Antoni Domènech:De la vigencia de Gramsci: esbozo para la controversia [1]

Print Friendly, PDF & Email

por Antoni Domènech*

El cuadragésimo aniversario de la muerte de Gramsci se conmemora probablemente en el momento culminante de la celebración de su obra y de su vida en diversos ambientes obreros y revolucionarios. A su espléndida divulgación y a su extendido conocimiento en Italia, y a su posterior difusión en Francia y en España, hay que añadir la creciente influencia que ejerce ya su reflexión en la cultura socialista anglosajona, así como el brote de un espontáneo, casi repentino, interés por el marxismo de Antonio Gramsci en la República Federal Alemana. Puede, pues, registrarse sin mayor incómodo el hecho de que Gramsci constituye hoy un punto de referencia, obligado para la controversia en torno de las cuestiones que, por rotularlas de un modo operativo, suelen incluirse en la problemática de la Revolución en Occidente. Por eso la conmemoración en estos momentos del aniversario del fin de su atormentada y admirable vida, hecha como es el caso de la presente desde el punto de vista de la discusión de la actualidad, de la vigencia, de su reflexión, no puede sino situarlo respecto de la disputa sobre la actualidad de la misma Revolución en Occidente y respecto de la vigencia de la noción marxiana de la Revolución. O cuando menos intentarlo. 

La constatación de la especificidad de los procesos revolucionarios en Occidente no hay que cargarla sin más en el exclusivo haber de Gramsci. Frente a la degeneración reformista del marxismo occidental de la II Internacional, y frente a la tendencia de un sector mayoritario de la III a entender la Revolución en Occidente como un tuplo de la Revolución rusa, se alzaron en el seno mismo de la Internacional Comunista voces tan diversas como las de Paul Levi, Karl Radeck y Eugen Varga, o Anton Pannekoek y Amadeo Bordiga, por mencionar nombres notorios y relevantes de la derecha y de la izquierda comunista de principios de los años veinte. Pero ya la apariencia de que se polemizara en torno de los problemas que ofrecía la interpretación del proceso revolucionario en el Occidente desarrollado como si de una controversia marxista temáticamente nueva se tratara tiene algo de paradójico: pues las principales contribuciones de Marx y Engels a la fundamentación de la posibilidad emancipatoria estaban circunscritas precisamente a esa zona geográfica, en la que el despegue industrial había originado una clase obrera moderna. Es claro que esta paradoja remite a un fenómeno de mayor alcance: el estallido de la primera Revolución socialista en un país de capitalismo “poco desarrollado”. Mas lo que tiene aquí que merecer nuestra atención es otra cosa, a saber: que Gramsci, y los marxistas comunistas con sensibilidad revolucionaria “occidental” polemizan duramente sobre todo -ya lo proclamen abiertamente, ya se desprenda, en cambio, del sentido histórico de su disputa- con la herencia “ortodoxa” del marxismo occidental reformísticamente degenerado de la socialdemocracia -con el telón de fondo, naturalmente de la Revolución rusa-. Y sólo secundariamente con el marxismo de cuño eslavo cuyo sucedáneo en Occidente, como tendremos ocasión de ver, vino a representar el papel de ala izquierda del kautskysmo en algunos aspectos. En todo caso, por lo menos, es convicción del autor de estas líneas que resulta más productivo enfocar de ese modo el problema, vérselas con él de esta manera y tomar luego si acaso en consideración la otra perspectiva. Sólo contemplada así la cosa, la originalidad y la fecundidad de la reflexión gramsciana resaltan y adquieren auténtico relieve respecto de aportaciones antecedentes y coetáneas -y posteriores- de ella. 

“El comunismo es un movimiento real…”

En la tradición marxista clásica las contribuciones intelectuales propias se han entendido siempre como fundamentación de la plausibilidad de la emancipación social. El marxismo así practicado es ante todo basamentación científica de la tarea emancipatoria, “socialismo científico” como lo calificó Engels o “teoría de la Revolución” como quiso Lukács. De modo que le resultan atinentes dos tipos de problemas: los derivados de la naturaleza misma del mal social, de su legaliformidad, y los que tienen que ver con la constitución del sujeto revolucionario, del agente emancipatorio en primera instancia. Ambos aspectos de la “teoría de la Revolución” están estrechamente imbricados en la idea que de ellos se ha hecho el marxismo porque el mal social engendra a su propio cirujano: que no es otro que el enfermo más grave. El joven Marx expresó esta concepción calificando al agente emancipador de la humanidad, esto es, a la clase obrera, como el sujeto más desposeído históricamente de las característicias esenciales de la especie humana. Sin embargo, Marx cambió y matizó varias veces en su vida su posición en lo que hace al modo de constituirse el sujeto revolucionario a partir del mal social específicamente capitalista. En el Manifiesto Comunista, por ejemplo, puede encontrarse expresada la calibración optimista siguiente: La formación social basada en el modo de producción capitalista agudiza como ninguna otra formación anterior las contraposiciones de clases, reduciéndolas cada vez más a dos antagonistas hostilmente enfrentados. Eso en primer lugar. En segunda lugar, la implantación del capitalismo destruye los nexos aparentemente personales de las relaciones sociales precapitalistas y crea unas relaciones sociales nuevas, objetivadas, entre los hombres, relaciones en las que ha desaparecido la ilusión -medieval, sobre todo- personalizante de los vínculos sociales, dando a la explotación del hombre por el hombre una apariencia objetiva, independiente del hombre por el hombre una apariencia objetiva, independiente de los individuos. Ese factor bastaba, pues, en el Manifiesto Comunista para inferir que la formación de la consciencia de clase del proletariado industrial moderno era cosa mucho más sencilla, rápida y continuada que la de cualquier otra clase explotada inserta en un marco social diferente [2]. Las previsiones, no obstante, del Marx de 1847 se vieron convulsionadas por la derrota de la Revolución de 1848. Esa experiencia indujo a Marx a la investigación pormenorizada del mal social burgués, a la exploración científica de las tendencias objetivas à la longue del capitalismo y a atemperar su entusiasmo respecto de la facilidad con que la consciencia proletaria de clase encarnaba en los trabajadores sometidos a la explotación del capital. He ahí algunos de los resultados a los que llegó.

Las relaciones sociales de producción que actúan en el capitalismo diluyen, ciertamente, la ilusión de que se trate de vínculos personales y aparecen ante sus agente como relaciones objetivas independientes de su voluntad y de su hacer. Más aún: como relaciones entre cosas y no entre hombres. Por eso el capitalismo engendra un nuevo tipo de falsa consciencia –específicamente social– respecto de las relaciones de producción pues éstas se constituyen como entes autónomos de los individuos, con una legaliformidad propia, semejante a la que rige los procesos de la naturaleza y que como ésta se impone a los individuos “ciegamente”. En cambio, la falsa conciencia ilusoria precapitalista no era propiamente social, sino que afectaba primordialmente al entorno natural de los hombres -a las “condiciones materiales” de la producción-, y sólo indirectamente a las relaciones entre ellos, esto es, en que esas relaciones no eran sino vínculos y nexos aún insuficientemente desprendidos de la naturaleza [3]. Cuanto más desarrollado, por tanto, el tejido social cuyas fibras son las relaciones sociales capitalistas, tanto más naturalmente aparecerá la legaliformidad que orienta su constitución y su reproducción como algo sobrehistórico -o sea, sobresocial-y de eterna vigencia. La evolución del capitalismo conlleva, pues una indiscutible tendencia al fortalecimiento de la ideología como falsa conciencia social; como obstáculo, por ende, para la formación de la consciencia de clase. Tal es la contrapartida de la eufórica estimación engelsiana ya evocada a propósito de las ventajas revolucionarias que ofrecía la concentración obrera provocada por la industrialización capitalista. Marx ha descubierto, empero, en el movimiento evolutivo del capital un elemento que es de importancia cardinal: el proceso de acumulación conlleva unas interrupciones bruscas y periódicas derivadas de la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia que aunque funcionales en principio al desarrollo capitalista, producen cuando aparecen crisis de fuertes consecuencias sociales. En la medida en que la envergadura del proceso acumulativo crece, mayores son también los costes sociales de las crisis que le son inherentes. Y entre esos costes está el que sigue: la destrucción de la apariencia de naturalidad y eternidad, de sobrehistoricidad, de las relaciones sociales burguesas; tanto más intensa, cuanto mayor alcance y entidad cobre la crisis económica-social [4]. La constitución, por lo tanto, del sujeto de la Revolución -entendiendo por tal el conjunto de la clase obrera [5]- tiene ahora que ver con los trastornos cíclicos de la vida del capital. El que Marx no diera, hasta los borradores del El Capital, con la clave explicativa de la diferencia cualitativa de las relaciones sociales burguesas respecto de los nexos precapitalistas se debe probablemente a la influencia de la dicotomía entre la “sociedad natural” antigua y la moderna “sociedad civil” burguesa establecida por los politólogos ingleses dieciochescos y por la antropología filosófica  de la segunda Ilustración alemana. La asimilación de la economía política y el descubrimiento del reino de las constricciones materiales-sociales, aclara el cambio de actitud y la consiguiente matización de las expectativas. De manera que el descubrimiento de la limitación histórica del capitalismo y de la necesaria conflictividad de su evolución a través de períodos críticos arrojaba a la vez el resultado de una mayor precisión en lo que concierne a la evaluación del proceso de formación del agente emancipatorio, a su naturaleza y al modo -puntual, discontinuo- de su génesis a partir de los mecanismo reguladores de la sociedad burguesa. 

Sin embargo, las hipótesis marxianas básicas acerca del mundo burgués no fueron cabalmente entendidas (no lo son aún, en gran parte) por la mayoría de sus seguidores, sobre todo por los epígonos de la “ortodoxia” socialdemócrata alemana. Se impuso, en cambio, de ordinario la idea según la cual los males que aquejaban al capitalismo estaban originados por la depauperización creciente de las masas trabajadoras y la consiguiente desproporcionalidad surgida entre el creciente aparato productivo del capital y la menguante esfera del consumo que restringía los mercados. El capitalismo, según esta concepción, tendría un problema crónico de realización de la ganancia que no podría sino agravarse [6]. Aparte de otras consideraciones, esta concepción errónea de la naturaleza de las crisis resultaba incapaz de explicar las fases y los períodos culminantes del capitalismo (estando paradójicamente formulada en uno de ellos)[7]: los tiempos de vacas flacas y las épocas de vacas gordas se solapaban en una solución de continuidad tan gradualista como fatal: de paulatina pero irreversible evolución del capitalismo hacia su ruina final. ¿Qué estrategia podía derivarse de aquí? ¿Cómo debía responder el movimiento obrero ante las expectativas que ese análisis le ofrecía? ¿Qué consecuencias tenía ese análisis para la conducta del proletariado organizado? Veámoslo sin perdernos en los detalles históricos. No describiendo una primera o una tercera elaboración estratégica suelta; ni muchos menos la serie entera de las sucesivas disputas socialdemócratas sobre los fundamentos de su acción. Consideremos sólo una de ellas: una elaboración estratégica ejemplar porque deja aflorar todos sus presupuestos. 

En 1910 se desarrolló en las páginas de la Neue Zeit una polémica entre Karl Kautsky y Rosa Luxemburg a raíz de un artículo de aquél en el que se defendía una “estrategia del cansancio” (Ermattungstrategie). Según Kautsky la clase obrera debía conducirse de modo que contribuyera al desgaste del adversario: se trataba de una estrategia a largo plazo en la que no se descartaba el momento de la ruptura revolucionaria, pero se la postergaba hasta que hubiera condiciones para ello. Y esas condiciones no eran otras que el cansancio del enemigo de clase, la llegada de su postrero aliento y acaso su rendido desmayo. Como es natural, el background que hacía plausible esta estrategia era la estimación de que el capitalismo padecía unas insuficiencias crónicas que paulatina y gradualmente conducirían a su derrumbe. Kautsky opuso esta táctica a la “estrategia de aniquilamiento” (Niederwerfunstrategie) de asalto frontal a los valladares enemigos [8]. El comportamiento político estrictamente electoral y parlamentario, la organización y la lucha sindicales meramente reivindicativas y otras características de menor relieve de la política socialdemócrata se desprendían de un modo nada artificial de aquella estimación del capitalismo y encontraban un marco programático estratégico adecuado en la Ermattunstrategie kautskyana [9]. Como se puede apreciar (y como se comprobó luego catastróficamente), las principales implicaciones que esa estrategia, fundada en una falsa concepción de la conflictividad del desarrollo capitalista, tiene para el movimiento obrero son: en primer lugar, la desorientación en que sume a éste respecto de las diversas fases -críticas o pujantes- por las que de verdad pasa el capitalismo, puesto que la vida del capital es presentada de un modo duramente agonizante; en segundo lugar, la inutilización del movimiento obrero organizado en las situaciones auténticamente críticas del capital, puesto que en esas situaciones -ya sea con guerras interimperialistas, ya con el ascenso de regímenes de excepción, ya con ambas cosas a la vez- resulta irremediablemente socavado el terreno en el que se afirma la “estrategia del cansancio” (por lo menos en las crisis del estilo de las que se conocen desde comienzos del siglo XX). Así, cuando se produjo la convulsión capitalista que dio lugar al primera Guerra Mundial, la socialdemocracia se encontraba organizativa y doctrinalmente desprevenida y fue sorprendida por el marasmo del mundo burgués: de otro modo no resultan explicables el chauvinismo con que contempló el advenimiento del conflicto bélico y las consiguientes votaciones de los créditos de guerra de los parlamentarios socialdemócratas alemanes (por atender a las más llamativas muestras tempranas de su degeneración). La guerra, la Revolución socialista rusa y las insurrecciones proletarias en cadena en la Europa Central y Oriental refutaron sin paliativos la errónea concepción kautskyana del capitalismo y las expectativas políticas en ella basadas. La escisión comunista se produjo en polémica con esa concepción y motivada por la crisis general en que se debatía el capitalismo europeo de la postguerra [10]. 

El “período histórico de decadencia del capitalismo” que parecía abrirse en la inmediata postguerra puso la Revolución al orden del día. Dio de nuevo sentido a la afirmación del Manifiesto Comunisa y de la Ideología Alemana según la cual “el comunismo no es un ideal por el que se lucha, el comunismo es un movimiento real…”. La “actualidad de la Revolución” presidió los primeros tiempos de la Internacional Comunista. En 1919 escribe Zinoviev: “El movimiento evoluciona a una velocidad tan vertiginosa que podemos sostener con certeza que en un año empezaremos a desmentir que se haya combatido en Europa por el comunismo: en un año toda Europa será comunista”. Sólo un par de años más tarde, en el III Congreso de la Komitern, Trotsky llega, sin embargo, a la conclusión de que “no estamos tan cerca del objetivo final, de la conquista del poder, de la revolución mundial. En 1919 decíamos: es cuestión de meses, hoy decimos que incluso es cuestión de años”. Entre 1918 y 1921 se consuma, en efecto, la derrota de la Revolución en Europa y comienza un largo período de repliegue realizado durante bastantes años en el marco de un capitalismo crónicamente estancado, o -como se le calificó en medios comunistas a partir de 1923-25- sólo relativamente estabilizado que acabó por desembocar en el fenomenal crash mundial de la economía capitalista en 1929. Las reflexiones gramscianas post-ordinovistas -que es la que nos interesa considerar aquí- son básicamente una reflexión sobre la derrota de la Revolución en Occidente y una reconsideración de las hipótesis marxianas acerca de las crisis sociales revolucionarias. Es una manifestación de perplejidad ante el hecho de que una crisis como la de 1929 -antecedida de un largo período depresivo- no abriera una “brecha decisiva” en el cerco enemigo e impusiera, por el contrario, una estrategia defensiva al movimiento obrero. Es el reconocimiento veraz de esa situación, sin renunciar a la búsqueda de una salida revolucionaria a la misma ni a la afirmación de los principios de una política comunista, en unas circunstancias en las que la “actualidad de la revolución” había desaparecido ya del horizonte. Eso distingue radicalmente la aportación de Gramsci respecto del espectro socialista de su tiempo:

“La revolución es como la guerra…”

La distingue en primer lugar del kautskysmo: la socialdemocracia es integrada culturalmente por el marco burgués en los ciclos altos del capital (ella misma es, en realidad, un exponente de éstos) y se descompone en sus fases depresivas. (Recordemos ahora cuánto contribuye a ello su falsa concepción de la naturaleza de los límites del capitalismo) La diferencia también de la cultura política estalinista: ésta, a pesar de la relativa intuición táctica que la caracteriza, de su sorprendente capacidad de adaptación a las circunstancias, lo corrompe todo con la falsaria estimación a que constantemente somete su propio hacer político: no ha dado nunca un paso atrás: jamás dice retroceder o articular una estrategia defensiva para ponerse a cubierto de los embates del capital (¿y qué otra cosa eran, pongamos por cosa, los frentes populares?): va de “victoria en victoria” poniendo -eso sí- constantemente plazos a la Revolución, introduciendo “etapas” y “fases” a la conquista proletaria del poder y a la realización del comunismo: ésta práctica, en suma, un inveterado optimismo  de la inteligencia cuyo sabio “realismo” tacticista se encarga muy bien de refutar aunque no lo confiese nunca. Así, el estalinismo ha acabado representando de alguna manera en Occidente el papel de ala izquierda del kautskysmo. Al igual que éste desasiste al movimiento obrero en lo que hace a la consciencia de su situación respecto de los ciclos del capital y de las involuciones de la vida civil y política burguesa [11], aunque, en cambio, gracias a la férrea disciplina organizativa que lo reviste, resista los temporales del capitalismo (a diferencia esta vez de la tradición socialdemócrata). En cierto modo, empero, el falsario subjetivismo estalinista no es sino la prolongación del positivismo mecanicista kautskyano. El lema que define centralmente la metódica de la actitud de Gramsci es, sin embargo, bien diferente: apreciación clara y explícita de la situación objetiva, y por lo tanto lúcida respecto del propio hacer, y revolucionario voluntarismo no obliterador de esta consciencia: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Ya hemos apuntado antes las motivaciones de ese pesimismo. Vale la pena detenerse ahora en ellas si lo que se pretende es claridad acerca del optimismo voluntarista con el que Gramsci acompaña. 

El que Gramsci fuera capaz -sobre todo a partir de 1929- de recomponer el cuadro de la derrota de la Revolución en Occidente definiendo a la vez las condiciones que éste imponía a una política comunista tiene sin duda que ver con la génesis, con el proceso de formación de su marxismo. De un modo sumario, podemos comenzar registrando el hecho de que su cultura socialista está filosóficamente mediada por el idealismo croceano. (Su temprana reflexión sobre el papel de los intelectuales es una expresión -entre muchas otras- de esa influencia; como lo es también su decidida oposición al marxismo positivista socialdemócrata). Este es, de todos modos, un punto ya muy prolijamente abordado. Menos lo es la circunstancia -que podemos, pues, registrar en segundo lugar- que constituye específicamente al movimiento obrero italiano respecto de la tradición alemana, húngara o rusa. Circunstancia a la que se adapta el consejismo del Gramsci ordinovista -presidido aún por la “actualidad de la Revolución”- y que contribuye también a ponerlo en una situación particularmente adecuada para entender y elaborar políticamente luego el repliegue: en Italia se desarrolló un movimiento para el control de la producción mucho antes de que se dieran las condiciones para el asalto al poder burgués. (A diferencia de Rusia, o de Hungría en la que sólo con la plena disolución del Estado que significaron los Gobiernos de Kerensky o Karoly empezó a tomar aliento un movimiento semejante. Y a diferencia de la Ratebewegung alemana, la cual -aunque más compleja y articuladamente formada que los soviets rusos- encontró su primer y más relevante impulso en la crisis de disolución que afectaba al Reich guillermino al perfilarse la catástrofe militar). El modelo organizativo del que se dotó la clase obrera italiana -la Camera del lavoro-, si bien revelaba un grado menor de estructuración interna de la clase obrera y resultaba incapaz de constituirse plenamente sobre la base de las federaciones de oficio -según el modelo alemán avalado por los reformistas-, expresaba una mayor disponibilidad política, una capacidad interna mayor para resistir a las desviaciones tradeunionistas características de los movimientos obreros de otros países europeos “más desarrollados”. Ese modelo era sólo un índice de la particularidad histórica del movimiento obrero italiano, a saber: su estrecha dependencia del proceso histórico que concluyó con la formación del Estado unitario y que hacía inmediatamente evidente el nexo entre la lucha económica y la lucha política. Sin duda, el joven Gramsci, interesado ya centralmente por los problemas del Estado desde su contacto con la filosofía política de caracterizados intelectuales meridionales -Salvemini, señaladamente- encontró en ello un motivo de meditación que rebasaba la estricta inquietud intelectual: la cualificación de la fábrica como “organismo político” viene a dotar a ésta de una capacidad “para unificar en profundidad a la clase obrera, independientemente de las diversificaciones introducidas por los oficios y las cualificaciones, para convertirse en la base de una nueva forma de organización horizontal en la que las masas obreras encuentran la posibilidad de expresar, no sólo episódica y discontinuamente, su presencia decisiva en la sociedad” [12]. Gramsci, buen lector de las Lecciones de filosofía de la historia de Hegel, no ha pasado nunca por alto el problema del Estado: con Hegel ha entendido desde joven la historia como un proceso incontenible de liberación humana desarrollada a través de sucesivas modificaciones del Estado. Eso le llevó, precisamente en los momentos de mayor actualidad de la Revolución, a tener constantemente presente el problema de la transición, de la dictadura proletaria, tentando formas originales de realización de la misma en Italia y concibiendo ante todo el movimiento de los soviets rusos como proceso de fundación de un nuevo Estado. La influencia filosófica del vitalismo organicista, por otro lado, contribuyó no poco a apartar a Gramsci del consejismo espontaneísta tan visitado por los intelectuales comunistas del momento: la búsqueda, en efecto, de un orden orgánico capaz de remontar la caótica crisis por la que atravesaba el capitalismo [13] estaba estrechamente vinculada a la organización de la voluntad de acabar con éste y fundar aquél, esto es, al Partido Comunista que, en las vicisitudes de su nacimiento en Italia, describe como “fuerza que emerge del caos” [14]. Unos meses antes, y a propósito de la derrota húngara, abre unos inquietantes interrogantes: “¿Significa sin más la descomposición de la burguesía potenciamiento del proletariado? ¿Qué signos indican en el proletariado la real voluntad de fundar un Estado obrero? ¿Qué táctica debe seguir el Partido Comunista en relación a otros políticos de la clase obrera?” [15]. Luego de las ocupaciones de fábricas desarrolladas en la Italia industrial a lo largo de 1920, y cuyo relativo fracaso induce a Gramsci a un notable pesimismo, éste refuerza crecientemente sus convicciones acerca del papel central que ha de desempeñar el Partido Comunista: “el Partido Comunista existe y se desarrolla en cuanto es la organización disciplinada de la voluntad de fundar un Estado, de la voluntad de dar una estructuración proletaria a la ordenación de las fuerzas físicas existentes y de poner las bases de la libertad popular” [16].

La exaltación de la función del Partido Comunista es paralela -y resultante- de la nueva estimación de la situación derivada del intento fallido de control de la producción por parte del movimiento obrero italiano, de las derrotas de Baviera y Hungría y, en general, de los primeros síntomas de agotamiento de la perspectivas revolucionarias en Europa; es el primer indicio -y acaso uno de los más relevantes- de abandono de la prospectiva ordinovista y del comienzo de la reflexión sobre la derrota de la Revolución en Occidente: “…un movimiento revolucionario no puede fundarse más que en la vanguardia proletaria y tiene que ser conducido sin consultas previas, sin aparato de asambleas representativas. La revolución es como la guerra; debe prepararse minuciosamente por un estado mayor del ejército (…) A la vanguardia proletaria compete mantener vivo en las masas el espíritu revolucionario, crear las condiciones que predisponen a las masas para la acción, crear las condiciones en las que las masas responden inmediatamente a las consignas revolucionarias” [17]. Es verdad -como queda dicho- que ya la concepción consejista gramsciana contenía los gérmenes que posibilitaron el buen entendimiento del repliegue: su comentario crítico del Massenstreik luxemburguista, su desconfianza de la “eficacia pedagógica”, espontánea que la Luxemburg suponía en el desarrollo capitalista mismo -en sus períodos críticos bastaría ya para mostrarlo convincentemente [18]. Pero en los años siguientes Antonio Gramsci encontró motivos sobrados para abonar a sus hipótesis y reelaborar afirmativamente su disputa con la revolucionaria polaca. La experiencia del fascismo le sitúa, efectivamente, de un modo terminante y sin paliativos ante el siguiente dilema: la crisis y la decadencia económica del capitalismo -o el período histórico de decadencia, según la no muy feliz pero influyente formulación de Eugen Varga-, no sólo no engendraba por sí sola a su propio enterrador, sino que desencadenaba fuerzas sociales reaccionarias agresivas, preludios de la contraofensiva del capital arraigados en la grey[19]. Gramsci registra la novedad de ese fenómeno (no previsto por la idea que Marx se formó de las crisis sociales revolucionarias ni, mucho menos, por la trivial vulgarización que de ella hizo la socialdemocracia) e individualiza, como es bien conocido, su substancia en la potencia y vitalidad de la sobreestructura de la sociedad civil burguesa desarrollada. Por eso su descripción de la cosa adopta la fórmula literaria de la oposición Oriente/Occidente o países avanzados/países atrasados. Como, por lo demás, la mayoría de contribuciones a la literatura de este género. Así, el exquisito analista holandés Anton Pannekoek -representante de la extrema izquierda comunista- escribe a propósito de la derrota alemana: “La experiencia alemana sitúa exactamente ante el gran problema de la revolución en la Europa occidente. En estos países el antiguo sistema burgués de producción, y la cultura burguesa desarrollada que de él se deriva, han marcado totalmente con su impronta el pensamiento y el sentimiento de las masas populares. Por eso el carácter espiritual, interior de las masas populares es aquí completamente distinto del que se da en los países orientales, los cuales no conocen ese dominio de la cultura burguesa. De ahí, sobre todo, deriva la diferencia entre el curso de la revolución en Oriente y en Occidente” [20]. Pero a diferencia de Pannekoek -y de otros revolucionarios con sensibilidad para estos problemas- el análisis de esa circunstancia es en Gramsci sólo un momento de una elaboración de mayor alcance motivada por el interrogante siguiente: ¿cómo situarse ante la derrota, cómo combatir el y en el terreno que la ha producido? Nada puede entenderse de los Cuadernos de la cárcel sin tomar en cuenta este interrogante, sin leerlos como aproximaciones -dispersas, fragmentarias, contradictorias incluso-a la respuesta que reclama. Ciñamonos de momento -puesto que ya hemos hecho una cala en ella- a su disputa con Rosa Luxemburg, a la remodelación que de su antigua discrepancia hace Gramsci en los Quaderni

Hacia 1932 Gramsci polemiza de nuevo con la presunción de que las crisis capitalistas espolean sin más el ánimo revolucionario de las masas -¡con el trasfondo esta vez de la terrible depresión económica mundial de 1929, del fascismo mussoliniano en Italia y de la ya muy perceptible amenaza del ascenso de Hitler y al poder en Alemania!-. Resume la posición de la Luxemburg del modo siguiente: “El elemento económico inmediato (crisis, etcétera) se considera como la artillería de cerco que abre en la guerra una brecha en la defensa enemigos, rotura suficiente para que las tropas propias irrumpan dentro y obtengan un éxito definitivo (estratégico) o, por lo menos, un éxito importante según la orientación de la línea estratégica”. Para Gramsci, en cambio: “…la `sociedad civil` se ha  convertido en una estructura muy compleja y resistente a los `asaltos´ catastróficos del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.): las sobrestructuras de la sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna. Así como en ésta ocurría que un encarnizado ataque artillero parecía haber destruido todo el sistema defensivo del adversario, cuando en realidad no había destruido más que la superficie externa, de modo que en el momento del asalto los asaltantes se encontraban con una línea defensiva todavía eficaz, así también ocurre en la política durante las grandes crisis económicas; ni las tropas asaltantes pueden por efecto mero de la crisis, organizarse fulminantemente en el tiempo y en el espacio ni -aún menos- adquieren por la crisis espíritu agresivo, y en el otro lado, los asaltados no se desmoralizan ni abandonan las defensas, aunque se encuentren entre ruinas, ni pierden la confianza en su propia fuerza y en su propio porvernir. Es verdad que las cosas no quedan como estaban antes de la crisis económica, pero no se tiene ya el elemento de rapidez, de aceleración de tiempo, de marcha progresiva definitiva como lo esperarían los estrategas del cadornismo político” [21]. El marco occidental de la lucha de clases ha vuelta caduca la “guerra de movimiento” como estrategia central básica reduciendo su función a momento táctico de una estrategia basada en la “guerra de posiciones”, del mismo modo que la primera Guerra Mundial había convertido el asedio en un auxiliar táctico de la maniobra. Por guerra de posiciones se entiende la batalla en la sobreestructura de la sociedad civil por la ocupación de sus trincheras defensivas, intentando ganar en este terreno una parte sustancial de la hegemonía proletaria (entendida como captación del consenso) cuyo corolario es la conquista del poder político y la fundación de un Estado de nuevo tipo (entendiéndose aquí ya como organización del consenso acorazado de coerción). La estrategia basada en la guerra de posiciones, formulada en la circunstancia de una honda crisis económica capitalista, tiene por objetivo completar sobrestructuralmente esa crisis y convertirla en una “crisis orgánica” esto es, básica y sobrestructural a la vez, aniquilando el dispositivo defensivo -y potencialmente contraofensivo- esencial en el mundo burgués de su época. No será inútil detenerse ahora en las similitudes formales y en las diferencias de fondo entre esa guerra de posiciones -contrapuesta al asedio, a la guerra de movimientos- y la kautskyana “estrategia del cansancio” -opuesta a la “estrategia de aniquilamiento”-.

La principal de ellas radica en el factor que a continuación se enuncia: “la estrategia del cansancio” está pensada por Kautsky en un período de notorio equilibrio del capital y, por lo tanto, de tranquilidad y calma de la sociedad burguesa, con todas las manifestaciones que le son propias: estabilidad de la forma de Estado democrático-parlamentaria, ejército industrial de reserva de proporciones “normales”, posibilidad de un sindicalismo ampliamente organizado sobre bases estrictamente atinentes a la sobrepuja del nivel de vida económico -sin cuestionamiento del plano contractual de las relaciones burguesas de propiedad-, posibilidad, en fin, de ensanchar paulatinamente el espacio político y la influencia del partido en los sucesivos concursos electorales. La conducta política subyacente a esa estrategia se hacía plausible sobre la base de la suposición de que el capitalismo caminaba paulatinamente hacia su ruina final. La primera Guerra Mundial evidenció incontrovertiblemente que el capitalismo tiene unos límites históricos que se manifiestan sólo cíclicamente en las crisis periódicas de envergadura crecientemente superior y de consecuencias sociales y políticas catastróficas a que conduce la acumulación de capital. Si no está claro, pues, que el capitalismo tienda ineluctablemente, sin más a su autodestrucción, menos lo está, desde luego, el que tienda a ello gradualmente, sin agudas convulsiones cíclicas, sin traumas sociales, políticos y culturales tan discontinuos como recurrentes que devastan el tablero en el que se podría practicar un ejercicio parecido a la Ermattunstrategie.

La guerra de posiciones gramsciana está, en cambio, pensada como ya se ha dicho, en el marco de un ciclo bajo de la vida del capital y no puede hacerse -y no se hace-, por lo tanto ilusiones gradualistas o irresponsablemente optimistas respecto de la “vía al socialismo” por ella guiada. La guerra de posiciones intenta abrir una “brecha decisiva” en el cerco enemigo “no espera a que se produzca” introduciéndose en las trincheras y casamatas, en los valladares de la defensa enemigo, presuponiendo, el fuego de artillería de la crisis económica y abriendo la expectativa del asedio a la sociedad política burguesa [22]. Creando en definitiva una crisis orgánica del sistema de producir, de vivir y de sentir y pensar capitalista, y dotándose como elemento decisivo de esa iniciativa de un Partido Comunista entendido como intelectual orgánico colectivo de la clase obrera [23]. 

“La crítica de la religión desengaña al hombre…”

Sólo en el contexto de estabilización y prosperidad burguesas de las últimas décadas, sólo en el auge de la segunda postguerra, resulta pensable la interpretación reformista, o gradualista o parlamentarista (!) del Gramsci de los Cuadernos de la cárcel. Así, por ejemplo, la versión socialdemócrata defendida por Giuseppe Tamburrano [24]-por considerar un caso residual, pero influyente en nuestro país en ambientes de extrema derecha comunista-, según la cual la estrategia implicada por los Quaderni conllevaría la lucha por la hegemonía (entendida sólo como consenso) en la sociedad civil, asumiendo la neutralidad del Estado burgués y la viabilidad, en consecuencia, de luchar sólo en aquella para robustecer -parlamentariamente- la influencia en él hasta hacerse con su control. Versión que -detalles filológicos aparte- olvida: Primero: que Gramsci ha escrito sus notas encarcelado por un Estado fascista de excepción. Segundo: que, en consecuencia con la época que le ha tocado en suerte, su reflexión presupone la crisis económica del capital como conditio sine que non de la guerra de trincheras en la sociedad civil burguesa, pues los períodos expansivos del capital conllevan la integración cultural de las masas trabajadoras. Tercero: que las inflexiones críticas del capitalismo europeo han sido hasta ahora -y no hay indicios de que eso vaya a cambiar- preludios de destrucción de las instituciones democrático-formales. Cuarto: que el Estado burgués mismo, por el papel específico que desempeña en el proceso de reproducción del organismo social, tiende a adoptar una apariencia de neutralidad respecto de los conflictos sociales que es asimismo un factor precisamente ideológico, violador de la consciencia de las masas y generador también de consenso favorable a la clase dominante (como Gramsci mismo ha entendido muy bien por lo general [25]). 

Pero hay otra interpretación del legado gramsciano, acaso más extendida en ámbitos comunistas, que tiene que ver con el talante “politicista” de la cultura socialista de la segunda postguerra. En la medida en que las últimas décadas -hasta comienzos de los años setenta, poco más o menos- han constituido un período particularmente esplendoroso de la vida del capital [26] (y en la medida en que el movimiento comunista se había ya insensibilizado en la entreguerra respecto de las vicisitudes de la base económica como consecuencia de la idea según la cual el capitalismo habría entrado en su período histórico de decadencia), se propagó una lectura de los Quaderni tendiente a hacer de la necesidad virtud y a prescindir de las crisis del capital como presupuesto ineludible de la “crisis orgánica” que la iniciativa político-cultural comunista había de contribuir a producir, de acuerdo con la interpretación contextualizada más plausible de la reflexión gramsciana de cárcel. Así, por ejemplo -mero ejemplo documentador del sobredicho talante- el gran economista del PCI, recientemente fallecido, Antonio Pesenti escribía en 1959 en un debate sobre la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia desarrollado en las páginas de la prestigiosa revista norteamericana Science and Society lo siguiente: “Para el destino del capitalismo y para los resultados de la lucha de clases crecientemente radicalizada la disputa sobre la validez de la ley del descenso tendencial de la tasa de ganancia, incluso desde el punto de vista de la lógica abstracta, carece de sentido [27]”. Después, claro está, de anatemizar filosóficamente el naturalismo y el mecanicismo en que recaería la opinión contraria. Pero en una fase alta del capitalismo, como aquella de la que acabamos de salir, nada más alejado de la realidad, nada menos verosímil, que la posibilidad de inducir al capitalismo a una “crisis orgánica”. La actividad de los grandes partidos comunistas occidentales – y de otras formaciones revolucionarias minoritarias. ha quedado en ese período reducida a algo bien diferente: bloqueados por la guerra fría, acomplejados por la onda expansiva del capital, se han visto forzados a desempeñar meramente un papel de resistencia política y cultural revolucionaria en una situación no revolucionaria de fantástica y duradera estabilidad capitalista. (En tanto que los partidos socialistas o socialdemócratas procedentes de la II Internacional claudicaban sin excepción ante la recuperada realidad burguesa, convirtiéndose en muchos casos en celosos administradores de su hacienda). No, por supuesto, sin consecuencias negativas para su identidad comunista. Por de pronto, en mayor o menor grado, y a pesar de su estancamiento durante años en un reducto relativamente restringido del espectro social, el take off burgués de la postguerra los ha integrado culturalmente en el peor de los casos o los ha deteriorado doctrinal y políticamente en el mejor de ellos [28]. Y, así, cuando la prosperidad capitalista de la postguerra ha tocado a su fín para dar paso a una crisis de dimensiones y consecuencias -en el futuro inmediato- seguramente mayores y probablemente más espectaculares -porque es una crisis con complicaciones sobrestructurales, es decir básica y sobrestructural a la vez, civilizatoria, esto es, una “crisis orgánica” cuasi espontáneamente producida-, los partidos comunistas se enfrentan a ella todavía con esquemas políticos pensados y elaborados para una situación de estabilidad capitalista, y sólo tacticística e incoherentemente comienzan a registrar políticamente sus efectos [29]. 

Que el capitalismo se encuentre de nuevo en una fase crítica no basta, empero, para inferir que sea la nuestra una época análoga a la que le tocó en suerte a Antonio Gramsci. Podría sintetizarse, por el contrario, la diferencia principal así: si la crisis económica de la primera postguerra no fue suficiente para abrir el camino de la Revolución en Occidente, si la reflexión de los Quaderni llamaba la atención sobre la necesidad de llevar a cabo una iniciativa política y cultural capaz de completar sobrestructuralmente esa crisis, de hacerla “orgánica”, la crisis civilizatoria, básica y sobrestructural a la vez [30], del capitalismo imperialista de nuestros días no abre tampoco vía revolucionaria alguna: esta vez, sin embargo, la paradoja es mucho más cruda y no tiene ya que ver primordialmente con el mantenimiento de las instituciones generadoras de consenso en Occidente -a pesar de la crisis económica-, sino con la reforzada conservación del aparato militar de los Estados imperialistas -a pesar de la “crisis orgánica”- La falsaria euforia subjetivista de tradición estaliniana impide reconocer esa circunstancia expresis verbis a los grandes Partidos Comunistas, aunque el magro tacticismo que practican refute implacablemente, día tras día, la insensata presunción de que sea el “eurocomunismo” una “nueva” vía al socialismo. 

De Gramsci queda por aprender la veracidad con que reconoció la derrota y el talante de comunista con el que trató de articular una estrategia defensiva no claudicante -es decir, no canceladora de la expectativa revolucionaria-. Porque lo más dañino de la euforia política -a la vez optimista e inerme- no es tanto su falsedad en sí, como la situación de indefensión en que asume a las masas en general y a la clase obrera organizada en particular frente a la ruina a que nos conduce la civilización burguesa. Y puesto que una estrategia basada en la fabulación desiderativa -como genialmente calificaban las Lecciones sobre la religión de Feuerbach  a la falsa consciencia- sólo puede conducir a la catástrofe, parece de todo punto natural que la primera condición necesaria para concebir una política comunista hoy sea la crítica de esa falsa consciencia, engendrada por la impotencia y fabuladoramente diluidora de indesiderados obstáculos reales: “La crítica de la religión desengaña al hombre con objeto de que éste considere, plasme, y refigure su realidad como un hombre desencantando, hecho racional, para que se mueva en torno de sí mismo, de su verdadero sol”, decía el joven Marx en un hermoso texto crítico de la Filosofía del Derecho de Hegel. La vigencia de la reflexión de Gramsci radica, sobre todo, más que en un cuerpo cerrado de doctrina (nada tan lejos de su hacer y de su pensar), más que en la operatividad de los conceptos con los que trabaja, en su comprensión del marxismo como una “organización crítica del saber” que no se engaña a sí mismo ni lleva a engaño a los demás. Acaso su actitud ejemplar en este respecto nos sirva hoy para comenzar a desencantarnos. 


Notas

[1] El presente trabajo aprovecha parcialmente los materiales de las charlas sobre el mismo tema realizadas en abril de 1977, en el cuadragésimo aniversario de la muerte de Antonio Gramsci, en la Escuela de Sociología de la Diputación de Barcelona y en la Facultad de Historia de la Universidad de Barcelona. Estos materiales parcialmente reproducidos aquí se han reelaborado sobre la base de las críticas y sugerencias recibidas de varios amigos asistentes y coparticipantes. Sobre todo, de Francisco Fernández Buey, Manuel Sacristán, Joaquim Lleixá, Jordi Guiu, Enrique Pérez Nadal, Víctor Ríos y Josep M. Domingo.

[2] No poco debieron influir en la redacción del Manifiesto las optimistas conclusiones a que había llegado antes Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra.

[3] Cfr. Antoni Domènech, “Ideología, conocimiento y consciencia de clase”. Materiales, nº 3, p. 55-75. (Dicho sea entre paréntesis, debo la matización que acabo de introducir a la estimulante y detallada crítica que de mi trabajo sobre la ideología y la consciencia de clase realizaron en su día José M. Ripalda y Manuel Sacristán).

[4]  Más adelante encontrará el lector motivos para corregir esta unilateral afirmación marxiana.

[5] La teoría de las crisis revolucionarias implica en Marx la identificación de la clase con el partido -o viceversa-: con los nuevos resultados adquiridos tendría ahora que decirse que la constitución de la clase en sujeto revolucionario -o sea, en partido- sólo puede ser cíclica -y no continuada-. Volveremos correctivamente sobre este extremo que es la base del innegable espontaneismo de la teoría marxiana de la constitución del agente emancipatorio.

[6] Esta era, además, una concepción refutada a diario por los hechos, pues había cuajado nada menos que en un período expansivo del capital: a Bernstein le asistía toda la evidencia empírica que acumuló en su debate con la ortodoxia kautskyana a principios de siglo. Del mismo modo que a la crítica de izquierda de Rosa Luxemburg cuando registraba (desgraciadamente, desde una matriz científica parecida a la de Kautsky) el hecho de la nueva expansión colonial-imperialista en pos de nuevos mercados como factor contrarrestador de la supuestamente creciente “irrealizabilidad” de la ganancia.

[7]  Cfr. la excelente crítica de toda la matriz científica subyacente al razonamiento económico de Henryk Grossman, Das Akkumulations und Zusammenbruchgesetz des kapitalistischen Systems (1929), Frankfort, 1967 (reprint), págs 60 y ss. Puede encontrarse aquí también una devastadora crítica de la pervivencia de esas ideas en la Internacional Comunista -Vargas, Bujarin, etc.- (pp. 490 y ss). En lo que hace a Varg -el influyente economista comunista, “el Polonio de Stalin” como le llamaría luego despectivamente Trotsky-, puede consultarse una interesante antología de sus textos realizada por Elmar Altvater: Eugen Varga, Die Krise des Kapitalismus und ihre politischen Folgen, Frankfort, 1969 resulta esclarecedor, sobre todo, el trabajito “Los primeros diez años del período de decadencia del capitalismo”, incluido en la antología (pp. 67-79) y escrito en 1927.

[8]  La terminología se recibía de la ciencia militar decimonónica prusiana, en especial del gran historiador militar Hans Delbruck (Uber die Verschiedenheit der Strategie Friedrichs und Napoleons, Berlin 1881) -inspirado a su vez en la obra de Clausewitz- que opuso a la “estrategia del cansancio”, de las tropas prusianas, estrategia característica, según él, de las fuerzas armadas del Ancien Règime, la “estrategia aniquiladora” rápida napoleónica, expresión según su convicción de la irrupción de las masas en la historia. Las opiniones de Delbruck, naturalmente, fueron drásticamente censuradas por la crítica militar de la integrista Prusia (y quizá sea algo más que un azar cultural el que Kautsky -que conocía probablemente a Delbruck por las aficiones militares de Mehring- se sumara indirectamente a esa censura).

[9] A la que agudamente la Luxemburg le oponía una estrategia “de lucha”.

[10] Crisis que se malentendió desde el principio como irreversible e irrecuperable y que, según se decía (así Lukács, por ejemplo), imponía una estrategia de “acción parcial” (Teilsaktion), de insurrecciones sueltas.

[11] Característica compartida con el pensamiento trostkysta tradicional -el basado, sobre todo, en el Programa de Transición– cuyo míope catastrofismo económico -nada corregido por la Realpolitik de la táctica, como en el caso del estalinismo- lo ha convertido en un naúfrago político a la desesperada -y no por eso menos estrabiliaria- búsqueda de una isla en la que echar raíces.

[12] Leonardo Paggi, Antonio Gramsci e il moderno príncipe. I, (Nella crisi del socialismo italiano), Roma, 1970, p. 255. Para la formación histórica del movimiento obrero italiano, cfr.: g. Procacci. La lotta di classe in Italia agli inizi del secolo XX, Roma, 1970; S. Merli, “La grande fábrica in Italia e la formazione del proletariato industriale di massa” en Classe. Quaderni sulle condizioni e sulle lotte della clase operaia, Milán, 1969.

[13] Cfr. Manuel Sacristán, “Gramsci: el orden, el tiempo, la Revolución en Occidente”, que se publicará en un próximo número de Materiales.

[14] Gramsci, Scritti 1915-1921 (edición a cargo de S. Caprioglio), Turín, 1968, p. 140.

[15] Gramsci, “Gli insegnamenti della rivoluzione ungherese”, L´Ordine Nuovo (21 de Agosto de 1920), Turín, 1954, p. 99.

[16] Gramsci, “Il Partito Comunsita”. L´Ordine Novo (4 de spetiembre de 1920), recogido en la Antología de Gramsci de Manuel Sacristán, México, 1970, p. 107.

[17] Gramsci. L´Ordine Nuovo, op. cit., p. 171.

[18] Gramsci, “Democrazia operaia”, L´Ordine Nouvo, op. cit., pp. 10 y ss.

[19] Cfr. el artículo de Franscico Fernández Buey publicado en este mismo número de Materiales. De ahí deriva la principal corrección que introduce Gramsci en la “teoría de la Revolución” de Marx, corrección que rebasa el espontaneísmo organizativo de éste y se entronca con la tradición comunista inaugurada por Lenin. (“Ocurre casi siempre que un movimiento ´espontáneo` de las clases subalternas coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontento en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determinados complots de los grupos reaccionarios, que le aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes de estado hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo”. Antología, op. cit., pp. 311-312) El leninismo occidental de Gramsci tiene que ver sobre todo con su concepción del Partido -ya no identificado, sin mediación, con la clase- y en la medida en que esa concepción afecta centralmente a la idea leninista de la Revolución, también con su global concepción de la Revolución. Está claro que las coordenadas de Lenin eran otras, otros los tiempos del ¿Qué hacer? (tan autocriticado por Lenin y tan acríticamente embalsamado por el “marxismo-leninsmo” estaliniano), pero, nos guste o no, es ya hora de admitir que la recepción y afirmación del leninsmo en Occidente tiene que ver con la derrota de 1918-1921 y con el repliegue que esa derrota impuso al movimiento obrero. Y el leninismo de Gramsci es, quizá el momento cumbre y más productivo de esa recepción.

[20] A. Pannekoek, Organizazione rivoluzionaria e consigli operai, Milán, 1970, p. 246. (Citado por Leonardo Paggi, op. cit., p. 239).

[21] Antología, op. cit., pp. 419 y 421.

[22] Todo eso indica que se ha entrado en una fase culminante de la situación político-histórica, porque en la política la “guerra de posición”, una vez conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva. O sea: en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por tanto, no se movilizan todos los recursos de la hegemonía del Estado; pero, cuando por una u otra razón, esas posiciones han perdido todo valor y sólo importan las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerca, comprimida, difícil, en la cual se requieren cualidades excepcionales de paciencia y espíritu de invención. En la política el cerco es recíproco, a pesar de todas las apariencias, y el mero hecho de que el dominante tenga que sacar a relucir todos sus recursos prueba el cálculo que ha hecho acerca del adversario” (Antología, op. cit., pág 292).

[23] Como elemento, por lo tanto, activo desprovisto de la pasividad del partido-propagandista kautskyano. Gramsci se acordó no por casualidad de Maquiavelo, de las categorías voluntaristas del Renacimiento preilustrado y premarxista para hacerse una imagen del Partido Comunista solicitado por las circunstancias.

[24]  Giuseppe Tamburrano, Antonio Gramsci. La vita, il pensiero, l´azione, Bari, 1963. Tamburrano es miembro del Partido Socialista Italiano.

[25] Cfr. la discusión -bastante unilateralizada, no obstante- de este punto por parte de Perry Anderson, “The Antinomies of Antonio Gramsci”, New Left Review, nº100, pp. 6-79.

[26] He intentado describir algunas de las particularidades de ese período en “Crisis del capitalismo, `eurocomunismo`, prospectiva revolucionaria”, Materiales, nº5, pp43-58.

[27] Antonio Pesenti, “The falling Rate of Profit” (recogido en Kapitalismus und Krisem Frankfort, 1970, p. 46, volumen en el que se incluyen el resto de contribuciones a la controversia de Morris, Mattick, Dobb, Meek, etc.).

[28] Así, el partido comunista europeo de tradición más cerradamente estalinista, el que -prescindiendo ahora de las causas- menos ha sabido hacerse una cultura partidista, es decir, el Partido Comunista de España, es hoy el partido más absorbido culturalmente por la ideología dominante. (Bastaría la mera evocación del malhadado concepto de “fuerzas del trabajo y de la cultura”, o la increíble toma de postura del PC gallego sobre la autopista del Atlántico, o la del PSUC sobre los “cristianos” para probarlo) El partido fundado por Gramsci, en cambio, es sin ninguna duda el que más originalmente ha forjado su propia cultura de partido, el de más intensa vitalidad orgánica interior y el de mayor capacidad de respuesta aún al entorno burgués.

[29] Recuérdense las inquietantes afirmaciones de algunos dirigentes del PCE sobre la oportunidad del Pacto de la Moncloa para “salir” de la crisis (como si meramente se tratara de un asunto de buena voluntad y adecuada política económica). No puede por menos de destacarse aquí también la diferencia con la discutible, pero ya seria y bastante elaborada, posición del PCI sobre la austeridad.

[30]  Producida de un modo cuasi-espontáneo por la particularidad del desarrollo capitalista de las últimas décadas.


Artículo extraído de Materiales, Extraordinario nº2. Gramsci Hoy.