindicación del general Perón que esas entidades se creían obligadas a realizar. Esta multiplicación de asociaciones tenía la finalidad, como da a entender el texto, de controlar el movimiento libre. En ese sentido, se denuncian las cooperativas de industriales textiles y metalúrgicos y el impulso dado a la creación de proveedurías a las que se les pretendía dar el carácter de despensas cooperativas. Todos datos que hacían “presumir con fundamento que también el movimiento cooperativo fuese tomado por el gobierno para hacerlo servir a sus designios”. En todo caso, todas las cooperativas debían ser puestas ahora de conformidad a la ley 11.388.

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Hemos podido observar un choque entre dos concepciones del cooperativismo, una, reciente, que ve ante todo un instrumento paraestatal de lucha contra la intermediación económica, con el apoyo del Estado, y una visión tradicional que lo ubica en la libre voluntad de los afiliados que se organizan con el objetivo de obtener beneficios económicos, pero con fines más profundos en términos de solidaridad. El cooperativismo bajo el peronismo se convierte en un espacio donde interseccionan dos tipos de asociacionismo, incompatibles en el plano político. En el plano de las cooperativas de consumo, y frente al modelo de EHO, el peronismo alentará aquellas que funcionaban en las organizaciones gremiales, las “proveedurías”, estimulando una organización centralizada de las mismas[46], para las que el concepto de “sociedad política” encierre acaso algunas promesas heurísticas. La creación de una “Asociación de cooperativas de trabajo de la República Argentina limitada”[47], tras un Primer Congreso que organiza la CGT en mayo de 1954, parece materializar ese deseo aunque su ambición es sin duda mayor que la de disputar un espacio al cooperativismo socialista –no sólo se lo ve como un paso más en la dignificación del trabajador, sino también en la organización de cooperativas de producción, como fase más elevada del sistema[48]–.

Si el enfrentamiento llevará en el plano institucional al descabezamiento de la FACC en 1953, hemos subrayado la prudencia del discurso de las asociaciones socialistas. Estructurar un discurso opositor desde el cooperativismo conlleva una serie de dificultades internas, que  tocan, por un lado, sus principios neutralistas y apolíticos. Esto no hace más que acrecentar aquella característica que se señalara sobre el asociacionismo en general, y que se mueve en una lógica de moderación[49]. De hecho, entre los teóricos y juristas que acompañan al nuevo cooperativismo peronista, encontramos nombres que habían actuado en dicho ámbito antes de 1945, como J. del Río o A. Moirano, que había coincidido con algunos de los dirigentes de EHO en espacios comunes, como el “Centro de estudios cooperativos” del Museo Social Argentino, creado en 1925. Por eso no sorprende encontrar un artículo de Moirano en las columnas de La cooperación libre de 1953 (por cierto, extraído de otra publicación), donde el funcionario peronista defiende “la bondad doctrinaria” de la ley 11.388, que juzga “completa y magnífica”[50]. La sobriedad, pues, está también presente en aquellos cooperadores de antigua data que evolucionaban ahora en la órbita peronista.

En una de las máximas que regularmente publica La cooperación libre (y que provienen a menudo de libros de grandes cooperadores), se puede leer en 1953 “soy cooperador porque prefiero el trabajo positivo que une a las luchas estériles que dividen”. Esto hará que las aristas más filosas del discurso político del cooperativismo tome la forma de una moral o de una propedéutica. La elisión podía resultar particularmente útil en ese contexto, que no está hecho sólo de represión y amenazas, sino también de optimismo ante el auge que estaba conociendo el cooperativismo en el país y en el mundo. Se explica así que La cooperación libre se pueda hacer eco de la recomendación de los ministros de Hacienda de la Nación y de las provincias a favor de la eximición o la reducción de los impuestos que graven a las cooperativas (febrero de 1953)[51].

En todo caso, el cooperativismo no forma parte de esa poderosa red asociacionista que termina combatiendo al peronismo con éxito en 1954-1955. Asimismo, EHO logró conservar, tal vez por su densidad y eficacia, su a independencia y autonomía, como lo da a entender el editorial de La cooperación libre después del golpe.


Notas

[1] Este trabajo contó con la invalorable colaboración de Sofía Seras, que proveyó lo esencial del trabajo de archivo en EHO, así como también de Gabriel Macaggi para materiales de la Biblioteca Nacional.

[2] Para una utilización extensiva del concepto de “sociedad política”, ver O. Acha “Sociedad civil y sociedad política bajo el primer peronismo”, Desarrollo Económico, vol. 44, 2004.

[3] C. M. Herrera, Las huellas del futuro. Breve historia del Partido Socialista en la Argentina, Buenos Aires, La Vanguardia, 2007.

[4] A pesar de su centralidad, no tenemos aún un gran estudio que aborde el tema del cooperativismo socialista desde un ángulo historiográfico, donde prima hasta el día de hoy la literatura militante (no es el caso en otros campos del saber social, como la economía). Un despuntar más claro del tema del cooperativismo se deja entrever en el marco de la renovación de los estudios sobre el peronismo, pero las investigaciones más solventes, de por sí escasas, se han concentrado en el cooperativismo agrario, de gran dinamismo en aquellos años, dentro y fuera de su zona de influencia, y mucho menos en las cooperativas de consumo.

[5] De manera general, como se escribiera con razón, la percepción de relevancia del asociacionismo por parte del peronismo, “no fructificó como objetivo estratégico sino con tardanza y recelo”. Cf. O. Acha, “Sociedad civil y sociedad política bajo el primer peronismo”, cit.

[6] J. D. Perón, “Hablando a los gerentes de la Asociación Argentina de Cooperativas” [sic], 15 de marzo de 1954, Hechos e Ideas,febrero-marzo de 1954, p. 381.

[7] Los historiadores (socialistas) señalaban que la primera cooperativa argentina de consumo es de 1884, seguida, un año después, por una novel cooperativa obrera de consumo, en el seno de los socialistas franceses inmigrados, de muy breve existencia.

[8] Rodríguez Tarditi, Juan B. Justo y Nicolás Repetto en la acción cooperativa. Sus discípulos, Buenos Aires, Intercoop, 1970, p. 40; A. Rodríguez, N. Capece, El sistema financiero argentino, Buenos Aires, Macchi, 2001, p. 284.

[9] J. B. Justo, “Cooperación obrera” (1897), in Id. Cooperación libre. Trabajos y estudios, Obras completas de Juan B. Justo, t. II, Buenos Aires, La Vanguardia, 1938, p. 17, p. 22-23.

[10] R. Bogliolo, Hacia una economía socialista. La “Coplan” Argentina, Buenos Aires, La Vanguardia, 1945, p. 210-211.

[11] Citado en Rodríguez Tarditi, Juan B. Justo y Nicolás Repetto …, cit., p. 144.

[12] N. Repetto, Lecciones sobre cooperación (1931), citado en Rodríguez Tarditi, op. cit., p. 84.

[13] Otros dirigentes políticos actúan en EHO sin ser socialistas, como es el caso de Juan José Díaz Arana, una de las figuras históricas del cooperativismo, y a la vez militante importante de la Democracia progresista. Díaz Arana había sido el fundador del Centro de estudios cooperativos, iniciado bajo el auspicio del Museo social argentino, en 1925. Desde 1919, en que lo preside, Díaz Arana era uno de los animadores de los Congresos cooperativos que se suceden. En el período que estudiamos, donde se destaca como uno de los miembros activos de EHO, será candidato a la vicepresidencia de la Nación por el PDP en las elecciones de 1951). Luego del golpe militar de septiembre de 1955 integrará la Junta consultiva nacional.

[14] EHO le presta durante mucho tiempo locales y personal para su funcionamiento, y termina por darle un préstamo en 1947 para la compra de sus locales propios. Su primer presidente había sido José Luis Pena, otro de los jóvenes economistas socialistas renovadores, y por entonces Repetto integraba la comisión directiva, siendo su síndico, poco después, Rómulo Bogliolo.

[15] No hemos logrado hallar, en todo caso, números de la Revista de la cooperación posteriores a abril de 1953. En 1954, Delom, su antiguo director, comienza a editar una nueva publicación, Democracia económica (Cooperativismo). La Revista de la cooperación retoma su publicación luego de la caída del peronismo.

[16] Revista de la cooperación, julio-agosto de 1947 [citado en Rodríguez Tarditi, op. cit. p. 118].

[17] “Cooperación y democracia”, La cooperación libre, julio 1949.

[18] “Cooperativismo y política”, La cooperación libre, julio 1946.

[19] “Cooperativismo y estatización”, La cooperación libre, julio 1949.

[20] B. Delom, “La carestía de la vida y la cooperación”, La cooperación libre, agosto 1949.

[21] EHO acusará a la Dirección de cooperativas de no dar a conocer estadísticas oficiales a partir de junio de 1946 (a la fecha, había casi medio millón de cooperantes, y algo más de 900 cooperativas, de todo tipo). En 1952 saludará el cambio de política y la publicación de los nuevos datos oficiales.

[22] Cf. C. M. Herrera, “¿La hipótesis de Ghioldi? El socialismo y la caracterización del peronismo, 1943-1956”, in H. Camarero, C. Herrera (ed.), El Partido Socialista en Argentina: sociedad, política e ideas a través de un siglo, Buenos Aires, Prometeo, 2005, p. 343-366. No surgen de las fuentes analizadas –escritas ante todo– tensiones entre el PS y EHO. Quizás la situación de excepción que vive el Partido ocluye ese tipo de situación, pero existe de todos modos una subordinación político-cultural de EHO hacia el socialismo.

[23] B. Delom, “La Coopération en République Argentine”, Revue des études coopératives,82 (octobre-décembre), 1950, p. 179, p. 181.

[24] A. Rodríguez, N. Capece, El sistema financiero argentino, cit., p. 285. Este breve pero esclarecedor estudio sobre el desarrollo de EHO hasta su crisis de 1991, finca su período de expansión a partir de 1960.

[25] Está en el origen del decreto 22.946, del 25/9/1945, que declara el segundo sábado del mes de octubre “Día del mutualista”. Un año antes, el 5 de octubre de 1944, había inaugurado el Tercer Congreso Mutualista Argentino, donde el Estado, “en sus expresiones orgánicas” aparece “para servir específicamente a las necesidades del mutualismo”.

[26] Será director Federico Rodríguez Gomes y subdirector Armando Moirano. Ambos eran activos publicistas en el medio cooperativista. El primero de ellos era jurista, autor de un comentario de la ley 11.388, publicado en 1935, y un libro sobre La sociedad cooperativa, mientras que Moirano, también abogado, era autor del manual Organización de las sociedades cooperativas, El Ateneo. Este último publicará un opúsculo que recoge una conferencia en 1952, donde define al cooperativismo como “un movimiento económico dirigido a obtener ventajas materiales inmediatas y a mejorar las relaciones morales de las personas que lo practican”, es decir los fines del cooperativismo serian “mejoramiento económico y dignificación social”. Cf. El movimiento cooperativo argentino – Su importancia – Sus perspectivas, Buenos Aires, 1952 (obra que sale bajo los auspicios de la Federación Argentina de Cooperativas de Crédito, en la que Moirano había participado como asesor).

[27] Por ejemplo, a fines de 1950 se crea la “Federación Argentina de Cooperativas de Crédito”, a la que se otorga personería legal el 7/12/1951. Tras haber mostrado su entusiasta apoyo al Segundo Plan Quinquenal, nombrará a Perón “primer cooperativista de la República”. Cf. Memoria y Balance de la FACC, 31/3/1954, p. 5, cit. por S. Brauner, “La Federación Argentina de Cooperativas de Crédito y sus prácticas políticas (1950-1966)”, Revista OIDLES, vol 1, nº 1, 2007 (http://www.eumed.net/rev/oidles/01/Brauner-resum.htm).

[28] “Nosotros hemos establecido en el Segundo Plan Quinquenal nuestra inclinación decidida y absoluta hacia el cooperativismo –y como siempre que nos decidimos por algo, lo hacemos con una inquebrantable decisión–” (Discurso del 28 de octubre de 1954, a cooperativistas agrarios bonaerenses, in J. D. Perón, Obras completas, t. 18, vol. II, Buenos Aires, Docencia, 2002, p. 513).

[29] J. D. Perón, “Discurso del 20 de septiembre de 1949 ante delegados de las cooperativas agrícolas”, Obras completas, cit., t. 11, vol. II, 1998, p. 521, p. 523. Según asegura “la cooperativa es para mí una forma de gremialismo, orientada en otra dirección y con otra finalidad, pero tan útil como todos los demás gremialismos”.

[30] J. D. Perón, “Discurso del 13 de octubre de 1952, ante los delegados de cooperativas agrarias”, Obras completas, cit., t. 15, p. 348-349. La imagen de la cánula se repite en una serie de alocuciones del año siguiente.

[31] En las publicaciones abundan las traducciones de Charles Gide, que es presentado como el más grande teórico del cooperativismo. La biblioteca de la FACC llevaba de hecho su nombre.

[32] La prédica cooperativista se encuentra también en otros ámbitos. Cf. C. M. Herrera, “Socialismo y revolución nacional en el primer peronismo. El Instituto de Estudios Económicos y Sociales”, Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 20 – 2, 2009 (july-december), p. 89-114.

[33] J. Del Río,  “El cooperativismo en el 2°. Plan Quinquenal argentino”, Hechos e Ideas,n° 106-109, enero-abril de 1953, p. 611-612. Entre una economía capitalista y una economía exclusivamente estatal, Del Río buscará su modelo en la experiencia de los cuatro países nórdicos (Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia).

[34] Ibidem, p. 625. Aquí también el modelo es sueco.

[35] Op. cit., p. 631-632.

[36] p. 636.

[37] La Nación, 26/4/1953, La Prensa, 26/4/1953.

[38] Nuevas Bases, septiembre 1953.

[39] “Para esto asaltaron la FACC”, La Vanguardia, 29/7/1953.

[40] J. D. Perón, “Discurso del 26 de mayo de 1954, en el acto de clausura del Congreso de cooperativas [de trabajo]”, Obras completas, op. cit., t. 18, vol. I, 2002, p. 262. También se pueden citar como eslabones de esta cadena el pronunciado el 15 de marzo, ante la Asamblea de la Asociación de Cooperativas Argentinas y asimismo, la alocución en el Congreso de cooperativas ferroviarias, el 16 de junio, siempre de 1954.

[41] La Prensa, 17/6/1954.

[42] Op. cit., p. 613, p. 615. Para el antiguo radical, el cooperativismo adquiere mayor importancia después de la Primera guerra mundial. Recuerda en ese sentido a Yrigoyen, pero también al alvearista Tomás Le Bretón.

[43] J. D. Perón, “Discurso del 8 de junio de 1953, ante delegados de la Cooperativa del Personal de Ferrocarriles del Estado”, Id. Obras completas, cit, t. 17, vol. I, p. 348.

[44] A decir verdad, incluso Del Río parece algo ambiguo sobre la idea de reformar la ley (Op. cit., p. 609).

[45] “El problema de la vivienda”, La cooperación libre, junio 1955.

[46] Incluso el tema de una liga nacional de cooperativas de consumo vuelve también en los editoriales de La Prensa (21/5/1954), como instrumento para un mejor control de precios.

[47] La primera comisión directiva era integrada por Cesar Sánchez (construcción), presidente, Roberto Laurino (textil) vice, Braulio Mamani (construcción) secretario, Mauro Pérez (Soda) prosecretario. Jorge del Río es uno de los asesores jurídicos. El presidente honorario era, por cierto, el general Perón…

[48] La Prensa, 22/5/1954.

[49] O. Acha, “Sociedad civil y sociedad política bajo el primer peronismo”, cit. p.

[50] A. Moirano, “Los principios cooperativos”, La cooperación libre, febrero de 1953.

[51] Independientemente de la intervención del Gobierno hacia las cooperativas de consumo, menos masiva de lo que se temerá, algunos estudios económicos han hablado de “competencia estatal” para subrayar que la política económico-social del peronismo –el congelamiento del precio de los alquileres, la política de control de precios, los planes de venta y construcción de viviendas con tasas favorables con respecto a la inflación–, que prolongaba medidas ya tomadas en los años 1930, no era favorable a EHO. Cf. A. Rodríguez, N. Capece, El sistema financiero argentino, cit. p. 285.


Fuente original:  O. Acha, N. Quiroga (eds.), Asociaciones y política en la Argentina del siglo veinte. Entre prácticas y expectativas, Buenos Aires: Prometeo, 2015, p. 221-245 (ISBN 978-987-574-653-4).

*Profesor de la Université de Cergy-Pontoise, en Francia. Ha publicado numerosos libros, capítulos de libros colectivos y artículos en América Latina y Francia sobre socialismo, constitucionalismo y filosofía del derecho.