Franco Castiglioni: Una experiencia entre el peronismo revolucionario y el PCI

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Franco Castiglioni es un reconocido politólogo argentino. Fue director de la carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires. También se desempeñó como director académico del Instituto de Servicio Exterior de la Nación. Asesoró a destacados dirigentes de la centroizquierda argentina en el FrePaso. Hoy es profesor de grado en la Universidad Nacional Antonio Jauretche y de posgrado en IDAES. 

En su juventud, militó en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Por este motivo, estuvo desaparecido, detenido y debió exiliarse. Su destino fue Italia. En ese país conoció la experiencia del Partido Comunista Italiano (PCI) en su momento de auge (a fines de los ‘70). Asimismo, se desempeñó como colaborador de los medios comunistas L´Unitá -periódico- y para Rinascita -revista-. 

Para el presente dossier, aprovechamos su doble experiencia, en el peronismo revolucionario de los ‘70 y con el PCI, para llevar adelante una reflexión sobre sus puntos en común y diferencias. 


Sociedad Futura: ¿Cómo se veía, en los años ‘70, al Partido Comunista desde una experiencia, como la que hacíamos en Argentina, revolucionaria? 

Franco Castiglioni: Las lecturas que se hacían venían sólo de los diarios, no había mucha más información. Se hablaba del eurocomunismo. Un fenómeno con características nacionales y europeas. O sea, una vía nacional al socialismo. Lo cual, de alguna manera, coincidía con la idea del socialismo nacional que había presentado la Juventud Peronista -los Montoneros-. 

Es decir, era una vía nacional al socialismo, con el socialismo con características nacionales. Era conocida la existencia de Antonio Gramsci. En los años ‘70, dentro de los Montoneros, avanzó la caracterización del análisis conceptual marxista. 

Gramsci era muy poco conocido, salvo en algunos sectores intelectuales socialistas que venían del Partido Comunista como Juan Carlos Portantiero y José María Aricó. Dentro de Montoneros, tal vez por las publicaciones de la revista Pasado y Presente, se llega a  una lectura de Gramsci. Se quería encontrar en él alguno de los elementos de lo que sería la idea de la hegemonía y la idea de la vía nacional. La idea de que cada nación tiene sus propias particularidades para llegar al socialismo. 

Veníamos de la práctica revolucionaria en Argentina y llegamos, por el exilio impuesto por la dictadura, a Italia  -un país en el que, por ejemplo, había pintadas en las paredes que decían “viva Perón” firmadas por la extrema derecha del movimiento neofascista-.

Había que explicar qué era el peronismo para nosotros mismos. La idea del peronismo, desde una posición socialista, de izquierda, tenía que transformarse completamente en un movimiento de liberación nacional. Ahora, la liberación nacional tenía que ver con las ideas del Partido Comunista y las ideas de Gramsci a las que hacíamos referencia. Hay que tener en cuenta que las ideas de Gramsci, para el Partido comunista italiano, había tomado ya en democracia. En particular, en la época postogliattiana. 

Después de su muerte en los años ‘60, con la llegada de Enrico Berlinguer, las ideas más importantes de Gramsci eran la idea de la guerra de movimientos. Para el Partido, era una “guerra de trincheras”, en el sentido de hacer raíces en los movimientos sociales, en los sindicatos, en los movimientos culturales. Es decir, una presencia importante. Y el movimiento era, naturalmente, las elecciones. Se lo interpretaba desde el punto de vista de una democracia, de una poliarquía competitiva. 

La otra idea importante de Gramsci, que el Partido comunista italiano tomó, es la idea de la cultura. Por eso, la hegemonía cultural la tenía que ganar el partido en un país donde existía una religiosidad y una pertenencia al mundo cultural católico muy importante. De allí que el PCI que nosotros conocemos es el Partido Comunista del “compromiso histórico”. El PCI que dice, en el momento de nuestra llegada, en los años ‘70, a partir de la derrota en Chile de la Unidad Popular, del golpe de estado, “no basta ganar una elección aunque se tenga una primera minoría” -como lo que sucedió en Chile-. Lo que hay que lograr es una amplia concertación de las masas, masas católicas, marxistas, socialistas, y comunistas. 

Eso es el compromiso histórico. Los cambios son lentos y los cambios son ir conquistando posiciones dentro de la sociedad, que vayan más allá de las clases sociales. Hay pertenencia dentro de las clases populares, no sólo las clases trabajadoras, también sectores medios, que son socialistas, o que son de cultura católica, pero que tienen intereses comunes. Esa es la idea de Berlinguer, hay intereses comunes en esas masas, por más que se expresen con una identidad católicas, o una identidad marxista. Hay que ir en la búsqueda de ellos.

¿Cómo lo vimos nosotros? Primero, desde una posición revolucionaria no observábamos, más allá de la situación argentina, a Italia. Era el lugar desde donde íbamos hacer solidaridad. Pero precisamente, porque íbamos hacer solidaridad, necesitábamos tener un conocimiento más afianzado de lo que eran las fuerzas políticas con las que tratábamos. Efectivamente, con la que mayor interés tuvimos todos, porque eran de izquierda y porque tenía una cierta apertura a experiencias no comunistas en otros países, sobre todo en países de los así llamados en esa época, del tercer mundo. 

El PCI tenía una buena relación con el Partido Comunista Argentino, pero observaba con interés las posiciones de otros movimientos de liberación que no necesariamente fueran los partidos comunistas. Mayor fue nuestro acercamiento al PCI cuanto mayor fue el interés de este en las posiciones de los movimientos nacionales, populares y revolucionarios. Por ejemplo, apoyaron la revolución sandinista. 

Para el PCI no era fácil acercarse al peronismo. Había estado en su contra en los años ‘50.  Pero, cuando se comenzó a saber que la posición del Partido Comunista Argentino era más cercana a la posición soviética, esto cambió. El PCI ya había tenido fricciones muy fuertes con la Unión Soviética en el caso de la invasión soviética a Checoslovaquia en el ‘68. Luego, otro strappo, otro tirón como se diría, fue el de 1980-81 con la invasión a Afganistán. El PCI, cada vez más, asumía una posición nacional. Es decir, el socialismo ya no era en un sólo país, cada país podía hacer su vía al socialismo. Por lo tanto, la unidad en la diversidad era relativa. Sí, en cierta medida, pero ya el Partido Comunista iba a las reuniones de la Internacional de los partidos comunistas y no eran muy bien visto por todos los países del este y tampoco, por ejemplo, por el Partido comunista cubano. 

Entonces, eso hacía que fuera más fácil, para nosotros, la relación con el PCI. Así comenzó a dar lugar a los Comité sobre la denuncia de los derechos humanos en Argentina, como el CAFRA -Comité Antifascista contra la Represión en Argentina-. Nos invitó a las fiestas que hacía todos los años el diario L’Unità. En esas fiestas, nosotros teníamos nuestro stand. Fijense que yo todavía recuerdo que en 1978, en Génova, estaba el stand del PCA y estaba el stand del Comité argentino del CAFRA. Unos estábamos vinculados al movimiento de los derechos humanos, que era donde de alguna manera nos habíamos refugiado, y por el otro el PCA. Yo lo ví a eso con mis ojos. 

Los comunistas argentinos decían que en Argentina existía un grupo “pinochetista” que estaba formado por (los dictadores) Massera, Menéndez, etc. y un grupo que no era de los duros, sino que serían las palomas, que era (el del dictador) Videla. Personalmente, mi acercamiento al PCI fue mayor cuando Andrés Imperioso (padre) me trajo la ficha para afiliarme. Me afilié al PCI y otros compañeros argentinos como Juan Lettieri, también. 

Me acerqué más cuando comencé a querer escribir. Escribir sobre Argentina, sobre América Latina. Aunque nunca fuí corresponsal, pero sí colaborador del diario L’Unità, y sobre todo de la revista Rinascita, que había sido fundada por Gramsci, por Togliatti. Cuando fuí a México escribí sobre México, escribía durante la Guerra de Malvinas y todavía usaba un nombre falso, por mi familia en Argentina, por seguridad. Y cuando ya pude usar mi nombre continué como colaborador. 

Si hay un saldo que nos pudo dar mirar al PCI, sin duda, fue el acercarnos a una visión en la cual se llegaba al socialismo ampliando la democracia, radicalizando la democracia. Eso era una visión que nosotros teníamos y que allí sí se acercaba a la idea de Gramsci. Era la idea que el PCI hizo de Gramsci, la interpretación de una poliarquía competitiva que era la cuestión cultural, la cuestión de la guerra de posiciones y de movimientos, la cuestión de la hegemonía y, por supuesto, la batalla electoral. 

En ese sentido, nosotros nos sentimos muy cerca del PCI. Muchas de esas ideas las trajimos cuando volvimos a la Argentina. O sea, cuando regresó la democracia, había que apoyar la democracia y, dentro de la democracia, formar grupos de la sociedad civil, derechos humanos, reforzar a los sindicatos por posiciones cada vez más democráticas y progresistas. 

Podemos decir que -en alguna medida- esos años llevaron a que en Argentina se descubriera, después de los años ‘60, a Gramsci. En los años ‘90, y en la primera década del 2000, es decir, en la importancia que podía tener en la formulación de políticas dentro de la democracia, y en los estudios dentro de la Ciencia Política. Por lo tanto, creo que la experiencia del Partido Comunista fue muy importante. 

Personalmente, tuve el honor de darle -en nombre de la Universidad de Buenos Aires- al que fue primer ministro, que había sido Secretario General de la Juventud Comunista en Italia, Massimo D’Alema. Todo cambió después. El PCI tuvo una derivación hacia el Partido Democrático que no fue ordenada. Junto con los cambios en la sociedad italiana, no logró mantener esa presencia de masas, pero es un problema de la izquierda en general, de la izquierda socialista, socialdemócrata y aun de las partes más revolucionarias de la izquierda europea y hasta diría mundial, que han perdido presencia dentro de los sectores populares que han cambiado y son mucho más difíciles de representar.