Selección de fragmentos de Gino Germani sobre Fascismo

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Por Ana Grondona

Capítulo 3 El autoritarismo de la clase media y el fascismo: Europa y América Latina[1].

(…)

Elementos para una definición del fascismo (pp.104-109)

(…) El supuesto general aquí adoptado es la consideración del fascismo como una de las formas posibles del autoritarismo moderno, es decir, como específico de la sociedad moderna, arraigado en algunas de las contradicciones inherentes a su estructura típica. Estas contradicciones, que derivan principalmente del proceso de secularización creciente, pueden traducirse, en un contexto histórico dado, en conflictos entre clases o entre sectores de la misma clase y, a menudo, generan — a veces, con intervención de eventos traumáticos externos— ciclos de movilización. No todas las formas del autoritarismo moderno son el resultado directo de las luchas de clase y de los procesos de movilización, pero un esquema teórico de este tipo parece particularmente de utilidad para el estudio del fascismo clásico (1919-1945) y de otros fenómenos similares, especialmente de los sustitutos funcionales más recientes del fascismo.

La definición subraya las condiciones necesarias para la emergencia del fascismo, los objetivos básicos (los significados históricos, sociales y políticos del fascismo) y la forma o el régimen político que puede asumir, en términos de un modelo suficientemente general para cubrir los tipos clásicos y otras variantes. La definición es sintética y, por lo tanto, omite distinciones esenciales tales como aquellas entre régimen y movimiento, y un análisis detallado de la forma política como distintiva del contenido o de sus objetivos básicos.

Condiciones. Los movimientos fascistas (o sus sustitutos funcionales) tienen una probabilidad de adquirir una base de masas y, eventualmente, de convertirse en un régimen cuando se dan todas o la mayor parte de las condiciones siguientes:

  1. La transición hacia la sociedad industrial moderna ha sido iniciada bajo algún tipo de formas capitalistas.
  2. El proceso ha avanzado más allá de los pasos iniciales, y la sociedad se ubica dentro del rango intermedio de la modernización. Dicho rango se concibe aquí como bastante amplio, e incluye tanto a países más y menos avanzados como a una variedad de configuraciones posibles, resultantes de la coexistencia dentro de cada sociedad de estadios más y menos avanzados, con respecto a los procesos parciales que componen el proceso total de modernización económica, social y política.
  3. En términos de este componente, la sociedad debe haber estado, por lo menos por un lapso, bajo un régimen de democracia representativa (al menos, desde el punto de vista legal o formal).
  4. El proceso de modernización fue iniciado más sobre la base de una revolución desde arriba que en las condiciones creadas por una revolución desde abajo (de la variedad democrático-burguesa).
  5. El proceso de integración nacional ha estado demorado o, por lo menos, ha fracasado en alcanzar un grado adecuado de consolidación.
  6. Los conflictos interclase e intraclase relacionados con presiones y tensiones violentas inducidas por la transición han llegado a un alto grado de intensidad o, por lo menos, su resolución se ha tomado excesivamente difícil.
  7. La movilización primaria de las clases bajas está avanzando a una velocidad rápida y es percibida por varios sectores de la elite como una amenaza seria (real o no), más allá del control democrático.

La crisis de las clases medias está alcanzando su fase más aguda, en la medida en que estos estratos se sienten particularmente amenazados por el ascenso de la clase baja por el peligro de la pérdida de estatus material y/o psicológico, y por la concentración creciente del poder económico en la clase alta (tales como las grandes empresas y, en ciertos casos, los grandes terratenientes).

9. En los países en los que las clases medías han sufrido los efectos de cambios particularmente traumáticos, su desplazamiento y disponibilidad pueden causar su movilización (que es secundaria) a través de movimientos políticos que proveen una base de masas para el fascismo. Donde este proceso está ausente, el ascenso de un régimen fascista requerirá la intervención de otras fuerzas, comúnmente, de los militares. Pero la clase media proveerá todavía un apoyo sustancial (tal vez, a través de su aquiescencia) para la emergencia del régimen y para su consolidación.

10. El estado del sistema internacional y, particularmente, los intereses de los poderes hegemónicos se oponen a cambios radicales del orden social preexistente y a una modificación real del establishment económico y político. Dicha oposición puede estar arraigada en intereses ideológicos y/o en estrategias de política exterior.

Objetivos básicos. En estas circunstancias, es probable que se considere a algún tipo de régimen fascista como solución a los conflictos amenazadores y no resueltos. Típicamente, la solución clásica (pero no necesariamente algunas de sus variantes) consiste en un compromiso entre el sector rural declinante y la burguesía industrial emergente. Otros sectores poderosos que componen el establishment también intervienen: la Iglesia, los militares, la aristocracia y la monarquía, y los segmentos de las elites intelectuales y profesionales y de la clase política conectada de manera más cercana (en términos de ideologías comunes, estilos de vida y orígenes sociales) con los otros componentes del establishment. Aunque el factor dinámico en su alianza es el objetivo de inducir la desmovilización forzada de la clase baja, el compromiso también tiende a alcanzar una tregua (y, si es posible, una paz duradera) en conflictos intraelite e intraclase alta. La razón de ser básica del régimen es consolidar un estado de cosas capaz de hacer cumplir, por un período considerable, tanto una desmovilización de la clase baja como una moratoria sobre todos los aspectos de la modernización que pueden amenazar los intereses de la coalición, incluso al costo de un estancamiento económico y social prolongado. Debido a que este arreglo puede fracasar en la protección de los intereses de las clases medias o en ayudar a resolver su “problema” de una manera racional, pueden darse algunas satisfacciones sustitutas, en términos de estabilidad, de objetivos nacionalistas, de símbolos de prestigio y de rituales. Otro componente que en ciertos casos puede asumir importancia real o que, en otros, puede reducirse a un mero apéndice ideológico, es la orientación tecnocrática proclamada como la respuesta más efectiva al dilema de la modernización, capaz de brindar la mejor solución a los conflictos interclase o intergrupales generales planteados por el desarrollo económico y social. Finalmente, entre los objetivos básicos, debemos recordar la protección de los intereses económicos, políticos, militares e ideológicos de las naciones hegemónicas que han apoyado directa o indirectamente el ascenso del régimen. Las condiciones cambiantes internacionales pueden alterar este papel.

Forma política. El fascismo, definido aquí en términos de sus funciones principales en un contexto social dado, puede asumir diversas formas políticas compatibles con dichas funciones. El tipo específico de sistema político y sus expresiones ideológicas esta­rán determinados por varios factores internos (nacionales) y externos (internacionales):

  1. Un clima ideológico predominante en el ámbito nacional e internacional en el período en el que se estableció el régimen.
  2.  La posición del país dentro del sistema internacional, las características de este sistema en términos de los diferenciales de poder económico, político y militar entre naciones y las actuales divisiones y conflictos internacionales vigentes.
  3. El grado de modernización (económico, social y político) obtenido por la sociedad (dentro del rango de alcance intermedio ampliamente definido previamente).
  4. Las características de la cultura, de la estructura social y, especialmente, del sistema de estratificación, la forma en que éste ha emergido de la transición previa y ha sido modelado por otros factores históricos de largo plazo.
  1. La naturaleza y la composición de la coalición entre varios segmentos de las clases altas y de las elites.
  2. El papel de las clases medias (que varían desde uno de tipo dinámico, como base de masas para el movimiento fascista, hasta una participación bastante pasiva en apoyo del régimen).
  3. El papel del ejército (determinado, en gran medida, por los factores socioculturales históricos mencionados anteriormente en [4]).

El fascismo clásico europeo, en los países en los que triunfó al consolidarse por un período relativamente largo, asumió la forma de un Estado totalitario unipartidista. Éste fue el caso de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Otra estructura asumida por el fascismo es el Estado autoritario. Algunos casos europeos de fascismo abortado o de corta vida pueden haber adoptado variaciones peculiares en la forma autoritaria. Finalmente, en América Latina desde la década de 1930 (y con frecuencia creciente en la última década), se ha intentado otro tipo de sustituto funcional militar del fascismo. Este tipo de régimen, cuando adquiere alguna estabilidad, puede asumir una forma autoritaria más que totalitaria.

Una definición apropiada del Estado totalitario (como tipo ideal) ha sido propuesta por Friedrich y Brzezinski. Consiste en un síndrome de seis rasgos interrelacionados: 1) una ideología oficial “que abarque todos los aspectos vitales de la existencia del hombre, a la que todos están dispuestos, supuestamente, a adherir, por lo menos pasivamente” ; 2 ) un partido de masas único típicamente liderado por un hombre, el dictador; 3) un sistema de control policial terrorista; 4) un monopolio tecnológico completo o casi completo sobre todos los medios efectivos de comunicación de masas; 5) un control similar de todos los medios efectivos de la lucha armada; 6) el control y la dirección central de la economía[2]. Otro aspecto, especialmente importante en el contexto de este análisis es el tipo de consenso demandado por el sistema. Aunque, para las masas, puede ser aceptable la con formidad pasiva, se requieren la identificación ideológica activa y la participación de una minoría dentro del partido, especialmente de la elite y del segmento de la población del cual será reclutada la elite futura. Al adoptar esta definición, es de vital importancia des- tacar la distinción entre el significado historico, es decir, la sustancia del fascismo y forma política que puede asumir. Por una parte, el fascismo puede asumir formas distintas de las totalitarias sin perder su sustancia; por otra parte, los regímenes con un significado histórico enteramente diferente pueden adoptar la forma totalitaria.

La España de Franco presentó algunas características del Estado totalitario. Sin enmbargo, muchos observadores están convencidos de que este régimen no puede ser considerado totalitario o, por lo menos, que en su evolución desde el fin de la Segunda Guerra Mundial los componentes totalitarios fueron crecientemente arrasados. En el orden teórico, Linz ha avanzado un modelo del Estado autoritario que, en su opinión, es mucho más válido para el régimen español que el totalitario. Los regímenes autoritarios —en la formulación de Linz— “son sistemas políticos con pluralismo limitado, no fiables: sin una ideología elaborada y dirigida (pero con mentalidades distintivas); sin la movilización política intensiva o extensiva (excepto en algunos puntos de su desarrollo); y en los que un líder (de manera ocasional, un pequeño grupo) ejerce el poder dentro de límites formalmente mal definidos, aunque realmente bastante predecibles”. Este modelo puede también ser muy útil en el análisis de otros regímenes. Pero deben observarse las mismas estipulaciones enfatizadas en relación con la distinción entre sustancia y forma. El objetivo básico y el significado histórico del régimen de Franco son típicamente fascistas. Que su forma política pueda caracterizarse como autoritaria es ciertamente relevante, pero no más (y aun, tal vez menos) que su sustancia fascista.

Las formas autoritarias pueden también ser asumidas por los sustitutos funcionales del fascismo. Encontramos un buen ejemplo de esto en muchos países de América Latina y de sus regímenes burocráticos militares. Sin embargo, las diferentes configuraciones estructurales que caracterizan a las sociedades de América Latina, las diferencias en el clima ideológico y en otros factores internos e internacionales probablemente generen otras formas —todavía desconocidas— de fascismo o algún sustituto funcional de él. Hasta ahora, a pesar de que la crisis de las clases medias permanece como un factor clave tanto como lo fue en los casos europeos, la falta de experiencias altamente traumáticas ha evitado la ocurrencia de la movilización secundaria de estos estratos y su papel en un movimiento de tipo fascista. Sin embargo, las clases medias a través de su ambivalencia e incoherencia actuales están contribuyendo, en conjunto con los equivalentes de América Latina de las condiciones enumeradas en el texto, al contexto político y social requerido favorable para la emergencia de algún tipo de solución fascista. El factor dinámico en este caso está dado por los militares y su intervención reemplaza a los movimientos de masas del fascismo clásico en el establecimiento de regímenes con probabilidad de lograr y de mantener la desmovilización de la clase baja y la protección de la clase alta de los riesgos implicados en ciertos aspectos de la modernización.

Al no haber reconocido la distinción entre los objetivos básicos o la razón de ser histórica del fascismo y la forma política asumida por este, algunas teorías, especialmente aquellas que ubican el modelo político totalitario en el centro del análisis, asignan sistemas socioeconómicos muy diferentes a la misma categoría, por ejemplo, a aquellos cuyo objetivo la desmovilizaciónde las clases subordinadas y a los que representan la movilización primaria de esas mismas clases. Incluso si la forma totalitaria es la más típica del autoritarismo moderno en cuanto a que constituye una de las posibles respuestas a las contradiccionesinherentesen la sociedad moderna (y, en este sentido, está conectada con las causas del fenómenopor un largo periodo), la confusión implica un error serio desde el punto de vista de la evaluación del significado histórico sobre un corto o mediano plazo.

Capítulo 8 Clases medias, clases trabajadoras y movilización social en el surgimiento del fascismo italiano: una comparación con el caso argentino.

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Diferencias y similitudes entre el fascismo y el populismo nacional (pp. 247-248)

El caso argentino presenta una cantidad de similitudes y ciertas diferencias cruciales que explican los repetidos fracasos en establecer un régimen fascista clásico así como el éxito del peronismo.

En el último medio siglo, hubo cuatro intentos de imponer el fascismo en la Argenti­na. El primero se produjo entre 1930 y 1932, cuando un golpe militar interrumpió setenta años de gobierno constitucional bajo una democracia representativa. El segundo ocu­rrió entre 1943 y 1945; el resultado fue el peronismo. El tercero, entre septiembre y octubre de 1955, cuando el régimen peronista fue derrocado por un golpe cívico-militar. Fi­nalmente, con la toma del poder por parte de los militares en 1966, hubo otra tentativa de establecer un Estado corporativo, que también falló.

Estos intentos —que consideramos fracasos— de instalar regímenes fascistas (o sustitutos funcionales del fascismo) en la Argentina revelan la existencia de importantes diferencias respecto de la estructura social italiana, a pesar de que ambos países tienen otros elementos en común. Éstas se vuelven claramente visibles en el caso particular del peronismo. Tanto en la Argentina como en Italia, la situación se sustenta en la existencia de dos masas movilizadas y en conflicto: la primera, perteneciente a la clase popular —en la movilización primaria—; la segunda, a la clase media, en la movilización secundaria. Sus orientaciones políticas respectivas, sin embargo, son de signo contrario en los dos países. De este modo, el peronismo temprano (1945-1955), que emergió de la movilización primaria de las clases bajas, fue percibido por mucha gente como una forma de fascismo (“fascismo de izquierda”), mientras que las clases medias pertenecían a una coalición que proclamaba principios democráticos y liberales. En un capítulo anterior, intentamos demostrar que, en realidad, la situación era bastante diferente: la meta del peronismo no era desmovilizar a las clases bajas (la razón de ser del fascismo), y cualesquiera hayan sido sus limitaciones en relación con las reformas estructurales, su efecto fue precisamente el contrario: la incorporación a la vida política nacional de aquellas masas que, hasta entonces, habían permanecido en un lugar marginal o habían sido desmovilizadas por la restauración conservadora de la década de 1930. Las clases medias, aunque subjetivamente democráticas y predominantemente de centroizquierda, se encontraron limitadas a su pesar en la elección de sus alianzas al mismo sector oligárquico que había sido su adversario tradicional, que se oponía con fuerza a la extensión de la participación política y que exhibía una clara orientación conservadora. A pesar de los orígenes fascistas de una porción de la dirigencia populista nacional y de las preferencias ideológicas iniciales de su propio líder, las masas trabajadoras urbanas y rurales lograron inocular un sentido popular en el movimiento y, en gran medida, en todo el régimen, mientras continuaban man teniendo cierto grado de autonomía. Estas masas adquirieron una tradición sindical obrera que logró resistir al régimen militar después de la caída del peronismo. Desde el punto de vista de las actitudes (democráticas o no democráticas) de las dos masas, aunque las clases populares incluían ciertos elementos autoritarios, se trataba probablemente de for­mas tradicionales de autoritarismo, considerablemente debilitadas por la tradición participacionista (o de democracia inorgánica) de la cultura política propia de los caudillos. Con respecto a las clases medias — y la oligarquía—, el elemento autoritario (fuera tradi­cional o ideológico, según la definición que dimos antes) debe de haber sido menor. Desde este punto de vista, los componentes de las dos situaciones aparecen singularmente trastocados; por momentos, están realmente invertidos mientras que, en otros, son extrañamente diferentes.


Notas

[1] Fragmentos seleccionados de Germani, Gino (2003) [1978]. Autoritarismo, fascismo y populismo nacional. Buenos Aires: Univ. Di Tella.

[2] C. J. Friedrich y Z. K. Brzezinski, Totalitarian Dictatorship and Autocracy, pp. 9-10. La definición ha sido sintetizada.