¿Hacia Dónde va el Feminismo? A dos años del Rechazo a la Despenalización del Aborto en el Senado.

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Por Lucía Malena Abelleira Castro*

En la actualidad somos testigos de la desarticulación de la unidad que supo tener el movimiento feminista de nuestro país gracias a la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito. Tras lo ocurrido en el Senado en 2018, y con el horizonte para conseguir el objetivo bastante alejado, los diferentes colectivos que formaron la “marea verde” fueron de a poco alejándose entre sí y analizando la cuestión de las mujeres desde diferentes perspectivas. Si bien las causas “comunes” siguen existiendo, la manera en las que estas se abordan dentro de los diferentes sectores del feminismo suele diferir. 

El grueso del feminismo académico, el cual influye con su pensamiento a cada vez más mujeres que toman consciencia de su situación y militan para cambiarla, aborda la cuestión de la mujer desde un discurso en torno al género y a la diversidad de colectivos oprimidos. Si bien hay que celebrar el hecho de que se corra el velo que invisibilizaba las diferencias dentro del colectivo de mujeres, al enfocar el análisis únicamente en el terreno del discurso, del lenguaje y priorizando únicamente la deconstrucción individual -entendida como la revisión de los privilegios-, se crearon -y se continúan profundizando- fracturas dentro del movimiento feminista. Analizar por separado la cuestión de las mujeres racializadas, de las mujeres trans, de las mujeres migrantes, de las mujeres pobres y un sinfín de colectivos, sin tener en cuenta la situación estructural que crea estas categorías de opresión, sólo logró que el feminismo pierda su verdadero horizonte: la emancipación absoluta de la mujer.

Para tratar de reorientar al movimiento feminista en su camino para alcanzar la igualdad formal y material, no solo de las mujeres sino que de todas las personas de la Tierra, resulta de suma importancia recuperar dos obras -una un poco antigua y la otra más reciente- que plantean un abordaje histórico que valore, como uno de los aspectos fundamentales, la organización de la sociedad en la que se da la subordinación de la mujer al hombre. Estos son: Mujer y Capital, de Rosaria Manieri, y Manifiesto para un feminismo del 99%, de Nancy Fraser, Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya.

Mujer y Capital, publicado originalmente en el año 1971, fue traducido e impreso en castellano siete años después por la editorial Debate, en su sección tribuna feminista. En esta obra, Rosaria Manieri plantea principalmente la importancia de situar históricamente todo análisis de la cuestión femenina. Se debe analizar la definición de la mujer no sólo como un problema únicamente entre hombres y mujeres, sino a la luz de las condiciones históricas objetivas, materiales y culturales, las cuales resultan elementos indispensables para un planteo correcto del tema (Manieri, 1978:8).

Lo dicho por la autora italiana va en línea con lo expresado en el Manifiesto para un feminismo del 99%, en el cual las autoras sitúan la situación desigual de las mujeres dentro del sistema de organización capitalista de la sociedad (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:25). En este sentido, vamos a explayarnos en este último texto un poco más.

Para las autoras, las movilizaciones masivas de mujeres y las huelgas del Día Internacional de la Mujer ocurridas en 2017 y 2018 en distintas partes del mundo significaron el inicio de una serie de acciones motivadas por el cansancio generalizado de la sociedad ante la crisis del capitalismo. Originado en 2008, este tambaleo de la hegemonía del capital puso en la mira al relato neoliberal y la manera en la que una minoría vive rodeada de riquezas a expensas de la miseria a la que empujan constantemente a la mayoría. Fue en este contexto que surgió el Manifiesto para un feminismo del 99%. Esta obra no se trata sólo de una crítica a la hegemonía del feminismo liberal sino que también pone de manifiesto un aspecto muy importante: la desigualdad de género no puede interpretarse escindida de la desigualdad generada por el capitalismo.

Hace casi cuatro décadas que el neoliberalismo, la cara más cruda y financiarizada del capitalismo, logró consolidarse como modo de acumulación hegemónico a nivel mundial. Esto ocurrió a tal punto que hoy atendemos a un momento histórico de absoluta primacía del capital financiero sobre el capital productivo-industrial (Ash&Louca, 2019; Varoufakis, 2018). En este contexto, el feminismo liberal con su discurso igualitario actuó como una criada del capitalismo (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:8). A pesar de que condena la “discriminación” y aboga por la “libertad de elección”, el feminismo  liberal  no hace frente a las  restricciones socioeconómicas  que  hacen  que  la  libertad  y  el  empoderamiento  sean inaccesibles para la gran mayoría de las mujeres. Enfocado únicamente en la ruptura del techo de cristal, habla de igualdad como sinónimo de meritocracia, celebra la llegada de mujeres a puestos altos de poder -las autoras usan el ejemplo de Hillary Clinton- sin dar respuesta a los problemas de la mayoría de las mujeres. En suma, el verdadero objetivo del feminismo liberal es la igualdad formal, es decir, conseguir que la tarea de gestionar la explotación en el lugar de trabajo y la opresión en el conjunto social sea compartida por igual entre los hombres y las mujeres de la clase dominante (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:8). De esta manera, se posiciona como un apéndice más del sistema capitalista, que perpetúa y profundiza las desigualdades. Por eso, llegando a la misma conclusión que Clara Zetkin, afamada militante del comunismo alemán [1], las autoras plantean alejarse de este feminismo neoliberal garante del sistema capitalista y proponen crean un feminismo anticapitalista, que responda al desplome de los niveles de vida de la clase trabajadora, que si bien siempre estuvo conformada por hombres y mujeres, en la actualidad estas últimas representan alrededor del 47 % de esa numerosa clase. Además, cerca de 1.300 millones de mujeres (el 54 % de las que se encuentran en edad económicamente activa) participan en el mercado laboral. [2]

Para poder comprender plenamente la propuesta del manifiesto, resulta vital detenernos primeramente en qué es lo que entienden las autoras por capitalismo y cómo creen que esta estructura organizativa afecta a las relaciones sociales. Paradójicamente, esta explicación la encontramos al final de la obra. El capitalismo es definido como un orden social institucionalizado que abarca no sólo las relaciones de producción sino que también aquellas relaciones no económicas necesarias para mantener el sistema oficial, como lo son las tareas reproductivas (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:57) que abordaremos más adelante. Mediante la explotación del trabajo, el capitalismo busca obtener el mayor beneficio del capital que sea posible, llegando a las máximas consecuencias. Lo interesante que se plantea en esta obra es que el “trabajo” que explota el capitalismo no es solo el asalariado, el de producción de servicios. Para las autoras, el trabajo reproductivo también forma parte del proceso de explotación en este sistema de maximización de beneficios, tarea que es realizada en su mayoría, por no decir en su totalidad, por mujeres (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:26).

Al incluir el trabajo reproductivo como aspecto constitutivo de la explotación del sistema capitalista, las autoras atribuyen la situación actual a una crisis en el conjunto del sistema capitalista y no a una mera “crisis de los cuidados” como suele decirse (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:68). Pero nuevamente, debemos detenernos en qué es lo que ellas entienden por “reproducción social”. Para explicarlo, utilizan el ejemplo de una madre que demandó a uno de sus hijos por no prestarle la atención debida y logró que lo condenen a pagarle a su progenitora el “costo de su crianza”. Este fallo puso de manifiesto tres aspectos que, si bien son conocidos, el capitalismo intenta ocultar: se necesitan enormes cantidades de tiempo y recursos para el nacimiento, los cuidados y el mantenimiento de la vida humana; gran parte del trabajo de crear/o mantener la vida humana todavía es llevada a cabo por la mujer; y la sociedad capitalista no da ningún valor a ese trabajo a pesar de que el mismo es indispensable para el mantenimiento de este sistema (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:60). 

El trabajo reproductivo o “trabajo de cuidados” existió siempre. De hecho, el propio Marx reconoce -más allá de las críticas que merezca el desarrollo que después siguió a esa idea- en el capítulo “reproducción simple”, del volumen I de El Capital, que “nuestra capacidad de trabajar no es algo natural, sino algo que debe ser producido” (Marx citado por Federici, 2018:20). En suma, la reproducción social es todo el trabajo invertido en la creación de personas. No solo se trata de gestación y de dar a luz, sino que el trabajo reproductivo abarca también todas las actividades que sustentan a los seres humanos: educación, salud, recreación, relaciones afectivas, entre otras. 

Si bien dijimos que esta forma de trabajo no es algo nuevo, en el capitalismo adquiere un tono diferente. En un sistema económico-social como este, en el que la moneda es lo que determina el valor (Benson citado por Manieri, 1978:177) la separación entre la producción de servicios y la producción de seres humanos y la consiguiente subordinación de la segunda a la primera, significó la pérdida de valor monetario del trabajo reproductivo, el cual pasó a ser tratado como un medio para la producción de mercancías (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:25) y no como una actividad con un equivalente en dinero. De esta manera, el trabajo reproductivo carece de valor y deja de ser considerado trabajo (Benson citado por Manieri, 1978;177). Siguiendo con esta idea, si vemos que la producción de servicios fue asignada a los hombres y la de seres humanos a las mujeres -por ende las mujeres se encuentran subordinadas a los hombres- queda de manifiesto el carácter sexista de la sociedad capitalista (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:25).

Ahora bien, en las últimas décadas, de la mano del neoliberalismo, el trabajo reproductivo comenzó a tener valor. ¿De qué manera? Con la masiva introducción de mujeres al mercado de trabajo asalariado, la cantidad de horas disponibles para realizar las tareas reproductivas se vieron ampliamente disminuidas, junto con las energías para llevarlas a cabo. Es por esto que las mujeres de las clases acomodadas comenzaron a “tercerizar” -a menudo en condiciones precarias- los cuidados, contratando a mujeres más pobres -usualmente racializadas y migrantes- para realizar estas tareas. Por consiguiente, podemos hablar de una reproducción social “dualizada” en la que es una mercancía para aquellos que pueden pagarlo y está privatizada para quienes no pueden costearlo (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:67).

A pesar de que el trabajo reproductivo es la condición de posibilidad del sistema capitalista, ya que produce la fuerza de trabajo capaz de servir a la producción de mercancías, el hecho de que el capitalismo invierte esa relación constituye una contradicción. Como dijo Federici en Calibán y la bruja, “el capitalismo debe justificar y mistificar las contradicciones incrustadas en sus relaciones sociales, denigrando la naturaleza de aquellos a quienes explota” (Federici, 2010:32).

El Manifiesto de un feminismo para el 99% es una obra que no solo sirve para hacer visible el papel indispensable que desempeña el trabajo no remunerado y de género en la sociedad capitalista, sino que nos llama  la  atención  sobre aquellas  actividades  de  las  que  el  capital  se beneficia, pero que no paga. A su vez, echa luz a diferentes “categorías de opresión” dentro del mismo sistema, como lo son la sexualidad, la racialización, el carácter migrante, entre otras. Esto último resulta importante explicarlo más detalladamente.

Como ya mencionamos, el capitalismo es una sociedad de clases en la que una minoría vive a expensas de la mayoría. Para las autoras, lo que define a estas clases son las relaciones que explotan el trabajo, entendido éste tanto en el sentido productivo como en el reproductivo (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:27). Ahora bien, a través de la lectura del texto podemos entender que las diferentes categorías de opresión surgen, de una u otra manera, por la necesidad del sistema capitalista de crear sectores capaces de ser explotados en beneficio del capital. Todos los grupos oprimidos por el capitalismo existen por una razón: su explotación es funcional al capitalismo. Por esto mismo, es claro que la clase trabajadora dejó de ser aquella señalada por Marx, pero esto no quiere decir que ya no exista. Hoy en día, debemos resignificar y ampliar el concepto de clase trabajadora, incluyendo en ella a hombres y mujeres y teniendo en cuenta todas las diferencias que en ella existen. 

La lucha contra el capitalismo, perpetuador de todas las formas de opresión y de la explotación de las mismas en función del capital, debe ser de la clase trabajadora en su conjunto. Como bien comprenden las autoras, “las diferencias, las desigualdades y las jerarquías inherentes a las relaciones sociales capitalistas generan conflictos de intereses entre los oprimidos y explotados” (Fraser, Arruza, Bhattacharya, 2019:70), por eso es necesario tener cuidado al unir todas las corrientes anticapitalistas en un solo frente. Por otro lado, abordar esta lucha únicamente desde una perspectiva feminista podría significar alzar a una de las categorías de opresión por encima de las otras, contribuyendo aun más a estas diferencias y desigualdades.

Superar la división entre producción y reproducción es un paso fundamental hacia ello pero representa el fin del capitalismo. Resulta necesario reorientar los movimientos feministas y ubicarlos dentro de un objetivo universal más importante: superar el capitalismo y hacer de nuestra sociedad una con más igualdad, libertad y fraternidad.


Notas

[1]  En La cuestión de la mujer y la lucha contra el reformismo, Clara Zetkin dice que “la lucha de emancipación de la mujer proletaria no puede ser similar a la que dirige la mujer burguesa contra el hombre de su clase”, 1976.

[2] Tasa de participación en la fuerza laboral, mujeres (porcentaje de la población femenina entre 15-64 años), estimación modelado OIT. Tasa de la fuerza de trabajo total, modelado datos Banco Mundial, disponibles en https://data.worldbank.org/.

Bibliografía.

  • Arruza, Bhattacharya & Fraser (2019), Manifiesto de un feminismo para el 99%, Barcelona, Herder.
  • Ash, Michael & Louca, Francisco (2019), Sombras: el desorden financiero en la era de la globalización, Barcelona, Sylone.
  • Federici, Silvia (2019), Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños.
  • Federici, Silvia (2018), El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Madrid, Traficantes de sueños.
  • Manieri, Rosaria (1978), Mujer y Capital, Madrid, Tribuna Feminista de Editorial Debate.
  • Varoufakis, Yanis (2018), Comportarse como adultos, Barcelona, Deusto.

* Es miembro del Comité Editorial de Sociedad Futura. Además, es abogada de la UBA y maestranda en Historia Conceptual de la UNSAM.