Jean Jaurès: Cómo se debe juzgar a los revolucionarios

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Por Jean Jaurès

El célebre dirigente socialista francés Jean Jaurès (1859-1914) escribió a principios del siglo XX “Historia Socialista de la Revolución Francesa”, editada en nuestra lengua por la editorial Poseidón de Buenos Aires en ocho tomos. En una investigación rigurosa, su hipótesis sostiene que la revolución francesa sentó las bases de la democracia moderna y del movimiento socialista de los trabajadores. Asimismo, la obra fue concebida como una guía para la acción y así lo afirmó: “Nosotros queremos  contar los hechos que ocurrieron entre 1789 y el final del siglo XIX  desde el punto de vista socialista para el beneficio de la gente común,  trabajadores y campesinos”.

Además de su prolífica obra escrita, Jaurès fue la figura central del socialismo francés. Fue un orador brillante, cobró protagonismo en los principales debates políticos de la Francia de su tiempo, y militó ardorosamente por la paz y contra la guerra mundial que se avecinaba. Tres días antes del estallido de la primera guerra mundial, fue asesinado por un fanático nacionalista. 

Jaurés visitó nuestro país y dejó una profunda huella en la dirigencia socialista. En “La hipótesis de Justo”, José Aricó especula, no sin fundamentos, que Jaurès fue la principal influencia del líder argentino Juan B. Justo. Podríamos realizar una hipótesis similar en relación a Alfredo Palacios. Asimismo fueron célebres sus conferencias en el país. Aprovechamos para recordar una máxima atribuida a Jaurés: “El socialismo es la república llevada hasta las últimas consecuencias”. 

Hoy les presentamos a los lectores de Sociedad Futura el anteúltimo capítulo del último tomo y que funciona a modo de reflexión y conclusión. 


Siempre se le permite al historiador oponer hipótesis al destino. Tiene permitido señalar los errores de los hombres y de los partidos, e imaginar que sin estos errores los eventos podrían haber tenido otro curso. He comentado  cuáles fueron, sobre todo después del 31 de Mayo, los servicios inmensos de Robespierre, organizando el poder revolucionario, salvando a Francia de la guerra civil, de la anarquía y de la derrota. He dicho asimismo de qué modo, después de haber aplastado al hebertismo y al dantonismo, le invadió la duda, la ceguera y el vértigo. Pero lo que no hay que olvidar nunca cuando se juzga a estos hombres, es que el problema que el destino les había impuesto era formidable y probablemente superior a las fuerzas humanas. Tal vez no le era posible a una sola generación derribar al antiguo régimen, crear nuevas leyes y derechos, elevar al pueblo desde las profundidades de la ignorancia y la pobreza a la Ilustración y el orgullo, hacerle lucha contra el mundo coligado de los tiranos y de los esclavos, tender y exasperar en este combate todas las pasiones y todas las fuerzas y asegurar al mismo tiempo la evolución del país enardecido hacia el orden normal de la libertad reglamentada. La Francia de la Revolución requirió un siglo y pasar por innumerables pruebas, recaídas de monarquía, despertares de la República, invasiones, desmembramientos, golpes de Estado y guerras civiles para llegar al fin a la organización de la República y al establecimiento de la libertad por el sufragio universal. A los grandes obreros de revolución y de democracia que trabajaron y combatieron hace más de un siglo no podemos hacerles responsables de una obra que sólo podían llevar a cabo varias generaciones. Juzgarles como si debiesen cerrar el drama, como si la historia no debiese continuar tras ellos, es una infantilidad y una injusticia. Su obra es necesariamente limitada, pero es grande. Han afirmado la idea de democracia en toda su amplitud. Han dado al mundo el primer ejemplo de un país gobernándose y salvándose con la fuerza del pueblo toda entera. Han dado a la Revolución el magnífico prestigio de la Idea y el indispensable prestigio de la Victoria, y han dado a la Francia y al mundo un impulso tan prodigioso hacia la libertad que, a pesar de la reacción y de los eclipses, el nuevo derecho ha tomado definitivamente posesión de la historia.