El momento fundacional del comunismo argentino y la recepción de la doctrina marxista

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Por Alejandro Sosa Días

En el texto que les presentamos, el amigo y colaborador Alejandro Sosa Dias analiza de forma minuciosa el primer periódico ligado al Partido Comunista Argentino, “La Internacional”. En el estudio podemos recabar las discusiones, lecturas y autores que fundaban el proto comunismo en el país. A su vez, en un análisis diacrónico, podemos observar el desarrollo del espacio político en paralelo con los hechos que ocurrían en la Revolución Rusa. 

Aunque ya ha colaborado con otras publicaciones, vale recordar que Alejandro es sociólogo (UBA), investigador en el Centro Cultural de la Cooperación y que realizó estudios de posgrado en Finanzas. También participó en múltiples iniciativas literarias, como la revista “El murciélago”, “La ballena blanca” y “Tokoma”. “Los demonios familiares” es su único libro publicado hasta ahora. 


1. Introducción

La bibliografía sobre la historia del comunismo argentino, durante muchos años, tuvo fuertes limitaciones en cuanto al conocimiento histórico, por una serie de factores.

El primero fue el éxito del núcleo dirigente comunista, desde fines de los años ’20, en instalar una versión del origen y la historia del partido que encontraba su principal clave, y casi única, en la apología de la actuación de ese mismo grupo. Una historia de réprobos y santos que ha sido frecuente en la historia del movimiento comunista internacional[1]. Pero que en Argentina tuvo la particularidad de que muchos de los militantes o dirigentes que la versión oficial de la historia lanzó al destierro o al olvido habían tenido un papel de primer orden en la vida inicial del partido. La cuestión inicial para un re-examen de la trayectoria histórica del comunismo argentino era desentrañar  las limitaciones, cuando no falsedades, de un relato oficial de la historia del partido con las que el núcleo dirigente, centrado en Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, llevaba a cabo una operación  de justificación y apología de su trayectoria.

La historia oficial del comunismo argentino fue impugnada en numerosas ocasiones, especialmente desde la izquierda afín a posiciones nacionalistas como Jorge Abelardo Ramos o Rodolfo Puiggrós, quienes escribieron libros en los que hacían un balance muy negativo de la actuación de los comunistas argentinos[2]. Este tipo de trabajos tenían poca investigación y se focalizaban en la polémica política. En ese sentido se puede decir que su efecto estaba limitado a convencer al lector de que el comunismo local padecía de una intrínseca enajenación político-cultural que lo volvería total y esencialmente ajeno a la realidad argentina. El conocido latiguillo de la izquierda cipaya. La eficacia discursiva de estos textos dependía por completo del logro de este objetivo en el plano de la convicción política transmitida a sus lectores. Pero, como historización de la trayectoria del PCA no aportaban nada muy importante[3].

Fue recién a partir de los trabajos de Emilio Corbière, publicados durante la década del ’70 en la revista Todo es historia y compilados unos años más tarde en un volumen de la Biblioteca Política Argentina, colección publicada por el Centro Editor de América Latina a comienzos del ciclo constitucional iniciado en 1983[4] que se inició un avance real en la investigación. Corbière rescató una historia del comunismo argentino que había sido sepultada en el olvido merced a la historia oficial de Codovilla y los hermanos Ghioldi. El trabajo de Corbière presentó mucha información que era nueva, si se compara con trabajos anteriores. Para los investigadores se hizo evidente que había una historia muy rica e ignorada que merecía ser sacada a la luz[5]. Sucesivos trabajos sobre la historia del PCA (Campione, Camarero, etc) han aportado nuevos datos y visiones que, sin negar en totalidad lo escrito por Corbière ni quitarle su mérito de pionero, lo problematizan y vuelven más complejo el panorama detallado por éste.

Este trabajo, si bien ha recurrido a la lectura de esta bibliografía, especialmente Corbière y Campione[6], no se centra en la historia del comunismo argentino, aunque no pueda dejar de tenerla en cuenta para sus fines. El objetivo de este texto es dar un panorama de las características del marxismo que puede rastrearse en el momento inicial del comunismo argentino. Cuando ni siquiera era el Partido Comunista argentino sino una tendencia del socialismo, que posteriormente se escinde. Recurro a la lectura de su primera publicación, el periódico La Internacional como fuente principal.

La hipótesis de este trabajo es predominantemente exploratoria. Parte de la existencia de una difusión de la doctrina marxista a fines del siglo XIX y principios del siglo XX que se caracterizó por una vulgarización y simplificación de los textos que tenía como fin favorecer la expansión del socialismo en tanto concepción del mundo propia de la clase obrera. Esta difusión está íntimamente asociada a una simplificación cientificista y positivista de la doctrina marxista. Los intentos de Marx & Engels por superar la mirada especulativa del llamado socialismo utópico, devino, para sus sucesores, en la asociación del socialismo a un determinado tipo de ciencia, estrechamente vinculada al siglo XIX. Marx quedaba unido a Darwin, a la sociología de Spencer, al monismo naturalista de Haeckel y a otros autores representativos de esta concepción del mundo[7]. En este trabajo se verificará en qué medida se puede encontrar este tipo de recepción en el primer periódico del comunismo argentino, así como también sus eventuales diferencias.

Pero esto es sólo una parte. También indagamos en este texto si la emergencia de la revolución rusa generó alguna contratendencia en la recepción de la doctrina marxista por parte de los comunistas argentinos en su etapa inicial; que implique, aunque sea fragmentariamente, una visión no cientificista del marxismo. Históricamente, la revolución rusa produjo ese tipo de efectos en la manera de abordar el marxismo. Baste recordar la visión subjetivista y anti-cientificista que se manifiesta en el Gramsci de La revolución contra “El capital” o el Lukács de su período inicial.

Para referirme al primer bloque temático utilizaré los artículos en que se intente explicar el marxismo en general o determinados puntos doctrinarios. También se explorará el tipo de propaganda de la doctrina marxista que se puede encontrar en el período inicial de la publicación. El segundo bloque, más breve en extensión, tomará algunos artículos significativos que tratan la revolución  rusa. Estos dos bloques se rastrearán en La Internacional entre agosto de 1917 y diciembre de 1918.

Por lo tanto el núcleo de este trabajo estará dado por el cruce de lecturas y la comparación que se llevará a cabo entre estos dos bloques temáticos. Mi impresión es que de allí saldrá una visión de conjunto válida y suficientemente representativa de la recepción del marxismo por parte de los primeros comunistas argentinos.

1. Una cuestión preliminar y dos tipos ideales

Es importante tratar de desbrozar algunas cuestiones de términos para que sea claro de qué se habla, sobre todo porque referirse a un marxismo determinista o a otro subjetivista evoca ciertos protocolos de lectura que, a veces, se convierten en un obstáculo para la reflexión. Hoy en día, en los ámbitos de izquierda (académicos o militantes) la mera calificación de “determinista” o “evolucionista” sobre una postura teórico-política sirve de descalificación. Y, para los menos exigentes, la discusión concluye no bien hemos supuesto detectado el mal en cuestión y a su portador.

Para comenzar a plantear mi visión parto de una definición de Karl Kautsky citada por Georges Haupt: “En última instancia, el socialismo marxista no es más que la ciencia de la historia desde el punto de vista del proletariado”[8]. Más allá del acuerdo que se pueda tener con esta frase, ya que en cualquiera de las definiciones de marxismo que se desee postular no sólo se incluye lo que éste es sino también lo que se busca que el marxismo sea, esta definición pareciera transmitirnos que el mismo marxismo como tal encierra la tensión entre el determinismo y el subjetivismo; al estar conformado, según este epigrama, por un saber que provee las conexiones necesarias entre el pasado y el presente de la humanidad por un lado y del otro lado, de un sujeto específico que es portador de una serie de potencialidades a partir de sus cualidades ontológicas.

Mi hipótesis de lectura es que muchas dimensiones de los contrastes y las cercanías entre los diferentes marxismos pueden verse en esta clave interpretativa. Antes que nada aclaro que de ninguna manera pienso este problema del juego entre determinismo y subjetivismo como desviaciones con respecto a una lectura “justa”, la lectura correcta, que no sería ni determinista ni subjetivista.

Agregaría que, aunque esté lejos de poder plantear el problema en su real entidad; para que quede expresado con mayor claridad mi punto de vista, es instructivo hacer un repaso de teóricos marxistas que puedan ser leídos en esta clave.

En términos generales se puede ubicar a los marxismos deterministas por su vocación de explicación estructural o por conexiones necesarias. A esto se suma una vocación por estar en cercanía o proximidad con la ciencia o, directamente, ser una ciencia (ya sea de la revolución como en Althusser o del cambio histórico como en Kautsky o Plejanov o convertir a Marx en el Galileo de las ciencias morales como en el caso de la escuela de Della Volpe). Esta vocación por la ciencia ha generado como producto contingente la unión del marxismo determinista con las visiones evolucionistas[9], las cuales llevaban agua para el molino del reformismo y la desradicalización del movimiento obrero y socialista. Me parece poco discutible que el paradigma de la Segunda Internacional y, especialmente Kautsky representarían fielmente esta variante. Pero no solamente a éste, que hoy es un teórico bastante desprestigiado y subvalorado. También podemos incluir en esta categoría a marxistas muy sofisticados como Henrik Grossmann, quien explica las crisis capitalistas en base al descenso de la tasa de ganancia pero que, de ninguna manera cae ni en el determinismo lineal y grosero ni en el reformismo evolucionista, ya que para este autor la superación del capitalismo solamente puede venir por la revolución obrera (aunque la posibilidad de que esto se materialice esta condicionado por conexiones necesarias con lo anterior, de ahí que creo completamente legítimo incluirlo entre los deterministas).

Entre los subjetivistas, si queremos buscar un ejemplo actual, podemos ubicar a John Holloway quien a construido una teoría en la que dice que la globalización representa el capital en fuga frente al poder del trabajo. Cierto trotskismo ortodoxo que ha tenido como uno de sus slogans más pertinaces que la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria[10] podría ser ubicado en esta zona del marxismo subjetivista, caracterizada por poner el énfasis en la estructuración del sujeto social y político de la revolución. Es decir, que este es el problema teórico-político más importante, y no las contradicciones del desarrollo capitalista.

Sin embargo, si queremos tornar más compleja esta clasificación podríamos decir que la tesis de Trotsky acerca de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país podría ser leída como una estimulante afirmación del más agudo y exigente determinismo. Al mismo tiempo, para no ser acusado de parcial, se puede también constatar que marxismos latinoamericanos tan heréticos, como el de Mariátegui y Guevara, no sólo eran subjetivistas sino que estaban vinculados a una fuerte crítica anticapitalista de corte romántico.

Este tipo de cuestiones me lleva a reconocer que la clasificación de unos ciertos autores importantes de la historia del marxismo puede ser discutible. Pero sería partidario de incluir a éstos en una u otra vertiente a partir de una primacía. Para poner un ejemplo, Grossmann es un teórico cuyo marxismo tiene una primacía determinista, aunque el sujeto revolucionario tenga un lugar en su teoría.

Por último para poder dejar claras ciertas definiciones retomaré un planteo de Raymond Williams. Este autor distinguía entre dos grandes formas de entender la idea de determinación. La primera versión, aceptable para Williams, es aquella que a partir de la composición de características y propiedades consigue fijar límites objetivos a las cosas y sus relaciones. Esos límites se establecen a posteriori de determinar conexiones regulares entre cosas, hechos u otros estados de realidad[11]. La segunda versión, por el contrario, es la de “la objetividad abstracta, en la cual el proceso ‘determinante’ es ‘independiente de su voluntad’; no en el sentido histórico de que lo han heredado, sino en el sentido absoluto de que no pueden controlarlo; sólo pueden procurar comprenderlo y, en consecuencia, guiar sus acciones en armonía con él”[12]. Importado hacia la concepción marxista, este tipo de determinismo duro y lineal enfatizaba las “leyes de la historia” y, de forma opuesta al anterior, no dejaba espacio para la praxis humana.

De manera coincidente con los conceptos de Williams, la posición de este trabajo es que el primer tipo de determinismo es consistente con el marxismo, mientras que el segundo, sin ser antitético con él, debe abismar en la más densa tiniebla una serie de dimensiones conceptuales que están presentes en la letra y el espíritu de la obra de Marx.

Consideraciones del tenor de las aquí planteadas van a estar presentes en este trabajo, aunque no de manera exclusiva ya que hay otro aspecto que nos interesa abarcar que es la ilustración exhaustiva, dentro de los límites de un texto como éste, sobre las posturas implícitas y explícitas de los socialistas agrupados en esta publicación y, posteriormente en los inicios del comunismo argentino.

2. El periódico La Internacional: una descripción

Esta publicación es la fuente documental en la que basan las afirmaciones y conclusiones de este trabajo. Como es sabido, La Internacional (L:I en adelante) fue el primer órgano de difusión de ideas y planteos políticos del comunismo argentino. Su período de publicación regular comienza en 1917 y llega hasta 1930. Posteriormente su aparición tuvo características aperiódicas. Este trabajo solamente abarcará poco más del primer año de vida de L.I. Es decir, un total de veintisiete números que se encuentran en el archivo del Partido Comunista argentino.

El primer número de L.I salió el 5 de agosto de 1917. Bajo el nombre de la publicación se hacía explícita su procedencia partidaria: periódico socialista quincenal. Agregaba además que estaba editado por la Cooperativa de Publicaciones Socialistas La Internacional. Bajo esta rúbrica se publican diez números. El último de ellos el 25 de diciembre de 1917.

En el encabezado de la publicación y a los costados del nombre se puede leer, a la izquierda: Proletarios del mundo, uníos y a la derecha: La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos. Frases-emblema clásicas de toda una época del socialismo occidental.

En las páginas de L.I se pueden observar sueltos en los que se llama a todo obrero conciente y organizado a leer y sostener económicamente a esta publicación y a La Vanguardia, órgano oficial del Partido Socialista. Esta exhortación se ve en los primeros números de L.I. Expresa la intención de los redactores de L.I de ser visualizados como una publicación socialista alternativa a la oficial. Alternativa en cuanto a mensaje político. Lo que indica que, por lo menos en primera instancia, no se buscaba una ruptura sino ganar una mayoría partidaria. Pero, con la polémica sobre la Primera Guerra Mundial y la posición que debía sostener la Argentina, ya instalada en el interior del socialismo, este punto de vista alternativo tuvo que traducirse necesariamente en una alternativa organizativa y política. Se produce entonces la escisión del Partido Socialista y se forma el Partido Socialista Internacional. A partir de ese momento L.I se convierte en  la publicación del nuevo partido. La denominación exacta pasó a ser La Internacional. Órgano del Partido Socialista Internacional. Defensor de la clase trabajadora. La numeración del periódico volvió a comenzar desde el inicio, se repiten los números que van de uno a diez. Incluso hay tres números uno. El editado en la época de la Cooperativa, el que daba cuenta de la formación del nuevo partido y los informes de todas las comisiones del congreso fundacional (23 de enero de 1918) y un número uno extraordinario que reproducía un manifiesto del comité ejecutivo del PSI[13], aunque no se limitaba a esto sólo, ya que incluía otras notas y alcanzaba la cantidad standard de páginas que traía un ejemplar corriente de L.I.

La publicación estuvo a cargo de un comité de redacción dirigido por José Fernando Penelón, que actuaba como secretario de ese organismo. Los otros redactores eran Juan Ferlini, M. Lorenzo Rañó, Pedro D. Zibecchi y Nicolás Tolchinsky. La redacción no se ocupaba de tareas administrativas. Al frente de ellas se encontraba “el ciudadano Francisco Docal”[14], elegido en una asamblea de conformación de la cooperativa y la redacción, las cuales eligieron sus integrantes por este mismo método, según consta en lo anteriormente citado. La Cooperativa de Publicaciones Socialistas La Internacional estaba integrada por accionistas, los que eligieron a las siguientes autoridades: Aldo Cantoni (presidente), Rodolfo Schmidt (secretario), Victorio Codovilla (tesorero), Juan Greco, Amadeo Zeme (vocales), Alejandro Schmidt, Leandro Bianchi y Pablo Bertagni (revisores de cuentas).

La dirección de la redacción y administración de L.I durante los primeros diez números, en el momento en que la sacaba la Cooperativa de Publicaciones Socialistas La Internacional, estaba en Defensa 918 departamento 4. Después, al formarse el PSI, la redacción y administración cambia bastante de lugar. A veces cada dos números, otras cada cinco. La primera dirección fue Estados Unidos 1056 (números 1 y 1 extraordinario). Después fue a Independencia 608 1º piso (números 2-3-4-5-6-7-8). La tercera fue Guardia Vieja 3151 (números 9-10). A partir de aquí, L.I dividió el lugar de redacción del de administración. La redacción quedó en Guardia Vieja 3151 y la administración pasó a Ramón L. Falcón 4177 departamento 4 (números 11-12-13-14-15). Por último, en el período que abarca este trabajo la redacción pasó a Ramón Falcón 4177 y la administración volvió a Estados Unidos 1056.

El L.I de este tramo de su historia era un periódico en el que sus redactores raras veces firmaban las notas. Ignoro si ello constituía una costumbre habitual en la izquierda o en el periodismo de la época pero, de todas formas, esto termina generando un efecto de enunciación colectiva.

Este efecto es reforzado por la cantidad de notas levantadas y traducidas de periódicos socialistas extranjeros. A pesar de que gran parte de ello estaba sobredeterminado por la Primera Guerra Mundial pueden encontrase, en esta época de la L.I, discursos y artículos periodísticos de Filippo Turati, Jean Jaurés, Pablo Iglesias, León Trotsky, Karl Kautsky, Ferdinand Lasalle, Morris Hilquit[15], etc. Los partidos socialistas que eran tomados como referencia por los redactores de L.I eran el italiano y el norteamericano (en ese orden de importancia). La causa de esto estribaba en el predominio que tuvieron en estos partidos las posiciones pacifistas e internacionalistas. En razón de esto también es mencionado ocasionalmente el Partido Socialista de Serbia[16]. También existió en este punto un gran número de intercambios con los socialistas uruguayos[17]. En el número 16 de L.I se encuentra un breve reportaje a Emilio Frugoni, en el que éste dirigente se alinea con las posiciones socialistas que postulaban el rechazo de la guerra y el internacionalismo, principalmente con el USPD alemán[18].

Si se toma el análisis sobre la tradición clásica del marxismo que hizo Perry Anderson en el capítulo 1 de su estudio sobre el marxismo occidental[19], el investigador británico hace una enumeración de cuáles fueron los teóricos socialistas más destacados entre los inmediatamente posteriores a Marx & Engels. Anderson escoge a estos cuatro: Labriola, Mehring, Kautsky y Plejanov. En el período que estudiamos, Mehring y Plejanov no aparecen entre las referencias citadas en L.I. Antonio Labriola figura en un par de ocasiones pero únicamente bajo la forma de citas. Solamente se reproducen artículos de Kautsky[20], aunque también es citado en otros números de L.I, de manera similar a la de Labriola.

Otro elemento que se puede ver, para hacernos una idea del universo intelectual de los redactores de L.I, es el uso de frases sueltas de autores célebres, colocadas habitualmente en las esquinas de las páginas de la publicación. Hay autores que son claramente esperables. Marx, por ejemplo, también Paul Lafargue. Se nota la presencia de autores en ese momento significativos como F. A. Lange[21], de quién aparece la frase “La mayor utopía es creer eterno el actual orden de cosas”[22]. Sin embargo pueden hallarse ejemplos curiosos de cita, en los que se intenta dar una referencia que exceda el mundo del socialismo y la divulgación científica. Un ejemplo interesante es la siguiente frase de Adan Smith:

“La sociedad burguesa está organizada de modo que, para asegurarse la libre posesión de la propiedad, defiende al rico contra el pobre, es decir, protege al que posee algo y escarnece al que no posee nada”[23]

Una serie de citas más exóticas puede verse en el mismo número:

         “Lo que dicen los padres de la iglesia:

         El rico es un ladrón (San Basilio)

         El rico es un salteador (San Crisóstomo)

         Toda propiedad superflua proviene de un robo, si no lo ha cometido el actual poseedor,

                     sus antepasados (San Jerónimo)

         La injusticia creó la propiedad privada (San Clemente)

Dulcisima rerum, possessio communis, en castellano: La mejor forma de propiedad es

la comunista (Derecho canónico)[24]

Por supuesto que este tipo de referencia es, en todo caso, una curiosidad. Significativa, sin embargo, por su carácter de excepción en un conjunto y por su contraste con la propaganda de izquierda tradicional. Hay que tomar nota también de la traducción de la frase en latín, extremadamente caprichosa por decir lo menos. Pero, como es obvio, no se trataba de realizar una exégesis correcta de un texto católico sino de hacer propaganda política.

3. El primer editorial de La Internacional

Como ya se dijo más arriba el 5 de agosto de 1917, tres meses antes de la revolución dirigida por los bolcheviques, salía el primer número de este periódico. El editorial intentaría fijar una serie de ideas-fuerza por las que transitaría el contenido posterior de la publicación. Se titulaba Razón de ser en letras grandes y, más pequeño y abajo, de la obra y del título[25]. Este editorial, según el libro ya citado de Corbière, fue escrito por José Fernando Penelón, aunque en el periódico aparezca sin firma. El texto, a pesar de las limitaciones que pueden encontrársele gracias a que lo contemplamos desde el conocimiento del devenir histórico posterior (aunque soy conciente que esta afirmación es problemática), tiene un rico contenido intelectual, traza definiciones que no son simplistas y hace jugar una tensión entre un fuerte determinismo y la acción humana que, aunque argumentalmente no son enteramente resueltas, dejan a la vista inquietudes intelectuales nada triviales.

El texto estaba atravesado por el intento de fundamentar la acción política a partir de un programa-método de investigación histórico-social, la llamada concepción materialista de la historia formulada por Marx & Engels. Este último elemento predomina en el texto por sobre los planteos más propiamente de acción política. De allí que este editorial reviste utilidad para analizar qué tipo de recepción del marxismo se dio en el comunismo argentino inicial.  

El propósito más general arriba descrito aparece claramente en este editorial:

…”La Internacional” nace para hacer comprender al pueblo obrero sus necesidades de acuerdo con el concepto del socialismo científico. Y la única necesidad que acepta para sí, es la necesidad histórica que considera determinante de todos los fenómenos sociales. Pero la necesidad histórica no siempre está de acuerdo con la del pueblo, por más que en el transcurso del tiempo la necesidad del pueblo deba transformarse en necesidad histórica.  

Orientada su acción en los dominios del marxismo, cuenta en su haber un instrumento poderoso de investigación y de análisis. Sus mismos críticos, Bernstein entre ellos y antes de su evolución última, reconocen al materialismo histórico su carácter de método positivo de observación y de análisis al considerar que ‘toda investigación que se haga acerca de su validez debe partir del principio de ser la teoría verdadera’. Sólo un método positivo de investigación encuentra en sí el medio de subsanar sus propios errores”[26]

Dos cuestiones son importantes aquí. La ubicación del materialismo histórico como un método positivo de investigación y de análisis, lo que implica la pertenencia de los redactores de L.I al mundo conceptual del marxismo impregnado de cientificismo descrito por Andreucci. Obsérvese además que este método obtiene su eficacia de poder reparar internamente sus errores. Tanto así que uno de sus detractores, el famoso Bernstein, reconoce esta cualidad. Bernstein mismo cumple la función, entre los redactores de L.I, de generar un adentro y un afuera en relación a lo que es aceptable y lo que no al interior de los dominios del socialismo (más allá que en este texto se hace referencia a una evolución última cuyo signo y apreciación por parte de los redactores no queda clara; aunque quizás refiera a la militancia que Bernstein desarrollaba en ese momento en el ala izquierda de la socialdemocracia alemana).

Lo esencial de la explicación materialista de la historia es definido de esta manera:

“La simple observación del proceso histórico nos demuestra el desarrollo progresivo y sistemático de la comunidad humana, y la interdependencia de sus distintas etapas. Esta simple observación nos aparta ya de toda concepción abstracta y subjetiva de la historia, en que domina como fuerza propulsora del desarrollo de los sucesos históricos, el ‘noumeno’ de la idea, encadenada ella también a las rocas de Prometeo de las fuerzas materiales. No nos podemos explicar el siglo por las ideas, sino las ideas, por el siglo. No podemos pensar que la conciencia de los hombres determina sus relaciones materiales de existencia, sino que su existencia social determina su estado de conciencia (Marx)”[27]

La tesis básica del materialismo histórico aparece claramente en este texto. Las ideas no explican la historia, y personalmente agregaría, según lo que se desprende de los propios textos de Marx, ni siquiera tienen una historia inteligible que sea completamente autónoma. El texto de L.I en esta parte hace fuerte énfasis en la determinación material. Incluso, para dar mayor fuerza a esto último, emplea el recurso de definir “en negativo” o “por contraposición” a una concepción idealista que se encuentra esbozada de modo muy vago (referencias imprecisas al noumeno kantiano y a la idea hegeliana, más como cosas de las que se tiene noticia de su existencia pero que no se conocen en puridad).

El determinismo dominante de este texto se puede apreciar en momentos posteriores cuando continúa analizando el papel de las ideas en la historia y detalla cómo una serie de planteos políticos que apuntaban a establecer reformas sociales profundas no eran la expresión de un desarrollo hacia el futuro sino, por el contrario, la expresión que mostraba el reflejo de las estructuras sociales vigentes en la mente de los hombres (aunque de ningún modo es una problemática ajena al marxismo)[28]. Lo que está implícitamente dicho en este editorial es que la asunción del materialismo histórico como método positivo evitaría caer en esa clase de anacronismo utópico. Sería algo así como una salvaguarda para no auto-engañarse respecto al contenido de la acción social.

Y después, el editorial prosigue planteando que “la noción precisa de que el proceso económico constituye la causa determinante del proceso histórico nos aparta por completo de la síntesis reformista que considera como el ‘todo’ al movimiento y ‘nada’ al fin último del socialismo”[29]. Aquí se ve la reaparición polémica de las teorías de Bernstein.

Pero esta reaparición está ligada a algo más de fondo: la tensión entre el determinismo y la acción humana. Para Penelón y los redactores de L.I dejar de lado el fin último del socialismo equivalía a eliminar todo resto de libertad en la historia. Si se quita la meta de una nueva sociedad radicalmente distinta, los hombres permanecerán como elemento pasivo, como puro “movimiento” sin ningún fin al que tender.

Por esta razón, Bernstein es definido en el texto como un “hombre del pasado”, ya que apuesta por lo que ha sido la norma de la conducta humana en la historia, la necesidad sin conciencia y, por lo tanto sin libertad[30]. El editorial afirma:

“El socialismo científico, después de descubrir la fuerza dominante de la historia, es teóricamente dueño de los destinos de la clase obrera, coloca a los hombres en condiciones de elaborar libre y concientemente su porvenir. Y se elabora concientemente el porvenir cuando el movimiento se produce persiguiendo un objeto determinado, que es la causa, el “todo”.

En realidad, todo el progreso histórico consiste en la transformación del proceso histórico inconsciente, sufrido por los hombres, en proceso histórico consciente, vivido por ellos”[31]

Por último, es interesante hacer un recuento de las figuras intelectuales invocadas en este texto. Está Marx por supuesto, en el papel de garantía en última instancia de un saber sobre la historia. Después hay dos referencias ligeramente negativas, a saberes que desde el enfoque del comunismo argentino inicial sonaban superados o inactuales: Aristóteles, mero justificador de la esclavitud, y Vico, que según el texto entendía la historia como un círculo[32] (a lo que se contrapone la idea de espiral como diagrama ideal del proceso histórico, la cual se atribuye a Engels)[33].

Aparecen citados como autoridades científicas Morgan, Darwin y Wallace, a los que el texto los utiliza como prueba de la verdad del marxismo: “Hurgando en otro campo, sin recurrir al ejemplo de Marx y de Morgan, ¿no encontramos en el descubrimiento conjunto de Darwin y Wallace una prueba terminante, un nuevo ejemplo de la afirmación marxista?”. Acá reaparece la noción de ver al materialismo histórico como método positivo que garantizaría, no sólo una inteligibilidad del proceso histórico (que es un fin razonable para cualquier teoría histórica) sino una capacidad de anticipación y predicción del devenir de la sociedad muy amplia, y que, a partir de cruzar esa línea de expectativa, empieza a ser discutible su pertinencia.

Otro nombre citado en el texto es el de Edward Bellamy. Este fue el autor de un libro utópico titulado Looking backward[34] que fue inmensamente popular en Estados Unidos (donde se formaron una gran cantidad de Bellamy Clubs. También tuvo su influencia en la conformación de varias comunidades utópicas. El movimiento derivado de las ideas de Bellamy fue conocido como nacionalismo. Más allá de que su nombre está asociado al mundo cultural de la izquierda, algunos autores marxistas como Hal Draper lo interpretan como alguien partidario de una sociedad muy autoritaria y jerárquica (cuyo modelo es el ejército), una utopía tecnocrática que tiene poco que ver con la izquierda[35]. Independientemente de la valoración negativa aquí citada de Draper sobre el utopista norteamericano, el texto de L.I menciona a este del siguiente modo: “…andando hacia el presente, veríamos a Bellamy construir su sociedad futura sobre una fuerza material del presente: la electricidad”[36]. Esta frase resulta significativa porque deja a la vista una interesante afinidad electiva con el artículo de Germán Ave Lallemant en el que éste autor vincula estrechamente a la electricidad y el socialismo o, dicho con más precisión, encontraba en la primera a un poderoso aliado y sostén material para el segundo. Lallement allí escribía: “Acabóse la época del vapor, del hierro y del carbón. Acabóse con ella el capitalismo. Comenzó la época de la electricidad y el aluminio, y con ella la época de la sociedad socialista”[37]. Es difícil saber si Penelón y los redactores de L.I conocían este texto de Lallement. Lo que sí se puede afirmar es que entre 1891 (fecha en que se publicó este artículo en El Obrero nº 41) y 1917 en que apareció La Internacional existía una comunidad de ideas en las sucesivas generaciones de marxistas de Argentina en torno a estos temas. O, por lo menos, una hipótesis en ese sentido parece razonable.

Por último, el único autor de quién se encuentra la única cita relativamente extensa. Veamos, sin embargo, el texto de L:I ya que incluye una frase previa en la que se ve una idea de la historia:

“Esta orientación que ‘La Internacional’ se impone la obliga a considerar los sucesos y desarrollos históricos como inevitables. Entiende, con De Greef, que ‘todo fenómenos social está necesariamente determinado en su forma y su actividad por las condiciones en que se produce. Siendo todas las condiciones idénticas e iguales, se producirá siempre el mismo fenómeno de un modo invariable. Si todas las condiciones o algunas de ellas se modifican, el fenómeno se producirá de un modo variable en todo o en parte”[38].

Una cuestión que salta a la vista es que en este párrafo reaparece el determinismo lineal del socialismo de la época, con su afición a la inevitabilidad de tal o cual fenómeno histórico. La primera frase de la cita de De Greef es razonable y compatible con una visión materialista, la cual busca argumentar basándose en condiciones de producción y no en esencias invariables. El resto de la cita tiene el problema habitual en el socialismo de ese tiempo en que la aspiración científica llevaba a ingenuas analogías entre la historia y los experimentos científicos (más allá de que lo que dice pueda ser lógicamente correcto en este caso, el problema es otro, es de lo que subyace detrás de esta manera de ver).

Pero ¿quién es De Greef?, aparte de un nombre hundido en el olvido. Lo mínimo que puede decirse es que es alguien que en ese momento debió haber sido significativo. Si nos fijamos en otros números de L.I vuelve a figurar. En el nº 7 de la segunda serie de L.I[39] hay un dossier compuesto de citas de autores considerados relevantes acerca de temas como la propiedad, la familia, la religión y el estado. En el apartado dedicado a la familia aparece un texto de Guillermo De Greef titulado El factor económico en las relaciones genésicas. Los otros autores del apartado sobre la familia son Gabriel Deville, Marx & Engels y Kautsky. El texto de De Greef es el más extenso (seguido del de Deville, mientras que los de Marx & Engels y de Kautsky son muy cortos, reducidos a citas de uno o dos párrafos). También en el nº 16 de la segunda serie de L.I[40] De Greef es citado como una autoridad en la conducta de los pueblos en el artículo El Maximalismo se extiende por toda Europa[41].

Guillaume De Greef fue un miembro del Partido Obrero de Bélgica (la socialdemocracia de ese país). Unió a su condición de socialista la de masón. En su personalidad intelectual se fusionaban la propaganda por el llamado Libre Pensamiento, el cientificismo, el análisis económico del derecho, el entusiasmo por la emergencia de la sociología, el socialismo, etc. Su obra ha sido comparada y relacionada con la de Achille Loria (conocido teórico del socialismo italiano[42], volcado a trabajos económicos y de derecho. Es decir un tipo de socialismo ecléctico y mezclado con ciertas dosis de positivismo que creció paralelamente al llamado “marxismo ortodoxo” de Kautsky. Hay dos libros de De Greef traducidos al castellano hasta donde sé: La evolución de las creencias y las doctrinas políticas (editado en Barcelona por la Imprenta de Henrich en 1904) y Las leyes sociológicas (misma editorial, en 1908)[43].

Es difícil ponderar la importancia que puede haber tenido este autor en ese momento. Pero lo que sí se puede decir es que el núcleo comunista inicial lo tomaba como autoridad[44]. Citarlo en el primer editorial de su publicación, en un dossier claramente doctrinario y en una declaración sobre la revolución rusa no parece poca cosa.

4. Otras referencias a Marx y al marxismo en La Internacional

En los números 1 y 2 de L.I[45] salió un artículo dividido en dos partes titulado El marxismo. Estaba firmado por Ch. Rappoport. No hay datos acerca de si este artículo fue levantado de alguna publicación socialista extranjera ni tampoco registra información sobre quién es Ch. Rappoport. Es seguro que se trata de Charles Rappoport, socialista francés de la época[46].

Pero lo interesante de esta nota es que aparece en ella un fuerte ataque a la naciente sociología y una reivindicación igualmente definida a favor del marxismo. Rappoport escribe:

“Nuestros sociólogos se refugian, en su mayor parte, en las nebulosidades de la abstracción. Formulan leyes abstractas, de las que –aunque fueran justas- nosotros no sabríamos qué hacer. Puede decirse que cuanto más exactas son sus ‘leyes especiales’, más estériles resultan para la vida real… Tomemos ‘la ley de la imitación’, de Gabriel Tarde. Admitamos que esta ‘ley’, que no ve en la vida social mas que repeticiones, reproducciones, en una palabra, un proceso ‘de imitación infinita’, no pueda ser mas justa. Pero ¿nos explica, por poco que sea, la naturaleza de las sociedades antigua, feudal o capitalista?”[47].

Más adelante, comparando los fracasos de la sociología con la teoría de Marx y el socialismo, afirma:

“Ni Spencer, ni Fouillée, ni Tarde, ni Wundt han previsto el movimiento socialista, su papel histórico, su evolución, sus victorias.

Por el contrario Karl Marx, no solamente ha previsto este movimiento, sino que le ha trazado, por decir así, su camino de avance. Ha definido los factores económicos y sociales que decidirán su papel histórico y su victoria. Desdeñando generalidades abstractas, trató de comprender el proceso de la evolución lineal. La ley de la concentración de capitales y de la proletarización, por no citar más que una las tesis marxistas, nos dice mucho más sobre la naturaleza de la sociedad contemporánea que todos los tratados de sociología abstracta reunidos…. Saint Simón y Augusto Comte, los fundadores de la sociología positivista y científica, han consagrado todos los esfuerzos de su genio a encontrar una doctrina social…. una cantidad de ideas capaz de poner fin a ‘la anarquía intelectual’ y dirigir hacia un fin superior a las sociedades modernas. Este era su ideal. Este fue el objeto supremo de toda su obra. Luego allí donde ellos han fracasado, Marx ha salido triunfante”[48].

Tómese en cuenta que a pesar de sus críticas a la sociología lindante al positivismo, para este autor se trata de esclarecer una cosa que llama “evolución lineal”. Más adelante:

“Los progresos del marxismo, que ha realizado la unidad intelectual del grupo que se halla a la cabeza del socialismo internacional, recuerdan los del cristianismo… Una vez conocido, el marxismo ha encontrado una formidable resistencia; pero ha vencido y ha llamado la atención… La consigna ‘Proletarios de todos los países, ¡uníos!’ ha reemplazado al precepto ‘Amaos los unos a los otros’ del Evangelio. Jesús ha sido vencido –o aventajado- por Karl Marx.

Confirma que, como dijo una ley de Marx que ‘la historia abrevia sus etapas con una voluntad siempre creciente’”[49].

En estos párrafos citados se puede verificar un claro ataque a la sociología más afín al positivismo. Algunos pensadores en ese momento apreciados por los socialistas, como Spencer y, en menor medida, Comte, son tratados con rudeza. Podría pensarse que ello es contradictorio con la reivindicación de Darwin y Morgan que vimos en el primer editorial de L.I. Es posible, pero no hay que olvidar que la crítica del artículo de Ch. Rappoport está dirigida a los productos sociológicos del cientificismo. Creo que, para los redactores de L.I no era inconsistente la reivindicación de ciertos logros de las ciencias naturales y el rechazo de las teorías sociológicas que pretendían ser más afines a éstas. Por otro lado es evidente que el artículo de Rappoport hacía una reivindicación del valor cognitivo superior del marxismo sobre otras teorías, lo que coincidía con uno de los ejes de L.I que era la clara filiación marxista que debía tener el socialismo. El mismo Rappoport sentencia: “El marxismo ha puesto fin a la anarquía doctrinal de los partidos socialistas”[50].

Llama la atención la mención a Jesucristo y su competencia con Marx por el corazón de los hombres, como si Rappoport planteara una dimensión esencialmente religiosa en la voluntad subjetiva de los seres humanos. Sin embargo Rappoport introduce un distanciamiento en relación a lo último cuando escribe:

“Marx no pretendió “fundar una nueva religión de la humanidad” (Comte) ni “habló de ensueños” (Saint Simón) ni recurrió al “misterio” del que se rodeaban las sectas socialistas utópicas.

El se burlaba de los falsos profetas que anunciaban un cataclismo social inmediato. El despreciaba las panaceas reformistas y probaba su ineficacia por el análisis de las bases económicas de la sociedad capitalista”[51]

El artículo tiene su importancia porque, a pesar de no ser una producción propia de los redactores de L.I fue colocado en los dos primeros números de la publicación y era, visiblemente, el texto doctrinario de fondo que pusieron en lo que fue su presentación ante la sociedad en que actuaban”[52].

En el nº 4 de la segunda serie[53] figura una nota (en la tapa y sin firma) en la que se conmemora el 35 aniversario de la muerte de Marx. La nota expone lo que considera que es lo más importante de la teoría de Marx y, sobre todo, está cruzada por la tensión entre el homenaje a Marx como pensador y una paradójica valoración de cómo su obra expresa su circunstancia histórica. A este texto le cuesta resolver cuanto de la teoría marxista es atribuible a Marx como individuo y de que manera esto es consistente con la idea de que el ser social determina la conciencia. La noción de que una conciencia individual pueda ver más lejos que toda una época histórica, le resulta al autor una implícita claudicación con respecto al anterior apotegma marxista. El texto empieza así:

“El 14 de marzo se ha cumplido el 35º aniversario de la muerte de Marx. Para nosotros, sus discípulos, la rememoración de su recuerdo no es ni puede ser lo que para los discípulos del autor de “Los héroes” sería el recuerdo de Carlyle.

Si Marx tiene valor para nosotros, es sobre todo por su concepción histórica, y en ella él nos ha señalado el lugar que los hombres ocupan … preferimos seguir la huella del maestro y decir con Engels que los descubrimientos de Marx y de Morgan demuestran esta verdad que surge del concepto materialista de la historia: que las condiciones económicas y sociales en que actúan debían engendrar en el cerebro humano las ideas por éste difundidas, es decir que el desarrollo de la sociedad capitalista había hecho inevitable este descubrimiento”[54].

Puede verse aquí la continuidad con el primer editorial de L.I arriba analizado en el uso de ciertas referencias (Morgan por ejemplo) y en la insistencia en explicar porque el marxismo como doctrina aparece en determinado momento histórico y no en otro.

Como diferencia con el otro texto se puede ver una tendencia mucho más determinista, especialmente en el planteo de que las condiciones históricas se reflejan en el cerebro humano y producen por lo tanto determinadas teorías. Puede aducirse además que, aunque este planteo pueda tener cierta consonancia con un marxismo determinista, evolucionista y lineal, si nos fijamos en textos como el de Engels sobre el papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, el énfasis en el ubicar el elemento central en el cerebro implica una clara tendencia idealista que es inconsistente con el conjunto de la teoría.

En otro párrafo, precisando esta interpretación, afirma:

“El genio de Marx es el genio de su siglo. Marx no fue un inventor; su teoría no es sino el reflejo en el pensamiento humano del conflicto que existe en los hechos entre las fuerzas productivas y la forma de producción. Y para Marx –como para nosotros- en eso finca el valor de su teoría”[55]

Más adelante y en un mismo sentido:

“No pretendemos, pues elevar a Marx haciendo descender a sus ideas. Al contrario, cuando más exacto resulte su interpretación, aplicada al propio Marx, que nos sirve de prueba, tanto más se eleva éste porque ha sabido interpretar los hechos en su cerebro”[56]

La función argumentativa que tiene este planteo naturalista-determinista es brindar una explicación de corte materialista a la cuestión de cómo ponderar el talento individual de un teórico en tanto que fenómeno con incidencia en la historia humana. Implícitamente en el texto, la única explicación alternativa posible sería alguna postura que reivindicase el genio individual desde un contexto espiritualista. Para contradecir a ese enemigo/hombre de paja, adoptan esta visión que es materialista pero que también sólo puede pensar a la materia como naturaleza y no como relaciones sociales.

El artículo concluye con una profesión de fe en la doctrina marxista, a la que se agrega una reflexión en torno a las llamadas profecías de Marx:

“Al rememorar estos recuerdos de Marx en el 35º aniversario de su muerte, nos toca la íntima satisfacción de comprobar que, a pesar de las críticas que su obra ha merecido, los principios fundamentales de ella permanecen incólumes. La lucha de clases, la concentración capitalista, el internacionalismo proletario; ni frente a la guerra, a la desviación de los dirigentes obreros y al error de las masas, han dejado de ser verdad y una necesidad para la emancipación del proletariado. La previsión científica de Marx parece hasta ahora abordar los problemas presentes: una revolución social en Oriente –ha dicho- podrá triunfar si a ella responde una revolución social en Occidente. La revolución social en Oriente ya ha estallado, y está esperando que el Occidente responda. Veremos si una vez más los hechos dan la razón a Marx”[57].

Profesión de fe denominé a esta reafirmación del texto en torno a la validez de las tesis marxistas. No hay en esto nada peyorativo ya que al mismo tiempo que hace una enumeración de lo que considera válido de la doctrina (que coincide con su cuerpo central de tesis) incorpora, por lo menos, dos planos de corte subjetivo: los dirigentes reformistas que capitulan y el error de las masas (este último, mas que nada, referido a la Primera Guerra Mundial).

Por último la mención de un pronóstico de Marx sobre la posibilidad de una revolución social en Oriente, si es acompañada por una revolución social en Occidente, debe ser producto de la lectura de un prefacio al Manifiesto Comunista redactado por  Marx & Engels en enero de 1882. El texto se extravió y fue vuelto a encontrar por Engels luego de la muerte de Marx y en traducción rusa. Engels lo insertó en la introducción al manifiesto que redactó en 1890. En el texto se reflexiona sobre el papel de Estados Unidos y la Rusia zarista en el orden social y político en que vivieron Marx & Engels. Evaluaban el diverso papel que cumplían ambas naciones pero que, sin embargo convergía en sostener el equilibrio reaccionario de fuerzas en Europa. Pero observaban que, a medida que en ambos países (de modo muy desigual por supuesto) se iba produciendo el avance hacia el modo de producción capitalista pleno, esto podría subvertirse bruscamente. De allí que especularan con la posibilidad de una revolución social en Rusia, reino del precapitalismo durante centenares de años. Esta especulación de Marx & Engels por un lado negaba cierta visión determinista evolucionista del socialismo (en el sentido de la obligatoriedad de ciertas etapas sucesivas) y por otro lado reafirmaba el costado determinista, aunque en una versión más mediada y compleja, ya que no se planteaba la relación opuesta como necesaria. Es decir que a una revolución social en Occidente debía seguir otra en Oriente como condición de supervivencia. Este planteo marxiano contuvo, en los hechos, un fuerte grado de profetismo, pero de profecía cumplida. Aunque fuese una suerte de profecía de las “malas noticias”, en el sentido que la revolución social triunfó en un lugar cuya única abundancia era la de miseria y escasez material.

Pero lo que resulta más sorprendente para nuestro estudio es esta recuperación conceptual por parte de los proto-comunistas argentinos y su adaptación precisa para ponderar las fuerzas históricas que se hallaban en tensión en ese preciso momento. Es un final sorprendente para un texto que, en su mayor parte, está cruzado por un tono de reafirmación algo dogmático; que desde tan lejos se leyese con bastante acierto los términos de una apuesta.

5. La propaganda marxista en La Internacional

Una distinción célebre en los ámbitos militantes, atribuida a Plejanov, plantea que la propaganda es la transmisión de muchas ideas a pocas personas mientras que la agitación consistiría en la exacta inversión de la relación entre esos términos. Sin duda un registro importante para este trabajo es rastrear los elementos de propaganda de la doctrina marxista en los números de L.I.[58].

Dentro del período que abarca este estudio, los años 1917-18, pueden encontrarse relativamente pocos textos de propaganda doctrinaria. Por un lado están los dossiers temáticos del nº 7 de la segunda serie de L.I, que ya he citado. A excepción del item temático “La Patria” que está escrito mayoritariamente por militantes notorios del Partido Socialista Internacional como Alberto Palcos, Guido Anatolio Cartey y Amadeo Zeme; en el resto de los ítems temáticos del dossier hay un predominio de las citas de propagandistas conocidos del socialismo internacional. Transcribo literalmente la lista de estos[59]: Julio Guesde, Camilo Prampolini, Jaime Vera, Labriola, Turati, Gabriel Deville, Guillermo De Greef, Marx y Engels, Carlos Kautsky, Trotzky, Carlos Marx, Pablo Iglesias, Eduardo Bernstein, Pablo Laforgue, Augusto Bebel, Federico Engels y Fernando Lasalle.

La única excepción en estos dossiers temáticos es un largo artículo de Pablo Bertagni[60] que encabeza el item sobre “La Propiedad”. El eje de la argumentación del texto busca, por un lado, arrancar toda clase de aura natural y eterna a la propiedad:

“La propiedad no es, pues, una institución permanente ni inmutable, ni tampoco, como dijimos, el producto del arbitrio humano, sino un efecto de las condiciones materiales de los hombres en las distintas épocas y los diversos lugares de su vida”[61].

El otro eje argumental del texto de Bertagni  es ubicar a la propiedad capitalista dentro del proceso de la explotación de los trabajadores y la lucha de clases (distinguiendo implícitamente la diferente situación en que se encuentra el proletariado moderno en comparación con las clases oprimidas de sociedades pretéritas):

“La propiedad capitalista no está fundada en el trabajo porque precisamente el capitalista sin trabajar ve aumentar la suya y los que más trabajan se hallan sin propiedad. Ha tenido su origen en el derecho del más fuerte y se funda en la explotación del trabajo asalariado.

El proletariado se halla frente al capitalismo en la misma situación que las clases oprimidas de todos los tiempos, frente a las clases privilegiadas que se sucedieron en la historia. Pero tiene sobre aquellas la incomparable ventaja de su capacidad mental y de la conciencia de su situación. El mundo capitalista rueda hacia el socialismo por la acción de las fuerzas materiales que lo integran, pero la clase obrera puede reducir el tiempo impulsando esas fuerzas en la medida de lo factible”[62].

Aquí el elemento subjetivo tiene el papel de acortar los sufrimientos populares, hacer que el inevitable socialismo llegue en menos tiempo. De todas formas hay una tensión entre determinación y voluntad que es interesante de subrayar.

En L.I, especialmente en su primera serie, en que se publicaba como periódico alternativo a La Vanguardia, órgano del oficialismo del PS, se puede ver cierto énfasis en la difusión doctrinaria mediante conferencias públicas. Las conferencias, como medio de propaganda, tenían la función de “convertir a los socialistas de corazón en socialistas de cerebro”[63]. Además “la propaganda socialista en general, se diferencia de la de cualquier otro partido en que para nosotros no radica lo esencial en la conquista del voto, sino en la capacitación del proletariado y en la formación de su conciencia de clase que, no obstante ser mayoría, sufre la opresión del miserable régimen del asalariado sujeta a la voluntad y arbitrio de escasas minorías”[64].

Esta idea de que lo esencial de la propaganda socialista no consistía en la búsqueda del voto era un ataque, quizás no violento pero sí muy explícito a la dirección del PS, a la que se caracterizaba, como se vio en el momento de la escisión, que estaba en un proceso de renuncia a las metas más generales y finalistas del socialismo y su máxima ambición era obtener la mayor cantidad de sufragios posible[65]. El movimiento como todo y la reducción a la nada de los fines últimos del socialismo, una versión criolla del bernsteinismo. Quizás este sea el eje de lectura de la izquierda socialista que formó el P.S.I.[66].

Más adelante, en el mismo artículo se lee una pintura muy crítica del tipo de conferencia que era habitual en el socialismo en 1917. Una crítica que contrasta fuertemente la propia vocación de difundir un marxismo militante en contraposición con una difusión cultural inespecífica y muy alejada de cualquier política radical (y si el artículo es relativamente veraz, bastante superficial y pobre):

“Observamos, sin embargo, que de un tiempo a esta parte las conferencias, numerosas por cierto, que organizan los centros socialistas, versan sobre temas superfluos y de escasa o ninguna importancia, que contribuyen muy poco o no contribuyen en absoluto al objeto primordial de nuestra propaganda: la difusión de la doctrina socialista y el robustecimiento de su convicción en el proletariado mediante el aporte de nuevos y bastos conocimientos.

Tal propósito va dejándose de lado y se dedican las mejores energías y entusiasmos a las actividades de segundo orden, y se dan conferencias sobre “Libros y lectores”, “Bibliotecas y lectores”, “Bernardino Rivadavia”, “Una visita al establecimiento Krupp”, etc, etc… estamos convencidos… que buena parte de sus componentes ignoran o tienen solo una idea vaga e imprecisa del socialismo”[67].

El artículo sigue con algunas consideraciones más, pero lo interesante es revisar los temas que conforman una serie de conferencias pensadas, en oposición a las llevadas adelante en la mayoría de los centros socialistas, como una introducción al pensamiento socialista tal como lo entendía la militancia organizada alrededor de L.I.

Las conferencias se ordenaban en siete apartados.

El primero de ellos se titulaba Reseña histórica del socialismo. Estaba dividido en tres subpuntos: a) Organización de la sociedad feudal b) Advenimiento de la burguesía (la revolución francesa) c) Los utopistas (Saint Simon, Fourier y Owen).

El segundo punto se titulaba Concepto Materialista de la historia. Este es el único punto en el que no hay subdivisiones ni aclaraciones de ninguna de clase respecto a sobre qué temas o cuestiones trataría.

El tercer punto es la Teoría del Valor. Estaba dividida en tres subpuntos: a) Valor de uso y valor de cambio b) Valor y precio del producto c) La supervalía (su acumulación y formación del capital).

El cuarto punto se titulaba Concentración capitalista. Se dividía en dos partes: a) Decadencia de la pequeña industria y b) Progreso y crecimiento de la gran industria. Este último subpunto b se dividía en 1) Las sociedades por acciones 2) Los monopolios capitalistas (carteles y trust).

El quinto punto era sobre El salario y se dividía en a) Salario aparente y real b) Salario a jornal c) Salario a destajo.

El sexto punto tenía como título Acción gremial. Estaba subdividido en a) Su necesidad y eficacia b) Sistemas de organización c) El socialismo y la lucha gremial.

El último punto se llamaba Acción política. Se subdividía en a) Acción legislativa b) Legislación directa.[68]

El plan del curso conjugaba conocimientos históricos[69], económicos y de teoría política socialista. Una de las cosas que llama más la atención es que en el ala izquierda del socialismo argentino no aparecía la necesidad de destruir al estado burgués y la revolución como perspectiva. Curiosamente este va a ser uno de los temas incluidos mayor cantidad de veces en los cursos de formación armados por los partidos de izquierda en años posteriores, y que incluye la explicación sobre el estado como producto de los antagonismos de clases, el estado capitalista en particular y la necesidad de la dictadura del proletariado. Estas cuestiones están significativamente ausentes.

El plan del curso es representativo a medias de la “trinidad” del marxismo, como la llama Andreucci, y que estaba formada por “la concepción materialista de la historia, la teoría del valor, la lucha de clases”[70]. Los dos primeros están presentes mientras que el tercero está ausente. Y, volviendo a lo afirmado en el párrafo anterior, es la zona temática que concentra los aspectos más radicales de la teoría marxista. Puede afirmarse que en los últimos tres puntos hay una parte de lo que sería el item lucha de clases. Pero, por empezar, hay que tener en cuenta que ni siquiera sabemos si estas conferencias llegaron a realizarse o se vieron impedidas por el estallido de la lucha interna en el P.S. El punto sobre el salario podría involucrar aspectos de la lucha de clases, aunque también podría ser un complemento del apartado sobre el valor. Los últimos dos puntos que implican al sindicalismo y a la acción más propiamente política también podrían vincularse a la lucha de clases, sobre todo si tenemos en cuenta el hecho de que estamos hablando del ala revolucionaria del socialismo. Penelón, Ferlini y el resto del grupo animador de L.I ponían mucho énfasis en la vinculación del socialismo con la lucha sindical[71]. Sin embargo el último punto sobre la acción política, por lo que puede colegirse de su formulación, parece estar en relativa consonancia con el reformismo de la dirección del P.S. Además, y esto es lo central, se puede especular en torno a si algunos aspectos de la lucha de clases aparecen en este curso, pero lo que no puede ser motivo de duda es que la lucha de clases como tal, explícitamente, no está.

En el apartado sobre la teoría del valor pareciera destacarse la bipartición conceptual entre valor de uso y valor de cambio. Sin embargo lo que es estrictamente el valor está ausente del plan de la conferencia. Del mismo modo otros conceptos centrales a la teoría del valor como la diferenciación entre trabajo concreto y trabajo abstracto (siendo éste último el que agrega valor). De aquí se pasa al precio como expresión monetaria del valor. El último punto, sobre la plusvalía, demuestra que existía en el núcleo de L.I una conciencia de la conexión de valor y plusvalía o, mejor dicho que forman distintos aspectos conceptuales de una misma teoría. La plusvalía, como se vio más arriba, está vertida como supervalía, siguiendo la denominación de Lallemant y proseguida por Justo en su traducción de El Capital. Tampoco hay ninguna mención al fetichismo de la mercancía, anexo escrito por Marx para dejar más claras las implicancias del apartado anterior sobre la forma del valor, a partir de distintos ejercicios de especulación teórica y ejemplificación histórica.

En una nota de propaganda doctrinaria aparecida posteriormente y sin firma se toca el concepto de valor propiamente dicho:

“Los valores canjeables de las mercancías no siendo más que funciones sociales de esos objetos, y no teniendo nada en común con sus cualidades naturales, deben tener una substancia común a todas las mercancías. Y esta substancia es el trabajo.

Para producir una mercancía, cierta cantidad de trabajo debe ser aplicada a una cosa. Y no solamente de trabajo, sino de trabajo social. Cualquiera que produzca un artículo para su uso propio e inmediato, con el propósito de consumirlo él mismo, crea un producto, pero no una mercancía”[72]

Más adelante el mismo artículo concluye:

“Llegamos, pues, a esta conclusión: una mercancía tiene un valor porque es una cristalización del trabajo social. La magnitud de su valor, su valor relativo, depende de la cantidad mayor o menor que contenga de esta substancia social, es decir, de la suma relativa de trabajo necesario para su producción”[73].

En este artículo se ve claramente una mirada sobre la teoría del valor que va más allá de la distinción de manual bien pedestre entre valor de uso y valor de cambio. Se explicita claramente que el valor de una mercancía es una cualidad de un orden completamente ajena a cualquier atributo natural, sea de misstress Quickly o de la viuda Hurtig[74], de lo que se trata es de una sustancia social en la que se estructuran ciertas relaciones específicas. En este artículo, por lo tanto, está claramente establecido el concepto de valor. El texto hace eje en definir este problema, clave para la teoría marxista de la explotación, y no avanza mucho en la definición de los precios, salvo reafirmar que son la expresión monetaria del valor y hace algunas referencias al papel del oro. Pero queda allí y no hay mucho que reprocharle ya que el libro 3 de El Capital no había sido traducido al español ni tampoco era muy estudiado por el movimiento obrero y socialista de la época, si atendemos a la reflexión de Rosa Luxemburg:

“Desde el punto de vista científico, hay que considerar que el tercer tomo de El Capital completa la crítica de Marx al capitalismo. Sin este tercer volumen no podemos comprender la ley que rige la tasa de ganancia; ni la división de la plusvalía en ganancia, interés y renta; ni la aplicación de la ley del valor al campo de la competencia. Pero, y esto es lo principal, todos estos problemas, por importantes que sean para la teoría pura, son relativamente poco importantes desde el punto de vista de la lucha de clases. En lo que a ésta concierne, el problema teórico fundamental es el origen de la plusvalía, o sea la explicación científica de la explotación, junto con la dilucidación de la tendencia hacia la socialización del proceso de producción, es decir, la explicación científica de las bases objetivas de la revolución socialista”[75].

En un número posterior[76] se encuentra una nota sobre la fuerza de trabajo. El eje del artículo continúa, de manera explícita el anteriormente citado, parte de la noción de valor y trata de explicar cómo se aplica ésta al trabajo humano. Explica que no existe, propiamente, un valor del trabajo, que lo único que tiene un valor es la fuerza de trabajo y que a esta mercancía se le pueden aplicar las mismas determinaciones que a las demás:“¿Qué es, pues, el Valor de la Fuerza de Trabajo? Lo mismo que el de cualquier otra mercancía, este valor está determinado por la cantidad de trabajo que se necesita para producirla”[77]. De manera algo tangencial, sin demasiado detalle, se afirma el carácter explotador de esta relación social, lo cual coincide con el esquema de difusión de doctrina planteado por Rosa Luxemburg, para después ir hacia la conclusión del texto:

“La demanda de igualdad de los salarios se apoya en un error, es uno de esos deseos insensatos que jamás debe realizarse. Es el fruto de un falso radicalismo, superficial, que acepta las preliminares y trata de sustraerse a las conclusiones.

Bajo el régimen del salario, el valor de la fuerza de trabajo se regula como el de cualquier otra mercancía, y como las fuerzas de trabajo diferentes tienen distintos valores, en una palabra, exigiendo para producirlas cantidades distintas de trabajo, deben necesariamente alcanzar diferentes precios en el mercado de trabajo. Pedir a voz en cuello una remuneración igual, o cuando menos, equitativa, bajo el régimen del salario, es como si se pidiera la libertad bajo el régimen de la esclavitud. No se trata de lo que parezca justo o equitativo, se trata de lo que es necesario o inevitable en determinado sistema de producción”[78].

En la conclusión de este artículo puede verse una forma de determinismo, que podría definirse como revolucionario (en contraposición al evolucionista), ya que deja implícito la necesidad de un sujeto de la negación revolucionaria como única alternativa a la reproducción del orden social vigente. El determinismo revolucionario, presente en este artículo, niega la posibilidad de flexibilizar los contenidos de algunas formas sociales estructurantes. No se puede hablar de “salario sin explotación” porque en la forma-salario está la explotación misma, independientemente de los montos remunerativos. El componente determinista de esta concepción esta dado en lo que Raymond Williams planteaba al hablar de determinación y determinismo: “fijar límites”. El concepto de salario no puede estirarse hasta un punto en que puede hablarse de un salario justo, en el que cada una de las partes contratantes (asalariado y empleador) puedan retirar su contribución particular al producto como sucede, por ejemplo en la idea neoclásica de la eutanasia final de la ganancia.

6. La revolución rusa en La Internacional

El periódico aquí estudiado es una fuente muy interesante en relación a cómo se interpretaba en la sociedad argentina en general y en la militancia socialista en particular, el primer intento de construcción del socialismo en el mundo. L.I aparece en agosto de 1917. Es decir, entre la revolución de febrero y el triunfo bolchevique en noviembre de 1917 (según el calendario occidental). Y esto es así porque en los números anteriores al establecimiento del gobierno dirigido por Lenin y Trotsky se encuentran notas sobre Rusia. En ellas se puede verificar el impacto que esta revolución, aún sin el desenlace coronado por la victoria de su ala radicalizada, producía en los militantes de la izquierda socialista en Argentina. Hay que tener en cuenta, además, que este trabajo trata sobre el primer periódico de una corriente política internacional que definió mucho de su ser y no-ser en torno a este acontecimiento.

Aquí cabe una aclaración: la mayoría de las notas publicadas sobre Rusia hasta el ascenso de los bolcheviques al poder político son artículos levantados de otras publicaciones socialistas, aunque los redactores de L.I no dejaran de intercalar sus opiniones. Solamente en los últimos artículos publicados dentro del período aquí estudiado se encuentran elaboraciones totalmente propias.

En el primer número de L.I  podemos encontrar ya las trazas de este acontecimiento[79]. El texto en cuestión se llama Un juicio de Romaní Rolland (sobre la revolución rusa). El artículo reproduce una serie de opiniones muy críticas acerca de las potencias de la Entente y un juicio favorable a los acontecimientos rusos, vertidos por este destacado intelectual en polémica con la revista Tranchée (también se reproducen fragmentos de la respuesta de esta revista). Romain Rolland afirmaba:

“El asunto de hoy no es simplemente una cuestión de partido político, de acción más o menos ‘republicana’; estas eran discusiones de antes de la guerra que la revolución rusa ha relegado al pasado. Existen repúblicas reaccionarias, tanto y más que las monarquías. Estas son las de los politiqueros de antes de la guerra, de los grandes rebuscadores de asuntos, de las oligarquías político-financieras, de la diplomacia industrializada… La democracia francesa, democracia nada más que de nombre, está atrasada si se consulta el reloj del mundo. Convendría entonces que fuese a Petrogrado para poner su reloj en hora”[80].

En el fragmento citado de las opiniones de Rolland se aprecia un juicio que afirma el agotamiento de la promesa del republicanismo francés en cuanto idea democrática sustantiva. Romain Rolland ve en la naciente revolución rusa un relevo material posible para los planteos democráticos radicales. La revista Tranchée acepta el reproche del intelectual, admite haber puesto erradamente el énfasis en la lucha contra el “kaiserismo” (expresando de manera ilusoria un mismo contenido democrático sustantivo que ellos aún percibían en el republicanismo). Asimismo afirman también haber puesto una confianza equivocada en la política de los grands hommes. Sin embargo afirman a continuación:

“Pero todo eso es del pasado. Ahora interesa el porvenir. La virtud de esta guerra –la única acaso- será la de haber dado vida a esa flor ardiente y vivaz que se llama el Soviet. La esperanza de nuestra pobre humanidad será que el alba del cuarto año de guerra se pueda hallar hombres capaces de hablar, de escribir, de pensar y de creer –como esos del Soviet- en todos los bienes de la justicia”[81]

Le reconocen la razón a Rolland y le plantean un acuerdo de perspectivas, unido en la común reivindicación del Soviet; forma de representación en la que ven una superación del estrecho republicanismo francés del presente. Los redactores de L.I agregaron un comentario:

         “Lo preinserto refleja un pensamiento noblemente socialista.

La revolución rusa tuvo la virtud de recordarnos nuestros deberes. Socialistas, no podríamos sino aprovechar del trágico suceso a fin de crear relaciones de vida económica nuevas que eliminasen las causas de éstas y todas las guerras, y crearlas en base de la más amplia concepción internacionalista.

No era de nuestro deber prestar el concurso de nuestro esfuerzo a la reconstrucción de la sociedad capitalista, en el estrecho límite del más cerrado nacionalismo.

Saludamos al Soviet de Rusia, pero al Soviet de la primera hora de la revolución…

Los últimos sucesos de Rusia no borran las impresiones del primer gran momento, de las primeras horas de acción del memorable Congreso de obreros y soldados.

Es el proletariado de Europa occidental el que debe recoger las enseñanzas”[82].

No deja de llamar la atención en este texto, del que nos separa cerca de un siglo, la clara nitidez que había en intelectuales y militantes obreros de Argentina sobre el elemento de significación histórico-universal del Soviet como superación potencial de los límites de la democracia burguesa. Si bien esto puede leerse en la amplia literatura política generada por la revolución rusa en ese momento (ya sea en los textos de Lenin, Trotsky, Bujarin y los primeros congresos de la Tercera Internacional), en este artículo se puede observar que esas ideas de la clase obrera como superadora de la forma burguesa de la democracia, estaban lejos de ser elucubraciones intelectuales sino que, más bien, como puede verse en lo aquí reproducido, que se trataba de ideas que estaban en el aire de la época.

Llama la atención también que el comentario inserto por los redactores de L.I es también el más completo desde el punto de vista político, si se lo compara con los dos anteriores. Sorprende además esa distinción entre el Soviet del primer momento de la revolución y el estado en que se encontraban los Soviets en un curso posterior de la revolución (aunque anterior a octubre). Pareciera como si, por más que a las noticias llegaran con retraso a esta región, hubieran conocido los juicios adversos de los bolcheviques sobre la conducción menchevique-eserista que dirigían los Soviets[83]. Sin embargo ello parece poco probable. Personalmente lo atribuiría un saludable ejercicio de un criterio político propio, forjado por lecturas y experiencia política.

En un número posterior de la primera serie de L.I encontramos el artículo Lenine-Kerenski firmado por L. Mejía, y compuesto, en lo que se refiere a la biografía de ambos personajes históricos, a partir de una nota del corresponsal de El Heraldo de Madrid en Londres, de apellido Bonafoux. La nota presenta una visión positiva de ambos políticos rusos, conceptuándolos como hombres honestos, pertenecientes a distintas alas del socialismo ruso y que luchan por fines también distintos. Por mor de brevedad no transcribiré nada de esta parte y saltaré hacia lo más políticamente conceptual del artículo de Mejía:

“Lenine es un escritor que estudia profundamente la estructura económica de la sociedad y, por tal causa, un convencido de que no transformando ésta, todo paso en el sentido de mejorar la condición social del proletariado, tiene mucho más de ficción que de realidad; Kerenski, en cambio, es un político idealista que, probablemente de buena fe, cree convencer con su elocuencia a los enemigos naturales de la clase obrera, esperando hacerles aceptar fórmulas que modificando la superestructura política, ejerzan una influencia refleja en la transformación de la estructura económica, fundamento de todas las iniquidades sociales.

¿Cuál método será más proficuo en resultados de valor fundamental y permanente? En nuestro concepto la contestación no puede ser más que una: el de Lenine. Esta afirmación, aparte de las razones teóricas que la informan, está abonada por la enseñanza de los hechos mismos. En efecto, la contrarrevolución encabezada por el general Korniloff, tan mimado hasta hace pocos días por Kerenski, es uno de los primeros resultados de la política contemporizadora adoptada por éste. Por eso, para evitar esas tentativas hay que destruir la causa que las genera. Y como ella reside en la estructura económica de la sociedad burguesa, necesario es que aquella se modifique fundamentalmente, lo cual, como es natural, no ha de efectuarse con la aquiescencia de aquellos a quienes la modificación perjudica, sino a pesar, en contra de ellos”[84]

Vuelve a sorprender la cercanía con los acontecimientos que se desprende de este artículo. Lenin, Kerensky, Kornilov, personajes históricos cuyas acciones han sido materia de enseñanza y formación política para sucesivas generaciones de militantes de izquierda emergen en estas páginas como algo vivo y lleno de actualidad en el mismo momento de los hechos.

En estos dos artículos, previos a la revolución de octubre, se puede observar que dos de las características de este proceso, en la lectura de L.I, eran claramente visibles: el Soviet, como forma nueva de representación popular, y Lenin, como cabeza del núcleo dirigente revolucionario.

Con los bolcheviques ya en el poder político, en una nota sin firma titulada La Rusia revolucionaria por la paz, se lee lo siguiente:

“Lenine ha declarado en el seno del Soviet que había el propósito en el seno del nuevo gobierno revolucionario, de ofrecer inmediatamente un armisticio de tres meses y durante ese lapso de tiempo determinar las condiciones de paz… Estas declaraciones de la Rusia revolucionaria y socialista ponen de nuevo en evidencia el contenido de las democracias.

Sus órganos y oficiales demuestran con ese motivo el profundo antagonismo de clase que separa a ‘las democracias’ de la ‘Rusia revolucionaria’ y socialista, cuando es verdaderamente revolucionaria y socialista”[85].

A partir de aquí los acontecimientos revolucionarios en Rusia serán materia cotidiana de relato y análisis de la prensa de los proto-comunistas argentinos. Incluso durante muchos números aparecerá una serie de notas, que estaría al borde de poder ser clasificada como sección fija, titulada El nuevo régimen en Rusia. Por allí pasará la narración de las medidas económicas de los bolcheviques, el Tratado de Brest-Litovsk, la disolución de la asamblea constituyente, la revolución en el campo, etc.

En uno de esos artículos se puede hallar una primera evaluación global de la revolución por parte de los redactores de L.I y de la militancia de la izquierda socialista. Así veían lo esencial de la revolución:

“Que los maximalistas rusos se proponen realizar el más grande de los movimientos políticos de la historia, transformando fundamentalmente la sociedad.

a)      Parcelando la tierra y facilitándola para su usufructo a los que trabajan.

b)      Entregando la producción industrial, bajo el control de un gobierno de obreros, en beneficio exclusivo de los productores

c)      Desconociendo la deuda pública –paso que no se atrevió a dar la comuna de Paris en 1871- castigando así a todos los que apuntalaron al zarismo contra el pueblo: demócratas unos, aristócratas alemanes otros.

d)     Armando sistemáticamente al pueblo libre, para defender contra la agresión al régimen de la revolución”[86]

También aquí puede verse una fuerte sintonía de L.I con la perspectiva política programática originaria de los bolcheviques: reparto de tierras, control obrero, armamento del pueblo, etc. Más adelante el texto denuncia la guerra europea como producto de la expansión del capitalismo disfrazado de libertad y al falso antagonismo entre democracias y autocracias, expresiones ambas de una misma clase social. El texto culmina definiendo a la revolución como una divisoria de aguas central en el socialismo internacional de ese momento histórico. Allí se lee lo siguiente:

“Que el silencio de muchos socialistas, o la repulsión de muchos otros a la revolución rusa, los solidariza con el interés del capitalismo y los coloca en oposición con el de la clase trabajadora”[87].

En el último número de la primera época de L.I se encuentra una nota titulada Rusia revolucionaria firmada por Luis Emilio Recabarren, militante obrero chileno que, como vimos, integraría el primer comité ejecutivo del PSI y ya tenía una importante trayectoria anterior en la naciente izquierda de su país[88]. El texto tiene su interés a causa del fuerte énfasis que da a la voluntad política revolucionaria; un enfoque claramente subjetivista e incluso cercano a las visiones activistas de las filosofías idealistas[89]. Recabarren escribía:

“Lleva apenas poco más de un mes el régimen maximalista, y podemos decir que aquel país ha avanzado más de un siglo en tan corto tiempo. Francia, a 130 años de la gran revolución, no ha recorrido tan hermoso camino con horas tan difíciles.

El inmenso territorio ruso, que antes gobernaba un hombre, bajo el régimen del látigo emplomado, hoy está subdividido por regiones que se han dado su propia constitución, liberadas de todos los despotismos y crueldades de otros tiempos; la tierra que antes era propiedad de los aristócratas, grandes duques, burgueses, etc, ahora es de la comunidad; es propiedad y patrimonio común.

El sueño, la utopía de esos locos llamados socialistas, pasa a ser hoy no solo una realidad, sino que la fuente de todo progreso y felicidad humana; esto era lo más temido por la clase capitalista de Rusia y de todas partes….

A la vez que el régimen maximalista dentro de Rusia obligaba a los burgueses a someterse a la voluntad popular de la revolución, expropiando la tierra, las máquinas, las industrias, etc, fuera de Rusia obligaba, pues no resultará otra cosa, que obligar a ese mundo ebrio de sangre y destrucción a poner término a su criminal acción”[90].

A pesar que el artículo de Recabarren[91] es un himno al triunfo de la voluntad no deja de existir en él un elemento de análisis del significado de la revolución, tanto en lo local (aunque esta palabra tratándose de un país-continente como Rusia suene inapropiada) como en lo internacional. Señalando en el Soviet a la forma nuevamente hallada de la dictadura del proletariado (identificada con la verdadera soberanía popular) al interior de Rusia y, en lo internacional, clausurando el ciclo feroz de la Primera Guerra Mundial.

Al ser éste el último número de L.I editado por la Cooperativa, cuando sus integrantes permanecían al interior del PS justista, la escisión posterior tendrá como efecto notorio un giro muy pronunciado hacia los relatos de la lucha interna y la constitución del Partido Socialista Internacional, que se reflejará en los artículos del periódico. La cobertura de la revolución rusa lejos estará de desaparecer pero tomará un sesgo más informativo[92]. L.I, en ese período inmediato a la ruptura, dará la palabra a los dirigentes revolucionarios rusos (y también a algunos partidarios extranjeros que considerara importantes). Aquí toma una mayor relevancia la figura de Trotsky[93]. De este dirigente aparecerán fragmentos de un libro, titulado, en lo que reproduce L.I, La Rusia revolucionaria por la paz[94], declaraciones en los apartados titulados El nuevo régimen en Rusia[95] y una carta abierta a Jules Guesde (titulado por la redacción Una carta de Trotsky. Un documento importante)[96]. También se puede encontrar otra nota titulada Algunos datos biográficos sobre Trotzky[97]. Este predominio de Trotsky en las noticias sobre la Rusia soviética tiene una evidente relación con el papel de primer orden que tuvo éste en la conducción de la política internacional del régimen.

También se pueden encontrar notas de tipo histórico sobre la revolución, aunque se tratara de una historia extremadamente reciente, de casi anteayer. Por ejemplo Un recuerdo de la Rusia revolucionaria. El Soviet de Petrogrado[98], escrita por A. Youssim, un participante del Soviet de diputados obreros y otra, referida a la evolución reciente del movimiento socialista, titulada  De Zimmerwald a Petrogrado[99] firmada por Garbier y levantada de una publicación que se llamaba Nuestra Palabra.

Finalmente, en los tres últimos números que abarca el período estudiado, se puede ver una gran presencia de la revolución rusa en las páginas de L.I.. Al cumplirse un año del triunfo de octubre, que coincidió con el fin de la primera Guerra Mundial, otro gran acontecimiento reflejado en ese número, se puede leer en L.I  un conjunto de artículos sobre la revolución rusa, reunidos bajo el encabezado El primer gobierno socialista del mundo[100]. Los artículos que lo componen son un artículo sin firma titulado Su primer aniversario, un texto de Kautsky Porqué triunfaron los maximalistas (levantado de la revista Renovación de Uruguay), un discurso de Lenin sobre el Tratado de Brest-Litovsk y la nota Un año de Guido Anatolio Cartey, dirigente del PSI.

En la primera nota se afirma:

“Los compañeros rusos son hoy la vanguardia del socialismo internacional. Han mantenido la integridad de la doctrina y la táctica socialistas. Han realizado un esfuerzo supremo por implantar el programa máximo del partido. Están en estos momentos empeñados en un vasto plan de socialización. De lo que son capaces de hacer da idea la frase de un comentarista burgués: de los maximalistas podrá decirse cualquier cosa, pero lo que no se les puede negar es que son “unos eximios organizadores”…. Como anticipación de un juicio póstumo, acaso pueda decirse con un profesor japonés no socialista, que las grandes figuras reveladas por la guerra son Lenin y Trotsky, ante quienes Wilson queda muy por debajo, no obstante las loas interesadas de la burguesía aliada que saludan en la persona del hábil representante de los intereses económicos del capitalismo yanqui a un superhombre”[101].

En esta reivindicación hay un elemento interesante que es el fuerte subjetivismo. Los bolcheviques son la vanguardia porque se han atrevido a ir más lejos que los demás socialistas del mundo mediante la aplicación del programa máximo. Una de las críticas que fueron dirigidas contra los bolcheviques por otros sectores del socialismo era considerar que habían ido más lejos de lo que las condiciones permitían. El menchevique Martov los veía como una suerte de resurrección del romanticismo bakuniniano, completamente opuesto al espíritu del marxismo, doctrina caracterizada por el reconocimiento del límite marcado por la necesidad histórica[102]. Por lo tanto, esta definición de la prensa del Partido Socialista Internacional colocaba a esta tendencia dentro de una disputa política en la izquierda mundial, pero que también excedía ese terreno y la llevaba hacia una discusión sobre la historia y el posible papel que puede jugar en ella el sujeto humano. En un sentido similar, debo hacer notar que, en la apreciación de los bolcheviques por el PSI, éstos tienen un progresivo papel de conservación de la doctrina marxista, de defenderla tal cual es (es decir como la entienden ellos mismos).

Es atendible también cómo, en los dos fragmentos citados de esta nota, el o los redactores utilizan el testimonio de las fuentes burguesas para atestiguar la grandeza del acontecimiento del que hacen el panegírico. El no citado comentarista burgués reconoce el supuesto talento organizativo de los bolcheviques y ello, en cierta medida, parece garantizar las bondades de su “vasto plan de socialización”. Desgraciadamente el decurso histórico de la revolución rusa dejó a la vista que la habilidad organizativa de los bolcheviques en el plano político no pudo reconvertirse hacia otros ámbitos de la vida económica y social. Pero es común que, en los inicios de las revoluciones que el entusiasmo vuelva las cosas más fáciles de lo que son en realidad. El optimismo de L.I cumple confiadamente esta regla general y no constituye una ceguera particularmente pronunciada.

Por otro lado la comparación favorable a Lenin y a Trotsky que llevó a cabo ese profesor japonés del que habla el artículo, podría ser puesta en comparación con el artículo sin firma sobre el centenario del nacimiento de Marx[103] que analizamos en un apartado anterior. Allí el valor intelectual de la personalidad de Marx era relativizado en nombre de una concepción en la que un hombre es grande en la medida que refleja los problemas de su época. En esta parte de la cita, sin que sea absolutamente opuesto el criterio ya que se puede argumentar que Lenin y Trotsky son más grandes que Wilson porque estuvieron a la altura de esos grandes problemas; aparece la gran personalidad histórica con mucha mayor relevancia que en el texto sobre el centenario de Marx. ¿Contundencia persuasiva de los hechos por encima de las doctrinas, por más sofisticadas y productivas que éstas sean? Es posible.

En el artículo de Guido Anatolio Cartey[104] ya citado, puede verse este rasgo de apología entusiasta del núcleo dirigente bolchevique, aunque la comparación aquí se hace con otros dirigentes del movimiento obrero, los de la Comuna de Paris, también reivindicados por todas las alas de izquierda del socialismo:

“Como los hombres de la Comuna de Paris, pero con principios más definidos y concretos, y posesionados perfectamente de la doctrina socialista y las aspiraciones proletarias, los representantes de los soviets encabezaron un movimiento social de mayor trascendencia, por supuesto, que la revolución parisiense de 1817”[105].

El discurso de Lenin sobre Brest-Litovsk, publicado en el mismo número, es demasiado conocido como para analizarlo aquí. Sin embargo creo necesario hacer alguna referencia al texto de Kautsky. En cierta medida nos sorprende su presencia en el dossier dedicado a la revolución rusa, sobre todo porque las imprecaciones sobre el “renegado Kautsky” que han sido una parte histórica del identikit comunista pueden despistarnos. Pero esto, en ese momento, es futuro y de ninguna manera un sentido ya cristalizado. Dijimos en las primeras páginas que, de las figuras importantes de la tradición marxista posterior a los fundadores, la que más presencia tiene en L.I es Kautsky. Y, la razón más importante para que este artículo esté allí es que Kautsky era un importante dirigente de la socialdemocracia de izquierda, opuesta a los mayoritarios (Ebert, Scheidemann). Los redactores de L.I seguían con interés la evolución de este partido (teniendo en cuenta además el buen vínculo existente en ese momento con Frugoni y los socialistas uruguayos).

En este texto Kautsky reitera su postura sobre el carácter burgués de la revolución en Rusia. Pero introducía un matiz importante. Según su opinión, en condiciones normales los socialistas debían dejar esa tarea a la burguesía. Pero había guerra y, según Kautsky, los socialistas no podían dejarle a la burguesía el manejo del ejército ni la construcción de una república democrática libre. Los socialistas debían participar en el poder político. Y aquí, explica Kautsky, se abrían dos caminos: participar en un gobierno de coalición o el programa bolchevique de tomar el poder aún en condiciones sociales de atraso económico social. Kautsky no abre juicio acerca de cuál camino era el mejor. Se limita a explicar los problemas que tuvieron los que adoptaron el primer camino y porqué los que eligieron el segundo se hicieron cada vez más fuertes. Tampoco hace un juicio valorativo, deja la cuestión abierta. Afirma que los bolcheviques pueden hacer un gran bien al movimiento socialista o introducir un inconveniente adicional al triunfo de éste (que fue la posición que adoptó poco después).

En el número posterior de L.I se publicó un manifiesto titulado El movimiento maximalista europeo el Partido Socialista Internacional[106]. En la volanta se puede leer: “El Comité Ejecutivo del Partido Socialista Internacional –partido que, en los momentos difíciles, fue el único intérprete de los ideales bolshevikis en el país- ha resuelto lanzar el siguiente manifiesto para ponerlos en guardia contra los “maximalistas” de última hora”. De alguna forma este texto plantea, para cualquiera que intente interpretar esa época, que en el año I de la revolución rusa el arco de simpatía hacia la Rusia soviética se había extendido y, quizás los primeros partidarios de ésta sentían que no recogían los frutos de esa afinidad.

Algunos trozos del manifiesto:

“¡Gloria a los maximalistas rusos! Gracias a su acción la horrenda carnicería mundial se ha acortado en algunos años, ahorrando a la humanidad varios millones de muertos…

Alentado por el grandioso ejemplo eslavo, la inmensa mayoría del proletariado retorna a la senda fecunda de la lucha de clases y del internacionalismo, del que no debió desviarse…

Causante único e indivisible de la enorme catástrofe, el régimen burgués deberá ser abolido y sustituido por una sociedad sin explotados ni explotadores: la sociedad socialista. No otro es el significado trascendental de la revolución desencadenada en Rusia y que se propaga como un huracán por Alemania, Austria Hungría, Bulgaria y según parece, por Suiza, Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega. Esperamos confiados la revolución en Italia, Francia, España, Inglaterra y los Estados Unidos. De ese modo se cumplirá la transformación más honda y total de la Historia”[107].

Sin duda era un momento de alto entusiasmo histórico. Pero, por fuera de esto, lo que resulta importante acerca de la concepción explicitada sobre la revolución rusa es que ésta es el inicio de la más importante transformación de la historia humana. Una explicación algo más histórica y con algo menos de contenido mesiánico puede verse en el mismo número de L.I en un articulo sin firma titulado El maximalismo se extiende por toda Europa, que si bien no es definido con el nombre de manifiesto presenta, sin embargo, mucho de su forma. Allí se dice:

         “¡Otra hipótesis de Marx que se confirma!

La competencia capitalista desenfrenada, causante de la masacre, ha concluido por dividir el mundo en dos bandos de mercachifles. Y esa interdependencia recíproca de los capitalistas de los dos bandos ha terminado por agrupar a los trabajadores de sus países respectivos.

Tócale su turno ahora a los antagonismos de clase. Y ante el avance continuo de las masas proletarias orientadas por el socialismo internacional, los bandos de mercachifles abandonan su lucha para unir sus fuerzas contra el poderoso enemigo que quiere destruir sus privilegios, estableciendo la igualdad económica, base de toda igualdad real….

Es la revolución más grande que conoce la historia. A ella toca hacer efectivas las conquistas sociales. Si el Cristianismo implantó la igualdad civil, la Reforma la igualdad ante la conciencia, la revolución burguesa la igualdad política, al decir de un escritor, tócale a ella hacer efectivas las conquistas estableciendo la igualdad económica sin la cual no existe verdadera igualdad civil, religiosa ni política”[108].

En este párrafo puede verse expuesta, de una manera interesante y curiosa en su ejemplificación, la noción marxista que plantea que la revolución socialista debe ser la heredera de las conquistas histórico-culturales de las anteriores etapas de la historia humana.

Por último, es interesante dejar constancia de que en el número siguiente de L.I se encuentra una polémica sobre la revolución rusa con José Ingenieros y M de Vedia y Mitre, cuyo título es El maximalismo. Sus impugnadores y sus defensores[109]. La polémica con Ingenieros gira en torno al significado que tiene el maximalismo (sic) para la política de su tiempo y para el socialismo y el cambio social. En la nota, sin firma, comienza anoticiando a los lectores de que Ingenieros está a favor de la revolución:

“… pero el maximalismo de Ingenieros no es, no puede ser el nuestro. Según él, es ‘la aspiración a realizar el máximo de reformas posibles dentro de cada sociedad, teniendo en cuenta sus condiciones particulares’.

Con esta pobrísima definición el maximalismo de Ingenieros podría ser la monarquía constitucional donde existe el absolutismo, la república donde la monarquía, la sociedad socialista donde existe la República. En esta definición figuran como maximalistas hasta los más retrógrados que se ven obligados a perder algo para no perderlo todo, y que pueden sostener que ellos realizan el máximo de reformas posibles dentro de la sociedad, teniendo en cuenta sus particulares condiciones. Así Kerensky era maximalista y no nos explicamos el por qué Ingenieros hace figurar a Wilson como minimalista –si la definición es válida- pues su programa puede constituir el maximum de reformas posibles en la sociedad en que vivimos teniendo en cuenta sus particulares condiciones a juicio del mismo”[110].

En la polémica el redactor del artículo nos dice que en la conferencia de Ingenieros había otra definición de maximalismo más cercana a los planteos radicales de Lenin y Trotsky pero, al plantear Ingenieros que el maximalismo es más una actitud que una doctrina ello le da pie a volver a introducir su planteamiento globalmente gradualista. A partir de allí el artículo afirma:

“La definición de Ingenieros interpretada de acuerdo con las tendencias en que se divide el movimiento socialista y dando un contenido socialista concreto a la aspiración máxima a que se refiere, es la definición más anti maximalista del reformismo bernsteiniano abandonado hasta por el mismo Bernstein, en estos últimos tiempos”[111].

La discusión con M. de Vedia y Mitre responde a una polémica socialista más clásica. Si bien, en otro párrafo, el artículo de L.I reconoce en su adversario una visión de la revolución rusa que trata de ser serena y objetiva, el núcleo del desacuerdo no deja de estar dado por las previsibles objeciones de tipo liberal que M. de Vedia y Mitre hace al proceso revolucionario ruso:

“Atribuye al Estado maximalista, el señor M. de Vedia y Mitre, un poder tiránico y absolutista sin precedentes y declara que una parte inmensa del pueblo ruso está convertido en parias. Pero ¿no ve el señor de Vedia y Mitre que el estado capitalista con su régimen de propiedad privada y su sistema de salario significa una dictadura mucho más tiránica y absolutista: la dictadura burguesa, que esclaviza al 90 por ciento de la población?….

No es seguramente esta la hora apropiada para reproducir los sofismas de la posible emancipación del trabajador por su conversión en capitalista y el señor M. de Vedia y Mitre tendrá que reconocer que si todos podemos ser trabajadores no todos podemos llegar a ser explotadores del trabajo ajeno por la perogrullada razón de que no tendríamos a nadie que explotar, debiendo llegar a lo que el maximalismo llega, que cada cual sólo pueda explotar su propio esfuerzo. Entonces, todos seríamos trabajadores. En ese sentido, la Revolución rusa hace de cada hombre su propio capitalista”[112].

Me pareció interesante reseñar algo de este texto debido a que, hasta donde sé, debe ser la primera defensa polémica de la revolución rusa por parte de una formación de la izquierda orgánica.

Algunas conclusiones

Descreo la superstición de que los textos hablen por sí mismos. Movido por esta convicción no dejé de comentar el material citado, tanto en lo que me parecía significativo en relación a lo explícitamente dicho en el texto como en lo que, personalmente, me sugería que estaba implicado en lo que se leía. De modo que no es probable que agregue mucho a lo que se ha podido leer hasta ahora. Lo que sí me parece importante es ordenarlo.

La Internacional como publicación se mueve en el mundo conceptual propio de la Segunda Internacional. Se siente afín a lo que sería el resultado más representativo de ese mundo conceptual: el marxismo ortodoxo, codificado por los alemanes. Lo que se mueve dentro de ese universo es aceptado como socialismo. Lo que no, como Bernstein y, más tarde Justo, es rechazado. Esta publicación y los militantes que la animaban eran impulsados por el afán de defender el marxismo como doctrina que acabó con la “anarquía doctrinaria en los partidos socialistas”.

Sin embargo, esto no significa que su defensa del marxismo fuera algo parecido a lo que era la práctica de Lenin en el partido bolchevique. Para nada, su intento poseía una dosis mucho mayor de generalidad, que estaba lejos de haber podido codificar un conjunto de planteos articulados como los que, se esté a favor o en contra, había producido Lenin. Basta pensar en las discusiones sobre el problema de los mercados con el llamado “marxismo legal” (cuyos exponentes posteriormente se convertirán en liberales), el pormenorizado debate acerca de cual debería ser el programa agrario en Rusia o la dinámica político-social que adquiriría el llevar la revolución burguesa hasta el fin en el Imperio de los zares. No apunto a algo cuantitativo, en el sentido que Lenin y los bolcheviques habían producido “mucha teoría”. No, la diferencia es que tenían un programa y los integrantes del ala izquierda del PS solamente habían logrado nuclearse en torno a la defensa del marxismo en general.

Se trataba además, con pocas excepciones, de una generación joven cuyo acceso al marxismo fue mediante la asimilación de aquel que había codificado la Segunda Internacional. Y al mismo tiempo que ello se llevaba a cabo, se encontraron en la situación de tener que romper con ésta. Experimentaron en una sola generación lo que anteriormente habían debido vivir dos o tres generaciones de socialistas, si lo comparamos con el desarrollo del Partido Socialista oficial. Fue una generación cruzada por dos fuerzas: la última ola de la expansión mundial del socialismo y el agotamiento del marxismo de la Segunda Internacional. Esta rara concordancia de tiempos, entre la adhesión y la ruptura explica también otras cuestiones. Un lector familiarizado con la revolución rusa, y especialmente la historia del partido bolchevique, notará enseguida que en el núcleo animador de La Internacional había una identificación de pacifismo e internacionalismo que no era precisamente el planteo de Lenin, quién se situó en lo que él denominó la izquierda de Zimmerwald, es decir los que eran internacionalistas pero no pacifistas. Lenin planteaba como salida progresista de la guerra europea el convertirla en guerra civil de la clase obrera contra la burguesía. Podría decirse, contrafácticamente, que si el ala izquierda del socialismo argentino hubiera ido a Zimmerwald, por lo menos inicialmente, no habría estado con las posiciones de Lenin.

En vista de su procedencia la lógica del marxismo presente en La Internacional sigue la estela del marxismo de primacía determinista. A veces de un determinismo lineal y poco elaborado. Me parece que un buen ejemplo de esto es la nota del centenario del nacimiento de Marx que analizamos en el apartado 4, con una formulación de las ideas como reflejo mecánico del mundo material. Por el contrario, en el primer editorial, a pesar de la fortísima presencia de un mundo conceptual atravesado por el positivismo y su ideal de conocimiento centrado en las ciencias naturales, la reflexión encarada allí y la presencia notoria de una lectura de El Capital de Marx, sin duda con algunos límites importantes, a lo que se suma una preocupación por encarnar en un sujeto revolucionario ayudan a que este texto vaya más allá de un determinismo lineal, partidario-esclavo de las leyes de la historia. Una preocupación por la praxis humana, vertida como práctica de clase y cierto tono inconformista ayudan mucho a este texto escrito por Penelón.

Otro elemento contradictorio que podemos observar a partir de la lectura del periódico es una contradicción entre una lectura de la teoría del valor como sustancia social, que es esencialmente correcta y una idea del materialismo circunscripta a una noción de materia algo tosca e ingenua y que, este es su mayor defecto, no integra plenamente a ese concepto a las relaciones sociales.

La revolución rusa viene a generar un formidable impulso en esta dirección. Hemos visto el entusiasmo y la épica que transmiten los textos de la publicación. Entusiasmo y urgencia, que indican un acontecimiento y una dirección en la historia ante la cual hay que definirse. Varios de los textos citados afirman que se trata del más grande hecho histórico. Uno podría preguntar, por ejemplo ¿por qué es más grande que la conquista de América o la revolución industrial? Si pudiéramos hablar con los muertos es muy probable que los redactores de La Internacional y la militancia del Partido Socialista Internacional nos responderían que a diferencia de los dos trascendentales hechos antes citados, la revolución rusa era un intento por cambiar radicalmente la sociedad y las condiciones inhumanas de vida en las que persistimos aún en vivir. Es decir, la voluntad, la subjetividad humana subversiva.

Coexisten, por lo tanto, en esta publicación un marxismo de tipo determinista, que podía ser más o menos elaborado, con un subjetivismo disparado por la revolución rusa. Como afirmamos a partir de nuestra lectura del primer editorial, existían elementos que favorecían una disposición hacia ello. Probablemente si el determinismo conceptual que se ve al leer la publicación hubiese sido completamente naturalista y pasivo ni siquiera hubieran recibido con entusiasmo la revolución rusa ni se hubieran ido del PS (o se hubieran retirado por la derecha como años más tarde hará el otro PSI, el independiente).

Esta coexistencia implica que entre este marxismo de primacía determinista y el fervor subjetivista a partir de la revolución rusa no hay ningún enlace conceptual. Representan, usando un argumento antidifusionista de Franz Boas para referirse a los pingüinos de ambos polos, una evolución paralela que no establece contacto entre sí. Aunque a diferencia de esas aves, es una evolución paralela pero divergente. La coexistencia de estas dimensiones conceptuales apunta en direcciones distintas, cuando no opuestas. Puede argumentarse que el vínculo posible entre ambas es la Primera Guerra Mundial, hecho histórico que expresa por un lado, una serie de determinaciones estructurales del capitalismo y el sistema de estados de ese momento histórico con una resultante catastrófica y por otro lado, la emergencia de la primera revolución obrera políticamente victoriosa. Sin que esto deje de ser verdad no cambia los términos del problema. No lograron establecer una síntesis global que ubicara las determinaciones conceptuales y las hiciera jugar en forma consistente. Un ejemplo quizás ayude. Algunos elementos de las Siete tesis de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui son claramente equivocados (por ejemplo la estructura social latinoamericana entendida en términos feudales). Desde el actual conocimiento histórico esta visión del feudalismo y el caudillaje (quizás producto de una influencia de Ingenieros en el peruano) no es convincente. Pero en los años en que fue producida, con el grado de estudio del marxismo que existía en ese momento (a lo que hay que agregar que hacia los años 30 el marxismo en la URSS devino en un instrumento político, muchas veces de control), fue un notable esfuerzo de síntesis de la historia del Perú[113] desde el materialismo histórico. No me refiero a lo puramente histórico de la interpretación de la historia nacional, que es evidente que eso no era visto todavía como un problema dentro de este núcleo militante que estaba más marcado por determinaciones universalistas, sino a que en el armazón doctrinario del comunismo inicial en Argentina no hay un cierre conceptual en su visión del marxismo. Podría interpretarse que ello facilitó las posteriores escisiones que sufriría el partido en los años ‘20 (chispistas y penelonistas). Pero en nuestro actual estado de investigación, ello no pasa de una ocurrencia, ni siquiera una hipótesis.

Al mismo tiempo creo que sería completamente unilateral abstenerse de destacar que el núcleo animador de La Internacional  revelaba importantes e interesantes inquietudes intelectuales. Ni siquiera hoy es frecuente en las publicaciones marxistas un intento de difusión doctrinaria tan honesto como la nota que comentamos sobre la teoría del valor trabajo (por supuesto si la leemos en toda su extensión). Si la comparamos con artículos educativos sobre el tema que encontremos hoy en periódicos actuales sale ganando en lo que refiere a contenido y pedagogía[114]. Contemporáneamente a la publicación de La Internacional, Antonio Gramsci escribía que “los semanarios socialistas se adaptan al nivel medio de las capas regionales a las que se dirigen; el tono de los escritos y de la propaganda tiene que ser siempre, sin embargo, un poco superior a esa media, para que haya estímulo al progreso intelectual, para que al menos cierto número de trabajadores salga de la genérica indistinción de los opúsculos reiteradamente rumiados y consolide el espíritu en una superior visión crítica de la historia y del mundo en el que vive y lucha” y un poco más adelante concluía: “¿Tendríamos que repetir siempre, con monótona insistencia, el abecedario, puesto que siempre hay alguien que no conoce el abecedario?”[115].

Creo que más allá de los límites que hemos señalado en la publicación sus animadores tuvieron mucho de ese espíritu, que intentaba ir más allá de la vulgarización rutinaria y a la vez conectarse con los obreros avanzados mediante la diseminación de una cultura auténticamente popular.

Corpus de ejemplares de “La Internacional”

Ejemplares editados como “Cooperativa de Publicaciones Socialistas La Internacional”

L.I nº 1,  5 de agosto de 1917.

L.I nº 2,  20 de agosto de 1917.

L.I nº 3,  5 de setiembre de 1917.

L.I nº 4,  20 de setiembre de 1917.

L.I nº 5,  5 de octubre de 1917

L.I nº 6,  27 de octubre de 1917.

L.I nº 7,  13 de noviembre de 1917.

L.I nº 8,  30 de noviembre de 1917.

L.I nº 9,  16 de diciembre de 1917

L.I nº 10,  25 de diciembre de 1917.

Ejemplares editados como órgano de prensa del Partido Socialista Internacional

L.I nº 1,  23 de enero de 1918.

L.I nº 1 extraordinario,  2 de febrero de 1918.

L.I nº 2,  16 de febrero de 1918.

L.I nº 3,  28 de febrero de 1918.

L.I nº 4,  18 de marzo de 1918.

L.I nº 5,  8 de abril de 1918

L.I nº 6,  16 de abril de 1918.

L.I nº 7,  1 de mayo de 1918.

L.I nº 8,  5 de junio de 1918.

L.I nº 9,  25 de junio de 1918.

L.I nº 10,  15 de julio de 1918.

L.I nº 11,  4 de agosto de 1918.

L.I nº 12,  24 de agosto de 1918.

L.I nº 13,  20 de setiembre de 1918.

L.I nº 14,  3 de octubre de 1918.

L.I nº 15,  3 de noviembre de 1918.

L.I nº 16,  24 de noviembre de 1918.

L.I nº 17, 16 de diciembre de 1918.

Nota: Los números de “La Internacional” editados como medio de prensa del PS Internacional aquí mencionados son los que se han examinado en este trabajo. “La Internacional” siguió publicándose como órgano del PSI hasta fines de 1920, en que se adopta el nombre de Partido Comunista.

Bibliografía

Marxismo en general

Andreucci, Franco (1980) “La difusión y la vulgarización del marxismo”. En Hobsbawm, Haupt, Marek,

                                         Raggionieri, Strada, Vivanti (eds) Historia del Marxismo (3) El Marxismo de

                                            La Segunda Internacional. (pp. 15-88). Barcelona: Bruguera.

Haupt, Georges (19179) “Marx y el marxismo”. En Hobsbawm, Haupt, Marek, Raggionieri, Strada, Vivanti,

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Williams, Raymond (1980) Marxismo y literatura. Barcelona: Península.

Marxismo en Argentina

Tarcus, Horacio (2007) Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos.

                                            Buenos Aires: Siglo XXI

Comunismo argentino en sus inicios

Campione, Daniel (2003) El comunismo en Argentina. Sus primeros pasos. Buenos Aires: Ediciones del

                                            Centro Cultural de la Cooperación.

Corbière, Emilio (1984) Orígenes del comunismo argentino. Buenos Aires: Centro Editor de América

                                            Latina.


[1] Elaborar una historia oficial para presentarse en sociedad no constituye una característica específica del comunismo (argentino o internacional) sino que es un hábito existente en la enorme mayoría de los partidos. Puede ser más o menos criticable según si las circunstancias anexas a esta cuestión hayan sido graves o no. De todas formas, una vez que esta formación política va haciendo un camino en la vida de la sociedad en que actúa, la visión que empieza a construir sobre su propia historia empieza a tomar distancia de la historia oficial primera. Empiezan a darse las condiciones para una reflexión crítica sobre ella, terminen dándose o no las condiciones para esto. En el caso que ocurra indica tanto una maduración crítica como una redefinición del pacto de unidad entre los miembros.

[2] Ramos, Jorge Abelardo (1962). El Partido Comunista en la política argentina. Buenos Aires: Coyoacán. Puiggros, Rodolfo (1973). Las izquierdas y el problema nacional. Buenos Aires: Cepe.

[3] A pesar de esto considero que el trabajo de Puiggros, comparado con el de Ramos, es más objetivo y tiene más elementos de reflexión, más allá de que comparta la misma perspectiva de exilar de la realidad argentina de una vez y para siempre al comunismo local .

[4] Corbière, Emilio (1984) Orígenes del comunismo argentino. Buenos Aires: CEAL. El libro se compone de un prólogo, entrevistas y los dos artículos publicados en Todo es historia en los números 81 (febrero de 1974) y 106 (marzo de 1976).

[5] Cuando salió el primero de los artículos de Corbière en Todo es Historia hubo una respuesta desde la revista del Frente de Izquierda Popular. Aparecía firmada por Ernesto Lagos. Descarto la autoría de Jorge Abelardo Ramos a causa del estilo machacón y catecúmeno de la prosa. No porque Ramos fuera Rubén Darío pero si se lee el texto la diferencia salta a la vista. En todo caso, ver Lagos, Ernesto. (1975). Acerca de la historia del Partido Comunista Argentino. Izquierda Nacional 34. 15-22.

[6] Campione, Daniel (2005) El Comunismo en Argentina. Sus primeros pasos. Buenos Aires: Ediciones del CCC.

[7] Para una descripción de este tipo de recepción del marxismo: ver Andreucci, Franco (1980). “La difusión y vulgarización del marxismo”. En Eric Hobsbawm, Georges Haupt, Franz Marek, Ernesto Ragionieri, Vittorio Strada, Corrado Vivanti (eds) Historia del Marxismo 3. El Marxismo de la Segunda Internacional (pp. 15-88). Barcelona: Bruguera.

[8] Haupt, Georges (1980) “Marx y el marxismo”. En Hobsbawm, Haupt, Marek, Raggioneri, Strada, Vivanti (eds) Historia del Marxismo 2. El marxismo en tiempos de Marx (pp. 199-223). Barcelona: Bruguera.  

[9] Con respecto al evolucionismo tomo idéntica postura. Existe una serie importante de capas de la realidad para las que una explicación evolucionista puede ser completamente válida. Incluyo aquí también a la desprestigiada teleología, que puede llevar a afirmar insensateces si se quiere discurrir sobre el curso global de la historia pero que en ciertas zonas de la realidad puede ser completamente válida. Por ejemplo para estudiar el cambio tecnológico un enfoque que no sólo atienda a los cambios como tales sino que, además, los proyecte en relación a un fin puede ser extremadamente útil para entender la lógica de un desarrollo. De igual modo, para decidir qué tecnología es más adecuada. Esto no puede decidirse en abstracto ya que distintos fines, como ahorro del tiempo de producción o mantener el medio ambiente, pueden modificar la elección.

[10] Un planteo de Trotsky, formulado en el Programa de Transición que, haya sido correcto o equivocado, estaba formulado para un determinado momento histórico y que fue estirado de forma caprichosa hasta abarcar nuestros días por muchos de sus partidarios.

[11] Un ejemplo de esto, en el interior del campo marxista pueden ser los trabajos que distintos economistas (Shaikh, Ochoa, etc) que llevaron a cabo un complejo intento de demostración –utilizando tablas de insumo-matriz- que los movimientos de largo plazo de los precios estaban orgánicamente vinculados a los tiempos de trabajo socialmente necesario y a la evolución de la productividad.

[12] Williams, Raymond (1980) Marxismo y literatura. Barcelona: Península. 105.

[13] El comité ejecutivo del PSI que firmaba este manifiesto estaba formado por Luis Emilio Recabarren (que en poco tiempo fundaría el comunismo chileno), José Grosso, Anatolio Guido Cartey, Juan Ferlini, Alberto Palcos, Aldo Cantón, Pedro D. Zibecchi, Carlos Pascali, José Alonso, Arturo Blanco y José Emilio González Mellen. José Fernando Penelón, que era el dirigente más conocido de la izquierda del viejo PS y del nuevo partido, era el director de L.I. Este hecho, que el dirigente más reconocido de una corriente política de izquierda no formara parte del comité ejecutivo de ésta da para pensar que la concepción que el PSI tenía acerca de las funciones de un organismo como éste era bastante distinta a la que se cristalizaría pocos años después a partir de la tradición kominterniana.

[14] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917.

[15] Miembro del Partido Socialista norteamericano. En el número 9 de L.I en su segunda época apareció su artículo La evolución del socialismo. También aparece firmando un manifiesto de la dirección del socialismo norteamericano en contra de la guerra que fue publicado en los primeros números de L.I.

[16] Extractos de una declaración del socialismo serbio, firmada por su secretario general Douchan Popovitch fue publicada en L.I número 10 (segunda época), 15 de julio de 1918.

[17] Aunque aquí cabe recordar que los puntos de vista aliadófilos fueron bastante minoritarios en el socialismo uruguayo que, además adhiere en bloque a la revolución bolchevique. El punto de quiebre se dio con las “21 condiciones” de la Tercera Internacional. La mayoría de los socialistas uruguayos las aceptaron y pasaron a llamarse Partido Comunista en 1921 mientras que una minoría liderada por el fundador del partido, Emilio Frugoni, conservó el viejo nombre y rompió con la Tercera Internacional.

[18] Partido Social-Demócrata Independiente, escisión por izquierda del SPD, entonces conocido como los “socialistas mayoritarios” que fueron el ala derecha del movimiento obrero alemán. En el USPD militaban tanto Kautsky como Bernstein.

[19] Anderson, Perry (1987) Consideraciones sobre el marxismo occidental. México: Siglo XXI.

[20] Los dos artículos de Kautsky publicados en La Internacional son El democrático referendumen en el nº 1 de la primera época (5 de agosto de 1917) y Porqué triunfaron los maximalistas en el nº 15 (3 de noviembre de 1918) cuando ya era el órgano del Partido Socialista Internacional.

[21] Friedrich Albert Lange (1825-1875). Publicista y escritor socialista alemán. Su obra Historia del materialismo, a pesar de su fuerte influencia kantiana, rara como inspiración dentro del mundo del socialismo alemán de esos años, dejó una profunda huella en el socialismo europeo de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Como ejemplo de esto podríamos citar su interpretación favorable del materialismo de Demócrito en relación al de Epicuro, que tuvo mucha más aceptación que la exactamente inversa de Marx. Esto puede verse en fuentes como la biografía que Franz Mehring escribió sobre Marx, en la que critica la posición de su biografiado, o si se consulta la entrada Demócrito en el Diccionario Rosenthal y Iudin de la época staliniana. Volviendo a Lange, a pesar de ser éste un representante intelectual del socialismo en la época en que se cristalizó la hegemonía discursiva del texto marxiano como principal fuente doctrinaria del socialismo, F. A. Lange fue un exponente de una de las características fundantes de esa época del socialismo: el intento de que este coincidiera fuertemente con la evolución de los conocimientos científicos. El libro de Lange fue publicado en español en 1903 por Daniel Jorro Editor y se puede bajar del sitio www.filosofia.org

[22] La Internacional nº3, 5 de setiembre de 1917, pág. 3.

[23] La Internacional nº4, 20 de setiembre de 1917.

[24] Idem anterior..

[25] Al extremo inferior derecho de la tapa de ese número, abajo del mencionado editorial, está colocada una frase Paul Lafargue que dice: “La maternidad y el amor, permitirán a la mujer reconquistar, en la sociedad comunista del porvenir, la posición superior que ocupaba en la sociedad primitiva, cuyo recuerdo es conservado por los mitos y las leyendas de las religiones antiguas”. La frase combina esa mezcla de postulación utópica y divulgación científica del desarrollo de la especie humana que resuena fuertemente en algunos marxismos de fines del siglo XIX y principios del XX.

[26] La Internacional nº1, 5 de agosto de 1917, pág. 1.

[27] Idem anterior.

[28] Al citado ejemplo de Aristóteles, que aparece en el capítulo 1 de Libro I de El Capital podría agregársele un argumento similar planteado por Engels en el prólogo a su libro sobre las guerras campesinas en Alemania.

[29] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917, pág. 1.

[30] A pesar de esta definida afirmación, una frase de Edouard Bernstein aparece entre los sueltos que los redactores colocaban en la publicación. La frase de Bernstein pertenece a su texto Principios para la parte teórica de un programa socialista y su introducción aquí quizás se deba a su afirmación ortodoxa de la centralidad de la clase obrera. La Internacional nº 7, noviembre 13 de 1917.

[31] Idem anterior.

[32] Haciendo a un lado la llamada teoría cíclica de la historia atribuida a Vico, el tan mentado corsi e ricorsi, aparece en El Capital una cita con una implícita carga positiva sobre el autor de la Ciencia Nueva. Marx, Karl (1987) El Capital volumen 2 Libro primero, capítulo XIII, pág. 453. México D.F. Siglo XXI. En esta cita Marx reflexiona sobre la relación de dos tipos de tecnologías: las naturales, formadas por los órganos vegetales y animales que se convierten en instrumentos para reproducir la vida de plantas y animales (acá juega su papel la valoración de los descubrimientos de Darwin, que es mencionado por el editorial de Penelón un poco más adelante), y la de los órganos productivos que el género humano ha desarrollado a lo largo de su historia. Marx afirma que historizar la segunda tecnología resulta, en un sentido, más sencillo ya que, citando a Vico, esa historia la hemos hecho nosotros. Por otra parte, una valoración positiva de Vico como una visión histórica humanista que funge de precursora de una concepción revolucionaria de la historia puede verse en un libro escrito por un crítico literario, en ese entonces influido por el marxismo: Wilson, Edmund (1972) Hacia la estación de Finlandia. Madrid, Alianza.

[33] La idea de espiral aquí está jugada en clave determinista lineal, ya que como dice el texto la “espiral nos lleva a una noción de ley tan clara y precisa como el funcionamiento de una máquina”. Sin la intención de “amonestar” la noción bastante mecánica aquí citada, me parece interesante citar una visión más actual y completamente opuesta de la espiral en la teoría marxista y, al mismo alternativa y más pertinente: “Tanto en sus escritos históricos como en los económicos, Marx parece siempre ver el mundo a través de la metáfora de la espiral: movimientos que siguen algún patrón regular pero que ocurren en varias dimensiones al mismo tiempo y cuyas direcciones pueden ser complejas e incluso ambiguas… La evolución de la historia ocurre mediante desastres, guerras, dificultades, revoluciones y contrarrevoluciones, por lo cual la espiral del mundo real es muy irregular… Para ponerlo un poco más crudo, es una manera de ver cómo la historia a menudo avanza y retrocede al mismo tiempo, pero también ofrece una idea de lo que significa ir hacia delante o hacia atrás, progresar y retroceder” Sutcliff, Bob. (2002). ¿Cuántos capitalismos? Imperialismo y globalización. Mientras tanto. 83, 29-53.

[34] En castellano es relativamente disponible como Bellamy, Eduardo (1946) El año 2000. Buenos Aires. Sopena. Algunos datos generales pueden encontrarse en http://es.wikipedia.org/wiki/EdwardBellamy.

[35] Draper, Hal (1968) Las dos almas del socialismo. Disponible en http://www.marxists.org/espanol/draper/10960.htm

[36] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917

[37] El artículo de Lallement se titula “Un grande triunfo del trabajo humano. La transmisión de la energía eléctrica, la aliada del socialismo”. La referencia utilizada está en Tarcus, Horacio (2007) Marx en la Argentina. Buenos Aires. Siglo XXI, 204.

[38]  La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917.

[39] Publicado el 1º de mayo de 1918.

[40] Publicado el 24 de noviembre de 1918.

[41] Maximalismo fue el nombre que en muchos países recibió inicialmente el bolchevismo ruso. Su utilización por parte de los primeros comunistas argentinos quizás se deba a que el ala del socialismo italiano identificada con la revolución rusa tomó esa denominación (y hay que tener presente que el grupo comunista inicial siempre se sintió próximo a ese partido europeo). En L.I aparece la denominación optativa de bolsheviki. Pero su utilización es, comparativamente, mucho menos frecuente.

[42] Valentí Camp, Santiago (2006) Aquiles Loria. Disponible en www.filosofia.org sitio del Proyecto Filosofía en español. La mayor parte de los datos vertidos acerca de Guillaume De Greef fueron sacados de Alvarez, Pedro F. (1997) La masonería, escuela de formación del ciudadano. Capítulo 2. Comillas: Editorial de la Universidad Pontificia de Comillas y de –es frecuente volver al punto de partida- Tarcus, Horacio (2007) Marx en la Argentina. Buenos Aires. Siglo XXI. 453.

[43] En la Biblioteca Nacional del Maestro figuran dos libros más (en francés) de De Greef: La sociologie economique y La structure generale des societés: sociologie. En realidad el ejemplar de Las leyes sociológicas que se encuentra en la BNM está en francés. La traducción castellana a la que hicimos referencia se encuentra en la Biblioteca de la Universidad Nacional de Córdoba.

[44] También Enrique Del Valle Iberlucea. Ver Tarcus (2007).

[45] El nº 2 está fechado el 20 de agosto de 1917.

[46] Charles Rappoport aparece mencionado en algunos artículos periodísticos de Lenin y en la segunda parte de su libro Materialismo y empiriocriticismo. También en Mi vida de Trotsky se puede leer la siguiente descripción: “Ch. Rappoport, sujeto bastante conocido,  casi marxista y autor de la más larga serie de juegos de palabras que haya podido formar un hombre y dedicando a ello toda su vida” Trotsky, León “Estalla la guerra” en Mi vida. Disponible en http://www.marxist.org/espanol/trotsky.htm

[47] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917.

[48] Idem anterior.

[49] La Internacional nº 2, 20 de agosto de 1917.

[50] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917.

[51] La Internacional nº 2, 20 de agosto de 1917.

[52] El otro texto de importancia paralela que apareció en los primeros números de La Internacional fue un discurso de Turati contra la guerra. Este texto era el artículo importante sobre la coyuntura ya que tomaba el problema político concreto que dividía a los socialistas de todos los países: la actitud ante la Primera Guerra Mundial.

[53] La Internacional nº 4, 18 de marzo de 1918.

[54] Idem anterior.

[55] Idem anterior.

[56] Idem anterior.

[57] Idem anterior.

[58] Los elementos de agitación en la prensa de las organizaciones de izquierda son permanentes. Siempre este tipo de diarios está provisto de consignas y propuestas de acción de diverso tipo. Naturalmente, para lo que se trata de investigar aquí, esto tiene poca relevancia.

[59] Como se verá en algunos casos falta el nombre, lo que quizás indique un fuerte grado de familiaridad o proximidad mayor.

[60] Al que ya hemos citado como parte de la Cooperativa de Publicaciones Socialistas La Internacional en la que formaba parte del grupo de revisores de cuentas. Hacia fines de 1918 su firma aparecerá con cada vez mayor frecuencia en las páginas de la publicación. Escribió dos artículos sobre la cuestión agraria (posteriores a otro firmado por el futuro trotskista José Boglich).

[61] La Internacional nº 7, 1º de mayo de 1918.

[62] Idem anterior.

[63] La Internacional nº 4, 20 de setiembre de 1917.

[64] Idem anterior.

[65] Si bien esta idea se halla en muchas páginas de La Internacional (y dicha con toda claridad después de la escisión), se puede encontrar una exposición concentrada y que abarca todos los aspectos de las críticas del ala izquierda socialista en el texto Historia del socialismo marxista en la República Argentina. Origen del Partido Socialista Internacional (Informe dirigido a la Internacional Socialista y a todos los Partidos Socialistas), publicado en 1919. Incluido en Campione (2005).

[66] Aunque quién escribe esto es conciente que la diferencia entre Bernstein y Juan B. Justo es más notoria que cualquier proximidad o parentesco relativamente superficial. Para una consistente argumentación de la autonomía de Juan B. Justo como teórico basta remitirse a Aricó, José (1999) La hipótesis de Justo. Buenos Aires. Sudamericana

[67] La Internacional nº 4, 20 de setiembre de 1917.

[68] Idem anterior.

[69] Esto se ve en el primer punto en el que, además de lo referente a la historia específica del movimiento socialista, se tocaba la naturaleza del orden feudal y la revolución burguesa.

[70] Andreucci, Franco (1980), cit pág. 37.

[71] Para este punto conviene tener en cuenta los ya citados Corbière (1984) y Campione (2005). El primero de ellos trata esta cuestión en las pág 18 a 25 de su libro y destaca la importancia documental del Informe del Comité de Propaganda Gremial publicado por el ala izquierda socialista y que abarca una memoria de lo actuado entre el 12 de mayo de 1914 y el 31 de agosto de 1917.

[72] El valor y los precios (sin firma) en La Internacional nº 8, 5 de junio de 1918

[73] Idem anterior.

[74] En el inicio del tercer apartado del capítulo 1 de El Capital Marx alude a un personaje literario que es cambiado por otro en la traducción de Juan B. Justo.

[75] Luxemburgo, Rosa. (1976). Estancamiento y progreso del marxismo. En Rosa Luxemburg, Obras escogidas (pp. 129-135). Buenos Aires: Pluma.

[76] La fuerza de trabajo (sin firma) en La Internacional nº 10, 15 de julio de 1918.

[77] Idem anterior.

[78] Idem anterior.

[79] A riesgo de ser repetitivo cabe recordar que el primer número salió el 5 de agosto de 1917. es decir, ya un poco lejos de febrero y muy poco tiempo antes de octubre.

[80] La Internacional nº 1, 5 de agosto de 1917.

[81] Idem anterior.

[82] Idem anterior.

[83] Es conocido que Lenin evaluó la hipótesis de que una revolución social en la Rusia de ese momento histórico tuviese como eje de construcción de un organismo alternativo de poder a los comités de fábrica y ya no a los Soviets (como había juzgado que sería después de la revolución de 1905).

[84] La Internacional nº 4, 20 de setiembre de 1917.

[85] La Internacional nº 7, 13 de noviembre de 1917.

[86] La Internacional nº 9, 16 de diciembre de 1917.

[87] Idem anterior.

[88] Ese papel destacado en el origen de la izquierda y su temprana desaparición física mediante un suicidio poco claro, terminaron convirtiendo a Recabarren en una figura mítica, a la que la casi totalidad de la izquierda reconocía como raíz (inclusive formaciones políticas nacidas a fines de los ’60 como el Movimiento de Acción Popular Unitaria, de neto origen católico de izquierda). Una canción folklórica compuesta por el grupo Quilapayún, en honor a Recabarren, que se titula Padre, hermano y camarada es un interesante indicador de esta mitificación laica de su figura.

[89] En el sentido que le da Marx a esto en la primera de las Tesis sobre Feuerbach.

[90] La Internacional nº 10, 25 de diciembre de 1917.

[91] En algunos números de La Internacional puede verse avisos de propaganda sobre los folletos escritos por el chileno. Los folletos, según Rodolfo Ghioldi (ver Corbière 1984) los editaba el mismo. Los títulos son significativos: Ricos y pobres, El Socialismo, Teoría de la igualdad. Su texto La materia eterna e inteligente era acompañado por la siguiente leyenda: el folleto más claro y eficaz para combatir los errores clericales.

[92] También hay que tener en cuenta que, además de la reproducción de los documentos de la ruptura con el PS y la formación del nuevo partido, hubo dos números casi monográficos dedicados, uno a la Comuna de Paris (La Internacional nº 4, 18 de marzo de 1918) y el número ya citado que contenía los dossier sobre la propiedad, la religión, la familia, etc (La Internacional nº 7, 1 de mayo de 1918). En estos números el material que no estuviese referido al tema central tratado quedó bastante reducido si se compara con un número normal de L.I.

[93] Escrito alternativamente Trotzki, Trotsky o Trotzky.

[94] La Internacional nº 1 extraordinario, 2 de febrero de 1918.

[95] La Internacional nº 2, 16 de febrero de 1918.

[96] La Internacional nº 4, 18 de marzo de 1918.

[97] La Internacional nº 6, 16 de abril de 1918.

[98] La Internacional nº 12, 24 de agosto de 1918.

[99] La Internacional nº 14, 3 de octubre de 1918.

[100] La Internacional nº 15, 3 de noviembre de 1918.

[101] Idem anterior.

[102] Un artículo del socialista italiano Rodolfo Mondolfo trató de reflejar el duelo oratorio entre Martov y Zinoviev en representación de la Tercera Internacional durante el congreso del USPD en octubre de 1920, en el que la mayoría de la izquierda socialdemócrata se unificó con el Partido Comunista de Alemania. Mondolfo, R. (1968). Martov contra Zinoviev y la antítesis entre socialismo y bolchevismo. En R. Mondolfo, Bolchevismo y capitalismo de estado (Estudios sobre la revolución rusa) (pp.47-55). Buenos Aires: Libera.

[103] La Internacional nº 4, 18 de marzo de 1918.

[104] Este destacado militante del ala izquierda socialista y luego del comunismo argentino nació en Italia el 13 de octubre de 1875. A principios del siglo XX llegó a Argentina con su familia y se vincularon al socialismo. Fue redactor de Humanidad Nueva, la revista de Enrique del Valle Iberlucea. Y en 1918 acompañó la escisión del Partido Socialista Internacional, luego Partido Comunista. Su alejamiento de este último es de fecha imprecisa. Fue el primer oboísta del Teatro Colón y publicó numerosas obras literarias (poesía, teatro, cuentos, etc). Murió en 1935. Datos tomados de Corbière, Emilio (1976) La fundación del P.C. Todo es Historia. 106. 6-31.

[105] La Internacional nº 15, 3 de noviembre de 1918.

[106] La Internacional nº 16, 24 de noviembre de 1918.

[107] Idem anterior.

[108] Idem anterior.

[109] La Internacional nº 17, 16 de diciembre de 1918.

[110] Idem anterior.

[111] Idem anterior.

[112] Idem anterior.

[113] Para Mariátegui la civilización capitalista precipita la independencia, aunque la democracia burguesa liberal queda hundida en un contexto feudal y debe esperar la etapa económica apoyada en la explotación y exportación del guano y el salitre para dar un salto cualitativo.

[114] En general las publicaciones de la izquierda orgánica se bifurcan en un diario para las masas, casi inevitablemente de bajo nivel, y publicaciones para públicos universitarios y profesionales en los que aparecen artículos más sofisticados.

[115] Gramsci, Antonio (2004) Antología. Buenos Aires: Siglo XXI. 42-43.