Federico Delgado: Gargarella y las promesas de la Constitución

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Reseña a “La derrota del derecho en América Latina” de Roberto Gargarella (Siglo XXI 2020)

El flamante texto de Roberto Gargarella aborda un tópico difícil de asir, porque rastrea las raíces de la impotencia de nuestro sistema institucional para hacer efectivas las promesas de la Constitución Nacional.  En sus palabras, se propuso “reflexionar críticamente sobre el estado del constitucionalismo americano” Lo hizo de un modo singularmente atractivo por muchas razones. Voy a señalar dos y luego recorrer brevemente el trabajo.

La primera tiene que ver con que, sin renunciar al rigor teórico, Gargarella explicó de modo claro, breve y rotundo la relación que existe entre las condiciones de nacimiento de nuestro sistema institucional, atravesadas por el temor de la ola de revoluciones de 1848 en toda Europa, y la actual autonomía de las élites políticas y económicas que lograron subordinar a sus propios intereses la infraestructura institucional.La segunda  razón se vincula con el uso de un lenguaje llano, pero riguroso, para poner en blanco sobre negro el funcionamiento realmente existente de los dispositivos institucionales y, mediante conceptos trabajados con mayor longitud en otros textos del autor, poner al alcance de lectores (no necesariamente expertos) las razones políticas que ayudan a comprender las desigualdades, la corrupción y el quiebre de la relación entre los ciudadanos y las instituciones en las que se objetiva el estado.

En otras palabras, es un libro en el que la filosofía política aparece en movimiento y en medio del barro de la historia. Allí reside uno de sus mayores atractivos. El lector, a medida que recorre el texto, relaciona los conceptos casi automáticamente con hechos demasiado actuales.

En efecto, Gargarella trabajó el origen de la representación política en nuestra región y muestra como en su nacimiento yacen las razones de su propio fracaso, porque el origen estaba habitado por un temor a la democracia. Merced a ello habló del “traje chico” de nuestro esquema institucional con respecto a los desafíos que debió enfrentar y, en particular, con los del siglo XXI. Al respecto, puso especial énfasis en la degradación de los controles al poder cuyos horizontes normativos se vinculan con hacer efectiva la perspectiva republicana de garantizar la libertad; es decir, la autonomía individual y la del cuerpo político para definir su destino.

Desarrolló con mucha nitidez el origen elitista del sistema judicial, el modo en que se naturalizó para ese cuerpo la apropiación de la posibilidad de definir el significado de la ley y, en consecuencia, el peso que tiene en la vida pública el hecho de que un sistema de esa naturaleza tenga “la última palabra” con respecto a los problemas entre los ciudadanos y la ley. Gargarella también narró la relación entre ese origen elitista y su impacto en la reclamada independencia judicial, se ocupó la “dificultad contra mayoritaria del poder judicial” e ingresó en los aspectos motivacionales que tienen los magistrados para reproducir ese formato del poder, que es diferente de lógica republicana de la constitución. Una lateralidad. En ese y otros aspectos, el texto se inscribe en una dimensión similar a mi “República de la Impunidad” (Ariel 2020).

Decía que Gargarella avanzó sobre lo que él llama “la conexión motivacional” de los jueces. Con ello respondió a una pregunta muy actual ¿Porque los magistrados resuelven los casos del modo en que lo hacen? Entre sus conclusiones, se destaca la importancia de entender la procedencia de los magistrados para enfatizar la necesidad de democratizar el acceso a las magistraturas en términos de ideología y género. Pero también en materia de controles, el texto explica -con cita de Tomas Paine- como los mecanismos de rendición de cuentas quedaron limitados en nuestro dispositivo institucional a los que llama “endógenos”, ligados a los frenos y contrapesos que contiene la constitución, en desmedro de los “exógenos“o populares.

En ese desplazamiento, estriba el quiebre del fideicomiso del poder político y la posterior desconfianza entre gobernantes y gobernados. Por lo tanto, remarcó que la chance de controlar a los representantes se limita al momento electoral.Aunque Gargarella colocó el voto en el lugar central en que debe estar, explicó todo lo que el voto no puede hacer. Por ejemplo, resolver fenómenos como el de la “extorsión democrática”, por medio del cual “nos vemos constreñidos a votar por lo que rechazamos para obtener lo que deseamos”

Siempre a través de la huella del pasado en el presente, el texto explicó un hecho que usualmente habita el malestar ciudadano, vinculado al déficit que existe entre los derechos que contiene nominalmente la constitución y la chance de disfrutarlos realmente. Lo resolvió mediante la metáfora de las constituciones de “dos almas”. Significa que lo que se conoce como parte “dogmática” de la constitución, enumera derechos que luego escapan a lo que se conoce como parte “orgánica” y que se ocupa de distribuir el poder político. Se produce, entonces, una desconexión entre lo que la constitución pregona y el modo en que organiza esas promesas en la distribución efectiva del poder político.

Ese vector es el que transforma el rol del derecho. Por un lado, asigna derechos humanos. En la práctica, por otro lado, consolida un formato del poder que los limita. En palabras del autor “las desigualdades sociales y económicas encontraron traducción, continuidad y respaldo en desigualdades constitucionales”, en consonancia con el pacto liberal conservador que, bajo el temor derivado de las revoluciones de 1848, diseñó un esquema institucional con herramientas “preventivas” frente a las olas de la democracia.

Aunque el autor reconoce el impacto del “constitucionalismo social” de mediados del siglo XX, afirma -y concuerdo fervientemente- que, si bien mitigó el pacto liberal – conservador, no lo fracturó, en tanto y en cuanto no logró ingresar definitivamente en la distribución del poder, lo que Gargarella llama la “sala de máquinas” de la constitución. En la perspectiva del libro, ese ecosistema facilitó la autonomización de las élites con respecto a los intereses del pueblo, el verdadero titular del poder político.

El autor, por otra parte, habló del cambio social y propuso un ideal regulativo (esto es mi opinión) radicalmente republicano porque se asienta en la “autonomía individual” y el “autogobierno colectivo”. Aunque no ingresa directamente en la definición de la libertad republicana, ella subyace a todo el recorrido porque la autonomía significa darse sus propias normas y, para ello, es preciso garantizar públicamente la inexistencia actual y potencial de otra dominación que no sea la de la ley. Aunque no puedo detenerme en ello, debo dejar señalado que la libertad republicana se juega en el derecho humano básico, que es el derecho a la existencia.

Dicho esto, Gargarella explicó en lenguaje democrático cual es el objetivo de las instituciones o, mejor dicho, para que están. Y se respondió: para “hacer frente a los “dramas” o tragedias de una época”. En la eficacia para resolver esos hechos se juega gran parte de la legitimidad institucional. Las conclusiones, al menos para nuestro país, son obvias y se las dejo al lector. Luego, enumeró los problemas prácticos del constitucionalismo actual. Señaló la concentración del poder, el déficit de representación, la anulación desde adentro de losmecanismos de contralor yla necesidad de instituir dispositivos democráticos que permitan el diálogo entre iguales.

Gargarella partió de una premisa real. Con crudeza sostuvo que el “traje chico” que tenemos por esquema institucional es el que permite que haya “infinitamente más posibilidades de que se tome, se deje de aplicar o se modifique una política pública a partir de las presiones personales de un lobista, que a partir de la movilización de decenas de miles de personas” y marcóque ello demuestra que, más allá de las rotaciones de las coaliciones que ocupan los roles de gobierno, hay intereses que se mantienen firmes.  Al menos para mí, en la capacidad pública para intervenir sobre ese fenómeno, se juega la chance de instituir una república democrática.

A caballo de ese panorama, el autor reflexionó sobre la importancia del derecho para reproducir en el tiempo ese formato de la vida pública, precisamente porque el derecho tiene una “virtud legitimadora”. Es llamativo para cualquier observador de la realidad, medianamente atento, el capital simbólico que deriva del título de abogado. Una mirada rápida lleva a ligar el fenómeno con las aptitudes profesionales o los rasgos personales de algunos abogados que aparecen en caso todos los problemas públicos con alguna verdad bajo la manga, casi como un grupo de vanguardia que destila verdades frente a los demás ciudadanos. Creo que Gargarella dio en la tecla. No se trata de los abogados. Ellos son portadores del rasgo que distingue al derecho como “legitimador” de determinados hechos sociales.

Aquel rasgo es muy atractivo para reproducir el esquema de poder. Por ello las elites que se autonomizaron y que enlazaron sus intereses a las instituciones requieren de los servicios de los abogados, porque ellos son portadores de la virtud legitimadora del derecho.  El texto desliza, en esa clave, la importancia de la ética en el ejercicio de la abogacía y el rol estratégico de la comunidad jurídica en el ideal regulativo [republicano] que atraviesa el trabajo

El trabajo es muy bueno. Vale la pena recorrerlo. En algunos casos para refrescar conceptos. En otros porque seguramente ellos van a despertar curiosidad. En cualquiera de esas variantes, el lector podrá ver la importancia de la filosofía política en movimiento para comprender las causas del fracaso de un diseño institucional y el impacto que ese fracaso tiene en términos republicanos para las grandes mayorías, que con sus esfuerzos terminan reproduciendo un formato del poder remunerativo para pequeños grupos de personas.

Foto: portada del libro “La derrota del derecho en América Latina” de Roberto Gargarella (Siglo XXI 2020).