Guerra y revolución: Friedrich Engels como pensador militar y político.

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Por Paul Blackledge

Traducción de Lucía Abelleira Castro

Este artículo explora las relaciones entre las tácticas y estrategias políticas y militares en el trabajo de Friedrich Engels. Aunque ampliamente elogiado por su comprensión de los asuntos militares, sus interlocutores han tendido a ser desdeñosos de sus trabajos políticos. Al explorar su política a través de la lente de sus escritos militares, este artículo discute la lectura de que Engels era un materialista mecanicista y un pensador político fatalista .Se argumenta que sus escritos militares no pueden ser entendidos al margen de sus trabajos políticos y que, cualquiera sean las limitaciones históricas de las conclusiones específicas a las que llegó, su método en estos escritos ilumina su profunda comprensión de la relación entre estrategia y táctica, tanto a nivel militar como político. 

Introducción

La reputación de Friedrich Engels como un importante teórico político y social no ha sido exitosa durante el último medio siglo. Fue la primera víctima de lo que luego se convirtió en una crítica mucho más amplia del marxismo durante este período [1]. Sin embargo, incluso aquellos que han sido muy críticos de otros aspectos de su pensamiento, tienden a aceptar que sus escritos militares siguen siendo muy respetados [2]. De hecho, la literatura especializada incluye grandes elogios sobre este trabajo. W.B. Gallie sostiene que Engels “se convirtió probablemente en el crítico militar más perspicaz del Siglo XIX” [3]. Sigmund Neumann y Mark Von Hagen afirman que lo que una vez se dijo sobre Clausewitz podría repetirse fácilmente sobre Engels: “es un genio en la crítica. Sus opiniones son claras e importantes como el oro”. Él demuestra cómo la excelencia en el pensamiento estratégico consiste en la simpleza”. [4] Martin Berger comenta bromeando que “en una historia del Siglo XIX compilada por un aficionado militar, Marx figuraría sólo como asistente de investigación de Engels”. [5]

El contraste entre la reputación de Engels como un pensador militar y el enfoque desdeñoso de este trabajo resulta interesante, ya que él creía que sus escritos políticos y militares formaban un todo. Su objetivo principal en estas obras era comprender cómo el socialismo podía conseguirse frente al capitalismo internacional, entendido como una totalidad concreta fijada a través de poderes ideológicos, legales y militares. Martin Kitchen comenta que la contribución de Engels al campo marca “un intento serio y, a menudo esclarecedor, de un socialista dedicado a lidiar con un importante problema que aún no tiene respuesta” [6]. Desafortunadamente, los interlocutores de Engels rara vez han intentado integrar los análisis de sus escritos sobre la guerra con sus discusiones sobre la revolución en general. De hecho, mientras Engels continúa ocupando espacio en los libros sobre la historia de la estrategia militar [7], el reclamo de Gallie de que las consecuencias de sus escritos militares no han sido integradas adecuadamente en la teoría marxista de la revolución, es tan cierto hoy como cuando lo planteó por primera vez en la década de 1970. [8]

Martin Berger escribió el intento más detallado de remediar esta brecha en la literatura. Lamentablemente, su estudio de alguna manera falla en su objetivo. Berger sostiene que la tendencia entre los marxistas del Siglo XX de ignorar la dimensión militar del trabajo de Marx y Engels puede explicarse por el hecho de que “las soluciones que ellos concibieron carecían de continuidad, simetría intelectual y éxito”.[9] Creo que es más creíble suponer que la razón principal por la que los marxistas posteriores han sido reacios a comprometerse con este aspecto de su oeuvre es porque creían que con el surgimiento de lo que Bujarin, Hilferding, Lenin y Luxemburgo llamaron “imperialismo” a principios del siglo pasado, se había producido una radical transformación de la escena europea y mundial tras la muerte de Marx y Engels. Por consiguiente, los marxistas del Siglo XX llegaron a ver los conflictos geopolíticos sobre los que Engels y Marx habían escrito como si fueran de puro interés histórico. Si este cambio de contexto es la más verosímil explicación de la relativa escasez de comentarios marxistas sobre los escritos militares de Engels, una importante razón secundaria es seguramente la vergüenza que sienten muchos marxistas por el aparente apoyo de Engels y Marx al militarismo alemán y, particularmente, su utilización del lenguaje de las “naciones no históricas” para describir a aquellos pueblos con los que los alemanes (y otras naciones “históricas”) entraron en conflicto en el Siglo XIX. [10]

Aunque entendible, la tendencia de eludir los escritos militares de Engels se ajusta a una explicación unilateral de la teoría política marxista. Para Engels, la política revolucionaria, lejos de ser un simple choque de clases, operaba a una pluralidad de niveles, incluyendo el militar. [11] Además, las derrotas de las luchas revolucionario-militares de 1848-1849 influenciaron su fuerte convicción, y la de Marx, de que el futuro triunfo del movimiento obrero exigía a los socialistas el desarrollo de una estrategia viable para enfrentar y superar el poder militar de los estados. Visto bajo esta luz, los escritos militares de Engels forman parte integral de la estrategia política marxista más ampliamente concebida. [12]

La plena conciencia de Engels de la dimensión internacional de la revolución social significó que él fue el primer pensador en proporcionar lo que Kitchen llama una “asombrosamente aguda” predicción de los contornos generales de la Primera Guerra Mundial. [13]. Esta predicción es aun más notable si se considera que se realizó en el contexto de los mucho más cortos conflictos europeos de su tiempo. Su madura concepción de la política socialista fue enmarcada como un bastión necesario contra el giro hacia la barbarie inminente. Y aunque Engels finalmente no pudo dar una respuesta adecuada sobre qué debería hacer la izquierda respecto de la guerra que se avecinaba, su discusión sobre este problema sigue siendo una rica fuente de información sobre la relación orgánica entre geopolítica, lucha de clases y nacionalismo.

Engels, quien creía que Clausewitz era una “estrella de primera magnitud” [14], abordó la política de una manera que se parecía a la discusión de Clausewitz sobre la relación entre estrategia y táctica en el conflicto armado [15]. De acuerdo con Clausewitz, la táctica debía estar siempre subordinada a la estrategia:

“la táctica enseña el uso de las fuerzas armadas en el combate; la estrategia, el uso de los combates con el objeto de la guerra… el estratega, por lo tanto, debe definir un objetivo para toda la parte operativa de la guerra conforme a su propósito… de hecho, él dará forma a las campañas individuales y, dentro de ellas, decidirá los combates individuales… El estratega, en resumen, debe mantener todo el control.” [16]

Que Engels entendía la relación entre estrategia y táctica en la política revolucionaria en términos similares resulta evidente, por ejemplo, en su crítica a la incipiente tendencia reformista dentro del socialismo europeo. Él argumentó que el “oportunismo” político estaba caracterizado por la voluntad de perder de vista el estratégico final del socialismo mientras se luchaba por victorias inmediatas en combates individuales:

“El olvido de los grandes, las principales consideración merced a los intereses momentáneos del día, esta lucha y esfuerzo por el éxito del momento sin considerar las consecuencias posteriores, este sacrificio del futuro del movimiento por el presente, puede ser “honesto”, pero es y seguirá siendo oportunismo, y “honesto” oportunismo quizás ¡es el más peligroso de todos!” [17]

Como veremos, el abordaje de Engels al problema del oportunismo fue típico de su método más general: desde la década de 1840 hasta su muerte en 1895, sus respuestas tácticas a los desarrollos militares y políticos se enmarcaron en relación a la estrategia más amplia de la revolución socialista. [18]

1848: guerra, revolución y la cuestión nacional

En 1848, Marx y Engels creían que la “revolución burguesa” necesaria para superar los grilletes feudales del desarrollo capitalista en Alemania estaba entrelazada con la cuestión nacional. Debido a que un Estado alemán unificado desafiaría los intereses de varios de los estados y naciones circundantes, la demanda por una unidad alemana los obligó a incorporar las cuestiones militares y nacionales a su teoría de la revolución. Si las tensiones nacionales que Engels abordó eran más obvias en el imperio multiétnico de Austria, fueron mucho más evidentes en otros lugares: incluidas las fronteras con Francia, Italia y Dinamarca, y más especialmente en Polonia, que había sido dividida entre Prusia, Austria y Rusia desde 1772. Una consecuencia de esta desordenada situación fue que la revolución de 1848 significó para Alemania lo que había significado para Francia medio siglo antes: guerra. La revolución social de 1848 tomó la forma de un conflicto militar contra las fuerzas de la contrarrevolución, respaldado en última instancia por Rusia.

El núcleo democrático del enfoque de Engels a la cuestión nacional quedó claro en un discurso pronunciado por él en una reunión en Londres en noviembre de 1847. Al comentar sobre la “desgracia” del control de Alemania sobre parte de Polonia, anunció que “una nación no puede liberarse y al mismo tiempo continuar oprimiendo a otras naciones”. Además, insistió, el apoyo a la liberación nacional polaca estaba en los intereses de los “demócratas alemanes”. De hecho, la liberación de Alemania fue imposible “sin la liberación de Polonia de la opresión alemana”. [19] Él veía la relación de Alemania con Polonia como una pieza esencial del rompecabezas del sistema estatal europeo. Este sistema, forjado en el Congreso de Viena, apuntaba a subordinar “los conflictos dinásticos y los intereses nacionales a la necesidad común de defender… privilegios contra el republicanismo y los demonios igualitarios despertados por la Revolución Francesa”. [20] La “Santa Alianza” entre Rusia, Prusia y Austria pretendía ampliar el proyecto reaccionario incrustado en el Congreso de Viena formalizando la mutua explotación y opresión de Polonia por estos tres estados. En consecuencia, “la partición de Polonia” no fue simplemente el vínculo material que consolidó a la “Santa Alianza”, sino que también incorporó políticas reaccionarias y contrarrevolucionarias en toda Alemania al hacerla “dependiente de Rusia”. [21]

Esta relación significó que la victoria de la democracia sólo podía lograrse rompiendo las relaciones de Prusia y Austria con Rusia. Así, para Engels, el apoyo al derecho a la independencia polaca no era un ideal moral abstracto. Más bien, bebía directamente de las necesidades de la propia revolución alemana: “la creación de una Polonia democrática es una condición primordial para la creación de una Alemania democrática”. [22] Esta perspectiva tenía implicaciones terribles. Porque la libertad polaca y alemana sólo podía ganarse a expensas del Imperio Ruso, la lucha por la libertad alemana tomaría necesariamente la forma de una guerra contra Rusia. La guerra era el medio necesario a través del cual Alemania podría realizar “una completa, abierta y efectiva ruptura con todo nuestro pasado vergonzoso… liberación real y unificación… y el establecimiento de la democracia”. [23]

Dada su no poco realista suposición sobre la política exterior rusa en 1848, esta perspectiva democrática e internacionalista es difícil de discutir. Tampoco lo es, desafortunadamente, el pasaje que Engels agregó al ensayo:

“La lucha por la independencia de diversas nacionalidades mezcladas al sur de los Cárpatos es mucho más complicada y conducirá a mucho más derramamiento de sangre, confusión y guerras civiles que la lucha polaca por la independencia”. [24]

Engels abordó el tema de estos estados a través de su investigación sobre las tensiones entre eslavos, magiares y alemanes dentro del Imperio austríaco. Si su análisis de la posición de Polonia dentro de su más amplia perspectiva revolucionaria fue obviamente democrático, sus escritos sobre los eslavos del sur han demostrado ser mucho más controvertidos. Inicialmente, al menos, su análisis de la relación de Austria con las naciones eslavas (no polacas) de su Imperio era muy similar a la relación entre Austria y Prusia por un lado y Polonia por el otro. Argumentó que:

 “[L]a caída de Austria tiene un significado especial para nosotros los alemanes. Es Austria la responsable de nuestra reputación de ser los opresores de las naciones extranjeras, los mercenarios de la reacción en todos los países. Bajo la bandera de Austria los alemanes han sometido a  Polonia, Bohemia e Italia a la servidumbre… Tenemos todas las razones para esperar que sean alemanes quienes derrocarán a Austria y despejarán los obstáculos en el camino de la libertad para los eslavos y los italianos.” [25]

El análisis de Engels de estos conflictos se deriva de la lógica de su examen de la cuestión polaca. Si el objetivo de la revolución era una Alemania democrática y unificada, el principal impedimento para esta meta era esencialmente el mismo en Austria que en Prusia. La naturaleza reaccionaria de ambos regímenes se reprodujo a través de su relación con Rusia, que tenía un interés estratégico en su supervivencia y así, al final del día, apoyaba a sus gobernantes despóticos. La revolución era, entonces, propensa a tomar forma de guerra con Rusia o con uno o con otro de sus representantes. Este pronóstico demostró ser correcto en 1848-1849 cuando una revuelta magiar, inicialmente exitosa, contra el dominio austríaco fue derrotada mediante la intervención de las armas rusas. Así se salvó la reaccionaria Austria y la revolución alemana terminó. Lidiar con esta derrota militar fue, en consecuencia, de primordial importancia para los revolucionarios emigrados después de 1848. Si el análisis de Engels sobre estos conflictos se ha visto empañado por su uso del concepto hegeliano de “pueblos no históricos” [26], él y Marx indudablemente estaban en lo correcto al enmarcar las revoluciones de 1848 dentro de un contexto sociopolítico más amplio, preguntándose cómo, en el futuro, los revolucionarios podrían superar las fuerzas militares establecidas contra ellos.

Después de 1848: aceptar la derrota

En Revolución y contrarrevolución en Alemania Engels escribió que los acontecimientos de París en 1848 confirmaron que “la invencibilidad de la insurrección popular en una gran ciudad había demostrado ser una ilusión… el ejército nuevamente fue el poder decisivo del estado” [27]. Para los revolucionarios, esta situación demandaba una seria investigación, y desde principios de la década de 1850, Engels abordó este problema a través de un compromiso sistemático con la teoría e historia militares [28]. Si la lucha magiar contra Austria durante las revoluciones de 1848 empujó originalmente a Engels a comprometerse seriamente con la literatura sobre la relación entre guerra y revolución [29], su investigación sobre los asuntos militares pronto lo colocó en una posición en la que sus escritos eran leídos al más alto nivel. Escribiendo sobre la guerra de Crimea, demostró una aguda conciencia no sólo respecto de los detalles de los asuntos militares y del contexto geopolítico, sino también sobre la relación entre los conflictos geopolíticos y la lucha de clases. Al evaluar la guerra en relación a las cinco potencias europeas, insistió en la existencia de un sexto poder, que tenía el potencial de superar las demás:

“Ese poder es la Revolución. Hace mucho silenciada y retirada… múltiples son los síntomas de su regreso a la vida… sólo necesita una señal… esta señal la inminente guerra europea dará, y luego todas las estimaciones sobre el equilibrio de poder se verán afectadas por la incorporación de un nuevo elemento”. [30]

Si Engels creía que la lucha de clases podía alterar incluso los planes militares mejor preparados, también insistió en la importancia de la dimensión moral y política dentro de la guerra. Aunque Wellington había muerto antes del estallido de la Guerra de Crimea, Engels depositaba en él toda la culpa por la incompetencia del Ejército Británico. Habiendo tenido el mando durante las cuatro décadas previas, su “estrechez de mente… mediocridad” explicaba la absoluta falta de preparación para la guerra de las fuerzas británicas. [31] La mirada aguda de Engels sobre la importancia del liderazgo se evidenció de manera similar en sus cartas sobre la Guerra Civil Americana. Contra las afirmaciones de que adoptó una concepción de la historia materialista-mecanicisra y políticamente fatalista, estas cartas demuestran que él estaba mucho más alerta que Marx (quizás demasiado alerta) sobre la importancia de la dimensión política de la historia. Mientras que Marx creía que la victoria del Norte en la Guerra Civil estaba asegurada en gran medida por su mayor fuerza económica, Engels inicialmente insistió que el liderazgo superior y la mayor determinación mostrada por las fuerzas del sur en el período inicial de la guerra podrían bien podrían conducir a su eventual triunfo. [32] Fue sólo como consecuencia de, primero, la Proclamación de Emancipación y, en segundo lugar, la creciente prominencia dada al General Grant en el ejército de la Unión, lo que le permitió ser más optimista sobre una victoria del Norte. [33]

Quizás más interesantes que estas cartas fueron sus comentarios sobre las limitaciones sociopolíticas de las fuerzas contendientes en la Guerra Franco-prusiana. Engels argumentó que las limitaciones de las fuerzas francesas podían entenderse mejor no en términos del nivel de desarrollo de la economía francesa sino más bien en el contexto de la política del Segundo Imperio. Después de declarar la guerra, los franceses fallaron en actuar con decisión. Esto era inexplicable en términos militares, especialmente porque el conflicto fue esperado y preparado durante mucho tiempo; Engels sugirió que esta demora tenía sus raíces en la naturaleza política francesa. [34] Curiosamente, Engels afirmó que en la época de la guerra italiana de 1859, los franceses habían demostrado ser la fuerza militar preeminente en Europa. Durante la década siguiente, sin embargo, la corrupción en la cúspide de la sociedad francesa se reprodujo dentro del ejército, que se había vuelto cada vez más “podrido”. [35] Además, más allá del corrupto sistema político, el ejército francés estaba también socavado por la polarización de las relaciones domésticas de clase. De hecho, el pobre liderazgo del General Louis-Jules Trochu en 1870 prefiguraba la debacle de 1940: su conservadurismo lo hizo más temeroso de los trabajadores parisinos que de una victoria prusiana. [36]

Por el contrario, aunque los prusianos estaban mucho mejor organizados y dirigidos que los franceses, sus fuerzas también sufrían limitaciones de clase. Si la fortaleza del sistema militar prusiano provenía de su deseo de entrenar a toda la población masculina para el servicio militar en un proceso continuo que mantendría una fuerza regular relativamente pequeña con masivas reservas, este objetivo se vio gravemente socavado por la naturaleza del absolutismo prusiano. Para mantener el dominio de clase en casa se necesitaba una fuerza regular mucho más grande mientras que al Landwehr se llevaban menos hombres de los que se podían. La estructura militar resultante fue un compromiso que, aunque más débil que el potencial del país era, sin embargo, más fuerte que su contraparte francesa. [37]

No es que Engels sostuviera la reduccionista afirmación de que un análisis sociológico comparativo del equilibrio material de las fuerzas podría predecir el éxito o el fracaso del combate militar por adelantado. Más bien, insistió en que la eficacia de las tácticas particulares sólo podría ser juzgada sobre la base de la “experiencia práctica” y, en cualquier caso, la moral de las fuerzas rivales podría ser decisiva. [38]

Si estos argumentos iluminan los profundos problemas asociados con los intentos de reducir el marxismo de Engels a una variante del materialismo mecanicista y fatalismo político [39], también destacan cuán importante fue su comprensión del poder militar para su teoría de la revolución y la de Marx. Como escriben Neumann y Von Hagen, Marx y Engels “elevaron la cuestión del cambio social en su tiempo, más allá de la etapa insurreccional del aislado Putsch, al plano de la política mundial. Guerra y Revolución… fueron vistas en ese período temprano en su interrelación continua y fundamental por estos todavía desconocidos teóricos de la revolución mundial”. [40]

Frente a la perspectiva de la guerra

Entre los escritos militares más importantes de Engels se encuentran Po y Rhine. Debido a la amenaza de guerra entre Austria y Francia por el territorio austríaco en Italia en 1859, el trabajo de Engels fue peculiar porque no estaba dirigido ni a un público obrero ni a uno socialista. Marx coincidió con que el panfleto “debería aparecer primero de manera anónima para que el público creyera que el autor era un eminente general. En la segunda edición… revelarás tu identidad… y luego será un triunfo para nuestro partido”. [41] Al visitar Alemania dos años más tarde, Marx reportó a Engels que su panfleto había sido leído en los más altos círculos militares tanto en Berlín como en Viena, donde se suponía que había sido obra de un general prusiano. [42] La recepción positiva de ese panfleto fue doblemente importante porque, aunque enmarcado como un trabajo neutral de “ciencia” militar, las conclusiones de Engels apoyaron la crítica internacionalista de la política exterior alemana (y francesa) contemporánea, y resulta que también predijeron el plan de Schlieffen de 1914 mientras que Alfred von Schlieffen mismo era todavía un adolescente. [43]

En esencia, el panfleto de Engels operó como una crítica a la suposición común en los círculos militares alemanes de que el Rhine debería ser defendido en el Po; es decir, el flanco occidental de la Gran Alemania (incluída Austria) en el río Rhin debe defenderse a través de su flanco sur “natural” en el río Po en el norte de Italia. Desafiando este argumento en sus propios términos, Engels argumentó tanto que no tenía sentido como que si se generalizaba ese principio, implicaba que Francia tenía un derecho “natural” equivalente sobre todas las tierras al oeste del Rhin. Entonces, lejos de garantizar la seguridad alemana, este argumento sirvió para justificar la agresión francesa.

Además, lo hizo reproduciendo la opresión de Italia por parte de Austria y por eso el odio italiano a los alemanes. Engels declaró que este abordaje no tenía sentido desde el punto de vista militar porque, mientras que una Italia libre podría convertirse en un aliado contra Francia para quien una Italia independiente era una anatema, oprimida por Austria Italia se convertiría en un aliado de Francia. En consecuencia, defender el Rhin en el Po jugó en manos de Francia sin ganar ventaja militar significativa alguna. Lo único que podía ayudar a salvaguardar los intereses alemanes era la unidad nacional tanto para los alemanes como para los italianos. Prusia, sin embargo, estaba en contra de lo primero porque deseaba una Alemania menor sin Austria para garantizar su propia hegemonía dentro del nuevo Estado, mientras que Austria estaba en contra de lo último por razones parroquiales y dinásticas en Italia.

Ferdinand Lassalle, líder de uno de los primeros partidos obreros alemanes de la década de 1860, afirmó que la crítica de Marx y Engels a Prusia significaba que apoyaban objetivamente a Austria porque esta era la única alternativa alemana a la hegemonía prusiana en Alemania. [44] Este argumento reveló más sobre la política de Lassalle que sobre Marx y Engels. En contraste con Lassalle, ellos pretendían articular una perspectiva que fuera políticamente independiente tanto de Prusia como de Austria. Engels era un crítico severo de la agresión francesa y, aunque él y Marx creían que Napoleón II era un belicista, eran igualmente críticos con la opresión de Italia por parte de Austria y con el deseo de Prusia de crear una Alemana menor como su propio “cuartel”.

Cuando estalló la guerra entre Francia y Austria, la política austríaca empujó a los italianos a los brazos de Francia y, los franceses, después de derrotar al estado de Habsburgo en un desorganizado conflicto, traicionaron a sus aliados italianos anexando Saboya y Niza. En su posterior Savoy, Nice and Rhine, Engels argumentó que debajo de la retórica, en gran medida infundada, sobre la esencia francesa de estas regiones había una ofensiva estrategia militar que presionó a la hegemonía francesa contra Italia y Suiza. Además, la política francesa de ocupar las tierras hasta las llamadas fronteras “naturales” tenía como conclusión lógica un desafío para Alemania en el Rhin. Al hablar del apoyo de Rusia a Francia durante el conflicto, argumentó que la guerra corría el riesgo de reproducir el tipo fragmentado de Alemania (e Italia) consagrado en el Tratado de Viena. La lucha por una República alemana unificada, por tanto, implicaba emfrentarse a la agresión francesa (y rusa) contra Alemania, Italia y Suiza, la opresión austríaca en Italia y la cínica oposición de Prusia a Austria. [45]

Era un complejo terreno que Engels navegó de manera admirable. Esta perspectiva también lo colocó como un crítico de la próxima unificación de una menor Alemania bajo la hegemonía prusiana. Si el apoyo tácito de Prusia a Francia contra Austria en 1859 fue el primer paso en este proceso, el siguiente paso fue la decisión de Bismarck de ir a la guerra con Dinamarca por Schleswig-Holstein. Una rápida victoria de Prusia y Austria produjo una situación inestable en la que Prusia controlaba Schleswig mientras que Austria controlaba Holstein. Poco después, Bismarck utilizó como pretexto una disputa sobre la posición de Holstein para la guerra con Austria en 1866, que ganó Prusia, creando la base para una pequeña Alemania unificada bajo el dominio prusiano.

La respuesta de Engels a estos acontecimientos incluyó compromisos con los aspectos militares, teóricos y políticos de la situación. Su análisis comenzó con la publicación de un poderoso documento estratégico, La cuestión militar prusiana y el Partido de los Trabajadores Alemanes (1865) e incluyó una evaluación teórica inconclusa de la política de sangre y hierro de Bismarck: El papel de la fuerza en la historia (1887-8). Estos trabajos pretendían enmarcar una perspectiva socialista independiente de la guerra, un análisis del contenido social de la recientemente unificada Alemania y las perspectivas de una futura guerra (mundial) europea. También iluminan el momento de transición en el pensamiento de Engels (y de Marx) sobre la guerra. Específicamente, la Guerra Franco-Prusiana de 1870 marcó un punto de inflexión en su valoración de la amenaza de guerra en Europa. Mientras que anteriormente ellos habían enmarcado su análisis de la relación entre la guerra y la revolución en el contexto de la levée en masse en Francia en 1793 cuando la guerra y la revolución eran dos caras de la misma moneda, después de 1870 llegaron a la conclusión de que la guerra debía ser evitada a toda costa porque era una terrible e inminente catástrofe y en lugar de complementar la revolución, la guerra se había convertido en una extrema amenaza para la izquierda. [46]

Engels comenzó La cuestión militar prusiana y el Partido de los Trabajadores Alemanes con la afirmación de que mientras que hasta ese momento el debate sobre los asuntos militares en Alemania había enfrentado elementos conservadores feudales y burgueses liberales, con el surgimiento de una perspectiva independiente de la clase trabajadora, los asuntos militares podían evaluarse de manera científica. [47] Luego examinó el estado del ejército prusiano, seguido de un análisis de las relaciones sociales en Prusia. Él sostuvo que la experiencia de 1848 había demostrado que el miedo de la burguesía prusiana al movimiento obrero la había llevado a vincularse con la aristocracia feudal. [48] Esa fue, sin embargo, una relación dinámica. La reestructuración militar prusiana estaba evolucionando en contra de las necesidades de la burguesía alemana porque era cada vez más costosa y amenazaba con la posibilidad de un golpe. ¿Se resistiría seriamente la burguesía a estos desarrollos? Engels pensó que la burguesía soportaría estos costos porque temían que un gobierno obrero fuera peor.

¿Cuál debería ser la actitud del partido obrero ante la cuestión militar y las divisiones entre el gobierno y la burguesía? En primer lugar, Engels apoyó el reclutamiento universal porque, mutatis mutandis, la Atenas clásica, al poner las armas en manos de los trabajadores creó la potencial base social para una democracia obrera real. [49] Además, argumentó que mientras que en países capitalistas plenamente desarrollados como Inglaterra los trabajadores se enfrentaban a la burguesía en una oposición bastante directa. En Alemania, con su resabio feudal, sin embargo, la situación era más social y, por tanto, más compleja políticamente. Un potencial problema que surgía de esta situación era el riesgo de que los trabajadores se enfocaban únicamente en sus conflictos inmediatos con la burguesía, dejando de lado el conflicto más amplio con las reliquias reaccionarias del feudalismo. Engels afirmó que esto sería un error. El desarrollo capitalista creó el espacio en el que el proletariado estaba emergiendo como una fuerza política independiente. Por eso, el movimiento obrero debería empujar a la pequeña burguesía y a la burguesía liberal desde una posición de independencia política. Hacerlo era importante porque las formas democráticas liberales podían ser utilizadas por los trabajadores para sus propios fines: “con la libertad de prensa y el derecho de reunión y asociación ganará el sufragio universal, y con el sufragio universal directo, junto con las arriba mencionadas herramientas de agitación, ganará todo lo demás”. [50] Si estas líneas sugieren que Engels acriticamente había adoptado la política parlamentaria, en La cuestión militar prusiana y el Partido de los Trabajadores Alemanes añadió un importante pasaje a este argumento. Luego de sugerir que los trabajadores y la burguesía “sólo pueden ejercer el poder político real, organizado a través de la representación parlamentaria”, señaló que esto dependía de que el parlamento tuviera acceso a quien manejara el dinero. Sin embargo, esto era lo que Bismarck pretendía evitar. ¿Deberían los socialistas poner todas sus esperanzas en tal institución? Engels respondió :”Seguro que no”. Además, sospechaba que si Bismarck decretaba el “sufragio universal directo”, él, como Napoleón III antes que él, mediaría en esta democracia de tal modo que la haría esencialmente inutil. [51]

En contraste con los partidarios de Lassalle en el movimiento obrero, Engels advirtió sobre la intención de Bismarck de utilizar de esta forma particular de sufragio como Napoleón III lo había utilizado antes que él; no como un medio para la democracia sino más bien para reforzar su poder personal por un lado y el poder de los Junkers prusianos por el otro. En un contexto en el que la masa de campesinos y trabajadores agrícolas aun no había sido arrastrada al movimiento obrero independiente, “el sufragio universal directo no sería un arma para el proletariado sino una trampa”. [52] Entonces, a pesar de creer que el sufragio universal directo podría ser el medio para la emancipación, Engels argumentó que también podría usarse para atrapar al proletariado dentro de los parámetros de la política reaccionaria. La utilidad del sufragio universal dependía, por tanto, de las circunstancias específicas en las que se introdujo: creía que podía ayudar a fomentar la lucha por la libertad en el contexto de un movimiento obrero en ascenso y enlistamiento universal [53].

En cuanto a la orientación del movimiento obrero alemán, Engels sugirió que la prioridad debiera ser “preservar la organización del partido obrero hasta donde lo  permitan las condiciones actuales”. Más allá de eso, argumentó a favor de impulsar “al Partido del Progreso hacia un progreso real, en la medida de lo posible” y de “dejar que la cuestión militar siga su camino, sabiendo que el partido obrero algún día llevaría a cabo su propia “reorganización del ejército” alemán. [54] Este último punto ilumina su postura posterior y la de Marx sobre la Guerra Franco-Prusiana de 1870. En una declaración escrita para la Primera Internacional pocos días después del estallido de la guerra, Marx afirmó que, para Alemania, la guerra era de naturaleza defensiva. [55] En un sentido, esto era una perogrullada dado lo que se sabía en ese momento, aunque los historiadores ahora crean que Bismarck atrapó a Napoleón III para que declarara la guerra y pudiera jugar a ser la víctima y arrastrar a los estados del sur de Alemania al conflicto y, por lo tanto, a lo que se convirtió en el gobierno alemán. Sin embargo, a pesar de insistir en que se trataba de una guerra defensiva para los alemanes, Marx no dio apoyo político a la clase dominante prusiana. El Discurso sobre la Guerra Franco-Prusiana incluyó declaraciones de miembros de la Internacional tanto en Alemania como en Francia condenando las guerras, especialmente las “guerras dinásticas”. [56] Que la declaración de los alemanes incluyera la frase “con profundo dolor y pesar nos vemos obligados a sufrir una guerra defensiva como un mal inevitable” ha llevado a muchos a concluir que Marx y Engels apoyaron a los alemanes contra los franceses (al menos al principio). Hal Draper afirma que este no es el caso. Marx apoyó la decisión de Liebknecht y Bebel de abstenerse en la votación de créditos de guerra en el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte y escribió que los miembros de la Internacional deberían hacer campaña contra la guerra tanto en Francia como en Alemania. [57]

En una carta a Marx, Engels sugirió una vez que Liebknecht se había equivocado al abstenerse en la votación. Esto se debía a que creía que Liebknecht, al descartar la guerra como una mera forma dinástica, no comprendió que incluía una dimensión progresista. La victoria alemana conduciría, en cualquier forma bastarda, a la unificación (al menos parcial) de Alemania y, por lo tanto, a la creación de un espacio dentro del cual el proletariado alemán podría emerger como una fuerza política independiente, [58] Engels posteriormente cambió su posición sobre este asunto después de un intercambio con Marx [59], y Marx argumentó que si Prusia se anexara Alsacia y Lorena, “sería la forma más segura de convertir esta guerra en una institución europea”. Este acto abriría una “nueva época histórica mundial” en la que la paz se convertiría “en un mero armisticio, hasta que Francia esté lo suficientemente recuperada como para exigir la devolución del territorio perdido” y hasta que Rusia se encuentre “inevitablemente” en guerra con Alemania. [60]

Este nuevo contexto significó que la guerra entre las principales potencias europeas, lejos de ser una contraparte necesaria de la revolución, se convirtiera en su enemigo mortal. Ver las guerras y la revolución a través de la lente de los acontecimientos de 1793 ya no era adecuado ni relevante. De hecho, la demanda del Manifiesto Comunista  de una revolución burguesa en Alemania había sido realizada por la fuerza más inverosímil, los Junkers prusianos liderados por Bismarck. Engels resumió cómo había sucedido esto en su ensayo inconcluso El papel de la Fuerza en la Historia (1887-1888). Aquí sugirió que aunque la burguesía alemana había demostrado ser demasiado cobarde para realizar las demandas de su revolución burguesa, en el contexto de una competencia internacional intensificada, Bismarck había unificado Alemania. Y aunque realizó esta tarea para los Junkers, su rol se sustentaba en las necesidades de la burguesía. Bismarck había realizado las tareas de la revolución burguesa a espaldas de la burguesía. [61]

Sin embargo, una vez que esta demanda se hizo realidad, las consecuencias negativas de los antecedentes de clase de Bismarck pasaron a un primer plano. Con la derrota de los franceses en 1870, Bismarck se movilizó no para estabilizar Europa sino para “obtener por la fuerza” reparaciones. En este punto “apareció por primera vez como un político independiente, que ya no estaba implementando a su manera un programa dictado desde afuera, sino que traducía en acción los productos de su propio cerebro, cometiendo así su primer gran error”. [62] La decisión precipitada no fue tanto la de exigir a los franceses pagar a los alemanes una compensación monetaria; más bien consistió en la toma de Alsacia y Lorena por parte de Bismarck, que tuvo el efecto de empujar a Francia a los brazos de Rusia, asegurando que, en algún momento, Europa se hundiría una vez más en la guerra. [63]

Todo esto sucedió en un contexto de profundización de la industrialización que tuvo como corolario una constante revolución de los medios de destrucción. Engels señaló que, aunque estas tecnologías hicieron que los ejércitos modernos fueran máquinas de matar cada vez más eficientes, a corto plazo también mediaron contra la guerra porque, o así lo argumentó en La Política Exterior del Imperio Ruso (1889-1890), hicieron que cada nuevo tipo de armamento se volviera obsoleto casi tan pronto como fuera implementado. [64] Desafortunadamente, esta era una situación altamente inestable y Alsacia-Lorena actuó como línea divisoria en toda Europa, haciendo la guerra cada vez más inevitable, mientras que las nuevas tecnologías significaban que la guerra que se avecinaba haría que los de los conflictos anteriores parecieran un juego de niños. De hecho, insistió en que Bismarck había creado las condiciones no solo para una guerra europea, sino también para una guerra mundial. Esto, como Engels predijo de manera famosa y profética en 1887, era una posibilidad aterradora:

“Y, finalmente, la única guerra que le queda para librar a Prusia-Alemania será una guerra mundial, una guerra mundial, además, de una magnitud y violencia hasta el momento inimaginables. De ocho a diez millones de soldados se atacarán mutuamente y, en el proceso, dejarán a Europa más desnuda que un enjambre de langostas. Los estragos de la Guerra de los Treinta Años se comprimieron en tres o cuatro años y se extendieron por todo el continente; hambre, enfermedad, la caída universal en la barbarie, tanto de los ejércitos como del pueblo, a raíz de una miseria aguda; irremediable dislocación de nuestro sistema artificial de comercio, industria y crédito, que desemboca en la quiebra universal; el colapso de los viejos estados y su convencional sabiduría política hasta el punto en que las coronas rodaran a las alcantarillas por docenas y nadie estará alrededor para recogerlas; la absoluta imposibilidad de prever cómo terminará todo y quien saldrá vencedor de la batalla. Solo una consecuencia es absolutamente cierta: el agotamiento universal y la creación de condiciones para la definitiva victoria de la clase obrera”. [65]

Fue en ese contexto que Engels pasó las últimas décadas de su vida tratando de formular una estrategia revolucionaria que pudiera salvar a la humanidad de esta inminente barbarie. Martin Berger sostiene que, mientras que Engels había hecho proselitismo a favor de una guerra contra Rusia como estímulo a la revolución, a raíz de la Guerra Franco-Prusiana, “la deploraba y temía constantemente” y esperaba por “la revolución como un medio para evitar la guerra”. [66] Este nuevo contexto, combinado con sus dudas de larga data sobre la utilidad militar de la lucha en barricadas [67], informó un profundo y privado pesimismo sobre las perspectivas de guerra que resulta evidente en sus cartas a varios de sus camaradas más cercanos. En 1889 escribió que la posibilidad de una guerra europea:

“Yo con horror. Especialmente cuando pienso en nuestro movimiento en Alemania, el cual sería abrumado, aplastado, brutalmente extirpado de la existencia, mientras que la paz casi con certeza nos traería la victoria”. [68]

Al comentar esta carta, Gilbert Achcar menciona que Engels había desarrollado una doble estrategia para contrarrestar esta situación. Por un lado, hizo todo lo posible para promover el Partido de la Paz en los distintos estados nacionales. [69] Por otro lado, comenzó a pensar en un enfoque completamente más radical para vencer al ejército. En su introducción de 1895 a La lucha de clases en Francia de Marx, reiteró su afirmación de que las barricadas sólo habían sido útiles como principio en vez de como contraataque militar para el ejército. [70] ¿Cómo superar entonces la resistencia a la revolución del ejército? La respuesta de Engels fue una estrategia destinada a transformar el “ejército burgués desde adentro”. [71] En Anti-Düring escribió:

“El militarismo… lleva en sí mismo la semilla de su propia destrucción. La competencia individual entre los estados los lleva, por un lado, a gastar más dinero cada año en el ejército y la marina, artillería, etc., acelerando así cada vez más su colapso financiero; y por otro lado, a recurrir cada vez más al servicio militar obligatorio universal, así a la larga, todo el pueblo se familiariza con el uso de las armas y, por tanto permitiéndoles en un momento dado hacer prevalecer su voluntad contra los señores al mando de la guerra. Y este momento llegará tan pronto como la masa del pueblo, trabajadores urbanos y campesinos, tenga la voluntad. En este punto, los ejércitos de los príncipes se vuelven ejércitos del pueblo; la máquina se niega a trabajar y el militarismo colapsa por la dialéctica de su propia evolución.” [72]

Este argumento ilumina por qué Engels le dió tanto peso a la idea de reclutamiento universal. Aunque emprendido con fines reaccionarios, creía que al armar al proletariado (recién liberado), el reclutamiento podría socavar el militarismo desde adentro -un electorado armado podría potencialmente imponer su propia voluntad en lugar de actuar como meros sirvientes de la voluntad de otros. Esta fue claramente una estrategia revolucionaria- aunque una que alertó sobre los profundos cambios en el terreno de la lucha durante un siglo marcado por los acontecimientos de 1793, 1848 y 1870.

La izquierda pro-guerra de 1914 insistió que solamente estaban repitiendo el llamado de Engels, articulado en Socialisme en Allemagne (1891), para la defensa de Alemania en caso de guerra con Francia y Rusia. [73] Engels argumentó que a pesar de ser una república burguesa, Francia a través de su alianza con Rusia, estaba actuando como una herramienta de reacción absolutista. Contra esa fuerza, los socialistas alemanes tendrían que defender los logros que ellos y sus predecesores consiguieron durante el siglo anterior “y no pueden lograrlo si no es luchando contra Rusia y sus aliados, sea quienes sean, hasta el amargo final”. [74]

Este argumento parece indicar una clara reversión a la política de 1848 (aunque ciertamente no es una justificación para la estrategia ofensiva de Alemania en 1914). Pero, ¿por qué volver a esta posición? Draper sugiere que debajo del llamamiento superficial a las armas, Socialisme en Allemagne fue publicado por primera vez en francés como un intento de subvertir los argumentos pro guerra entre la izquierda republicana. Con este fin, Engels intencionadamente argumentó tanto que la ocupación alemana de Alsacia-Lorena era opresiva y errónea como que la República Francesa era políticamente progresista en comparación con el Imperio alemán. Sin embargo, insistió en que una alianza con Rusia significaría el «repudio de la misión revolucionaria de Francia». [75] Si tanto Achcar como Draper están en lo correcto al argumentar que la principal preocupación de Engels era evitar la guerra al advertir a los socialistas franceses que no justifiquen una alianza con Rusia por Alsacia-Lorena, ninguno abordan el sentido de su adopción al defensismo revolucionario. Achcar tiene razón en que Engels escribió en un contexto muy específico y Draper está igualmente en lo correcto en que se sentía incómodo con la articulación de esta posición. [76] Pero aunque estaba incómodo con expresar su opinión a los franceses, se tomó absolutamente en serio la analogía con 1793. En una carta a Adolph Sorge, escribió:

“Bebel y yo hemos mantenido correspondencia sobre esto y opinamos que si los rusos inician una guerra en nuestra contra, los socialistas alemanes deberían atacar à outrance contra los rusos y sus aliados, sean quienes sean. Si Alemania es aplastada, también lo seremos nosotros, mientras que en el mejor de los casos la lucha será tan intensa que solo los medios revolucionarios le permitirán a Alemania mantenerse firme y por lo tanto, es muy probable que nos veamos obligados a tomar el timón y jugar en 1793”. [77]

Este argumento es altamente problemático en varios niveles. Por un lado, existen profundas limitaciones con la idea de attaque à outrance -la afirmación de que en el contexto de la nueva y abrumadora superioridad de las tecnologías defensivas de la guerra a fines del Siglo XIX, la victoria iría al bando con el mayor coraje y élan. No se trata simplemente de que esta idea fuera a ser definitivamente falseada en 1914, más hasta el punto que Engels había sostenido ya en 1852, que una repetición del éxito del entusiasmo del levée en masse sería casi imposible en las condiciones modernas. [78]

En otra parte, Engels sugirió una salida a este impasse. El aumento del apoyo a la Socialdemocracia Alemana, especialmente en «los distritos rurales de las seis provincias orientales de Prusia» significaría que «el ejército alemán es nuestro». [79] Si este argumento sugería una esperanza de que la transformación desde adentro del ejército para dar una nueva forma al levée en masse, esto era, en el mejor de los casos, especulativo en 1891. Más concretamente, su análisis fue ciertamente ajeno de cualquier medio relacionado ya sea con el aspecto moral de la lucha en barricadas o con la destrucción de cuerpos del ejército junto con la muerte del cuerpo de oficiales que ocurrió en Rusia antes de 1917,  por lo que la disciplina del ejército podría estar rota políticamente.

Conclusiones

Cualesquiera fueran las limitaciones tácticas de la posición que Engels articuló en 1891, esta no implicaba apoyo político para el gobierno alemán. Fue una forma de defensismo revolucionario basado en una creativa y no dogmática estrategia revolucionaria para vencer al ejército desde adentro. 1848 le había enseñado que cuando los trabajadores se enfrentan al ejército a través de las barricadas, el ejército tiende a ganar. Su respuesta a esta imposible situación fue triple: primero, ayudar a que el movimiento sea lo más grande posible para que sea lo más difícil de controlar para los militares; en segundo lugar, apuntar a socavar al ejército desde adentro ganando a la masa de soldados para la socialdemocracia; y en tercer lugar, contrarrestar el tipo de lenguaje radical ejemplificado por el llamado de Domela Nieuwenhuis a una huelga general al estallar la guerra con propuestas prácticas adecuadas a las tareas a mano. [80] Desde esta perspectiva escribió, en Socialisme en Allemagne, que «el ejército alemán se está infectando cada vez más de socialismo».[81] Cualesquiera sean las limitaciones prácticas de la estrategia que informó esta afirmación, fue una perspectiva revolucionaria intervencionista y no como Martin Berger afirma, una «doctrina pasiva». [82]

Sin embargo, si bien apuntaban hacia una respuesta revolucionaria al militarismo, las conclusiones de Engels estaban limitadas por el tiempo y el lugar. Si bien reconoció el cambio radical en el escenario europeo causado por la toma de Alsacia-Lorena en 1870, fracasó, como era de esperar, ya que tomó una forma muy embrionaria, en comprender las tendencias incipientes hacia lo que la próxima generación de marxistas llamaría imperialismo.Más problemáticamente, si bien sus comentarios sobre socavar al ejército desde adentro son sugerentes, son demasiado esquemáticos y muy poco desarrollados para constituir una estrategia política completamente elaborada. Más prosaicamente, Engels debería haber estado más alerta al error táctico de que un alemán intentara explicar por qué los franceses no deberían inclinarse ante el chauvinismo en relación con Alsacia-Lorena.

No obstante, este argumento era consistente con la perspectiva que él y Marx habían tratado de articular desde la década de 1840: la guerra y la revolución estaban inextricablemente unidas, y si el partido de los trabajadores quería tener una perspectiva independiente de la política, requería una perspectiva independiente de la guerra. Este proyecto fue realizado admirablemente en 1848 mediante un análisis de la interrelación entre los diversos imperios europeos y la posición del movimiento obrero en ellos- a pesar de los problemas con el concepto de «naciones no históricas», este análisis fue un tour de force. Posteriormente, en ensayos como Po y Rhine, hizo todo lo que pudo para socavar los argumentos de los militaristas montando una poderosa crítica inmanente de sus argumentos. Lo hizo al mismo tiempo que articulaba una estrategia paralela para el movimiento obrero. En un registro diferente, en los ensayos que escribió para una audiencia socialista y de clase trabajadora sobre este tema, vio la participación en las elecciones parlamentarias junto con el apoyo al servicio militar obligatorio universal como dos lados de la lucha más amplia para sentar las bases para el tipo de desafío proletario al poder estatal que Lenin realizó en Rusia dos décadas después de su muerte.


Notas

  1. Para críticas al pensamiento de Engels: N. Levine, The Tragic Deception: Marx Contra Engels (Oxford: Clio Press, 1975); T. Carver, Friedrich Engels: His Life and Thought (London: MacMillan, 1989). Para una apreciación más positiva de su trabajo: J.D. Hunley, The Life and Thought of Friedrich Engels (New Haven: Yale University Press, 1991).
  2. Sobre su reputación como un pensador militar: T. Hunt, Marx’s General (New York: Henry Holt & Co, 2009), 216–222; Carver, 222–32. 
  3. W.B. Gallie, Philosophers of Peace and War (Cambridge: Cambridge University Press, 1978), 68.
  4. S. Neuman and M. von Hagen, ‘Engels and Marx on Revolution, War, and the Army in Society,’ in Masters of Modern Strategy ed. by Paret P. (Oxford: Oxford University Press, 1986), 265.
  5. M. Berger, Engels, Armies and Revolution (Hamden: Archon Books, 1977), 50. For more critical voices: G. Neimanis, ‘Militia Versus the Standing Army in the History of Economic Thought from Adam Smith the Friedrich Engels’, Military Affairs, 44 (1980), 28–32; R. Cohen-Almagor, ‘Foundations of Violence, Terror and War in the Writings of Marx, Engels and Lenin’, Terrorism and Political Violence, 3.2 (1991), 1–24, 3 and E. Silberner, The Problem of War in Nineteenth Century Economic Thought (Princeton: Princeton University Press, 1946), 250.
  6. M. Kitchen, ‘Friedrich Engels’ Theory of War’, Military Affairs, 41 (1977), 123. 
  7. L. Freedman, Strategy (Oxford: Oxford University Press, 2013), 247–64.
  8. Gallie, 67. 
  9. Berger, 12.
  10. R. Rosdolsky, Engels and the ‘Nonhistoric’ People (London: Critique Books, 1987).
  11. F. Engels, ‘Supplement to the Preface of 1870 for The Peasant War in Germany’, Marx and Engels Collected Works (Moscow: Progress Publishers, 1975–2004) (henceforth Engels, MECW) 23, 631.
  12. H. Draper, Karl Marx’s Theory of Revolution Vol. V (New York: Monthly Review Press, 2005); Berger; Freedman; G. Achcar, ‘Engels, Theorist of War, Theorist of Revolution,’ International Socialism, 2.97 (2002); Neuman and von Hagen; B. Semmel, Marxism and the Science of War (Oxford: Oxford University Press, 1981); Gallie.
  13. Kitchen, 122.
  14. Engels, ‘Introduction to Sigismund Borkheim’s Pamphlet, In Memory of the German Blood-andThunder Patriots 1806–1807’, MECW, 26 (1887), 450.
  15. P. Blackledge, 2019, “On Strategy and Tactics,” Science and Society; P. Blackledge, 2019, ‘Engels’s Politics: Strategy and Tactics after 1848’, Socialism and Democracy, March 2019; P. Blackledge, “Hegemony and Intervention,” Science and Society, 82 (2018), 479–499; P. Blackledge, 2019, Friedrich Engels (New York: SUNY)
  16. C. von Clausewitz, On War (Oxford: Oxford University Press, 2007), 74, 133.
  17. Engels, ‘Critique of the Draft Programme of 1891’, MECW, 27, 227.
  18. Gallie, 87; L. Trotsky, Military Writings (New York: Pathfinder, 1971), 147; G. Haupt, Aspects of International Socialism 1871–1941 (Cambridge: Cambridge University Press, 1986), 136–7.
  19. K. Marx and F. Engels, ‘On Poland,’, MECW, 6, 389.
  20. Draper, 19–20.
  21. Engels, ‘The Frankfurt Assembly Debates the Polish Question,’ MECW, 7, 350. 
  22. Ibid., 351.
  23. Ibid., 352.
  24. Ibid.
  25. Engels, ‘The Beginning of the End in Austria,’ MECW, 6, 535–6.
  26. Rosdolsky; ver Draper para una crítica de la interpretación dominante del uso de Marx y Engels de este lenguaje hegeliano, 189–213.
  27. Engels, ‘Revolution and Counter-Revolution in Germany,’ MECW, 11, 51–2.
  28. Engels, ‘Letter to Joseph Weydemeyer, 10 June 1851,’ MECW, 38, 370; cf Berger, 39.
  29. Semmel, 6.
  30. Engels, ‘The European War,’ MECW, 12, 557
  31. Engels, ‘The Present Condition of the English Army,’ MECW, 13, 208–14.
  32. Engels, ‘Letter to Marx, 30 July 1862,’ MECW, 41, 386–8, 400; Freedman, 262.
  33. R. Blackburn, An Unfinished Revolution: Karl Marx and Abraham Lincoln (London: Verso, 2011), 38, 194–8; G. Mayer, Friedrich Engels (London: Chapman & Hall, 1936), 167; W.O. Henderson, The Life of Friedrich Engels (London: Frank Cass, 1976) Vol. 2, 435.
  34. Engels, ‘Notes on the [Franco-Prussian] war,’ MECW, 22, 23, 28, 158–9.
  35. Ibid., 98–9, 116, 156.
  36. Ibid., 240–1
  37. Ibid., 104–5.
  38. Ibid., 172, 242. Martin Kitchen tiene razón al señalar que, a pesar de su método materialista y el cuidado con el que lo aplicó, Engels se negó a reducir la teoría de la guerra «a principios» objetivos «abstractos». Kitchen, 119. 
  39. P. Blackledge, ‘Practical Materialism: Engels’ Anti-Duhring € as Marxist Philosophy’, Critique, 47. 4 (2017). 
  40. Neuman and von Hagen, 264. 
  41. K. Marx, ‘Letter to Engels, 25 February 1859,’ MECW, 40, 393. (Emphasis in original). 
  42. Marx, ‘Letter to Engels, 7 May 1861,’ MECW, 41, 280. 
  43. Engels, ‘Po and Rhine,’ MECW, 16, 213–55.
  44. Draper, 105–9. 
  45. Engels, ‘Savoy, Nice and the Rhine,’ MECW, 16, 569–610.
  46. Draper, 159. 
  47. Engels, ‘The Prussian Military Question and the German Workers’ Party,’ MECW, 20, 41. 
  48. Ibid., 57.
  49. Ibid., 67. 
  50. Ibid., 77. 
  51. Ibid., 74. 
  52. Ibid., 75. (Emphasis in original). 
  53. Draper, 116.
  54. Engels, ‘The Prussian Military Question and the German Workers’ Party,’ 79. 
  55. Engels, ‘Notes on the [Franco-Prussian] war,’ 5. 
  56. Ibid., 3–8. 
  57. Draper, 137–8. 
  58. Engels, ‘Letter to Marx 15 August 1870,’ MECW, 44, 45–8. 
  59. Draper, 121–57. 
  60. Engels, ‘Notes on the [Franco-Prussian] war,’ 260. (Emphasis in original).
  61. Engels, ‘The Role of Force in History,’ MECW, 26, 458–9, 483, 478, 498. 
  62. Ibid., 491. 
  63. Ibid., 495–6. 
  64. Engels, ‘The Foreign Policy of Russian Tsardom,’ MECW, 27, 46
  65. Engels, ‘Introduction to Sigismund Borkheim’s Pamphlet, In Memory of the German Blood-andThunder Patriots 1806–1807,’ 451. 
  66. Berger, 127, 129. 
  67. Ibid., 59. 
  68. Engels, ‘Letter to Paul Lafargue, 25 March 1899,’ MECW, 48, 283. 
  69. Engels, ‘Can Europe Disarm,’ MECW, 27, 367–93. 
  70. Engels, ‘Introduction to Karl Marx’s The Class Struggles in France,’ MECW, 27, 518. 
  71. Achcar, 80.
  72. Engels, ‘Anti-Duhring,’ MECW, 25, 158 (Emphasis in original). 
  73. D. Losurdo, War and Revolution (London: Verso, 2015), 85. 
  74. Engels, ‘Socialism in Germany,’ MECW, 27, 244. 
  75. Engels, ‘Letter to August Bebel 24 October 1891,’ MECW, 49, 270. 
  76. Achcar, 77; Draper, 164–78. 
  77. Engels, ‘Letter to Adolph Sorge 24 October 1891,’ MECW, 49, 266–7. 
  78. Engels, ‘Conditions and Prospects of a War of the Holy Alliance Against France,’ MECW, 10, 560. 
  79. Engels, ‘Letter to Laura Lafargue 17 August 1891,’ MECW, 49, 229. 
  80. Mayer, Friedrich Engels, 285–6; F. Engels, Letter to Paul Lafargue September 2, 1891,’ MECW, 27, 233; Kitchen, 122. 
  81. Engels, ‘Socialism in Germany,’ MECW, 27, 240. 
  82. Berger, 166–9.

Fuente: Paul Blackledge (2019): War and Revolution: Friedrich Engels as a Military andPolitical Thinker, War & Society,