El comunismo y los intelectuales franceses (1914-1966)

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Por David Caute

El libro que presentamos se encuentra hace tiempo agotado en las librerías argentinas. Sin embargo, debido al tema que trabajamos en el dossier -historia de los partidos comunistas, nos pareció esencial recuperar la mirada de David Caute (1936) sobre el Partido Comunista francés (PCF) y su relación con los intelectuales. El autor destaca la excepcional continuidad del PCF a lo largo de la primera mitad del Siglo XX, continuidad que no han mantenido ninguno de los otros Partidos Comunistas de Europa occidental. Ese particular factor, sumado al relevante papel que tienen los intelectuales en la sociedad francesa, fueron elementos lo suficientemente relevantes como para desarrollar el presente texto. A lo largo del libro, se aborda el desarrollo histórico de la relación del PCF hacia los intelectuales. También están presentes los flujos y reflujos de apoyo en sus contextos históricos. Por último, se estudia en particular -como “estudio de casos”- la relación con el PCF de André Gide, André Malraux y Jean Paul Sartre. 

Podrán encontrar en esta entrada el prefacio, la introducción y la conclusión del libro. Esperamos que le sea útil a nuestro lector.


Con verdadero placer presento este libro al lector francés. Pero, lo reconozco, con algún temor. El panorama intelectual francés es un complicado laberinto, y el inglés que osa penetrar en él está destinado a desempeñar el papel del Minotauro. 

No obstante, la visión que de él puede tener un extranjero no es desdeñable. Cada nación tiende a considerar el comunismo local como un fenómeno nacional. Los franceses, que consideran el Partido Comunista francés como un satélite de Moscú, adoptan una actitud distinta cuando piensan en los comunistas individuales. La relación del intelectual con el comunismo lo explican en términos del medio específico: región, psicología de una clase social, ética de un instituto de segunda enseñanza, de un colegio, de una escuela normal. Incluso, a veces, la atribuyen a la influencia de un profesor sobre un discípulo, o a la rivalidad de grupos literarios competidores. 

No hace falta decir que estas consideraciones son importantes: no deben ignorarse las particularidades de la reciente historia de Francia. Pero no dudo que el más fecundo acercamiento del comunismo francés consiste en considerarlo como la variante de un movimiento europeo general. Los factores decisivos de su desarrollo han operado en Europa tanto como en Francia. Esta es, en todo caso, la excusa de mi incursión en tierra extranjera. 

En 1956, Kruschev inauguraba la gran autocrítica del mundo comunista. Una apasionante discusión empezó entonces en muchos países; y aún prosigue. Evidentemente, tal discusión exige un examen del pasado lo más objetivo posible. 

Introducción 

El Partido Comunista francés es el único de los partidos comunistas importantes de Europa occidental que ha gozado de una existencia más o menos continua desde 1920. Aunque oficialmente estuvo fuera de la ley desde septiembre de 1939 hasta la liberación, alcanzó precisamente la cumbre de su poder y prestigio como consecuencia de su actividad clandestina durante la Resistencia. El Partido Comunista alemán (KPD), el más poderoso fuera de la Unión Soviética hasta la toma del poder por los nazis, fue totalmente destrozado en 1933, y reanudó sus actividades después de la guerra en circunstancias  radicalmente distintas, actuando como agente directo del gobierno soviético. El comunismo italiano sufrió un eclipse casi total entre 1926 y 1943-44, el Partido Comunista español gozó apenas de tres años de sustancial actividad y, en Gran Bretaña, el PC ha jugado solo un papel secundario en la vida política de la nación.

Desde cualquier ángulo en que se examine la cuestión, el comunismo francés proporciona gran número de ventajas para el estudio analítico. La más evidente es su continuidad; su política ha reflejado todas las situaciones significativas de la historia de Europa en los últimos cuarenta años. Otra es que haya superado un período de ilegalidad y persecución, pues la auténtica capacidad de un movimiento se pone decisivamente a prueba en tales condiciones. La creciente amplitud, prestigio y riqueza del Partido y, en consecuencia, su confianza en formular opiniones sobre problemas culturales y estéticos, tanto como sobre los políticos y sociales, ha puesto de relieve tendencias que, de otro modo, hubiesen permanecido ocultas u oscurecidas. Y, sobre todo, en cuanto tiene particular relevancia para este estudio, Francia tiene una opinión sin igual acerca de los intelectuales como clase. No sólo los intelectuales franceses se consideran a sí mismos como guardianes de una elevada vocación, la vocación de l’esprit, sino que la misma sociedad tiene una clara tendencia a valorarlos en sus propios términos, concediendo a sus declaraciones una atenta, aunque a veces escéptica, audiencia. Los dirigentes comunistas, que aspiran a dirigir “el Partido de Francia”, y que se sienten inmensamente orgulloso de la herencia cultural de la nación, han participado plenamente en esta tendencia o actitud y han empleado toda clase de persuasiones para atraer a su redil a la crema de los intelectuales, considerando que su apoyo era de la máxima importancia para el Partido. 

Aunque, en cierto modo, esta actitud distingue al Partido francés de otros partidos comunistas, tal distinción en realidad es más de grado que de naturaleza. En Alemania, Italia, España, Gran Bretaña, y cualquier otro país en que desarrolle sus actividades, la misma lógica de su lucha, a pesar de ciertas fases agudamente anti-intelectuales, ha llevado a los partidos comunistas a mirar a los intelectuales con ojo codicioso, por no decir rapaz. La situación francesa, lejos de ser un caso único, constituye solamente el ejemplo más claro de un país en el que los problemas fundamentales del comunismo europeo occidental han sido analizados con la máxima atención, especialmente los derivados de su condición de comunismo minoritario, de comunismo de oposición. Así, nos enfrentamos allí, no a una regulación estatal de la vida cultural, sino a las relaciones entre los intelectuales y el Partido en una democracia capitalista, en la que la ayuda e, incluso la obediencia, se desarrollan en un contexto de libre militancia y derecho al libre abandono. Algunas motivaciones que en determinados casos pueden determinar tales relaciones en un Estado comunista, como el conformismo de la mayoría, el miedo físico, el deseo de seguridad, o la búsqueda de ventajas monetarias inmediatas, pueden ser eliminadas desde el comienzo en el caso que nos ocupa. 

¿Qué entendemos por “un intelectual”? La pregunta, planteada a menudo, no nos hará dudar mucho. La idea de la intelligentsia se asocia a la Rusia zarista y evoca un grupo o conjunto de gentes cultivadas viviendo en el seno de la masa ignorante. Los intelectuales aparecen en una sociedad donde la cultura está más ampliamente difundida. En Francia, la vocación político-social de los intelectuales fue definitivamente establecida por el affaire Dreyfus y el Manifiesto de los Intelectuales de 1898. Es interesante constatar que las definiciones dadas por el Partido Comunista son tan amplias, que presentan semejanzas con la intelligentsia rusa. En 1962, en nombre del Partido, Léo Figuères no sólo clasificó como a tales a los escritores, eruditos y científicos, sino además, a 650.000 “maestros, investigadores, médicos, artistas”, a 350.000 “dirigentes e ingenieros” y a “cientos de miles de técnicos”. A los cuales deben añadirse innumerables funcionarios cuya educación y actividades hacían de ellos unos intelectuales. Pero este inmenso ejército no debe intimidarnos. A los ojos del Partido, esta vasta intelligentsia es una audiencia en perspectiva, un sector influyente en la comunidad, apto para recibir y diseminar ideas sociales y políticas. Más tarde veremos cómo el PCF ha intentado convertir y organizar la intelligentsia a su propio provecho. Ciertas profesiones revisten aquí una importancia particular. Los docentes y los periodistas expanden directa y continuamente sus ideas. En la periferia, y más especializados, lo hacen igualmente los médicos y los abogados. Pero aquí nos ocuparemos, especialmente de los intelectuales creadores: los escritores, los científicos y los estudiantes. En la misma categoría, el Partido engloba los pintores, los escultores y, a veces, los actores; ya que lo que estudiamos es el Partido, sería absurdo ignorarlos. 

No faltan teorías sobre el papel sociológico de los intelectuales dentro de la sociedad industrial moderna. Las teorías seminales de Gramsci parecen particularmente dignas de ser desarrolladas. Pero, sin embargo, el presente estudio no se apoya sobre una hipótesis específicamente funcional. En conjunto, es más descriptiva y analítica que sintética. Quizá pueda contribuir a la discusión sobre la función de los intelectuales. 

Los antecedentes del comunismo francés son abundantes y variados. En tanto que el Partido Comunista de posguerra compartía con el Partido Socialista de preguerra unos fundamentos ideológicos marxistas comunistas, el movimiento de extrema izquierda que se desarrolló a partir de 1917, puede ser asimismo considerado en parte como la última consecuencia de una tradición de violencia revolucionaria que se remonta a 1789 y, en parte, como algo cualitativamente nuevo, importado de una Rusia económicamente atrasada. Pero si en este punto existe algún conflicto o contradicción, ello es algo que los primeros comunistas franceses no estaban preparados para reconocerlo. Desde su punto de vista, la teoría y la práctica del bolchevismo leninista era perfectamente compatibles con la sagrada herencia recibida del Comité Jacobino de Salud Pública, de la Conspiración de los Igualitarios de Babeuf, de las Jornadas de Junio de 1848, de la Comuna de 1871, del ala marxista del Partido Socialista, de la intransigencia anticapitalista de los sindicatos revolucionarios, herencia acumulada a través de las polémicas de un Marata, un Buonarroti, un Proudhon, un Blanqui, un Guesde, e inmortalizada innumerables veces en las calles de París, Lyon y las nuevas ciudades industriales. Y, si bien se trataba de un legado heterogéneo, también lo era singularmente revolucionario, por lo que el comunismo, con su promesa de actuar en tanto que otros se limitaban a hablar, aparecía a gran número de personas como su síntesis lógica. 

Como contraste a esta génesis del PCF, los espartaquistas y los comunistas alemanes de 1918-19 aparecen como una consecuencia más directa de la izquierda marxista del SPD. La Alemania de la preguerra no había conocido una experiencia semejante al movimiento sindicalista francés, que compitió directa y seriamente con el Partido Socialista francés, que compitió directa y seriamente con el Partido Socialista en la lucha por convertirse en el centro de la fidelidad de la clase obrera y en la encarnación de la tradición revolucionaria. Por ello, el PCF fue menos exclusivamente una emanación de la SFIO de lo que fue el KPD del SPD. 

En Francia, el marxismo era menos conocido o asimilado que en Alemania, y ello a pesar de las enseñanzas de Jules Guesde o los escritos de Paul Lafargue, por lo que no es del todo paradójico que en sus primeros años el leninismo apelase casi tan intensamente a los sindicalistas franceses como a los socialistas parlamentarios, aunque la dictadura bolchevique violaba flagrantemente el caro ideal sindicalista de la destrucción inmediata del Estado. En tanto que numerosos sindicalistas creían ver en los soviets rusos órganos descentralizados de control de los trabajadores, los socialistas se dividieron amargamente entre ellos en la discusión acerca de si el comunismo bolchevique constituía una perversión blanquista o narodnikista del verdadero marxismo. Fue aquél un período de intensa confusión doctrinal en la izquierda intelectual, y es posible que no existiesen dos militantes de los que se adhirieron al Partido Comunista en sus comienzos que tuviesen una misma concepción de la naturaleza del credo con el que se habían comprometido. 

No obstante, en los últimos años de la década de los veinte, la verdadera naturaleza de la Tercera Internacional se había puesto suficientemente de manifiesto como para que no quedase duda alguna razonable. De la necesidad de defender las políticas interna e internacional de la Unión Soviética y de la “bolchevización” de los PC, que se operó bajo inspiración de Stalin, se derivó una uniformidad y conformidad crecientes. Las características nacionales y las tradiciones intelectuales particulares, aún cuando permanecieron visibles, fueron reprimidas efectivamente. Muchos de los primeros pioneros, plenamente desilusionados, desertaron o fueron expulsados; lo que pocos años antes había tomado la forma de una síntesis lógica de las tradiciones revolucionarias francesas, aparecía entonces casi exclusivamente como una suerte de importación extraña y poco simpática. 

Hacia el año 1929, el Partido francés, considerado con hostilidad casi universal por los intelectuales de izquierda, con sus filas casi vacías y su representación parlamentaria reducida por la aplicación de tácticas sectarias, parecía hallarse al borde de su total extinción. Pero aún así, en lugar de morir, creció hasta convertirse en el mayor partido de Francia, arropado por un apoyo intelectual probablemente único por su cantidad y calidad. 

A menudo, los no-comunistas se preguntan de modo erróneo cómo, frente a la abundante literatura del desencanto y en una Francia que ha sido una democracia republicana desde 1875, tantos y tan evidentemente honestos intelectuales han podido apoyar un credo tan evidentemente en quiebra. El que este problema sea planteado con más frecuencia por los anglosajones que por los alemanes o italianos, es ya significativo; Gran Bretaña, en el contexto europeo, se ha mostrado como una excepción a la hora de resistir al comunismo como movimiento de masas. Tanto el comunismo italiano de los primeros años, y de nuevo desde 1945, como el Partido alemán anterior a 1933, fueron singularmente atractivos para los intelectuales de izquierda. Y, puesto que los intelectuales franceses, como intenta demostrar este estudio, se han visto indudablemente afectados a la vez por la persistencia de la tradición de violencia revolucionaria a que nos hemos referido y de una perspectiva racionalista, y han sido incapaces de considerar las convulsiones europeas con la misma especie de lejana insularidad tan a menudo presente en Gran Bretaña, es importante remachar desde el principio que la explicación fundamental del crecimiento cuantitativo del comunismo intelectual en Francia (lo mismo que en Italia y Alemania) ha de buscarse en la rápida expansión del Partido Comunista mismo, y en el modo en que ha echado sus raíces, amplia y profundamente, en la estructura social de la nación. 

El Partido contaba, al iniciar sus actividades en 1920-21, con unos 130.000 miembros. En 1924, sus candidatos obtuvieron 880.000 votos y veinticinco de ellos resultaron elegidos. En 1928, consiguió más de un millón de votos en la primera votación pero, a causa de tácticas electorales sectarias, sólo fueron elegidos catorce diputados comunistas y, durante el año siguiente, sus miembros descendieron hasta su nadir, ya que su número apenas llegaba a los 29.000, situación ésta que no mejoraría materialmente hasta después de 1932, año en que sólo obtuvo diez diputados (774.000 votos).

En los años treinta, el PCF llegó a ser, por pimera vez, una fuerza importante en la Cámara de Diputados. En 1936, resultaron elegidos setenta y dos diputados comunistas, que obtuvieron, en conjunto, 1.487.000 (14.9% de los votos depositados) y, en 1938, sus miembros alcanzaban la cifra de 350.000. Como consecuencia del pacto nazi-soviético, y la subsiguiente prohibición del Partido en 1939, resultó inevitable que éste sufriese un severo retroceso;: pero ello, en último término, resultó ser sólo el preludio del período de máximo crecimiento, que se sitúa entre 1944 y 1947, aunque al estimar las cifras de posguerra debemos tener en cuenta la honda discrepancia existente entre los datos oficiales y las bajas estimaciones presentadas por Auguste Lecouer tras su ruptura con el Partido. En 1947, sus miembros rebasaban el millón (oficialmente), aunque Lecoeur estima que no llegaban a 800.000. Desde 1945 a 1947, los comunistas obtuvieron, por primera y última vez, algunos puestos ministeriales en el gobierno, aunque se les mantuvo cuidadosamente apartados de los ministerios claves como el del Interior y el de Asuntos Exteriores. En noviembre de 1946, fueron elegidos 183 diputados comunistas, respaldados aproximadamente por el 26% del electorado. Los miembros del Partido empezaron a disminuir ininterrumpidamente desde 1946. En 1954, su cifra se había reducido a unos 500.000 (oficialmente) o a apenas 340.000 (Lecoeur) y, en 1961, a unos 400.000. Ciertamente estas cifras superan considerablemente a las que pueda presentar cualquier otro partido y, en las elecciones de 1951 y 1956, el PCF conservó la fidelidad de una cuarta parte del electorado, aproximadamente. El colapso y la derrota de 1958, y la incapacidad del Partido para conseguir, desde entonces, una recuperación, aunque fuese parcial, parece poner de manifiesto que el mismo De Gaulle constituye la mayor amenaza a la influencia comunista en Francia. 

Aún más: en términos estadísticos, el PCF puede vanagloriarse de representar a la clase obrera en particular y a las clases oprimidas en general. En 1951, se estimaba que el 47.8% de los trabajadores franceses habían votado al Partido Comunista y, además, existían indicios irrebatibles de que aquel había obtenido un considerable apoyo campesino en la áreas geográficas tradicionalmente orientadas hacia la izquierda. Pero, si queremos enfrentarnos con el problema de la atracción que el Partido ha ejercido sobre los intelectuales, debemos oponer a las estadísticas ciertos factores subjetivos: la imagen del Partido a su crecimiento cuantitativo. En tanto que un análisis detallado de la política seguida por el Partido durante su existencia, en materia agraria, nacionalismo y colonialismo, guerra y paz, sus relaciones con los demás partidos, etc. revela numerosos ejemplos de oportunismo y compromisos incalculados, no es menos cierto que la impresión subjetiva general dominante en numerosos ambientes ha sido la de que ha rehusado cualquier componenda con la política parlamentaria, de alianza incorruptible y continua con el idealismo, de una intransigencia esencialmente revolucionaria. Por supuesto, esta impresión subjetiva  no es totalmente ilusoria, especialmente si se compara con la conducta de otros partidos, especialmente del socialista; se trata ciertamente de una impresión que la mayor parte de los intelectuales de izquierda, incluso enfrentados a la creciente inquietud provocada por las realidades del stalinismo en Rusia y en la Europa oriental, no han podido resistir. 

El PCF, pues ha crecido ampliamente, ha enraizado sus células y secciones en la estructura social de Francia, a la vez que rechazaba como algo meramente provisional su superestructura política. Por ello, la escala cuantitativa de las relaciones activas del Partido con los intelectuales viene marcada por un desarrollo cualitativa, por la formación de un cuerpo disciplinado y coherente de leales precedentes en la historia de Francia. Por supuesto, los intelectuales de todas las tendencias fueron políticamente conscientes durante el siglo XIX, y el Partido Socialista anterior a 1914 obtuvo gran parte de su doctrina, su dirección y articulación, del apoyo de los intelectuales. Pero, sólo el PCF ha sido capaz de modelar un formidable  ejército de intelectuales cuya principal actividad profesional es ajena frecuentemente a la política, pero cuyas actividades como escritores, universitarios, científicos y pintores comunistas, ha sido transformada en un arma unificada de la lucha política general. Los movimientos revolucionarios, las manifestaciones de los trabajadores de 1848, la Comuna de 1871, el affaire Dreyfus, las huelgas de los sindicalistas de los primeros años de este siglo, todas estas acciones, atrajeron y concentraron el apoyo de gran número de intelectuales de izquierda, pero la unidad surgida en tales casos era necesariamente una unidad transitoria, que se deshacía con el derrumbe del suceso o movimiento que le había servido de base, dejando paso de nuevo a las querellas y divisiones entre jacobinos y socialistas, entre anarquistas y marxistas, y entre sindicalistas y parlamentarios. 

Si queremos encontrar un precedente a este tendencia, manifestada especialmente a partir de 1944, que lleva a los intelectuales a unirse al PCF, seguramente habremos de remontarnos al SPD de la Alemania de antes de 1944. Pero, aun así, hay que tener en cuenta que el PCF no hubiese permitido jamás que en sus filas se desarrollase la controversia “revisionista” de Bernstein y la subsiguiente amplia división entre la derecha y la izquierda que desmentia la unidad formal del SPD anterior a la Primera Guerra Mundial. La disciplina propia de un partido, basado en el “centralismo democrático”, adquiere una nueva dimensión que no se hallará entre los partidos socialistas, cuya estructura básica y canales de comunicación han permanecido más abiertos y más democráticos. 

Los intelectuales comunistas penetran en un reino de fuerzas y tensiones que constituye ciertamente una novedad, y que engendra una serie de reflejos y posturas que son del mayor interés. Como ya se ha puesto de manifiesto, el intelectual que vive en un estado no-comunista permanece aparentemente libre de cesar en su compromiso en cualquier momento; pero, el dilema real entre libertad y necesidad, visto tanto desde un punto de vista filosófico como psicológico, está muy lejos de ser sencillo y nunca es fácil de resolver, como intentaré demostrar en este estudio. Así, para el observador externo, puede resultar demasiado fácil establecer analogías con los mundos de pesadilla kafkianos, sólo explicables mediante el psicoanálisis; tales analogías han sido utilizadas frecuentemente como pseudo-descripciones, por escritores que han renunciado al intento de examinar las ideas y objetivos del comunismo marxista en términos racionales, y que han cesado de considerar sus actividades dialécticamente, en función de los defectos de la democracia capitalista. 

Sin embargo, el hecho de que rechace en este libro, especialmente en el Capítulo 1 de su Cuarta Parte, ciertos juicios psicoanalíticos que pretenden explicar el comunismo simplemente como una aberración de los intelectuales, no significa que rechace el análisis psicológico-científico de la político como tal. Por supuesto, no puede dudarse que el radicalismo, como opuesto al conservadurismo, y el extremismo como contrario a la moderación, son actitudes que frecuentemente pueden asociarse a especiales rasgos personales e influencias familiares. Si las bases, en que se fundamenta este estudio sugieren provechosos campos para la investigación psicológica, esta investigación debe ser emprendida, en tal caso, por un psicólogo. 

Dado que el método de análisis que he elegido es fundamentalmente histórico (aun cuando en la Cuarta Parte analizo problemas de filosofía, educación, ciencia y estética, relevantes para cada una de las disciplinas intelectuales concretas), es necesaria una explicación, aun cuando sea somera. Ciertamente, está prácticamente fuera de toda duda que el análisis sociológico del comunismo, que es fundamental cuando se trata de estudiar el comportamiento del proletariado o de los campesinos, tiene un utilidad muy limitada cuando se aplica a los intelectuales. El intelectual que desea comprometerse políticamente se enfrenta ciertamente con una situación social que puede modelar su pensamiento, pero la naturaleza de sus conocimientos y la amplitud de su perspectiva hacen que tanto él como sus decisiones sean relativamente libres. La insistencia de los comunistas en el reconocimiento de la necesidad histórica, la pretensión de que “entre yo y la libertad está el conocimiento”, dan por supuestas demasiadas cuestiones y constituye una fórmula excesivamente mecánica para explicar las diversas respuestas dadas por intelectuales dotados de un origen social similar, una inteligencia similar, y unos estudios similares. La insistencia existencialista sobre la libre elección, aun cuando esté modificada por un armazón marxista, parece, cualesquiera que sean los méritos de su formulación, ser más adecuada cuando se aplica a las decisiones políticas de los intelectuales que cuando se hace a cualquier otra clase. 

Entre los factores que más decisivamente han contribuido al rápido aumento de las clases intelectuales, están el desarrollo de una economía capitalista y de una tecnología industrial, el crecimiento de la demanda de una educación cada vez más y más elevada y el gran aumento del público cultivado. La inestabilidad económica y las contracciones periódicas de la demanda han provocado, a veces, el desempleo intelectual y remuneraciones insuficientes, especialmente en los últimos años de la década de los veinte y los primeros de la de los treinta y, en tales circunstancias, los intelectuales han tendido fuertemente a polarizarse en la extrema derecha y en la extrema izquierda del espectro político. Pero, si en tiempos de crisis la actitud política de los intelectuales está, en cierto modo, influenciada por la amenaza que se cierne sobre su estatuto personal, social y económico, no deja de ser menos cierto que, en realidad, resulta más afectada por las convulsiones sociales que se producen en torno suyo y por la situación de las clases más pobres y más duramente afectadas. Tampoco existen pruebas de que haya ninguna correlación clara entre los orígenes sociales de cada uno de los intelectuales y su orientación política posterior. Tanto la clase superior acomodada como el proletariado explotado  tienen tendencia a ser teóricamente inconscientes de su propia condición, por lo cual, los apologetas de ambos grupos acostumbran a proceder de estratos sociales menos determinados. Los intelectuales comunistas de Francia proceden de la burguesía, las clases medias, la baja clase media y, más recientemente, del proletariado, con alguno que otro aristócrata aislado. La vocación de intelectual tiene a borrar estas diferencias; su modo de vida, tomado como promedio y sin tener en cuenta sus compromisos políticos, se convierte esencialmente en el propio de las clases medias, o algunos prefieren, incluso “desclasado”, lo que parece inevitable en una sociedad como la que conocemos, aunque tampoco sea de otro modo en los países comunistas. Esencialmente, sin embargo, el acto de la afiliación política continúa siendo, en un contexto histórico dado, un acto de convicción, psicología y elección personales. 

Pero tales elecciones no se hacen en el vacío. La puntualización “en un contexto histórico dado” es de la mayor importancia. El comunismo, ni como fuerza intelectual ni como fuerza que actúa sobre los intelectuales, nunca ha sido estático; su fuerza de atracción, como la del Partido mismo, ha sufrido agudas fluctuaciones, íntimamente ligadas a las tendencias políticas y sociales dominantes en Francia, Unión Soviética y Europa en general. En consecuencia, sólo en el marco de la historia francesa y europea pueden comprenderse adecuadamente, no sólo las relaciones políticas manifiestas entre los intelectuales y el Partido, sino, asimismo, las más complejas implicaciones literarias, filosóficas, científicas y artísticas del compromiso con el comunismo. 

El intelectual, pues, decide sus compromisos políticos como agente relativamente libre; algunos se decantan por la derecha, otros por el centro, y otros por la izquierda. Pero cualquier análisis tiene sus límites y yo he intentado explicar sistemáticamente por qué los hombres de izquierda han rechazado las posiciones centristas y derechistas. Mi investigación debe empezar dentro de la izquierda misma, definiendo las implicaciones de la posición comunista en cualquier momento dado, en contraposición con las posiciones adoptadas por la izquierda no-comunista o “democrática”. Los intelectuales “idealistas”, a los que me referiré frecuentemente, han aceptado en su conjunto los fines del comunismo, pero no los medios empleados en la práctica por los bolcheviques y comunistas. Han aceptado un buen número de premisas marxistas, la crítica general de la sociedad capitalista como sociedad basada en el explotación y la guerra, y la creencia en que el proletariado, al liberarse a sí mismo, liberará a la humanidad; sin embargo, han retrocedido ante la “dictadura del proletariado” tal como se ha manifestado en la Unión Soviética, ante lo que los comunistas consideran que es una etapa intermedia necesaria. Para tales idealistas la cuestión de los fines y los medios se ha convertido en un problema obsesivo. En tanto que normalmente han criticado la continua retirada efectuada por los socialistas, declaradamente reformistas del ideal revolucionario, ellos mismo han tenido que refugiarse en una especie de reformismo revolucionario, apoyado en el poder de la persuasión, de l´espirit. 

Pero finalizar calificando de “idealista” a cualquier miembro de la extrema izquierda no-comunista, significaba aceptar el sentido peyorativo que dan a la palabra comunistas. Los trostkystas y los sindicalistas se han fijado como meta la sociedad sin clases, a la vez que rechazaban los métodos stalinistas, pero sería más tendencioso que preciso calificarlos de idealistas. En consecuencia, he intentado utilizar esa palabra con la máxima precisión y discriminación posibles. Por supuesto no hay que confundir al idealista con el “compañero de viaje”, especie de duende cuyos contornos han cambiado constantemente desde que Trotsky lo describió por primera vez como un tipo de escritor populista ruso. El compañero de viaje puede tomarse aquí como un intelectual que acepta y apoya la posición comunista en sus puntos esenciales, en tanto que opta por permanecer fuera del partido.

Conclusión

En 1949, R. H. S. Crossman escribía, refiriéndose a los casos de Gide, Silone, Koestler, Wright, Spender y Fischer, que “la máquina comunista ha separado en un proceso ininterrumpido de selección el grano, y ha retenido sólo la paja de la cultural occidental”. Con referencia a Francia, tal juicio es sólo verdadero a medias; es una generalización que cuenta en su apoyo con numerosos ejemplos individuales, pero que, asimismo, resulta invalidada por muchos otros. 

En la época en que se escribió The God That Failed, Martinet, Souvarine, Severine, Serge, Gide, Rappoport, Nizan y Malraux todos ellos indudablemente “grano”, habían abandonado el PCF. Esto, sin duda, era extremadamente grave y, aún más, la década posterior estuvo caracterizado por nuevas deserciones o expulsiones, como las de Morin, Mascolo, Edith Thomas, Claude Roy, Henri Lefebvre y Marcel Prenant. 

Pero, por otra parte, no resultaría en absoluto razonable aplicar la palabra “paja” a todos aquellos que, tras militar durante un buen número de años en el Partido, o hallarse muy próximos a él, murieron como convencidos comunistas: Barbusse, Signac, Vaillant-Counturier, Solomon, Politzer, Decour, Péri, Rolland, Langevin, Bloc, Aimé Cotton, Éluard, Léger, Marcel Willard, Irène y Fredéric Joliot-Curie. Por supuesto, esto no significa prejuzgar la evolución futura, ni dejar de mencionar a los intelectuales que han permanecido leales largos años: Aragon, un poeta estimable desde cualquier punto de vista; Picasso, Fougeron y Taslitzky, cuya calidad como pintores no necesita apologías;; Eugénie Cotton, Teissier y Wallon, notables científicos; Albert Soboul, gran historiador de la Gran Revolución; Louis Daquin, un director de cine de gran talento. Nadie negará que, bastantes de los mejores intelectuales que llegaron al Partido llenos de esperanza, han sido “separados” por algún medio y lo han abandonado desilusionados. Pero, entre los que han permanecido en él, puede encontrarse mucho trigo entre la paja. Mencionar a hombres como Brecht, Laxness, Neruda, Bernal y Hobsbawm, sólo significa recordarnos que ello no sólo es cierto para Francia. 

Es indudable que la historiografía del comunismo en la Europa occidental y, especialmente, la de sus simpatizantes intelectuales, ha estado larga y  firmemente en manos de ciertos excomunistas, y de aquellos que han tenido que basarse en sus pruebas y en sus actitudes mentales. Sus conocimientos íntimos de los hombres y de las situaciones, y la intensidad de sus experiencias, proporcionan algunas de las pruebas más valiosas de cuantas están al alcance de los historiadores, pero sus juicios retrospectivos convergen demasiado frecuentemente en un tipo de explicación con el que ya nos hemos tropezado, la explicación “aberrante” que quiere refutar al comunismo (y también ciertamente al marxismo) en cualquier forma, menos en la suya propia. Por supuesto, han existido excepciones, entre las cuales, Witness, de Whittacker Chambers es, tal vez, la más notable. También la Autocritique de Morin está llena de valiosos conocimientos. En cualquier caso, no nos enfrentamos con una categoría determinada de hombres, sino con el modo de pensar en el que tienden a coincidir dos procesos paralelos. Por una parte, los que abogan por esta línea de explicación, representan una cierta retirada de la pura razón, en la medida en que arguyen que aquellos que veneran una “razón” fría, insensible, acaban por venerar la obra de sus propias manos, unas manos manchadas de sangre. En este sentido, hay que señalar el caso de Koestler. Además, al mismo tiempo exponen, o intentan hacerlo, la debilidad del marxismo en cuanto explicación histórica racional y en cuanto guía racional para la acción política. Al considerar la “razón” como una entidad indivisible, como una línea que va desde un conjunto dado de pruebas determinadas a una conclusión dada, se ven forzados a concluir de que los intelectuales comunistas, a pesar de que manifiesten lo contrario, no pueden haber ingresado en el Partido obedeciendo criterios racionales. En este punto hace su aparición la explicación del “opio” o “aberrante” . Los ex-comunistas adoptan hacia el comunismo la misma actitud que el marxismo frente al cristianismo, acusándole del error de creer que es una realidad objetiva lo que sólo constituye una compensación a algunos deseos personales o sociales, una incapacidad de adecuarse al mundo real. En ambos, se rechaza la posibilidad de que puedan existir conjuntos contradictorios de pruebas o líneas de deducción opuestas. Y, en ambos casos, en consecuencia, el análisi se inutiliza a sí mismo. 

Según algunos, el comunismo es, verdaderamente, un sustituto de la religión que intenta destruir. El hecho de que los movimientos comunistas hayan sido poderosos en Francia y en Italia, esto es, en la Europa católica, proporciona una fuerza superficial a esta teoría. En este momento uno recuerda los escritos más místicos de Aragon pero éste escribía, según el momento, como oportunista, místico o sentimental. El comunismo ha conseguido un vigoroso crecimiento natural entre los intelectuales, en numerosos países que, normalmente, no se asocian a un ethos religioso dominante. En Francia, la lucha contra la Iglesia ha sido, históricamente, un asuntos de francmasones, radicales, y socialistas; existía ya más de medio siglo de historia de victoriosos combates detrás de él, antes de que el Partido Comunista viese la luz del día. Rolland nunca se libró totalmente de su tendencia mística; Barbusse hablaba de jesucristo; Péri comparaba sus artículos cotidianos para L´Humanité con un sacramento religioso; Gide manifestaba que estaba sustituyendo por una causa política otra religiosa; pero, en conjunto, lo que llevó a los intelectuales al Partido fue el temperamento racionalista, aunque se tratase de un racionalismo dotado de un fervor casi religioso. 

De nuevo se nos dice que la inclinación del intelectual hacia el “mito marxista” debe atribuirse, en gran parte, a la “búsqueda de la santidad a través del martirio”. Pero la palabra “mito” implica aquí más de un error; tienen deliberadamente tonalidades metafísicas, negando así una vez más la posibilidad de una adhesión racional al comunismo. Más ¿qué intelectuales comunistas franceses han buscado la santidad o el martirio? Tal vez Malraux, en un sentido bastante vago. Las víctimas comunistas de la Gestapo hicieron cuanto estaba en su mano, excepto ser cobardes, para evitar su detención y muerte. Los profesores represaliados, como un Joliot-Curie o un Tessier, dimitieron de sus puestos en la administración sin hacer manifestaciones de santidad. ¿Ha habido alguien más experto que Brecht en evitar cualquier molestia, viniese de donde viniese? Fuesen o no “les lendemains qui chantent” una mera euforia futurista, los comunistas nunca han manifestado ninguna predilección especial por lo mórbido. 

Una nueva variación del tema del “opio” es la aseveración de que los PC se componen, fundamentalmente, por gentes que no debían pertenecer a ellos. En consecuencia, “la fundación del Partido fue llevada a cabo por aquellos productos de la sociedad moderna…que supersocializan su deseo de posesión e integración”. Es cierto que en 1944 Picasso hablaba de que siempre fue un exiliado y de su deseo de hallar una nueva patria. Y Aragon se refería al Partido llamándole “la Famille”. Por supuesto, que la imagen del Partido como una unidad fuertemente cohesionada en la que reina la camaradería, ejerció una notable atracción sobre los intelectuales, especialmente durante la Resistencia. El Partido Comunista, decía Thorez, no es un partido como los demás. Pero, cuando se piensa en las largas dudas de Rolland, Bloch, Langevin, Jourdain y de numerosos intelectuales más, sus escrúpulos y exámenes de conciencia, o cuando se recuerda el constante flujo de intelectuales que han entrado y salido del Partido, a Souvarine, Martinet, Magdeleine Marx y Serge, que estaban presto a abandonar a “la Famille” por cuestiones ideológicas, entonces no pueden menos que provocar un gran escepticismo cualquier generalización sobre las gente que supersocializan sus deseo de posesión. 

En nuestro estudio hemos examinado a los intelectuales que se han unido al comunismo bajo diversas influencias históricas, como la Primera Guerra Mundial, la Revolución bolchevique, el anticolonialismo, los planes quinquenales, el 6 de Febrero, España, el apaciguamiento, la Resistencia, el deseo de romper con el sistema de la Tercera República, el antiamericanismo. En algunos casos, su conversión fue precedida de una adopción del marxismo, en otros no. Lo más notable, la impresión abrumadora, es la de juicios cerebrales, empíricos, realizados en el contexto de ciertas creencias sociales y morales. El comunista, como cualquier otro hombre, realiza un juicio empírico. Si se equivoca, es un error de juicio. Pero, puede preguntarse  ¿por qué de fe o de dialéctica? ¿Por qué han de ajustarse al empirismo?.

El significado y la validez del método “dialéctico”, en cuanto opuesto al “empírico”, es ciertamente una cuestión muy compleja. Pero, aún en el caso de que, como pretenden los marxistas, los hombres piensen dialécticamente, la conversión a la filosofía específicamente determinista, materialista y marxista del materialismo dialéctico, sólo puede derivarse  de una percepción personal, de un juicio más o meno “empírico” de que el materialismo dialéctico es, de hecho, la aproximación más avanzada y “científica” a la realidad. De este modo, en un cierto sentido, el mero “empirismo” sólo puede trascenderse mediante una serie de juicios “empíricos”, como resultado de los cuales el intelectual cree que ha progresado en su propia vida hacia la madurez dialéctica; del mismo modo que la misma sociedad, o su parte más “avanzada”, lo hizo en el siglo XX. 

Hablar de “madurez dialéctica” no significa necesariamente respaldar el marxismo, sino simplemente formular una observación obvia dentro de los términos marxistas de referencia, y establecer un modelo temporal, una secuencia definida de acontecimientos mentales, del mismo modo que se puede describir el proceso de desarrollo de las religiones desde la magia, sin necesidad de comprometerse con una u otra. Si los intelectuales ingresan en el Partido sin un previo conocimiento del marxismo, es fácil que su decisión obedezca, más que a otra cosa, a motivaciones evidentemente empíricas, a una consideración de los pros y los contras de la situación política y social inmediata. La necesidad romántica, el deseo de luchas, el odio, la pasión, pueden ser elementos que contribuyan a la decisión final, pero ello sólo significa afirmar la existencia de una base emocional de la acción política y, especialmente, que la acción radical se da raramente a sangre fría. La cota emocional del comunismo parece, a menudo, que es anormalmente alta, debido a la postura extremista y rebelde del Partido, pero, una situación como la que se desarrolló tras la victoria del Frente Popular, reveló de inmediato las capacidades de reacciones emocionales de las supuestas clases estables y conservadoras. Defender una opinión equilibrada no quiere decir que haya uno de retirarse a un rincón neutral o relativista. Pero resulta esencial, al juzgar las acciones de los intelectuales comunistas, no sólo evitar considerarlos desequilibrados psicológicos, ajenos a la razón, sino también aceptar, aunque sólo sea con fines especulativos, las premisas de la izquierda y, cuanto menos, aquéllas que no son exclusivas de los comunistas, sino también propias de los trotkistas, idealistas, y los partidarios de una Tercera Fuerza. De otra manera, el problema esencial de los fines y los medios se pierde de vista en el remolino de argumentos técnicos y dudosos. Así Raymond Aron ha intentado explicar (o poner en ridículo) la conducta de los intelectuales marxistas, negando todas sus premisas y rechazando como míticas todas las ideas básicas de la izquierda, la Revolución y el proletariado. Raymond Aron cree en un capitalismo dirigido, en los ajustes técnicos, en las reformas. La lógica de su completa demolición del marxismo como doctrina relevante en la mitad del siglo XX, y su negativa a considerar a sus oponentes como locos completos, le lleva inexorablemente a la teoría del “opio”; no quiere colocar una “razón” frente a otra y, en consecuencia, nos habla más del marxismo que de los marxistas. 

En segundo lugar, nos encontramos con el problema de la fe. El  intelectual, una vez que ha realizado su juicio empírico original, una vez ha llegado a aceptar la praxis comunista, puede verdaderamente basarse en una cierta dosis de fe. El stalinismo, que rehacer el marxismo de arriba abajo, y que sustituye por el dogma y la aceptación incondicional, el estudio real, crítico, de las condiciones existentes, no podía menos que fomentar esta tendencia, a menos que los intelectuales tuvieran la fuerza de realizar una rápida retirada. También es cierto que el Partido COmunista, con o sin Stalin, no puede ser nunca una sociedad de discusión, y el intelectual debe aceptarlo en nombre de un bien mayor. 

Pero, tal “fe”, como se manifiesta más generalmente entre los intelectuales comunistas franceses, puede ser más adecuadamente considerada como ley de compensación. Ésta ha asumido dos formas principales: o bien las informaciones desfavorables acerca de la situación rusa se rechazaban por venir de fuentes hostiles, o se compraban deliberadamente los efectos reconocidos con el bien mayor, el presente con el futuro. El primer aspecto es uno de los que diferencian a los comunistas de sus adversarios, los defensores del Estado burgués-liberal-reformista, pocos de los cuales consideran que las críticas hechas a aspectos particulares de la vida de Europa occidental constituyen un síntoma del total hostilidad al sistema como tal. Asimismo, y ello es igualmente importante, tales intelectuales, y gran parte de la prensa, despliegan una persistente actitud crítica hacias los pecados y omisiones de su propia sociedad, cosa que no hacen los comunistas. Pero , el segundo aspecto de la ley de compensación, no es exclusivo de los comunistas. Los intelectuales franceses, que han aceptado generosamente la Tercera o la Cuarta República, lo han hecho a pesar de Versalles, la política interior del Bloque Nacional, Marrueca, Siria, Indochina, el régimen de Chiape, el desempleo, la corrupción parlamentaria, el desamparo de la República Española, Munich, el mccarthismo, Suez, Argelia. Los intelectuales pueden haberse opuesto a tales hechos e, incluso, criticado abiertamente, pero, cuando han tenido que elegir fidelidad definitiva entre el Partido Comunista y aquellos otros partidos que defiende el statu quo (en su sentido amplio), cuando han tenido que definirse respecto al compromiso de Francia con un bloque determinado, con la alianza occidental, con uno de los grandes sistemas contrapuestos, han tenido que hacerlo, si finalmente optan por el sistema occidental, a pesar de sus defectos. Esto es un punto ciertamente elemental, pero que ha sido frecuentemente olvidado. Merleau-Ponty lo puso de relieve contra Koestler. Este aspecto de la ley de compensación funciona en cualquier situación. 

Sin duda alguna, la ley de compensación -o la necesidad de comprometerse- ha supuesto un acusado cambio en el carácter y las perspectivas de los intelectuales comunistas. Las esperanzas de la primera generación no tenían límites. Un grupo considerable de sus miembros abandonaron el Partido en enero de 1923, simplemente porque el Komintern consiguió imponer su política de Frente Unido. Poco después, otros lo dejaron porque creían que Trotsky o Souvarine habían sido tratados incorrectamente. Tal sensibilidad hubiese sido inconcebible en los intelectuales “bolchevizados” de años posteriores, que aceptaron el brusco cambio de línea del sectarismo de izquierda al Frente Nacional, más tarde el pacto nazi-soviético, los considerables errores de la posguerra sobre el colonialismo y, finalmente, la dura línea impuesta a partir de 1947 en el campo cultural. Como clase, los intelectuales comunistas se endurecieron, restringieron sus expectativas inmediatas, y confiaron cada vez más en el principio de compensación. Incluso hay signos de que esta evolución se refleja entre los idealistas; la observación que hizo Vercors en 1947, de que él y sus amigos sabían perfectamente que la política no es un asunto de santos y de poetas, difícilmente hubiese sido realizada por los rollandistas en los años veinte, tal era su fe en un espíritu puro. 

Paralelamente, un duro núcleo de intelectuales comunistas se desarrolló en íntimo contacto con el Comité Central y la Secretaría del Partido, dando una rápida guía sobre todas las cuestiones y eliminando poco a poco a los recalcitrantes. Puede argüirse plausiblemente que la brecha real, en términos de temperamento y carácter, separaba, no la masa de los intelectuales comunistas y los idealistas, sino a los duros stalinistas del resto. Fue a través de tales hombres, los directores de las publicaciones del Partido y de sus órganos culturales, como la dirección coaccionó y disciplinó a la mayoría. Con respecto a los stalinistas, no se trataba de inclinarse a un lado u otro de un razonamiento delicadamente equilibrado; ellos eran una nueva casta, un ejército de escribas y de sargentos mayores de la literatura. 

Como dijo Henri Lefebvre: “Con estas técnicas se obtienen excelentes resultados. Los pequeños burgueses, los intelectuales, rivalizan en celo. Se muerden los puños y se sacrificarían hasta la muerte para hacer olvidar sus orígenes…El intelectual renuncia así sinceramente y, al mismo tiempo, voluptuosamente, al intelectualismo y, con ello, a la inteligencia y a las exigencias del conocimiento. Cuanto más renuncia, más se siente fuerte y revolucionario…”. Naturalmente, Lefebvre había ya dejado el Partido cuando escribió estas palabras; se le puede acusar, pues de parcialidad. Pero, recientemente, desde el interior de las filas del Partido, Louis Althusser, ha hecho la misma observación: “…los intelectuales de origen pequeño-burgués que vinieron entonces al Partido, se sintieron obligados a pagar en pura actividad, o en activismo político, la deuda imaginaria que ellos pensaban haber contraído de no haber nacido proletarios…Filosóficamente hablando, nuestra generación se ha sacrificado, ha sido sacrificada únicamente por combates políticos e ideológicos; quiero decir: sacrificada en sus obras intelectuales y científicas”

Si aceptamos las premisas de la izquierda, queda de manifiesto que la tragedia del comunismo francés no consiste en los intelectuales que sedujo o que perdió, sino, más bien, en los que mutiló. En una atmósfera cada vez más opresiva, el cuarto principio de utilidad, el menos creativo, sofocó gradualmente y oprimió al segundo y quinto, los más creadores. Algunas nulidades dijeron a Prenant qué debía pensar; Lefebvre fue desterrado y humillado por sus propios discípulos; Picasso, Léger y Pignon restaron silenciosos cuando Fougeron decretó las leyes de la pintura; escritores preocupados por la forma y el estilo abandonaron la lucha bajo la sombra amenazadora del régimen Zhdanov-Casanova. Malraux, Koestler, Gide, Sartre y Camus han sido atacados, no por hombres de su mismo calibre, en términos intelectuales, que podían haberse ganado el respeto general, sino por “hombres inmaduros”, que recurrieron a la calumnia personal, a la difamación y al insulto. En público, sólo se oía una voz, la voz de la minoría stalinista. El resto, más duros que, en los años veinte, eliminaron sus resentimientos y maximizaron el principio de compensación. Eliminados como creadores, incapacitados para correr el riesgo que implica la experimentación necesaria para crear una literatura o un saber marxista auténtico y vivo, padecieron la doble carga de tener que aparecer en el exterior como culpables por asociación. 

El stalinismo intelectual se basaba en tres errores. En primer lugar, negaba, toleraba o justificaba las atrocidades. En segundo lugar, abandonó las normas generalmente aceptadas de debate y argumentación que los mismos comunistas, nominalmente admitían en sus alusiones sobre Descartes, la Ilustración, el nuevo racionalismo, todas las “dimensiones espirituales” de Francia, etc. Finalmente, aplastó sus propios objetivos a largo plazo, los principios de utilidad que eran su raison d`étre. 

El último punto se deriva de los dos anteriores. El intelectual comunista que vive en una sociedad no-comunista debe ser un apóstol, un evangelizador que trabaja entre los no-conversos; debe colocarse en la vanguardia de los descubridores que exploran un territorio no conquistado. Pero, los intelectuales stalinistas adulteraron su propia capacidad de evangelización y la de todos los intelectuales comunistas. Al defender ciegamente todos los aspectos de la vida soviética, los juicios, el antititoísmo, al negar contra toda evidencia la existencia de un trabajo forzado, al elevar a dirigentes políticos mortales a la categoría de una especie de santos y de genios, al exigir, en la práctica, cuando no también en la teoría, la aceptación de una aproximación dictatorial al arte y a la cultura, violaron la sensibilidad de una audiencia potencialmente simpatizante. El razonamiento tan típico de esta mentalidad burocrática, de que era necesario defender por todos los medios posibles a Lysenko de los ataques burgueses a la ciencia soviética, olvidaba la cuestión esencial de que los métodos y argumentos utilizados sólo podían conducir, por un proceso de reflexión directa, a originar las peores sospechas acerca de las condiciones en que habían de trabajar los biólogos soviéticos. Una posición intelectual y, especialmente, una técnica, no puede defenderse como si fuese una pétrea fortaleza, con hondas y flechas. Y, cuando, finalmente, se admite el error, los intelectuales stalinistas quedan doblemente desacreditados, no sólo por haber estado equivocados, sino a causa de la perniciosa forma en que lo han estado. 

Por otra parte, puede decirse que los intelectuales dirigen sus razones a los obreros y campesinos, que la necesidad fundamental es preservar la unidad y moral del proletariado frente a la propaganda anticomunista. De aquí se derivan varias cuestiones. Se supone que el Partido no saca sus valores de la clase obrera para engañarla. Pero existe una objeción más práctica; en tanto que los intelectuales se han interesado principalmente en los asuntos internacionales, en problemas culturales que trascienden las fronteras nacionales, ha sido la situación política y económica interna la que ha hecho que las masas den su apoyo al Partido. En realidad, en numerosos casos, un intelectual se ha encontrado a sí mismo criticando en su exasperación al proletariado, por su falta de interés por los juicios, el trabajo forzado, el antisemitismo e, incluso, la Revolución húngara. Los problemas de la genética o de un énfasis hegeliano excesivo en el campo de las ideas, no han atraído la imaginación del proletariado. No es necesario explicar a los campesinos, que formaban aproximadamente un 30% de los miembros del Partido en los primeros años de la década de los cincuenta, que L´Homme Révolté de Camus había sido financiado por Wall Street o que no aparecía ni una sola mujer sana en las obras de Koestler; nunca habían oído hablar ni de Camus ni de Koestler. Si el culto de la personalidad tiene su “utilidad” entre las masas, por otra parte, pone de relieve un desprecio antimarxista de la mentalidad popular. Puede ser cierto que las novelas de Stil o los cuadros de Fougeron aumentan la conciencia de clase de los trabajadores urbanos. Incluso así, seguramente tales obras podían haberse concebido sin necesidad de un dogmatismo estéril en el reino de la teoría, de una desconfianza por la experimentación que silencia todas las musas, excepto las más ortodoxas. 

Resulta claro, pues, que los intelectuales comunistas, como clase, no pueden ser acusados de lo que un crítico llamaba “una humildad casi patológica frente al Proletariado”. Rolland, Barbusse, Bloch, Gide, Léger y Langevin, compartieron la “pasión”, el sufrimiento de los explotados, pero su preocupación fundamental consistió en crear un sistema social en el que los trabajadores pudiesen dominar y, en consecuencia, trascender, la prosperidad y la cultura burguesas.  Si tales intelectuales eran educadores en espíritu, los stalinistas lo han sido incluso más, a pesar de sus acatamientos verbales a los valores proletarios. Sin embargo, no se trata esencialmente, de que el intelectual dirija al obrero o viceversa, ya que entre ambos se alza una barrera infranqueable, el Partido, el filtro stalinista. El obrero ha sido cuidadosamente preservado de aquellos que no fuesen escribas o ministros de culto. Dadas las premisas de la extrema izquierda, no era más fácil a los intelectuales, como dice Mascolo, permanecer fieles a su vocación de Comunista con “C” mayúscula que desertar de su ideal de comunistas con “c” minúscula. Tal era el dilema. Los signos de un cambio se han manifestado en los últimos tiempos. ¿Qué presagian tales signos? Es aún pronto para decirlo. 


Fuente: Caute, David (1968). “El comunismo y los intelectuales franceses”. Barcelona. Colección Libros Tau.