August Thalheimer: Sobre el fascismo

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por August Thalheimer

August Thalheimer fue un importante militante del movimiento obrero alemán durante la primera parte del siglo XX. Thalheimer fue influido por intelectuales militantes como Rosa Luxemburg y Franz Mehring. Se situó en la izquierda de la socialdemocracia alemana y participó en la Liga Espartaco y, posteriormente, en la fundación del comunismo alemán. Thalheimer tuvo formación académica en filosofía. 

De hecho, en nuestro idioma solamente fue editado una serie de conferencias conocidas como “Introducción al materialismo dialéctico”, editadas por Claridad. Eran conferencias dadas en Moscú para instruir a estudiantes chinos en la teoría marxista. Hay esfuerzos muy valorables por parte de Thalheimer para transmitir conceptos teóricos difíciles en los comienzos del movimiento revolucionario en Occidente. De un modo parecido a Politzer, aunque con una perspectiva cultural más amplia. El hecho de que, desde la mirada que podemos tener hoy, el llamado materialismo dialéctico nos resulte inaceptable –un verdadero “logarítmo amarillo”, como decía sarcásticamente Althusser- no debe llevarnos al error de trasladar lo que hoy conocemos de la historia de los marxismos a la circunstancia histórica de ese momento. Thalheimer apostó por el fortalecimiento de un movimiento obrero revolucionario que no eludiera los retos de la teoría. Y esto siempre es muy valorable.

En América Latina los escritos de Thalheimer han tenido alguna influencia importante en Brasil. Organizaciones de la izquierda revolucionaria brasileña de los años sesenta, como POLOP (Política Obrera), en la que militaron Ruy Mauro Marini, Michel Lowy y los hermanos Sader. Los análisis sobre el fascismo de Thalheimer, sus críticas al ultraizquierdismo aventurero stalinista y categorías como cooperación antagónica fueron utilizados por estos revolucionarios en sus luchas políticas contra la clase dominante y la dictadura militar.

Thalheimer trabajó con su amigo Heinrich Brandler en la dirección del comunismo alemán. Fue crítico de las diversas políticas de la Tercera Internacional por forzar desde afuera una situación revolucionaria en Alemania. Pasó a la oposición interna del Partido Comunista alemán cuando éste adoptó las políticas aventureras de Zinoviev y Stalin. Thalheimer tempranamente advirtió el peligro del fascismo en Alemania. A partir de esto, teorizó las semejanzas y diferencias del fascismo con el bonapartismo así como la relación de las diferentes clases sociales con el fascismo. En el texto que aquí presentamos, el fascismo es comprendido a partir de un empate catastrófico entre las clases sociales fundamentales en el contexto de una sociedad nacional relativamente retrasada pero que participa del orden del capitalismo imperialista. Este enfoque acerca a Thalheimer al punto de vista que Gramsci tuvo sobre el fascismo. 

Sociedad Futura con esta publicación quiere contribuir a la difusión de un clásico del análisis marxista sobre el fascismo, citado en todos los estudios académicos acerca del tema.

I.

El mejor punto de partida para la investigación del fascismo me parece el análisis del bonapartismo (de Luis Bonaparte) realizado por Marx y Engels. Entendámonos: yo no identifico el fascismo con el bonapartismo; pero se trata de fenómenos análogos, que presentan similitudes así como diferencias, siendo necesario poner ambas de manifiesto. 

Comenzaré con un pasaje del prólogo de Marx al 18 Brumario, en donde dice: «Finalmente, confío en que mi obra contribuirá a eliminar ese tópico del llamado cesarismo, tan corriente, sobre todo actualmente, en Alemania.» 1 

Marx señala a continuación la diferencia fundamental entre proletariado moderno y antiguo, de donde resulta en consecuencia que el antiguo cesarismo y el bonapartismo moderno son cosas totalmente distintas, desde el punto de vista de las clases. Como destaca Marx, el análisis determinado de las clases es imprescindible.

Pero aún hay más. Aparte el análisis de sus orígenes sociales e históricos de clase, considera el bonapartismo como resultado, no sólo de la existencia de determinadas clases en una sociedad dada, sino también de una relación determinada entre dichas clases —producida históricamente, y que por consiguiente se liquida históricamente a sí misma—, de una situación histórica determinada. También investiga con gran exactitud las manifestaciones políticas del bonapartismo, sus raíces y expresiones ideológicas, su organización estatal y de partido. Marx desarrolla en detalle cómo, después de 1846- 49, la burguesía francesa hubo de entregarse a la dictadura de un aventurero y su pandilla, claudicando de su entidad política para salvar su entidad social, frente al alzamiento de la clase obrera en la batalla de junio. 

Por tanto —dice— cuando la burguesía excomulga como «socialista» lo que antes ensalzaba como «liberal», confiesa que su propio in terés le ordena esquivar el peligro de gobernarse a sí misma; que para poder imponer la tranquilidad en el país tiene que imponérsela ante todo a su parlamento burgués; que para mantener intacto su poder social tiene que quebrantar su poder político; que los burgueses sólo pueden seguir explotando a otras clases y disfrutando apaciblemente de la propiedad, la familia, la religión y el orden bajo la condición de que su clase sea condenada con las otras clases a la misma nulidad política; que, para salvar la bolsa, hay que renunciar a la corona, y que la espada que había de protegerla tiene que pender al mismo tiempo sobre su propia cabeza como la espada de Damocles. 2 

La burguesía es, por tanto, una de las bases sociales del bonapartismo , pero a fin de salvar su entidad social en una situación histórica determinada ha de ceder el poder político y someterse “a la fuerza del poder ejecutivo independizado” 3. La otra raíz social, más profunda y amplia, de la «independización del poder ejecutivo», de la dictadura de Bonaparte y su «pandilla», es el campesino parcelario (eI propietario minifondista), y no precisamente el campesino revolucionario, sino el conservador; es decir, no el que se rebela contra las relaciones burguesas de propiedad, sino el que desea ver conservada y defendida su propiedad privada rural frente a la amenaza de la revolución proletaria. Esa defensa y protección ya no puede ser asegurada por la misma clase campesina, dada su disgregación económica y social, o sea, la carencia de una organización económica y social propia. 

Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra en ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional ni ninguna organización política, no forman una clase. Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio nombre, ya sea por me dio de un parlamento o por medio de una asamblea. No pueden re presentarse, sino que tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol. Por consiguiente, la influencia política de los campesinos parcelarios encuentra su última expresión en el hecho de que el poder ejecutivo someta bajo su mando a la sociedad.4 

En lo que respecta a la clase obrera, ésta participa en la
génesis del bonapartismo por cuanto ha lanzado el asalto revolucionario contra la sociedad burguesa, sembrando en ella

el terror y el espanto, pero ha evidenciado luego ser todavía incapaz de asumir el poder y no dejárselo arrebatar. Una grave derrota del proletariado en el curso de una grave crisis social es, por tanto, una de las condiciones previas del bonapartismo. No obstante, éste se halla dividido en varios sectores y partidos: la desunión de la burguesía, la manifestación de las oposiciones existentes entre sus distintos estratos, es a su vez un efecto de la derrota de la clase obrera (y consecuentemente la de la pequeña burguesía). El poder ejecutivo le parece ahora a la burguesía el representante anhelado de los intereses comunes de sus distintos estratos, que ya no lograban realizar la unificación por sí solos.

Más adelante, Friedrich Engels ha destacado especialmente este punto de vista, al escribir en su introducción a La guerra civil en Francia:

Si el proletariado no estaba todavía (después de 1848) en condiciones de gobernar a Francia, la burguesía ya no podía seguir gobernándola. Por lo menos en aquel momento, en que su mayoría era todavía de tendencia monárquica y se hallaba dividida en tres partidos dinásticos y otros republicanos. Sus discordias internas permitieron al aventurero Luis Bonaparte apoderarse de todos los puestos de mando —ejército, policía, aparato administrativo– y hacer saltar, el 2 de diciembre de 1851, el último baluarte de la burguesía: la Asamblea Nacional.5

II 

En su ensayo póstumo sobre La fuerza y la economía en la construcción del nuevo Reich alemán, Friedrich Engels expresa también la oposición entre el rescate del poderío social de la burguesía por Luis Bonaparte y la destrucción de su poderío político. 

«Luis Napoleón —dice aquí Engels— era ahora el ídolo de la burguesía europea, y no sólo por «salvar a la sociedad» el 2 de diciembre de 1851, con lo que, si bien destruyó el poderío político de la burguesía, únicamente lo hizo para salvar su poderío social.» 6 

El contenido social del gobierno de Luis Bonaparte en relación con la burguesía es descrito por Engels del modo siguiente: 

«Como emperador, no sólo puso la política al servicio del lucro capitalista y de la especulación bursátil, sino que sometió la política entera a las reglas de la bolsa de valores, especulando sobre el «principio de la nacionalidad».» 7 

Volvamos al 18 Brumario de Marx, donde hallamos analiza dos los mecanismos del poder de Luis Bonaparte, así como los soportes y los medios de su organización. 

Tenemos en primer lugar la organización secreta del partido de Luis Bonaparte, la «Sociedad del 10 de Diciembre». ¿Cuál es su composición social? 

Ante todo figura en ella el «infraproletariado parisino, organizado en secciones secretas dirigidas por generales bonapartistas». 

Luego, elementos desclasados de la burguesía: «libertinos arruinados… jugadores… literatos, etc.» 

A continuación, aristócratas desclasados. 

Y por último, elementos campesinos desclasados. 

Marx resume todo esto bajo el nombre de «la bohemia». La extraña organización del partido de Luis Bonaparte está formada por desclasados de todas las clases, que se agrupan a su alrededor como hombres de confianza, funcionarios, etc. Naturalmente, esto no ocurre por azar, sino que forma parte de la esencia de la cosa. Los elementos parasitarios de todas clases, económica y socialmente desarraigados y excluidos del proceso productivo inmediato, son la sustancia natural y los instrumentos naturales del «poder ejecutivo independizado». Los caracteres distintivos de las clases desaparecen en esta escoria social que, libre de vinculaciones ideológicas, o de cualquier tipo, con la clase de la cual es desecho, puede por tanto elevarse por encima de ella y maniobrar a través de ellas. Por otra parte, representa la supresión, no revolucionaria, sino contrarrevolucionaria, de dichos caracteres de clase, la negación del principio burgués de las clases dentro de ese mismo principio; al igual que el ladrón, por ejemplo, realiza la supresión de la propiedad burguesa permaneciendo dentro de esa propiedad, porque suprime la propiedad de otros, pero a fin de constituirla para sí. 

Económicamente, esos elementos desclasados, parásitos de todas las clases, tienen una tendencia natural a buscar su modus vivendi en el aparato gubernamental y en el del partido bonapartista. De ahí la enorme hipertrofia de la maquinaria del ejecutivo independizado. 

Desde este punto de vista vale la pena considerar asimismo la parte militar del aparato estatal bonapartista, la cual también presenta rasgos sociales peculiares que dan lugar a una organización militar característica. 

Oigamos otra vez a Marx: 

Finalmente, el punto culminante de las «idées napoléoniennes» es la preponderancia del ejército. El ejército era el point d’honneur de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo la nueva forma de propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra, su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria, y el patriotismo la forma ideal del sentido de propiedad. Pero los enemigos contra quienes tiene que defender su propiedad el campesino francés no son los cosacos, son los huissiers y los agentes ejecutivos del fisco. La parcela no está ya enclavada en lo que llaman patria, sino en el registro hipotecario. El mismo ejército ya no es la flor de la juventud campesina, sino la flor del pantano del infraproletariado rural. Está formado en su mayoría por remplaçants, por sustitutos, del mismo modo que el segundo Bonaparte no es más que el remplaçant, el sustituto de Napoleón. Sus hazañas heroicas consisten ahora en las cacerías y batidas contra los campesinos, en el servicio de gendarmería, y cuando las contradicciones internas de su sistema lancen al jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre del otro lado de la frontera francesa, tras algunas hazañas de bandidaje, el ejército no cosechará precisamente laureles, sino palos.8 

El ejército bonapartista está formado por elementos campesinos desclasados, cuyo oficio son las armas, en las que encuentran compensación por la parcela perdida o inasequible. Se trata en su mayoría de soldados profesionales con largos años de servicio, útiles a todo propósito contrarrevolucionario, pero de escasa valía militar, puesto que lo que quieren es vivir a costa de su paga, y no morir a cambio de ella. Desvinculados de la clase a que pertenecían, son instrumento de poder idóneo para el «ejecutivo independizado», el cual ha de procurar que cuanto les separa de las masas populares se consolide, o aumente si es posible. Es preciso que la corrupción se adueñe de ellos. Por estas razones, son al mismo tiempo el instrumento más inadecuado para defender la existencia nacional, en caso de verdadera guerra exterior. 

Por último describe Marx la función de la tradición bonapartista, de la leyenda napoleónica, en el poder de Luis Napoleón. La fuerza de la leyenda napoleónica se basaba en la asociación de tres momentos; el primero, lo nacional: el halo de gloria de las guerras napoleónicas; el segundo, lo revolucionario: la lucha contra el feudalismo fuera de Europa, la defensa de la propiedad rural adquirida durante la Revolución contra los señores feudales franceses y los emigrantes que, asociados con el feudalismo europeo, amenazaban la parcela campesina; el último, la sumisión de la burguesía al ejército revolucionario dirigido por su héroe Napoleón, arrebatándole sus derechos y reprimiendo su afán de lucro. 

Marx desarrolla las contradicciones internas del sistema bonapartista, que socavan sus fundamentos y conducen finalmente a su liquidación: 

Bonaparte, como poder ejecutivo convertido en fuerza independiente, se cree llamado a garantizar el «orden burgués». Pero la fuerza de este orden burgués está en la clase media. Se cree, por tanto, representante de la clase media y promulga decretos en este sentido. Pero si es algo, es gracias a haber roto y romper de nuevo diariamente la fuerza política de esta clase media. Se afirma, por tanto, como adversario de la fuerza política y literaria de la clase media. Pero, al proteger su fuerza material, engendra de nuevo su fuerza política. Se trata, pues, de mantener viva la causa, pero de suprimir el efecto allí donde éste se manifieste. Pero esto no es posible sin una pequeña confusión de causa y efecto, pues al influir el uno sobre la otra y viceversa, ambos pierden sus características distintivas. Nuevos decretos que borran la línea divisoria. Bonaparte se reconoce al mismo tiempo, frente a la burguesía, como representante de los campesinos y del pueblo en general, llamado a hacer felices dentro de la sociedad burguesa a las ciases inferiores del pueblo. Nuevos decretos, que escamotean de antemano a los «ver daderos socialistas» su sabiduría de gobernantes. Pero Bonaparte se sabe ante todo jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, representante del infraproletariado, al que pertenecen él mismo, su entourage, su gobierno y su ejército, y al que ante todo le interesa beneficiarse a sí mismo y sacar premios de lotería californiana del Tesoro público. Y se confirma como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre con decretos, sin decretos y a pesar de los decretos.9 

III 

Finalmente, hallamos en La guerra civil en Francia el resumen de las características y perspectivas del bonapartismo o «imperialismo» (no en sentido moderno), en cuanto forma del poder estatal burgués en una situación determinada de la sociedad clasista burguesa. 

Dice aquí Marx: 

El Imperio, con el golpe de Estado por fe de bautismo, el sufragio universal por sanción y la espada por cetro, declaraba apoyarse en los campesinos, amplia masa de productores no envuelta directamente en la lucha entre el capital y el trabajo. Decía que salvaba a la clase obrera destruyendo el parlamentarismo, y con él la descarada sumisión del gobierno a las clases poseedoras. Decía que salvaba a las clases poseedoras manteniendo en pie su supremacía económica sobre la clase obrera; y finalmente, pretendía unir a todas las clases, al resucitar para todos la quimera de la gloria nacional. En realidad, era la única forma de gobierno posible en un momento en que la burguesía habia perdido ya la facultad de gobernar el país y la clase obrera no la había adquirido aún… EI imperialismo es la forma más prostituida, y al mismo tiempo la forma última de aquel poder esta tal que la sociedad burguesa acabó transformando en un medio para la esclavización del trabajo por el capital.10 

Es de la mayor importancia este pasaje precisamente para comprender la naturaleza del fascismo.

Marx pone de relieve aquí los caracteres generales e internacionales del bonapartismo, o imperialismo; hace abstracción de los rasgos específicamente franceses, y lo interpreta como un fenómeno típico, como la forma típica de poder estatal de la sociedad capitalista en una determinada fase de su evolución. Según él, es la «forma última» del poder estatal burgués, la forma que adopta dicho poder en la sociedad burguesa adulta y la forma más prostituida, es decir, la más degenerada y corrompida. Dicho de otro modo, es la forma de poder estatal que anuncia el hundimiento de la sociedad burguesa, su refugio ante la revolución proletaria y al mismo tiempo su decadencia, es decir, su caída.

Aquí vacila el lector. El análisis de Marx, ¿no acaba de entrar en un callejón sin salida? ¿Cómo puede decir que el «bo napartismo» o «imperialismo» (en el antiguo sentido) es la forma última del poder estatal burgués? Y en seguida objetará: ¿acaso no fue seguido por la Tercera República en la misma Francia después de 1870, ya caído el sistema bonapartista como consecuencia de Sedán y después del breve interludio de la Comuna? Desde el punto de vista cronológico, deducirá, el bonapartismo no es la «forma última» del poder estatal burgués, sino que, en Francia al menos, lo es la república parlamentaria burguesa. También se dirá: si el bonapartismo es la forma última y más corrompida del poder esta tal burgués, ¿qué es entonces el fascismo?, y se preguntará: ¿desde cuándo es el bonapartismo la forma estatal del «poder burgués adulto»? En la Francia de Luis Bonaparte, el capitalismo se hallaba todavía en su fase de libre competencia; desde entonces, ha alcanzado una forma nueva ulterior, la del monopolio, que existe también en Francia. No cabe duda de que el capitalismo imperialista puede considerarse como un poder burgués «más adulto» que el preimperialista; y entonces, ¿dónde está ahí el bonapartismo? O si buenamente queremos aceptar que el poder estatal fascista es un equivalente moderno del bonapartismo, nos encontramos con que no hay fascismo en los países capitalistas más avanzados, como los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra, Alemania o Francia. En ellos, la forma de poder estatal es la república parlamentaria burguesa, incluso con el adorno exterior de la corona, en el caso de Inglaterra. El sistema fascista predomina precisamente en países que sin duda alguna no han llegado aún al término de la evolución capitalista: en Italia, que desde el punto de vista de la evolución capitalista queda sin duda atrasada en comparación con los países anteriormente mencionados, con un porcentaje más elevado de población campesina que ellos y con vestigios de feudalismo agrario aún más importantes (sobre todo en Sicilia); en Polonia y Bulgaria, países de industria débil, de población predominantemente campesina, atrasados desde el punto de vista capitalista. 

Pero toda esta madeja de contradicciones es precisamente lo que mejor nos permitirá comprender la profundidad y rigor del análisis marxiano, descubrir su núcleo esencial y con ello hallar también la clave de la naturaleza del fascismo. 

A la vista de los hechos expuestos, es evidente que el bonapartismo no se toma como «forma última» estatal de la sociedad burguesa en el sentido externo y cronológico, y que tampoco puede ser función simple del grado de evolución económica de la misma. De lo contrario, el análisis de Marx habría quedado rebatido en el mismo instante de su concep ción, ya que, por los años 1850-1870, Inglaterra estaba mucho más avanzada que Francia en el proceso de la evolución capitalista, y por consiguiente merecía mucho más la consideración de país «del poder capitalista adulto». Esto nos conduce claramente a la solución. 

El factor decisivo es la totalidad de las relaciones de clases en un país dado y en una sociedad dada. El bonapartismo, la independización del poder ejecutivo, es la «forma última» y al mismo tiempo la más corrompida del poder estatal burgués cuando esta sociedad burguesa se ha visto amenazada al máximo por el asalto de la revolución proletaria, y cuando la burguesía ha agotado por completo todas sus fuerzas en repeler dicho asalto: rendidas y exhaustas todas las clases, aquélla busca entonces el bastión más poderoso que ampare su poderío social. Por consiguiente, el bonapartismo es una forma del poder estatal burgués en actitud de defensa, de fortificación, de consolidación frente a la revolución proletaria. 

Es una forma de la dictadura manifiesta del capital. La otra forma, próxima a ésta, es el régimen fascista. El denominador común de ambas es la dictadura manifiesta del capital, bajo las especies de independización del poder ejecutivo, aniquilación del poder político de la burguesía y sumisión política de todas las demás clases sociales al ejecutivo. En cambio, su contenido social, desde el punto de vista de las clases, es el dominio de la burguesía y de la propiedad privada en general sobre la clase obrera y todas las demás capas sociales sometidas a la explotación capitalista. 

El bonapartismo es la forma última del poder burgués por cuanto es una forma de dictadura capitalista manifiesta, y por cuanto ésta se instaura cuando la sociedad burguesa ha llegado al borde de su sepultura y se siente mortalmente amenazada por la revolución proletaria. Lo mismo es el fascismo, en esencia: una forma de la dictadura capitalista manifiesta.

Aquí encontramos la corrección más importante, aunque consiste en un simple artículo: en lugar de decir que el fascismo es la dictadura manifiesta de la burguesía, diremos que es una forma de tal dictadura. 

En sus tesis sobre la situación en Italia y los cometidos del partido comunista italiano, la segunda conferencia del Comité Central del mismo ha dado la siguiente definición del fascismo:

¿Qué es el fascismo? Hemos definido eI fascismo como un intento de estabilización del capitalismo italiano, es decir, del capitalismo de un país cuya economía es predominantemente agraria, que dispone de materias primas y mercados exteriores, así como de un gran mercado interno… Las formas de la estabilización capitalista difieren de un país a otro y en relacion con la estructura económica de los distintos paises y su grado de riqueza… El fascismo no representa una modalidad progresista del capitalismo; únicamente ha desarrollado nuevas formas de organización industrial (trusts, etc.) y bancaria (unificación de los distintos bancos de emisión), pero esas nuevas formas permanecen al servicio de la economía política tradicional de las clases dominantes italianas, como medio por el cual se prolonga y dificulta esta política bajo nuevas condiciones. 

Por consiguiente, el fascismo representa una forma capitalista superior de la organización estatal, un tipo de organización mediante el cual el Estado se funde más estrechamente con los grupos dirigentes del capitalismo e interviene en el proceso de producción, después de concentrar y conglomerar sus fuerzas.11 

El defecto de esta definición es que a través del contenido social no se revela la forma política específica del fascismo, su carácter como forma particular del poder estatal burgués. En Alemania e Italia, la estabilización del capitalismo tiene fundamentalmente eI mismo contenido económico y social; en cambio, difieren las formas del poder estatal bajo las cuales tiene lugar aquélla en uno y otro país. Por tanto, para la definición del fascismo, la forma del poder estatal es la diferencia específica, lo característico dentro del género. 

Lo mismo cabe decir del bonapartismo. Formalmente, la corrección es insignificante, pero de amplias consecuencias en cuanto al contenido. 

Apliquemos esta interpretación al pasado, en primer lugar. La Comuna demuestra que el fascismo es una especie, una modalidad de «forma última del poder estatal burgués». Al hundimiento del bonapartismo le siguió la reyolución proletaria. Ésta fue aplastada al cabo de poco tiempo; el proletariado francés estaba en condiciones de hacerse con el poder durante algunos meses, pero no de mantenerse en él. Tampoco era posible la restauración del bonapartismo. La catastrófica derrota del bonapartismo en el exterior, contra Alemania, así como los efectos de la corrupción del sistema, habían desgastado la leyenda napoleónica hasta los huesos. Sus contradicciones internas actuaron en el mismo sentido, sobre todo con respecto a la burguesía. La vigorización material que hubo de conseguir para ella el bonapartismo, al tiempo que negaba su entidad política, le proporcionó luego la potencia necesaria. Una vez dominada la Comuna, podía y quería ejercer el dominio político directo. También la clase campesina se había re forzado políticamente. Quería participar en el gobierno. Luis Bonaparte le trajo la guerra, cuando era la paz lo que necesitaba. En la revuelta de la Comuna, también la clase obrera demostró haber adquirido más fuerza y madurez desde 1848.

La burguesía comprendió que después de los largos años del experimento bonapartista no sería posible someterla a un régimen dictatorial. Ya que estaba vencida, se le podían con ceder las apariencias de la democracia burguesa. Finalmente, la derrota sufrida por el ejército bonapartista de los «reemplazantes», de los soldados profesionales, hizo que la burguesía francesa comprendiera que el ejército debía basarse en otro tipo de organización, sobre la base del servicio militar obligatorio con reducción de los tiempos de enganche, para no dis poner únicamente del infraproletariado rural, sino de toda la masa popular en edad de ingresar en el ejército. Ahora bien, donde no hay ejército bonapartista no hay bonapartismo como forma de poder estatal.

De todo esto resultó la República parlamentaria burguesa, que es la forma de poder estatal que corresponde a una burguesía política y materialmente reforzada, y también a una clase obrera revigorizada. 

La principal base burguesa de Luis Bonaparte no había sido la antigua aristocracia financiera y bancaria (que dominó du rante el reinado del «rey burgués» Luis Felipe), sino la nueva burguesía industrial, ambiciosa pero débil y desprovista de solera, de formación política y de organizaciones de partido, por lo cual aún no estaba en condiciones de ejercer el poder por sí misma. Luis Bonaparte, el arribista y aventurero, fue el protector adecuado para esa burguesía de arribistas. Su consolidación material durante el período de 1850-1870, junto con la derrota militar de Luis Bonaparte, crearon las condiciones de su emancipación política en forma de Tercera República. La paliza militar que puso fin aI dominio de Luis Bonaparte fue la escuela política más drástica para aquella burguesía. (Y el ejemplo de la burguesía alemana demuestra una vez más el valor educativo que tienen las derrotas militares en política. Si los golpes que la Alemania de Bismarck asestó a Luis Bonapar te en 1870-71 dieron la puntilla al bonapartismo, Francia de volvió el favor durante la guerra mundial: la derrota que con ayuda de los aliados infligió a la Alemania de los Hohenzollern derribó el régimen de éstos y de Bismarck, traspasando el poder directamente a manos de la gran burguesía germano prusiana. Las clases sociales derrotadas, al igual que los generales derrotados, no olvidan jamás la lección.) 

En esencia, pues, las formas de la dictadura manifiesta de la burguesía no son un fenómeno insólito. Su aparición viene determinada por una cierta relación global entre las clases, y se producen cíclicamente tan pronto como se presenta esa relación, a menos que el colapso de esta o aquella forma de dictadura capitalista instaure definitivamente el poder de la clase obrera, con lo cual concluye el ciclo, al menos para el país de referencia. 

De lo dicho se deduce también por qué no se produjo en Inglaterra la dictadura manifiesta de la burguesía después de 1848-49. Era ésta demasiado fuerte, social y políticamente. EI levantamiento de los cartistas en 1848 no fue sino un episodio insignificante, que demostró la impotencia de la clase obrera para subvertir seriamente la sociedad burguesa. Y para referirnos a los acontecimientos actuales, es por lo mismo que en 1923 no ha triunfado en Alemania el fascismo, ridículamente derrotado al primer intento, sino la gran burguesía, que ha visto reforzado su poderío político directo bajo la forma de República parlamentaria burguesa. De ahí que tampoco haya una forma fascista del poder estatal en América, en Inglaterra, en Francia.

IV 

Veamos ahora la forma actual de la dictadura manifiesta de la burguesía en Italia: el Estado fascista. Evidentemente, hay ciertos rasgos en común con la dictadura de forma bonapartista. Otra vez tenemos la «independización del poder ejecutivo», la sumisión política de las masas, incluida la propia burguesía, bajo el poder estatal fascista, con dominio social de la gran burguesía y de los grandes terratenientes. Al mismo tiempo, el fascismo se presenta a sí mismo como benefactor general de todas las clases, aI igual que hacía el bonapartismo; en realidad, se juega con el antagonismo entre las clases, se aprovecha la dinámica de las contradicciones internas. El aparato estatal presenta igualmente rasgos de semejanza. El partido fascista es la contrapartida de la «banda decembrista» de Luis Bonaparte. Su composición social: desclasados de todas clases, de la aristocracia, de la burguesia, de la pequeña burguesía urbana, del campesinado, del proletariado. Por lo que respecta a la clase obrera, encontramos aquí dos polos opuestos del desclasamiento: por abajo, el infraproletariado; por «arriba», parte de la aristocracia obrera y burocrática, de los sindicatos y los partidos reformistas. A su lado tenemos en Italia el ejército regular, que no halla contrapartida en Francia; su existencia paralela a la de la milicia fascista se debe a las necesidades orgánicas de la fuerza armada bajo condiciones imperialistas, en las que resultaría insuficiente un ejército profesional de mercenarios, por necesitar ejércitos masivos con máxima extensión de la obligatoriedad del servicio militar.

También encontramos coincidencia en la situación de la lucha de clases, que en un caso produjo la forma bonapartista, y en otro la forma fascista del poder estatal. Tanto en el caso del fascismo italiano como en el del bonapartismo tenemos una revuelta fallida del proletariado; la subsiguiente desmoralización de la clase obrera; la burguesía agotada, deshecha, desprovista de energías, anhelando un salvador que consolide su poderío social. Coincidencia, igualmente, en lo ideológico: la idea «nacional» como vehículo principal, la lucha ficticia contra la corrupción parlamentaria y burocrática, las arremetidas teatrales contra el capitalismo, etc. Rasgos coincidentes, por último, en los «héroes» del golpe de Estado. 

Friedrich Engels describe así los rasgos que permiten al héroe del golpe de Estado desempeñar su papel: 

«»Pescador de río revuelto», conspirador carbonario en Italia, oficial de Artillería en Suiza, vagabundo y sablista elegante, así como policía secreta en Inglaterra, y siempre y en todo lugar, pretendiente.» 12 

La burguesía, continúa, le considera como al primer «gran estadista», carne de su carne, porque es un arribista igual que ella. También lo es Mussolini, el hijo del albañil. Como los tiempos han cambiado, conviene más ahora un arribista procedente de la clase obrera que uno procedente de la pequeña aristocracia, como Bonaparte. Las actividades de Luis Bonaparte entre los carbonarios italianos tienen su correspondencia en las de Mussolini entre los socialistas. En general, últimamente parece obligatorio que los «grandes estadistas» y salvadores de la burguesía pasen por el socialismo o incluso, más modernamente aún, por el comunismo: véase la de China. Con Mussolini, como con Luis Bonaparte, tenemos largos años de emigración, de miseria, que en ciertos caracteres agudizan el hambre de poderío y de riquezas, así corno la pe netración psicológica; templan la voluntad y confieren la astucia necesaria. Bajo determinadas condiciones objetivas y subjetivas, se producen así revolucionarios experimentados y duros como el acero, y entre ellos también los aventureros de la política, «pescadores de río revuelto», cínicos y contrarrevolucionarios. 

Las contradicciones internas entre la consolidación material y social de la burguesía y su servidumbre política. La aparente defensa de los intereses materiales del proletariado, traicio nado y vendido en realidad al capitalismo. El Estado fascista como «mediador» entre la burguesía y la clase obrera, papel que le hace moverse, en realidad, entre contradicciones prácticas, lo mismo frente a aquélla que frente a los campesinos y pequeños burgueses. El fascismo y el bonapartismo prometen «orden y seguridad» a la sociedad burguesa pero, con objeto de seguir pretendiéndose imprescindibles como «salvadores» permanentes de la sociedad, necesitan mantenerla en un estado de excepción, es decir, bajo constante desorden e inseguridad. Los intereses materiales de la burguesía, así como del campesinado, requieren una administración racional, un «régimen de economía». Los intereses materiales de la banda de parásitos que integra la organización del partido fascista, el cuerpo de funcionarios estatales y municipales del fascismo, y la milicia fascista, requieren en cambio la constante ampliación y enriquecimiento de la maquinaria estatal y partidista del fascismo. De aquí que ambos intereses se consideren siempre perjudicados. Cada sujeción de las bandas fascistas a los intereses del «orden y tranquilidad» burgueses, así como de su economía, tiene que compensarse periódicamente con una renovación del permiso para cometer excesos te rroristas, saqueos, etc. 

Tanto las contradicciones internas como la ideología nacionalista-imperialista obligan al dictador a buscar la solución en el exterior, llegando finalmente hasta la guerra. Pero aquí, el doble italiano de Luis Bonaparte no sólo tropieza con la antigua contradicción de que el instrumento de dominio militar interior, en este caso la milicia nacional, está incapacitado tanto por su función interna comno por su composición social para ser empleado como arma imperialista de conquista frente a otros Estados que todavía no se han visto obligados a recurrir a esa forma, «la más prostituida», del poder estatal burgués, sino que además encuentra una nueva contradicción entre la tropa fascista privilegiada y el ejército regular. 

¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre el bonapartismo y el fascismo? 

Son, por una parte, de origen local: las diferencias locales de las relaciones entre las clases, las tradiciones históricas, etc. Entre Francia e Italia existe además una diferencia en el carácter general de la sociedad burguesa y del sistema capitalista. 

La tradición histórica local determina, como es lógico, que el dictador francés se presentara como «emperador», apelando a la leyenda napoleónica y a la función que ésta desempeñó entre el campesinado. En Italia tiene que conformarse con el papel de «duce» y tolerar la coexistencia de la Corona. En lugar de la mascarada napoleónica tenemos la evocación de la antigua Roma de los tiempos de Sila y del cesarismo, aún más artificial que aquélla. Sin embargo, estas diferencias no son fundamentales. Son más importantes las que derivan de la modificación de carácter general que ha atravesado el capitalismo de libre concurrencia y revolución burguesa no llevada a término en Italia y Alemania. El legítimo título de revolucionario, que en algún tiempo pudo ostentar Napoleón I, y del que aquél trató de sacar partido, se volvía en realidad contra él. En la guerra de Italia se ganó a los movimientos italianos de liberación, para traicionarlos al cabo de poco tiempo en interés de sus conquistas dinásticas. En la guerra franco-alemana chocó directamente con el interés revolucionario de Alemania, que perseguía la unificación nacional, y eso fue lo que le perdió. Las guerras de conquista dinástica que emprendió, empujado por la leyenda napoleónica y por las contradicciones internas del sistema, ya no iban con su época: demasiado tarde, por que ya no representaba ningún principio revolucionario; y demasiado pronto para representar ningún principio imperialista en el sentido moderno de la palabra, porque le faltaba la imprescindible base económica. En cambio, la política exterior de Mussolini desde el primer momento es de móvil y orienta ción imperialista, en el sentido moderno. Es «moderna» aun que ostente un disfraz clásico y sea desde el primer momento declaradamente reaccionaria. Su fracaso es inevitable, por la contradicción entre sus fines excesivamente ambiciosos y los escasos recursos de que dispone para realizarlos, de un lado, así como por la contradicción, de otro lado, entre el corte y estructura social de una organización militar que responde a la necesidad de someter a todas las clases sociales y vivir a su costa, y las necesidades de otro orden de la guerra imperialista. 

Otra diferencia, fundada en el desarrollo general de la sociedad burguesa y en las condiciones internacionales de la lucha de clases, es la que se refleja en la organización y los medios del poder estatal fascista. La «banda decembrista» de Luis Napoleón era la contrapartida de las minúsculas organizaciones secretas revolucionarias de la clase obrera francesa de entonces. El partido fascista es la analogía contrarrevolucionaria del partido comunista de la Unión Soviética; por consiguiente, y a diferencia de la organización de Luis Napoleón, es desde el primer momento una organización de grandes masas. Esto le hace más fuerte en ciertas fases, pero al mismo tiempo agudiza sus contradicciones internas, las contradicciones entre los intereses sociales de esas masas y los intereses de las clases dominantes que las utilizan a sus fines. 

Recordemos brevemente el fascismo polaco. El fundamento de la dictadura fascista de Pilsudski, una vez más, ha sido un ataque fallido por parte del proletariado (la guerra ruso-polaca de 1920) y, por otra parte, la debilidad, desunión y falta de energía de la burguesía local, que no logra imponerse a sí misma una línea de actuación común, ni siquiera al objeto de su propiaestabilización. El fundamento social del poder estatal fascista de Polonia es el interés contrarrevolucionario de la burguesía y de los grandes terratenientes polacos; el fascismo supo aprovechar el resentimiento de los campesinos que veían saboteada la reforma agraria, a pesar de que la política de aquél venía a favorecer los intereses de los grandes terrate nientes y de los campesinos ricos. Ideológicamente, el «héroe» del golpe de Estado se funda en la tradición de las luchas de liberación nacional-revolucionarias; orgánicamente, sobre los legionarios decepcionados por los resultados de esas luchas de liberación —la podredumbre burguesa— y necesita dos de un medio de vida que no pueden hallar en el campo de la producción. Una vez más aparecen los desclasados de todas las clases como material para el ejército fascista. La organización del partido se constituye a base de desertores de todos los partidos, encuadrados por ayudantes del mariscal, ex terroristas y legionarios. 

Sin embargo, en Polonia interviene ya un factor que actúa también en otros muchos países, haciendo que el «poder estatal fascista» se emparente sólo exteriormente al fascismo italiano y al bonapartismo francés, siendo en realidad muy distinta la estructura de clases. 

Para mayor claridad del ejemplo, escogeremos la forma extrema de ese tipo de régimen: las formas del poder estatal en las Repúblicas sudamericanas. También ahí es el ejército el detentador del poder político, el «ejecutivo independizado». Las habituales variaciones del curso político se traducen en pronunciamientos militares, los cuales, aun siendo exterior.

Aquí la dictadura militar, la independización del ejecutivo, no es un efecto de la «sociedad burguesa plenamente desarrollada», de su decadencia, del peligro de una revolución proletaria y de la necesidad de asegurarse contra ésta, sino todo lo contrario. Es precisamente la falta de madurez de la evolución burguesa, la debilidad numérica y orgánica de la burguesía, enfrentada a elementos terratenientes feudales, la causa de que no existan fuertes organizaciones políticas burguesas. El ejército, o mejor dicho, su cuerpo de oficiales, es la organización política más fuerte y desarrollada que existe en esos países, y ejerce el poder en lugar de la burguesía, que todavía no está en disposición de ejercerlo. Mientras que, en el caso del bonapartismo y del fascismo italiano, ocurre que, ante una situación dada de lucha de clases, la burguesía ya no está en esa disposición. 

Bajo la misma capa externa de fascismo se ocultan relaciones de clases, etapas de la lucha de clases, etapas de desarrollo de la sociedad burguesa totalmente diferentes. 

Es necesario, pues, un análisis concreto de clases para no caer en los mayores errores, tanto de orden teórico como práctico. 

Nuestros camaradas italianos, si no me equivoco, han plan teado la cuestión de si la forma fascista del poder estatal será reemplazada inmediatamente por la dictadura del prole tariado, o si es posible que le suceda todavía una u otra forma del poder estatal burgués, como por ejemplo la República de mocrático-parlamentaria burguesa. En la sociedad burguesa plenamente desarrollada, la forma “última” o final del poder estatal será esta o aquella forma de dictadura manifiesta del capital, siempre que la clase obrera del país, en cuanto líder de las demás clases trabajadoras, posea la fuerza suficiente para aprovechar dicha crisis del régimen con objeto de im plantar de modo definitivo la dictadura del proletariado.

Otro problema es que la caída del fascismo en Italia pueda ser el prólogo inmediato, sin otra etapa intermedia, de la proclamación de la dictadura proletaria. Como es sabido, la caída del bonapartismo en Francia, el 4 de septiembre de 1870, fue seguida por la República de Thiers, Favre y compañía como fase intermedia; cuando ésta se hubo gastado, se produjo la Comuna del 18 de marzo de 1871. La fase intermedia republicana y burguesa, en la que ocupan provisionalmente el poder los elementos de la democracia burguesa, también será posible, e incluso probable, por motivos de índole general, en Italia. Puede ocurrir que dure meses, semanas o incluso días. Tal vez adopte formas de gobierno mixtas u otras modalidades extrañas. Pero, conforme a los precedentes históricos y a las relaciones de clases en Italia, el que tanto la pequeña burguesía como el campesinado y ciertos sectores de la clase obrera pierdan las ilusiones y esperanzas de tipo democrático pequeño-burgués requerirá un cierto período de tiempo y una cierta maduración de las masas.

Otra consecuencia que deducimos de los resultados aquí obtenidos es que la dictadura manifiesta del capital puede adoptar, y probablemente adoptará, distintas formas en otros países distintos de Polonia, Italia y Bulgaria. Algunos rasgos serán parecidos; otros diferirán. Imposible reflejarlos en una construcción teórica anticipada. Sin embargo, las formas de la dictadura burguesa manifiesta no son arbitrarias, no se producen en cualquier situación de la lucha de clases, sino que dependen de condiciones y situaciones muy determinadas de esa lucha, según hemos indicado anteriormente.

Actualmente existe entre la burguesía de los países llegados al pleno desarrollo capitalista una tendencia bastante general, y es la de desmontar el sistema parlamentario, imponerle limitaciones, crear garantías políticas más fuertes para la dominación burguesa. Tales orientaciones se manifiestan sobre todo en los países capitalistas avanzados como Inglaterra, Alemania y Francia, que se han visto más o menos conmocionados, social y económicamente, por las consecuencias de la guerra. Esas orientaciones son de sentido fascista, y en situaciones críticas podrían conducir a formas de dictadura manifiesta del capital, aunque éstas no sean necesariamente idénticas al fascismo. 

Además, hay que tener en cuenta otra cosa: la putrefacción del régimen parlamentario burgués se realiza paso a paso, y su principal agente es la burguesía misma. El 18 Brumario de Marx describe, precisamente, las distintas etapas de ese proceso de putrefacción.

En Alemania el régimen de Noske fue, indudablemente, un gobierno por la fuerza, manifiestamente contrarrevolucio nario; pero la forma del poder estatal no era la fascista. El experimento Noske no fue ninguna «independización del ejecutivo». Al implantar la dictadura del sable, condujo a un intento en tal sentido, pero ese intento del poder militar ejecutivo, el «putsch» de Kapp, fue un fracaso.


Notas

1.- Karl Marx, Der 18. Brumaire des Louis Bonaparte, Frankfurt/Main 1965 (colección Insel, tomo 9), p. 138. (Ésta y las demás notas siguientes son de los editores alemanes, salvo indicación en contrario).

2.- Ibid., p. 63.

3.- Ibid., p. 133

4.- Ibid., p. 124

5.- Friedrich Engels, Introducción a Karl Marx, »Bürgerkrieg in Frankreich» (edición de 1891), en Karl Marx, Friedrich Engels, Werke, Berlín 1956 ss., tomo 22, pp. 188-199

6.- Friedrich Engels, «Die Rolle der Gewalt in der Geschichte», en Karl Marx, Friedrich Engels, Werke, Berlín 1956 ss., tomo 21, pp. 407-461. 7Ibíd., p. 414.

7.- Ibíd., p. 414.

8.- Karl Marx, Dar 18. Brumaire…, loc. cit., pp. 130 ss.

9.- lbíd,p. 133.

10.- Karl Marx, «Der Bürgerkrieg in Frankreich», Mensaje del Consejo general
de la Asociación Internacional de Trabajadores, en Karl Marx, Friedrich
Engels, Werke, Berlín 1956, as., tomo 17, pp. 319-362.

11.- Lo stato operaio, II, 3, pp. 127 ss., marzo 1928 (nota de August Thal-
heimer).

12.-  Friedrich EngeIs, Die Ralle der Gewalt…, loc. cit., pp. 413 ss.


Fuente original: Sobre el Fascismo, Editorial Omegalfa