Contrainforme. Primera Entrega

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Nos proponemos formular las preguntas necesarias. Estamos muy lejos de una interrogación puramente intelectual. Estas preguntas buscan perentoriamente su respuesta porque las concebimos como un insumo necesario para actuar. Queremos cambiar la sociedad, apostar contra el capitalismo realmente existente. En nuestro país, y también en esta región, plena de vínculos históricos compartidos. Y ¿por qué no en el plano internacional y mundial? Después de todo, habitamos un planeta aquejado por un irreversible cambio climático y una profunda degradación medioambiental y una cada vez mayor polarización social en la apropiación de la riqueza. Existe una cada vez más extendida conciencia, o por lo menos intuición, sobre este estado mórbido de la civilización.

Lo hasta ahora impensable siguen siendo los medios para detener el desastre. No mentamos ninguna clase de apocalipsis, lo que sucede es suficientemente grave. Pero para enfrentar este enorme problema hay que abandonar una serie de creencias e ideales a los que nos aferramos como una parte de nuestro ser. Las relaciones sociales no cambian porque las personas lo hagan pero es evidente que no podemos procesar un cambio de éstas sin hacerlo nosotros en una medida apreciable. Debemos enfrentar el choque, epistémica y políticamente necesario, entre inmediatez y reflexión.

¿Cómo pensar este tiempo histórico? ¿En qué sociedad vivimos? ¿Cuál es el rasgo central de nuestro tiempo? Es necesario poder cernir, entre estos elementos, el rasgo central. Pero también cualquier momento histórico y cualquier coyuntura presentan otros rasgos, que pueden considerarse secundarios en ese determinado tramo del tiempo pero que no dejan de actuar en la realidad. Y que, en el devenir de los hechos, pueden convertirse en un nuevo centro de gravedad de la época. Esto es, es fácil bandearse en este terreno y extrapolar (intencionalmente o no) un rasgo, aun el más importante, como el único que actúa o que importa. Nuestro esfuerzo será llevar a cabo un análisis lo más riguroso posible de la situación. Empezaremos por nuestro país y trataremos de atrapar cierta universalidad a partir de aquello que vivimos.

1.

Tomaremos, como punto de partida, un rasgo que tenemos en común con otras sociedades: la visibilización y el crecimiento de una derecha dura. No es una extrema derecha parecida a la europea, que proviene lejana pero indudablemente de la matriz fascista. En la inmensa mayoría de sus exponentes nativos se trata de una exacerbación de los temas liberales, que intentan –y muchas veces lo logran- insertarse en el sentido común conservador de la sociedad. Milei y Espert son los más destacados de una falange de agitadores que trata de reorganizar una vuelta virtuosa al verdadero liberalismo. No son los únicos y, verdaderamente, existe un debate entre los nuevos liberales respecto a la organización de la fuerza propia y la utilización concreta de ese instrumento eficaz que ha sido la coalición macrista. Por supuesto, esas son decisiones que les corresponden a ellos y nosotros, como mucho, podemos recepcionarlas analíticamente y pensarlas como tales. Como dato anecdótico, se puede dejar constancia de la existencia marginal de un antiglobalismo de derecha asociado en la movilización callejera al nuevo liberalismo enragé, el que, como totalidad, se ha constituido como la variante argentina de la extrema derecha.

Ningún discurso político o social tiene existencia real sin que represente a alguien. ¿Por qué aparece este discurso y tiene a su disposición una importante audiencia? ¿A quiénes expresa? Su forma es relativamente novedosa. Sin embargo expresa un contenido que ya presenta unos cuantos años en la realidad argentina. Es decir, se trata de un fenómeno que presenta una cuota importante de organicidad.

Desde inicios del kirchnerismo empezó a salir a la superficie una derecha social, que gustaba presentarse como autoconvocada –que proviene de los efectos inmediatamente posteriores al 2001- y que tardó siete largos años en construir una fuerza política que la representara. Inicialmente se organizó a partir de la oposición a la política de derechos humanos del kirchnerismo, a la que acusaba de promover el revanchismo y la venganza de los “subversivos” derrotados militarmente. Esta derecha predominantemente social procedió por acumulación, aprovechando y promoviendo cada uno de los malestares sociales que se iban sucediendo: la inseguridad y el “ingeniero” Blumberg, Cromagnon y Once. No queremos ser tan obvios pero no deja de ser necesario subrayar el papel destacado de las empresas de multimedios como educador político y sentimental de amplios sectores de masas. A partir de asuntos que, en principio, no tenían un sentido político determinado, éstos fueron resignificados y repolitizados por estos medios en una clave interpretativa cada vez más reaccionaria y exacerbada. Un momento central de esta construcción socio-política fue la asonada de las corporaciones de la burguesía agraria en contra de la 125. Si los sucesos antes citados permitían desarrollar una postura de indignación, conservadoramente instrumentada, la 125 permitió instalar toda la mitología liberal empresaria en una sola tirada. Una mirada del país en la que los empresarios son los agentes del progreso, los acompaña una clase media pujante que trabaja y trata de emularlos, al mismo tiempo que un estado parasitario obstaculiza a estas tendencias progresistas objetivas con una carga impositiva confiscatoria. Este estado mantiene con subsidios a una parte de las clases populares que no entra en el mercado laboral y defiende los privilegios corporativos de la parte no flexibilizada de los asalariados.

Cada fuerza política de las oposiciones al kirchnerismo fue ensayando diversas coaliciones y armados. La selección natural de las diferentes ofertas desembocó en la áspera coyuntura de 2015, en la que el operativo Nisman consiguió condicionar el escenario de tal modo que la coalición Cambiemos –con Macri como presidente y la UCR como partido de alquiler- pudo desalojar a un desgastado Frente para la Victoria, cuya táctica fue presentar un candidato claramente a la derecha de Cristina para intentar conservar el aparato de estado. Como se sabe, este intento no fue coronado por el éxito y Macri asumió la presidencia del país en diciembre de 2015.

Esta larga marcha de la derecha empresarial argentina hacia la construcción de un instrumento estable para manejar el poder político no tuvo un final feliz. Con el aval mayoritario de la burguesía argentina, el poder regional de los norteamericanos, el apoyo del peronismo que parecía renegar de la experiencia kirchnerista, con los medios de comunicación sosteniendo con todo al gobierno, la penetración e instrumentación de zonas amplias de la justicia; la coalición de derecha no pudo sostenerse más de un período de gobierno.

2.

Nos encontramos en una situación paradójica: después de una experiencia de gobierno en la que hasta ellos la tienen difícil para encontrar algún resultado positivo indiscutible, la derecha parece haber hallado una segunda juventud, una savia revitalizadora que le ha dado un nuevo impulso.

Algunos suponen que la derecha liberal siempre se encuentra mucho mejor en la oposición que en el gobierno, que es una postura política hiper ideologizada que se lleva mal con las realidades, necesariamente más grises, del estado y la administración.

También puede pensarse que la aparición del componente libertario, que vociferó durante el gobierno de Macri contra el “socialismo amarillo” ha traído sangre nueva a las huestes del liberalismo argentino. Milei, Espert o Maslatón, por más espacio que puedan ganar en redes o en los medios dominantes, saben que no hay espacio para que una alternativa como la que ellos encarnan pueda crecer aparte de Juntos por el Cambio (ex Cambiemos).

Por otra parte, la movilización reaccionaria a la que hemos asistido desde 2008 hasta hoy, está ideológicamente muy situada pero ha tenido ciertas dificultades y desajustes en su articulación política. Es cierto que este dato se presenta de forma cada vez más tenue pero, aparentemente, parece subsistir. Especialmente cuando se verifica que la capacidad de la derecha para acumular oposición hacia los gobiernos llamados populistas no siempre puede convertirlo en apoyo explícito a sus políticas. Lo esencial, de todas maneras, pasa por neutralizar posibles apoyos con que el ocasional gobierno democrático populista pudiera cosechar.

Todos estos elementos de análisis son reales y juegan un papel. Sin embargo pensamos que explicar este fenómeno de revitalización derechista y de cierto cansancio populista necesita otra explicación.

3,

Por un lado, la existencia de una fuerza social alineada con el programa de la derecha liberal empresaria parece haberse consolidado como un dato orgánico de la realidad política argentina. Una derecha todavía demasiado social, bastante enamorada de su papel de azote del kirchnerismo pero en proceso de recomposición.

El otro elemento actuante en la lucha política en curso son los resultados paradójicos del gobierno de Macri.

Por un lado, fue muy eficaz para deteriorar de manera irreversible las bases de la macroeconomía kirchnerista y en dejar condicionamientos económicos muy difíciles de sortear para reconstruir una economía en la que el mercado interno pueda alcanzar la solidez que tuvo en los doce años kirchneristas (aunque una parte de la pobreza estructural y de la precarización laboral de los noventa nunca pudiera ser revertida). El condicionamiento más grande, como sabe cualquiera, es la cuantiosa deuda externa en dólares que Macri ha dejado como herencia.

Sin embargo, el proyecto encarnado en Macri y Cambiemos no era el de un grupo de chorros dispuestos a producir la exacción más gravosa posible para el conjunto de la sociedad argentina y escaparse al exterior con un maletín lleno de dólares. Es un error verlo así. Era un proyecto de estabilización neoliberal con aspiraciones de largo alcance. Los apoyos de la diversas fracciones peronistas a la gobernabilidad de Macri dan cuenta de que percibían que la realidad argentina había cambiado para ese lado. O, por lo menos,  existía una fuerte voluntad de que sucediera esto. Basta recordar aquellas palabras de Emilio Monzó respecto a que, con la asunción de Macri, “se ha dado vuelta una página”. Era evidente que las clases capitalistas argentinas tenían esa intención. Y comenzó la construcción de un nuevo régimen que agrupaba a todo el establishment (burgueses, medios, poder judicial, represores y servicios varios como mano de obra ocupada). En lo político este nuevo régimen abarcaba al gobierno macrista y necesitaba armar un peronismo de derecha que, unido al nuevo oficialismo, abarcase dos tercios de las fuerzas políticas y estableciera un cordón sanitario sobre el kirchnerismo. Aspirando a su disgregación paulatina, dada la cada vez mayor dificultad objetiva de acceder al poder político, si este plan funcionaba.

El tema es que este plan político no funcionó. Las exacciones confiscatorias de Macri y su banda hicieron cada vez más difícil al peronismo de derecha conservar sus fuerzas. Es más, en 2017 el macrismo obtuvo a sus expensas la victoria en las elecciones de medio término. Si bien la gran patronal argentina, que hasta ese momento deseaba unánimemente la reelección de Macri, esperaba lo que ellos consideran un gesto de grandeza por parte del peronismo de derecha, éstos evaluaron que no valía la pena sacrificar su carrera política para defender a Macri y comenzaron a tomar distancia.

A esto hay que agregar un elemento estructural. La inserción de Argentina en la economía mundial había cambiado y, sobre todo, el régimen social de acumulación de la valorización financiera, iniciado en 1976, había implosionado en 2001. Había atravesado triunfalmente más de dos décadas y contribuyó a una curiosa auto-imposición del subdesarrollo en términos económicos y sociales para la sociedad argentina. El país retrocedió en términos de las fuerzas productivas que organizaba su sociedad, y sus clases capitalistas, integrándose a las finanzas globales nacientes, se autonomizaron relativamente respecto a los mediocres resultados obtenidos por la economía local. La dictadura militar consiguió estos resultados reaccionarios, más allá de que la guerra de las Malvinas la llevara a su fin y a carecer de herederos políticos. Por lo menos, hasta los últimos años en los que el antikirchnerismo llevó a fracciones de la pequeña burguesía (tanto la más intelectual como la desclasada) a valorar la “epopeya antisubversiva” del PRN, conclusión lógica de su rechazo a la política de derechos humanos del kirchnerismo.

En la primera década del siglo XXI la salida de la valorización financiera, podemos decir en forma tentativa, que estableció un nuevo régimen social de acumulación que presenta ciertas similitudes con el modelo agro-exportador de inicios del siglo XX. Esas similitudes importan pero importan más las diferencias. Varias cuestiones cambiaron. Por empezar, el insumo exportado. Después, el contexto productivo. En los tiempos de esplendor del modelo agro-exportador solamente una porción ínfima de la tierra era utilizada. Contrariamente hoy asistimos a una incorporación compulsiva de las tierras menos productivas. El proceso de desmontes e incendios intencionales forma parte, como elemento auxiliar pero necesario, de este proceso de nueva acumulación capitalista en el campo. Por último, el contexto de un sistema financiero global que funciona en tiempo real brinda un nuevo componente especulativo respecto a algunas conmodoties que ofician de activo subyacente. Este nuevo contexto financiero favorece ciertos booms económicos de algunos países productores de la periferia pero también introduce momentos de profunda inestabilidad. A esto hay que agregar tecnologías productivas como la siembra directa y la minería a cielo abierto, que se expandieron en la primera década del siglo. Ambas representan un curioso progreso tecnológico que, al mismo tiempo, genera efectos sociales perversos. Por ejemplo, un enorme desperdicio de agua en la minería a cielo abierto así como los desequilibrios en el uso de la tierra que genera la falta de rotación de los cultivos.

Hay que añadir que este nuevo régimen social de acumulación, que podemos denominar provisionalmente como de exportador en condiciones globalizadas, generó una dinámica expansiva que abrió una nueva forma de conflicto redistributivo que antes no existía. Los nuevos excedentes abrieron la posibilidad, y el kirchnerismo en el gobierno aprovechó esta contingencia, para reforzar el mercado interno y el salario de los trabajadores. En cierta medida, reformuló el modelo de industrialización sustitutiva en nuevas condiciones del mercado mundial.

El macrismo era receptivo a todos las nuevas formas de producción y apropiación citadas pero los metabolizó mediante un programa anacrónico que expresaba la aspiración de volver al viejo país de la valorización financiera, en el cual la elite burguesa nativa podía actuar de manera emancipada respecto a desempeños económicos mediocres de la producción local. Una parte de este anacronismo se expresó en la construcción de una nueva economía especulativa que duplicaba la masa de dinero circulante. Mauricio Macri en el gobierno se asemejaba a un insólito revival de las condiciones económicas que enriquecieron a su padre. El carry trade a pleno; acompañada de un proceso inflacionario, que daban un resultado bastante similar a la conducción económica de Martínez de Hoz de hace cuatro décadas. Por otra parte, la sobrestimación de los factores pull, implícitos en la idea de la “lluvia de inversiones”, llevó a una idea optimista de la entrada de capitales en la economía argentina por la sola apertura económica que, por un lado sirvió de tapadera para la fuga de capitales por parte de la burguesía argentina pero, por otra parte llevaron a un diagnóstico errado acerca de la sustentabilidad del proceso encabezado por ellos. La inestabilidad resultante trajo como consecuencia la imposibilidad de reelegir.

4.

A pesar de haber perdido dinero durante el gobierno macrista, la mayoría de las fracciones burguesas perjudicadas consideraron que era necesario insistir en un segundo gobierno de la coalición de derecha.

Sin embargo, para las clases populares y fracciones de las capas medias, el gobierno de Macri había resultado una ilustración más que suficiente respecto a las posibilidades de obtener una vida mejor. Estas clases y fracciones de clases habían aceptado la pastoral de la derecha y los medios respecto a lo baratos que eran los servicios públicos durante el kirchnerismo y la necesidad de los aumentos. Las tarifas subieron más allá de cualquier medida razonable, y la posterior espiralización inflacionaria, fueron los motivos que llevaron a la derrota de Macri.

Indudablemente, la movida de Cristina Fernandez de correrse de la presidencia y colocar allí al moderado Alberto Fernández permitieron generar una ampliación de la base electoral del peronismo y sus aliados respecto a lo que ya el kirchnerismo tiene como capital electoral propio.

El corrimiento al centro del kirchnerismo y su coalición no generó el efecto deseado. Alberto Fernández careció de la luna de miel con la opinión pública que han tenido casi todos los gobiernos constitucionales desde 1983 en adelante. Si el estado en que el macrismo dejó la economía argentina, con una muy lograda conjunción de recesión económica e inflación, implicaba ya una situación muy crítica, la pandemia del Covid 19 terminó de complicar las cosas a un grado difícil de exagerar.

Un gobierno burgués, en condiciones normales, podría haber sido beneficiado por una circunstancia parecida. De hecho, los gobiernos de derecha de Chile y Uruguay fueron ayudados por la pandemia para conseguir una mayor estabilidad para su acción política cotidiana.

No fue el caso del gobierno del Frente de Todos. A pesar de haber ganado elecciones democráticas indiscutibles, el nuevo gobierno era visto como un huésped indeseado en el aparato de estado. Encarnaba, de manera irritante, el fracaso en el proyecto de llevar a cabo una estabilización neoliberal a largo plazo.

Con la emergencia del Covid 19, el macrismo encontró su oportunidad. La recesión resultante de la detención económica debida a las medidas de cuidado sanitario permite al macrismo disimular sus espantosos resultados en lo que hace al nivel de vida de las mayorías. En la noche pandémica todos los parámetros económicos resultan igualados en una especie de fracaso común que oculta el contexto y el origen de la situación real, que facilita la continuación de la degradación de la vida de la mayoría de la población. A pesar de que los datos económicos muestran una moderada reactivación, que deja parcialmente en descubierto, el horror económico macrista, esto no es advertido por una parte cuantitativamente importante de la población. La prédica constante de los medios dominantes incide en este resultado. Si las condiciones sociales pudieran mejorar gracias a la política económica del gobierno, ésta prédica tendría mucho menor incidencia. Pero evidentemente, éste no es el escenario actual.

El gobierno del Frente de Todos se halla en una situación delicada. Tiene una restricción presupuestaria como ningún gobierno constitucional la ha padecido, a excepción de Alfonsín. Es un gobierno formado por fracciones peronistas que protagonizaron enfrentamientos duros en los últimos años. La base mayoritaria del F de T es el kirchnerismo. Pero éste se encuentra relativamente limitado para actuar. Necesita mantener a los aliados que están a su derecha. Y al mismo tiempo, sería suicida confiar plenamente en ellos. Hay aquí un elemento de potencial desgaste.

El único elemento a favor que tiene el gobierno es la tremenda impopularidad con que Macri abandonó la presidencia y la persistente insistencia que demuestra en que su coalición reivindique alguna clase de legado de su gobierno. El presidenciable más claro de la derecha, que es Rodríguez Larreta, sabe que cualquier vinculación profunda de su candidatura con el pasado gobierno implica la pérdida de puntos porcentuales vitales para acceder a la presidencia.

La restricción presupuestaria que condiciona al gobierno le dificulta las posibilidades de impulsar la economía recurriendo al financiamiento público. De hecho, los funcionarios del ministerio de economía reconocen que se podría crecer mucho más si el gobierno tuviera más dólares a su disposición. Con los dólares que entraron y que se acumulan en el Banco Central, el tipo de cambio parece estabilizarse pero no pueden usarse con fines productivos.

La expectativa de una estabilización de largo plazo del tipo de cambio parece guiar la política de Guzmán para negociar con el FMI. Si bien este organismo de crédito no tiene el poder de imposición de que gozaba un par de décadas atrás, está lejos de haberse convertido en un león herbívoro, como muchos parecen estar convencidos. Guzmán tiene a su favor haber conducido una exitosa negociación de la deuda con los privados. En función de esto ha planteado criterios fiscalistas bastante ortodoxos, que permiten aumentos de precios y tarifas que encienden las luces del ala más política del gobierno, que contempla alarmado cómo una parte de su base electoral puede perderse. En un sentido, ambos tienen parte de razón debido al carácter tan difícil de la situación. Con la historia inflacionaria de la Argentina, un descontrol del dólar puede generar una desestabilización que liquide al gobierno. Un escenario de esta clase sería algo ideal para la mayor parte de la burguesía porque implicaría un golpe muy duro, difícil de revertir, para el kirchnerismo que es, para estos sectores, una pesadilla que debe terminar. Hay que agregar que respecto al problema kirchnerista, se mantienen las amenazas judiciales como una vía alternativa de ataque si el gobierno consigue remontar la situación difícil en que está el país.

Pero también, el tener que asumir como propias ciertas subas de precios y tarifas, así como no poder detener la suba de los precios de los alimentos, es otra vía muerta para el gobierno.

El sentido más profundo que tiene esta disputa es el siguiente. Las clases dominantes de la Argentina no aceptan que la conducción política de la sociedad burguesa no la ejerzan ellos. El kirchnerismo les parece una banda de advenedizos que se ha arrogado una misión que nadie les ha confiado ni aceptaría confiarles en ningún caso. Y para esto ha establecido alianzas con fracciones de las clases populares, que implican una distribución de los ingresos y una práctica de moderadas regulaciones que, a su criterio, son inaceptables. La versión más moderada del kirchnerismo, que es el F de T, les sigue resultando indigerible. Al mismo tiempo, la realización completa del programa de la derecha argentina difícilmente sea asequible hoy en condiciones democráticas. Esto también dispara otros problemas que no son exclusivos de la sociedad argentina pero que tienen aquí una manera particular de realizarse.

La democracia corre peligro en el mundo a causa de décadas acumuladas de vaciamiento llevado a cabo por el neoliberalismo, auxiliado hoy por una derecha dura que tiene como misión ganar masa en favor del orden social existente lanzando a la escena política las teorías más delirantes. La única manera posible de defender la democracia es que éste régimen vuelva a estar unido a importantes conquistas sociales y derechos para las mayorías trabajadoras. Este es el combate central que debe pensar, discutir y llevar adelante una izquierda a la altura de los tiempos.