Reflexiones sobre el Espacio y las Relaciones

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“La esencia humana es el conjunto de las relaciones sociales.” 

(Marx,1845. Tesis sobre Feuerbach.)

Por Roberto J. Cardini.

INTRODUCCIÓN 

Seguramente en estos días has reflexionado sobre las relaciones y su futuro. 

Quizás por miedo a que se terminen lentamente las relaciones físicas o simplemente porque te has preguntado cómo sería la vida construida únicamente por relaciones virtuales, estudiando a través de una interfaz, haciendo reuniones a través de videollamadas o, inclusive, practicando sexting a diario. 

También, probablemente has pensado en transportarte a algún lugar físico donde te gustaría estar, o al menos has ejercitado la mente para abstraerte y poder viajar a una realidad construida por percepciones vividas. Percepciones y realidades que internet no te puede dar porque se desprenden de vivencias reales, recuerdos y reconstrucciones del entorno inmediato. 

Si te has planteado alguna de estas cuestiones es porque en estos tiempos, de alguna manera, estamos reflexionando constantemente sobre la importancia del espacio y las relaciones, pilares fundamentales para el desarrollo del habitar y las bases de las prácticas sociales. 

Para completar esta reflexión y trascender el simple pensamiento fugaz, vamos a ampliar nuestra visión y comprensión del espacio, resignificando el valor primordial de las relaciones, las acciones sociales y el intercambio relacional en la producción del espacio y, por ende, en el habitar en comunidad. 

Es evidente que el desarrollo tecnológico ha complejizado las percepciones espacio-temporales, pero lo que no está claro es hacia dónde dirigimos estos avances y con qué fin. Hoy estamos hiperconectados viviendo permanentemente en espacios duales, físicos y virtuales, a la vez que nos sometemos a un control corporativo cada vez mayor y más naturalizado. Sumando a esto, disciplinas especializadas de alguna manera en el espacio, como la arquitectura, utilizan y enfocan la tecnología para lograr avances en lo formal y en lo compositivo, ignorando o subestimando la existencia de diversas complejidades del espacio que estamos transformado día a día y que no tienen que ver con lo físico, y mucho menos con materiales o formas concretas. 

Todo el conjunto de la sociedad es productor de espacio y las relaciones sociales son la base para efectivizar esta producción. Entonces ¿cuál es el nuevo rol de la arquitectura o de las disciplinas que intentan ser guías en la producción del espacio? 

No creo que haya una sola respuesta a esta pregunta, pero empecemos entendiendo la complejidad que se esconde tras el término “espacio”, que parece tan físico y simple, a la vez que abstracto y profundo. 

Como sistema de ordenamiento dialéctico, iremos desde lo más interno del pensar del individuo hasta la escala global y el enfoque sistémico. 

Cabe aclarar que este orden es meramente orientativo. Como defensor de la filosofía de la praxis gramsciana, este escrito tiene como objetivo la reflexión y la comprensión de todas sus partes y considero que este orden puede orientarnos y figurarnos de manera más clara los conceptos desarrollados, para que no queden simplemente en la enunciación de palabras pretenciosas.

 

00.A. Espacio. 

La etimología de la palabra “espacio” se desprende del vocablo latino Spatium, que significa en su origen, tiempo de espera entre dos momentos temporales y que se aplica después, a la distancia vacía entre dos puntos. 

A la vez, Spatium tiene su origen en el griego Spation, palabra que se utilizaba para nombrar un campo de carreras; un Locus (lugar) o Situ (sitio) extenso.

Es decir que, en toda su etimología, la palabra espacio es utilizada para nombrar todo aquello que existe entre dos o más existencias que podemos definir con anterioridad. 

Sin lugar a duda, esta etimología tiene que ver con una representación concreta y física del espacio. Sin embargo, asociar el espacio al tiempo de espera entre dos momentos temporales deja en claro la complejidad del término y la relación intrínseca del tiempo y el espacio. A través de los siglos, esta representación se vuelve más abstracta ampliado su definición básica y, por lo tanto, haciendo de “espacio” un concepto amplio, ambiguo y para nada sencillo de figurar. 

En distintas disciplinas el espacio es significativo desde variados enfoques, pero veamos qué es lo que tienen en común estas definiciones y cómo, en la mayoría de los casos, el espacio no solamente refiere a cuestiones físicas y tangibles. 

En el campo de la psique, el psicólogo y filósofo Kurt Lewin, considerado uno de los fundadores de la Gestalt, utiliza en sus estudios el término “espacio vital” (“Life Space”) para definir la totalidad de los factores psicológicos que actúan sobre una persona. Él entiende que un conjunto de conceptos que se desprenden del campo de la psicología y que actúan directamente sobre la psique humana, definen un espacio. Lewin complementa esta visión con los conceptos de entorno y conducta y le da un marco teórico a su búsqueda de una “psicología topológica”, tan  influyente en la psicología contemporánea. 

El postulado se puede entender en un diagrama muy sencillo, que representa el espacio vital como una figura que encierra el entorno (“envoirment”) y los distintos niveles de relevancia de hechos o factores (“facts”). (Fig.1) 

 

El espacio (vital), para Lewis, es aquel que contiene todos los componentes que conforman la psique. El espacio es el pensar del ser humano; el espacio es su propia mente constituida por el entorno y los hechos relacionales. 

Dentro del mismo campo, pero en una escala más amplia, la psicología ambiental postula que el espacio y su significación es el principio que rige sobre nuestras  relaciones socio-espaciales y bajo el que se desarrollan el conjunto de fenómenos que relacionan a las personas y su entorno. Es a través del espacio que la psicología ambiental estudia la relación del individuo con su entorno y es, justamente, el individuo en relación lo que significa ese espacio y lo constituye. 

Con una escala diferente, el orden es similar. Hechos, factores, relaciones, entorno, significación y relevancias. Todo esto conforma el espacio; lo integra. 

En el campo de la filosofía encontramos algunas complementaciones referidas a lo ontológico. Y aquí, Heidegger es taxativo. Plantea que no puede disociarse el hombre del espacio. Que hay una co-pertenencia entre el hombre y el espacio, de tal forma que ni uno ni otro pueden tomarse como lo que está frente al sujeto o a su alrededor, sino lo que se abre en la actividad del propio hombre, junto a otros hombres. 

Como aporte desde la geografía y un tanto más contemporáneo, David Harvey, sostiene que el espacio es una construcción social, que no se puede disociar del tiempo y que la forma particular en que el espacio y el tiempo se determinan entre sí, está íntimamente vinculada a las estructuras de poder y a las relaciones sociales, en especial a los particulares modos de producción y consumo que existen en una sociedad. 

Harvey afirma que la dinámica del capital y la de sus resistencias tienen lugar en el espacio y sostiene que cada modo de producción o formación social comprende y articula de una manera distinta las prácticas y los conceptos del espacio. 

Pero Harvey tuvo un referente muy importante y ese fue Henri Lefebvre. sociólogo, filósofo y geógrafo francés. Lefebvre dedicó gran parte de sus estudios y escritos al espacio, al cual define sintéticamente como la condición y el resultado del intercambio orgánico entre los seres humanos y su medio circundante. Su aporte es fundamental en la concepción contemporánea del espacio y las complejidades que suscita, dejando en claro que estas complejidades son resultado de las prácticas sociales. 

Lefebvre afirma que las sociedades se entienden en y por el espacio, por lo que se aleja de lecturas que colocan al espacio como mero reflejo, marco o contenedor de relaciones sociales. Es decir, el espacio es un producto social, es soporte y campo de acción. Y, por ello mismo, tampoco es neutral, fijo, transparente ni objetivo, sino que es histórico y político, en tanto implica relaciones de poder y un proyecto o estrategia que beneficia a un grupo social. 

Como síntesis, en sus escritos desarrolla diversos niveles de abstracción del espacio y modos de conceptualizarlo. Esto lo hace desarrollando una triple dialéctica del espacio que resumimos a continuación. 

Espacio percibido-sensible-físico (Práctica espacial): 

Incluye la producción y reproducción de “lugares” específicos, tipos y jerarquías de “lugar”, y “conjuntos espaciales” (desarrollos urbanos) apropiados a formaciones sociales específicas. Por prácticas espaciales, el autor entiende al escenario en que cada ser humano desarrolla sus competencias como ser social, en un determinado tiempo y lugar. Es el espacio percibido el que integra las relaciones sociales de producción y reproducción, la experiencia material. 

Espacio concebido-abstracto-mental (Representaciones del espacio): 

Son los discursos acerca del “espacio” que están ligados a las relaciones de producción y el orden que estas imponen. Además, estas “representaciones” son centrales para las formas de conocimiento que, por su parte, asientan la estructura 

de poder racional/ profesional del estado. Lo dominante en esta estructura son los signos, los códigos. 

Es el espacio dominante, conceptualizado por los especialistas (planificadores, urbanistas, arquitectos, geógrafos, tecnócratas, etc.). 

Espacio vivido (Espacios de representación): 

Son los espacios vividos los que envuelven los espacios físicos y les sobreponen sistemas simbólicos complejos que lo codifican y los convierten en albergue de imágenes e imaginarios. Es el espacio de los sometimientos a las representaciones dominantes del espacio, pero también en el que aparecen las deserciones y desobediencias, es en donde se encuentran los lugares de la pasión y la acción. Ofrece una región de alternativas complejamente codificadas, decodificadas y/o recodificadas utilizadas como resistencia simbólica. 

Estos están ligados a la dimensión alternativa de la vida social y son particularmente expresados en el arte (que Lefebvre ve como el “código” de los “espacios de representación”). Estos espacios sugieren e incitan reestructuraciones alternativas y revolucionarias de las representaciones institucionalizadas del espacio y también nuevas modalidades de práctica espacial. 

Se desprende de esta triple dialéctica, la producción social del espacio, que se compone de estos tres términos interrelacionados y se desarrolla, en mi interpretación de Lefebvre, en un último concepto; el espacio social-relacional. 

Como resumen podemos observar que el espacio es un producto social en la mayoría de sus definiciones y en diversos campos de estudios o disciplinas. La reflexión del espacio es la reflexión sobre la acción de las relaciones sociales. Inclusive, la definición de espacio más propia del ser, más intima, incluye las relaciones, el entorno social y a otros hombres para constituirse. Solo las definiciones que refieren al espacio en términos meramente físicos, perceptivos, fenomenológicos o paisajísticos son las que no consideran las relaciones sociales. En todo el contenido de este escrito, considero al espacio un producto social, histórico y político, y partimos desde una concepción compleja de espacio que explicita las relaciones en todas sus variables. 

0.1 PRODUCTORES DE ESPACIO 

En este contexto, tenemos que entender que somos constantemente, de muchas formas, productores de espacio. Por más que no lo consideremos así, somos parte del conjunto de las fuerzas productivas y estamos construyendo continuamente las relaciones, que dentro de determinadas estrategias y en determinados contextos, se establecen entre sí para producir espacio. 

Es el convivir de los hombres, en su mutua pertenencia al mundo, lo que produce el espacio y hace del hombre ser algo. Nos hace sentirnos realizados en comunidad. 

Cabe destacar que el concepto de producción del espacio, recientemente utilizado, se desprende de aquel que desarrolla Henry Lefebvre. Él complementa un concepto clásico, el de producción, pero indicando un cambio en dicha producción, en las fuerzas productivas. Se pasa de la producción en el espacio (Marx, 1867) a la producción del espacio (Lefebvre, 1976). 

Hablamos de producción del espacio dado que esta expresión marca intencionadamente una complejidad en la reflexión y trasciende las disciplinas más clásicas que trabajan el espacio, haciendo recaer su peso sobre todo el conjunto de la sociedad. Y esa relación del espacio con la sociedad, proviene de varios campos: la sociología, la economía, la política, la tecnología. Pero, y esto es lo más importante, concierne al conocimiento en general. 

Hoy en día, el conocimiento implica una capacidad creciente de controlar el espacio. De producirlo. El espacio ha sido siempre político, pero ahora lo es más que nunca. Somos productores de espacio y serlo requiere que conozcamos las tres cuestiones que, en mi opinión, son las guías en esta producción: las relaciones sociales, las estrategias comunes y la acción activa

01 .A. RELACIONES SOCIALES. 

¿Cuál es la situación actual de las relaciones sociales, dado el avance exponencial del uso de internet y las herramientas virtuales? ¿Cuál es el futuro de estas relaciones? 

La concepción dominante y frecuente coloca al espacio como soporte del habitar humano. Pero en este escrito intentamos hablar del espacio como relación social y como condición básica de su producción, no sólo como un soporte. Es decir que concebimos la producción del espacio como instrumento o medio de intercambio donde se desarrollan las estrategias sobre el propio espacio. 

Evidentemente, es en el instrumento de la producción del espacio y, por ende, en el ámbito de las Relaciones Sociales y las Estrategias Comunes, donde hoy en día podemos proponer grandes cambios paradigmáticos en el sistema actual. 

En el presente, el contexto es muy particular y complejo. La aparición de internet supuso un cambio de paradigma en cuanto a percepciones y relaciones y su uso, en un muy corto plazo, tuvo un crecimiento vertiginoso en el panorama mundial. A este escenario, también hay que sumarle un crecimiento exponencial de la población. Todo indicaría que, a menos que suceda algo inédito, en la proyección futura estas dos variables seguirán aumentando veloz y sostenidamente. 

Partiendo de esa base y en este contexto, las proyecciones hacen evidente que el carácter, la percepción, la vivencia y, por supuesto, la producción del espacio ha cambiado y que ese cambio seguirá profundizándose. 

Los espacios virtuales interactivos se han integrado al hábitat humano configurando un espacio-tiempo social aumentado y simbiótico (intercambio comunitario), que sugiere formas particulares de habitar. 

Roy Ascot (1995), hace más de dos décadas, planteaba el término de la cibercepción como aquella nueva habilidad que adquieren las personas al aprender a utilizar los nuevos medios y que consiste en saber relacionarse en un ambiente virtual pero, a la vez, real. Para Ascot, eso se puede definir como un carácter transpersonal. Esta experiencia transpersonal, dice Ascot, nos posibilita penetrar en la interconectividad de todas las cosas, en la permeabilidad y en la inestabilidad de las fronteras, en la ausencia de distinción entre parte y todo, entre el primero y el segundo plano, entre el contexto y el contenido. (Ascot,2007,p.33) (en este escrito tomaremos la definición de Ascot, pero remplazando el término “experiencia” que, desde mi punto de vista, remite a una percepción pasiva, por el término “acción”, el cual implica cierta iniciativa activa del sujeto o grupo social en cuestión). 

El acceso a este nuevo contexto de intercambio da como resultado situaciones extraordinarias, en las cuales los vínculos y las relaciones sociales cobran nuevas dimensiones, que se asocian a una nueva capacidad humana que involucra la convergencia de procesos cognitivos y perceptivos, en los cuales es fundamental la conectividad. Sumado a esto, toma protagonismo un concepto que articula el lenguaje cibernético e informático a la comprensión humana: la interfaz

Definida por muchos especialistas como un espacio y no como un objeto, la interfaz, según Gui Bonsiepe, articula la interacción entre el cuerpo humano, la herramienta y acción. En otras palabras, la interfaz sería el traductor del lenguaje informático que articula la mente de un individuo o de un colectivo de personas con la acción o relación que quieran ejecutar. En este proceso, él o los usuarios significan y operan en la interfaz, producen un espacio virtual a través de una aparente hiperconectividad y viven una acción transpersonal

Pero analicemos las complejidades, dualidades y contracaras que esconde este proceso tan cotidiano de conexión al espacio virtual. 

Acción transpersonal. 

La acción transpersonal aparenta la sensación de expansión de la conciencia más allá del ego, del tiempo y justamente, del propio espacio. Esta acción, si no es dirigida, consciente y a través del conocimiento, puede conducir (como creo que lo está haciendo) al opuesto que exponen. Es decir que, al volverse difusas las referencias temporales, al fragmentarse la identidad de aquel o aquellos que se conectan y al romperse el espacio físico real, resulta que esa acción que pretendía ser instrumento de relaciones e intercambios cognitivos, aliena por completo a el o a los usuarios y comienza un proceso inverso: de control, hiperestática, individualismo y desconexión. El acceso a la tecnología nos permite transformar nuestros “yoes”, transferir nuestros pensamientos a las redes y obtener así la sensación de trascender las limitaciones de nuestros cuerpos, pero en el momento en que ese proceso se hace cotidiano, frecuentemente inconsciente, imprescindible y sin fines productivos, termina dando como resultado un proceso íntimo, banal, ocioso y egoísta, alejado de procesos cognitivos y fines colectivos. 

Conectividad. 

Por otro lado, aquella conectividad que en la teoría resulta tan amplia y desprendida, y que muestra esa imagen tan democrática y libre, tiene un severo control de datos y una vigilancia constante. 

Así como el espacio se convirtió en valor de intercambio, actualmente los datos y la información de individuos resulta de gran valor para el mercado. Los usuarios que encontraron en internet una forma de creer que son anónimos y un lugar donde construir una nueva identidad, resulta que son convertidos en data para vender, publicitar, hacer proselitismo o, lo que es peor, para polarizar cognitivamente. Uno de estos casos, por ejemplo, es el llamado “efecto burbuja”. La infraestructura tecno social a través de los algoritmos propone noticias o información relacionadas con lo que ya pensamos. Como usuarios, creemos que el alcance de internet es infinito y que somos completamente libres de elegir en este espacio universal, pero constantemente nos atrapa la burbuja que solamente refuerza lo que anteriormente pensábamos. Esto tiene solo una dirección: la polarización. 

Hoy no es un secreto que las plataformas están diseñadas para maxificar el engagement o compromiso y mantienen a las personas comentando y accionando en cada vez más acotadas y controladas direcciones. Esto produce una falsa sensación de libertad, de libre albedrío y una forma limitada de relaciones endogámicas. 

Interfaz

Por último, en el espacio virtual y la conexión, se reconoce una operación de significación del usuario(s) a través de la interfaz

Cada día hay más opciones de interfaces, que siguen creciendo y haciéndose más complejas y “eficientes”. Este espacio, como lo dimos a llamar, resulta que va en dirección de “naturalizar” los procesos cognitivos y de hacer desaparecer la conciencia sobre el aparato, para deslizarse en el fondo de la percepción. 

La evolución que está direccionando la interfaz es la de “desaparecer”, para convertirse en parte del medio ambiente. Una búsqueda que tiene como objetivo minimizar el esfuerzo para “evitar” posibles “cansancios”. 

Paulatinamente, esto produce un proceso de dominación que ya no pasa a través del contenido ideológico, sino que se ejerce a través de unas superficies tecnológicas muy seductoras que estructuran nuestra relación con el mundo, infraestructuras que ordenan y organizan nuestra vida cotidiana. 

El proceso de significación se hace cada vez más débil, para convertirse en un proceso artificialmente “naturalizado”. Esta forma de capitalizar la atención es más estructural que cultural, y esto permite un mayor margen de colaboración, siempre bajo los auspicios del control digital que se resumen en una falsa libertad. Cuando hablamos de interfaz como herramienta de control, hablamos de una tecnología que, aunque el usuario no pueda ni ver ni detectar, ejerce el control mediante una ficción de filtro, de “mirada a través”. 

Interacción e intercambio. 

En las relaciones sociales actuales no todo es control, polarización o individualismo. Las prácticas de interacción cargan de sentido al espacio. Las prácticas de intercambio y relación, producen espacio. Lo hacemos en la estructura del espacio concebido-abstracto-mental al que se refiere Lefebvre. Allí donde lo dominante de esta estructura son los signos, los códigos y las relaciones frontales; el diálogo, el saludo, el recuerdo compartido. Estas prácticas se dan hoy en día de una forma cada vez más individualizada y se hacen mediante la conexión en un espacio virtual que permite al usuario la dualidad de operar en espacios simultáneos y, por lo tanto, producir múltiples espacios. 

Es aquí donde se hace visible la dualidad de nuestra futura realidad tecnológica: los signos y códigos esenciales relativos al contexto de las relaciones sociales se desfiguran, desdibujando los límites de lo posible en términos de acción, y el espacio social, a su vez, sigue siendo simbolizado por rituales de interacción directa entre los individuos. Esta dualidad permite el pensamiento simultáneo sobre el espacio y las relaciones en distintos planos espacio temporales complejizando las acciones y todo lo que desprenden de ellas, sean estas de tipo grupal o individual. Toda producción del espacio, incluyendo la que se desprende de las acciones que requieren conectividad o “virtuales”, se compone de los intereses y modalidades de las prácticas individuales y colectivas y, por lo tanto, esta producción se integra a las colectividades que lo componen. 

Más allá de cualquier control, seguimiento o localización, la producción del espacio se activa con la acción colectiva y es a través del intercambio que se lleva a cabo la construcción de un espacio-mental-transpersonal potenciado por la actividad y la transferencia de saberes y conocimientos. Esa potencia de las acciones colectivas se da si el espacio de intercambio digital es garantizado de manera común para quienes se ven inmersos en sus sistemas, y las partes del intercambio constituyen las condiciones necesarias para la construcción colectiva, dentro de un todo fundado en el plano de las estrategias comunes

01.B. ESTRATEGIAS COMUNES. 

¿Cuál es el sistema que nos rige, por qué queremos cambiarlo y cuáles son las  estrategias comunes para hacerlo? 

A través de la informática y la internet, hoy en día podemos concentrar en un artefacto digital conectado, inmensas extensiones. Si el individuo per se produce el espacio a través de las acciones sociales directas, con la expansión de las conexiones y la tecnología, podemos decir que comienza a producir el espacio a gran escala. 

Lefebvre se expresa claramente en este tema. En lo concerniente a la estrategia, para él, todo es un asunto de espacio. 

Entonces, si el espacio virtual, como dejamos claro anteriormente, integra nuestro espacio existencial, es necesario interrogarnos de forma imperiosa sobre los rasgos de su espacialidad, particularmente sobre los modos de reconocimiento, experimentación, producción y apropiación de espacios virtuales interactivos que puedan considerarse lugares habitables. Aquí es donde encontramos la primera clave para entender la nueva dirección de disciplinas como la arquitectura, que bogan por conservar una relación inmediata con el hecho de habitar. 

Para ello es necesaria la reflexión y el conocimiento sobre el espacio en general y ahondar específicamente sobre las estrategias que lo operan. 

La combinación de la amplitud del espacio y las variadas estrategias que actúan sobre el mismo hacen que el campo de estudio sea fértil, a la vez que complejo y contradictorio.

Lefebvre expone que el espacio tiene cualidades que no son formales ni intrínsecas a él. Estas cualidades son producto de las prácticas sociales y, por lo tanto, son múltiples y muchas veces contrapuestas. El espacio es homogéneo y fragmentado, concreto y abstracto, cuantitativo y cualitativo. El espacio es homogéneo, por ejemplo, porque todo lo que lo compone es equivalente, pero a vez es fragmentado porque es convertido por el sistema como un valor de intercambio, comprable y vendible. Y esto tiene relación directa con las numerosas estrategias, que se entremezclan y se superponen. Estrategias de las multinacionales, del poder político, estrategias de energía, de los estados, estrategias del sistema hegemónico, etc. 

En esa ecuación, la arquitectura históricamente siempre fue lacaya de los poderes dominantes, concretando los requerimientos de comitentes con acceso a los recursos necesarios para llevar a cabo estrategias de control a través del espacio. Pero no solo la arquitectura fue y sigue siendo cómplice y herramienta clave en estas estrategias que operan el espacio. Como ejemplo, cabe analizar cómo opera el sistema capitalista en el espacio a gran escala y se convierte dinámicamente en el poder hegemónico a través de múltiples herramientas y estrategias sobre el propio espacio. 

Hoy en día tenemos en claro que el capitalismo es un sistema en constante crecimiento y que, en el corto tiempo, se ha apoderado de la totalidad del espacio. Sectores precapitalistas como la agricultura y la propia ciudad, se han convertido en medios para ejercer el control. Sumado a eso, con la creación de la industria del ocio, el capitalismo se apropia de todos los espacios vacantes. 

Hoy, la totalidad del espacio, e inclusive los atributos de la naturaleza (luz, calor, agua), pasaron de ser valores de utilización a ser valores de intercambio. Al tiempo que se compran y se venden (y fragmentan el espacio), comienzan a ser más escasos. 

La naturaleza, al igual que lo hace el espacio social o la ciudad, se fragmenta y se reorganiza siguiendo la lógica de una sociedad neocapitalista dominante. 

Esto ha generado grandes problemas y un futuro realmente preocupante en cuestiones relacionadas, por ejemplo, con el medio ambiente. 

Tantos y tan preocupantes son estos problemas que, inclusive, distintos científicos alrededor del mundo encuentran una vinculación directa entre los virus que nos azotan y el cínico sistema que arrasa territorios, cría animales de forma industrial y genera la mayor parte de la crisis climática global. 

Esto es solo un campo donde opera el sistema capitalista y un claro ejemplo de las consecuencias que tienen las estrategias hegemónicas sobre el espacio. Nos encontramos yendo en una dirección clara y a una velocidad inimaginada. Ya sabemos, en esta instancia, las consecuencias que tiene un sistema que es incapaz de proporcionar un código que cubra el conjunto del campo social y que siempre llega más lejos en el movimiento de desterritorialización de la formación social en su conjunto. Y con esa desterritorializacion, el capitalismo construye otro tipo de relaciones. 

Respecto a esto, Deleuze y Guattari son muy claros: “Lo que la velocidad capitalista desterritorializa, por un lado, lo territorializa por el otro”. 

Hoy los reinterpretamos y entendemos que, si el capitalismo es capaz de construir relaciones de producción, es a costa de otro tipo de relaciones, en deterioro de las relaciones sociales y en la relación entre la humanidad y su entorno. Los indicadores de pobreza aumentan, la catástrofe ambiental es cada vez más inminente, el mercado y la economía colapsan y, sin embargo, el neoliberalismo avanza en su construcción hegemónica. 

Entonces, algo que tenemos en claro y que no podemos negar es que el capitalismo se mantiene en pie gracias a sus propias contradicciones y sale fortalecido de las crisis que su propia dinámica provoca. Y esto es un punto clave para la construcción de estrategias comunes, con objetivos y herramientas prácticas y eficientes, lejos de postulados retóricos. 

Para conseguir esto, lo primero que tenemos que lograr es romper con la idea de que el capitalismo constituye la única economía posible. Lo que muchos autores llaman el “realismo capitalista”. 

Si es posible otro sistema, lo que entonces debiéramos discutir son las estrategias comunes que proponemos para redireccionarlo, modificarlo o reemplazarlo. 

La teoría aceleracionista, con respecto a esto último, se posiciona expresamente en superarlo desde adentro; y para ello, nos propone hacer uso de las herramientas proporcionadas por éste a través de la modernidad y la tecnología, acelerando todo aquello que resulte beneficioso en pos de un futuro que vaya más allá del mercado salvaje y la propiedad privada. 

Nick Srnicek y Alex Williams, dos de los referentes del aceleracionismo de izquierda, trabajan sobre las bases de Deleuze y Guattari, que afirmaban “la necesidad de ir aún más lejos y más rápido en el movimiento del mercado, de la descodificación y de la desterritorialización para superar las tendencias compensatorias que suprimen la posibilidad de una transformación social de gran alcance”. 

Como estrategia, Srnicek y Williams utilizan y redireccionan el potencial de la tecnología, las redes y las conexiones para lograr que esas mismas herramientas sean las que podamos reformar y reconstruir, utilizándolas finalmente para la reconstrucción del espacio social. 

Tiziana Terranova, teórica y activista italiana, alineada con las tendencias  aceleracionistas, nos aporta una mirada más pragmática de la cuestión. 

Ella analiza las relaciones entre el capital y los algoritmos que median nuestra interacción con las tecnologías de la información y la comunicación, poniendo a tres factores como los que operan principalmente en esas relaciones: el dinero virtual, las redes sociales y la bio-hipermedia, entendida como la relación entre cuerpos y dispositivos. 

Terranova expone que este tipo de tecnología posee potenciales muy claros para desafiar al capitalismo y que existe una posibilidad de inventar algoritmos sociales capaces de crear un sistema económico distinto. Una clara postura que pone en valor lo comunitario. La potencia de la producción en completa cooperación social, utilizando y re direccionando las infraestructuras tecnológicas. 

Cuanto antes logremos una reflexión sobre la producción del espacio y los modos de reconocimiento y apropiación de espacios virtuales, antes podremos desarrollar en conjunto las estrategias comunes para un nuevo proyecto social.

En ese sentido, no sirve de nada aislar las transformaciones tecnológicas o estigmatizarlas como herramientas de control únicamente. Debemos entender el potencial de ese avance tecnológico y redireccionarlo a fines comunes. 

El desarrollo tecnológico trae consigo grandes amenazas de privatización, de control, de especulación de datos. Pero lo paradójico de las tecnologías es que, aunque traigan amenazas, también poseen la solución, que está en las propias tecnologías. 

Margarita Padilla, ingeniera informática y activista española, afirma que la respuesta debe surgir de redireccionar el uso de esas tecnologías o avanzar en posibles alianzas tecnosociales o tecnopolíticas. Ella encuentra la clave en tener cada vez más dominio de la tecnología, capacitar y capacitarse en el campo y tener más comprensión del funcionamiento de las herramientas que tenemos. Esto hace que tengamos poderío sobre ellas socialmente. 

Para ello, es fundamental reconocer tanto los poderes que operan el espacio como las estrategias que utilizan, y ser conscientes de que, si esas estrategias están enfocadas en la acumulación de capital y la privatización incesante de bienes, lo único que generan es la disminución de los espacios que pertenecían al dominio común o público, reproduciendo las desigualdades. 

Una vez conscientes de estas estrategias privativas, lo siguiente es entender cómo podemos operar sobre estas estructuras y a través de qué herramientas específicas. 

Marga Padilla, por ejemplo, trabaja directamente con proyectos de “software libre”. Este concepto, impulsado principalmente por Richard Stallman a mediados de los ochentas, propone cuatro libertades a los usuarios del software: la libertad de usar el programa con cualquier propósito, la de estudiar el funcionamiento del programa a través de la apertura de su código de fuente y adaptarlo a las necesidades; la de compartirlo y colectivizarlo, y la de realizar mejoras en el programa y hacerlas públicas, de modo que toda la comunidad se beneficie. 

Este es solo un ejemplo de estrategia común aplicada específicamente a software e informática. Tiziana Terranova, como otro ejemplo concreto, trabaja en la construcción de una nueva infraestructura tecno social para la comunidad. Ella plantea que hoy en día hay tres tipos de infraestructuras tecno sociales. Las construidas por empresas o grandes corporaciones, las construidas por el Estado con una fuerte intervención y severas restricciones como el modelo chino y la tercera opción, que son las de construcción comunitaria. 

Tiziana afirma que hoy en día existen plataformas construidas bajo el concepto de “the commons” o bienes comunes, que no dependen ni son reguladas por el Estado ni por el mercado, sino que están desarrolladas por comunidades de usuarios que autogobiernan y autogestionan el recurso para convertirlo en comunitario. 

Algunas infraestructuras comunitarias que Terranova pone como ejemplo en varios de sus artículos son la Platform Coopertativism Consortium (PCC), la P2P Fundation, Barcelona deCode, fairbnb, o la más avanzada y compleja Faircoop. A esto se le suma la Faircoin, el creciente proyecto de una criptomoneda comunitaria que busca romper con las especulaciones y las burbujas financieras de las criptomonedas creadas al mejor estilo de los esquemas Ponzi. 

En el campo de la arquitectura, modelos de proyectos urbanos participativos, con un claro hincapié en fomentar la autogestión y potenciar el esfuerzo comunitario en la toma de decisiones y la ejecución de todo tipo de proyectos, logran que los aportes de la disciplina estén ligados a la cohesión social, la gestión y las resoluciones técnico-constructivas. 

El resultado es el de la producción del espacio en cooperación social. 

Se trata de que todos estamos involucrados en la producción de conocimiento, de cultura y de espacio. Y esto tiene que estar enfocado en producir comunitariamente las herramientas para un nuevo proyecto social. 

Debemos ser conscientes respecto a las posibilidades de producción, experimentación y transformación de los dispositivos de distribución social de la cultura y las herramientas que generan intercambios activos de conocimiento. Esos dispositivos y herramientas deberán aggiornarse a los avances tecnológicos ya mencionados, porque en estos nuevos procesos están involucradas la tecnología transpersonal, la tecnología de la comunicación, la participación y la colaboración, que forman parte en su conjunto, de las estrategias comunes. 

No alterar los modos de producción del espacio es subestimar la capacidad de la sociedad y conducirla por un sistema completamente pasivo, validado únicamente por categorías estéticas, por el poder de la imagen, lo superficial, el atractivo de lo espectacular y el individualismo imperante. 

Para lograr esto, lo fundamental es desarrollar pensamiento crítico y entender que los sistemas de control buscan convertir a la sociedad en sujetos pasivos individualizados. 

¿La propuesta? Convertirnos en sujetos conscientes, críticos, viviendo en comunidad, colectivizar logros y progresos, y desarrollar constantemente acciones activas

01.C. ACCIONES ACTIVAS. 

¿Qué son acciones activas, cuáles se proponen y en qué se diferencian de las acciones pasivas? 

El verbo activar está atravesado directamente por un factor fundamental y troncal en la comprensión del espacio, las relaciones y las acciones. Este factor fundamental es el tiempo

Por otro lado, las otras dos categorías que implica mi acepción del verbo son: la sociedad, como conjunto de sujetos individuales que se relacionan y conforman estructuras de conocimiento, cultura e identidad; y, sin duda, el espacio, como todo aquello que hace al hombre y que utiliza y produce para concretar el intercambio relacional y su propia construcción social. 

El estudio específico de las transformaciones en la comprensión espacio-temporal actual, resulta fundamental para el análisis de las prácticas y los procesos socio-culturales en las sociedades contemporáneas. El tiempo se distingue, pero no se separa del espacio. Es inherente a él. 

No podemos negar a esta altura que existe una mutación en la comprensión temporal de la vida contemporánea. Esta mutación se ve reflejada, por ejemplo, en los dispositivos culturales dispuestos por una sociedad orientada al consumo y el espectáculo. Esto produce que la imagen, la apariencia, el espectáculo, etc., puedan experimentarse con una intensidad que solo es posible concibiéndolas como presentes puros y desvinculados en el tiempo. 

Esto implica la fragmentación del espacio, de la cual veníamos hablando, tal y como en la imagen fotográfica. La fragmentación del espacio en “partes” presupone esta lógica de la visualización que sustituye la realidad por fragmentos de sí misma -como en las imágenes- (Lefebvre, 1975). Esta fragmentación hace de la experiencia una acumulación de presentes continuos y, por lo tanto, demanda del espacio un medio necesariamente activo y adaptable a la dinámica temporal. 

El espacio estético, preferido y dominante en todas las estrategias posmodernas enumeradas, difiere de otros tipos de espacio social (cognitivo, relacional) en cuanto no escoge como puntos de referencia y orientación las características y cualidades del espacio o adjudicadas a él, sino que busca esta referencia en los atributos del sujeto espaciador (como el interés, el entusiasmo, la satisfacción o el placer). 

Según lo señaló Jean-Frangois Lyotard, “los objetos y contenidos son ahora indiferentes. La única cuestión válida es si son “interesantes”. El mundo se convierte en el agrupamiento de objetos potencialmente interesantes, y la tarea consiste en exprimirles la mayor cantidad de interés que puedan ofrecer.( Z. Bauman, 2003) 

En la era contemporánea, la importancia del cambio y la adaptación es una característica fundamental de aquello que perdura. Entonces, entramos en una dicotomía. Aquello que permanece en el tiempo, en otra época y con una interpretación literal, casi conservadora, es aquello que no cambia, que sigue siempre en el mismo lugar, que mantiene su forma, su composición, “el monumento” de Aldo Rossi. 

Sin embargo, hoy en día es el valor de la adaptabilidad, de la versatilidad y la metamorfosis lo que hace que los espacio sean persistentes. Esto se debe a la ruptura espacio temporal que genera la sensación de hiperconectividad y la construcción del espacio virtual como medio relacional. 

La búsqueda incesante de la trascendencia, de la capacidad para ser persistente en el tiempo y resultar constantemente válida, es una inquietud por parte de incontadas disciplinas. 

En particular, en el campo de la arquitectura, este objetivo fue motivación para incontables teorías. 

Mi hipótesis es que la persistencia hoy en día se traduce como el fundamento y la validación constante de acciones que provoquen la actividad cooperativa, y se logra con sistemas vivos, con experiencias activas, que difieren de actitudes pasivas o contemplativas. 

Estas características solamente las poseen la naturaleza y los sistemas orgánicos. Por tanto, la sociedad y sus acciones colectivas; en particular todas aquellas acciones que involucren un intercambio, que es lo que realmente enriquece la actividad y activa una inercia social. 

En otras palabras, la producción del espacio debe estar más cercana a un proceso vital que visual, a un proceso que incluya lo ético más que lo puramente estético. A pesar de que mucha producción referencial, para la mayoría, sea enfocada claramente en generar una atracción estética apoyada en el consumo como puro fetiche. 

La imagen contemporánea debe caracterizarse justamente por su poder generador: ya no es una huella (retroactiva), sino un programa (activo). 

Estos programas promueven, frente al modelo tradicional de exhibición, la producción como proceso permeable, el desplazamiento de la figura del espectador al de activista, o la figura del mediador como facilitador de relaciones. Las propuestas activas responden a una iniciativa que propone crear redes con las que asumir formas de enriquecer las relaciones y comunicaciones, lo más amplias y abiertas que sea posible. 

Debemos enfocarnos en las actividades que proponen un intercambio social activo. Estas actividades contrastan, por oposición, a actividades sociales pasivas, generalmente enfocadas sobre el par obra-espectador. 

Seamos conscientes de que el valor y la potencia de la imagen en la lógica cultural actual, desgasta paulatinamente el intercambio y la acción social. Pero seamos conscientes también de que el desarrollo tecnológico constituye un hecho ineludible y debemos redireccionarlo lo antes posible hacia fines comunes. Es la herramienta más eficiente para potenciar la reestructuración social de base. 

El conjunto de la sociedad solo puede lograr su cohesión mediante los beneficios del intercambio entre sus miembros y a través de la experiencia relacional. Nunca será el camino de la cohesión lo banal y superficial, aquello que no plantea la totalidad de la complejidad. El sujeto ideal de la sociedad actual está reducido a la condición de mero consumidor, tanto de tiempo como de espacio. Aquello que no se puede comercializar está destinado a desaparecer. Pronto, las relaciones humanas no podrán existir fuera de los espacios de comercio. Así entonces, paulatinamente, el espacio de las relaciones más comunes es el más afectado por la cosificación general. 

Por eso considero fundamental reconocer en las expresiones sociales y culturales, las acciones activas y las acciones pasivas. En las acciones pasivas el estatuto del individuo es puramente receptivo y es motivado, en la mayoría de los casos por imperativos mercantiles. Aquello que Guy Debord llamaba como “la sociedad del espectáculo”, individuos como en una sala de cine, aislados entre sí y de la vida real, condenados a una pasividad absoluta. 

Las acciones activas, en cambio, son las que proponen una interacción desinteresada económicamente hablando entre las partes, un intercambio constante y la necesidad imperiosa de la participación, la producción y la relación como base del intercambio. En definitiva, el opuesto de la contemplación. 

Ser público alude a ser espectador, a no tener ningún tipo de lazo con quien o quienes representan o presentan una acción; y supone una actitud pasiva. 

Boris Groys, filósofo, crítico de arte e investigador del arte de vanguardia del siglo XX y los medios de comunicación contemporáneos, afirma que hoy en día, el ser un espectador (la vita contemplativa) se ha vuelto algo muy distinto de lo que era antes. El sujeto de la contemplación ya no puede contar con recursos temporales infinitos con una perspectiva temporal infinita (lo que se da como consecuencia de 

la fragmentación del tiempo, como explicamos anteriormente). Los usuarios contemporáneos son espectadores en movimiento; son, básicamente, viajeros. Y esto nos revela que la vita contemplativa contemporánea coincide con una permanente y activa circulación. Y aquí hay que ser precisos para no confundir la necesidad de imágenes o estímulos constantes que da la atracción espectacular, con la creación de sujetos participativos y críticos envueltos en programas activos con fundamentos y objetivos comunes. 

Groys señala que el acto mismo de contemplar funciona hoy como un gesto repetitivo que no puede y no conduce a ningún resultado, a ningún juicio estético concluyente y bien fundado. Es por eso que no sencillo reconocer y discernir (ni me creo capaz completamente de ello) las acciones contemplativas o pasivas, de las acciones activas. 

Desde muchas posiciones, la modernidad se expresó contra la contemplación, contra la actitud de espectador, contra la pasividad de las masas paralizadas por el espectáculo de la vida moderna. Por ejemplo, el arte moderno y progresista se constituyó durante la época moderna en oposición a tal consumo pasivo, con referentes como Guy Debord o, inclusive, Adorno. También el cine y la televisión han sido ponderados como medios para romper con la pasividad. 

Groys sostiene que una aparente cura de esta somnolencia de la “sociedad de espectáculo” que describió Debord es un encuentro con lo “real”, y que el debate hoy se da entorno a si ese shock de realidad aún es posible, luego de observar un avance progresivo por el consumo, la imagen y las “comodidades” del diseño contemporáneo que desvían las percepciones de aquello “real”, si acaso no es ello mismo. 

La arquitectura como práctica social y real. 

No vamos a entrar en el debate de aquello que es real, pero sí podemos afirmar que las prácticas sociales, todas en su conjunto, son parte de aquello que llamamos lo “real”. Y considero que por aquí puede estar el aporte de mi visión arquitectónica del problema. 

La arquitectura difiere de Ia pintura, de la escultura, de las artes, en el hecho de que estas últimas no se relacionan con la práctica social más que de forma indirecta y a través de mediaciones, mientras que el arquitecto y Ia arquitectura conservan una relación inmediata con el hecho de habitar en tanto acto social, teniendo la construcción como práctica. 

La arquitectura es un instrumento social. Esta es una condición que se desprende de su capacidad de transformación de la realidad a través de acciones concretas. Estas acciones están dirigidas hacia el conjunto de la sociedad, pero también entendemos que se desprenden de ella. 

En el campo de la arquitectura, y relacionado directamente con todas las reflexiones que anteceden este capítulo, propongo incorporar en nuestro lenguaje arquitectónico y, por qué no, cultural, un espacio ligado directamente a la acción social. El espacio social – relacional. 

Este espacio incorpora los actos sociales, las acciones de los sujetos, tanto colectivos como individuales. Estos actos sociales, están representados por la producción cultural y/o artística como acción básica del hombre que construye una identidad a través de las expresiones colectivas. La producción cultural propone una inmensa complejidad en el estudio sociológico y permite, dada la constante dinámica de su naturaleza, ser el disparador de un posible desplazamiento en los procesos arquitectónicos, haciéndonos cargo de la arquitectura como instrumento social. 

La cultura son los sujetos en movimiento, son potentes relaciones e infinitos intercambios. En la medida que podamos sumergirnos en ellos y comprender sus preocupaciones, estaremos tocando las fibras más íntimas de la cultura. 

Creo que el mayor aporte desde la arquitectura para la producción cultural hoy en día es la participación activa y participativa, que se resume en un concepto muy valioso para mi hipótesis. El concepto de sinergia. Esta palabra que proviene directamente de los sistemas orgánicos que encontramos en la naturaleza y que, traspolado a la sociología y la arquitectura, resume las relaciones dinámicas entre los individuos o entre diversos grupos sociales. El sinergismo califica un proceso creativo y participativo entre los individuos que, aisladamente, serían incapaces de provocar. A través de la sinergia, se potencian las capacidades creativas y, por lo tanto, se enriquece la construcción de las identidades y los procesos de formación. La sinergia es la unión de propósitos y acciones. Es cierto que esta definición es utilizada por diversos campos, inclusive en el campo de la economía y las finanzas para incentivar la cooperación de empresas. Lógicamente, porque es la integración de sistemas que, a través de la cooperación, conforman, por ejemplo, un nuevo contenido. Esta acción, que consiste en la coordinación de dos o más partes, tiene por objeto único un resultado superior a la suma de cualquier efecto individual. La sinergia es cooperación, participación, activismo, todas propuestas que se apoyan directamente en el intercambio y las relaciones humanas como único método para la conexión y la comunicación de individuos. 

El desarrollo de programas sinérgicos en espacios culturales pueden ser el principio de recuperación de la ciudadanía avasallada, que pueden adoptar formas organizativas que cuestionen las jerarquías y las estructuras verticales, por ejemplo. Además, como complemento, estas prácticas pueden considerar la producción como la acción fundante de estos programas, y el intercambio como herramienta de relación y la construcción de esa producción. 

Utilizar nuevamente la idea de lo plural es, para la arquitectura y la cultura contemporánea, la posibilidad de inventar modos de intercambio, formas de interacción que van más allá de la familia, de los ghettos y de las relaciones endogámicas e instituciones colectivas que nos proponen. Romper con esas burbujas que los algoritmos cosen para polarizar y sesgar visiones comunitarias alimentando el odio y la fragmentación del espacio. 

Hoy en día, por diversos motivos que supimos explicar anteriormente, la comunicación, la reflexión y el diálogo fueron reemplazados por un individualismo vacuo, pasivo. El crecimiento hace que el avance tecnológico pueda resolver cualquier problema material. Pero ese crecimiento es cuantitativo, generando y produciendo mercancías, y no cualitativo. No es una búsqueda que revela la totalidad de la complejidad. Mientras tanto, seguimos produciendo objetos, bienes materiales y edificios que aumentan la problemática, produciendo más desechos, más consumo de energía y empeorando las categorías relacionales y, por lo tanto, la calidad de vida entre las personas. 

El tiempo y el espacio han cambiado de condición, y la inteligencia y la sensibilidad han mutado como resultado de la velocidad de la información y la acumulación de imágenes generadas por la aparición de internet. En ese contexto, con esa coyuntura, el énfasis en la reconstrucción del diálogo colectivo debe ser capaz de producir prácticas innovadoras. Es por eso que confió en la búsqueda de nuevas formas de interactividad y en el análisis de los sistemas relacionales, para un enriquecimiento y una renovación de las prácticas sociales. Esto debe lograrse dando un giro imperioso de la sociedad hacia la participación, de lo tecnológico hacia fines comunes y desde la arquitectura objetual hacia una arquitectura social-relacional. 


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  • Fig. 2: Producción propia. 
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