Radicalidad y pragmatismo, reseña de El Sastre de Ulm, de Lucio Magri

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Por Fernando Solans

La historiografía sobre un partido suele tener distintas vertientes. La primera es siempre la hagiográfica: descripción de las hazañas colectivas y ejemplificadoras hacia las nuevas generaciones, que suelen operar como legitimación de las direcciones políticas que las avalaron y/o mandaron editar. La segunda, e igualmente propagandística, consiste en las “desmitificadoras” y demoledoras críticas de la derecha con voluntad “destituyente” -pocas veces realmente de valor-. Una tercera apareció, siempre al fragor de las luchas, para dar cuenta de disputas internas por la dirección partidaria o como legitimación de escisiones o construcción de nuevos grupos y partidos, donde se hace un balanceo entre heroicidades y traiciones a fin de aclarar purezas y fidelidades. Luego están las de perfil académico, aquellas que son paridas desde casas o centros de estudios y que se dan una pretensión de objetividad desapasionada (como si tal cosa fuese posible al hablar de un partido político), alegando que, al no ser sujetos de la partida y lejanos al teatro de operaciones, tienen un puesto privilegiado de observación en la altura del terreno.

La lucha política y la historiografía como instrumento de ella siempre está presente, aún y quizás más, en los trabajos que, como El Sastre de Ulm de Lucio Magri, están pensados ante una realidad en la que esos partidos que despertaban las más diversas emociones en todo el globo, o ya no existen, o su lugar en la realidad se asemeja más bien a un carácter ornamental, pero que su misma falta reclama a gritos por la capacidad de incidencia perdida. Magri es protagonista de la segunda mitad de vida del partido comunista más grande de la Europa occidental, al cual ha sumado su constante militancia para darle un carácter de masas que le permitiese asumir la tarea de construir un orden social emancipatorio en la compleja Italia que lo vio nacer. Vio cómo se lograban parte de esos objetivos al impulso de un entusiasmo colectivo único en su contexto, pero vio también cómo esa fuerza chocaba con limitaciones y contradicciones de todo tipo, internas y externas, a las que pretendió entender para superar, pero que finalmente cristalizaron en una derrota que sufrió, como un pueblo entero, en una carne propia que aún hoy supura sus estertores. Asume el balance de casi medio siglo de historia no sólo partidaria sino también social con las coordenadas críticas de quien se sabe haber sido, como militante activo, portador de errores y equivocaciones, de análisis de corta vista, de sobrestimaciones y subvaloraciones, pero nunca como autoflagelación de un derrotismo consumado en sus horizontes emancipadores. Por el contrario, en las coordenadas de quien se asume sabedor también de aciertos y victorias y de que la historia transcurrió y transcurre no por unos carriles sobredeterminados sino por los avatares de una voluntad aplicada que fue lo que fue, pero que también podría haber sido de otro modo. No hay una filosofía de la historia axiomática, sino una historicidad humana plausible de una plétora de variantes alternativas. Así, la lectura de Magri se desliza sobre los polémicos pero interesantísimos, y necesarios, vericuetos del análisis contrafactual, con la legitimidad de quien fue protagonista de las minucias de una historia y sabe que la existencia de otros modos de intervención era reales y posibles, que despertaban posibilidades quizás inciertas, pero con potencialidades. Es la visión de un militante quien fue expulsado de un partido al que había dedicado su vida, y sin rencor ni apostasía, se prohíbe hablar en términos de justos y traidores para comprender las corrientes subrepticias por las que se desarrolló el mayor partido comunista de occidente en su vinculación con su particular y complejo contexto. 

La singularidad italiana y la duplicidad del PCI

Estas son las líneas generales que, en idas y venidas, avances y retrocesos, caracterizaron la política del PCI hasta su trágico final. La necesidad de encontrar los mecanismos adecuados para la construcción de un partido de masas con vistas al socialismo en el marco particular de la sociedad italiana, con su historia y clivajes, el desarrollo peculiar de su capitalismo y de sus clases, el énfasis en el desarrollo histórico social de sus clases subalternas, de su vinculación con lo estatal y lo nacional. Todo esto encuadrado en lo que Magri denomina genoma Gramsci, como un marco teórico político innovador y praxeológico, aunque incuestionable y generador de debates en torno a su fidelidad.

La llamada vía italiana al socialismo o tercera vía vinculaba esa especificidad italiana, con sus limitaciones y márgenes de acción, con la política de bloques que dominó toda la segunda mitad del siglo XX: la Guerra Fría. Magri desarrolla los desafíos que implicó la participación como apoyo genuino y necesario al bloque soviético pero que a su vez lo constreñía a llevar a cabo una lucha contra su dogmatismo y férrea disciplina política. Desarrolla las contradicciones que tenía su partido a partir de las mismas del PCUS y aporta su opinión sobre distintos modos de abordaje de esos problemas que habría tenido lugar en un partido comunista que daba márgenes para el debate pero que encontraba dificultades a la hora de plasmarlo en nuevas políticas prácticas. El modo en que el PCI se encolumnó dentro de un movimiento internacionalista, pero asumiendo una autonomía de pensamiento y acción, es parte de la historia de varios de los comunismos del siglo XX, de cómo una palanca de empuje lleva adosado un lastre que lo limita en sus movimientos. A su vez, la fuerza imprimida por el imperialismo norteamericano y el bloque de la OTAN para evitar la participación del PCI en los gobiernos de la democracia italiana, el fuerte anticomunismo inoculado a las masas católicas, son nudos de reflexión que toman vida propia, como lo fue, clarividentemente para el propio Gramsci, la cuestión católica, situación complejizada con la existencia y desarrollo de un partido de masas en esa línea: la democracia cristiana. La singularidad política de la situación italiana generaba un ámbito de análisis igual de particular: la singularidad cultural de esa sociedad. 

La reflexión historiográfica de Magri hace de Togliatti una referencia progresiva en esta batalla y lo hace responsable de no pocos errores, pero de aún más avances significativos. 

El pulso con que una experiencia colectiva que motivó a millones a la participación política activa se midió con las diferentes líneas de acción de un grupo dirigente es parte de las reflexiones del libro. La vinculación masas-partido toma en el caso italiano una identidad propia dentro del mundo comunista. Es problematizada a partir de la reflexión en torno a cómo efectivamente un partido se hizo representante de los intereses de la clase obrera no sólo ideológicamente sino como mandato fiduciario de esas propias masas, y cómo las mismas, aun demostrando su fidelidad al partido, no alcanzaban para que éste llegue a las instancias de poder a fin de llevar a cabo las reformas estructurales que la sociedad italiana necesitaba. Aquí se resaltan dos aspectos de un mismo fenómeno ampliamente problematizados por Magri: la vinculación efectiva entre lucha política y lucha social, es decir, los necesarios vasos comunicantes entre instituciones y alianzas políticas de un lado, y movimientos organizados de masas con sus demandas de reivindicaciones inmediatas y su necesaria autonomía por otro. Magri no desata estos nudos de víboras, pero muestra la complejidad de sus pliegos, marca aciertos y errores, y hace las valoraciones de las políticas seguidas y de aquellas desestimadas, ignoradas o simplemente no pensadas, como reflexión hacia el futuro. 

Neocapitalismo, revuelta social y compromiso histórico

El PCI se vio frente a una restructuración capitalista en Italia que tomó el nombre de “milagro económico”. De ser una estructura atrasada dentro de los marcos del capitalismo occidental, Italia experimentó a partir de la década del ’50 un proceso de industrialización que modificó el mapa social en que venía desarrollándose y que puso al partido ante el desafío de entender el nuevo escenario y generar políticas consecuentes a su horizonte emancipador. Nuevas estructuras generaban nuevos sujetos, y éstos nuevas demandas. 

Magri hace el balance de este período realzando la política de centralidad obrera de comienzos de los ’60, donde la vinculación de las masas y sus organizaciones sindicales y el partido dan cuenta de un elemento progresivo que imprimió una serie de victorias para la clase obrera que se trocaban instantáneamente en avances de la democracia italiana. Este vínculo ofició de ejecutor de las primeras reformas del llamado neocapitalismo y dio un aliento para la vía italiana que levantaba el partido. Esto generó una erosión en los basamentos de la democracia cristiana. También favoreció el poder que produjo nuevas situaciones políticas, como la llamada centro-izquierda que unió a la DC con el PSI, problematizando la política de alianzas del PCI y la necesidad de llegar a otros sujetos sociales, y demostrando que la propia actividad de un partido no sólo tiene consecuencias sobre sus propios movimientos, sino sobre el resto de los actores, haciendo de los diálogos políticos una particular herramienta que precisa de análisis certeros y líneas de acción concretas. 

Parte importante de esos nuevos sujetos tomaron color a fines de los años ’60 cuando el movimiento estudiantil toma cuerpo propio no solo instalando sus demandas en la sociedad, sino vinculándolas con la clase obrera y la necesidad de un modelo alternativo de sociedad. Magri desarrolla ampliamente este momento histórico como la parte más abiertamente crítica hacia la línea del partido, caracterizándolo como un actor que aupado en sus cualidades bien habidas se sintió lo suficientemente seguro como para abordar el nuevo escenario con las herramientas preexistentes. Es la época del nacimiento de Il Manifesto, experiencia que pretendía sumar al debate partidario pero que demostró la insuficiencia de pluralidad al interior del partido, generando la expulsión del grupo de militantes del que Magri fue partícipe. Preocupado más por el devenir de la democracia italiana que por su orgullo herido, Magri da cuenta de la incapacidad del PCI para hacer frente a la nueva situación, dentro de la que suma sus propios errores, decantando en la fragmentación del movimiento en lugar de funcionar como una palanca hacia una instancia superadora, generándose la aparición de grupos de ultraizquierda radicalizados de total incapacidad política, sectarios y marginados, y que inclina al partido hacia una moderación de buenas intenciones pero ineficaz políticamente: el llamado compromiso histórico. 

El balance de esta política y de su principal ejecutor, Berlinguer, es de una honestidad difícil de encontrar en un militante que ha sido expulsado por proponer una línea de acción distinta. Magri rescata ante todo la incorruptibilidad del secretario general y la honestidad con la que pacientemente aplicó durante toda una década una línea política que tenía intenciones sensatas de convertir al PCI en un actor indiscutible de la política italiana, con una capacidad de veto que le permitiese resguardar los elementos más progresivos de la democracia italiana ante una nueva restructuración capitalista de claro corte conservador: lo que hoy conocemos como neoliberalismo. El compromiso histórico fracasó en sus motivaciones y Magri da cuenta de ello no sólo en los cambios que empieza a sentir el partido a nivel electoral, de base social y funcionamiento interno, cuestiones que cristalizarían en la década del ’80 posteriormente a la muerte de Berlinguer y llevarían a la dirección a protagonizar el recorrido de la autodisolución ante la pasividad de la militancia, sino también de la degradación de las elites dominantes y de la democracia italiana. Todas estas críticas tienen un sorprendente bajo nivel de principismo y dan cuenta que quien escribe está más dolido por el desarrollo que finalmente tomaron los acontecimientos, que satisfecho por haberse demostrado acertadas sus originales críticas. 

Giro a la izquierda, Berlinguer y proceso de descomposición partidaria

Antes que revolver heridas, Magri prefiere resaltar aciertos, aun en sus limitaciones. Ese es el carácter que toma para analizar el giro a la izquierda que emprende el PCI a principios de los ’80. Destaca la lucidez de Berlinguer para darse cuenta antes que nadie en el partido del fracaso del compromiso histórico y de impulsar una nueva política aún ante la reticencia general del partido. Política de inciertos resultados pero generadora de un nuevo entusiasmo, de una apuesta de salir del inmovilismo anterior para vincularse con las masas en sus demandas y asumir una apuesta a futuro. Es el momento en que Magri vuelve al partido. Momento de una toma de iniciativa, de una audacia para generar novedosas líneas de análisis y políticas, de mover una experiencia colectiva de masas sumida en el aturdimiento por el desafío que no puedo superar de sus propias limitaciones y la encerrona en la que el poder lo puso. Es el momento de la autocrítica sincera que el secretario quiso llevar a cabo y que se vio respaldado ante las urnas. La fortuna, como decía Maquiavelo, juega sus cartas, y aconteció el fallecimiento de quien estaba a la cabeza de la nueva línea. Lo que había debajo de él, el núcleo dirigente, los militantes, las regiones rojas, los afiliados, se demostraron incapaces para encarar de manera autónoma el giro iniciado. Quienes apostaban a su profundización como camino alentador, quedaron en minoría, Magri entre ellos y, no exento de autocríticas, sostiene que la existencia de recursos políticos en el partido era un arsenal con potencialidad para salir adelante, pero que las subjetividades intervinientes en el proceso no pudieron y no quisieron remontar lo que ya comenzaba: un lento proceso de autonegación que terminó con la decisión de disolver lo que era, aun en esos momentos de retroceso acelerado, el mayor partido comunista de occidente. 

A modo de síntesis

El trabajo de Magri no solo viene a rendir cuentas con él mismo como militante. Lejos de tal egoísmo, apela a toda una historia de esperanzas y luchas de millones de personas alrededor del mundo que se movilizaron hasta entregarlo todo por una descomunal pasión revolucionaria. Una empresa colectiva que transformó el mundo para siempre y para mejor, más allá de una contienda que se saldó con una importante derrota de conocidas y peligrosas consecuencias. Ante el actual escenario donde las izquierdas se demuestran impotentes para incidir en la realidad efectiva, pero en que paradójicamente se demuestra también como imprescindible la existencia de un movimiento organizado que luche desde la capilaridad de la sociedad por un mundo donde la vida se respete en todas sus acepciones, Magri retoma el incalculable bagaje histórico del movimiento comunista del siglo XX para rescatar su patrimonio como un principio de regeneración de iniciativas emancipadoras. Rechaza la liquidación que el vencedor ha hecho de toda una historia protagonizada por millones de personas volcadas a la participación política activa, advirtiendo que la derrota objetiva no se convierta en una derrota subjetiva. El recorrido por los últimos 50 años del PCI tiene la intensión de rescatar todos los activos revolucionarios que la humanidad se supo construir en un camino tortuoso de guerras y derrotas, pero también de revoluciones y avances sostenidos. Es la aseveración de un hecho tan evidente como escondido por los vencedores: son siempre los trabajadores los que han defendido, sostenido y profundizado la democracia, aún cuando los que se presentan como sus más acérrimos defensores sean quienes cotidianamente la socaban y que, llegado el momento, no titubearán si se la tienen que cargar para liquidarla. 


Imagen: Joaquín López