La Comuna de París y nosotros

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Por Isidoro Cruz Bernal

Este aniversario de la Comuna, porque sin duda la de París es LA Comuna, la única que puede prescindir de cualquier localización geográfica y de otras coordenadas para ser invocada. Y esto es así por múltiples razones. La más clara y evidente es que, aún de modo efímero, la Comuna de París estableció un modelo de democracia que sigue siendo deseable. Las sociedades del capitalismo tardío en las que vivimos están mucho más atrás que la Comuna en términos de democraticidad. La Comuna subsiste, para nosotros, como un desafío proyectual. No es meramente un fragmento histórico, significativo pero ya definitivamente alejado de nuestras vidas.

Hace cuarenta años, aproximadamente, asistimos a un cada vez mayor vaciamiento de la democracia política. Peor panorama vemos si consideramos los contenidos sociales necesarios que acompañan a cada experiencia democrática concreta. El creciente autogobierno del capital en las sociedades contemporáneas disminuye, obstaculiza o directamente anula las dimensiones democráticas posibles en nuestro tiempo. El liberalismo contemporáneo, en la inmensa mayoría de sus vertientes, se ha convertido en el abogado más entusiasta de este ocaso de la experiencia democrática. Empezó convocando a una defensa a libro cerrado de las dimensiones formales de la democracia y argumentando en contra de cualquier propuesta política de profundización participativa y protagónica. La lógica conclusión de esta postura es la defensa de las incursiones securitarias de los estados y de la represión cada vez mayor de las rebeldías sociales en nombre de la defensa de la institucionalidad. 

Hubo un instante de mirar en el cual las propuestas del liberalismo institucionalista podían ser un convincente llamado a evitar lo peor y salvar el marco mínimo de libertades públicas. El momento en que vivimos es un tiempo de comprender que ese superyó institucionalista nunca se satisface con las renuncias del campo popular a una mayor democraticidad de las relaciones sociales. Llegaremos, eventualmente, a un momento de concluir en el que estos enfrentamientos encontrarán una resolución. Los términos más generales de esto son claros, aunque las formas particulares en que termine materializándose sean una experiencia por venir. O el estado de excepción, al que tiende el capitalismo en su etapa neoliberal, se convierte en un elemento constante en nuestras vidas o construimos alternativas viables de oposición a este curso reaccionario y avanzamos hacia una mayor democraticidad, lo cual nos colocará en diverso grado de conflicto con el orden social vigente. 

Como experiencia democrática profunda la Comuna de Paris continúa teniendo, para nosotros, una relativa actualidad. Poner la palabra relativa no implica en modo alguno rebajar la importancia de esta trascendental experiencia de lucha. Lo que intenta transmitir esta palabra –relativa- es dejar sentado que existen una serie de problemas, aparecidos posteriormente, de los que es imposible dejar de hacerse cargo. La experiencia de la Comuna es válida en términos generales como experiencia democrática y proceso de lucha. En nuestras condiciones actuales y en lo que fue la experiencia revolucionaria del siglo XX hay cuestiones centrales a reconsiderar. Mencionemos dos: el peso y la persistencia de la burocracia en la vida social y las condiciones concretas en las que una democraticidad real deberá enfrentarse hoy. Por ejemplo ¿cómo establecer las condiciones en que se desarrolle una revocabilidad verdadera de los representantes considerando la masividad de ciertos distritos electorales? ¿cómo construir una real decisión política en esas condiciones? Estas dificultades concretas de ningún modo significan un obstáculo insuperable para arribar a una experiencia democrática superior sino que son solamente problemas complejos a superar. La Comuna sigue siendo una referencia central como forma general de experiencia democrática y como organismo de representación popular directa. Solamente el curso real de la lucha de los trabajadores y las clases populares podrá señalarnos los caminos particulares que atravesaremos en las luchas futuras por la democracia y el socialismo.

1.

Sin embargo, es necesaria una recapitulación respecto a la Comuna. El marxismo hoy predominante en la Argentina –el trotskista- tiene una mirada sobre la Comuna de París a la que podemos calificar como reduccionismo de clase. La Comuna de París es el establecimiento fallido del primer estado obrero de la historia. 

Esta lectura se limita a hacer una recolección de lo escrito por Marx, Engels, Lenin y Trotsky sobre el tema. En sus mejores vertientes se subraya la experiencia de la Comuna en función del elemento proyectual implícito en cualquier postulación de una democracia socialista. Y que constituye el elemento completamente vigente de la Comuna, que podemos recoger, desde nuestra forzada contemporaneidad, para intervenir en cualquier proyecto político del presente.

En esta clase de balances y evocaciones suelen traerse al presente las circunstancias contingentes que  marcaron el ritmo de los hechos de este drama histórico. En general, están tomados del documento político escrito por Marx y refieren mayormente a indecisiones de las fuerzas revolucionarias: no haber dirigido toda la capacidad combatiente hacia Versalles en el momento adecuado, no haber expropiado el principal Banco nacional, etc. Cuestiones todas que suenan altamente razonables pero en las que sospechamos que predomina, en modo excesivo, una serie de afirmaciones basadas en el acto de fe en los textos clásicos. No nos deja de sorprender la notable lucidez del análisis de Marx, a pesar de la distancia espacial que lo separaba de los hechos. Una distancia adicional para nosotros -la temporal- nos previene de considerar que en “La guerra civil en Francia” estén presentes todas las determinaciones principales de los sucesos. La mera lectura de la memorabilia de Lissagaray así como los trabajos de Henri Guillermin, Albert Ollivier, Diógenes Di Giorgi o Bruhat, Dautry y Tersen confirman mucho de lo apuntado por Marx pero también dejan visible un contexto histórico bastante más amplio y abigarrado para considerar los hechos.

De todas formas, hay que reconocer que el predominio trotskista en el marxismo político argentino actual le da un lugar mucho mayor al acontecimiento de la Comuna que el dado anteriormente por el movimiento comunista histórico oficial. El evento parisino era mencionado solamente por estar inscripto en los textos sagrados de Marx y Lenin pero seguramente no era la referencia preferida por las burocracias del socialismo real. Principalmente por las discusiones que abría: la necesidad de la democracia política en la revolución, el ejercicio cotidiano del poder por los trabajadores y el pueblo, etc. Tratar estos temas, en el área del socialismo real, era –para usar un dicho popular- mencionar la soga en la casa del ahorcado.

Las medidas de los comuneros respecto a las condiciones laborales de obreros que se hallaban en regímenes laborales extremadamente opresivos -probablemente bajo el látigo del plusvalor absoluto- se vuelven a tocar con nuestro tiempo en el que la acumulación del capital se desenganchó de la pauta de consumo fordista. Más radicalizadas todavía son las medidas respecto a las empresas abandonadas por sus dueños, que pasaron a producir en forma cooperativa.

El otro rasgo subrayado por las corrientes socialistas es el grupo de medidas de democratización radical que implicaban la quiebra de la forma burguesa del estado. En primer lugar, la Comuna se estructuró como un órgano que reunía lo ejecutivo y lo legislativo, dejando a la vista que la tan mentada división de poderes es un arma de la burguesía para impedirle a los trabajadores y al pueblo avanzar con medidas legales hacia el poder popular. La segunda cuestión decisiva fue la supresión del ejército permanente y el establecimiento de una milicia popular ciudadana para defender a la Comuna de la reacción interna y exterior. Otro grupo de medidas de los comuneros abarcaba la revocabilidad de los funcionarios y el límite salarial establecido en la remuneración de un obrero especializado.

En relación a este tercer grupo de medidas hay un aspecto polémico. En Argentina los diversos grupos trotskistas suelen propagandizar medidas democratizadoras inspirándose en el modelo de la Comuna. La medida propuesta más común es plantear que los políticos ganen el salario de un obrero (muchas veces de un docente, dada la abundante conflictividad alrededor de esta franja de trabajadores). En algunas ocasiones también puede plantearse la revocabilidad de los funcionarios. Hay un problema de base en estos planteos. Constituyen una vulgarización inadecuada de la herencia de la Comuna. La Comuna era un proceso revolucionario en el que ya se había producido una ruptura con el orden burgués. Este conjunto de medidas tienen sentido si se piensan en el interior de un proceso revolucionario. No son medidas aplicables para “mejorar la democracia” existente. La discusión, completamente legítima, en torno a la democracia participativa pasa por otra clase de ejes, referidos al programa mínimo de los socialistas que contempla las reformas democratizadoras que se pueden obtener en el marco del régimen y el orden social existente.

2.

La Comuna de París no pudo superar su aislamiento respecto al resto de Francia. Existieron intentos de erigir gobiernos comunales similares en otras importantes ciudades. Pero pudieron ser descabezadas rápidamente, como aparece relatado en la obra de Lissagaray. Esta dificultad no pudo ser superada y, en cierto modo, selló la suerte de la empresa revolucionaria. 

En la consideración de la Comuna de París por parte de la izquierda, hay un amplio territorio sin explorar que es su relación con la revolución francesa iniciada en 1789. Se trata de un vacío importantísimo, ya que la inmensa mayoría de los comuneros se veía a sí mismos como continuadores de esa historia. Es decir, de lo que esa historia representó como un jalón decisivo en la constitución política de las clases subalternas de Francia. El marxismo economicista, del que tanto trotskistas como stalinistas son descendientes (aunque de ninguna manera los concebimos como equivalentes), ha reducido a la revolución francesa a una mera revolución burguesa y a los grandes episodios protagonizados por el pueblo revolucionario, a una especie de ejercicio indebido de utopismo destinado al fracaso. La referencia a la revolución francesa estaba presente en la acción de los comuneros, especialmente entre los partidarios de Auguste Blanqui, “el encerrado”. El gran revolucionario se veía a sí mismo como un proletario enfrentado a los patrones y, a la vez, como un revolucionario que rescataba la experiencia jacobina, en tanto parte de la experiencia de las clases populares de Francia. 

La Comuna se denominó a sí misma como una República Universal del Trabajo, mostrando la continuidad con el ideario de la gran revolución y al mismo tiempo adscribió a un naciente internacionalismo obrero, que concebía el contenido de la lucha de clases al interior de cada país como parte de un conflicto de proyecciones histórico-universales. Adoptó el calendario de la revolución francesa, basado en el sistema decimal, con una estructura que intentaba seguir el ciclo de la naturaleza al mismo tiempo que desterraba toda referencia religiosa. La Comuna adoptó la bandera roja como símbolo y dejó de lado la tricolor. 

Este tipo de ilustrativas cuestiones parecen mostrar a la Comuna en una zona de clivaje entre una época histórica y otra. El marxismo más tradicional opta por verla como una especie de precursora de la revolución obrera futura, desechando su referencia al pasado revolucionario. La Comuna es algo así como un ensayo prematuro del octubre ruso. En la revolución de octubre sus contemporáneos encontraban un modelo político más acabado: un partido revolucionario consecuente y no un mosaico de tendencias en simultánea cooperación y competencia, los soviets obreros mostrarían el protagonismo de la estructura laboral en detrimento de lo territorial, etc. La Comuna representaba el pasado. Un pasado sin duda heroico pero irremisiblemente superado.

Aun aceptando que una parte importante de la experiencia de la Comuna de París es pasado nos gustaría proponer una lectura menos lineal de lo que esta experiencia nos puede proponer hoy a nosotros.

Por un lado, la Comuna fue el punto final de un recorrido histórico que empezó en 1789, tuvo su punto más alto en la experiencia robespierrista, soportó el Thermidor, el primer Imperio y la bárbara restauración, atravesó la experiencia ambigua de 1830 y su intento superador con el primer gobierno republicano de 1848, la represión anti-obrera de Cavaignac y los republicanos burgueses, el segundo bonapartismo con su especulación enloquecida y su estúpida guerra contra los prusianos. En ese punto se inserta la epopeya de los comuneros. Su triunfo a escala nacional hubiera abierto una inusual experiencia democrática dirigida por las clases subalternas, encabezadas por una clase obrera aun artesanal y con un componente de fuerte autonomía respecto a sus patrones. La derrota de la Comuna significó el triunfo de la república burguesa, a pesar de ser dirigida inicialmente por el monárquico Thiers. Una república comparativamente bastante avanzada y progresista si se miraba con respecto al resto del orden político y social europeo. Ese progresismo sin embargo se sostuvo en la masacre de la clase obrera parisina. El antagonista principal del capital había sido derrotado, los límites habían sido trazados pero el progresismo liberal podía jugar al utopismo republicano. Jules Ferry, miembro del gobierno versallés y a la vez principal promotor del laicismo en la educación, es un buen representante del carácter de la Tercera República. Este régimen cerró el prolongado ciclo revolucionario abierto en 1789 y dotó de una definitiva estabilidad a la dominación capitalista en Francia. La represión a la Comuna fue una matanza liberal, que no trae al escenario a la reacción más virulenta, como podría esperarse si se atiende a la experiencia de otros países. Es más, la muy literaria extrema derecha católica francesa tendría en la Tercera República a una de sus bestias negras. Habría que realizar un análisis de mucha mayor profundidad pero podría pensarse a la Tercera República como un proceso híbrido de represión liberal anti-obrera y revolución pasiva.

La derrota de la Comuna como punto de partida de la estabilización capitalista definitiva de Francia ha sido fundamentada por autores de perspectivas tan alejadas entre sí como Gramsci y Furet. Este último, un brillante cruzado intelectual del anticomunismo, describió eficazmente las diversas etapas de la gran revolución. Furet construyó un modelo interpretativo en el que la revolución iniciada en 1789 encuentra su punto final en 1871, al mismo tiempo que postula una continuada batalla por la interpretación historiográfica en la que el elemento central es la batalla entre 1789 y 1793, entre la modificación acotada y razonable del orden político y la posibilidad de que la revolución no se detuviera en la estación constitucional y asumiera la modificación de las relaciones sociales. 1793 es el momento que presentifica esa posibilidad, nefasta para Furet (análisis que comparte con On Revolution, el peor libro de Arendt). En Furet hay una metafísica en la que las revoluciones deben terminarse porque no pueden ser eternas –toma la expresión marxiana de la revolución permanente en el sentido más zafio en que puede interpretarse-, el mejor momento de una revolución es su fin. Contrariamente al planteo de Furet, las revoluciones no continúan o se detienen según una voluntad puramente subjetiva de sus actores. Su finalización o su continuidad dependen de las tareas socio-políticas que éstas se adjudiquen como objetivo. Y en este territorio se despliegan los proyectos políticos de las distintas fuerzas sociales existentes y sus conducciones políticas.

En la lectura furetiana de la revolución francesa el octubre ruso planea permanentemente en vuelo. Su interpretación de la revolución francesa está permanentemente mediada por el anticomunismo. El presente nunca puede ser despejado en el análisis histórico aunque en este caso no puede dejar de señalarse que ocupa un espacio excesivo en la interpretación. Sin embargo, su ubicación de la derrota comunera como final del ciclo revolucionario francés y punto de partida para la república burguesa es fundamentalmente acertada.

Desde una mirada completamente opuesta, también para Antonio Gramsci el fin de la Comuna es un momento de cierre de un momento histórico. Para Gramsci, que es un militante revolucionario, este gran episodio de la lucha de clases marcó el fin de la estrategia cuarentayochista y el declive de la revolución permanente. Salir de esta estrategia era pasar de una guerra de maniobras hacia una guerra de posiciones. Esta modalidad del conflicto de clases implicaba reconocer el fortalecimiento del orden social occidental y su relativa invulnerabilidad respecto a los momentos de crisis económica e inestabilización social. Gramsci escribía en el momento de formación del fordismo, proceso cuya culminación en los estados de bienestar no llegó a ver. El agotamiento de este proceso social no llevó sin embargo a que esta característica de la dominación del estado ampliado fuera desmantelada durante la etapa neoliberal sino que más bien se fue reconfigurando. En ese sentido, seguimos viviendo en un tiempo histórico en el que este aspecto de la reflexión gramsciana sigue siendo vigente, a pesar de que algunas de sus características de origen se hayan volatilizado.

3.  

Por último, aunque sea de modo muy rápido, quisiéramos traer algunos rasgos de este momento histórico en los que podemos repensar la experiencia de la Comuna de Paris.

Hay dos cuestiones que son interesantes para considerar. La constitución cada vez más amplia de una población excedente en el capitalismo actual ha llevado a la formación de ciertas concentraciones urbanas caracterizadas por la precariedad, las formas de trabajo artesanal y el ser lugar de residencia de las fracciones más depauperadas de la clase obrera. La trama urbana de estas aglomeraciones suele ser acompañada por elementos de descomposición social pero hay excepciones importantes. Una ciudad como El Alto en Bolivia representa una alternativa de auto-organización popular –de existencia previa a los gobiernos del MAS- en la que podemos ver distintos niveles de organismos (juntas vecinales, organizaciones sindicales y sociales, etc) que lo han constituido en un bastión de resistencia contra el neoliberalismo.

En términos generales, se puede decir que, tanto en los países avanzados como en la periferia, las ciudades se han convertido en la sede de importantísimos conflictos políticos, desplazando relativamente a las estructuras laborales. Esta conflictividad lleva a conflictos, que pueden desplazarse hacia la izquierda o canalizarse en proyectos reaccionarios, como en Buenos Aires o en Madrid. Pero en el caso de que el curso de un proceso sea opuesto a los proyectos reaccionarios, la experiencia de la Comuna de París –repensada y re-elaborada- podrá jugar nuevamente un papel: la búsqueda de un urbanismo revolucionario que, como decía Henri Lefebvre: “ataca sobre el terreno a los signos petrificados de la vieja organización, capta las fuentes de la sociabilidad (en aquel momento el barrio), reconoce el espacio social en términos políticos y no cree que un monumento pueda ser inocente”. Lefebvre alude aquí a la demolición de la columna Vendome, derribada por la Comuna como un símbolo de la tiranía y el militarismo. Las revoluciones y las rebeliones populares derriban estatuas porque durante su curso el sentido común es puesto en duda. Del mismo modo, en el curso de los distintos proyectos de lucha otras dimensiones del espacio y la territorialidad social serán teatro para la intervención de las clases subalternas. 

Pero la Comuna de Paris no es sólo el papel sobresaliente de las luchas urbanas. También apunta a pensar una nueva forma de estado, alternativo al estado capitalista. En el escenario europeo esto es parte del pasado. Una herencia del período de la revolución permanente entre los años veinte y treinta. En los años setenta hubo un momento un momento fugaz de reconstitución de la militancia revolucionaria con la crisis del fordismo, el otoño caliente italiano, el mayo francés y la revolución portuguesa. Después una nueva estabilización y la construcción de la Europa unida y neoliberal.

Ha sido en nuestra región donde la idea de un estado-comuna ha sido planteada en diversos momentos históricos. En la Asamblea Popular de Bolivia en los setenta, en las diversas Asambleas Popular-Nacionales en el convulsionado Perú de los ochenta. Además de las experiencias sociales el proyecto de un estado-comuna aparece claramente en el programa del MIR chileno. Pero es fundamentalmente en la experiencia venezolana donde se ha vuelto a poner en juego la idea del estado-comuna, propuesto como objetivo explícito por Hugo Chávez, directamente influenciado por el intelectual marxista Itsván Mészáros. Los actuales impasses de la revolución venezolana –acosada por el imperialismo y la reacción interna- no han permitido hasta ahora el desarrollo a fondo de este programa, a lo que es necesario agregar los numerosos problemas presentes en la coalición bolivariana, pero no tenemos dudas de que en este país existe una militancia socialista dispuesta a luchar para llevarlo a cabo.

Los 150 años de la Comuna de Paris es una ocasión para intervenir en la memoria de las luchas obreras y populares. Pero el aspecto decisivo para los revolucionarios socialistas y comunistas de hoy no es el pasado sino la memoria de esas luchas proyectadas hacia el presente. En ese punto tenemos un gran déficit. Las sucesivas derrotas del movimiento obrero y la caída del socialismo real –esta última en tanto que símbolo de un orden que se sobrevivía a sí mismo y ya no era representativo de sus contenidos originarios- plantean una tarea política de reconstruir y sobre todo reconfigurar los elementos que forman parte de esta larga tradición.