¿Por qué ninguna corriente de izquierda reivindica a Rosenberg?

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Por Jaume Raventós

Jaume Raventós es miembro de la Revista Sin Permiso, donde realiza principalmente traducciones del alemán. Hace un tiempo emprendió la traducción, por primera vez al español, de «El Origen de la República alemana», de Arthur Rosenberg, de próxima aparición. En este texto realiza un comentario sobre la importancia del libro del historiador alemán como forma de comprender su posicionamiento con respecto a las diferentes corrientes de izquierda su tiempo y la actualidad.


Algún comentario a “El Origen de la República alemana” de Arthur Rosenberg

En la introducción a la edición conjunta de “Origen de la República alemana”, publicado en 1928 e “Historia de la República de Weimar”, publicado en 1935 y editada como “Origen e Historia de la República de Weimar” en 1955[1], Kurt Kersten nos avanza:

“Desde hace casi veintidós años, el desarrollo del movimiento obrero alemán se ha convertido, dentro de la literatura histórica, en una tierra de nadie en la que rara vez se entra y que incluso es casi tabú para muchos. Sin embargo, es precisamente en este terreno donde Rosenberg ofrece hoy inspiración y explicación al lector sin prejuicios, que no quiere sucumbir a los tópicos de la época y busca liberarse de los intentos de manipulación de la época nacionalsocialista; intenta hacerle ver los acontecimientos desde un lado que tuvo que permanecer cerrado durante muchos años. La exposición de Rosenberg también puede poner en debate algunas interpretaciones que se han convertido en dogma y dar a conocer al lector imparcial y no experto, la naturaleza y las intenciones de las figuras políticas que para muchos se han convertido en puros clichés. Esta observación concierne particularmente a Rosa Luxemburgo y también, en cierto sentido, a Karl Liebknecht”.

Porque:

[Rosenberg]“nunca fue un doctrinario y un conformista, sino que siempre mantuvo un juicio libre, independiente y sobre todo anti dogmático, como también a veces expresó sus opiniones de manera idiosincrática, cuando no obstinada y desafiante.”

Aún habiendo sido diputado del Reichstag por el KPD y miembro de la ejecutiva de la III Internacional hasta 1927, Rosenberg no se dejó influir en sus análisis de los acontecimientos y los hechos históricos. Mantuvo siempre este “juicio libre, independiente y sobre todo antidogmático”. Rosenberg era un científico social que no se dejaba llevar por las modas ni las corrientes políticas del momento, vinieran de donde vinieran, a la hora de analizar los hechos históricos sobre los que tratara.  Como han explicado en sus brillantes introducciones sobre Rosenberg y en diferentes textos Joaquín Miras y Toni Domènech, los dos grandes recuperadores de Rosenberg en lengua castellana, éste no ha sido reivindicado por ninguna corriente de la izquierda después de su muerte.

Como dice Kurt Kersten – en los casi 50 años de historia de Alemania que abarca el “Origen” – ciertamente Rosenberg rompe con determinados dogmas y clichés tanto sobre el proceso revolucionario hasta el 10 de noviembre de 1918  – fecha en la que finaliza el libro -, sus organizaciones políticas y sociales, sus dirigentes y, en general, cómo se sentían y qué deseaban  las masas  alemanas tanto en aquellos momentos revolucionarios en el final de la guerra mundial, como en todo el proceso histórico, social y político-institucional que condujo a esa revolución, empezando por la creación del Reich alemán en 1871 con la Constitución de Bismarck,  tan importante para Rosenberg para explicar el desarrollo político-institucional posterior.  Algunos de esos clichés  e interpretaciones convertidos en dogmas han sido normalmente creados y transmitidos por las diversas corrientes de la izquierda a lo largo de la historia de la II y la III Internacional y de las organizaciones que formaron parte.

Tomemos un ejemplo. Se ha considerado históricamente por la inmensa mayoría de la izquierda comunista y socialista europea, estalinista o no, una traición a la clase obrera y al socialismo el voto a favor de los créditos de guerra por parte del grupo socialdemócrata alemán en el Reichstag aquel 4 de agosto de 1914, así como la orientación de la II Internacional previa al inicio de la guerra. El mismo Lenin, cuando lee en el Vorwärts que el SPD ha votado a favor de los créditos de guerra no se lo cree, piensa que es una falsificación por parte del gobierno alemán. Pero una vez confirmados y digeridos los hechos, Lenin escribe escandalizado en “El socialismo y la guerra” su interpretación de la “guerra defensiva” de Marx y Engels, su caracterización del socialchovinismo, de la aristocracia obrera y el papel de la II Internacional en este  texto de 1915,  aparecido casi al mismo tiempo de la Conferencia de Zimmerwald[2].. También Trotsky se lamentará en Mi Vida: (…) la votación del 4 de agosto en el Reischtag fue una de las decepciones más trágicas de mi vida. ¿Qué diría Engels a esto?, me preguntaba.”[3]

Pero para Rosenberg  aquella votación unánime del SPD  estuvo perfectamente en línea con la tradición marxista.  Es preciso leer toda la argumentación de  Rosenberg  cuando afirma en el “Origen”: “la decisión de los socialdemócratas de colaborar en la defensa de Alemania se correspondía con la tradición marxista, socialista”.

Dice Rosenberg en el “Origen”, interpretando de forma muy diferente a Marx y Engels de lo que lo hace Lenin en su texto antes mencionado:

“La actitud de los diputados socialdemócratas el 4 de agosto se vio influida principalmente por el estado de ánimo de las masas de la clase obrera socialista, que no querían tolerar que las tropas del zar invadieran Alemania. Pero más allá de eso, el grupo socialista estaba totalmente en línea con la doctrina marxista en su compromiso con la defensa nacional. Marx y Engels opinaban que la sociedad socialista eliminaría la guerra en un futuro próximo.  En el período del capitalismo consideraban la guerra como un medio de la política que el estadista – incluso el estadista del proletariado – debía simplemente tener en cuenta. Pero de la misma manera, el marxismo le da a cada nación el derecho a una existencia independiente y por lo tanto el derecho a la autodefensa. Además, el marxismo juzga cada guerra según los intereses del proletariado internacional, por lo que los trabajadores socialistas de todos los países deben tener una visión unificada sobre cada guerra.”

“Un ejemplo clásico de la posición marxista sobre la guerra es la actitud de Marx y Engels ante la guerra de 1870/71. Al estallar la guerra, los dos dirigentes del socialismo internacional opinaban que la derrota del bonapartismo reaccionario y la unificación de Alemania también servía a los intereses del proletariado. Después de Sedán, la situación cambió: Marx y Engels recomendaron a los trabajadores franceses que defendieran la nueva república con todas sus fuerzas y a los trabajadores alemanes que trabajaran por una paz moderada, especialmente como protesta contra la anexión de Alsacia-Lorena. Porque la anexión se estaba llevando a cabo contra la voluntad de los alsaciano-lorenos y llevaría inevitablemente a Francia a los brazos del zarismo.”

 “En los años noventa del siglo pasado, Engels vio venir la guerra de Francia y Rusia contra Alemania y juzgó la situación de la siguiente manera: Alemania no solo era el país de la dinastía Hohenzollern, sino también la sede de la clase obrera socialista más potente y mejor organizada del mundo. Por lo tanto, un ataque a Alemania era al mismo tiempo un ataque a la existencia de la clase obrera socialista alemana. En consecuencia, los intereses de la Internacional socialista requerían una victoria para la defensa de Alemania. Sin embargo, la clase obrera alemana tenía el deber de aportar que la guerra llevara a un proceso revolucionario en Rusia y que una Alemania victoriosa no abusara de Francia. La guerra también aumentaría enormemente el poder de los trabajadores alemanes en su política interna y, si el resultado era el esperado, prepararía el camino para la victoria del socialismo en Alemania. Por lo cual, Friedrich Engels deseaba, para la guerra europea, que la clase obrera de los grandes países, cada uno en su lugar, trabajasen en la tarea común: los trabajadores alemanes para la victoria alemana, pero con sus propios objetivos de guerra, no con los objetivos de guerra del gran capital alemán; los trabajadores rusos para la revolución rusa; y los trabajadores franceses para la paz más rápida posible con Alemania sin agresiones mutuas.”

Para Rosenberg el problema de la posición de la socialdemocracia alemana el 4 de agosto no reside tanto en el voto a favor de los créditos de guerra, como en que después de votar se fue a casa y no hizo nada para intentar ejercer algún tipo de control político-democrático sobre el gobierno y el canciller imperial, ni se esforzó el SPD, a lo largo de la guerra, en intentar alianzas que permitieran formar mayoría con las organizaciones liberales y progresistas del Reichstag para limitar y controlar ese poder cuando las circunstancias lo permitieran, como ello fue posible en 1916 antes de la llegada de Ludendorff al poder. Se lamenta Rosenberg en el “Origen”:

“Con la declaración de guerra, la política no se detuvo, sino que el destino de Alemania dependía, como mínimo, tanto de la habilidad política de su gobierno como de sus armas. Si no era conveniente en ese momento destituir a Bethmann-Hollweg (el canciller imperial en ese momento) o incluso al emperador, ¿no habría sido necesario al menos asegurar la crítica pública al gobierno? ¿No habría sido necesario defender la libertad de prensa y la libertad de expresión de los partidos políticos? ¿No debería el Reichstag, al menos, haber permanecido unido más allá del 4 de agosto para estar en guardia durante la crisis previa a la guerra, en la que en cualquier momento se podía entrar? ¿No tenían que pensar los partidos en lo que Alemania pretendía en esta guerra, puesto que con consignas genéricas como «defensa» y «seguridad» no se puede hacer ninguna política? Pero los partidos, desde los conservadores hasta los socialdemócratas, no plantearon tales preguntas el 4 de agosto. Aprobaron los préstamos y se dejaron enviar a casa hasta nuevo aviso. El gobierno conservó sin oposición el poder dictatorial para decidir todos los asuntos militares, políticos y económicos. Con la ayuda de la censura y el estado de sitio, el gobierno pudo suprimir cualquier expresión de opinión política entre el pueblo. Esta fue la Burgfrieden alemana de 1914.”

Y a la pregunta que se hace Trotsky de qué hubiera dicho Engels ante el 4 de agosto, contesta Rosenberg en el “Origen”:

   “Es un deber histórico señalar la falta de voluntad política en el Reichstag de 1914. Pero también hay que admitir que los miembros del parlamento se encontraban por entonces bajo la presión de una enorme tradición histórica de la que no podían liberarse. Friedrich Engels, por supuesto, habría esperado de la socialdemocracia alemana una posición más decidida. Como él hubiera aconsejado, cuando la guerra estalló, el partido debería haber exigido que la guerra se llevara a cabo por medios revolucionarios. Engels hubiera partido, en primer lugar, del armamento general del pueblo: no sólo el llamamiento a filas de todos los hombres capaces, sino también el reclutamiento inmediato, así como el armamento y un entrenamiento básico de todo el resto de la población en edad de reclutamiento. De esta manera cada trabajador habría tenido su rifle en la mano inmediatamente. Así, el poder de la aristocracia gobernante habría desaparecido por sí mismo, sin necesidad de un levantamiento popular. Apoyada por las masas armadas, en opinión de Engels, la socialdemocracia impondría al gobierno el control de la política interior y exterior. No se hizo ninguna prueba para saber si la receta de Engels era factible ya que la dirección del partido socialdemócrata de 1914 no hizo ningún intento de imponer su voluntad al gobierno imperial y tomar el control de la guerra. La burguesía liberal permaneció igualmente pasiva. No hace falta decir que una total Burgfrieden en el sentido del 4 de agosto solo podría haberse mantenido si la guerra hubiera durado muy poco tiempo. Cuando el Estado Mayor alemán no pudo dar al pueblo la rápida victoria que esperaba, el combate político de los partidos y las clases estalló de nuevo.”

 Rosenberg no solo arremete  contra la pasividad del SPD en aquellos momentos, también extiende su crítica a la II Internacional por no haber actuado ya antes de la guerra, cambiando de orientación. En Democracia y Socialismo[4], según Toni Doménech el libro de madurez de Rosenberg, la II Internacional tenía que haber impedido que se desencadenara la guerra, pero ello suponía cambiar de orientación y promover alianzas entre los socialdemócratas y las fuerzas liberales de izquierdas en Europa. Dice Rosenberg:

“Aún cuando la Internacional Obrera no estaba en condiciones de proclamar en 1889 y en los años siguientes la revolución mundial, se esperaba no obstante que debía impedir de alguna manera la guerra mundial que se acercaba”.

 Y poco después:

“El pacifismo formal que dominaba en la II Internacional, hizo  imposible una política mundial realista de los trabajadores. Siendo  que los partidos obreros fuera de Rusia no podían hacer la revolución en sus propios países ni apoyaban ninguna política que incluyera el riesgo de una guerra, estaban realmente impotentes e  indefensos. Por lo mismo llevan todos los debates en los congresos  socialistas internacionales anteriores a 1914, el mismo carácter de la ambigüedad e impotencia. Se especulaba qué debían hacer los partidos obreros en caso de un peligro de guerra, y, como es natural, no se llegaba a ninguna solución útil. No quedaba otra alternativa que pronunciar obscuras amenazas contra los gobiernos capitalistas, que no infundían respeto a nadie y que, en consecuencia, no tenían ningún efecto. Hubiese sido mucho más práctico si los partidos socialistas declaraban abiertamente que constituían tan sólo una minoría en todos los países y que por lo mismo eran incapaces de evitar una guerra. Por lo mismo aprobaba la Internacional el derecho de los obreros de cada país para la defensa nacional, bajo la condición de que los partidos trabajasen con todas sus fuerzas por el restablecimiento de la paz. Un lenguaje claro de esta índole, y una confesión de los hechos reales habría estado sin embargo en contradicción con el radicalismo formal que dominaba a la mayoría de la Internacional. De ahí que ella conservó el gesto de la protesta formal contra los gobiernos capitalistas hasta la víspera de la guerra mundial de 1914. Cuando los partidos fueron luego obligados a votar los créditos de guerra y a hacer la paz con sus gobiernos, era tanto más desastroso el derrumbe de la Internacional.”

Rosenberg distingue tres corrientes en la II Internacional:

 “Del lado del radicalismo oficial se hallaban la mayoría alemana e italiana, como así también una parte de los franceses, bajo la dirección de Guesde. Los socialistas rusos apoyaban igualmente a los radicales, porque el lenguaje oficial radical era más conciliable con su táctica revolucionaria que las fórmulas de los revisionistas.”  

Y las dos minorías: la revisionista alemana de Bernstein y la revolucionaria de Lenin, Luxemburg y Pannekoek:

“Además de la llamada mayoría radical y de la minoría revisionista, existió en la Internacional antes de la guerra, todavía una tercera tendencia. Numéricamente era muy débil, pero sus partidarios eran los únicos que comprendían en realidad la era del imperialismo y que exigían, en consecuencia, que los obreros se preparasen para las futuras guerras y revoluciones. Esta izquierda revolucionaria consistió de una parte de los socialistas rusos bajo la dirección de Lenín, de un grupo de socialistas alemanes dirigidos por Rosa Luxemburgo, y finalmente de un pequeño círculo de marxistas holandeses. Fuera de Rusia no tuvo la izquierda una influencia sobre masas importantes del pueblo.”

Pero Rosenberg sigue insistiendo en lo mismo, también en su “Historia del bolchevismo”:

El llamado derrumbe de la II Internacional en 1914 no radica en que la clase obrera socialista no pudiera impedir la guerra; aunque los socialdemócratas hubieran sido guiados por revolucionarios heroicos en todas las ocho grandes potencias, la guerra habría estallado igualmente.”

Por lo tanto, ¿de qué servía ese “pacifismo formal” y ese “radicalismo formal” que dominaba en la II Internacional?, se pregunta Rosenberg ¿Qué utilidad tenía cuando ningún partido socialista europeo, exceptuando a los socialistas rusos y no inmediatamente, tenía ninguna posibilidad de incidir realmente en la política de su país para evitar la guerra? La única manera posible para evitar una guerra imperialista, según Rosenberg, volviendo a Democracia y Socialismo, era esta:

“ En las grandes cuestiones de la política práctica coincidía la II Internacional por completo con la democracia liberal burguesa. Ambas tendencias estaban por la paz hacia afuera y por la legalidad en el interior, por el librecambio, sufragio universal, ampliación de las instituciones parlamentarias, protección del obrero, política social y contra los excesos del capital, de los trusts y de los monopolios. ¿Qué habría estado más a mano, sino formar entre demócratas liberales y socialistas una alianza tàctica contra el imperialismo? A partir de 1889 se formó en efecto una orientación dentro del movimiento obrero socialista que estaba de acuerdo con esta política. Eso eran los revisionistas. Ellos pedían de la Internacional Socialista que prescindiese de las expresiones revolucionarias sin contenido, que se colocase en el terreno de los hechos dados, que aspirase a éxitos prácticos en el terreno de la democracia burguesa y de la política social y que aceptase a todo aliado que estuviese dispuesto a ir por el mismo camino. El más destacado teórico del revisionismo alemán, Bernstein, había adquirido en su larga permanencia en Inglaterra una viva concepción de la democracia liberal y procuraba transplantar sus conquistas también al continente. Jean Jaurés perseguía en la práctica la misma línea en Francia. El error principal que cometieron los revisionistas, consistió en que no comprendieron bien el verdadero carácter del período imperialista. Ellos creyeron en la posibilidad de un progreso lento y pacífico y no vieron que el imperialismo debe producir las más terribles guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. Ello no obstante, la enseñanza  revisionista era, en lo que se refiere a su utilidad práctica para el movimiento  obrero, infinitamente superior al radicalismo oficial. Si los partidos socialistas hubiesen aceptado la enseñanza del revisionismo, entonces se habrían librado de su aislamiento; habrían propuesto soluciones prácticas a todas las cuestiones de la política y habrían emprendido con un gran movimiento popular la lucha contra el imperialismo y el militarismo dominante. De esta manera se habrían visto envueltos los partidos obreros de los grandes países en una verdadera lucha por el poder, y la experiencia de esta contienda los habría curado mejor que ninguna otra cosa de las ilusiones de un pacifismo formal. Sin embargo, la mayoría de la Internacional no quiso reconocer la justificación lógica del revisionismo y lo rechazó con apasionada energía.”

 Rosenberg, en el “Origen”, no se queda tampoco  indiferente ante la deriva en la que cae la “izquierda radical” de Rosa Luxemburgo en Alemania una vez ya iniciada la guerra. En el famoso folleto Junius, Rosa Luxemburg contemplaba la posibilidad de una “guerra nacional revolucionaria” en el sentido de Engels. Aunque posteriormente:

“Rosa Luxemburgo se acercó gradualmente al estado de ánimo de los obreros más afligidos  y resentidos, los que en su odio a la burguesía rechazaban cualquier comunidad nacional, veían en la guerra de un estado burgués un método solo para enriquecer a los capitalistas y consideraban cualquier apoyo a una guerra algo semejante a una traición a la clase obrera. Ese es en realidad el espíritu del radicalismo utópico que ha estado junto a la teoría marxista desde el principio en el movimiento obrero.  Esta utopía rechaza cualquier explotación de las posibilidades políticas en el marco del estado burgués. Así como no reconoce ninguna cuestión nacional, siempre se ha opuesto a la participación en las elecciones parlamentarias y a toda colaboración con los sindicatos, que aspiran a las mejoras laborales para los trabajadores en el marco del estado burgués. Marx y Engels no tuvieron nada que ver con este tipo de radicalismo utópico que floreció especialmente entre los anarquistas y sindicalistas. Creían que con tales tácticas y tal manera de hacer política la clase obrera se estaba eliminando a sí misma y por lo tanto haciendo el mejor servicio a la clase dominante.

   Ese radicalismo de izquierda vive en los estratos particularmente empobrecidos e indigentes de los trabajadores, y naturalmente encontró oportunidades especiales de desarrollo durante la guerra en los barrios hambrientos de las grandes ciudades y zonas industriales. Para este sector radical de los trabajadores, la guerra era simplemente un asunto de los «ricos». Su lema era, «abajo la guerra y paz inmediata», no importa de qué manera. Objetivamente esto era lo mismo que si, en caso de una catástrofe por un terremoto, las desafortunadas víctimas del suceso natural se unieran con el lema «abajo el terremoto». La guerra mundial fue una calamidad mundial que no podía ser eliminada por una parte de los trabajadores alemanes que la «rechazaban». No son los estallidos de desesperación, sino solo una sabia política, en el sentido de Engels, evaluando correctamente las realidades políticas, la que puede traer la paz y el poder político a los trabajadores. Fue una trágica fatalidad que el círculo alrededor de Rosa Luxemburgo, que aspiraba a una política marxista para, principalmente, ganar partidarios entre las masas y rechazaba la Burgfrieden como una auto desconexión del socialismo, dependiera de esos trabajadores radicales utópicos. En esta interacción, las bases influyeron en los dirigentes al menos tanto como viceversa. Solo con esta condición se puede entender correctamente la táctica y la teoría de la Liga Espartaco, como se llamó el grupo de Rosa Luxemburgo durante la guerra.”

Sea dicho de pasada que en el “Origen”, Rosenberg otorga a la Liga Espartaco un papel totalmente anecdótico en cuanto a la influencia entre las masas, antes y durante el proceso revolucionario de noviembre de 1918. El acercamiento a Espartaco de los Obleute (los “delegados revolucionarios”), con su importante influencia entre los obreros de las fábricas, sería lo que permitiría una cierta visibilidad a Espartaco. Solo Karl Liebneckt era ampliamente reconocido por las masas, pero no por revolucionario sino por pacifista. Aunque Rosenberg nos recuerda que las masas admiraban tanto a Liebknecht como al diputado católico del Zentrum Erzberger porque los dos luchaban ardientemente por la paz. Lo de menos era el modelo social que defendiera cada uno.

Algunos otros aspectos en el “Origen”, que solo enumeramos por razones de espacio, tratados por el autor también de manera (creemos) “polémica”, en expresión  de Kurt Kersten son, por ejemplo, el de los consejos  obreros que, según Rosenberg, ni perseguían los mismos objetivos ni compartían la misma naturaleza que los “soviets” rusos, así como Si los consejos de soldados, por regla general, se alinearon con los socialistas mayoritarios, se trató de un paréntesis hacia la izquierda, no de un rechazo a las concepciones burguesas”, o que, en el levantamiento de los marinos de Kiel, “los marineros no pensaban ni en la república ni en el derrocamiento del gobierno, ni mucho menos en la implantación del socialismo. Lo que querían era asegurar la paz contra los intentos de intromisión de los pan-alemanes y una suavización de la disciplina prusiana que les devolviera su autoestima humana.” Aunque estos mismos marinos hubieran obedecido gustosamente las órdenes de sus oficiales en aquellos momentos si de defender las costas del aún imperio alemán se hubiera tratado.

Presentado seguramente de forma en exceso esquemática, más o menos así piensa y explica la historia de ese período el marxista revolucionario e historiador Arthur Rosenberg, al menos en estos ejemplos citados aquí de forma muy breve. No es de extrañar, como se decía al principio, que no haya sido reinvindicado por ninguna corriente de la izquierda. En Rosenberg no hay cabida para el dogmatismo ni el adoctrinamiento. La siguiente afirmación, a modo de deseo o consejo de Kurt Kersten, refiriéndose a Rosenberg en su introducción al “Origen”, pensamos que no ha sido, por desgracia, tenida en cuenta entre mucha izquierda, militante y/o académica: Un lector políticamente maduro que acepta el juicio de los demás y ve en el intercambio de opiniones la condición necesaria para una verdadera comprensión, apreciará debidamente tales juicios  [se refiere a los juicios sobre los y las protagonistas de esta parte de la historia de Alemania] como sugerencias y también los aprovechará como una ocasión para examinar su propia opinión.”


Notas

[1] Entstehung und Geschichte der Weimarer Republik” .Arthur Rosenberg. Introducción de Kurt Kersten. Europäische Verlagsanstalt. 1955

[2] https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/1915sogu.htm

[3] Mi Vida. Leon Trotsky. Tebas, 1978 Epílogo de Jaime Pastor

[4] Democracia y Socialismo. Aporte a la historia política de los últimos 150 años. Arthur Rosenberg. Claridad. 1966