ROSSANA ROSSANDA (1924-2020)

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Por Isidoro Cruz Bernal

Era una noticia que, íntimamente, uno la esperaba por puro vicio racional de expectativas. Sin embargo, nos alegrábamos de que no llegara. Ignorábamos, egoístamente, los deseos de la principal afectada por esa persistencia vital, casi exagerada. La muerte parecía haberla olvidado, como refirió una vez, respecto a sí mismo, Sir John Gielgud, quién casualmente murió, como Rossana, a los 96 años.

Rossanda encarnó la memoria del movimiento comunista internacional en la parte mejor de las esperanzas que éste desató. La fraternidad universal del antifascismo, la retirada del sistema colonial del capitalismo, la fortaleza de la clase obrera en la estructura productiva. Con lucidez reconoció la tragedia que acompañó a esta esperanza: la industrialización stalinista, devoradora de hombres, y los campos de trabajo que fueron su derivación, las purgas políticas como modo de resolución de la política comunista, la negociación por arriba de los impulsos de la base obrera y sus resultados muchas veces indefendibles.

La lectura de algunos de sus textos críticos acerca del socialismo real, dispersos en cuadernos de Anagrama o de Pasado y Presente, me indicaron la existencia de un nivel de crítica más profundo a esas formaciones sociales que aquel al que había llegado el movimiento trotskista, en el que yo había sido formado y que, al menos en Argentina, sigue defendiendo las tesis del estado obrero burocratizado para explicar el curso de la revolución rusa a partir de Stalin. Podía entender las razones de Trotsky para detener su crítica y no incursionar en zonas que le parecían indecidibles. Pero el conservadorismo de los guardianes de su herencia, que se prolonga hasta hoy, me resultó imposible de entender, salvo por las derivas inertes de los intereses de aparato. Los textos de Rossanda sobre el “campo socialista”, y de algunos otros marxistas críticos, me sirvieron para interrogar los puntos débiles de mi formación teórico-política inicial y no conformarme con las verdades sencillas del boletín interno.

Otra zona de su obra permite que nos acerquemos a las complejas realidades de la militancia comunista del siglo XX. Esto puede verse en sus memorias, tituladas irónicamente La muchacha del siglo pasado, que desataron varias reacciones airadas de intelectuales liberales debido a su falta de arrepentimiento por haber sido una comunista crítica. El establishment mundial nos tiene asignados unos casilleros clasificatorios a los que hay que respetar, tanto en la obediencia como en la rebeldía (permitida o sugerida). Rossanda pudo escapar de esa asfixiante prescriptiva. Apostó a las mejores fuerzas existentes en el comunismo italiano y rompió con éste cuando el PCI se puso en contra de la rebelión obrera y estudiantil que expresaba el largo sesentaiochismo internacional. Participó de los diversos intentos por construir un partido revolucionario que expresara esta rebelión, italiana e internacional. Al mismo tiempo, supo advertir su marchitamiento cuando aún no era enteramente visible. Un artículo suyo sobre el golpe de Pinochet contra Allende intentó advertir a la izquierda revolucionaria las múltiples amenazas que la reacción burguesa internacional pensaba poner en juego para combatir a sus antagonistas. La llamada “crisis del marxismo” en los años setenta y la emergencia más neta del orden neoliberal a inicios de los ochenta configuraron una situación reaccionaria que terminó de condensarse con el hundimiento del campo socialista, que arrastró a sus partidarios sinceros como a los marxistas críticos.

Si la juventud de Rossana Rossanda estuvo marcada por el ascenso del antifascismo, la izquierda y el anticolonialismo; los últimos años de su vida la hicieron asistir a una decadencia sin aparente salida de la izquierda revolucionaria, la consolidación neoliberal y el reciclaje indefinido de las crisis así como de la barbarie social que segrega, los retornos del racismo y el auge de una derecha posfascista que viene a poner el hombro para defender lo esencial del orden burgués realmente existente. Su actitud ante este curso nefasto no fue la nostalgia por lo perdido ni la búsqueda de falsos consuelos ni la adaptación a la sociedad capitalista. Tampoco optó por un retiro misántropo respecto a un mundo que rechazaba con razón. Tomó la decisión ética y política más aceptable. Escribió lo que pasaba y cómo ella lo veía, sus textos de las últimas décadas testimonian el curso reaccionario del mundo en que vivimos. Analizó implacablemente lo existente, buscó los puntos de fuga y de disminución de los daños a los que el movimiento popular pudiera recurrir mientras no consiguiera producir una reorientación global que le permita acumular fuerzas y avanzar nuevamente.

Rossana Rossanda escribió varios libros notables. Pero el rasgo fundamental de su obra puede encontrarse en sus producciones más breves. De allí nace la confusión que, a veces, la clasificó como periodista. Rossanda brilló en sus artículos políticos y, también en un tipo de producción que el vulgo mediático rara vez entiende, los documentos políticos, en los que se caracterizan distintos momentos históricos y se proponen ideas y tareas para intervenir en la realidad. La modernidad del enfoque de Rossanda también se advierte en su temprana adopción del feminismo como perspectiva necesaria para el pensamiento de izquierda. La crítica asidua y su negativa a reconciliarse con el mundo capitalista, junto a sus textos, constituye el centro de un legado político que permanecerá.

Isidoro Cruz Bernal