3 modelos para transformar el capitalismo

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por Ferran Llistosella Grinyó

Multitud de hipótesis conforman el panorama marxista, desde la teoría del valor-trabajo hasta sistemas de planificación económica. Nosotros consideramos, quizá por la extensión de la presente, que el núcleo fuerte de la teoría marxista que debe defenderse consiste en el requisito marxista de no-explotación, sin que por ello neguemos que otras hipótesis pudieran formar parte del núcleo. Por lo tanto, advertimos al lector que se trata de una decisión únicamente escogida para iniciar un programa de investigación, lo cual no excluye otras consideraciones ni pretende ser infalible. Rogamos se abstengan de negar la mayor en la medida de lo posible y atiendan a los argumentos que se siguen de las hipótesis planteadas. Somos conscientes que tratándose de una primera exploración no podemos abarcar todas las cuestiones que podrían considerarse esenciales para el marxismo. Sin embargo, también consideramos que es más eficiente empezar con lo básico y lo irrefutable -la explotación- y después añadir, si se quiere, otras hipótesis al núcleo, con la consiguiente exploración de hipótesis auxiliares. Esto es, ante todo, un inicio y, de ningún modo, un final. Por esta razón invitamos al lector a ampliar cualesquiera programas de investigación que el marxismo emprenda.

Qué debemos rescatar y qué debemos rechazar es objeto de las siguientes páginas.

Introducción

A raíz de la caída de la URSS, el mayor experimento emancipador de la humanidad, se ha instalado una hegemonía casi global de la ideología del capital. La ofensiva liberal que impera desde Margaret Thatcher no es gratuita ni los socialistas pueden eludir su responsabilidad. Parece evidente que la falla de las economías dirigidas del socialismo realmente existente es uno de los motivos principales del total dominio ideológico del enemigo. No nos debe extrañar, entonces, que las reflexiones de Friedrich von Hayek sobre la necesidad del mercado para la viabilidad de un sistema económico complejo se consideren hoy, para muchos, indudables. Así se resume el pensamiento de Hayek (2014):

En la determinación de estos precios y salarios intervendrán los efectos de la información particular que posee cada uno de los que intervienen en el proceso de mercado, conjunto de hechos que en su totalidad no pueden ser conocidos por el observador científico o por cualquier otra persona individual. Tal es el verdadero motivo de la superioridad del orden de mercado […]. (p. 442)

Más adelante veremos que este argumento no es definitivo. Sin embargo, por ahora bastará con señalar que no es completo –las crisis económicas y la resultante creación de ejércitos industriales de reserva para afrontarlas son pruebas de su equilibrio imperfecto– pero que encarna parte de la razón.

Podrán comprobar que rechazamos una hipótesis auxiliar común de la ortodoxia socialista -la planificación económica- para adoptar, aunque solo sea a merced de la investigación, otra hipótesis auxiliar -el orden superior del mercado- que parece haber superado, acumulativamente, a la anterior.

En concreto, el mercado se ha mostrado superior a la planificación central (al menos en el último cuarto de siglo pasado) en el cálculo económico, es decir, en la gestión de la información necesaria para producir una más amplia oferta de bienes de consumo y tecnología. A partir de esta asunción, el argumento liberal es predecible: si el socialismo ha de crear procesos equivalentes al libre mercado para establecer precios racionalmente, entonces es más inteligente y genera menos duplicidades la implementación de un mercado libre que asegure -y no solo emule- la competencia empresarial; para que exista competencia, los medios de producción deben ser privados. Partiremos de la suposición de que este argumento es correcto aunque no incida en el carácter ambiguo del término “privado”.

¿Cuál es el motivo, si se aceptan parcialmente las críticas liberales, de querer encajarlas en un proyecto socialista?

Por la razón siguiente: consideramos que la empresa del socialismo es erradicar la explotación y que su sola desaparición, encajada en un modelo viable, podría significar el avance más relevante en derechos, libertades y bienestar que podamos imaginar hoy. Creemos, por ende, que la esencia del marxismo es una exigencia moral de acabar con la explotación entendida restrictivamente, es decir, la eliminación del plusvalor en las relaciones de producción. Debemos insistir otra vez en que el proyecto marxista es, y debe ser, más amplio. Sin embargo, consideramos que este es su núcleo teórico y moral más valioso y sobre el cual debemos construir el edificio. Cómo encajar la eliminación de la explotación con los presupuestos intuitivamente correctos de los liberales sobre la necesidad del mercado es el reto.

Este debate no es nuevo, la preocupación sobre la ineficiencia del modelo soviético es muy anterior a su caída. Yugoslavia inició, en el año 1949, un camino de reforma que utilizaba métodos inherentes del mercado combinados con la gestión de las empresas por parte de los trabajadores. Según David Schweickart (1997, p. 111-112), aunque el motivo de la adopción de este modelo fuera el boicot económico a Yugoslavia por parte de todas las economías del pacto de Varsovia y no una voluntad concreta de hacer viable el modelo socialista mediante el mercado, lo cierto es que su economía fue la que más creció en todo el mundo en el período 1952-1960 y parecía una solución óptima a los problemas de agencia del bloque soviético. Así mismo, Oskar Lange, en una discusión que duró décadas con Ludwig von Misses y Hayek, postulaba la necesidad de emular el mercado para crear un sistema de precios racional (Cockshott, 2017, p. 121).

La pregunta es obligada: ¿pueden las empresas gestionadas por trabajadores (de ahora en adelante EGT) en un marco de intercambio libre solucionar los problemas de agencia de las economías planificadas y a la vez eliminar el plusvalor en las relaciones de producción?

La tesis que proponemos es una tríada interrelacionada que se compone de las subtesis siguientes:

  1. Solo la existencia del libre mercado en una economía socialista solucionaría óptimamente los problemas de agencia que han sufrido los socialismos realmente existentes. En concreto, las economías centralmente planificadas sufrían un problema en la gestión de la información necesaria para establecer los precios de todos los productos y cuáles son los productos que se han de ofertar para satisfacer la demanda. La existencia de competencia empresarial, del mercado libre, soluciona de forma más eficiente los problemas de agencia y hace más necesaria la innovación que una dirección planificada.
  2. Solo la gestión (y la propiedad) democrática de las empresas garantiza la inexistencia de explotación laboral.
  3. Solo una economía socialista basada en empresas gestionadas por trabajadores (EGT) es capaz de combinar la gestión óptima de la información propia de los mercados y la exigencia moral de erradicación de la explotación.

La estructura de lo que sigue consistirá, primero, en mostrar por qué el plusvalor es injusto en sí mismo, porque se da en el socialismo realmente existente de una forma análoga al capitalismo y como lo puede solucionar el socialismo de mercado. Posteriormente, identificaremos los problemas de agencia de las economías dirigidas para, después, aportar las razones por las cuales consideramos que el socialismo de mercado los podría resolver. Finalmente, plantearemos objeciones relativas a la afirmación que en el modelo de las EGT no existe plusvalor y los posibles problemas de un mercado socialista.

Plusvalor

Según Karl Marx (2014, p. 139-153), el plusvalor es el valor excedente generado en el proceso de producción (y validado en el proceso de circulación) del capital, que presenta la forma Dinero – Mercancía – Dinero’ (D-M-D’), donde D’ representa el excedente. Sin embargo, este incremento no se debe al intercambio de valores no-equivalentes, es decir, no es consecuencia única del proceso de circulación de las mercancías (aunque tampoco se encuentra fuera), sino de una mercancía en concreto que por ella misma crea valor: la fuerza de trabajo. Eludiendo las implicaciones económicas de esta definición general, convendremos en afirmar que el plusvalor es todo el excedente producido por el trabajador que no le es repercutido.

Sobre si el plusvalor es injusto o no, hay literatura abundante. Pero nos centraremos en el debate entre Gerard Allan Cohen y John Roemer. Nuestra posición es la de Cohen (2017), eso es, que el plusvalor es injusto en sí mismo y que no es en la distribución del acceso al capital donde radica su ausencia. De todas formas, sea cual sea la posición que se adopte en este debate, el resultado es similar: para garantizar una mayor distribución del acceso al capital es necesario erradicar la explotación y para erradicar la explotación se ha de garantizar la distribución de los medios de producción. John Roemer, en Should Marxist be Interested in Explotation? (Cohen, 2017, p. 249) afirma: 

La teoría de la explotación no provee un modelo adecuado ni tiene en cuenta los sentimientos morales Marxianos: la afirmación Marxiana adecuada, creo yo, es por la igualdad de la distribución de los activos productivos, no por la eliminación de la explotación.

Consideramos, junto a Cohen, que la explotación es injusta en sí misma porque niega la propiedad sobre uno mismo (2017, p. 148). No es objeto de estas páginas discutir la legitimidad moral de la propia posesión ni sus límites, máxime cuando hemos convenido que la no-explotación -es decir, la autoposesión- es el núcleo fuerte del marxismo, sobre el cual no cabe dirigir crítica alguna. Será suficiente afirmar la propiedad de sí –creemos que es suficientemente fuerte para aceptar su validez– para las cuestiones que siguen.

Al hilo de esta lógica, podría afirmarse que el Estado de una economía avanzada con un estado del bienestar saludable, en tanto que recaudador de impuestos, es también beneficiario del excedente generado por la fuerza de trabajo. No en balde los libertarios yankees utilizan la autoposesión como fundamento para reclamar el adelgazamiento del Estado y el retorno al mundo del western y la ley del plomo. Nótese que aunque el argumento de la autoposesión es ciertamente potente, su inteligencia no lo es tanto como para poder llevarlo a sus últimas consecuencias, pues su inmensa estupidez les impide ver que es su patrón el que les extrae el fruto de su trabajo, mientras que el Estado se limita a observarlo, apuntalarlo y, a veces, corregirlo y repararlo en forma de bienes públicos. Pues bien, el contra argumento más evidente respecto a la extracción de plusvalor por parte del Estado es que este lo retorna en forma de servicios sociales, lo significaría -en el plano ideal- que el plustrabajo recaudado por el Estado le es repercutido al trabajador hasta un punto de equilibrio donde la pérdida de poder adquisitivo debería tender a 0. Debemos recalcar que este razonamiento, para que sea funcional, debe enmarcarse en una sociedad igualitaria donde los impuestos no son más que un fondo común compartido entre productores iguales, pues somos conscientes que el Estado real es poca cosa más que el consejo de administración colegiada de la burguesía.

En este Estado ideal, decimos que la pérdida de poder adquisitivo tiende a 0 siendo conscientes que de manera individualizada esto no es así propiamente, pues el sistema precisa de los ingresos de los más ricos para cubrir los gastos sociales de los más pobres. Sin embargo, las carreteras, las infraestructuras públicas, la educación, la sanidad y la salud pública, el tratamiento de residuos, etc., comportan unos beneficios globales que, aunque un contribuyente pueda no disfrutarlos directamente en forma de servicios, su sola existencia como bien público le repercuten de forma positiva. 

¿Qué pasa, entonces, en sociedades de tipo soviética, nuestro Estado ideal? Si en una economía capitalista con un sistema de bienestar a un trabajador se le extrae un excedente por partida doble (uno de ellos teóricamente repercutido y con la pretensión de aliviar el otro), ¿qué pasa en aquellos sistemas en los que solo hay un extractor, el Estado, que es el poseedor de los medios de producción?

Si el retorno no es directo, entonces debe haber algún mecanismo que justifique las opciones y la forma. Más concretamente, si los trabajadores no gozan del poder, directa o indirectamente, de decidir el destino de su excedente, es indiferente el resultado de este. Es decir, es indiferente –para lo que aquí interesa– si realmente el retorno se ha materializado o no, porque independientemente de la gestión que hagan de él los gobernantes, ellos serán los beneficiarios y sobre ellos recaerá el peso de la decisión. Puede parecer extraño este argumento, y ciertamente es arriesgado, pero no encontramos ningún elemento esencialmente diferente entre el retorno en forma de inversiones (o filantropía) que hace un capitalista y el retorno vía Estado Socialista. No queremos decir con eso que sean equivalentes cuantitativamente, ni de lejos, sino que sin el beneplácito de los productores esta extracción es injusta.

En ausencia de procesos democráticos y participativos, los gobernantes se convierten en clase dirigente, depositaria de los frutos del trabajo de sus ciudadanos. Más, si cabe, esta forma de retorno niega la propiedad de sí, que consideramos vital para la vigencia moral del marxismo. Si se niega, también tiene que negarse que el plusvalor sea esencialmente injusto y, por ende, se niega también la necesidad de abolirlo. Solo se aboliría, como se ha visto más arriba según Roemer, si sirve para garantizar una distribución equitativa del acceso a los medios de producción, pero el único poseedor de los medios de producción de los países soviéticos era el Estado, extremadamente burocrático y en el que los ciudadanos no eran realmente los copropietarios. Esto nos lleva a concluir que el socialismo realmente existente -a pesar de sus notables avances igualitarios- no cumplía el requisito marxista de erradicar la explotación.

Solo hay dos alternativas posibles si se quiere eliminar el plusvalor. La primera es un sistema basado en EGT que operan en un mercado libre y la segunda un sistema planificado y democráticamente participativo en el que el retorno del plusvalor sea consensuado y aceptado por la mayoría. Hacemos constar que negamos parcialmente la segunda tesis planteada. Parcialmente porque las EGT intuitivamente cumplen la desiderata de la eliminación del plusvalor, mientras que un sistema planificado solo ofrece la posibilidad. Sin embargo, no puede afirmarse categóricamente que una economía socialista planificada –en la que los trabajadores no son los propietarios directos de las empresas por las cuales trabajan- no pudiera garantizar la eliminación de la explotación. 

Más adelante se examinarán tres modelos de sistemas basados en EGT, el de Schweickart y dos descritos por Roemer (uno de ellos suyo), para establecer cuál se acerca más a cumplir el requisito de no-explotación.

Agencia

Hoy en día aún es materia de debate las razones que suscitaron la caída de la Unión Soviética y de casi la totalidad de las economías socialistas. No es este el objeto de la presente. Será suficiente advertir que no podemos atribuir las causas de su caída únicamente a factores exógenos al modelo, sino que más bien estas están incardinadas en su estructura. De hecho, convendremos que es la estructura misma la responsable de su inviabilidad, pues debería ser lo suficientemente fuerte como para aguantar contingencias de gran calado. Aún si aceptáramos que la URSS cayó por las injerencias externas del imperialismo -como gusta aseverar a los adalides de la ortodoxia más bucólica- deberemos emprender la tarea de analizar el modelo despojado de toda contingencia externa al mismo para poder identificar qué funciona y qué no.

¿Cuáles son, por ende, las causas endógenas del mal funcionamiento de una economía dirigida? John Roemer (1995) describe tres problemas de agencia –que podrían resumirse en la incapacidad del principal (quien piensa o dirige la acción) para que el agente (sobre quien recae la decisión o la ejecuta) participe en la relación tal y como lo había planificado– que afectaron a los países socialistas: el problema ejecutivos-trabajadores, relativo a la falta de incentivos del trabajador para ser productivo (como consecuencia de un despido virtualmente imposible); el problema ejecutivos-planificadores, ejemplificado por la restricción presupuestaria blanda de las empresas estatales (no había un control del gasto asociado a los beneficios de la empresa y, por lo tanto, los ejecutivos no tenían ningún incentivo para maximizar los beneficios de la empresa más allá de las cuotas mínimas de producción requeridas, que podrían haberse logrado reduciendo costes); y el problema público-planificadores, ejemplificado por la falta de información necesaria para ofertar al público los productos que este quiere consumir y fijar los precios adecuados a estos (p. 59-60). Roemer (p. 63) reconoce, sin embargo, que, a causa del buen funcionamiento de las economías soviéticas durante el periodo de posguerra, no se puede concluir definitivamente que los problemas de agencia fuesen los culpables de la ineficiencia del sistema. 

Nos atrevemos aquí a contradecir a Roemer. Puede que los problemas de agencia no fueran la causa histórica de la caída de la URSS, pero sin duda, sí que parecen ser candidatos válidos para constituir las causas lógicas de su derrumbe. Contra la precaución de Roemer, creemos que es menester señalar que dichos problemas deben superarse más allá de si fueron la causa real o solo eran disfunciones permanentes del sistema.

Para Roemer (p. 65) el problema se reduce, al final, a la incapacidad del modelo para adaptarse a los cambios tecnológicos. En concreto, la economía socialista estaba afectada por un desajuste en la gestión de la información necesaria para proveer al público de tecnología y bienes de consumo cada vez más sofisticados. Piénsese en la complejidad de organizar de manera centralizada, por ejemplo, todos los bares de una ciudad como Barcelona: número de bares necesarios para cubrir la necesidad del público, precios, productos, nombres comerciales, ubicaciones, clientela, estrategia, etc. Ahora piénsese con algo tan complejo y variado como la tecnología y los bienes de consumo. Esto no deja de ser un problema de agencia público-planificador que el capitalismo (público-accionistas) ha podido resolver mediante la competencia empresarial, que fuerza las empresas a la innovación tecnológica para garantizar su supervivencia. La dispersión y multiplicidad de agentes económicos -a diferencia de la planificación central- es más apta para gestionar la ingente cantidad de información necesaria y a menudo inmediata para establecer los precios y los productos destinados al público. Esto es así porque un grupo limitado de dirigentes no puede, a tiempo real, prever las necesidades de consumo de la población ni establecer qué oferta y a qué precio satisfará la demanda. El mercado, por el contrario, por su multiplicidad de actores, opera análogamente a la división del trabajo en una fábrica. De igual modo que la táctica militar no puede planificarse al detalle, sino que es más racional confiar tareas a cuadros inferiores, no puede pretenderse que el planificador tenga la visión suficiente para ver, ex-ante, cuál es la coordinación óptima de los agentes económicos.

Constituye una paradoja la ambivalencia de las consecuencias de la tecnología. Si por un lado su aparición comprometió el inmovilismo de las economías de tipo soviético, por el otro lado atenta contra la propiedad privada, pues la tasa de ganancia disminuye a medida que se sustituye trabajo por tecnología (Cockshott, 2017, p. 87-91). Recordemos que la tasa de ganancia es el resultado de dividir el plusvalor por la suma del capital variable y el constante.

Tasa de ganancia = Plusvalor/(C. Constante + C. Variable)

Capital = C. Constante + C. Variable +(Plusvalor)

Productividad = Capital/Capital variable

Dado que el capital constante no añade valor sino que únicamente lo transfiere, el aumento de la magnitud del capital constante respecto del capital variable hace disminuir la magnitud de la tasa de ganancia. Pero es necesario el aumento del capital constante, aunque puede parecer contraproducente, para aumentar la productividad. Por esta razón cree Marx que las contradicciones del capitalismo acabarán con él, pues para rentabilizar el capital es necesario aumentar el desembolso en fuerza de trabajo, mientras que para aumentar la productividad es necesario aumentar la magnitud del capital constante. La Unión Soviética no supo incidir en esta paradoja y, según Paul Cokshott (p. 102), no invirtió suficiente en tecnología y malbarató trabajo, que era poco costoso. Es curioso que el capitalismo no haya caído debido a esta contradicción inherente mientras que el socialismo cayó, en parte, preso de esta paradoja de la teoría del valor. Nos viene a la mente las quejas de Ernesto “Che” Guevara, cuando formaba parte del ministerio de industria de Cuba y presidente del Banco Nacional de Cuba, acerca de que aún se utilizaba la ley del valor-trabajo en la isla. ¿Tenía razón el de Rosario? Dejemos esta cuestión al aire para quien le interese la teoría del valor y volvemos al argumento que estábamos siguiendo, el problema de agencia público-planificadores y su equivalente público-accionistas en el capitalismo.

Hay que reconocer que el capitalismo no resuelve por completo el conflicto de intereses entre el público y los accionistas (a pesar del avance tecnológico y la cantidad ingente de productos disponibles) y es por este motivo que es necesaria la intervención estatal en aquellas esferas en las que el capital no prevé beneficios. También se hace constar la tendencia del capitalismo a las crisis económicas, que son el fruto de las dinámicas erráticas del mercado libre. Como apunta Cockshott: «Es la propia crisis, no obstante, quien debido a su carácter destructivo se encarga de reconducir los desequilibrios generados durante la expansión, restaurando de ese modo las condiciones de la rentabilidad general del capital.» (p. 19).

El modelo yugoslavo, que a simple vista podría parecer que soluciona el problema de la gestión de la información (y en global de la agencia) mediante la adopción de un sistema de mercado compuesto de EGT, aun así, no lo hace. No lo hace, principalmente, por dos motivos (Roemer, p. 120-121):

  1. Una restricción presupuestaria blanda de las empresas por parte del estado (este no las dejaba caer aunque no funcionaran). Esto comportaba un apalancamiento que hacía inviable una maximización de beneficios.
  2. Limitaciones en la competencia entre empresas (internas y externas) que perjudicaban la reducción de costes y la innovación tecnológica.

En definitiva, la economía de Yugoslavia sufría, permanentemente, al menos, dos problemas de agencia que la hacían, a pesar de la adopción del mercado, estática.

A raíz del caso yugoslavo deben hacerse enmiendas relativas a la composición y a los derechos de propiedad que corrijan los dos problemas anteriores. Para el primero, o bien las EGT son propiedad de los trabajadores -es decir, que no sólo ostenten la gestión-, o bien se articulan mecanismos presupuestarios duros y se acepta la posibilidad de cierre en caso de fallida. Para el segundo, o bien se concede la propiedad a los trabajadores para que compitan entre sí o bien se crea un mecanismo que emule el mercado para garantizar una racionalización de precios y una abundancia de productos e innovaciones tecnológicas.

De forma esquemática, se podría decir que el capitalismo es dinámico pero caótico y que el socialismo es estático pero ordenado. La cuestión relevante sería pensar un modelo dinámico y ordenado que cumpliera los requisitos del punto anterior.

Quedan, pues, tres combinaciones susceptibles de satisfacer las dos condiciones que hemos planteado -la primera una limitación moral marxista y la segunda una condición de eficiencia- que son enunciadas a continuación:

  1. EGT la propiedad de las cuales es de los trabajadores (la restricción presupuestaria y la competencia las aseguraría el mercado).
  2. EGT en que la propiedad es estatal (la restricción presupuestaria y la competencia los garantiza el Estado).
  3. Empresas estatales dentro de una economía dirigida (la restricción presupuestaria y la innovación y el cálculo económico los garantiza el Estado).

En el apartado siguiente nos centraremos en tres modelos que se ubican entre la primera y la segunda combinación acabadas de mencionar. La tercera constituye una objeción global a las EGT que examinaremos más adelante.

Modelos

El primer modelo es una combinación de los de Marc Fleurbaey y Jaques Drèze, explicados por Roemer, el segundo es del mismo Roemer y el tercero es de Schweickart. Seguidamente mostraremos nuestra preferencia por el de Roemer y los motivos por los que lo preferimos. Será el modelo que afrontaremos con las objeciones.

El modelo de Fleurbaey, con la aportación de Drèze, se ubica en el grupo (1) del epígrafe anterior, es decir, un modelo completo de EGT financiadas por bancos que, a su vez, son EGT. La aportación de Drèze es el carácter dual que tendrían los salarios, compuestos de una parte fija y una variable correspondiente a los beneficios (Roemer, p. 70-72). Esta propuesta solucionaría la restricción presupuestaria blanda porque los bancos tendrían interés en recuperar sus inversiones de capital porque del retorno de estas dependen los beneficios de sus trabajadores-socios. El modelo, a priori, respeta la condición de no-explotación y también parece superar los problemas de agencia, con una excepción notable: podrían anteponer el número de trabajadores a la maximización de beneficios ante una crisis económica (p. 72), comprometiendo así la viabilidad de la empresa y del global del sistema.

El caso de Mondragón (si fuera global y todos sus trabajadores fuesen copropietarios), el más similar al modelo de Fleurbaey, presenta una particularidad digna de señalar. La Corporación Cooperativa de Mondragón (CCM) representa diversas cooperativas a las que financia a través de un fondo común para asegurar la solidaridad entre ellas (Wright, p. 250). Al tratarse de un ejemplo que opera dentro de un marco capitalista, la extrapolación de la experiencia para analizar un modelo global de EGT es limitada, pero puede servir para anticipar problemas. Caja Laboral, el banco de la Corporación, en este caso, sería más o menos equivalente a un banco colectivo en el modelo Fleurbaey. Fagor, una de les empresas de la CCM, entró en concurso de acreedores el año 2013 y, finalmente, fue liquidada el año siguiente (p. 251).

Schweickart sostiene, poniendo el ejemplo de Mondragón, que las EGT tienden a evitar el despido de trabajadores aun cuando las cosas van mal -y lo cierto es que la CCM tardó mucho más en dejar caer Fagor de lo que lo habría hecho cualquier accionista capitalista- y que esto pone en cuestión la maximización de beneficios (p. 151). Es, en definitiva, un problema de restricción presupuestaria blanda.

Este modelo, por lo tanto, respeta la competencia y la ausencia de explotación, pero no asegura evitar el problema de la restricción presupuestaria blanda.

El modelo de Schweickart (que pertenece al grupo (2) del epígrafe anterior) es el más parecido al yugoslavo, está compuesto de un mercado donde compiten multitud de EGT, la propiedad de estas es estatal pero su gestión recae en los trabajadores y las inversiones dependen del Estado, que las designa mediante diversas instituciones bancarias que funcionan con los mismos requisitos que la banca capitalista (p. 121-126). Este modelo soluciona, al menos, el segundo problema del modelo yugoslavo que hemos señalado anteriormente. Sin embargo, cojea del mismo problema que el de Fleurbaey: no hay garantías de evitar el apalancamiento a pesar de la restricción presupuestaria dura de las instituciones bancarias. Es decir, aunque no sufra la restricción presupuestaria blanda, las empresas podrían no tener ningún incentivo en crecer y podría tender al estancamiento. No queda claro, tampoco, cómo se podría repercutir el plusvalor si el Estado es el propietario. Si los trabajadores pudiesen repercutirlo igual que si fuesen propietarios, el Estado, en este aspecto, solo sería propietario de iure y no queda claro qué papel le correspondería, más allá de preservar las reservas de capital y evitar su liquidación. 

El tercer modelo es un intermedio entre el grupo (1) y el grupo (2). En el modelo de Roemer (p. 73-75) las EGT son gestionadas por los trabajadores pero los beneficios se reparten entre los accionistas, las acciones no se compran ni se venden (con la muerte retornan al Estado), solo se pueden intercambiar a precio de cupón, todos los ciudadanos disponen del mismo número de cupones proporcionados por el Estado. La financiación proviene, exclusivamente, de la banca pública, que opera con los mismos criterios que la banca capitalista (como en el modelo de Schweickart). El mercado de cupones, que simula el mercado bursátil, opera de la misma forma en la fijación de precios y asegura la competencia. Las empresas que fallan no son rescatadas.

El modelo de Roemer, a falta de ponerlo a prueba, supera los problemas de agencia planteados y se muestra superior, en este aspecto, a los otros dos. En relación con la exigencia de erradicar la explotación, se ha de tener en cuenta que, como se ha dicho anteriormente, Roemer sostiene que el plusvalor no es injusto en sí mismo sino que es una consecuencia de una distribución desigual en el acceso al capital. Dando por hecho que los beneficios se repartirían socialmente, para Roemer el problema queda resuelto.

Esta cuestión hace que nos replanteemos la primera desiderata que hemos propuesto, sin embargo, el plusvalor, en el modelo de Roemer, se repercute indirectamente pero más directamente que en el socialismo del siglo XX. 

Esto, reconocemos, es un problema, pero podría solucionar la eventual acumulación de capital de los trabajadores-propietarios de empresas con grandes beneficios repartiéndolos entre el conjunto de la ciudadanía. Podría justificarse que el modelo de Roemer cumple la desiderata de la no-explotación mediante el argumento democrático mencionado más arriba, sin embargo, faltaría desarrollarlo para afirmarlo con rotundidad. Nos decidimos por Roemer porque creemos que solucionaría mejor los problemas de agencia aunque dudamos en relación con el plusvalor. Invitamos al lector a profundizar en la cuestión y a desarrollar los argumentos, las estrategias y los mecanismos necesarios para asegurar el retorno efectivo, aunque sea indirectamente, del plusvalor generado.

A continuación mostramos un cuadro comparativo de los tres modelos de EGT que hemos planteado hasta el momento:

FleurbaeySchweickartRoemer
Restricción presupuestaria blandaRestricción presupuestaria duraRestricción presupuestaria dura
No maximizaciónDe los beneficios – posible tendencia al estancamientoNo maximizaciónDe los beneficios – posible tendencia al estancamientoMaximizaciónDe los beneficios – economía dinámica
Plusvalor repercutido directa e íntegramentePlusvalor repercutido indirecta e íntegramentePlusvalor repartido socialmente
No planificación socialde la inversiónPlanificación socialde la inversiónPlanificación socialde la inversión
Fijación de precios mediante oferta y demandaFijación de precios mediante oferta y demandaFijación de precios mediante mercado de cupones

Priorizaríamos el modelo de Schweickart sobre los demás si no fuera porque no garantiza la maximización de los beneficios. Teniendo en cuenta las catastróficas consecuencias de una economía estática en un contexto de competición con el capitalismo, consideramos superior el modelo de Roemer, al menos en una etapa transitoria y de coexistencia con el capitalismo.

Objeciones

Uno de los problemas más apremiantes es que la explotación –aunque sea el resultado de la producción– se da también en el proceso de circulación, pues la mercancía (y el capital constante) conserva el valor pretérito de la fuerza de trabajo que en ella se ha incorporado. Esto implicaría que dos EGT relacionadas de forma jerárquica, es decir, en que una provee a la otra, la acreditaria estaría extrayendo ilegítimamente plustrabajo. Más claramente, el plustrabajo se trasladaría del seno de la empresa a la relación entre empresas cooperativas. Como ejemplo, puede servir el caso de los proveedores agrícolas –la mayoría pequeños productores– que venden a Eroski (Corporación Mondragón). En este caso, las cooperativas actúan de la misma forma con los pequeños productores que cualquier otra empresa capitalista (presionando a los agricultores a vender a la baja o hasta con pérdidas) y si se comportasen diferente sería por cuestiones contingentes (compromiso ético) que no tienen nada que ver con un requisito normativo. Para entender mejor el ejemplo, cámbiese la empresa grande por el capitalista (en este caso sería una colectividad de trabajadores) y la pequeña por el obrero (otra colectividad de trabajadores) y verá que entre ambas existe una extracción de valor, solo que el extractor ya no es el capitalista sino una colectividad de trabajadores. Además, en un mercado mundial, las empresas del norte extraerían rentas a los países del sur global, aunque las empresas de estos países también fueran cooperativas.

Los modelos de Fleurbaey y Schweickart no superan esta crítica. En el caso de Roemer solo se palian las consecuencias por la distribución más elevada que comporta la posesión, por parte de toda la población, de las participaciones de las empresas (en el caso de las relaciones internacionales, el modelo de Roemer tampoco superaría la objeción. Las rentas del sur se continuarían extrayendo).

José Antonio Noguera (p.42-45) alerta que el plusvalor es injusto cuando es consecuencia de la dominación. El modelo de Roemer, aunque distribuya el plustrabajo entre la ciudadanía, está configurado por empresas con estructuras internas verticales y ejecutivas que no tienen nada que envidiar a las empresas capitalistas. Consideramos adecuada la objeción, pero pensamos que vertebrar estructuras funcionales completamente horizontales es una tarea titánica. Debería ser, eso sí, un objetivo a largo plazo del socialismo.

Wright formula la crítica siguiente:

[…] a medida que la gente envejezca, querrá cambiar sus inversiones basadas en cupones de acciones con fuerte potencial de crecimiento a empresas que reparten altos dividendos. Esto abre la posibilidad de que algunas empresas se conviertan en “vacas de efectivo” en las que la gente invierte sus cupones en la empresa a cambio de unos dividendos tan elevados que las empresas han de recurrir a sus activos hasta que el valor de las acciones se queda en cero. En realidad, esto equivaldría a un mecanismo indirecto por el que la gente podría cambiar sus cupones por dólares, en vulneración de la lógica del modelo. (p. 260)

A su crítica solo podemos responder con sus propias palabras: «A causa de esta complejidad, es difícil prever cuáles serán las ramificaciones más alejadas y las consecuencias no queridas de estas reformas» (p. 261). Animamos al lector, una vez más, a continuar lo empezado y a diseñar la arquitectura de sistemas políticos de emancipación que puedan conservar el criterio de no-explotación.

Por si esto fuera poco, el socialismo de mercado (en todos los modelos planteados) preserva el valor-trabajo como sistema de relación social, lo cual significa que la remuneración del trabajo se da en función del valor de este, cuya determinación viene impuesta por el valor de las mercancías. En definitiva, se conserva el trabajo como herramienta de valorización del capital, mientras que para el marxismo el trabajo libre sería aquel que sirve únicamente para metabolizar la naturaleza con el objetivo de dar a cada cual según su necesidad.

Las críticas anteriormente citadas de Paul Cokshott ponen de relieve la inestabilidad de los sistemas de libre mercado y la tendencia destructiva del capital. Esto y la paradoja tecnológica –la necesidad de la tecnología para la eficiencia del sistema y el decrecimiento de la tasa de ganancia que comporta el avance tecnológico dada la reducción de la magnitud de capital variable (mano de obra creadora de valor)– suponen una crítica global a los tres modelos planteados. Se añade también una crítica de carácter moral: si el trabajo es la única fuente de creación de valor, este debería estar retribuido de igual manera (Cockshott, p. 137). 

Su propuesta, que es una negación de las tesis que proponemos, se basa en un sistema planificado de propiedad social gestionada democráticamente en que todas las horas de trabajo se retribuyen de igual manera. Más allá de su difícil aplicación, si pudiera demostrarse su eficiencia, sería un modelo que cumpliría las condiciones propuestas y también superaría las objeciones. La planificación constaría de dos etapas: la primera, ex-ante, tomada democráticamente y relativa a grandes planes generales, y la segunda, ex-post, informatizada, destinada a los bienes de consumo, y que relaciona la demanda con los valores-trabajo (Cockshott, p. 106).

Conclusiones

Revisados los modelos y teniendo en cuenta la limitación del artículo, no tenemos elementos suficientes para determinar si el modelo de Roemer es susceptible de superar los retos planteados. Tampoco podemos, dada la tendencia a las crisis de las economías de mercado, resolver a favor de Roemer respecto de Schweickart. Esto es porque en el modelo Schweickart, a pesar del estancamiento, la probabilidad de desequilibrios fruto del período de acumulación sería menor (justamente por su carácter estático).

Pensamos que el objetivo último de la clase trabajadora debería ser la emancipación completa. Ninguno de los modelos de EGT planteados es capaz de conseguirla. Sin embargo, consideramos que los modelos de Roemer y Schweickart constituyen buenas alternativas al capitalismo a corto y medio plazo y un paso necesario para conquistar las cotas más elevadas que el socialismo se ha planteado. Será prerrogativa de la parte consciente de nuestra clase el diseño de modelos y estrategias para la emancipación. Creemos, además, que el objetivo final debería ser conculcar la ley del valor-trabajo y que trabajos como los de Paul Cockshott nos acercan a dicho objetivo. Hace poco que cayó el muro, no desesperemos, hay mucho camino que andar y solo hemos empezado, pero llegará el día que cerraremos la historia a nuestra conveniencia y sea el enemigo el que vaya descabezado, desorientado y sin rumbo. Será menester desarrollar modelos viables y justos, democráticos y participativos, para construir el reino del cielo en la tierra. Solo así podremos desmentir a Thatcher y exclamar ¡There is a alternative!

Los proletarios no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas. Tenemos, en cambio, un mundo por ganar.

Bibliografía

  • COCKSHOTT, P. (2017). Ciber-Comunismo. Planificación econòmica, computadoras y democracia. Madrid: Editorial Trotta.
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