Mayo de 1810: los hilos invisibles de la revolución

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Por Juan Soria

I.

Es difícil pensar en alguien que habiendo transitado por el sistema educativo argentino no haya vivido la experiencia de participar en un acto del 25 de mayo. Los papeles a interpretar eran variados, al menos en la memoria escolar de quien escribe. Desde la posibilidad de interpretar a personajes como Saavedra, Moreno o Castelli y recitar algún pasaje ensalzando las virtudes de la patria, pero también –corcho quemado de por medio- existía la posibilidad de ser por un rato un “negrito”, un vendedor de velas o, siendo chica, una vendedora de empanadas o una dama antigua. La postal es harto conocida: niños y niñas a lo largo y ancho del país, con el Cabildo de fondo, interpretaron, interpretan e interpretarán las jornadas que dieron origen a la Primera Junta de Gobierno Patrio. Es decir, el 25 de mayo funciona como relato y experiencia fundante en la “formación” de la ciudadanía argentina desde los primeros años de vida. Vivimos atravesados por referencias a esta fecha: calles, comidas, películas, dibujos animados, novelas, nos retrotraen a esa fecha fundante para la historia de nuestro país.

Este mito tiene una mecánica paradójica. Al preguntar a cualquier ciudadano o ciudadana de este país sobre esta fecha probablemente nos lleguen palabras como “revolución”, “patria”, “libertad”. Y si preguntamos de forma más fina, pueden aparecer nombres como Moreno, Saavedra, Belgrano y San Martín. La famosa “historia de los grandes hombres” (en masculino, claro) también forma parte de nuestro bagaje cultural común. Pero, si uno pregunta sobre los papeles interpretados en la escuela primaria, los recuerdos en torno a actuar de “negrito” o de vendedor de empanadas seguramente saldrán a flote, sin importar la generación a la que pertenezca la persona interrogada. ¿A qué quiero llegar con esto? Desde nuestra infancia la noción de la presencia de los sectores populares en el 25 de mayo es clara. El pueblo estaba ahí. Sin embargo, el pueblo, al menos en las representaciones escolares, aparece como un testigo pasivo de la gesta, como un actor invitado, como un extra.

Sin embargo, la investigación histórica ha logrado indagar y recuperar una buena parte de las experiencias y recomponer la agencia de los de los sujetos subalternos a principios del siglo XIX. No entendiendo al “bajo pueblo” como un espectador sino como parte integral de un proceso clave para la historia de nuestro país. La intención de este artículo es, entonces, rescatar brevemente algunos aportes hechos desde la investigación histórica sobre la acción de las clases populares durante la revolución de Mayo.

II.

La historia de los sucesos de mayo es, fundamentalmente, la historia de una crisis. O mejor dicho, hunde sus raíces en una crisis imperial. Las décadas finales del siglo XVIII serán testigo de un cambio fundamental en las relaciones entre la monarquía hispánica y sus dominios coloniales, con el objetivo de incrementar su control económico, político y militar sobre los mismos, en una serie de medidas conocidas como “Reformas Borbónicas”. Sin embargo, la explosión revolucionaria francesa de 1789 tendrá como efecto colateral la dificultad de la Corona española para maximizar los beneficios de la relación con sus colonias. El cambio del marco de alianzas internacionales que traerá 1793 será claro: España se sumará a las filas de las monarquías europeas que querían apagar la llama revolucionaria que emanaba desde Francia. Sin embargo, la invasión francesa de 1794 a la península generará otro cambio: una Francia conmovida por los ideales de igualdad, libertad y fraternidad se verá aliada a la monarquía absolutista española. El corolario final de esto será el año 1808, cuando Napoléon Bonaparte fuerce la abdicación de Fernando VII, rey de España, en favor de su hermano José.

En el marco de este conflicto europeo, los dominios coloniales españoles de todo el continente y, de forma particular, los del Río de la Plata, verán reducida su capacidad de comerciar con la metrópoli. El bloqueo comercial de Gran Bretaña a España llevó a que la segunda autorice el comercio con barcos “neutrales”. Por otro lado, una crisis de la economía del Potosí sumado a malas cosechas no solamente puso en crisis a las colonias, sino que generó una crisis fiscal en todo el imperio español.

En este marco de tensión, llegarían novedades a las costas del Río de la Plata. En el año 1806 tropas británicas tomarán Buenos Aires, la capital del Virreinato del Río de la Plata. El Virrey Sobremonte huyó con el tesoro de la misma, las principales corporaciones de la ciudad se rindieron y el libre comercio con Gran Bretaña fue declarado. Frente a esta claudicación de las autoridades, diversos grupos de la elite criolla comenzaron a organizar una resistencia para luchar contra la invasión. Comandadas por el francés Santiago de Liniers, las milicias expulsaron a los británicos. El 14 de agosto de 1806, nos dice el historiador Raúl Fradkin, “el pueblo” se presentó para impedir la entrada de Sobremonte a la ciudad, mientras el “populacho” gritaba que “quería muerto al traidor”. La legitimidad de las autoridades españolas comenzaba a verse jaqueada. La autoridad de Liniers y el Cabildo porteño ganaban fuerza, frente a otro polo constituido por el Virrey. La invasión traía consecuencias en términos de organización social: septiembre de 1806 será testigo de la formación del Regimiento de Patricios comandado por Cornelio Saavedra. La experiencia de la milicia será clave para comprender el devenir revolucionario posterior.

En 1807, los británicos vuelven a invadir el Río de la Plata. Instalados en Montevideo (bajo la égida de Sobremonte) en febrero de ese año intentarán una invasión a Buenos Aires. Pero 1806 no había pasado en vano y la organización de las milicias, capitaneadas por Liniers, expulsarán definitivamente a las tropas anglosajonas. A la semana, el Cabildo depone a Sobremonte y nombra a Liniers como Virrey. Algo se había roto: la autoridad real se veía socavada por dentro, el poder y la influencia de quienes comandaban los cuerpos milicianos crecía día a día.

¿Qué implicó la experiencia de las Invasiones Inglesas para la vida en la ciudad y, fundamentalmente, para los grupos plebeyos? En principio, las milicias se organizaban en torno a los orígenes: así, hubo regimientos de gallegos, catalanes y también, de “pardos y morenos”, de indios y negros. Pero las implicancias fueron otras, también. No solamente la relación directa construida entre los líderes militares y su tropa, con identidades nuevas expresadas a través de ropas, estandartes y hasta panteones propios. Por otro lado, el reconocimiento a los integrantes del “bajo pueblo” que participaron en la gesta: pensiones, libertades y ascensos para grupos de esclavos, desfiles y marchas como saludo a los grupos plebeyos. La energía desatada y el sentimiento de haber participado en una experiencia de ese talante traería aparejado un antes y un después en lo que a participación popular respecta.

III.

La llegada al poder de José Bonaparte en 1808, luego de la abdicación y encarcelamiento de Fernando VII generó la formación de Juntas de Gobierno en toda España aplicando el principio de retroversión de la soberanía del rey al pueblo: si Dios otorgaba legitimidad al pueblo y este le otorgaba legitimidad al Rey para que gobernase, preso el Rey la soberanía volvía al pueblo. Las Juntas de las ciudades venían a suplantar esta autoridad vacante, organizando la resistencia en nombre de la autoridad de Fernando VII. Esto tendrá consecuencias en el continente americano. Frente a la acefalía y a la amenaza portuguesa y británica, Montevideo organizará una Junta autónoma en 1808. El Cabildo porteño, por su parte, exigirá la renuncia de Liniers, pero este evitará su caída apoyándose en la movilización de su tropa. Su poder tenía una característica nueva: dependía ahora de las milicias; poder militar y poder político iban de la mano. Juan Carlos Garavaglia y Raúl Fradkin comentan que los opositores a Liniers se justificaban diciendo que el pueblo no debía ser gobernado por un virrey francés y llamaban a la organización de una Junta similar a las de la península al grito de “fuera el mal gobierno”. Los integrantes de la facción que apoyaba al Virrey salieron a la plaza central, donde se dio una disputa simbólica: mientras que los conjurados vivaban a Fernando VII, los patricios y las tropas gritaban vivas a Liniers. Sin embargo, la acción política porteña corría a destiempo de lo acaecido en la península. La autoridad que había nombrado a Liniers como Virrey era cosa del pasado, así como las “condiciones ideales” que veían quienes impulsaban el ataque al Virrey. Napoleón recuperaba Madrid, la Junta Central se trasladaba a Sevilla, la guerra de guerrillas contra la invasión francesa tomaba fuerza en la península. Baltasar Cisneros sería nombrado el nuevo Virrey para el Río de la Plata.

IV.

Con la disolución en enero de 1810 de la Junta de Cádiz como fruto de un tumulto popular, el Consejo de Regencia se transformó en la autoridad de la Corona. Cisneros ya no tenía legitimidad que lo sustente. Es en este contexto de legitimidad minada que tenemos que leer mayo de 1810: las elites criollas buscaban suplantar la autoridad vacante de Fernando VII, pero no buscaban la independencia. La autoridad volvía al pueblo como ciudad, como ente corporativo y jerárquico, correspondiente al Antiguo Régimen. La autoridad pasaba a los Cabildos.

Sin embargo, este vacío de poder y la crisis de legitimidad generó que a través de viejos lenguajes comenzaran a configurarse nuevas politicidades. La crisis desató un ciclo de activación política en términos amplios. Revolución y guerra iban de la mano y de la dialéctica entre ambos procesos y la presencia plebeya palabras como “patria”, “pueblo” y “nación” serán significados en constante disputa, apropiación y reapropiación por diversos sectores sociales.

Los sucesos de mayo son harto conocidos: la noticia de la caída de la Junta llega a Buenos Aires a mediados de mayo y termina de corroer la autoridad de Cisneros. Diversos grupos llaman a un Cabildo Abierto, apoyados por las milicias. Cisneros no tiene alternativa y los hechos se suceden como la caída de un dominó. El 25 de mayo Cisneros debe dar un paso al costado y aceptar la formación de una Junta que  gobernará en nombre de Fernando VII.

La legitimidad de esta Junta provenía de la participación de varios de sus integrantes en la arena política desde hacía tiempo pero principalmente a partir de 1806. Así, sus vínculos con las milicias le aseguraban el apoyo de vastos sectores de la población. A la vez, llamaban al resto de las ciudades a elegir representantes para integrarse a ella. Los emisarios de la Corona veían con pavor los hechos y sobre todo, el apoyo de los sectores populares. Como nos ilustran los documentos de la época recabados por Fradkin y Garavaglia: “la infame Junta, en la desesperación, piensa valerse de los negros y mulatos esclavos de los españoles dándoles la libertad con tal de que sea hagan soldados”.

La Junta rápidamente saldrá en busca de apoyo y pronto quedó de manifiesto que este sería conseguido no sin esfuerzos. En ese marco debemos entender, por ejemplo, la búsqueda del beneplácito de los pueblos originarios por parte de Castelli. Sin embargo, la resistencia realista y de las ciudades del interior no eran los únicos frentes de batalla: también al interior de los grupos dirigentes de la Revolución se encontraban tensiones y disputas. La tensión social entre españoles europeos y americanos adoptará nuevos ribetes. La tensión facciosa también, cristalizada entre el sector saavedrista moderado y morenista radical de la revolución. Las fuentes de la época articulan una analogía con la revolución francesa: el saavedrismo poseía una base popular de “sans culottes” milicianos, mientras el morenismo “jacobino” basaba su legitimidad en grupos intelectuales e ilustrados.

Es posible afirmar que el dinamismo del proceso revolucionario estuvo necesariamente asociado a un proceso de militarización de nuevo cuño. Las bases construidas en 1806 daban nuevas formas a los Ejércitos Revolucionarios, con nuevas oficialidades y con una base social conformada por esclavos y campesinos. La militarización de la política, a la vez que abrió espacios de participación popular, asociaba el poder político a la fuerza. La guerra y la revolución, entonces, fueron una “experiencia social de masas” que parieron una nueva sociedad con su propio ordenamiento y jerarquías.

V.

El proceso revolucionario abierto en mayo de 1810 se extendió a lo largo del tiempo. Es decir, el 25 de mayo de 1810, como el 14 de julio de 1789, es la fecha de inicio de la revolución: el punto de partida, no el punto de llegada. A partir de ese momento la energía desatada generará un proceso social total que modificará sustancialmente las sociedades que vivían bajo los dominios del imperio español.

En este sentido no podemos pensar el proceso abierto en 1810 sin la participación de los sectores populares de diversas formas. Como decíamos anteriormente, la paulatina militarización vivida a partir de 1806 es el puntapié de un torbellino social que tomará diversas formas a lo largo del tiempo. Las investigaciones de Raúl Fradkin nos permiten observar que los grupos dirigentes de la revolución tendrán que balancearse entre la participación política de antiguo régimen y las iniciadas a partir de 1806, que generarán las condiciones de posibilidad para la intervención de los grupos subalternos –articulados a través de la experiencia militar- que se transformarán en actores centrales de la Revolución.

Pero este proceso no se dio únicamente en Buenos Aires. Ejemplos a lo largo del territorio son claras muestras de que la revolución afectó a la sociedad en su conjunto. La experiencia de los “Gauchos de Línea Infernales” comandados por Martín Miguel de Güemes en Salta, como forma de resistencia a la avanzada realista luego de la derrota del Ejército revolucionario, tomó la forma de una guerrilla popular integrada por campesinos. Constituyeron la base del poder de Güemes pero también desplegaron una serie de reclamos propios a cambio de su participación bélica: la eximición de los pagos por el arriendo de tierras y las faenas del ganado fueron la moneda de cambio que exigieron los grupos que integraban la fuerza miliciana.

La población afroamericana, por su parte, apoyó fuertemente el proceso revolucionario. Los esclavos integraron las fuerzas artiguistas –la versión más radical de la revolución en el Río de la Plata- así como fueron de las tropas más estimadas por San Martín, ocupando cargos de oficiales en el Ejército. Muchos consiguieron la libertad luego de participar en los ejércitos, pero la revolución no aboliría la esclavitud, cosa que sucedería recién en 1853. Algunos llegaron a llamar a imitar el ejemplo de la Revolución Haitiana de 1804 en la forma de un levantamiento violento contra los blancos para así acabar con la desigualdad.

Los pueblos originarios bascularon en torno al apoyo y la oposición a la revolución: nada de la revolución les aseguraba un mejor pasar. Al contrario, la destrucción de los derechos comunales sobre las tierras trajo más problemas que soluciones. Las mujeres participaron activamente en los ejércitos, por medio tanto de apoyo logístico como también con la intervención armada activa: Juana Azurduy, Macacha Güemes o la negra María de los Remedios del Valle formaron parte de los ejércitos revolucionarios y en algunos casos llegaron a cargos de jerarquía. Sin embargo, en términos de igualdad, 1810 implicó pocas ventajas para este sector.

¿Qué formas tomó la acción de los sectores populares? Es posible afirmar que, en muchos casos, prácticas antiguas se rearticularon a partir de las nuevas dinámicas políticas. Fradkin describe el “tumulto” como “una forma de intervención política de los grupos subalternos  clave para comprender la  configuración de sus culturas políticas. El tumulto es un término ambiguo al que recurrían los contemporáneos para designar prácticas colectivas de cuestionamiento de la autoridad vigente”. El tumulto, entonces, es parte del utillaje de Antiguo Régimen, pero las posibilidades abiertas a partir de 1806 lo verán renovarse.

Anteriormente decíamos que, luego de la primera derrota de las invasiones inglesas, un tumulto del “populacho” impidió la entrada de Sobremonte a la ciudad. Sin embargo, los tumultos no terminaron ahí. La experiencia popular peninsular llegaba al Río de la Plata. Las noticias del “fuego” que sacudía España hacía que las elites miraran con beneplácito pero también con temor a la praxis plebeya. En 1809, un tumulto intenta derrocar a Liniers y las fuentes de la época hablan de una “peligrosa reunión de gentes”. Para 1810, entonces, el tumulto era parte de las acciones políticas posibles para la intervención, tanto por parte de las elites como por parte de los sectores subalternos. Los sectores contrarrevolucionarios, como también decíamos anteriormente, miraban con miedo la posibilidad del uso de la fuerza popular por parte de la elite porteña. Sin embargo, el miedo al “derrape” popular hacía que los sectores dirigentes de la revolución tuvieran sus reparos y resguardos en torno a esta práctica: nada aseguraba el control absoluto de la misma. Los tumultos de abril de 1811 estarán marcados por una novedad: la aparición de la campaña en la ciudad, de la “última plebe del campo”. Eran los “hombres de chiripá”, saavedristas que venían a correr a la fracción morenista del juego político, pero también a plantear peticiones propias en contra del desarrollo moderado de la revolución. La ejecución de Álzaga en 1812 es también otra muestra del tumulto: luego de su muerte, el “populacho” atacó al cuerpo, repudiando a la “tiranía” personificada en el cuerpo del sublevado: el cuerpo entendido bajo los parámetros del Antiguo Régimen en el marco de nuevas lógicas políticas.

Sin embargo, los sectores de la elite también le temían a los tumultos y solían deslegitimarlos a partir de la hipótesis de que los sectores subalternos eran “engañados” y “seducidos” por ventajas materiales. Así, los derrotados de mayo de 1810 afirmaban que la “turba” había sido manipulada por “unos pocos” que, aprovechándose de su ignorancia, los habían engañado para ir a la Plaza. La investigación histórica nos permite ver que, lejos de una suerte de multitud “pasiva” estamos frente a sectores con agencia y dinámicas propias. Volvemos al ejemplo de 1811: si bien la gente de la campaña moviliza en apoyo a Saavedra, plantea una serie de reclamos propios. Para “manipular” a los sectores populares había que conseguir su adhesión: si las elites utilizaban los “tumultos”, también los sectores subalternos desplegaban una agencia propia, lo que implicaba negociación. Lejos de la imagen de una masa “manipulada”, hoy vemos una “multitud” activa. Lejos de una “seducción desde arriba y desde la ciudad” lo que vemos es una acción política compleja y dialéctica entre las elites y los sectores subalternos, entre el campo y  la ciudad, entre marcos viejos y praxis actuales.

VI.

Al principio de la nota hacíamos referencia a la experiencia común de la ciudadanía argentina en relación a una representación de los sectores populares a partir de una “supuesta” pasividad en el contexto de la revolución.

Lo que intentamos hacer en esta nota es recuperar algunos aportes de la historiografía argentina en torno a la participación popular en la revolución de mayo de 1810. Como pudimos observar, la praxis plebeya no comienza en mayo de 1810, sino que podemos rastrearla ya en 1806 y obviamente, antes también. Sin embargo, la crisis de legitimidad de la Monarquía Hispánica, ese lento pero continuo proceso de corrosión de la autoridad real, será el marco en el cual se desplegarán nuevas prácticas y experiencias sociales de diversa índole. El proceso revolucionario de 1810 estará construido a partir de la tensión entre los sectores subalternos y las elites. De esta relación dialéctica resultará la dinámica misma del proceso histórico. Las imágenes escolares que nos plantean unos sectores populares como “espectadores” es, evidentemente, poco útil para comprender la Revolución de mayo. Al contrario, es necesario estudiar 1810 como el punto de partida de un proceso social total, que afectó y transformó la sociedad, la economía y la política de todo el continente. Y también, recuperar la experiencia y agencia de los sectores populares, sus derrotas y victorias, sus conquistas y sus dolores y broncas sin sanar nos remiten a eso que decía el escritor argentino Osvaldo Soriano en relación a la revolución de Mayo: “Sin embargo, por ridículo que parezca, todo está por hacerse. En alguna recóndita parte de nosotros se enhebran los hilos invisibles de un sueño inconcluso: una igualdad de oportunidades en la que no haya miseria ni ignorancia, una independencia que no signifique aislamiento ni odio. Una utópica nación de hombres [y mujeres, agrega quien escribe] que haya pagado sus deudas con el pasado”.


Bibliografía utilizada

  • Adamovsky, Ezequiel “Historia de la Argentina: biografía de un país. De la conquista española hasta nuestros días”, Buenos Aires, Crítica (2020)
  • Fradkin, Raúl “¿Y el pueblo donde está? Contribuciones para una historia popular de la Revolución de Independencia del Río de la Plata”, Buenos Aires, Prometeo Editores (2015)
  • Fradkin, Raúl y Garavaglia, Juan Carlos “La Argentina Colonial. El Río de la Plata entre los siglos XVI y XIX”, Buenos Aires, Siglo XXI Editores (2016)
  • Halperin Donghi, Tulio “Revolución y guerra: formación de una elite dirigente en la Argentina criolla”, Buenos Aires, Siglo XXI Editores (2011)