La Comuna según Karl Marx

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En su papel de principal animador de la Primera Internacional, Marx escribió La guerra civil en Francia, un peculiar y notable escrito en el cual lleva a cabo un riguroso balance teórico-político, que da cuenta de la importancia histórico-universal de los hechos, al tiempo que también constituye una formidable denuncia de la represión burguesa.

A pesar de ser conocidos por los lectores, sus intercambios sobre la Comuna de París con su amigo Kugelmann nos parecen una reflexión útil y complementaria a su texto más conocido. Como es común en él, la pasión, el sarcasmo y la capacidad analítica recorren estas cartas marxianas. La llegada a un nuevo punto de partida histórico, a pesar de tratarse de una derrota, se proyectará unas décadas después a discusiones centrales del movimiento socialista, como la protagonizada entre Kautsky y Luxemburg sobre la huelga general.


Londres, 12 de abril de 1871

Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario[*], verás que expongo que la próxima tentativa de la revolución francesa no hará pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de París. ¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, originadas más bien por la traición interior que por el enemigo exterior, se rebelan bajo las bayonetas prusianas, ¡como si no hubiera guerra entre Francia y Alemania, como si el enemigo no se hallara a las puertas de París! ¡La historia no conocía hasta ahora semejante ejemplo de heroísmo! Si son vencidos, la culpa será, exclusivamente, de su «buen corazón». Se debía haber emprendido sin demora la ofensiva contra Versalles, en cuanto Vinoy, y tras él la parte reaccionaria de la Guardia Nacional, huyeron de París. Por escrúpulos de conciencia se dejó escapar la ocasión. No querían iniciar la guerra civil, ¡como si el mischievous avorton[**] de Thiers no la hubiese comenzado ya cuando intentó desarmar a París! El segundo error consiste en que el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes, para ceder su puesto a la Comuna. De nuevo ese escrupuloso «pundonor» llevado al colmo. De cualquier manera, la insurrección de París, incluso en el caso de ser aplastada por los lobos, los cerdos y los viles perros de la vieja sociedad, es la hazaña más gloriosa de nuestro partido desde la época de la insurrección parisiense de junio. Compárese a estos parisienses, que toman el cielo por asalto, con los esclavos del cielo del  Imperio  Germano-prusiano, del sacro Imperio Romano, con sus mascaradas antediluvianas, que huelen a cuartel, a iglesia, a junkers y, sobre todo, a filisteísmo.

A propósito, en la edición oficial de documentos acerca de los subsidios abonados directamente de la caja de Luis Bonaparte, se indica que Vogt percibió en agosto de 1859 ¡40.000 francos! Lo he comunicado a Liebknecht para que haga uso de ello cuando llegue el momento.

Londres, 17 de abril de 1871

No comprendo cómo puedes comparar las manifestaciones pequeñoburguesas del tipo 13 de junio de 1849,etc, con la actual lucha que se está librando en París.

La historia universal sería por cierto muy fácil de hacer si la lucha sólo se aceptase a condición de que se presentasen perspectivas infaliblemente favorables. Sería por otra parte de naturaleza muy mística si el “azar” no desempeñara ningún papel. Estos mismos accidentes caen naturalmente en el curso general del desarrollo y son compensados a su vez por otros accidentes. Pero la aceleración y el retardo dependen mucho de tales “accidentes”, entre los que figura el “accidente” del carácter de quienes aparecen al principio a la cabeza del movimiento.

Esta vez, el accidente decisivo y desfavorable no ha de buscarse de modo alguno en las condiciones generales de la sociedad francesa sino en la presencia de los prusianos en Francia y en su posición justo frente a París. Esto lo sabían bien los parisienses. Pero también lo sabía la canaille burguesa de Versalles. Precisamente por esa razón pusieron a los parisienses la alternativa de cesar la lucha o sucumbir sin combate. En el segundo caso, la desmoralización de la clase obrera hubiese sido una desgracia enormemente mayor que la caída de un número cualquiera de sus “jefes”. La lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado ha entrado en una nueva fase. Cualesquiera sean los resultados inmediatos, se ha conquistado un nuevo punto de partida de importancia histórico universal.