Los communards en Buenos Aires: la sección argentina de la Internacional

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Por Horacio Tarcus

Presentamos un breve extracto del libro Marx en la Argentina, sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, de Horacio Tarcus. Se trata de un libro interesantísimo en el que el autor rastrea mediante archivos epistolares, periodísticos, panfletarios y demás la llegada del pensamiento marxista a nuestro país. La labor documental es excepcional, además del análisis y presentación del tema. Aquí decidimos incluir un breve fragmento que aborda la labor de los exiliados communards en la fundación de la Sección de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Como vemos, la Comuna no solo fue un episodio que marcó el porvenir del movimiento internacional de los trabajadores y trabajadoras, sino que su estela irradió hasta los confines de Sudamérica para continuar la labora organizativa de las fuerzas anticapitalistas.


Casi al mismo tiempo que  La Nación publicó aquella primera reseña biográfica de Marx, se constituye en Buenos Aires la sección francesa de la Asociación Internacional de los Trabajadores, sobre la base de los communards exiliados en esta ciudad. En efecto, una carta fechada en Buenos Aires el 10 de febrero de 1872 comunica al Consejo General que un grupo de ciudadanos franceses residentes en esta ciudad ha decidido fundar una sección francesa de la Internacional en la Argentina. Lleva al pie veintiséis firmas.

Los vínculos establecidos entre la Sociedad Tipográfica Bonaerense y el Consejo Federal de la Región Española entre fines de 1870 y principios de 1871, si bien había permitido ciertos intercambios de periódicos -recordemos que es a través de estos vínculos que se han recibido en la Argentina las primeras publicaciones de la Internacional-, no han dejado ningún saldo organizativo[1]. Como señala Nettlau, solo a comienzos de 1872 nos hallamos ante la constitución “formal de una sección” argentina de la Internacional. El gran historiador del anarquismo conjetura que este avance pudo haber sido el resultado del apoyo  de los internacionalistas españoles, de la voluntad local -”algunos socialistas de Buenos Aires que seguían de lejos el movimiento obrero internacional”- o bien del “impulso francés por refugiados y emigrados de la Comuna” (Nettlau, 1928:26).

Si bien las tres causas no son excluyentes, todo parece indicar que el elemento dinamizador fue la llegada de los communards. No hay indicios de mayor colaboración efectiva por parte de los internacionalistas españoles, más allá del contacto epistolar, el enlace con el Consejo General de Londres y el envío de sus periódicos y folletos. Tampoco hay signos aún de “socialistas de Buenos Aires” que participen de la experiencia: por ejemplo Bartolomé Victory y Suárez, que si bien es español vive en esta ciudad hace una década, se mantuvo al margen de la Internacional, más allá de los primeros contactos que favoreció entre la Federación Española y la Sociedad Tipográfica Bonaerense.
Reafirma la presencia comunera el testimonio del joven José Ingenieros, relativamente cercano en el tiempo -recogido veinticinco años después de los hechos-: “La represión violenta que, por obra del bribón Thiers siguió al glorioso episodio de la lucha de clases que fue la Comuna de París, determinó una fuerte emigración de los miembros de la Asociación Internacional, que huyeron de Francia buscando en el extranjero un refugio hospitalario contra las iniquidades de un gobierno menos cruel que miserable. Los países del Plata fueron elegidos por muchos emigrados. Ante la perspectiva seductora de una fortuna fácil de adquirir, muchos de los internacionalistas archivaron sus hiperestesias revolucionarias y se dedicaron enteramente a ‘hacer la América’. Otros, sin duda la ínfima minoría, se preocuparon de organizar secciones de la Internacional” (Ingenieros, 1898b: 25-25). Y todo hace pensar que el hijo de Salvatore Ingenieros, este viejo miembro de la Internacional en su Sicilia natal, abocado entonces a la militancia masónica, contaba con información directa y fidedigna.

Abad de Santillán, sin dejar de reconocer la hegemonía francesa, remarca la presencia, desde el inicio, de emigrados políticos españoles e italianos: “Diversos factores han contribuido a una repercusión de las ideas de la Internacional en la Argentina; por una parte la derrota de la COmuna de París, que llevó a la expatriación a muchos elementos revolucionarios, y por otra las persecuciones contra los internacionalistas de España y de Italia. En efecto, desde los orígenes la Internacional en Buenos Aires se compuso de elementos franceses, italianos y españoles”. Y remarca también “el vivo interés de los dirigentes de la Internacional en España por extender la organización obrera revolucionaria a la América latina (1930: 14).

Nettlau conjeturaba que la sección argentina se habría formado hacia febrero de 1872. Ingenieros, por su parte, señala sin dudar: “En Buenos Aires se fundó la primera sección de la Internacional a fines de 1871” (ibídem: 25). Ermolaiev, un historiador soviético, identificó en el Archivo de la Internacional en Moscú una serie de cartas intercambiadas entre communards franceses y el Consejo General y dio a conocer los primeros fragmentos en un artículo de 1959. En 1972, el historiador chileno Marcelo Segall, trabajando en el instituto de Investigación Social de Ámsterdam con un acopio de documentación aún mayor, logró reconstruir las pistas de los ex communards en América Latina, entre ellas, los avatares de la sección argentina de la Internacional, cien años atrás.

El 10 de febrero de 1872 alguien que firma Émile Flaesch escribe en francés desde Buenos Aires al Consejo General de Londres, anunciando que días antes -el 28 de enero- veintiséis personas acababan de fundar, en una reunión realizada en esta ciudad, la Section Francaise de l’ Association Internationale des Travailleurs y solicita, en su nombre, la afiliación a la AIT. Manifiestan su optimismo sobre las posibilidades de crecimiento en el país (“Los abajo firmantes creen que el establecimiento de la Asociación será fácil y que en poco tiempo la sección contará un cierto número de adherentes…”).[2] La carta aparece firmada: “Por la sección, el secretario general Émile Flaesch”. Un sello triangular dice en el centro: Association Internationale des Travailleurs. En uno de los lados: Section Francaise, en los otros dos: Pas de devoirs sans droits, pas de droits sans devoirs (Flaesch al consejo General, 28/1/1872, IISG, Fonds Jung 627):

Una posdata fechada el mes siguiente informa del crecimiento de la sección y renueva sus votos de optimismo: “Hoy 18 de marzo la sección cuenta con 70 miembro, tenemos una reunión el 27 donde 20 nuevos adherentes van a presentarse, uds podrán juzgar por estas cifras, aún débiles, que la Internacional tendrá éxito en Buenos Aires en cuando sea un poco más conocida” (IISG, Fond Jung 966/1).

Una segunda carta firmada por Flaesch y fechada en Buenos Aires el 14 de abril de 1872, hablaba aún en términos más entusiastas del crecimiento de la sección:

“Luego la sección tomó cierta importancia y a esta fecha somos 89 inscriptos, 60 nuevos adherentes han sido presentados y serán aceptados en la próxima sesión. Muchas sociedades obreras están prontas a aliarse a nosotros. Los diarios del país, enemigos encarnizados de la Asociación mientras la pensaban lejos, callan ahora que la saben próxima. El encargado de negocios de Francia, ha dicho, está estupefacto de lo que llama nuestra audacia. La Internacional es el tema de todas las conversaciones. Discursos a favor y en contra de nosotros, han sido pronunciados en las logias francmasónicas. Los diarios estarán obligados a romper el silencio, nosotros no dejaremos de enviarles sus reflexiones.

Consideraban como su tarea más importante organizar la edición de un periódico socialista: “Nuestro primer objetivo será, cuando tengamos el número deseado para esto, fundar un diario socialist, y esperamos llegar a ese objetivo dentro de poco”. Este súbito crecimiento los encuentra evidentemente aislados y sin información directa sobre la vida de la Internacional, de modo que los internacionalistas de Buenos Aires insisten en reclamar correspondencia por parte de Londres, así como contactos con la sección francesa y las posibles secciones de América del Sur: “Les rogamos, ciudadanos, tengan a bien, en una de vuestras correspondencias, indicarnos el medio de corresponder con la Federación Parisina y decirnos si existen otras secciones de la Asociación en América del Sur, y en qué ciudades” (Flaesch al Consejo General, 14-4-1872, IISG, Fonds Jung, 672/2).

Un posdata de la misma carta solicita al Consejo General “algunas aclaraciones sobre los dos artículos concernientes a la propiedad”, pues mientras el primer artículo “declara que la sociedad tiene el derecho de abolir la propiedad individual de la tierra y de devolver la tierra a la Comunidad”, el segundo “declara, por otra parte, que es necesario reintegrar la propiedad de la tierra a la propiedad colectiva”. En efecto, un debate sobre la cuestión de las formas que adoptaría la propiedad de la tierra en el socialismo había agitado la doceava sesión del Congreso de Bruselas de la Internacional (1868). En dicha sesión se habían presentado dos informes: por una parte, el de la sección de Ruan, imbuido de colectivismo francés, donde se declaraba que “la apropiación por parte de algunos del instrumento gratuito de la producción que se llama tierra, es un robo en el más alto grado, que priva a la colectividad humana del derecho natural a convertirse en propietaria, individualmente, del producto de su trabajo obtenido con la ayuda de su inteligencia”. Por otro, el de la delegación belga, de inspiración proudhoniana, que había presentado César de Pepe, también condenaba la propiedad individual de la tierra, pero abogaba bien por “la propiedad de los trabajadores campesinos asociados”, o bien por “la propiedad de la sociedad entera” que a su vez le cedería o arrendaría a las asociaciones de trabajadores agrícolas (Freymond, 1962/1973:_ 509-532). El debate había quedado abierto, y esto inquietaba a los internacionalistas franceses de Buenos Aires, pues habían arribado a un país donde la cuestión de la propiedad de la tierra y otras derivadas de él (como el latifundio, la colonización, etc.) eran cruciales: “Nadie pudo aún explicar este artículo. Detiene a mucha gente que nos sería de mucha utilidad” (IISG, Fonds Jung, 627/2).

Una tercera carta de Flaesch al Consejo General (Buenos Aires, 16 de julio de 1872) habla de un crecimiento exponencial: “La Internacional toma día a día más adherentes. Alcanzamos hoy la cifra de 273 y esperamos no quedarnos ahí”. Y agrega, entusiasta: “No nos detendremos en este número”, Informaba además de la creación de la sección italiana, cuyo núcleo ya era lo suficientemente importante para desprenderse de la francesa y formar uno propio. Flaesch le asignaba a esta sección enorme importancia, ya que los italianos formaban la parte más considerable de los obreros inmigrantes de Buenos Aires. “Los italianos que forman parte de nuestra sección deberán formar una sección italiana y esta sección está llamada a ser la más importante de B. Aires, porque aquí los italianos constituyen la mayoría de la población extranjera”.

Finalmente, Flaescj (que ahora firma orgullosamente “Fondateur de l’Internationale à Buenos Ayres”) informa de la creación de otra sección francesa, presumiblemente bakuninista, pues no se atenía “sinceramente” a la sección oficial y ofrecía una imagen divisionista que “podría tal vez terminar por perjudicar a la Asociación”: “Nos enteramos que se forma aquí una segunda sección francesa; Uds. lo sabrán tal vez por el correo. Lamentamos que los ciudadanos no se atengan a nosotros sinceramente, dado que esta apariencia de divisiones podría tal vez terminar por perjudicar a la Asociación” (Flaesch al Consejo General, 16-7-1872, IISG, Fonds Jung, 627/1). De cualquier modo, es probable que los ex communards de orientación bakuninista arribados a Buenos Aires no hayan alcanzado a constituirse en sección, pues como se ha señalado supra (según el testimonio de los anarquista de Montevideo) y como veremos infra (según el testimonio de Wilmart), no se conserva el menor registro de grupos de pensamiento o acción libertaria hasta final de la década (1879).

Poco después surgía la sección española. Según otra carta (localizada por Nettlau en el IISG de Ámsterdam) que el 23 de marzo de 1873 otro exiliado francés, A. Aubert, firmando como “Secretaire des Sections de B. Ayres”, dirige desde Buenos Aires a Jean Latraque, ex communard exiliado en San Sebastián (España): “Hay actualmente en Buenos Aires tres secciones internacionales, basadas en las diferencias de lenguas: la sección francesa, las secciones italiana y española se formaron después; cada sección tiene su comité central particular y las cuestiones de interés general son tratadas por un Consejo federal compuesto por seis miembros (dos por cada sección)”. Y agrega después: “No hablaré de las dificultades que tuvimos que vencer al comienzo. Usted sabe, como nosotros, que se persuade difícilmente a los que viven bajo el imperio del error; sin embargo, a fuerza de trabajo y perseverancia, y a pesar de los ataques incesantes de la prensa, hemos podido difundir y hacer germinar la semilla, nuestras filas se acrecientan sensiblemente de ciudadanos abnegados y podremos considerarnos desde ahora sólidamente constituidos” (Aubert a Latraque, IISG, Fonds Jungs 423, véase también Nettlau, 1926:4).

Relata Ingenieros que hacia 1874 o 1875 se había constituido una sección en Córdoba, de vida efímera y débil implantación. Sergall, por el contrario, la presenta como un movimiento que duró tres años (1873-1875)” y que, a diferencia de las secciones de Buenos Aires, divididas por grupos idiomáticos, “la A.I.T. cordobesa agrupó obreros y artesanos extranjeros y criollos”. Pero es probable que no sea más que una inferencia del historiador chileno, ya que no ha quedado ningún registro de esta experiencia más allá de la mención de Ingenieros, que todos los autores se limitan a repetir. Como ha señalado Falcón, no hay referencias a esta sección en los estudios sobre los orígenes del movimiento obrero en Córdoba (Falcón, 1980:24).

Lamentablemente, salvo estas cartas, aún no se ha hallado ningún documento o periódico escrito por los internacionalistas de 1872-1873 en la Argentina. El periódico que editaron, El Trabajador, quizá se haya perdido definitivamente. Hay incluso dudas sobre su nombre y sobre el idioma en que se editó: para Carlos Rama se trataba de “un journal en langue française” (Rama, 1968:108), que se habría llamado Le Laborateur, Organe de la Section Française de la AIT y atribuye a Émile Dumas su dirección (Rama, 1968: 108 y 151). Sin embargo, un contemporáneo de los hechos como Victory lo cita con su nombre en español: “En septiembre de aquel año [1872], esa sección tenía un órgano público en la prensa, que se titulaba El Trabajador, del que creemos que solo aparecieron cinco o seis números en el espacio de mes y medio (Victory, 1875:351). Como veremos luego, el delegado que envía la AIT a Buenos Aires habla en una de sus cartas a Marx de su familiaridad con el español para traducir artículos de otros periódicos, lo que inclina a pensar que el periódico se editaba en español, o bien era bilingüe. Según Sergall, su divisa fue: “Ni deberes sin derechos, ni derechos sin deberes”, la misma inscripta en los sellos de la correspondencia de los internacionalistas de Buenos Aires.

Sobre su orientación política, solo tenemos el testimonio de Gillaume en su libro L’Internationale. Documents et souvenirs, quien presumiblemente debió tener, a la hora de redactar las siguientes líneas, alguno de aquellos documentos a la vista. Según Guillaume, planteaban la necesidad de “cambiar la funesta asociación de parásitos, es decir, la clase que vive y goza del fruto de la tierra y de la industria a expensas de aquellos que trabajan y sudan. Que es deber de los socios rechazar toda clase de gobierno que no sea encarnación de los trabajadores: que siendo el trabajador productor de todo lo que es útil y necesario para la existencia y bienestar de la humanidad, debe tener el derecho de dictar las leyes que rijan la sociedad universal” (cit. en Giménez, 1917: 31).

Sabemos también que, a partir de la fractura producida en el seno de la Internacional entre bakuninistas por un lado y los marxistas y blanquistas por otro, la sección argentina aparece de hecho alineada con este último bloque. Los historiadores del anarquismo parecen estar de acuerdo en tomar al folleto “Una idea”, editado en Buenos Aires en 1879, como el punto de partida del pensamiento libertario en la Argentina (aunque Ingenieros remonta los orígenes de este mismo grupo, el “Centro de propaganda obrera”, bakuninista, a 1876: véase Ingenieros, 1898). Para Abad de Santillán: “Sobre todo la sección francesa ha debido ser más bien markxista o influenciada por los adeptos al marxismo” (1930:16). Además es notorio el contraste con Montevideo, donde los anarquistas que hegemonizaban la sección uruguaya de la Internacional desde su creación en 1872, buscaban apoyo en otras secciones americanas para contrarrestar los efectos de la sección argentina, controlada por los “autoritarios”. Así, un propagandista de la sección oriental, A. Juanes, había visitado Buenos Aires ese mismo año y decía volver “desconsolado” por el peso de los “autoritarios”[3]. Y un més después, Francisco Calcerán, el secretario de la sección uruguaya, le escribía a su par mexicano: “Estamos preparando un peri+´´odico que se denominará El Obrero Federalista, para combatir a los autoritarios que han sentado reales en Buenos Aires”. Y lo ratifica en enero de 1873, solicitando el apoyo de las secciones mexicana y estadounidense: “Ciudadano: os ponemos en antecedentes a vos y la sección que representáis sobre un grupo de ciudadanos franceses que en Buenos Aires han constituido una titulada sección Argentina de la Asociación Internacional de los Trabajadores, y que representa el espíritu antidemocrático del Consejo General de Londres” [4].

Con todo, a juzgar por el tenor de los “propósitos” recogidos por Guillaume, el “marxismo” de los internacionalistas de Buenos Aires y Córdoba tiene más que ver con una orientación global hacia la acción política y una lealtad hacia los miembros del Consejo de Londres con quienes habían establecido los contactos que con una adscripción a la teoría de Marx, la que sin lugar a dudas desconocían. Como ha advertido Sergall: “Algunos historiadores suelen clasificar las secciones de la Internacional por sus tendencias ideológicas predominantes: marxistas, bakuninistas y proudhonianas, agregando en determinados momentos a mazzinianos, lassalleanos y otros. Lo que en general es una idealización, pues si bien los dirigentes parecen haber estado relativamente informados de las doctrinas que aparentaban sustentar, en verdad, Marx, Bakunin, Mazzini, Lassale y Blanqui eran escasamente leídos”. Concluía que había ciertas ideas comunes aceptadas, que se remontaban a los principios de la revolución francesa, que provenían del romanticismo social, del espíritu republicano del 48 y del “marxismo” de los años de la Internacional. “Pero, en suma, no eran los aspectos ideológicos las bases de la Internacional: era el afán de dar fuerza y unidad a un movimiento que emancipara a los trabajadores” (1972:332).

Para concluir: si hay diversos testimonios sobre la existencia de bakuninistas en Buenos Aires en 1872-73 (Zaragoza, 1996:74), sin duda no estaban articulados como una fracción al interior de las secciones argentinas; muchos ex communards son seguramente blanquistas, y otros genéricamente republicanos sociales o sociales o socialistas (Falcón, 1980:29). En este sentido, no estaba descaminado Nettlau al concluir que “hasta el verano de 1873 el movimiento de Buenos Aires fue más bien obrerista y socialista en general y no ha sido libertario en el sentido tan perfectamente desarrollado entonces en los españoles, los italianos y en los territorios de lengua francesa en Suiza (Jura), de Valonia (Bélgica), de Ginebra (refugiados franceses), pero poco conocido y no aceptado por muchos franceses, sobretodo de Burdeos, que eran los que más fácilmente emigraban hacia la América del Sur” (Nettlau, 1928: 17, subrayado de H.T.)

¿Quiénes eran estos franceses, italianos y españoles? Hace treinta años, Segall inició un encomiable trabajo de identificación de los communards en América latina, que aún no ha sido retomado. La labor es difícil, por varios motivos: en primer lugar por su dispersión geográfica por todo el subcontinente; en segundo lugar, se trata de perseguidos, para quienes es aconsejable resguardar su identidad bajo seudónimos; en tercer lugar, mientras los ex communards dfe mayor relieve político-intelectual consiguieron ocupación en países europeos, los que llegan a América latina “eran trabajadores -obreros y artesanos- militantes más bien oscuros, en particular con actuaciones en ciudades de provincia” del sur de Francia (Segall, 1972:335). Además, no todos persistieron en la actividad política: Segall habla de unos trescientos ex communards cuya historia se pierde en la colonización de la Patagonia (recordemos lo que señalaba el joven Ingenieros: la mayoría se dedica a “hacer la América”). El historiador chileno había elaborado, para principios de la década de 1970, numerosas fichas biográficas por medio de datos aportados en historias regionales, monografías, diccionarios biográficos, y complementadas con entrevistas a los descendientes.

Retomando muchas de sus pistas, y trabajando con nuevos documentos y con una versión más actualizada del Dictionnaire de Maitron (1997), hoy nos es posible sumar al aporte de Segall algunas otras fichas de miembros de la primera Section Française de l’Association Internationale des Travailleurs en Buenos Aires (1872-1874), casi todos ex communards:

  • E. Flaesch, primer secretario durante el primer año de la sección, firma “Fondateur de l’International a Buenos Ayres”, su identidad es aún motivo de conjeturas; [5]
  • A. Aubert, o L. Aubert, que aparece como nuevo “secretario general” de las secciones argentinas en 1873; era -según Wilmart (véase infra)- un ex profesor que había tratado de organizar la Internacional en Lyon antes de la guerra;
  • Auguste Monnot, había pertenecido a la sección de l’École Normale de París;
  • Eugène Dumas o Daumas, comunero condenado en 1871 en contumacia a la deportación, un año después aparece en Buenos Aires como propietario de una importante fábrica de cigarrillos; habría sido el director del periódico internacionalista de Buenos Aires El Trabajador, más tarde será el animador de Les Égaux, uno de los grupos que aparecen en la fundación del Partido Socialista en 1886;
  • Désiré Job y Auguste Bergeron[6] son mencionados en una de las cartas de Flaesch al Consejo General de la AIT (p.s. de la carta del 16/7/1872, véase infra) y luego por Wilmart (carta del 13/%/1873, véase infra): se trata de militantes blanquistas que habían jugado importantes papeles en la Comuna de Marsella en 1871. Auguste Bergeron había sido armero en Marsella. Según le escribía Edmond Mégy al general Eudes, Bergeron era “muy bravo, inteligente y seguro, es el que ha fabricado las bombas de dinamita que nosotros teníamos” (Maitron, 1997). Joseph Désiré Job, aquí conocido como Desiderio Job, llamado en Francia “Le Mulâtre” (El Mulato, por su tez oscura y su cabello enrulado), había nacido en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume (Var) en 1829. De profesión cocinero, en 1850 había sido condenado, en Aix-en-Provence, a un mes de prisión por incitación a la sedición. Veinte años más tarde, “es el que ha preparado y dirigido todo el movimiento marsellés”, según le escribía Edmond Mégy a Eudes. Militante blanquista, pertenece a la comisión departamental constituida por el movimiento insurreccional de marzo-abril de 1871 en Marsella y fue condenado por contumacia, el 24 de enero de 1872, por el primero consejo de fuerra, a la pena de muerte (Maitron, 1997). Evidentemente, escapó y fue juzgado in absentia, pues lo encontramos vinculado a la Section Francaise de Buenos Aires en 1872 (debiendo retirarse, junto a Bergeron, por querellas internas), y volveremos a encontrarlo en 1875, en el frustrado intento de refundación de la sección de Buenos Aires, donde continúa trabajando como cocinero.
  • Alexandre Picard, también mencionado en la carta de Flaesch y en las de Wilmart, probablemente de orientación blanquista, habría sido miembro de la sección del este de la Comuna de París. Arriba a Buenos Aires hacia 1872 y se presenta ante los miembros de la sección francesa de la AIT de esta ciudad.
  • Léon Massenet, llamado Marancour. Escritor y militar, nacido en Toulouse en 1834, en el seno de una familia burguesa (su hermano menor fue el célebre compositor Jules Massenet). Teniente coronel del batallón 215 de la Guardia Nacional bajo el sitio de París, fue uno de los jefes militares durante la Comuna y miembro de la AIT. Logra escapar con su mujer y tras un periplo por Europa y América recala en Buenos Aires donde, según el proceso judicial que se le sigue en París, alcanza a ser “jefe de redacción” de un periódico (lamentablemente no se indica cuál). Es autor, junto con H. Bellenger y M. Vuillaume, de: Hommes et choses du temps de la Commune. Récits et portraits pour servir à l’histoire de la première révolution sociale, 1871.[7]

No hay registro de los nombres de los internacionalistas italianos y españoles de las secciones correspondientes a esta primera etapa (1872-1874).[8]

Las noticias sobre la fundación de la sección francesa avivaron el interés del Consejo de Londres hacia Sudamérica. De la constitución de la sección argentina se deja constancia en las actas del Consejo General de Londres del día 23 de abril de 1872 donde puede leerse que: “El ciudadano Hales [el secretario general] anunció que se formó una sección en Buenos Aires. Existe desde hace un mes y cuenta más de 70 miembros. Desea mantener relaciones con el Consejo General” (Nettlau, 1927:16).

Poco después, el 7 de mayo de 1872, el Consejo nombraba, a propuesta de Engels, al ex communard Le Moussu como responsable político de las dos Américas. Para Nettlau, era un signo del interés de los hombres de Londres por establecer una comunicación fluida con los franceses de Buenos Aires (Nettlau, 1927:16). Marx le informa desde Londres a su amigo Sorge en Nueva York de dicho nombramiento, y se entusiasma: “actualmente tenemos también conexiones con América del Sur” (“Internacionalistas…”, 1972: 316).

En julio, la sección argentina obtiene el reconocimiento solicitado. “Le Mossu, secretario del Consejo General, envió el 1° de julio de 1872 de Londres a Buenos Aires la notificación oficial. En la carta se decía que el Consejo General tomaba en cuenta la iniciativa de dicha sección en la difusión de las ideas de la Internacional en Sudamérica” (Ermolaiev, 1959:262)). Según el investigador soviético, “Le Mossu envió con la carta a Buenos Aires 12 ejemplares de los Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores”. Es la segunda referencia precisa que tenemos de envíos impresos por parte de la Internacional a la Argentina[9]. Y este envío tiene particular interés porque, como sabemos, los estatutos fueron redactados por Marx y aprobados en la Conferencia de Londres (septiembre de 1871). Es también la primera referencia que tenemos de la recepción de un texto de Marx en la Argentina. Lamentablemente, no contamos con documentación que acredite, siquiera, un acuse de recibo, ni mucho menos el uso político que pueden haber hecho los internacionalistas en Buenos Aires del célebre texto que comenzaba considerando “Que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los trabajadores mismos…” Sin embargo, hay una pista que puede hacernos pensar que estos hombres conocían los “Estatutos”, pues la divis de la internacional que aparece en el preámbulo de los Estatutos (“Ni deberes sin derechos, ni derechos sin deberes”) (Freymond, 1962:286) había sido adoptada por los hombres de Buenos Aires desde su primera constitución como sección y constituía el texto del sello triangular con el que estampan sus cartas: “Pas de devoirs sans droits, pas de droits sans devoirs” (véase infra).

En septiembre, cuando el Consejo de Londres presente su “Informe oficial” en el Congreso de la Haya de la Internacional, aparecerán los contactos con Buenos Aires una vez más: “Nos limitamos a consignar que desde el Congreso de Basilea, y particularmente desde la COnferencia de Londres celebrada en septiembre de 1871, la Internacional ha ganado terreno entre los irlandeses en Inglaterra y en Irlanda misma, en Holanda, Dinamarca y Portugal, que se ha organizado firmemente en los Estados Unidos y que existen ramificaciones en Buenos Aires, Australia y Nueva Zelanda (ibidem: 316).

Por una carta de Engels a Aorge (Londres, 26 de julio de 1872) sabemos que aquel envió un paquete a la sección de Buenos Aires conteniendo “8 o 10” ejemplares con las resoluciones del Congreso de la Haya[10]. Después de los documentos de la AIT que reciben Victory y Suárez así como los miembros de la Sociedad Tipográfica Bonaerense en 1870-1871[11], esta es la ´primera referencia precisa que tenemos de envíos de impresos por parte de la Internacional a la Argentina[12]. A través de este folleto, los miembros de la sección argentina tuvieron acceso a una información directa sobre las posiciones oficiales de la AIT, acerca de las diferencias con los bakuninistas. La primera resolución consistía en un agregado a los  Estatutos (artículo 7a), donde se lee:

“En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseyentes, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose a sí mismo en partido político distinto, contrario a todos los antiguos partidos formados por las clases dominantes. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su objetivo supremo: la abolición de las clases.

La colación de las fuerzas obreras, conseguida ya por la lucha económica, debe servir también de palanca en manos de esta clase, en su lucha contra el poder político de sus explotadores.

Como los amos de la tierra y del capital utilizan siempre sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y avasallar el trabajo, la conquista del poder político se convierte en el gran deber del proletariado (en Freymond, 1962, véase 2:439)”.

A continuación, se transcriben las resoluciones relativas a la expulsión de los dirigentes de la Alianza por la Democracia Socialista, Bakunin y Gillaume (ibidem:445).

Sin embargo, sabemos que para fines de 1872 las secciones argentinas shan perdido contacto regular con la Internacional. Nettlau sospecha, por una carta de Sorge (el nuevo secretario general de la Internacional que ha trasladado su sede a Nueva York) a Engels, a través de quien le pide a Le Mossu “que copie la circular francesa (del Consejo General a las secciones de la Internacional) y la envíe a Buenos Aires” (Nueva York, 25 de octubre de 1872), que nadie en la dirección de la Internacional, ni en los Estados Unidos ni en Europa, quería tomarse la simple molestia de copiar un documento para enviarlo a esta remota región. “Así, pues, esa sección habrá tenido pocas noticias sobre la Internacional en Europa hasta la llegada de Wilmart” (1927:16)[13].

Para salvar el aislamiento, se establece un intercambio entre Aubert, secretario general de las secciones argentinas, y Jean Latraque (o Larroque), un ex communard de Burdeos exiliado en España. Aubert le responde en enero de 1873 una carta que este le habría enviado en julio de 1871 pero acaba de recibir solo entonces (es probable que fuese un lapsus de Aubert, y que la carta de Latraque tuviese fecha del 31 de julio de 1872). Según Ermolaiev, a través de esa carta los internacionalistas de Buenos Aires habrían sido informados de la reunión del Consejo General del 30 de mayo de 1871 consagrada a extraer el balance de la experiencia de la Comuna de París. En ella, Marx presentó su célebre informe “La guerra civil en Francia” (1959, 260-261). Sin embargo es curioso que, en su respuesta, Aubert no haga referencia a dicha reunión, ni a ese balance, ni siquiera a la Comuna. Apenas agradece la carta que “en cuanto estuvo a nuestro poder, la hemos comunicado a la asamblea general, que la acogió con los más puros sentimientos de gratitud”.

En respuesta a lo que le había escrito Latraque, Aubert se limita a señalar que acuerda con la necesidad de lograr una integraciónmayor en la Internacional: Como usted dice, ciudadano, nuestro deseo constante fue siempre asociarnos por los lazos de federación a nuestros hermanos de Europa…” (Nettlau, 1926: 4). Pero el problema, insiste Aubert, fue haber quedado “en el más completo aislamiento” (IISG, Fonds Jung 423).

Latraque le retransmitía una versión de la carta de Aubert a Engels el 25 de marzo de 1873, añadiendo: “Bajo este pliego, la carta de Buenos Aires que ud. puede archivar; envíe todo, periódicos, impresos, lo que ud. juzgue útil” (Nettlau, 1928: 17)[14].

Aparentemente, las relaciones comienzan a hacerse más fluidas, también con Nueva York, la nueva sede de la Internacional. El 20 de junio de 1873 Sorge ha recibido nueva información de Aubert desde Buenos Aires y se la retransmite a Engels: “Hemos recibido la adhesión de tres secciones numerosas en miembros (franceses 130, italianos 90, españoles 45 miembros) de Buenos Aires y les hemos instruido que os enviaran sus cuotas y contribuciones […] Se os pide el envío de algunos ejemplares de las resoluciones del Congreso de La Haya a Buenos Aires” y le da como dirección la del relojero Tonnassi de la Calle Corrientes (Nettlau, 1928: 16-17)[15]. En total, suman 265 miembros: es una cifra semejante a la declarada por Flaesch un año atrás (273 miembros).[16]

Luego del Congreso de la Haya, Marx y el Consejo General consideran necesario fortalecer la nueva sección argentina, clave para una futura expansión al resto de Latinoamérica y, además, anticiparse al peso que pudieran ejercer los anarquistas españoles o uruguayos sobre Hispanoamérica. Era necesario, pues, enviar a Buenos Aires alguien preparado y de suma confianza. El hombre escogido para esta misión es Raymond Wilmart, que después tendrá una larga proyección sobre la vida intelectual argentina.


Notas

[1] Me ocupé de estos vínculos en: Horacio Tarcus, El socialismo romántico en el Río de la Plata. 1837-1870, de próxima aparición.

[2] Véase el texto original en francés en el Apéndice. A partir de aquí, cito según mi propia traducción.

[3] Carta de A. Juanes a Leo Subikursky, fechada en Montevideo el 7 de abril de 1872. La carta del anarquista uruguayo a su par de México puede dar una idea del tenor de la confrontación ya desatada, también en América Latina, entre “marxistas” y “bakuninistas”. Juanes relata las vicisitudes del “maquiavelismo del Consejo General de Londres contra Bakunin”. Y agrega: “¿Y sabe Ud. de qué proviene ese disgusto del Consejo Londinense? De que las naciones latinas jamás aceptarían la sumisión al genio de Marx y de su patán [seguramente Engels]. En esta República democrática [Uruguay] hay quienes se inclinan a los agentes de Londres: casi todos los que han llegado de Europa en estos últimos meses, huyendo. Temor tengo de que no podamos hacer más en este enrarecido ambiente si contamos con tener batallas contra los autoritarios. De Buenos Aires regreso desconsolado: solo entre los panaderos he encontrado una atmósfera favorable a la sociedad de socorros y resistencia. ¡Ah! Los asnos necesitan una paliza” (en Valades, 1927:84).

[4] Cartas de Francisco C. Calcerán a F. Zalacosta, firmadas en Montevideo, el 25 de mayo de 1872 y el 1° de enero de 1873 respectivamente (en Valades, 1927: 84-85).

[5] Para Segall es el seudónimo de Émile Dumas. Basándose en el testimonio de Jean Longuet, el yerno de Marx, Segall nos informa que Dumas había sido uno de los pioneros del socialismo en la Argentina, “hoy diputado del Cher y ayer obrero obrero mecánico en Buenos Aires”. De vuelta en París, Dumas fue miembro suplente por la Argentina al Buró Socialista Internacional a partir del Congreso de Stuttgart (Segall, 1972:338). Sin embargo, las fechas no coinciden, pues Émile Jean Dumas nació en Francia en 1873 y recién habría llegado a los seis años con su familia a la Argentina. Aquí habría participado en la Revolución del Parque de 1890, sufriendo heridas de bayoneta. Cumplido aquí el servicio militar, regresó a Francia, donde trabajó como obrero mecánico y fue un destacado militante socialist, llegando a ser diputado. Es posible que Flaesch sea el seudónimo de otro Dumas: Egène Dumas, quien, tras participar en la experiencia de la Comuna de París fue condenado por contumacia a la deportación. Exiliado en la Argentina, en enero de 1872, estaría entre los fundadores de la Section Francaise de l’Association Internationale des Travailleurs à Buenos Aires y aparentemente dirige su ´órgano, el periódico Le Laborateur o El Trabajador. En Buenos Aires llegó a convertirse en propietario de una fábrica de cigarrillos, lo que le permitió colaborar también en el plano económico con las agrupaciones socialistas en las que participó. En 1891 forma parte del grupo de socialistas franceses que funda Les Égaux. La iniciativa partió del obrero tipógrafo de origen francés Adam Dembrowsky, siendo su primer secretario Hendri Vataud, aunque -Según Segall- Dumas “era el alma de Les Égaux, sostenía las publicaciones y el local siendo a la vez un afortunado fabricante de cigarros, solvente y con cientos de obreros”. Con su aporte se editó el periódico L’Egalité, del que aparecieron unos pocos números. Según consta en LV, en 1894 el grupo se reunía semanalmente, todos los lunes, en su local de Esmeralda 469. En 1895 aparece una nueva dirección: San José 7, el local de la Union Suisse. En 1895 Les Égaux envía delegados para constituir el Comité Central del incipiente Partido Socialista Obrero Internacional (PSOI), y un año después remite sus representantes al Congreso Constituyente del Partido Socialista del 18-29 de junio de 1896, para disolverse enseguida. Cuando un año antes el grupo francés publicó un manifiesto con el Programa del PSOI, el Jefe de Policía, general Manuel J. Campos, ordenó la prisión inmediata de todos sus miembros. Dumas se presentó a interceder por los detenidos y el general Campos “lo increpó por sus simpatías socialistas y le recordó el deber en que se hallaba de repartir gratuitamente sus cigarrillos” (Tarcus, Diccionario, 2007: 192).

[6] Segall transcribe su apellido incorrectamente como Bernaton (Segall, 1972: 339). No cabe duda de que es un error: no sólo se lee “Bergeron” con claridad en el manuscrito citado de Flaesch, sino que en el diccionario de Maitron hay una entrada correspondiente a un Auguste Bergeron, militante blanquista de Marsella. La carta citada de Wilmart también dice con toda claridad “Job y Bergeron”. Falcón, a pesar de citar las cartas de Flaesch y Wilmart según los manuscritos originales, sigue a Segall en este error (Falcón, 1984:49)

[7] Por sus firmas en la primera carta al Congreso General, fechada en febrero de 1872, sabemos que en la primera Section Française de 1872-1874 también participaron los siguientes ciudadanos franceses: Francois Philimond; Jean-Marie Philimond; Joseph Costes; Charles Marin; Jean Gustave Vignollis; Raymond Dubian; George Stas; Émile Flaesch; (?) Mari; Henry Boillorge; Lestracle Recrete (?); Jean Marie Bruch; Joubert A. Horimond; Charles Changeu; L. Maissoneuve; Laurent Vignaud; [Rodolphe] Fenner; Hyppolite Larcade; Eug.[ene] Mady (?); Paul Lombard; Léon Colmart; Simon (?); Ph. Simares (?): Eugene Chauffaille y otras dos firmas indescifrables.

[8] Aubert, en su carta a Larroque, pide que le envíe la correspondencia a nombre de “José Tonassi (Relojería de los Alpes), Calle Corrientes, núm. 220”. ¿Se trata de un relojero italiano, miembro de la sección argentina? Es difícil probarlo. Para peor, su nombre no vuelve a aparecer entre las figuras destacadas de las historias obreras.

[9] La primera fue el intercambio entre la Federación Española y la Sociedad Tipográfica Bonaerense en 1871, de la que me ocupé en El socialismo romántico en el Río de la Plata (1837-1870).

[10] Carta de F. Engels a F. Sorge, Londres, 26 de julio de 1872, en Marx/Engels, “Internacionalistas…” 1972:317. Según Scaron, el folleto enviado debió ser: “Résolutions du congrès général tenu à la Haye du 2 au 7 septembre 1872”, Londres, 1872 (ibidem; 322, nota 3).

[11] Me ocupé de estos primeros vínculos en El socialismo romántico en el Río de la Plata, ya citado.

[12] Según Scaron, es probable que para entonces las secciones argentinas hubiesen recibido antes la traducción aparecida en La Emancipación, que editaban los internacionalistas españoles en Madrid. Este periódico tradujo las resoluciones de La Haya y las publicó en su edición del 2 de noviembre de 1872 (“Materiales…”, 1972: 322). Sin embargo, cuando Aubert en su carta a Latraque se lamenta del aislamiento en que está sumida la sección argentina, dice claramente: “No hemos tenido nunca a nuestra disposición ni periódicos ni boletines de la Asociación” (en Nettlau, 1926:4)

[13] Si bien la carta es sintomática de las dificultades que tenía el Consejo General, retirado a Londres, para mantener vínculos aceitados con todas las secciones (para peor, en una época en que cuando la cantidad de copias necesarias no justificaba una impresión, debía copiarse a mano una a una), es visible la mala disposición de Nettlau hacia los “autoritarios” de Londres y de Nueva York. Además, para Nettlau, la falta de información fidedigna sobre el conflicto entre “autoritarios” (marxistas) y jurasianos (anarquistas), es lo único que explicaría que la sección de Buenos Aires no se apartase del “maquiavelismo” del Consejo General (Nettlau, 1927: 16).

[14] Transcribimos según Nettlau, pues no hallamos estas dos líneas en el original de la carta de Latraque a Engels que se halla en el IISG.

[15] Según conjetura Nettlau: “Se encontrará posiblemente entre los papeles de Sorge conservados en la gran biblioteca de Nueva York una carta de Aubert que habla de las tres secciones y que forma la base de la comunicación del 20 de junio de 1873 de Sorge a Engeles. Pero su contenido no será diferente de la carta ya publicada de Aubert a Latraque. Sin embargo, como podría contener una historia más detallada, sería interesante encontrarla en la Biblioteca de Nueva York (New York Public Library)” (Nettlau, 1928: 17). Lamentablemente, la carta de Aubert no se encuentra entre los papeles del Archivo Sorge que guarda la New York Public Library: así pudo comprobarlo, a solicitud mía, la historiadora Victoria Basualdo, después de una búsqueda minuciosa. Aprovecho aquí para dejar mi agradecimiento.

[16] Llama la atención el reclamo de los folletos con las resoluciones del Congreso de La Haya: ¿solicitan un nuevo envío o los que envió Engels en julio de 1872 se extraviaron?

Bibliografía

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Fuente: Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, de Horacio Tarcus. Siglo XXI Editores. Buenos Aires. 2013. Págs. 73-84.