Arthur Rosenberg: El fascismo como movimiento de masas

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El teórico de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer dijo alguna vez que «el que no quiera hablar del capitalismo, que calle también en lo tocante al fascismo». El presente texto de Arthur Rosenberg viene a subrayar esta relación. Luego de la primera guerra mundial, los movimientos obreros fueron capaces de democratizar gran parte del poder público, pero no pudieron horadar el sistema económico. Esto conllevó a una respuesta decidida de las clases capitalistas que buscaban recuperar el terreno perdido. Su relación con las clases en pugna, su capacidad política como movimiento de masas, lo describe con su habitual claridad el historiador comunista alemán Arthur Rosenberg. También indaga en las particularidades de la historia alemana, lo cual ya había desarrollado en profundidad  Die Entstehung der deutschen Republik 1871–1918.

Pueden encontrar en nuestra revista una breve biografía y reseña de Arthur Rosenberg.  A pesar de su relativo desconocimiento, el historiador más citado del siglo XX, también comunista, Eric Hobsbawm, lo rescató como un «marxista inteligente». Aunque con una obra que todavía hoy tiene fuerte vigencia, su propaganda en el siglo XX no resultó fácil debido a su estigma de «comunista sin partido» como lo señalaron los marxistas catalanes Joaquín Mirás y Antoni Domènech. En nuestra lengua, recién con el siglo que inició comenzó a ser valorado de la forma que se merecía. Con la propaganda de este texto queremos aportar a esa tarea. 


I. Precedentes y pogroms 

La conmovedora historia de Adolfo Hitler y de sus seis primeros seguidores, junto con los cuales fundó el partido, y de cómo esos primeros seis hombres se convirtieron en un millón, y luego en seis millones, y luego en trece, y luego en cuarenta, y luego en todo el pueblo alemán…, esa historia forma parte del repertorio inevitable de los oradores nacionalsocialistas. Mussolini tiene otra historia parecida. Pero al igual que el Duce es más impresionante y magnífico que su pálida imitación, el «Führer», también los comienzos del partido de aquél fueron más suntuosos. El 23 de marzo de 1919 hubo en la Escuela de Comercio de Milán 145 asistentes al primer congreso de los fascistas italianos. Pero también aquí el crecimiento fue formidable: de los 145 escasos, a tantos miles, luego a millones y finalmente, si hemos de creer a los oradores y estadísticos oficiales, a toda la nación italiana. 

En efecto, sorprende que un puñado de hombres se convirtiera en movimiento de masas que arrolló naciones enteras. No fueron sólo los partidarios de los dictadores sino también muchos de sus enemigos quienes creyeron contemplar un prodigio. Muchas de las personas que escribían acerca del fascismo habían oído hablar alguna vez de sociología o de la doctrina marxista de las clases. Así pues, empezaron a buscar la clase, o mejor dicho, el estrato humano que daba a luz aquellos prodigios. Infortunada mente, la teoría de las clases sociales no es tan sencilla como parece a primera vista. Cualquiera es capaz de sentarse al piano y aporrear las teclas, pero eso todavía no le convierte a uno en músico. Análogamente, los juegos malabares con las clases sociales todavía no son análisis sociológicos, y menos aún marxistas. Casi siempre, los sociólogos aficionados dieron en averiguar que aquella misteriosa clase que ayudó a Hitler y a Mussolini en la consecución de sus triunfos era la pequeña burguesía. El verdulero Juan Pérez adquiere así una estatura diabólica: con una mano sujeta al proletariado, y con la otra al capital; personifica a la nación y domina el siglo veinte. Ahora bien, Juan Pérez en persona podrá ser un verdadero héroe, podrá haber merecido todas las condecoraciones en las trincheras, o podrá ser campeón de boxeo de su barrio. Pero aquí no se trata de Juan Pérez como persona, sino de Pérez como verdulero, como pequeño burgués. Que la pequeña burguesía como clase haya sido capaz de conquistar Alemania, Italia, Polonia, Austria y media docena de países más, y que el mundo entero esté en peligro de volverse «pequeño burgués», no deja de ser algo extraño. 

Hubo en la historia europea una época en que la pequeña burguesía como clase, es decir, los maestros artesanos y los pequeños comerciantes agrupados en sus gremios, dominaron efectivamente y de manera decisiva la economía y la producción. Ocurrió durante los últimos siglos de la Edad Media, Entonces no había proletariado ni capitalismo en el sentido moderno. Fue la época dorada de la artesanía. Pero ni siquiera en aquella época, cuando los artesanos tenían en la mano todos los triunfos económicos e ideológicos, pudieron dominar ni una sola de las grandes naciones europeas. Si bien es cierto que, en Alemania, los gremios se hicieron con el poder en algunas ciudades, a nivel nacional sufrieron lamentables derrotas a manos de la aristocracia agraria; y cuando las ciudades tuvieron realmente poderío político y militar, como las hanseáticas, sus amos no eran los artesanos, sino las familias patricias de grandes comerciantes. A partir del 1500, la pequeña burguesía ha ido perdiendo importancia social a cada generación. Hace años, la artesanía aún tenía un camino de oro, y el trabajo manual producía sin máquinas todos los valores. Sin embargo, el pequeño burgués era demasiado débil para hacerse con el poder. Y hoy día, en la época de la producción en cadena, del aeroplano y de la electricidad, ¿quién nos hará creer que el pequeño burgués se ha vuelto invencible, sólo porque viste una camisa de tal o cual color y acude a la llamada de Hitler o de Mussolini? Lo mismo podrían decirnos que una vela, si se acierta a encenderla bien, puede dar más luz que el faro eléctrico más poderoso. 

Algunos críticos de nuestra época no ven el origen del fas cismo en el pequeño burgués, sino en la juventud, o en ambas fuerzas a la vez. La teoría de la juventud es aún más extraña que la del pequeño burgués. Desde que el mundo existe, ha existido el antagonismo entre jóvenes y viejos, y así seguirá ocurriendo probablemente mientras la Tierra esté poblada por nuestra especie. Pero la juventud, como tal, nunca ha sido un partido político, porque todas las diferencias que existen entre los hombres se reproducen en los jóvenes. ¿Habremos de creer que los hijos de los directores de Bancos se pusieron un día de acuerdo con los hijos de obreros metalúrgicos para destruir juntos todos los privilegios de los directores de Bancos y todas las organizaciones de los obreros metalúrgicos, a fin de fundar sobre las ruinas de lo pasado la radiante «Liga Juvenil» de los fascistas? 

Esta disputa teórica acerca del fascismo es algo más que un pasatiempo de gente que, cómodamente sentada en su despacho, se dedica a especular sobre sociología. De hecho, es una cuestión grave y dolorosa, de enorme trascendencia práctica y política para el proletariado. Para vencer a un enemigo hay que conocerlo bien. Las explicaciones más corrientes del fascismo, fantásticas y contrarias a toda lógica, han persuadido a demócratas y socialistas de que su enemigo capital de hoy es una fuerza irracional, contra la que no se puede luchar con los recursos de la razón. Parece como si el fascismo hubiera surgido como un fenómeno natural, como un terremoto, una fuerza elemental que brota del corazón humano y no admite oposición. Muchas veces los mismos fascistas apoyan esas tendencias, sobre todo en Alemania, cuando afirman que ha concluido el reinado de la razón y de la lógica mecánica para ceder el paso al sentimiento, a los instintos elementales de la nación. Los socialistas y demócratas, aunque a veces se creen capaces de vencer a enemigos políticos del tipo corriente, en cambio no confían en poder detener el embate de una «nueva religión». Angustiados, buscan medios para frenar la ofensiva fascista; agudizan el ingenio para atraerse al pequeño burgués, o por lo menos buscar la conciliación con el que al parecer ha pasado a ser el árbitro de las naciones. Se intenta reorganizar el propio partido y movimiento para ponerlo al nivel de la juventud. Pero a veces no se fía mucho en las propias fuerzas para oponerse al nuevo cataclismo político. En cambio, los enemigos aprovechan astutamente este ambiente de pánico producido, como el que ocurrió en el campo democrá tico y socialista de Alemania después de los acontecimientos de 1933. De esta manera, y según hacen creer, basta que cualquier político reaccionario más o menos insolvente se ponga una ca misa de color, adiestre una cuadrilla de jovenzuelos y hable de «derechos de la juventud» y de «renovación nacional, para derri bar las constituciones liberales de más solera y provocar la des bandada de todas las organizaciones obreras, por sólidas que sean. 

Hoy más que nunca es necesario que la clase obrera no se deje confundir ni desmoralizar. Al aventar las nieblas artificiales diseminadas por el fascismo en todos los países, descubriremos a un antiguo y buen conocido nuestro, que no es maravilloso ni misterioso, y no trae ninguna nueva religión ni ninguna nueva Edad de Oro. No proviene de la juventud, ni de la pequeña burguesía, aunque muchas veces sabe arreglárselas para engañar a ambas: es el capitalista contrarrevolucionario, el enemigo natural de la clase obrera consciente. El fascismo no es más que una forma moderna de la contrarrevolución burguesa capitalista, disfrazada de movimiento popular. En realidad, no es muy correcto aplicar el mismo término de «fascismo» a movimientos tan distintos entre sí como son el partido de Mussolini en Italia y el partido de Hitler en Alemania. Baste recordar que la cuestión judía y racial, esa pieza fundamental de la ideología nazi, no le merece atención alguna al fascismo italiano. Pero el lenguaje cotidiano de la política llama hoy fascismo a todos los movimientos capitalistas y contrarrevolucionarios que se presentan de una forma demagógica y se apoyan en una organización militar propia, activa y entrenada para la guerra civil. 

Desde que se inició el modo de producción moderno, domina en todos los países civilizados el capitalismo burgués. Sin embargo, se comprende fácilmente que la clase capitalista nunca ha podido imponer su voluntad a las masas mediante la propia fuerza física directa. Sería cómico imaginar a los fabricantes y banqueros cogiendo personalmente las armas y sometiendo al resto de la población con el fusil y el sable. La antigua nobleza feudal todavía pudo dominar mediante su propia fuerza física; en efecto, la caballería con sus pesadas armaduras era militarmente superior a todos los demás estratos populares. En un estado que estuviese regido por los obreros o los campesinos, la clase dominante ejercería también la fuerza física real.Los capitalistas, en cambio, han de gobernar indirectamente. Al igual que no labran ni forjan personalmente sus mercancías, ni se colocan detrás de los mostradores de las tiendas para vender sus productos al cliente, tampoco pueden ser ellos mismos su propio ejército, su policía y su electorado. Necesitan ayudantes y servidores para producir, para vender y para gobernar. Los capitalistas no dominan el Estado sino por cuanto existen importantes sectores del pueblo que se consideran solidarios con su sistema y están dispuestos a trabajar para el capitalista, así como a votar y disparar a su favor, convencidos de que su propio interés exige el mantenimiento del orden económico capitalista. 

Los ayudantes y servidores que consciente o inconscientemente están al servicio del capitalismo europeo moderno son tan numerosos como heterogéneos. Ante todo, en la mayoría de los países europeos el sistema capitalista ha llegado a algún tipo de entendimiento con los representantes del antiguo orden feudal precapitalista. Claro está que al principio la burguesía tuvo que imponer sus aspiraciones de poder frente a los feudales en forma revolucionaria. Para ello, la burguesía se atribuyó la representación de la nación contra la minoría feudal privilegiada; pero tan pronto corno se alcanzó la victoria, los capitalistas buscaron rápidamente el entendimiento con los elementos feudales, a fin de combatir con su ayuda las reivindicaciones democráticas o socialistas, incluso, de las masas populares pobres. De la tradición feudal se tomaron las ideologías de la autoridad, la disciplina, las virtudes y los modos de ser militares, que tan importantes son para la comprensión del fascismo. 

El estamento intelectual también pasó del antiguo período feudal a la nueva época burguesa, adaptándose a esta forma social al igual que había hecho en la sociedad aristocrática. Pero como el intelectual no participa directamente en el proceso de la producción, no produce por sí mismo plusvalía, sino que vive indirectamente de la plusvalía, también en el Estado capitalista su posición es en cierto sentido irregular. Por lo común, está sinceramente convencido de que no representa los intereses mate riales de los capitalistas, sino el interés general de la nación; pero como, «desgraciadamente, la propiedad privada es necesaria» a la prosperidad de la nación, el intelectual europeo corrien te se ve obligado a ponerse en contra del socialismo y a favor del capitalismo, por más que le duela. Como considera que su profesión es defender los intereses «comunes» y las ideas «comunes», el estamento intelectual tiende a cubrir las amargas realidades de la lucha de clases con la mermelada dulzona del altruismo nacional. 

En la base de la pirámide social capitalista se sitúan por último los campesinos y artesanos —cuyo número difiere bastante según cuáles sean las condiciones específicas del desarrollo en los diversos países— y, finalmente, el inmenso ejército de los obreros. Todos ellos son más o menos sensibles a las promesas capitalistas, y esto no se aplica únicamente a los campesinos y artesanos. En Alemania, incluso antes de que surgiera Hitler, una parte considerable de los obreros votaba a favor de los partidos burgueses; en Inglaterra existe todavía hoy un respetable número de obreros fabriles que son conservadores. El mecanismo político de un país capitalista en los siglos xix y xx siempre ha sido un asunto muy complicado. En el mantenimiento del equilibrio capitalista interviene siempre gran cantidad de fuerzas distintas y aparentemente contrapuestas. 

Los grandes movimientos burgueses de masas de la historia europea contemporánea pertenecen a dos tipos distintos: el libe ral y el antiliberal. El fascismo ha proporcionado los ejemplos más recientes de movimientos masivos burgueses y antiliberales. El liberalismo burgués del siglo xix estaba basado en la libre competencia, y exigía paz y libertad. La libertad significaba, en política interior, la no intervención estatal y sobre todo la mayor autonomía económica posible; era cosa convenida que el Estado había de reducirse a una función de «vigilante». Paz y librecambio eran, en política exterior, los complementos de este sistema que prometía a la Humanidad una Edad de Oro, tan pronto como se extendiese a todo el mundo el libre juego de las fuerzas económicas. El evangelio liberal de la paz, la libertad y el librecambio entusiasmó a las masas populares, a las clases medias y en muchos casos incluso a los obreros. En Inglaterra, el liberalismo pudo gobernar casi ininterrumpidamente desde la reforma electoral del año 1832 hasta 1866; y desde entonces hasta la guerra mundial, por turno y en competencia con el renovado partido conservador. En Alemania, el liberalismo imperó en la mayoría del país desde 1848 hasta 1878 aproximadamente, y en una minoría hasta la guerra mundial. Cierto es que allí el liberalismo nunca pudo desarrollarse como en Inglaterra, sin inconvenientes. Jamás pudo gobernar por sí mismo, sino que hubo de contentarse con las migajas del poder político que le arrojaba la monarquía feudal. La era liberal de Francia duró desde 1830 hasta 1848, bajo el «rey burgués» Luis Felipe. Luego, y hasta 1870, hubo el período dictatorial de Napoleón III, que a su vez fue relevado por la República liberal, aunque ésta tuvo que luchar contra el embate de los movimientos antiliberales hasta el comienzo de la guerra mundial. El reino de Italia estaba constituido como Estado liberal desde sus comienzos, pero bajo esta apariencia se ocultaban toda clase de fuerzas heterogéneas y nada liberales. En Rusia, y hasta la guerra mundial, la burguesía también se decía partidaria del liberalismo; claro que bajo el régimen de los zares su poder político era mucho menor que el de sus congéneres en Alemania. 

No obstante, en todas las grandes naciones europeas que acabamos de citar existen tendencias opuestas al liberalismo, que aun siendo partidarias del sistema económico capitalista, no quieren saber nada con los principios liberales. Niegan el papel de «vigilante» del Estado y exigen en cambio una amplia intervención del poder público en la vida económica. Al librecambio liberal le oponen el arancel protector; al pacifismo liberal, el imperialismo expansionista. No quieren la reconciliación entre los países, sino que colocan la nación por encima de todo. Rechazan el igualitarismo democrático y afirman en cambio las diferencias tradicionales entre los seres humanos. Quieren ser autóctonos y mantener firmemente el principio de autoridad. 

Ya hace tiempo que se ha comprendido que el fundamento económico de este paso del liberalismo a un nuevo conservadurismo autoritario es una transformación interna del mismo proceso burgués de producción. El capitalismo ha pasado del período de la libre competencia a una nueva época de gigantescas concentraciones de empresas, con voluntad de monopolio. Este nuevo capitalismo monopolista defiende su área económica nacional mediante aranceles de protección; por otra parte, intenta ganar campo para la explotación mediante la conquista por la fuerza de otros países. No le sirve la ideología pacífica y cómoda del período liberal; necesita autoridad, centralización y fuerza. 

Es precisamente el grupo de los capitalistas más grandes y poderosos, los dueños de las gigantescas empresas monopolistas y de los correspondientes institutos financieros, el que primero se aparta del campo liberal para volverse hacia los nuevos métodos imperialistas. La mayor parte de los capitalistas medianos y pequeños sigue fiel durante más tiempo a la tradición liberal. Para hacerse con el poder en el Estado, los capitalistas antiliberales han de ganar aliados entre los demás estratos populares. Los caudillos más hábiles del nuevo imperialismo incluso consiguen ser más demagógicos que los liberales y los demócratas burgueses. A veces llegan incluso a luchar contra «los mezquinos intereses monetarios» del liberalismo, bajo la bandera del apoyo nacional a los pobres. El moderno fascismo indudable mente forma parte de esta serie, y ha llegado a desarrollar un auténtico virtuosismo en el tipo de propaganda nacionalista que va unido a esta clase de política. 

En Inglaterra, el partido conservador reorganizado por Ben jamín Disraeli en base al imperialismo dio el voto a los obreros de las ciudades, en 1867, para apartarles del liberalismo. Después de esto, y gracias a los votos de los trabajadores, el partido conservador lograba por primera vez en 1874 la mayoría en la Cámara de los Comunes. Bajo Disraeli, y más adelante bajo Chamberlain, eran conservadores en Inglaterra casi todos los aristócratas, los grandes financieros de la City, los dueños de la industria pesada, la mayoría de los intelectuales y una proporción decisiva del proletariado industrial. Todos estos elementos estaban unidos bajo la consigna de la grandeza nacional. En cambio, amplios sectores del capitalismo mediano y pequeño, de la pequeña burguesía e incluso del campesinado siguieron durante mucho tiempo fieles a los ideales del liberalismo. En Francia, los grandes Bancos y la industria pesada financiaron la política de la llamada «derecha nacional» después de 1871. Se proclamaba la idea de la revancha, de la guerra victoriosa de venganza contra Alemania para recuperar el honor nacional perdido en Sedán. Se intentó reavivar todas las tradiciones militares y monárquicas. Se insultaba a la República tildándola de cobarde y antipatriótica, y se anunciaba la dictadura de un salvador na cional. Hacia los años ochenta, la persona que parecía indicada para desempeñar este papel era el general Boulanger, quien, como demostraban los resultados de las elecciones, durante corto tiempo tuvo efectivamente a su favor a la mayoría del pueblo francés. A principios de siglo, la República francesa se vio nuevamente bajo la grave amenaza de un golpe de Estado militar demagógico. El movimiento de la derecha francesa se apoyaba en las capas dominantes de la sociedad, en parte de la pequeña burguesía y en grupos desorientados de trabajadores, mientras que combatían duramente a favor de la República democrática los obreros socialistas junto a grandes masas de la pequeña burguesía. 

En Alemania, los liberales del viejo estilo pierden la mayoría en el Reichstag desde 1878. La industria pesada se hace partidaria del arancel protector y desarrolla junto con la aristocracia feudal los programas para el ejército, la marina y la expansión colonial. La disciplina militar y el espíritu prusiano entusiasman a los intelectuales. La democracia es considerada como una ins titución despreciable y antialemana. El oficial de la reserva pasa a ser el ideal burgués de vida. En las regiones protestantes de Alemania, a partir de 1878 las masas rurales siguen al partido conservador; también se desvía hacia la derecha una proporción importante de la pequeña burguesía. La industria pesada y sus secuaces intelectuales desvirtúan el antiguo y venerable partido liberalnacionalista, hasta que no le queda del liberalismo más que el nombre. La bandera liberal queda en manos de la fatigada vieja guardia de los liberaldemócratas. En las elecciones al Reichstag del año 1887, la unión bajo Bismarck de los conser vadores y los liberalnacionalistas representantes de la industria pesada alcanzó la mayoría. Bajo Guillermo II, si bien creció rápidamente la fuerza de los socialistas, los liberaldemócratas perdieron tanta, que los conservadores, unidos a los liberal nacionalistas y a los centristas católicos, mantuvieron una cómoda mayoría en el Reichstag. Vemos, pues, que durante el último tercio del siglo xix y comienzos del xx, tanto en Alemania como en Inglaterra y Francia, el liberalismo tradicional perdía terreno al ser desplazado por nuevas fuerzas imperialistas y nacionalistas. En Alemania los imperialistas también se aliaron con el ejército, la Iglesia y la intelectualidad; pero antes de 1914 no surgió ningún movimiento de masas importante y homogéneo, sino que las distintas componentes de esta tendencia permanecieron separadas. La explicación es sencilla: el gobierno del Kaiser era tan fuerte, que no dependía de votaciones populares ni de mayorías parlamentarias. Bastaba que el imperialismo nacional dominara el gobierno del Reich para conseguir cuanto quisiera; podía dispensarse incluso de hacer propaganda electoral entre el pueblo, etc. En la Alemania de la época monárquica, las clases dominantes no tenían que echar mano de los recursos de la democracia en la misma medida que las clases dominantes de Inglaterra y Francia hacia aquella época. Cuando el predicador de 1ª Corte, Stoecker, quiso fundar en las ciudades un movimiento de masas demagógico, antiliberal y antisocialista, su intento fue frustrado por el mismo gobierno del Reich, porque ante cualquier movimiento de este tipo las jerarquías dominantes de Alemania se habrían visto obligadas a hacer ciertas concesiones a la «codicia de las masas», y esto era precisamente lo que no interesaba. El Kaiser y el gran capital se sentían más seguros bajo la protección de la guardia de Potsdam que bajo el patrocinio de los mítines de masas organizados por Stoecker. 

El juego y la oposición entre fuerzas burguesas liberales y antiliberales, que influyeron considerablemente en la evolución de Inglaterra, Francia y Alemania entre 1871 y 1914, parecen faltar en el período correspondiente de la historia italiana. Pero esto es solo una apariencia; también aquí existieron aquellas tendencias. También en Italia, los liberales de vieja escuela fueron desplazados por el imperialismo del gran capital, que durante el decenio anterior a la guerra mundial desencadenó el conflicto de Trípoli y la política ofensiva balcánica. El nacionalismo exacerbado dirigió sus ataques contra Austria, exigiendo la liberación de los hermanos italianos de las «irredentas» Trento y Trieste, y procuró reducir por todos los medios la ventaja alcanzada por las grandes y ricas potencias del Norte. Pero en Italia, la política de partidos oficial estaba completamente atascada en la ciénaga de la corrupción semifeudal que arraigaba en las regiones atrasadas del centro y sur de la península. Las fuerzas sociales verdaderamente activas no encontraban sino imperfectamente su expresión en el Parlamento italiano. Análogamente, en la época anterior a la guerra mundial, la gran burguesía rusa se pasaba al imperialismo y se exaltaba ante la toma de Constantinopla y demás proyectos rapaces de los ministros zaristas. Al mismo tiempo, los agentes policíacos del zar procuraban contrarrestar la revolución creando un movimiento masivo de fidelidad a la monarquía. La hez del infraproletariado fue sobornada con aguar diente y rublos, para oponer a los prohibidos sindicatos socialistas unas organizaciones «auténticamente rusas», dirigidas por la policía. Sea como fuere, se logró formar un movimiento de masas bastante considerable, cuyas «ligas de auténticos rusos» o «centurias negras» se cubrieron de gloria organizando pogroms. 

También en Austria-Hungría, bajo la constitución de 1867, dominó al principio el liberalismo en las dos partes del imperio, si bien es cierto que los sedicentes liberales de Hungría eran de una especie bastante extraña: se reclutaban entre la aristocracia terrateniente y la oligarquía financiera, y sojuzgaban a las masas populares mediante el empleo de la más bárbara violencia. Por esta razón, el liberalismo húngaro no tuvo que realizar la transición hacia los métodos imperialistas. La brutalidad tradicional era del todo suficiente. El bárbaro sistema estatal húngaro se revestía con la capa de un salvaje y desaforado nacionalismo magiar. 

El liberalismo de tipo normal imperó en Austria durante el primer decenio después de 1867, más o menos como los liberales del Reich alemán hacia la misma época. A finales de los años 70, el dominio del liberalismo había sido quebrado una vez más. Hasta su último instante, el feudalismo de los Habsburgos ciertamente se entendió muy bien con el gran capital industrial y financiero. Las empresas que proporcionaban cañones y planchas de blindaje a la monarquía danubiana, y suscribían los títulos de su Deuda pública, eran incondicionalmente adictas al emperador, y tenían mano suficiente en la Corte, aunque entrasen en ella de tapadilla. En cambio, se reprimía sistemáticamente en Austria la influencia de la burguesía media y liberal de habla alemana. Lueger fundó el partido de masas de los cristianoso ciales, fieles al emperador y a la Iglesia católica: era un agitador de masas de primer orden, y consiguió alcanzar la mayoría en Viena; se hizo elegir alcalde de la capital y finalmente jefe de la mayoría parlamentaria, con la que debía contar el gobierno imperial en todas las circunstancias. Lueger era el caudillo de la gente modesta; el gran capital no tenía relación directa con su partido. Pues bien: en el período ulterior de su vida, Lueger fue uno de los principales pilares de la monarquía de los Habsburgo, cuya existencia, a su vez, hacía posibles los negocios del gran capital. Era una comedia en la que cada cual representaba su papel: en esencia, el partido demagógico de Lueger, el emperador, sus ministros aristócratas y los grandes banqueros vieneses perseguían un objetivo común. 

Los intelectuales austriacos de origen alemán, y en particular los jóvenes de la generación anterior a la guerra mundial, estaban muy poco satisfechos de su posición social. Su mirada nostálgica se volvía, pasando por encima de los mojones fronterizos, al Reich alemán, donde la dinastía de los Hohenzollern permitía a la juventud estudiantil la participación en el poder; en Austria, por el contrario, el Gobierno favorecía en todos los pun tos a los eslavos y postergaba a los alemanes. Por otra parte, la intelectualidad cristiana sufría la numerosa y activa competencia judía. La juventud alemana de Austria se habría puesto de buena gana al servicio de un imperialismo nacional de amplias miras, pero nadie la necesitaba. El gobierno austríaco no era ni mucho menos de tendencia pro alemana, como tampoco la alta oligarquía financiera. Así es que ciertos sectores de la juventud alemana en Austria se sentían perjudicados y tenidos en menos; por eso fue tan extremado su nacionalismo germánico y su odio contra todo lo que no fuese alemán. Este curioso fenómeno de un sector de jóvenes universitarios alemanes que se sentían, antes de 1914, pertenecientes a un pueblo vencido y sojuzgado, no habría podido darse entre los miembros de las Ligas estudiantiles y de oficiales de la reserva en el Reich de Guillermo II, pero en cambio existió entre los estudiantes pangermanos y nacionalistas de Austria. Su romanticismo nacionalista y su fanático odio xenófobo se contagiaron a ciertos jóvenes obreros y pequeño burgueses. Tal era el ambiente del cual procedía Adolfo Hitler cuando llegó al Reich alemán; pero como las cosas habían cambiado mucho en Alemania desde 1918, no se vio en la necesidad de cambiar su bagaje ideológico. 

El nacionalismo demagógico encuentra fácilmente un objeto que le permita comprobar a diario su superioridad, y sobre el cual desahogar sus instintos vengativos. El «pobre blanco» de los Estados americanos sureños odiaba a los negros, pero al pro pio tiempo los necesitaba, porque los linchamientos eran una válvula de salida a sus pasiones. Lo mismo les ocurría a los turcos de la época de Abdul Hamid, cuando maltrataban a los armenios. La juventud alemana de Bohemia se hallaba en la misma postura agresiva frente a los checos, y los jóvenes patriotas checos pagaban a los nacionalistas alemanes ojo por ojo y diente por diente. Sin embargo, el blanco más útil y cómodo de esta clase de instintos han sido siempre los judíos. En los movimientos anti liberales y nacionalistas de Europa antes de 1914, la cuestión judía desempeñó un papel extraordinario. Los in fraproletarios rusos se dejaban azuzar contra los judíos con la misma facilidad que los elementos intelectuales y pequeño burgueses de Europa central. 

La Liga de los auténticos rusos vivía esencialmente de perse guir a los judíos. Lueger edificó su partido cristiano-social a base de propaganda antisemita como tema principal. Cuando el predicador Stoecker quiso desencadenar en Berlín un movi miento de masas monárquico y cristiano, su primer recurso fue también atacar a los judíos. Hasta el nacionalismo francés de fin de siglo era fuertemente antisemita; casualmente contribuyó a ello la circunstancia de hallarse por aquel tiempo Francia divi dida en dos partidos, que discutían con gran acaloramiento la culpabilidad o la inocencia del oficial judío Dreyfus. Da mucho que pensar eI que, incluso antes de la guerra mundial, los movi mientos de masas antiliberales y nacionalistas de las tres o cua tro naciones principales de Europa estuviesen asociados con eI antisemitismo. Por cierto que, en Austria, los nacionalistas ale manes y los cristianosociales se disputaban la primacía en el odio antijudío. En cambio, antes de 1914 no hubo en Hungría un movimiento antisemita considerable: los judíos ricos de Budapest eran amigos de la oligarquía reinante. En Italia, donde es muy reducido el número de judíos, las familias hebraicas figura ban precisamente entre las fuerzas más activas del moderno im perialismo. Allí, como tampoco en Inglaterra, no hubo antisemi tismo político. Por lo que respecta al problema de la organización del Estado, los movimientos reaccionarios de masas en Rusia, Austria-Hungría y Alemania eran partidarios incondicionales de la monarquía autoritaria existente, y de todos los valores ideales que se suponía encarnaba la misma. En Francia, la derecha era antidemocrática y sólo toleraba la República, a lo sumo, como mal menor; los grupos más exaltados del movimiento patriótico esperaban el golpe de Estado, y después la dictadura militar o la restauración de la monarquía. En Italia, la cuestión constitucional no tuvo actualidad antes de 1914. En Inglaterra, la mayoría de las masas populares obreras, así como las clases medias, eran incondicionalmente partidarias del orden parlamentario; por consiguiente, cualquier grupo político que hubiera alimentado ideas dictatoriales se habría liquidado a sí mismo políticamente. El partido conservador, por tanto, procuraba imponerse dentro del marco parlamentario constitucional. Hombres como Disraeli y Chamberlain se enorgullecían de gobernar por mayoría electoral. 

Como hemos visto, la ideología que hoy llamamos fascista ya estaba ampliamente representada en la Europa anterior a la guerra mundial. Pero, a excepción de un solo país, era desconocida la específica táctica de tropas de choque que es característica del fascismo actual. La única excepción fue la constituida por las centurias negras de la Rusia zarista, y su actividad en los pogroms. En realidad, la táctica de las tropas de choque fascistas es un fenómeno social sumamente curioso, que parece contrario a todas las reglas de la lógica política. La violencia ejercida por las clases dominantes sobre las sometidas ciertamente es tan antigua como la historia misma de las civilizaciones humanas. La clase capitalista europea, en particular, nunca ha vacilado en aplicar la máxima dureza y derramamientos masivos de sangre cuando ha visto amenazado su poder por el socialismo o incluso nada más que por una democracia de corte popular. En 1848 y 1871, la clase capitalista francesa aplastó a los obreros de París mediante sangrientas carnicerías. Bismarck encadenó a la clase obrera alemana desde 1878 hasta 1890 con su legislación represiva antisocialista. Sin embargo, parece lógico que la clase dominante ejerza el poder estatal a través del correspondiente aparato creado, a fin de cuentas, con tal propósito: la autoridad, la policía y la magistratura han de luchar contra la subversión y, cuando eso no baste, deberá intervenir el ejército. En algunos casos particulares de emergencia, la clase dominante podrá reforzar su poder estatal mediante voluntarios o mercenarios, pero no deja de ser el poder estatal oficial quien lucha directamente contra la revolución empleando los medios de que dispone, los cañones y los decretos. Mientras los oprimidos se sienten débiles, oponen poca o ninguna resistencia a la clase dominante y a su poder estatal. Si se sienten fuertes, recurren a las armas, y entonces se produce la guerra civil. El levantamiento popular interrumpe el funcionamiento normal del aparato estatal; ambas partes empuñan las armas y luchan hasta el desenlace final. Conocemos este proceso, seguido por la revolución inglesa del siglo XVII, la francesa del XVIIIy la rusa del XX. 

Las tropas de choque del tipo fascista no parecen cuadrar con ninguna de las posibilidades de la lucha política normal. Su existencia es una prueba de la falta de concordia nacional, pero no equivale a la guerra civil declarada. Los enemigos del Gobierno, ciertamente, están incomodando a las clases dominantes, pero no poseen fuerza suficiente para plantear la cuestión del poder en un levantamiento declarado. Para la lucha contra esa oposición, el Gobierno y las clases dominantes no movilizan el poder regular y normal, sino unas huestes voluntarias reclutadas entre la masa popular, que atacan, maltratan o asesinan a todas las personas no gratas, destruyen o saquean sus pertenencias, levanta una oleada de violencia y terror, todo ello a fin de ahogar cualquier oposición. Las acciones de estas tropas de choque de tipo fascista contravienen a las leyes vigentes en el país. De acuerdo con el Derecho, los hombres de las fuerzas de choque deberían ser llevados ante los tribunales y metidos en prisión. Pero esto nunca ocurre en la realidad. Cuando se les juzga, es para cubrir apariencias: o no se les impone ninguna pena, o son indultados en seguida. Sea como fuere, la sociedad dominante demuestra de mil maneras su simpatía y gratitud a los héroes de las escuadras de choque. 

¿Qué condiciones hacen posible tal actividad política en forma de fuerzas de choque? En la historia europea contemporánea, el primer ejemplo evidente e importante de ese fenómeno que hoy conocemos tan bien lo proporcionaron los pogroms de las «centurias negras» rusas, en octubre de 1905. La primera condición previa es la total conmoción del poder estatal regular. Corrien temente, la clase dominante hace todo lo posible para reforzar la autoridad de los organismos del gobierno. En la opinión general, el Estado es la personificación de la cosa pública, del interés común. La magistratura es la expresión de la «imparcialidad» de la justicia. El respeto al Estado y a sus autoridades, la fe en la fuerza de la Ley, es una de las armas más poderosas en manos de la clase dominante. Los estamentos dominantes sólo acuden a otros medios cuando ya no pueden tener seguridad de imponerse únicamente por medio de la ley y de la policía, en vista de que la crisis revolucionaria ha conmocionado totalmente el país. 

El Gobierno y las autoridades propiamente dichas evitan el choque directo con los revolucionarios, demócratas, socialistas o judíos. Pero llega el día en que se despierta la «cólera del pueblo», en que se alza el hombre honesto del pueblo, el que todavía respeta a Dios, la Patria y el Rey, para aplastar a los condenados rebeldes y restablecer el poder de la autoridad legítima. Bien es verdad que si esa cólera popular fuese auténtica, no habría podido producirse siquiera la crisis. Por este motivo, es necesario fabricar la cólera de las masas patrióticas. En octubre de 1905, frente a la poderosa corriente revolucionaria, el Go bierno ruso comprendió que no era posible limitarse a reunir su policía y sus cosacos y darles orden de cargar contra los socialistas y judíos. Lo que hizo fue crear con ayuda de la policía un movimiento popular de tipo patriótico, antiliberal y antisemita, y estas fuerzas de choque fueron azuzadas contra los judíos y re volucionarios. Se establecía así una especie de división del tra bajo: el gobierno zarista no asumía responsabilidad directa ni oficial por las atrocidades que cometieran los héroes de los pogroms. Podía desautorizarlas frente al extranjero y la opinión pública, por más que muchos gobernadores y jefes de policía apoyaran a las «centurias negras» con cínica franqueza. De otro lado estaban los numerosos conservadores y partidarios del zar, que no querían saber nada con los métodos del pogrom. Hubo funcionarios y hasta ministros que declararon su firme reprobación de los mismos. 

No es en absoluto necesario que toda la clase dominante esté de acuerdo, en un momento dado, con las tropas de choque y sus métodos. Normalmente habrá divergencias de opinión. La tendencia liberal de la burguesía, así como ciertos conservadores estrictamente autoritarios, reprobarán las escuadras de choque y los métodos del fascismo. Pero la clase obrera comete una de sus peores equivocaciones cuando se deja engañar por tales divergencias. Cualesquiera que puedan ser los puntos de vista acerca de la táctica, las tropas de choque fascistas no dejan de ser carne de la carne del capitalismo dominante. No es cierto que en tales circunstancias haya tres poderes en el Estado, el capitalismo dominante, el fascismo y la socialdemocracia; nunca hay más que dos, capitalistas y fascistas de un lado, demócratas y socialistas del otro. El despropósito de la teoría del origen “pequeño-burgués” del fascismo es peligroso, porque tiende a ocultar esa sencilla verdad a los ojos de la clase obrera, cuando presenta los hechos así: en primer lugar, el capitalismo dominante, luego la oposición fascista pequeño-burguesa, y en tercer lugar la oposición proletaria socialista. Si se admite esta división en tres campos, cabe imaginar toda clase de ardides y componendas: alianza de socialistas y fascistas contra el capitalismo dominante, o coalición de los socialistas con los capitalistas liberales y sinceramente conservadores contra el fascismo, o cualquier otra limonada de colores. Las ilusiones de esta especie han acarreado las mayores calamidades al proletariado de Alemania, Italia y otros países. 

En 1909, Trotski escribía acerca de la movilización de los pogroms en octubre de 1905: 

Para aquella cruzada, el Gobierno ruso reclutó fuerzas un poco en todas partes, en todas las madrigueras, tabernas y antros de vicio. Allí se veía a buhoneros y vagabundos, a taberneros y borrachos, a lacayos y soplones, a ladrones y descuideros, a pequeños artesanos y porteros de burdel, a mujiks hambrien tos que vegetaban sumidos en su oscuridad mental, recién venidos del pueblo tal vez, y con la cabeza aturdida por el estrépito de las máquinas. 

Los primeros intentos de movilizar estas masas amorfas fueron realizados por la policía a principios de la guerra ruso japonesa, cuando hicieron falta demostraciones callejeras para apoyar la política belicista del Gobierno. Trotski continua: 

Desde esta época, la organización planificada de la escoria social habría experimentado un enorme desarrollo, y aunque la masa de los participantes en los pogroms, si es que se puede hablar de masa en este caso, no dejaba de ser más o menos eventual, el núcleo de la tropa siempre estaba disciplinado y organizado sobre modelo militar. Este núcleo era el que recibía de arriba la consigna y el santo y seña para transmitirlos hacia abajo, y era también el que determinaba el momento y el alcance de la acción sangrienta a ejecutar. 

Aquí referiremos únicamente aquellos rasgos de los pogroms rusos y de las centurias negras que sean relevantes en relación con la historia natural del fascismo. Para preparar la acción, se funda en la localidad correspondiente un diario de la «centuria negra». Poco después hacen acto de presencia algunos especialistas venidos de otras ciudades. Entonces empiezan a correr los rumores precisos: que si los judíos planean una matanza de cris tianos ortodoxos; que si los socialistas han profanado una ima gen santa; que si los estudiantes han destrozado un retrato del zar. Luego se confeccionan listas de proscripción, con detalle de las personas y viviendas que habrán de ser saqueadas y destruidas en primer lugar. El día fijado, las «centurias negras» se reúnen en las iglesias para un oficio religioso. Luego se agita una marea de banderas nacionales, mientras una banda toca ininterrumpidamente marchas patrióticas. Poco a poco empiezan a romper las primeras ventanas y a maltratar a los transeúntes. Luego se oyen algunos tiros, que se pretende han sido dispara dos por los socialistas o judíos contra los «pacíficos» manifes tantes nacionalistas; se alza un clamor de venganza, y comienza entonces el pillaje, las palizas y el asesinato a discreción. 

La policía está allí, pero en actitud pasiva, porque no puede ayudar a las víctimas del pogrom nacionalista. Pero basta que los judíos o los obreros socialistas intenten una resistencia orga nizada, para que intervenga la policía y si hace falta incluso el ejército. La legítima defensa proletaria es aplastada y el pogrom continúa. En otoño de 1905, las «centurias negras» asesinaron a unas 4.000 personas en cien ciudades rusas, sin contar todos los demás crímenes. Por lo que se refiere a su importancia numérica, este movimiento de los «rusos auténticos» puede compararse con las recientes hazañas de los camisas negras y pardas. En una época de máxima tensión revolucionaria, cuando millones de obreros estaban en huelga, se insurreccionaban los campesi nos en vastas comarcas y los soldados y marinos empezaban a amotinarse, a pesar de todo era posible reunir cientos de miles de individuos de las clases populares más míseras de Rusia para formar las tropas de choque de la contrarrevolución. El odio a los judíos, un nacionalismo obtuso y fanático, el soborno y el alcohol contribuían a unir esas masas de pequeños burgueses, infraproletarios y algún que otro auténtico obrero. También los delincuentes profesionales, atraídos por la oportunidad de robar y matar impunemente, se incorporaban por cuadrillas a las fuerzas de choque. Por otra parte, para todos los individuos que se hallan depauperados y desmoralizados es muy tentador incorporarse a las escuadras de choque, pues como miembros de esas fuerzas fascistas toleradas por las autoridades se ven redimidos de su insignificancia y convertidos en seres poderosos, dueños de la vida de sus semejantes. Sobre esto observa Trotski, con fina penetración psicológica: 

El descamisado se ha convertido en amo. El que hace una hora era todavía un esclavo tembloroso, acosado por la policía y el hambre, se siente ahora déspota omnipotente: todo le está permitido, todo es suyo. Es dueño de honras y haciendas, de vidas y muertes. Si le da la gana, arrojará por la ventana de un tercer piso a una vieja junto con un piano de cola, estrellará una silla en la cabeza de una criatura, violará a una niña ante los ojos de la multitud. Ningún martirio de los que sea capaz de inventar un cerebro enloquecido por la rabia y el aguardiente le está prohibido; todo es suyo, ¡Dios guarde al zar! 

Una vez hubo vencido la contrarrevolución en Rusia, los progroms ya no fueron necesarios, y los poderes dirigentes volvieron al orden y a la legalidad. Pero el ejemplo ruso demuestra que cuando un Gobierno o sistema dominante ha tenido que recurrir al terror de las tropas de choque para sostenerse, a pesar de todo tiene sus días contados. Ningún pueblo puede olvidar la destrucción sistemática de todos los conceptos tradicionales de ley, orden y justicia que acarrean los pogroms. La nueva crecida de la revolución lleva consigo la ruina inexorable y la venganza. Desde el sangriento otoño de 1905, Nicolás II no fue ya el zar de todas las Rusias por la gracia de Dios, sino sólo el infame jefe de las «centurias negras». Las hazañas de sus pogroms no pudieron salvar al zar. 

A excepción de Rusia, en ninguna otra gran potencia europea, hacia 1914, estaba tan adelantada la corrupción de la autoridad estatal. Por tanto, los movimientos nacionalistas y antiliberales aún no habían pensado en organizar tropas terroristas de choque. No obstante, las consecuencias de la guerra mundial y la crisis social general que reinaban en Europa desde 1919 aseguraron a los métodos del pogrom una vigencia renovada.

II. Italia 

El comienzo de la guerra mundial significó en todas partes el triunfo del autoritarismo nacional. Todos los partidos de la época anterior a la guerra se hundieron en las sombras de la tregua política. La censura garantizaba una perfecta homogeneidad de la prensa y la opinión pública. Las ligas y asociaciones, las artes y las ciencias, fueron puestas al servicio de la causa nacional. Como primera medida, en todos los países fue centralizada la industria de acuerdo con las condiciones exigidas por la guerra. El capital monopolista asumía la dirección del Estado y unificada la producción nacional: todas las grandes potencias beligerantes pasaron a convertirse en Estados «totalitarios». 

Ya se comprende que las tendencias antiliberales y nacionalistas se impusieron en todas partes. Al menos durante la primera época de la guerra, Las monarquías alemana, austrohúngara y rusa se vieron más fortalecidas que nunca. En Inglaterra, los conservadores dominaron muy pronto la coalición nacional encargada de dirigir la guerra. Lo mismo hicieron en Francia los partidos de la derecha nacionalista. En Alemania, Austria Hungría y Rusia, los acuerdos decisivos que condujeron a la guerra fueron obra de los monarcas y de sus consejeros, los ministros y generales de Estado mayor. A nadie le interesaba la opinión de las masas populares; a éstas les tocaba obedecer y hacer las oportunas demostraciones de entusiasmo patriótico. Bajo tales circunstancias, las grandes potencias no tenían en julio de 1914 ninguna necesidad de fomentar la política de guerra a través de movimientos nacionalistas de masas. A Francia no le quedaba otro remedio sino entrar en guerra, puesto que le había sido declarada por Alemania. En Inglaterra, la Cámara de los Comunes votó a favor de la guerra por libre decisión y después de un debate libre. 

Los acontecimientos se desarrollaron de un modo muy distinto en Italia. El Gobierno y la mayoría del pueblo eran partida rios de la neutralidad, y fue el movimiento nacionalista de masas el que empujó a la guerra en 1915. Los métodos que se utilizaron para hacer entrar en guerra a Italia son extraordinariamente interesantes. El movimiento pro-bélico italiano de 1915, cuyo jefe más popular era ya Mussolini, ha sido el eslabón histórico que enlaza los movimientos masivos antiliberales de antes de la guerra y el fascismo propiamente dicho, surgido en 1919. En otoño de 1914, a fines de dicho año, y hasta comienzos de 1915, la posición de los partidarios de la guerra no parecía muy cómoda. Era evidente que los intereses nacionales de Italia podían verse salvaguardados a pesar de su neutralidad, siempre que Italia supiese hacerse pagar bien dicha neutralidad por ambas partes beligerantes. Los obreros socialistas, así como los liberales de tipo tradicional y los católicos, estaban a favor de la paz. La gran mayoría de la clase media y la población rural querían vivir tranquilas y no ambicionaban laureles sangrientos. Y sin embargo el capitalismo imperialista, asociado a la juventud intelectual, consiguió arrastrar el país a la guerra. Ni el rey, ni el gobierno, ni el parlamento gozaban de mucha autoridad en Italia. El aparato estatal era débil y no podía hacer frente a un movimiento de masas, aunque dicho movimiento fuera sólo el de una minoría del pueblo. 

Tanto los sucesos del año 1915, como la posterior toma del poder por Mussolini, se explican a través de la extraña historia de Italia durante el siglo xix. Económica y socialmente, el país estaba dividido en dos regiones que, dejando aparte la común nacionalidad italiana, poco más tenían que ver entre sí. En el Norte existía una cultura burguesa moderna, cuyos principales pilares eran las ciudades de Turín, Milán y Génova. Por el nivel de cultura de la población, así como por su actividad económica, las regiones septentrionales podían comparararse a los países centroeuropeos. En cambio, en el centro y Mediodía italianos, o sea, en el antiguo reino de Nápoles y los dominios que habían sido de la Iglesia, subsistían situaciones casi medievales. La masa de la población estaba formada por pequeños burgueses y campesinos pobres que no sabían leer ni escribir y eran presa de todas las supersticiones. La unificación de Italia fue obra del Norte progresista; de hecho, el gran estadista Cavour, que colocó la primera piedra de la unidad italiana, sólo pretendía unificar el Norte de Italia, sin ninguna pretensión de fundir el Centro y el Sur con el nuevo Estado por él creado, puesto que sabía perfectamente que el Norte no sería capaz de asimilar el Mediodía. 

Pero la juventud patriótica de Italia, seducida por las ideas burguesas de la libertad y grandeza patrias, no compartió la moderación de Cavour. Éste era ministro del Estado septentrional del Piamonte. Se ha dicho que el Piamonte fue la Prusia de Italia. En realidad, el reducido y débil aparato estatal piamontés no puede compararse con la poderosa maquinaria bélica de Prusia. En la historia del Piamonte no hay ningún Kônigsgrátz ni ningún Sedán. La dinastía piamontesa no conquistó la corona real de Italia por su fuerza militar, sino por un inteligente aprovechamiento de las circunstancias. Cuando Bismarck fundó el Reich alemán, la burguesía alemana contaba con el inmenso poder del ejército prusiano y de los Hohenzollern. La burguesía italiana no podía confiar en la ayuda de la dinastía ni en la de los oficiales del Piamonte. 

La juventud italiana no depositó sus esperanzas en el potencial militar del Piamonte, sino que formó unas milicias voluntarias que por su propia iniciativa emprendieron la lucha para derrotar al rey de Nápoles y al Papa. Los voluntarios de las camisas rojas encontraron en Garibaldi a su auténtico caudillo. En una campaña famosa, Garibaldi logró derribar el reino feudal de Nápoles. Las camisas rojas vencieron allí donde el Estado nacional oficial del Piamonte había vacilado temerosamente. 

En cierto sentido, las camisas rojas de Garibaldi fueron precursoras de las camisas negras de Mussolini. Sin embargo, sería absurdo calificar de fascistas a los garibaldinos, porque el propio Garibaldi fue un demócrata sincero y patriota, y además su gente no hacía pogroms. No apaleaban a gentes indefensas con la tolerancia de la policía, sino que salían voluntariamente a luchar contra los enemigos extranjeros de Italia, haciéndose cargo de las misiones que no era capaz de llevar a cabo el Gobierno oficial «nacional». La camisa roja fue llevada por la juventud italiana mejor y más dispuesta al sacrificio. Pero el entusiasmo de los garibaldinos, aunque pudo derribar los gobiernos feudales del Centro y Sur del país, y realizar así la unificación italiana, no pudo modificar las fuerzas sociales reales de Italia. En 1870 se completó la unificación nacional, pero esta Italia era muy distinta de la que habían soñado Garibaldi y sus soldados. 

La burguesía del Norte no tenía fuerza suficiente para elevar en unos decenios hasta su propio nivel las regiones feudales del Mediodía. Los amos del Sur eran los grandes terratenientes que dominaban a la masa de pequeños arrendatarios reducidos a la miseria, eran ciertas sociedades secretas de camarillas políticas corrompidas. Milán y Turín eran demasiado débiles para sanear la podredumbre de la Mafia y la Camorra. La Italia del siglo XIX no presenció ninguna lucha dramática entre el Norte y el Sur, sino un compromiso sospechoso. Los sedicentes políticos liberales del Norte se entendieron con las clases dominantes del Sur. Siempre que los ministros dejaran en paz el Mediodía, las regiones al sur de Roma les suministrarían varios centenares de diputados de toda confianza, el peso de cuyos votos ahogaría toda oposición. Y si alguna vez los analfabetos medio muertos de hambre se levantaban contra los grandes terratenientes, allí estaría la gendarmería del Estado «liberal» para dispersarlos a tiros. Las elecciones al Parlamento se hacían entre el prefecto y los terratenientes, pero en Roma los hombres así elegidos por el pueblo se decían pertenecientes al partido «liberal» o incluso «radicales». 

Así pues, la democracia parlamentaria italiana era una triste comedia, una máscara que encubría el feudalismo semibárbaro y la opresión. El primer virtuoso de este sistema fue el presidente Crispi, oriundo él mismo del Sur. Su más hábil sucesor fue Giolitti, el cual, aunque de origen septentrional, manejaba a la perfección la maquinaria de las elecciones y sobornos en el Sur. Es fácil suponer que, bajo tales circunstancias, los fondos públicos se invertían siempre de acuerdo con los intereses locales; que el Estado era incapaz de realizar una política cultural y económica consecuente; que Italia, comparada con las demás grandes potencias, continuase pobre y atrasada. El partido socialista luchó valientemente, antes de la guerra mundial, contra los abusos y la explotación, pero no estaba apoyado sino por una minoría del pueblo. 

Es comprensible que está corrupción con etiqueta liberal no gustase a los moderados grandes capitalistas de Turín y Milán, quienes querían sanear el país para superar por fin su atraso en comparación con el extranjero. El descontento imperaba tam bién entre la juventud, intelectuaI, mantenedora todavía de las tradiciones garibaldinas, que deseaba una Italia mejor, más fuerte y feliz, y luchaba contra los políticos de la época. Existía un gran número de asociaciones patrióticas juveniles cuyo fin primordial era ocuparse de los «hermanos irredentos», es decir, de los italianos de Trento y Trieste, sometidos aún a la soberanía austríaca. Cuando estos jóvenes estudiantes se hacían mayores, y pasaban a ocupar cargos públicos remunerados, solía calmarse su efervescencia nacionalista; pero la tradición garibaldina se conservaba transmitiéndose a las nuevas generaciones escolares y universitarias. A veces, la juventud patriota se hacía republicana ante la decepción que le causaba la inoperancia de la monarquía. Los dirigentes de Italia vivieron hasta la guerra mundial presos de un doble temor: de un lado temían una acción revolucionaria de los obreros radicales, de los sindicalistas, anarquistas y socialistas; del otro, el golpe de Estado de los nacionalistas extremistas. Cierto es que aquellos señores gobernantes tenían la confianza del rey y la mayoría parlamentaria. Pero esto no valía gran cosa, puesto que las obedientes masas electorales estaban formadas por campesinos obtusos y pequeños burgueses, que no servirían de ayuda al Gobierno en caso de que cualquier especie de activistas radicales de las ciudades decidiera dar el golpe. 

Tampoco era muy seguro que se pudiese contar incondicionalmente con las tropas. Estas anormales circunstancias políticas de Italia hicieron posible que el gran capitalismo imperialista actuase con una orientación en cierto sentido revolucionaria: se declaró la guerra al sistema de partidos y a sus seguidores medio feudales y medio pequeño-burgueses, y se apeló al pueblo contra el Parlamento e incluso, si hacía falta, contra el rey. Como ya manifestamos anteriormente, la creciente influencia de los modernos imperialistas empezó a dejarse notar en la política italiana antes de la guerra mundial. Al estallar ésta, se planteaba en Italia la prueba de fuerza decisiva a favor o en contra del imperialismo. Fue entonces cuando el socialista radical Mussolini abandonó el que había sido su partido y se puso al frente del movimiento belicista. En su biografía de Mussolini, Margheritta Sarfatti describe muy plausiblemente el movimiento de masas que tenía lugar en Italia en aquellos días:

Abasso l’Austria 

E la Germania 

Con la Turchia 

In compagnia. 

Grupos de jóvenes cogidos del brazo cantaban estos versos lentamente, rítmicamente, con fuerza, dándoles el martilleo de un ritmo de marcha. Un instinto misterioso les reunía por primera vez bajo tan severa y castrense disciplina. Ésta fue la consigna de los intervencionistas (partidarios de la intervención de Italia en la guerra mundial). Los intervencionistas inundaron las calles y las plazas de Milán, y poco a poco la crecida fue extendiéndose a toda Italia, dando cuerpo así a la voluntad de una nación que se negaba a que le prohibieran el heroísmo. Robustos obreros con su corbata al viento, pequeños empleados miopes con sus raídas chaquetas, altos y deportivos estudiantes de cuello duro…, aparecían ahora hermanados: eran los eternamente jóvenes, la juventud personificada, y por ello idealista. Eran los jóvenes de los talleres y universidades, jóvenes de edad y de espíritu, a quienes había dirigido su llamada, con infalible instinto, el director del «Popolo d’Italia» (el diario recién fundado por Mussolini). Estaban impacientes por hacer historia aquellos jóvenes que, más tarde, cuando se fundó el fascismo, se agruparon de nuevo en torno a Mussolini cuando éste les lanzó el nuevo grito «A noi!», «¡Con nosotros!» 

Dejando aparte el énfasis oficial fascista, esta descripción refleja bastante bien la ideología del movimiento probélico italiano en 1915. La juventud intelectual apoya los proyectos bélicos del gran capital, porque está impaciente por «hacer historia», es decir, por labrarse su propia grandeza al mismo tiempo que la de la patria. La juventud burguesa consigue arrastrar a la pequeña-burguesa e incluso a una parte de la juventud obrera. A la confusión de 1915 contribuyó bastante lo que podríamos llamar la tradición garibaldina. Parecía inminente una lucha en defensa de la Patria, como la que riñeron los padres de aquella generación en 1848-49 y luego en 1859-60. 

El entusiasmo juvenil de los partidarios del intervencionismo bélico llenó las calles de las metrópolis italianas, todo ello con la ayuda del dinero de los capitalistas y de la Entente. El estrépito llegó a ser tal, que el partido liberal y pacifista tuvo que batirse en retirada, aun teniendo de su parte a la Iglesia católica y a los socialistas. No hay aquí espacio para describir las incidencias diplomáticas que precedieron a la entrada de Italia en la guerra. Sonnino, el ministro de Asuntos Exteriores, hombre personalmente íntegro, pero imperialista decidido, trabajaba a favor de la guerra. Sín embargo, a mediados de mayo pareció que la influencia del viejo Giolitti aseguraría una vez más la paz. Mussolini escribió: 

Por lo que a mí respecta, estoy convencido de que para bien de Italia convendría fusilar a una docena de diputados; fusilados por la espalda, digo, y además enviar a la cárcel a un par de ex-ministros. Cada vez estoy más seguro de que el Parlamento es un bubón pestoso que infecta la sangre de Italia. Es preciso extirparlo. El honor y el porvenir de la Patria están en peligro; la Patria se halla ante la más tremenda encrucijada de su historia. Tú, pueblo, tienes la palabra: o la guerra, o la República. 

Sin embargo, el peligro de que pudiera estallar la paz pasó, y a finales de mayo de 1915 los imperialistas italianos tuvieron la guerra que tan ardientemente habían deseado. Fue la primera victoria de las ideas y de la constelación de clases que más tarde recibiría en Italia el nombre de fascismo. La palabra, así como la organización fascista, estuvieron ya presentes en el movimiento de 1915. Mussolini fundó una unión de partidarios radicales de la política bélica; sus diversos grupos locales se denominaron «Fasci di azione rivoluzionaria». Pero en enero de 1915 sus partidarios eran escasos, y la táctica estilo pogrom de las tropas de choque, que llegó a ser posteriormente tan característica del fas cismo, todavía no existía. Los primeros fascios no perseguían otro propósito que el de forzar la entrada en guerra de Italia. Cuando se alcanzó este objetivo, fueron disueltos. Hasta 1919 no se produjo la nueva fundación de las organizaciones fascistas. 

Mussolini se incorporó al frente como voluntario, pero él y los demás intervencionistas encontraron algunas sorpresas en las trincheras. Con esto no queremos aludir a los conocidos sufrimientos del soldado en la guerra moderna, sino a decepciones de otro orden muy distinto. En su despacho de redacción o en las calles, hacia la primavera de 1915, Mussolini estuvo al frente de unas masas entusiastas; pero en las trincheras, él y sus correligionarios entraron en contacto con el amargo resentimiento antibélico de la mayor parte de sus camaradas. Y en eso, muchos oficiales en activo pensaban igual que la tropa. Aquí aparecía el reverso de la moneda. En las demostraciones de las grandes ciudades, algunos millares de ruidosos y jóvenes patriotas podían hacerse pasar por intérpretes de la nación; pero en las trincheras estaba el verdadero pueblo. Allí había cientos de miles de hombres del campo, y obreros organizados de las grandes ciudades, que maldecían la guerra. Un ex-sindicalista llamado Corridoni, que fue uno de los colaboradores más entusiastas de Mussolini en la propaganda belicista, se incorporó también al frente y cayó. Más tarde Mussolini ha referido cómo le comunicaron la muerte de su amigo. 

«Volvía yo de una misión de trabajo, solo, cuando se me acercó uno y me dijo: ¿Eres tú Mussolini? `Sí’, le dije, y el otro continuó: ‘Pues bien, tengo una buena noticia para ti. Corridoni ha estirado la pata. ¡Se lo tenía merecido! ¡Me alegro! ¡Así revienten todos esos malditos intervencionistas!’» 

Humanamente, el italiano es por lo menos tan valiente, decidido y pundonoroso como cualquier otro pueblo europeo. Por eso es tan sorprendente la extraordinaria incapacidad militar del ejército italiano durante la guerra mundial. Durante tres años, los italianos fueron incapaces de habérselas con una pequeña fracción del ejército austríaco; luego, cuando les atacaron las divisiones alemanas, el ejército Italiano se derrumbó totalmente y sólo se salvó, y aún con apuros, gracias a la urgente intervención de tropas de refuerzo inglesas y francesas. El papel desempeñado por Italia en la guerra sólo es comprensible teniendo en cuenta que una mayoría del ejército italiano aborrecía la guerra y oponía a sus jefes la resistencia pasiva. Este ejemplo italiano podría ser de gran importancia, para el caso de que entre en guerra alguno de los países fascistas actuales. 

Mientras que alemanes, franceses e ingleses guerreaban con vencidos, en 1914, de que estaban luchando por la existencia de sus respectivos países, y mientras que nueve décimas partes de la población de los mismos apoyaba consciente y decididamente la guerra, en cambio en Italia la guerra fue impuesta, ya por aquel entonces, de una manera fascista; es decir, que el pueblo fue coaccionado por una minoría ruidosa y bien organizada. Todo Estado fascista está condenado a derrumbarse en una guerra verdadera, porque la guerra moderna exige la colaboración de todo el pueblo. En caso de guerra, el gobierno fascista tendría que apelar a las masas populares pisoteadas por él, y caería víctima de la resistencia popular pasiva, y más tarde incluso activa. 

Durante el invierno de 1917-18, el gobierno imperialista de Italia se habría hundido lamentablemente de no haber contado con el apoyo de las potencias aliadas. A fines del año 1918, y gracias a la energía de las burguesías americana, británica y francesa, Italia figuró también entre las potencias vencedoras; con la paz, Italia consiguió, aproximadamente, los objetivos por los cuales había entrado en guerra. Pero el pueblo italiano no se alegró de su victoria, pagada al precio de tres años y medio de miseria en las trincheras y privaciones en el país. A esto venía a sumarse el paro masivo, consecuencia habitual del paso de una economía de guerra a una economía de paz. La salud económica de Italia, endeble de por sí, no resistió a las conmociones de la crisis. El espectro de la inflación se extendió por el país. Un escandaloso tráfico ilegal de divisas y mercancías se desarrollaba ante los mismos ojos de las masas populares hambrientas. 

En el año 1919, la inmensa mayoría del pueblo italiano experimentaba un odio violento hacia la política de guerra y todo cuanto tuviera que ver con ella. En esto, campesinos, obreros y pequeños burgueses estaban totalmente de acuerdo. Se había disipado la embriaguez nacionalista de 1915. Trento y Trieste habían sido redimidas, pero ¿qué importaba eso en comparación con todos los padecimientos y sacrificios por los que pasó el pueblo italiano? Bajo la presión de la opinión popular, los imperialistas fueron derribados del poder, y volvieron a él los antiguos liberales de la época anterior a la guerra; hasta el inevitable Giolitti resurgió del olvido. Mussolini, que en 1915 partió hacia el frente acompañado por el clamor de un victorioso movimiento de masas, en 1919 volvía solo y despreciado, con su grado de suboficial (no se le quiso conceder una graduación más alta: tanta era la antipatía de sus superiores hacia el intervencionista). Volvió a publicar su gacetilla en Milán, pero nadie le tomaba en serio a él ni a sus ideas. 

El socialismo se vio extraordinariamente reforzado por el resentimiento de las masas populares contra la política belicista y sus fautores y beneficiarios. El partido socialista italiano había luchado sin vacilaciones contra la intervención de Italia en la guerra, y pareció que las consecuencias de ésta justificaban tal actitud. En las elecciones al Parlamento del año 1919, los socialistas consiguieron más de 150 escaños. El número de votantes rojos fue mucho mayor que el de obreros industriales del país; por aquel entonces, se había unido al movimiento socialista una parte considerable de la pequeña burguesía urbana y, lo que tal vez fuese más importante, el socialismo logró abrir brecha entre los campesinos y aparceros del Sur. Estaba representado en el Parlamento, además de los socialistas, un gran partido católico democrático, y los grupos conservadores o liberales del viejo estilo contemplaban el porvenir con aprensión. 

Durante los años 1919 y 1920 la revolución proletaria parecía inminente en Italia. El partido socialista se incorporó sin reservas a la Tercera Internacional. Las huelgas y manifestaciones obreras estaban a la orden del día. Los socialistas conquistaban la mayoría en cientos de municipios, haciéndose cargo de la administración. Aumentaba la influencia de los sindicatos. Los campesinos pobres ya no se sometían a la imposición de los terratenientes. El punto álgido de todo este movimiento revolucionario fue la famosa ocupación de las fábricas en 1920, cuando los obreros de todas las grandes ciudades y zonas industriales se apoderaron de las fábricas y consiguieron hacerlas funcionar durante algún tiempo bajo su control. 

Por aquel entonces, efectivamente, habría sido posible en Italia una revolución proletaria victoriosa, si hubiera existido un partido decididamente revolucionario para dar unidad al movimiento de los obreros y campesinos pobres, con objeto de conducir a las masas en la lucha final. Dado el estado de ánimo que imperaba entre el pueblo y la extraordinaria debilidad del llamado gobierno liberal, las fuerzas armadas apenas si habrían opuesto una resistencia seria. Pero la gran mayoría de los socialistas italianos no estaban decididos a hacer la revolución. Las masas obreras carecían de toda experiencia revolucionaria, y la mayor parte de los dirigentes no sabían qué hacer en tan críticas circunstancias. Además, el movimiento socialista estaba desunido y dividido; a partir de 1920 se escindió en tres tendencias que luchaban enconadamente entre sí. A los socialistas italianos les pasó lo peor que podía ocurrirles en una época semejante: parec ían revolucionarios y no lo eran. Manifestaban tanto radicalismo, que les metieron el miedo en el cuerpo a las clases dominantes y a los propietarios. Pero no eran lo bastante radicales como para dar de verdad el golpe decisivo. Los años 1919 y 1920 pasaron sin que los socialistas conquistaran el poder ni dieran un paso definitivo. No se puede congelar la revolución. Al perder la oportunidad favorable, el proletariado se entregó como víctima a sus enemigos. 

En marzo de 1919 Mussolini renovó sus «fasci di combattimento», los «fascios de combate» de 1915. Empezó con algunos cientos de partidarios. Su programa radicalnacionalista era de lo más impopular que podía darse entonces. En las elecciones parlamentarias del mismo año, los fascistas sufrieron una derrota total. La masa de la tropa había vuelto del frente muy resentida contra los propagandistas de la guerra, pero la política antibélica sustentada por el gobierno liberal llegó a extremos equivocados. No se prestó ninguna ayuda a los mutilados de guerra, ni a los ex-combatientes en general. Oficiales hubo que recibieron palizas sólo por llevar un uniforme; la masa popular enfurecida se abalanzaba sobre los mutilados y les arrancaba las condecoraciones. Pero todo esto habría carecido de importancia si el movimiento antibélico se hubiera convertido realmente en revolución socialista. La revolución no ocurrió, y millares de ex combatientes siguieron sin empleo, sintiéndose vendidos y traicionados. Esto se aplica tanto a las antiguas clases de tropa como a los antiguos oficiales de complemento, que andaban ahora en busca de trabajo. Poco a poco empezó a resucitar en esos círculos el espíritu de la acción nacionalista, cuyo primer profeta no fue Mussolini, sino el poeta Gabriele d’Annunzio. 

Desde 1919 hasta 1921, el sobreexcitado pueblo italiano no sólo se vio en situación de emergencia económica, sino que además se creyó engañado en los tratados de paz por sus ex aliados. No se querían ver las ventajas adquiridas por Italia con la paz, sino que se prefería reclamar lo poco que Italia no había conseguido. Así, por ejemplo, la ciudad portuaria de Fiume, cuya población era italiana, no había sido incorporada a Italia en los tratados. La suerte de Fiume indignaba a muchos italianos. D’Annunzio formó un cuerpo de voluntarios, traspasó la frontera contraviniendo las órdenes del gobierno italiano y ocupó Fiume. El poeta actuó como un nuevo Garibaldi; allí donde había fracasado el gobierno, él convocó a la juventud patriota poniéndose al frente de la misma. 

Mussolini comprendió la extraordinaria importancia de la empresa de Fiume. Puso su partido al servicio de esta acción e hizo todo lo posible para activar la propaganda a favor de D’Annunzio. Por primera vez, las tropas de choque nacionalistas volvían a actuar frente a la marea socialista y pacifista imperante. Poco a poco, también las tropas de choque de Mussolini fueron sumando partidarios, y al transcurrir el año 1921 el fascismo volvió a ser una fuerza política en Italia. El partido crecía, no por los procedimientos normales de los movimientos políticos, sino por la ofensiva violenta de sus tropas de choque; no luchando contra un enemigo extranjero, como bajo Garibaldi y D’Annun zio, sino contra un enemigo interior, contra los socialistas organizados y los comunistas. 

Los hombres del gobierno liberal sintieron vacilar el suelo bajo sus pies. Los obreros y los campesinos pobres rechazaban el sistema imperante, pero también los capitalistas del Norte y los terratenientes del Sur abrigaban un creciente resentimiento contra su gobierno, incapaz de contener la marea roja. Los sedicentes gobiernos liberales de preguerra vivían gracias a sus maniobras electorales en el centro y sur de Italia, donde los prefectos, en colaboración con los terratenientes y camarillas locales, se encargaban de dar el pucherazo. Pero desde la guerra, la época dorada del liberalismo estaba acabada, se había fundido bajo las llamaradas de la lucha de clases. Los liberales pudieron acceder al poder en 1919 gracias a que el pueblo odiaba a los imperialistas y a que los socialistas no eran capaces de hacerse cargo del gobierno. Entre 1919 y 1922 los ministros liberales no fueron más que figurantes en quienes nadie confiaba. Por eso ellos no se atrevían dar un paso decisivo, y no querían enemistarse del todo con ningún partido o clase. 

Mussolini, por su parte, llamaba a su alrededor a la juventud intelectual y muy particularmente a los ex-combatientes. Les decía que los ministros liberales y los omnipresentes socialistas habían desperdiciado la victoria, sumido a Italia en la miseria, insultado y postergado a los ex-combatientes y mutilados. El fascismo, en cambio, sacaría de la victoria las consecuencias necesarias y construiría una Italia nueva, orgullosa y feliz. Los obreros, comerciantes y estudiantes sin medios de vida, que no habían encontrado ayuda en el socialismo, acudieron a Mussolini. Cuando sus tropas de choque se apuntaron los primeros éxitos, destruyeron los locales de los sindicatos y maltrataron o incluso asesinaron a los líderes obreros, los capitalistas se dieron cuenta de que había nacido una estrella buena para ellos. Los industriales empezaron a financiar el fascismo, y también los terratenientes se asociaron de buen grado a un movimiento que les ponía en cintura a los aparceros. Las expediciones fascistas de castigo salieron a los pueblos, y desbarataron por la violencia y el crimen las organizaciones locales de los obreros rurales y los pequeños campesinos. Los terratenientes ya podían dormir tranquilos. 

A lo largo del año 1921, Mussolini se convirtió en el admirado defensor de los capitalistas y caciques agrarios. La juventud intelectual y los ex-combatientes afluían a sus filas. En todas partes, los obreros italianos resistieron con arrojo a los fascistas y a su ola de terror. Lo cierto es que no se produjo contra el terror blanco ninguna reacción de defensa a gran escala, simultánea en todo el país y con toda la fuerza del proletariado. Los trabajadores lucharon heroicamente en todas partes, pero aislados, por una causa ya perdida. Al recordar la historia del proletariado italiano durante los años 1921 y 1922, con su interminable serie de sucesos siempre iguales, sus incontables incendios, em boscadas, destrucciones, muertes, se llega a la conclusión de que los obreros, a pesar de todas las circunstancias desfavorables, habrían sido capaces de acabar con los fascistas con sólo que el poder estatal hubiera guardado un poco de neutralidad u objetividad. Pero, siempre que la defensa proletaria se apuntaba una victoria sobre los fascistas, intervenía automáticamente la gendarmería estatal o el ejército. Los obreros tal vez habrían podido con los fascistas, pero no con la fuerza armada y organizada del Estado. Los gendarmes abatían a tiros a los luchadores obreros, o los metían en la cárcel, y entonces regresaban los fascistas y completaban triunfantes su obra de destrucción. 

Pasó en Italia lo mismo que durante los pogroms rusos. Las bandas terroristas sólo vencían gracias a que las apoyaba el poder estatal cuando la cosa iba en serio. En 1919 y 1920, los ministros liberales italianos no se atrevieron a provocar a los obreros. Cuando el socialismo todavía estaba en plena racha y se contaba con la inminencia de la revolución roja, el gobierno liberal proclamó una especie de neutralidad del poder estatal frente a las luchas de clases. Ni siquiera cuando fueron ocupadas las fábricas, en otoño de 1920, dio orden de disparar el Gobierno, limitándose a realizar gestiones de negociación. Con la aparición de Mussolini y sus fascistas, la burguesía volvió a envalentonarse, y esto se contagió a los funcionarios de la Administración, a los jefes de policía y a los oficiales. Si los fascistas zurraban tan gallardamente a los revoltosos rojos, la policía no iba a ser menos. Hacia 1919 y 1920, las notables contradicciones internas de la sociedad italiana habían debilitado a tal punto el poder estatal constituido, que nadie lo respetaba. Desde el punto de vista puramente técnico, el ejército regular y la policía aún eran cien veces más fuertes que las escuadras fascistas. Pero los fascistas estaban decididos a pulverizar sin contemplaciones las organizaciones obreras. Ellos comenzaban la ofensiva, y luego les seguía la pesada maquinaria estatal. Cuando la cosa iba en serio, el poder estatal hacía el trabajo, mientras los fascistas se llevaban Ios honores de la victoria. 

Imaginemos que en una pelea callejera están de un lado cinco hombres armados con bastones, y del otro un grupo de diez hombres que llevan todos un revólver en el bolsillo, pero no se atreven a usarlo. Los cinco de los bastones podrán hacer lo que quieran de los otros diez, a pesar de los revólveres. De repente aparece un muchacho que se abalanza sobre los cinco dando gritos, y entonces es cuando los otros diez sacan sus revólveres y liquidan a mansalva a los cinco. El muchacho ruidoso sería como el fascismo, y los diez hombres armados serían como la burguesía y su poder estatal legal. Los cinco hombres de los bastones son a veces, por desgracia, los obreros organizados. La aparición del fascismo nunca modifica las relaciones reales entre la fuerza de la clase burguesa y la del proletariado. Si el proletariado es realmente más fuerte que la burguesía, entonces vencerá con o sin fascismo. Pero si la clase capitalista es objetivamente más fuerte, la aparición del fascismo puede acarrear la destrucción del movimiento obrero. 

A partir de 1921, Mussolini tuvo a sus mejores amigos en los terratenientes del centro y sur de Italia, a quienes protegía de la revolución agraria. Destruidas sus organizaciones, la clase de los pequeños campesinos volvió a la sumisión de antaño. Callaron y obedecieron, pero no se convirtieron en fascistas activos. También la pequeña burguesía de estas regiones consideró siempre al fascismo como algo ajeno a ella. En el norte de Italia, por el contrario, en las partes modernas y desarrolladas del país, el fas cismo se convirtió en un auténtico movimiento de masas desde 1921. Cierto es que la mayoría de los obreros industriales organizados permaneció fiel a sus antiguas convicciones. Sin embargo, Mussolini logró captar poco a poco la adhesión activa, no sólo de los capitalistas que le financiaban y de los estudiantes, ex-combatientes y aventureros que militaban en sus tropas de choque, sino también de la clase media burguesa. 

En las elecciones parlamentarias de mayo de 1921, Mussolini consiguió un número asombroso de sufragios, sobre todo en Milán, Pavía, Bolonia y Ferrara, e ingresó en el Parlamento a la cabeza de 33 diputados. 

Se ha dicho a veces que actualmente las clases medias alber gan un odio fanático y secreto contra el proletariado; que no esperan sino una buena ocasión para coger las armas y aplastar a los trabajadores; que la clase media tiene miedo de verse prole tarizada a su vez, y que por eso odia al obrero y no busca sino la forma de pisotearlo. Es una teoría muy peregrina. ¿Por qué razón el pequeño artesano y el comerciante odiarían a los obreros, que con frecuencia son los mejores clientes de sus tiendas, de quienes —en las barriadas proletarias— viven, a fin de cuentas? ¿Qué motivo puede tener el empleado para querer apuñalar por la espalda a su compañero de trabajo, el obrero manual? ¿Cómo puede ser cierto que los estudiantes esperen la primera oportunidad para fusilar a la pobre gente de su mismo pueblo? Baste recordar aquí el hecho banal de que hoy día son muy numerosos y multiformes los puntos de contacto que existen entre la pequeña clase media y el proletariado; que hay familias en las que uno de los hermanos es albañil, el otro empleado y el otro artesano, mientras que el hijo de uno de ellos va a la universidad gracias al sacrificio de todos. El odio innato de la clase media contra los obreros, pretendido móvil secreto del fascismo, es una de tantas necedades de la sociología de vía estrecha. 


Fuente: El Fascismo como movimiento de masas, Editorial Omegalfa