Perry Anderson: La historia de los partidos comunistas

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Por Perry Anderson

Este texto forma parte de una compilación realizada por Raphael Samuel (1934-1996), historiador marxista de origen británico con una larga trayectoria en el universo académico. Originalmente publicada en inglés en 1981, Sociedad Futura recupera uno de los numerosos artículos que fueron traducidos en 1984. 

La importancia de este volumen se centra en la novedosa propuesta de Raphael Samuel. La compilación es el resultado de años de trabajo en el marco de lo que se conoce como el History Workshop Journal, un grupo de investigadores sobre historia social desde la perspectiva marxista. Lo particular de dicho grupo es su composición: fundado y dirigido por Samuel, incentivó a colectivos de trabajadores y representantes sindicales a disputar dentro de la academia el profundo sentimiento elitista y excluyente de las mayorías populares en las instituciones británicas (aunque bien podríamos cuasi-universalizar ese aspecto). Se trata entonces de un grupo inédito en la historia británica porque fue el intento más concreto, coherente y consecuente de producción de conocimiento sobre la historia popular de parte de sus protagonistas. Su existencia asistió no solamente a la defensa de una idea democrática del conocimiento académico, sino que también fue una contribución valiosísima para la producción de conocimiento sobre el marxismo, el socialismo y el feminismo. En la introducción a la edición en castellano, Josep Fontana (1931-2018) sostiene iluminadoramente que “una ‘historia socialista’ no es solo una moda para el uso de jóvenes intelectuales inquietos, sino una herramienta para la acción y la supervivencia de las clases explotadas; que el trabajo del historiador puede ser algo más que materia de libros y programas académicos, o tema de discusión en ensayos filosóficos, cuando se entreteje con la experiencia y los problemas de amplios sectores de la sociedad”.

Desde Sociedad Futura abogamos por la discusión seria y profunda, desde una perspectiva situada e histórica, pero desligada de todo prejuicio academicista. El volumen compilado por Raphael Samuel es una experiencia de inestimable contribución a esta perspectiva.

Particularmente, recuperamos uno de los artículos que nos otorga un marco de investigación y contexto histórico para el propósito de este dossier, como es el texto de Perry Anderson. El historiador inglés presenta una serie de herramientas conceptuales a tener en cuenta a la hora de la investigación histórica sobre los partidos comunistas, a la vez que derriba algunas concepciones instaladas en el sentido común de izquierda. Por ejemplo, la pretendida dependencia intelectual y política absoluta de los partidos comunistas europeos con respecto al Partido Comunista de la Unión Soviética; la ambivalente relación entre partidos comunistas y socialistas, entre otros.


Se escribe mucho sobre los partidos comunistas, desde cualquier perspectiva. El carácter y la calidad de la literatura varían considerablemente y, por ello, dar algunas indicaciones sobre las categorías principales puede resultar útil como introducción a cualquier debate sobre los problemas actuales en este campo. Debo decir de buen principio que me limitaré a Europa, no, como es obvio, porque éste sea el único continente interesante o importante, sino sencillamente para poner algún tipo de límite manejable al tema. La literatura sobre el comunismo europeo no solo es excepcionalmente extensa, sino que resulta insolitamente variada tanto en calidad intelectual como en orientación política. Es una variedad que nace directamente de la centralidad en nuestro siglo del movimiento comunista internacional como punto focal de los conflictos entre el capital y el trabajo. El tema es objeto de gran interés desde el campo de la revolución y desde el de la contrarrevolución y las historias de los partidos comunistas varían de acuerdo con ello.

Se distinguen aproximadamente cinco tipos principales de obras:

1. Memorias: ya sean en la tradicional forma autobiográfica o, más recientemente, memorias colectivas grabadas en cinta. Obviamente, estas obras nos dan en principio la mayor percepción subjetiva de la experiencia comunista, pero varían entre las reminiscencias oficiales-anecdóticas de, pongamos por caso, Pollitt, Longo o Kuusinen y las crónicas, redactadas con mayor cuidado, de una vida de militancia, como la que está preparando Amendola. El reciente libro de Gornick (The romance of American communism) es un intento popular de tapiz colectivo.

2. Historias oficiales: o están desprovistas de sentido crítico o son semicríticas. Los volúmenes de Klugmann sobre el Partido Comunista británico son el ejemplo local, un ejemplo carente de ambiciones; la extensa obra de Spriano sobre el Partido Comunista italiano es única por su documentación, alcance y nivel intelectual. Hasta ahora es éste un género poco cultivado, aunque algunos de los partidos de la Europa oriental empiezan a producir interesantes obras de este tipo (por ejemplo, la historia del partido polaco, que utiliza material de archivo inédito).

3. Historias independientes de izquierdas: algunas son de ex-comunistas; otras, de socialistas o marxistas independientes. A esta categoría debemos algunas de las obras más penetrantes de este campo. Se incluyen en ella la obra de Macfarlane sobre el Partido Comunista británico hasta 1929, la de Weber sobre el KPD en los años veinte, las primeras obras de Kriegel sobre el Partido Comunista francés, el libro de Broué sobre la <<revolución alemana>> y -sobre todo- el estudio de Claudín sobre la época de la Comintern-Cominform en su conjunto, obra de un ex-funcionario destacado del Partido Comunista español.

4. Obras de erudición liberal (en el mejor sentido de la palabra); dicho de otro modo, estudios realizados por historiadores profesionales sin lealtades políticas declaradas y producidas de manera convencional dentro del mundo académico. Se incluyen aquí dos de los mejores libros de toda esta literatura: el magnífico estudio de Rothschild sobre el Partido Comunista búlgaro antes de la guerra y el libro de Angress sobre el KPD en 1921-1923. También es notable la enorme obra que trata del partido checoslovaco en 1964-1968. Su autor es Skilling y la obra es notable por la riqueza de su documentación. Otras muestras del género, sin embargo, a menudo son fracasos mediocres en lo que respecta a temas cruciales, por ejemplo, Brower al escribir sobre el Partido Comunista francés y el Frente Popular.

5. Monografías de la guerra fría: con mucho el género más numeroso, engendradas por instituciones especializadas y subvenciones para la observación del comunismo. Escritas con un espíritu francamente contrarrevolucionario en su mayor parte, también su calidad es muy desigual. Ninguna de ellas carece totalmente de interés y algunas cumplen bastante bien sus limitados objetivos. Entre los volúmenes que son deficientes se miren por donde se miren están Dziewanowski (partido polaco), Kousalas (griego), Avakumovich (yugoslavo pre-Tito), Lonescu (rumano). Sin embargo, el estudio de Zinner sobre el Partido Comunista checo es una obra sólida, como lo es también el libro de Tökes sobre la Comuna húngara. Esta categoría también incluye dos estudios brillantes y fundamentales: los estudios globales del comunismo europeo de antes y después de la guerra que escribió Borkenau y cuya combinación de cualidades no ha tenido rival hasta el momento.

Generalmente, pues, aunque por razones de espacio nos limitemos a Europa, hay una literatura extensa aunque variada. La mayoría de las secciones nacionales de la antigua Tercera Internacional tienen, cuando menos, un estudio dedicado a ellas y a menudo muchos más. Hasta la fecha, las mayores lagunas parecen corresponder a los dos partidos occidentales que han permanecido en la clandestinidad hasta hace poco (España y Portugal), más, en el caso de los orientales, posiblemente el húngaro.

Problemas de procedimiento

Ninguna de las obras que hemos citado, incluyendo las mejores, se aproxima realmente a los criterios plenos que uno debería plantearse para una historia marxista de determinado partido comunista. Dando por sentado que alcanzar dichos criterios sería una especie de límite asintótico, sigue siendo útil señalar cuáles son los tres requisitos básicos para la adecuada reconstrucción histórica de un partido comunista dado.

1. La trayectoria política interna: dicho de otra manera, una crónica exacta del número de afiliados, la organización, los líderes, las tendencias y política del partido, como unidad de análisis. La mayor parte de la literatura existente empieza por un examen de la composición del partido, su organización, su liderazgo, sus luchas funcionales, sus programas y políticos, sus cambios de línea, como línea-base metodológica. Característicamente, esta clase de literatura choca con los problemas de los archivos, toda vez que, exceptuando el caso de la historia oficial de los partidos, los partidos comunistas no suelen poner sus archivos a la disposición de los investigadores, especialmente en el muy sensible período que va de la formación de la Tercera Internacional al estallido de la segunda guerra mundial. Este sigue siendo un agudo problema hoy en día, un problema que se convierte en una barrera virtualmente absoluta para un estudio detallado de la historia de la Comintern. Los archivos de la Comintern están centralizados en Moscú e incluso los historiadores leales de los partidos hermanos, no sólo en la Europa occidental, sino también en la oriental, no reciben permiso para examinarlos libremente por parte de las autoridades soviéticas. Lo más que pueden hacer es estudiar aquellos documentos que exponen la vertiente nacional de la correspondencia histórica entre, pongamos por caso, el partido húngaro, rumano o italiano y el Comintern. Pero no pueden utilizar los documentos que corresponden a la vertiente de la organización internacional misma. Eso sigue siendo un gran obstáculo a la investigación histórica moderna de este campo. Dentro del marco nacional mismo, por el contrario, no se da esta restricción y existe ahora un ejemplo -a saber, el de Spriano- de la historia de un partido basada en la investigación realmente concienzuda de los archivos. Sin embargo, se da la curiosa circunstancia de que en este caso el resultado es un enfoque histórico más bien falto de equilibrio, en el cual casi toda la atención se concentra en el debate dentro de un reducido grupo de líderes del partido. Es verdad que en Italia esto constituye un tema fascinante de por sí. Vemos la formación y el desarrollo del partido, primero bajo el liderazgo de Bordiga, luego bajo Gramsci, después, tras el encarcelamiento de Gramsci, bajo el de Togliatti. Pero el detalladísimo y meticuloso estudio de los cambios de opinión y alianzas en la cima del partido tiene un precio: el lector no acaba de hacerse una idea de la historia social de los militantes de base del Partido Comunista italiano durante el período. Este defecto no es tan grave en los volúmenes subsiguientes dedicados a la resistencia, pero constituye una omisión muy grave en los primeros.

2. El equilibrio nacional de fuerzas: dicho de otro modo, a la vez la relación del partido comunista con la clase obrera en conjunto (no sólo con los obreros afiliados a él), así como con otras clases y grupos (los intelectuales suelen ser importantes como subcategoría), y la relación de la burguesía y otros estratos intermedios con el Partido Comunista y entre ellos mismos. La totalidad de estas relaciones estará inmersa en ciertos rasgos específicos de una cultura política nacional, afectando a todas las fuerzas, muy a menudo. Ninguno de estos particulares debe pasarse por alto.

Toda historia decente de un partido comunista debe tomarse muy en serio una máxima de Gramsci: que escribir la historia de un partido político equivale a escribir la historia de la sociedad de la que dicho partido es un componente desde un punto de vista monográfico concreto. Dicho de otra manera, ninguna historia de un partido comunista es finalmente inteligible a menos que esté relacionada constantemente con el equilibrio nacional de fuerzas del que el citado partido no es más que un momento y que forma el contexto dentro del cual debe funcionar. Este sentido tiende a estar críticamente ausente en gran parte de la mejor literatura que existe. Para volver a tomar el ejemplo del libro de Spriano, en él se nos cuenta una enorme cantidad de cosas sobre el Partido Comunista italiano en el período de su formación, pero no explora realmente en profundidad la cuestión de si había o no una verdadera oportunidad de una revolución socialista italiana después de la primera guerra mundial. Cabría decir que no coloca al Partido Comunista italiano en una proporción científica. Todos lo demás factores y fuerzas políticos, ya se trate de las socialdemocracia, del fascismo, del liberalismo, del ejército o de la iglesia, aparecen desempeñando un papel demasiado fugaz y subsidiario dentro de la narración principal para dar un resultado global satisfactorio. Paradójicamente, puede suceder que libros que son inferiores a nivel de historia interna de un partido sean bastante mejores en lo que se refiere a proporcionar cuando menos algunos elementos del contexto político nacional. En el caso del Partido Comunista británico, por ejemplo, si bien el estudios de Macfarlane es mucho mejor en la mayoría de los aspectos -más honrado, más concienzudo y más perceptivo sobre los primeros tiempos del Partido Comunista británico-, es también más flojo que el de Klugmann en lo que hace a su tratamiento de la relación del partido británico con el Partido Laborista o con el estado. El libro de Klugmann tiene un sentido más realista de lo que estaba ocurriendo en la política nacional durante los primeros años veinte que él procuró integrar en su crónica de los primeros tiempos del partido británico, aspecto en el que Macfarlane se muestra muy esquemático.

Sin movernos de este plano, uno de los pecados dominantes de mucha historiografía de los partidos comunistas es el hecho de no tomarse en serio, o no integrarlo adecuadamente en el panorama general, lo que sienten y hacen las secciones no comunistas de la clase obrera nacional. Casi todas las secciones de la Tercera Internacional se formaron tras la escisión de anteriores organizaciones de la Segunda Internacional o, en caso contrario, se formaron para rivalizar con secciones de ella que ya existían, como ocurrió en Inglaterra. Pero hablando normalmente, después del crítico período de formación, sus historias tienden a estar divididas en compartimientos, indebidamente separadas de lo que ocurre en el campo yuxtapuesto de la socialdemocracia. Ejemplo notorio de ello es el libro, por lo demás lleno de méritos, que escribió Broué sobre el Partido Comunista alemán a principios de los años veinte (La révolution allemande). En general, el comunismo de Weimar resulta incomprensible a menos que se entienda en tándem con el desarrollo concurrente de la SPD, que con demasiada frecuencia se trata como un perro muerto intelectualmente después de 1918. Otro defecto característico de muchas historias de partidos comunistas es que tienden a hacer caso omiso de grandes secciones de la clase obrera que -sobre todo en el período de entreguerras- eran apolíticas, apáticas o formaban parte de la circunscripción electoral de los partidos burgueses, fueran éstos liberales, conservadores o católicos. Nuevamente, la relación de cualquier partido comunista dado con la intelectualidad nacional es otro variable que sigue estando poco explorado o entendido. Las formas de esta relación están sujetas a grandes variaciones. En Alemania el partido comunista no supo conectar con la riquísima cultura izquierdista del período de Weimar. En Inglaterra, un número relativamente grande de intelectuales acudió a la llamada del Partido Comunista británico bajo el impacto de la Depresión y del fascismo, produciendo una intelectualidad comunista que tenía talento y era activa, a menudo ilustre, pero que en su mayor parte estaba fundamentalmente divorciada de la principal vida política del partido mismo, interpretando un papel pequeño, o ningún papel, en la determinación de la política, separada como campo especializado de prestigio externo en el período del Frente Popular y permaneciendo bastante subpolitizada. Al parecer, en Francia se dio una pauta muy parecida. Contrasta vivamente con la trayectoria del Partido Comunista italiano, donde desde el principio la mayoría de los líderes del partido se reclutaron entre la intelectualidad. Han sido pocos los líderes de extracción puramente obrera, sin educación superior, en la historia del partido italiano, hasta nuestros días, en que el secretario de un sindicato afiliado a la CGIL (la confederación italiana de sindicatos, de signo izquierdista) puede ser un profesor universitario sin ninguna experiencia como obrero industrial. Por supuesto, una pauta de esta clase -un movimiento socialista encabezado por intelectuales en lugar de por obreros- es más típica de los países subdesarrollados. Un ejemplo clásico de ello es Albania, la más atrasada de las sociedades europeas. En Albania, país con una elevada tasa de analfabetismo, los líderes del movimiento revolucionario triunfante eran principalmente maestros de escuela. No está nada claro por qué Italia reprodujo una configuración similar hasta el decenio de 1970.

Finalmente, hay que afrontar unas cuestiones difíciles pero ineludibles: la <<tradición>> y la <<cultura>> nacionales. No hay duda de que el más importante precursor en este sentido fue Borkenau, ex-funcionario de la Comintern que poseía un sentido sin rival de los diferenciales nacionales. Pero el más fructífero de los pensadores que han escrito sobre este tema es Hobsbawm, que ha estudiado el temperamento particular del comunismo/anarquismo alemán, francés, británico y español en una serie de ensayos cortos publicados bajo el título Revolutionaries. Estos ensayos valen por muchos volúmenes.

El marco internacional

La historia de cualquier partido comunista debe estudiarse a un tercer y esencial nivel: el internacional. La Comintern sigue siendo hasta hoy un fenómeno sociológicamente único, como organización que inspira una lealtad absoluta y una fidelidad disciplinada entre las secciones nacionales que la constituyen.

Era condición para formar parte de la Internacional seguir la política que ella determinase. Así, cada partido de Europa carecía de autonomía política última en sus principales orientaciones estratégicas. Esa forma de férrea disciplina internacional es en muchos sentidos un recuerdo incómodo para los actuales partidos comunistas de la Europa occidental, los cuales tienden a hacer hincapié en los méritos de su propia vía nacional. Por lo tanto, algunas de las historias oficiales han estado tentadas de quitarle importancia a las intervenciones masivas del bloque soviético en los primeros años de la vida de estos partidos. Eric Hobsbawm ha criticado con bastante dureza a James Klugmann por escribir una historia del partido británico en la que sencillamente omitía o fingía ignorar el papel de la Tercera Internacional.

Por otro lado, también es necesario no inclinarse demasiado hacia el otro extremo, que es una característica de las historias escritas durante la guerra fría, las cuales tienden a presentar a los partidos comunistas nacionales como una simple marioneta cuyas extremidades eran manipuladas mecánicamente por Moscú. Nunca ocurrió así. En varios momentos decisivos de la historia que ahora son famosos podemos ver una compleja dialéctica entre los determinantes internacionales y nacionales de la política del partido, determinantes que deben sopesarse delicadamente unos en relación con los otros. El tercer período, cuando los partidos comunistas, en los últimos años veinte, entablaban batalla contra las organizaciones socialdemócratas de sus propios países como su principal enemigo, como formas de fascismo social, es un buen ejemplo. Fue éste, en general, un episodio desastroso en la historia del movimiento comunista internacional. Ahora bien, es perfectamente cierto que los principales teóricos de la idea del <<socialfascismo>> eran líderes del partido comunista ruso (aunque con algunos precursores en el PCI), de modo que es muy fácil presentarlo como un invento puramente soviético. Sin embargo, en dos casos por lo menos, los de Inglaterra y Alemania, existían dinámicas nacionales que empujaban con mucha fuerza en la misma dirección hacia las postrimerías del decenio de 1920. En Inglaterra los amargos sentimientos de haber sido traicionados por los líderes del TUC y del Partido Laborista en la huelga general de 1926 dieron cierto color plausible a la extrema radicalización del gran giro hacia la izquierda de 1928, que también fue acelerado por los cambios generacionales. La Young Communist League fue una de las fuerzas motrices más importantes para el triunfo de la línea del tercer período en el Partido Comunista británico. En el caso del partido alemán, también es necesario recordar que la consigna del fascismo social recibió cierto grado de plausibilidad de los vívidos recuerdos nacionales izquierdistas del asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht por los Freikorps a instancias del ministro socialdemócrata de la guerra. Los socialdemócratas habían demostrado que eran capaces de recurrir al asesinato político y a la represión, mientras que las dimensiones de la amenaza nazi aún no eran tan visibles en 1928, antes del comienzo de la Depresión. El entusiasmo del Partido Comunista alemán por el tercer período debe verse sobre este fondo. En contraste, en Francia, donde el SFIO (partido socialista) nunca había sido un partido gobernante, tenía poco ímpetu nacional tras de sí. Aunque también allí elementos de la juventud trataron de atizar ataques ultraizquierdistas contra otras secciones del movimiento obrero, como línea nunca llegó realmente a despegar, conduciendo con ello a una desastrosa contradicción del partido.

La misma clase de problema analítico aparece cuando examinamos un período completamente opuesto: el del Frente Popular. Sigue siendo una cuestión interesante y discutible la de hasta qué punto la política del Frente Popular tuvo su origen en la propia Francia durante el período 1934-1935 y, si así fue, quién fue realmente el responsable del cambio repentino de la actitud del Partido Comunista francés ante el SFIO, cambio que allanó el camino para la unidad antifascista. En este caso, había un delegado de la Comintern que era especialmente capacitado, inteligente y decisivo, Jeno Fried, comunista checo que más adelante, terminada la segunda guerra mundial, fue ahorcado por espía imperialista en Checoslovaquia. Jano Fried aconsejaba, dirigía y desempeñaba un papel central entre bastidores en los asuntos del Partido Comunista francés. Hay ciertos datos que hacen pensar que la idea del Frente Popular, con sus fuertes matices patrióticos y nacionales, surgió en realidad del cerebro de este militante que no era francés. Por razones comprensibles, el Partido Comunista francés no muestra grandes deseos de explorar tan sensible cuestión. El episodio todavía espera una verdadera clarificación. Una cuestión análoga, aunque sus matices son muy distintos, es la actitud exacta que el Partido Comunista español adoptó durante la guerra civil ante la política extremadamente represiva y excluyente que se adoptó contra el movimiento anarquista y el POUM en Cataluña en 1937. Ha habido muchas polémicas sobre si el politburó español quiso o no quiso oponerse a los peores aspectos de la represión, que fue indudablemente teledirigida por los rusos, o hasta qué punto él mismo fue responsable de ella. El asunto aún no se ha resuelto.

En el fondo de los problemas de la relación entre las lealtades internacionales y los destinos nacionales de los partidos comunistas europeos en el período comprendido entre el decenio de 1920 y por lo menos la mitad del de 1960 está la cuestión más general -una cuestión enigmática y no aclarada aún- de cuál es la naturaleza de un partido estalinista en una sociedad en la que dicho partido no goza de ninguna forma de coerción policíaca, de poder administrativo o de cualquier otro tipo de coacción física sobre sus afiliados. El caso del término en el vocabulario político corriente sugiere una ecuación directa entre el PCUS, que disponía del poder del estado y ejercía una represión policíaca masiva, tanto dentro de sus propias filas como contra todas las demás fuerzas sociales al llegar los años treinta, y los partidos comunistas de masas en Occidente antes o poco después de la segunda guerra mundial. Sin embargo, salta a la vista que éstas son estructuras políticas totalmente distintas. ¿Por qué sería que partidos cuya organización interna era manifiesta y profundamente antidemocrática y que estuvieron asociados con la Unión Soviética durante un largo período en que ésta fue blanco de un bombardeo constante de propaganda burguesa muy efectiva conquistaron y mantuvieron pese a ello la lealtad libremente consentida de los sectores vanguardistas de su clase obrera nacional?

La transferencia de lealtades

Esto nos lleva al último grupo de problemas, el más trágico de los problemas sustantivos que plantea la historia de los partidos comunistas europeos. El primero de ellos es la cuestión de los que cabría llamar la transferencia general de lealtades. Los partidos comunistas de la Tercera Internacional se formaron, en su gran mayoría, como grupos disidentes de la Segunda Internacional. En su breve período de tiempo, que va aproximadamente de 1919 a 1922 o 1923, en muchos países europeos ocurrió algo históricamente muy raro; hubo una transferencia de lealtades dentro de grandes secciones de la clase obrera de una organización y un programa políticos a otros. Este proceso es algo que más tarde ha resultado muy difícil de repetir. Nos encontramos aquí con el fenómeno de la fijeza de una identificación social y política entre grandes grupos de trabajadores y (aunque en menor medida) trabajadoras. Es como si algunos períodos breves de tiempo histórico tuvieran un privilegio peculiar consistente en formar aspiraciones, identidades y lealtades que luego pueden durar, aparentemente ajenos a las circunstancias externas, largos períodos, durante los cuales otros grupos -de marxistas o socialistas- a menudo han tratado en vano de alterar estas orientaciones y lealtades una vez más. En la historia del movimiento comunista internacional hay dos de los que yo denominaría <<momentos fundacionales>> en los que se produjo con éxito una masiva transferencia de lealtades. Uno va de alrededor de 1919 a 1922/1923; es en ese período cuando la mayoría del Partido Socialista francés votó a favor de ingresar en la Tercera Internacional, la mayoría del Partido Socialdemócrata Independiente alemán, una mayoría efectiva de la socialdemocracia checa y una minoría significativa del Partido Socialista italiano. El mismo proceso no logró <<cuajar>>, por supuesto, en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde en cada caso surgieron partidos comunistas mucho más pequeños que no supieron conquistar nada parecido a la influencia masiva de los principales partidos del continente europeo. Es significativo que la misma clase de polémica histórica se haya desarrollado en torno a esos dos partidos nacionales. En los Estados Unidos el historiador James Weinstein ha echado al intento de crear un partido comunista la culpa del derrumbamiento del socialismo norteamericano de antes de la guerra, que había sido un movimiento bastante considerable hasta 1916 o más tarde aún. Weinstein arguye que la intervención de la Tercera Internacional sólo sirvió para matar un socialismo estadounidense indígena como fuerza importante dentro de la clase obrera. En Inglaterra el distinguido estudio de Walter Kendall sobre el movimiento revolucionario británico entre 1900 y 1920, libro admirable por muchos conceptos, también, pese a todo, ve el oro de Moscú como una fuerza corruptora que estropeó las bonitas perspectivas del socialismo británico después de la primera guerra mundial. Ninguno de los dos casos me parece especialmente persuasivo.

Volviendo a la estructura de este primer momento fundacional, su éxito en Europa lo determinaron dos importantísimos acontecimientos históricos. Uno de ellos fue la primera guerra mundial, demostración a escala gigantesca de los efectos prácticos del capitalismo y del imperialismo y de la complicidad de los principales partidos socialdemócratas con ellos. El resultado fueron una desilusión y una radicalización profundas entre grandes secciones de los obreros más politizados después de la primera guerra mundial. Al mismo tiempo, las filas de la socialdemocracia también se llenaron típicamente de la reserva de obreros no politizados hasta entonces; de modo que hubo un movimiento dual durante dicho período; los partidos socialdemócratas y los sindicatos a menudo crecieron muy rápidamente, mientra grandes secciones de antiguos movimientos socialdemócratas se pasaban al movimiento comunista. Por supuesto, la segunda fuerza superdeterminante en este momento fundacional fue la propia Revolución de Octubre, demostración positiva de las posibilidades de un futuro socialista. Hubo, pues, la combinación de un profundo descrédito del capitalismo mediante la experiencia de 1914-1918 y un contraste inspirador que fue la revolución rusa de 1917. El impacto del comunismo como doctrina política organizada -un tipo totalmente nuevo de teoría para la masa del movimiento obrero europeo- proporcionaría el vínculo ideológico para la transferencia de lealtad que, de hecho, había tenido efecto en 1917-1921. Pronto surgieron toda suerte de dificultades características. La mayoría de los partidos europeos se contrajeron en las postrimerías de los años veinte y principios de los treinta. En los últimos años que precedieron a la guerra el partido francés consiguió avanzar de nuevo después de haber sufrido un serio retroceso hacia una posición minoritaria en el movimiento obrero francés. El partido español, que hasta entonces había sido una fuerza insignificante creció con una rapidez un tanto artificial durante la guerra civil. Pero, en general, en este período hubo pocos cambios básicos.

El segundo momento fundacional verdadero se produce durante la segunda guerra mundial, entre 1942 y 1945 aproximadamente, período que presenció una nueva oleada de comunistización en el seno de los movimientos populares y obreros, sobre todo en la Europa central y en la Europa oriental. Este es el período en el que el partido yugoslavo, el checoslovaco, el albano y el griego de pronto abandonaron los puntos de partida pequeños o modestos que ocupaban antes de la contienda para convertirse en fuerzas nacionales hegemónicas. Es también el período en que el partido italiano deja de ser un pequeño cuadro de militantes para convertirse en un partido de masas por vez primera y en que el partido francés se transforma en la organización indiscutiblemente principal de la clase obrera en Francia. Incluso los partidos menores, como ha señalado James Hinton en el caso del partido británico, adquirieron una escala y una influencia que nunca habían poseído hasta entonces. Ese segundo momento fundacional tuvo también dos componentes que en ciertos aspectos se parecían mucho al primero. Uno fue de la ocupación alemana y de la resistencia popular contra ella; de la dominación política y de la represión por parte de un ejército extranjero, lo cual hizo que el motivo nacional fuera tan importante para toda la coloración de esta segunda ola de comunismo. El calvario de la conquista nazi fue, pues, sobredimensionado por el papel central que en la liberación de Europa interpretó el Ejército Rojo. Stalingrado en 1942 cumple la función homóloga de Petrogrado en 1917. Tanto la demostración negativa del dominio nazi como la demostración positiva de las victorias soviéticas frente a él produjeron un vez más un gran desplazamiento masivo hacia la izquierda. Los mecanismos de ese cambio de la lealtad popular siguen siendo interesantísimos para cualquier socialista preocupado por la estabilidad de la pauta de lealtades dentro de la clase obrera europea en los decenios posteriores.

Una segunda cuestión histórica de gran importancia es el papel de los partidos comunistas de la Europa oriental después de la segunda guerra mundial. A menudo se presenta como un crecimiento totalmente artificial que condujo a un socialismo suplente impuesto a la región a punto de bayoneta por el Ejército Rojo. Semejante imagen es muy engañosa, en parte porque la Europa oriental está mucho más diferenciada, geográfica e históricamente, de lo que a menudo se supone en la Europa occidental. En los cuatro países más meridionales de la Europa oriental, los estados balcánicos propiamente dichos -a saber: Yugoslavia, Albania, Grecia y Bulgaria- hubo genuinas revoluciones populares. En el caso de Grecia la revolución fue derrotada sólo gracias a la masiva intervención extranjera; en el caso de Bulgaria, fue ayudada por una intervención más bien menor. Incluso en los cuatro países del norte los partidos comunistas salieron de la guerra mucho más fuertes que los partidos socialdemócratas (la excepción es Hungría), acercándose a la hegemonía en la izquierda incluso sin la presencia de tropas soviéticas, mientras que el capitalismo era débil en la región en su conjunto. Una cuestión muy interesante es la de qué equilibrio de fuerzas puramente endógeno se habría producido aquí. Tal como resultó después, todo el proceso político se vio enormemente complicado y comprometido por la presencia administrativa y militar de las fuerzas rusas de ocupación. Pero incluso dentro de las coacciones del comienzo de la guerra fría, sigue siendo necesario juzgar cuidadosamente las presiones dentro de la política nacional contra las presiones internacionales de la Unión Soviética.

Finalmente, tenemos el clásico problema de aquellas coyunturas de crisis importante donde la política adoptada por un partido comunista parece haber sido desastrosa, equivocada o cuando menos ha desaprovechado oportunidades cruciales. Para el historiador este aspecto plantea, quizá más agudamente que cualquier otro, la cuestión que con tanta elocuencia ha planteado Edward Thompson, la de la intervención activa en la historia, pues los partidos políticos son por definición organizaciones que se asignan a sí mismas el papel de actores históricos en el sentido pleno de la expresión, de un modo que ni los estados ni siquiera las iglesias han solido hacer. En el siglo XX los partidos políticos se presentan como agentes colectivos por excelencia, dotados de un alto grado de volición, intención y metas claramente expresadas. Así, no es extraño que en la historia de los partidos comunistas europeos haya varios momentos famosos en torno a los cuales se ha acumulado una extensa literatura polémica, la cual se centra en la cuestión de si el partido debería haber adoptado tal o cual política. ¿Era posible una revolución alemana en octubre de 1923? ¿Podría el Partido Comunista alemán haber evitado el triunfo del nazismo o incluso, tal vez, introducido una revolución socialista en Alemania a principios de los años treinta persiguiendo una auténtica unidad con la socialdemocracia? La unidad de los dos partidos obreros de la Alemania de 1931-1933, ¿habría siquiera bastado para pararle los pies al nazismo? ¿Obraron acertadamente los partidos francés e italiano al renunciar a cualquier perspectiva de poder popular en 1945-1946?; aun cuando obraran con acierto, ¿podrían haber tratado de conquistar posiciones más avanzadas para la clase obrera dentro del capitalismo después de la guerra? ¿Era posible una revolución socialista en Francia en mayo-junio de 1968? y, si lo era, ¿qué estrategia debería haber adoptado el Partido Comunista francés para conseguirla? Aun más recientemente, ¿cómo debería juzgarse el papel del Partido Comunista portugués en el verano de 1975, cuando cabe decir que se desaprovechó de un modo espectacular la mejor probabilidad de llevar a cabo una revolución socialista que ha habido en la Europa occidental en este siglo?

Éstas son algunas de las cuestiones más candentes de la historia de los partidos comunistas europeos: como puede verse, nos llevan hasta el mismísimo presente. El tipo de imaginación histórica que se necesita para abordarlas halla su mejor exposición en el libro de Claudín, que, pese a su distanciamiento de la textura de los acontecimientos, intenta constantemente mantener abierto un sentido de las alternativas realistas, en cada una de las principales coyunturas del desarrollo del movimiento comunista. También se observará que cada vez que aparece un punto decisivo, se hace obvio cuán esencial es una valoración general del equilibrio de fuerzas, nacional e internacional, para cualquier explicación materialista de un partido comunista dado. Ninguna historia <<interna>> de un partido puede ser satisfactoria.

Bibliografía

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Fuente original: Historia popular y teoría socialista, Compilación por Josep Fontana, Editorial Crítica, 1984, Barcelona, págs. 150-165