Mujeres y Partidos Políticos

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Por María José Burgos y María José Jara* 

Cuando pensamos en mujeres y partidos políticos, pensamos en mujeres y participación política, pero antes de abocarnos de lleno a esa consigna es importante recordar de dónde venimos en relación a los derechos civiles y políticos en nuestro país. 

Todo nuestro ordenamiento jurídico fue creado a partir del hombre blanco, heterosexual, propietario. Estos privilegios y derechos han construido la forma en que hombres y mujeres nos relacionamos en sociedad. La lucha de las mujeres va más allá de sus propios derechos, interpela el status quo, interpela las construcciones de roles. 

Cuando se reemplazó la normativa colonial por el primer Código Civil en el año 1869 se ubicaba a la mujer casada bajo la tutela de su marido en una posición de inferioridad aún más gravosa que si se tratara de la condición infantil. No teníamos ni siquiera derecho a educarnos ni a realizar actividades comerciales sin el consentimiento del esposo. 

En cuanto al derecho punitivo, surgido en el mismo período, si la mujer adúltera era sorprendida in fraganti por el cónyuge y éste la mataba, tal circunstancia obraba como atenuante; pero, por el contrario, para la mujer que mataba al marido en caso de que éste cometiera adulterio, esto resultaba un agravante, debido justamente al vínculo [1].

Otra que menoscababa los derechos de las mujeres era la patria potestad, que era del padre, y en caso de muerte o pérdida pasaba a la madre. 

Gracias a las luchas feministas y a políticos de vanguardia, se fue avanzando en la conquista de derechos con la “utopía” de algún día lograr la igualdad real. Utopía como la entendía el gran Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar». Para caminar, en nuestro caso, para luchar.

Ya en 1911, el diputado Alfredo Palacios había presentado el primer proyecto de ley de voto femenino en el Congreso de la Nación, pero este ni siquiera fue tratado. 

En 1912, se sancionó la denominada “Ley Sáenz Peña”, la cual estableció el voto secreto, obligatorio y “universal”, que significaba que podían votar todos los VARONES mayores de edad nacidos en Argentina. Un gran colectivo social continuaba excluido: las MUJERES. Sí, en cambio, fue sancionado el voto femenino en otros países como Australia (1902), Finlandia (1906) Noruega (1913), Gran Bretaña (1918), Italia (1919), Estados Unidos de América (1920).

En 1926 las mujeres alcanzaron la igualdad legal con los varones aunque no era respetada en los hechos y no incluía ni el derecho al voto ni la patria potestad compartida. 

Finalmente, en septiembre de 1947 se sancionó la Ley 13.010, la cual establecía en su artículo N°1: “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”. Las mujeres votaron por primera vez en 1951 en las elecciones nacionales. Si somos rigurosas en la lectura de este artículo, podríamos ver que desde 1947 tenemos los mismos derechos políticos y obligaciones que los varones argentinos, pero en ninguna normativa se establece que las listas y los cargos partidarios debían ser ocupados sólo por hombres. Lo paradójico es que tuvieron que pasar 70 años y ser sancionada ley paridad de género para que se nos reconozcan nuestros derechos políticos. Eso es el patriarcado.

Por el incumplimiento de la ley fue necesario plantear el avance en torno a la paridad en la participación política. En los ‘90 se logró la ley de cupo y recientemente se sancionó la ley de paridad de género (2017) en ámbitos de representación política estableciendo la paridad alternando hombres y mujeres en la integración de las listas electorales como así también la obligación hacia adentro de los partidos políticos de adecuar su actuación respetando la paridad de género en el acceso a cargos partidarios (art. 21 de la ley 23.298). Sin embargo, está lejos de cumplirse. 

La igualdad real va mucho más allá de ordenamientos jurídicos que reconozcan derechos. Busca igualar para que a cada paso las tareas sean compartidas, para que las mujeres podamos acceder a todos los ámbitos pero que ello no implique una sobrecarga de tareas. 

Si nos pensamos mujeres, trabajadoras, militantes, hay que analizarlo en relación al uso del tiempo.

En estos años de luchas, de retrocesos y avances las mujeres logramos acceder a la educación, al mercado laboral, a la esfera pública. Salimos del ámbito privado, pero las condiciones culturales y sociales no se modificaron. Por lo cual, en el ámbito público trabajamos mucho más por menos salario y a veces por ningún salario (tareas de cuidado). 

Un estudio de Oxfam Intermón indica que mujeres y niñas dedican al trabajo de cuidados no remunerado 12.500 millones de horas diarias. Ese tiempo supone una contribución a la economía mundial de al menos 10.8 billones de dólares anuales, una cifra que triplica el tamaño de la industria mundial de la tecnología. 

Según la Unión Interparlamentaria, con un promedio mundial del 25% de mujeres, la mayoría de los parlamentos siguen estando dominados por los hombres, y las mujeres parlamentarias a menudo están subrepresentadas en los órganos de toma de decisiones.

Ser mujeres trabajadoras y militantes implica un tercer tiempo para las tareas realizadas diariamente en el ámbito doméstico que está invisibilizado y desvalorizado. Si no logramos que el entorno en el que nos movemos se adecue a una distribución de tareas equitativas, esto significa una modificación en los horarios en los que están pautadas las tareas políticas, como, por ejemplo, reuniones, encuentros, sesiones legislativas sumar nuestra participación en las mismas condiciones reforzaría la brecha existente y la carga en el uso del tiempo. 

Los partidos políticos como espacios de organización mediante los cuales se ejerce la representación de los ciudadanos y ciudadanas, no son ajenos a este status quo. Por ello fue necesario impulsar propuestas de paridad en la participación. 

¿Qué pasa dentro de las estructuras partidarias?

Existen mujeres que a lo largo de los años sobresalieron a pesar de los obstáculos, como Alicia Moreau de Justo o Eva Perón entre otras tantísimas. Mujeres extraordinarias que, sin embargo, no ocuparon espacios político partidarios o dirigenciales por fuera de espacios feministas o. en el caso de Eva, en su trabajo militante y social en la Fundación Eva Perón. No olvidemos su renunciamiento histórico al cargo de vicepresidenta. Alicia no fue nunca candidata para cargos electivos. 

Una forma de garantizar la participación de las mujeres es a través de los espacios de géneros dentro de las estructuras partidarias. Hay quienes cuestionan la creación de estos espacios como una paradoja patriarcal: ubicarnos en los temas de género para no participar en otras cosas. Sin embargo, es una práctica habitual que existan este tipo de espacios dentro de los partidos políticos como una manera de visibilizar las problemática y desigualdades que sufrimos las mujeres. Existen, además, otras agrupaciones y movimientos feministas por fuera de los partidos políticos. Cada uno de ellos tiene distintas bases ideológicas y es por ello que si bien la lucha es una sola, el reclamo por los derechos que aún faltan muchas veces se plasma en las calles (previo al COVID 19) de manera atomizada. 

Hacia adentro de los partidos políticos tradicionales, el patriarcado sigue imperando. Son muy pocos los casos donde las mujeres están liderando los mismos y, en los casos donde es así, o son mujeres con nula perspectiva de géneros o, si la tienen y sobresalen de la media como el caso de Cristina Fernández de Kirchner, se transforman en objetos de agresiones, persecuciones y maltratos de todo tipo ejerciendo hacia ellas violencia política y de género. 

Hay una paradoja en otros ámbitos de participación política como los sindicatos. Aún hoy con la revolución de las hijas, sindicatos que por temas y a partir de la construcción cultural de roles de género supuestamente corresponden a las “mujeres”, son sindicatos que están liderados por hombres en su mayoría, por ejemplo, en el área de educación. 

Es un cuestionamiento para pensarnos, pero para que eso suceda también es necesario esclarecer a qué nos referimos cuando hablamos de participación. Participación no sólo significa ocupar cargos sino también tener injerencia y participación en las decisiones. De nada sirve la paridad e igualdad de acceso si las decisiones las siguen tomando las mismas personas. 

La perspectiva de géneros va más allá de garantizar la igualdad real. Apunta a poder mirar con otros ojos cada una de las políticas públicas que se lleven adelante con una mirada transversal. No hay temas para las mujeres y temas para los hombres. 

Mujeres y la administración pública/gestión pública.

Es así que el ubicarnos en mesas de Género para que no participemos de otros temas, nos llevó a las mujeres a ocuparnos de la militancia territorial, del armado de redes y a la recomposición del entretejido social. Hoy la mayoría de los comedores comunitarios, los planes de alfabetización, los merenderos, cooperativas etc., en cada uno de nuestros barrios populares son llevados adelante y liderados por ELLAS. Cada logro en materia de políticas públicas como la aprobación de la ley de cupo, la AUH, el matrimonio igualitario, el poner en agenda el aborto seguro, legal y gratuito entre otros, son conquistas alcanzadas por mujeres militantes de distintas organizaciones políticas y sociales que aunaron sororamente sus fuerzas a través de una lucha en común, por la igualdad de géneros: feminismo. 

La lucha por nuevos derechos a través del feminismo nos interpela como sociedad y nos pone ante nuevos paradigmas políticos: hacia una humanidad que debe constituirse como una solidaria y sostenible comunidad política. En estos nuevos paradigmas, con derechos adquiridos que requieren internalización cultural y territorial, y los derechos por conquistar, entendemos que hay tres aspectos que toda política pública sin exclusión debe contemplar de forma transversal, 1- perspectiva de géneros e inclusión, 2- una mirada ambiental sustentable, 3 perspectiva tecnológica como forma de inclusión productiva, laboral y social.

En las últimas décadas, ha sido la utilización de la energía nuclear, la crisis ecológica global, las nuevas tecnologías telemáticas y el desarrollo de las biotecnologías, lo que ha obligado a revisar las relaciones entre ciencia y política. Y han sido los movimientos pacifistas, ecologistas y feministas los que han planteado esta revisión y han repolitizado el debate [2].

Todavía tenemos un Estado creado y pensado por un sistema patriarcal, a pesar de que cada vez más mujeres asumen altos cargos y se ha creado el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, sigue siendo un desafío conseguir paridad, no sólo en cargos sino en enfoques de diseño de políticas públicas estructurales que incluyan de mínima estos tres aspectos transversales. Es importante que el cambio hacia un sistema de igualdad sea en cantidad acompañado por una desconstrucción cultural. Un informe publicado recientemente de la Dirección Nacional de Diseño Organizacional de la Jefatura de Gabinete de Ministros, muestra la distribución por género en la estructura organizativa de autoridades superiores de la Administración Pública Nacional Centralizada en el período 2003-2020 para cada inicio de gobierno y allí vemos que del 2003 a esta parte la incorporación de mujeres en cargos superiores ha aumentado y, pasamos de un 13% a un 37%. 

Las mujeres, en su diversidad, incorporan la experiencia, la capacidad de interpretar conflictos y problemáticas diarias y complejas, desde cuestiones de tareas de cuidado, injusticias económicas, vulneración de derechos, violencias, experiencias de políticas comunitarias muy valiosas. Pero sobre todo arrojan practicidad a herramientas cotidianas. Nos atrevemos a preguntar, si los colectivos tuvieran integrada en su diseño una mirada femenina, ¿serían como los conocemos hoy? Como esta, hay muchas preguntas que nos pueden surgir de cosas que serían distintas si hubiera a la hora de ser pensadas una mirada integral.

No nos limitamos sólo a pensarnos en clave transversal en cargos del Estado. Las mujeres venimos dando pelea en todos los ámbitos: empresas, sindicatos, universidades, justicia, clubes y también en rubros que son concebidos culturalmente sólo para “varones”, como pueden ser los aeronáuticos, mecánicos, construcción, milicia entre otros, la disparidad de géneros representa una de las brechas, no la única, que explica la desigualdad.

Un importante avance se dio a partir de la Resolución 34/2020 que establece que el directorio de las asociaciones civiles y sociedades comerciales  que se inscriban en la Inspección General de Justicia (IGJ) deberá tener “una composición que respete la diversidad de género”.

Es por todo lo dicho que enfatizamos en la cosmovisión conjunta e integral que propone la perspectiva de géneros en las políticas públicas porque garantizan justicia social, para avanzar hacia un real progreso de bienestar, aceptarnos y reconocernos distintos pero iguales en derechos es lo que nos hace mejores. 

Notas

[1] Barrancos, Dora. Mujeres en la Sociedad Argentina. Una historia de cinco siglos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2007.

[2] Filosofía y Ecología, Antonio Campillo.}

* Maria Jose Burgos es abogada, mediadora comunitaria, diplomada en Igualdad de Oportunidades y Ampliación de Derechos (INAP- UNSAM). Integra espacio de mujeres socialistas para la victoria y Mujeres Latinoamericanas por la Equidad e Igualdad.

Maria Jose Jara es diplomada en Gestión Pública Univ. Católica de Cordoba, especialista en RSU. Integra espacio de mujeres socialistas para la victoria y Mujeres Latinoamericanas por la Equidad e Igualdad.