Germani, fascismo y autoritarismo en claves del presente

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Por Ana Grondona*

Las diferentes configuraciones estructurales que caracterizan a las sociedades de América Latina, las diferencias en el clima ideológico y en otros factores internos e internacionales probablemente generen otras formas —todavía desconocidas— de fascismo o algún sustituto funcional de él.

Gino Germani, 1978.

La selección de fragmentos a la que estos párrafos dan paso es, sin dudas, arbitraria. Caprichosa, incluso. Y no sólo porque en estos tiempos leer y escribir se han transformado en una contingencia que ocurre milagrosamente (o no) entre toma y toma, sino porque antes que una apretada síntesis, estas líneas quieren ser anzuelo, invitación a seguir la búsqueda. Y el arte de incitar se vuelve, con el vilipendiado Gino, casi tan difícil como convencer a Mafalda de que tome la sopa. Quizás esta alusión a las propias condiciones de escritura pueda resultar extraña como inicio de un texto como este. Y, sin embargo, es la prosa germaniana la que nos habilita:

En las ciencias sociales [escribe Germani en el comienzo de Autoritarismo, fascismo y populismo nacional, publicado en 1978 y del que hemos extraído la selección que aquí presentamos] la elección de un tema de investigación —cuando expresa un interés que va más allá de algo pasajero— se origina a menudo en alguna experiencia personal. En mi caso, se trata de un encuentro poco feliz con la instancia inicial del autoritarismo moderno. Yo era un niño cuando el fascismo llegó al poder en Italia y todavía un adolescente cuando se estableció como Estado totalitario. En mi primera juventud experimenté el clima ideológico total que abarcaba la vida cotidiana de los ciudadanos comunes y, de manera más fuerte, de las generaciones más jóvenes. Más tarde, en la Argentina, a donde me dirigí en calidad de refugiado político, me topé con otra variedad del autoritarismo. Ambas, el fascismo italiano y el peronismo argentino, llegaron al poder como resultado de la crisis de regímenes democrático-liberales hasta entonces considerados medianamente bien establecidos. A pesar de las grandes diferencias en sus estructuras sociales y en sus historias políticas, los dos países presentaban similitudes y divergencias que hacían posible y útil la elaboración de estudios comparativos sobre las experiencias sociales y políticas que llevaron a las diversas formas del autoritarismo. Este libro, basado fundamentalmente en in­ vestigaciones recientes, se origina en esta experiencia de toda la vida (Germani, 2003: 27)

La vita come ricerca, diría Pasquale Serra. Fórmula que, en italiano, alude tanto a la investigación, en sentido estrecho, como a la búsqueda, en sentido amplio. La pregunta por el autoritarismo es, entonces, una inquietud en primera persona y un asunto que Germani merodea a lo largo de su existencia, como sociólogo, por supuesto, pero también como joven columnista de periódicos antifascistas de Buenos Aires.

Los pasajes que hemos extraído corresponden a un momento específico de esa reflexión-al menos en el limitado sentido que tal afirmación puede caberla a quien hizo de la reescritura una religión. El mencionado libro funciona como balance, reelaboración y sistematización de su teoría sobre el autoritarismo moderno. Una conceptualización más cauta y teóricamente más precisa que la de sus primeros textos alrededor del peronismo, en los que la noción de “fascismo” circulaba con menos reparos. Es, además, una reflexión que se escribe en italiano y en inglés, pero no ya en español. Lejos de Buenos Aires, de su Universidad, de sus polémicas y de sus estudiantes. Y, sin embargo, las puntadas fundamentales de su urdimbre conceptual ya habían sido hilvanadas en los escritos de mediados de los cincuenta. Varían más bien los tonos y los énfasis, pero estos desplazamientos sutiles permiten vislumbrar con mayor nitidez lo que suele pasarse por alto en los textos que nos empujan a la eterna discusión sobre los obreros nuevos y viejos y su situación de disponibilidad.

Centrémonos en dos de estos hilvanes. El primero: En la saga argentina no hay tan sólo una masa (de trabajadores noveles, disponibles, inexpertos) sino dos. La segunda, en la que solemos reparar menos, es la masa conformada por las clases medias. Y no exclusivamente las europeas, arremolinadas derredor del fascismo, sino las argentinas. Ahora bien, a diferencia de sus pares italianas, nuestras masas de clase media no habían reaccionado al peronismo (del que, obligadamente, diremos algo en los próximos dos párrafos) bajo la “ideología fascista clásica de la jerarquía, y de la ley y el orden” (Germani, 2003: 102). Por el contrario, aun utilizaban “un lenguaje democrático y liberal” que expresó una suerte de resistencia incoherente a la amenaza percibida en los nuevos grupos urbanos emergentes” (ídem). Con el correr del tiempo, incluso, esos sectores pudieron revisar su oposición al movimiento populista, clarificando el “malentendido histórico” que los había conducido a confundir justicialismo y fascismo. Curiosamente, Germani parecía acordar con el apotecma que privilegiaba el tiempo por sobre la sangre, pues constata que los hijos de la generación que reaccionó en aquel septiembre de 1955 con genuina perplejidad ante la tristeza del pueblo que fantaseaban representar se sintió invitada a formar parte de las mareas humanas que iban a acompañar (no sin tensiones) el regreso del “tirano depuesto”.

Pero aclaremos, Germani nunca confundió fascismo y peronismo, ni siquiera en el texto escrito al calor del “malentendido” por pedido de quienes intentaban “desperonizar” a la Argentina[1]. Siempre señaló que en ambos movimientos históricos las masas en cuestión habían sido notablemente distintas. En el caso peronista, se había tratado de la movilización primaria de sectores populares que no habían tenido, hasta entonces, acceso alguno al proceso de democratización. Ello en virtud del escamoteo de los sectores oligárquicos de 1930 en adelante, pero también de los límites de las reformas impulsadas por unas clases medias constreñidas al juego que los primeros le habían habilitado. El movimiento nacional-popular se proponía, pues, integrar a las masas obreras a la vida política. Y aunque las vías no fueron institucionalizadas, implicó una genuina experiencia de libertad imborrable en la memoria de sus protagonistas. A tal diagnóstico seguían, por supuesto, numerosos enunciados adversativos: El incremento en la participación de estos nuevos obreros sin tradición política había naufragado consecuencia de la manipulación de un líder carismático que había limitado las formas sustantivas de integración. La demagogia, además, había tenido como costos el descalabro económico tanto como la ausencia de formas estables capaces de organizar un nuevo orden moderno y democrático, etc. En cualquier caso, las masas populares argentinas habían sido más racionales que las de clase media Europa. Estas últimas, presas de un temor a la pérdida de estatus, habían adherido a ideologías que buscaban desmovilizar a los sectores populares activados, especialmente, en el denominado bienio rojo.

Tal como sintetizan Samuel Amaral y Pasquale Serra en distintos trabajos, lo que muestra la comparación que establece Germani entre fascismo y peronismo es que las semejanzas entre los fenómenos eran o bien muy generales (en tanto formas autoritarias de resolución de una tensión inherente a los procesos de modernización y de sus asincronías) o superficiales (ciertos rasgos o actitudes del líder). Aun cuando la distinción de ambos fenómenos había estado clara desde temprano, el refinamiento conceptual de la rescritura fue produciendo un esquema cada vez más sistemático. Según sintetiza Amaral, Germani pasó de una teoría un poco general e indiferenciada de los fascismos, a cierta tematización del totalitarismo, para derivar en una teoría mucho más aguda y compleja sobre los autoritarismos modernos, en los que las tensiones y el atomismo resultante del proceso de secularización tenía protagonismo explicativo.

Una vez más, hemos hecho hablar a Germani sobre el peronismo. Volvamos sobre nuestros pasos. Además de esa masa de “nuevos obreros” en disponibilidad había otra, la de una clase media argentina que “aun” utilizaba el lenguaje democrático y liberal (Germani, 2003: 102), o, como refiere en otro tramo que “tal vez” había sido más democrática y progresista que su par europeo (ídem: 27). Quizás, aventuraba el sociólogo, ello se debiera a las experiencias de sindicalización de esos sectores, situación inédita del otro lado del Atlántico.

Ese “aun” y aquel “tal vez” funcionan como marcas de una vacilación. Y aunque el hilo de esta duda también estaba entretejido en la trama de los primeros textos, en los del fin de su vida resulta más distinguible. Esas clases medias habían mantenido su lenguaje democrático en el contexto de una estructura social signada por la movilidad ascendente en una sociedad abierta a nuevas oportunidades. Algunos años después, los procesos de hiperinflación, la radicalización que agitaba al continente luego de la Revolución Cubana, la internacionalización de los mercados nacionales, la exploción demográfica y de la marginalidad urbana y la crisis de la balanza de pagos iban a colocar a esos sectores en una “posición insegura (…) particularmente vulnerables a los impactos internos e internacionales” (Germani, 2003: 102). Si bien tal vulnerabilidad no iba a generar (al menos, en lo inmediato) movilizaciones reactivas (y reaccionarias) de tipo fascista, iba a crear “una propensión hacia soluciones autoritarias” (ídem: 103) encabezadas por las fuerzas armadas, pero tras de las cuales se escondía el apoyo (más o menos explícito) de la “otra masa” siempre encantada con la “ilusión de una solución tecnocrática estable”  capaz de proyectar una alternativa de “desarrollo sin fracturas” (ídem: 104). Estos intentos llevaban, para Germani, el nombre de “sustitutos funcionales del fascismo”. Bajo esta categoría incluía el ciclo de golpes de Brasil (1964), Uruguay (1966), Argentina (1966, 1976) y Chile (1973), con la salvedad de que este último era el caso más cercano al modelo del fascismo clásico. Al respecto, el sociólogo nos regala una de esas contadas formalizaciones a las que puede aspirar su disciplina: “existe una relación inversa entre el papel de las clases medias organizadas y el papel de los militares” (ídem, 104)

Puede decirse, con justeza, que la inquietud de Germani por las clases medias argentinas y sus actitudes más o menos democráticas es, en rigor, originaria: estaba ya presente en sus primerísimos escritos del Boletín del Instituto de Sociología en 1942. Desde entonces, escudriñaba la mentada crisis de aquellos sectores, que terminaría por carcaterizar como un lento, pero ineluctable declive. Pero, en este libro que, insistimos, se escribió ya lejos de Buenos Aires y de sus cantos de sirena, la ambivalencia política de los sectores medios pareciera resultar cada vez más sospechosa. Germani parece haber perdido la fe en un actor social en cuyo rol protagónico en el proceso de modernización había depositado, pese a todo, grandes expectativas[2]. No casualmente, en su testamento intelectual, publicado al año siguiente de Autoritarismo, fascismo y populismo nacional, nos dejaba saber que había dejado de creer, además, en el propio proceso de democratización que en el pináculo de su trayectoria profesional había concebido como uno de los elementos nodales de la mentada modernización. Precisamente, cuando sus discípulos de ayer, desde el exilio, se embarcaban en la revalorización de modos de participación política que pocos años antes les habían resultado formales y burgueses, uno de los “adalides de la penetración imperialista” en la Universidad de Buenos Aires y en el campo intelectual en general, caía en la cuenta de que el futuro había llegado hacía rato, y traía más heridas que buenas noticias. Avizorando las primeras señales de una globalización en marcha, Germani se despedía con una nota sin dudas trágica:

Desafortunadamente, el análisis desarrollado en los apartados anteriores no sugiere conclusiones optimistas, ni sobre el destino de la democracia, ni sobre el de la sociedad moderna, y del género humano en general. Este escrito se sitúa sin quererlo dentro de la ya abundante literatura de la catástrofe. También puede legítimamente ser considerado “reaccionario”, pues no cabe la menor duda de que vuelve a proponer muchas de las clásicas tesis tradicionalistas avanzadas desde los albores de la sociedad moderna, y con más claridad como reacción a la Revolución Francesa y los otros movimientos que de allí se originaron, desde los comienzos del siglo XIX. Hay sin embargo una diferencia y es la que introduce la experiencia histórica de los últimos ciento cincuenta años, particularmente desde la Primera Guerra Mundial. El autor no ha renunciado a los valores de la sociedad moderna, mas tampoco a la lógica y al sentido de realidad. Las ciencias del hombre no están en condiciones ahora (y probablemente no lo estarán nunca) de afirmar si esos valores son o no realizables (Germani, 2010: 695)

Pero dejemos a Germani con su tragedia, para aludir, como nota final, a la nuestra. René Ramírez (2017) nos convida una fórmula sin dudas sugerente para ello: la de nuestro tiempo es la paradoja del bienestar objetivo y el malestar subjetivo. Así sintetiza los resultados de la investigación que muestra -para el Ecuador- una tendencia al incremento de frustración de sectores medios y altos que corre paralela no sólo a la mejora de los indicadores de la pobreza (subjetiva y objetiva) y de la desigualdad (también subjetiva y objetiva), sino a las propias condiciones materiales de aquellos sectores. Las expectativas siempre renovadas de consumo se muestran constitutivamente insatisfechas y con ello crece la polarización y el odio que abonan nuevas formas del autoritarismo social. La pregunta sociológica de la hora ya no debería apuntar a cuanta desigualdad toleran nuestras sociedades sin desintegrarse -por cierto, precisamente el interrogante a partir del cual Germani delimitaba el problema de la marginalidad y sus tensiones -, sino a cuanta redistribución admiten sin que se ponga en jaque la cohesión social (Minteguiaga y Ramírez, 2020). Nuestras sociedades, pareciera, ya no se fundan sobre el imaginario de la igualdad (ni siquiera como utopía u horizonte), sino en el de la desigualdad. Y allí brama su triunfo el neoliberalismo, aun cuando se vea asediado por la otra masa que ya no acepta mansamente regresar a la intemperie de la reforma estructural o del perpetuo ajuste.

En este, nuestro páramo, resuenan cacerolas, se agitan banderitas y se ensayan (otra vez) consignas incoherentes sobre la libertad y la justicia, mientras en las tierras de varios de nuestros vecinos con las mismas pancartas se recorta hasta el pluralismo electoral más básico. Quizás no sean tan distintas a las masas “aún” democráticas que exoneraba Germani. Pero resulta ya más difícil conjeturar malentendidos o buenas intenciones. Demasiada agua ha pasado bajo el puente. Y demasiado tiempo.

Bienvenido Germani, entonces, si con el nos animamos a la pregunta de la hora: ¿estamos frente a la amenaza de nuevas (y más o menos remozadas) formas de fascismo o, al menos, de “sustitutos funcionales”? Y si esa pregunta se habilita, podrían brotar otras. Por ejemplo, podríamos interrogarnos acerca de las nuevas configuraciones del establishment al que alude el sociólogo en su definición y al papel que en él podría adjudicarse a ciertos sectores del poder judicial o a los medios masivos de comunicación, así como los modos de articulación con “las naciones hegemónicas” y sus estrategias de nivel regional. En ese mismo sentido, cabría sopesar si, a falta de una experiencia traumática originaria (del estilo de la vittoria mancata o del tratado de Versalles), la excitación televisiva 24/7 del pánico moral asociado a “la corrupción” no termina operando como un sustituto funcional capaz de desatar pasiones análogas. Incluso si definiéramos la obsolecencia de la categoría en cuestión, el ejercico, seguramente, nos ayudaría a comprender mejor qué pesadillas pretenden citiar nuestros sueños.

Referencias

Amaral, Samuel (2003). Presentación. En Germani, Gino. Autoritarismo, fascismo y

_____________ (2008). El líder y las masas: fascismo y peronismo en Gino Germani. Buenos Aires, Univ. del CEMA.

Germani, Gino (1942) La clase media en la ciudad de Buenos Aires. Estudio Preliminar, En Bolétin del Instituto de Sociología, n. 1, 105-109.

____________ (1956). La integración política de las masas y el totalitarismo. Buenos Aires: Colegio Libre de Estudiantes superiores.

____________ (2003) [1978]. Autoritarismo, fascismo y populismo nacional. Buenos Aires: Univ. Di Tella.

____________ (2010) [1979]. Democracia y autoritarismo en la sociedad moderna. En Mera, Carolina y Rebón, Julián, Gino Germani. La sociedad en cuestión. Antología comentada. Buenos Aires: CLACSO.

Minteguiaga, Analía y Ramírez, René (2020) ¿El bienestar de la desintegración social? En Minteguiaga, Analía y Aguilar, Paula (coords). La disputa por el bienestar en América Latina en tiempos de asedio neoliberal. Buenos Aires: CLACSO.

Murmis; Miguel y Feldman, Silvio (1992). Posibilidades y fracasos de las clases medias, según Germani. En Jorrat, Jorge Raúl y Sautu, Ruth (coords) Después de Germani: exploraciones sobre la estructura social de la Argentina. Buenos Aires: Paidós.

Ramírez, René (2017). La paradoja del bienestar objetivo y el malestar subjetivo. En La gran transición. En busca de nuevos sentidos comunes. Quito: CIESPAL.

Serra, Pasquale (2019). El Populismo Argentino. Buenos Aires: Prometeo.


Notas

[1] Nos referimos a “La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo”, un artículo que le encargó el gobierno de facto luego del golpe de 1955.

[2] Para una mirada más profunda sobre este y otros de los argumentos de esta introducción respecto de la relevancia de las clases medias para Germani sugerimos el artículo de Feldman y Murmis (1992).


*Ana Grondona es investigadora del CONICET, del Instituto Gino Germani y del Centro Cultural la Cooperación