El papel de Rodney Arismendi y la cultura de la unanimidad

Print Friendly, PDF & Email

Por Marisa Silva

El hecho de que el nuevo secretario general fuera Rodney Arismendi fue un elemento de peso en el funcionamiento del pc en el período y un factor que es preciso analizar con relación al tema de la unidad interna como ingrediente sus-tancial en la identidad comunista.

A partir de la década de los sesenta, Arismendi se convirtió en un referente latinoamericano del movimiento comunista internacional liderado por la URSS y en un interlocutor de cierta relevancia entre los partidos comunistas del mundo alineados bajo su égida.(1)

Es que al analizar este partido que se enorgullecía de su inquebrantable unidad no se puede dejar de considerar lo que les significó a los comunistas de este pequeño país latinoamericano ser conducidos por una figura con proyección internacional. A partir de la década del sesenta la historia del pc, su modo interno de operar, su línea política y su institucionalidad estuvieron determinados por el hecho de que su primer secretario (2) no solo fuera una figura pública nacional, sino también, y predominantemente, una figura con cierto reconocimiento en un movimiento comunista dividido, resquebrajado e intensamente conflictivo (3).

Rodney Arismendi no fue, entonces, solo el primer secretario de su partido; fue para los comunistas la cabeza pensante, el dirigente valorado y admirado. Se lo escuchaba, se lo leía, se lo estudiaba, se lo repetía. No se le discutía, no porque no se admitiera la discusión, sino porque se consideraba que no había nada para discutir. No se discrepaba con él, no porque un mecanismo explícito o implícito lo impidiera, sino porque lo que se intentaba hacer con sus ideas era entenderlas, comprenderlas, interpretarlas. Para los comunistas uruguayos de ese período Arismendi era un genio político, y el que un dirigente así fuera su primer secretario fue motivo de orgullo respecto a otros partidos comunistas latinoamericanos.

En 1996, Jaime Pérez escribía en su autobiografía:

(…)porque lo que dijera Arismendi era aceptado por todo el mundo y nadie se ponía en su contra […] una confianza en Arismendi casi absoluta. En este sentido él se podía mover con total comodidad. En todo este proceso del 55 al 71, no es que no haya habido coincidencia en todas las cosas en la dirección del Partido y en su Comité Central, pero en los casos en que aparecía alguna diferencia siempre había una abrumadora ma-yoría de apoyo a la línea que se estaba llevando adelante (4).

Respecto a todo el núcleo de la dirección del Partido, Arismendi estuvo muy por encima, realmente descolló. Tenía una cultura que rebasaba en mucho la norma media y un conocimiento teórico muy profundo con una capacidad intelectual para indagar en los procesos latinoamericanos. Se puede decir que hubo otros compañeros muy capaces pero ninguno de nosotros vio tan lejos como él la perspectiva futura […] (5)

Además de la valoración de sus obras teóricas y de sus in-formes partidarios, además de la admiración por el papel que su dirigente jugaba en el movimiento comunista internacional, los militantes admiraban en Arismendi su faceta parlamentaria. Diputado entre 1946 y 1973, reconocido por la oposición como un político de fuste, protagonista de importantes interpelaciones en la década del sesenta, autor de importantes proyectos de ley relativos a los derechos de los trabajadores, pieza fundamental en las discusiones parlamentarias sobre el presupuesto, negociador, buen orador, el dirigente comunista era considerado en su propio partido como la figura pública más importante de la izquierda uruguaya también en el escenario parlamentario, que se consideraba otro frente de lucha.

Los dirigentes que participaron en el llamado golpe del 55 quedaron en alguna medida marcados por ese episodio y, particularmente, por lo vivido en la organización bajo la con-ducción de Eugenio Gómez. Las acusaciones de corrupción y amiguismo y lo que después del XX Congreso del PCUS se denominaría culto a la personalidad llevarían a aquellos dirigentes que la habían denunciado a jerarquizar de modo muy enfático la dirección colectiva.

El hecho de que Arismendi ocupara el cargo de primer secretario a partir de esa crisis marca algunas características de su personalidad como dirigente. Arismendi era un anti-Gómez en cuanto a sus relaciones con los otros dirigentes, con los cuadros, con los afiliados. Había en él una búsqueda deliberada de equidistancia, de sobriedad, de transparencia respecto a sus vínculos con el conjunto de los militantes.

Pero si bien la dirección era efectivamente colectiva (Secretariado, Comité Ejecutivo y Comité Central) en lo que se refiere a los lineamientos centrales del PC, tanto en lo nacional como en lo internacional esa dirección llevaba la marca inequívoca del pensamiento de Arismendi. La dirección era colectiva en cuanto elaboraba creativamente cómo producir políticas y prácticas que reflejaran con coherencia aquellos lineamientos, pero no era colectiva a efectos de la producción de teoría.

En lo que puede ser una suerte de división del trabajo, los otros dirigentes del PC se especializaban en determinadas áreas de la realidad nacional (la Universidad, el movimiento sindical, algunos temas económicos específicos, el movimiento estudiantil) y del propio partido (lo organizativo, lo propagandístico, la prensa partidaria, la juventud, las mujeres, los intelectuales).

Esa división del trabajo a nivel de la dirección se fundaba en un objetivo prioritario: se priorizaba la acción. La dinámica del propio proceso histórico, la necesidad de volcar esfuerzos intelectuales en analizar la realidad del país y las urgencias coyunturales colaboraban para que la especialización se volviera cada vez más necesaria y operativa. No era, por cierto, una división según la cual unos pensaban y otros hacían. El asunto es qué pensaba cada uno.

Si se analizan, por ejemplo, los artículos sobre aspectos teóricos publicados en la revista Estudios por otros dirigentes comunistas, no se advierte en ellos ningún matiz, diferencia o énfasis particular respecto a la obra de Rodney Arismendi.

Sin duda, José Luis Massera fue —además de Arismendi— el intelectual más destacado del PC. En sus libros y en sus numerosos y densos artículos en Estudios es posible reconocer su profundidad y la magnitud de sus aportes teóricos. Sin embargo, fue Arismendi quien formuló por primera vez y quien desarrolló los grandes lineamientos del Partido Comunista uruguayo, y fueron sus libros y sus informes al Comité Central los referentes ideológicos que sostuvieron la línea política en el período considerado.

Esta modalidad de funcionamiento se sustentaba, pues, en una confianza plena en Rodney Arismendi, a quien se vivenciaba como el único capaz de comprender y elaborar los lineamientos estratégicos o los fenómenos cada vez más complejos que sacudían al movimiento comunista internacional y a la izquierda latinoamericana.

Se lo percibía como un verdadero intelectual marxista, pero no se lo contextualizaba en el pensamiento marxista latinoamericano de origen no comunista —que en general el colectivo partidario desconocía—. Se reconocía en Arismendi un interlocutor de Fidel, del Che, de Mao y de los sucesivos dirigentes del PCUS. Estas cercanías —en el imaginario colectivo e individual— generaron un gran prestigio que trascendió la persona del dirigente para convertirse en orgullo partidario.

Para entender la valoración de los comunistas respecto a Rodney Arismendi es fundamental destacar que, dado que no se debatían los puntos de vista de otros teóricos marxistas latinoamericanos y europeos que estaban produciendo al mismo tiempo, la obra teórica de Arismendi aparecía des-provista de su contexto ideológico. Al no ponerlo en relación con otros pensadores latinoamericanos —por ejemplo, con el peruano Mariátegui, o con el brasilero Carlos Nelson Coutinho, o con el cubano Fernando Martínez Heredia, o con los textos teóricos del Che—, se lo leía y se lo escuchaba sin su necesario contrapunto, lo cual generaba una mayor admiración (6).

Dicho de otro modo: aquellos comunistas no hubieran dicho de su dirigente que era uno de los principales teóricos latinoamericanos prosoviéticos, como indica el prestigioso sociólogo M. Lowy (7). Seguramente habrían dicho que era el principal teórico marxista latinoamericano. En ese sentido, cierto aislamiento intelectual respecto al resto de América Latina y, particularmente, una actitud poco proclive a la polémica les impidió una valoración más medida de su dirigente, aun en el acuerdo con sus postulados.

Esta suerte de idealización, tanto de Arismendi como del propio partido, puede inscribirse también en el mito de la excepcionalidad de nuestro país respecto a América Latina. En definitiva —independientemente del juicio que sobre este punto se tenga—, parece muy uruguaya esta idea de que el partido uruguayo y su dirigente eran muy distintos a sus camaradas latinoamericanos. Lo que sí resulta evidente es que esa convicción de la excepcionalidad de Arismendi —que no carece de asidero en la realidad, como se ha visto— operó como un freno para el debate interno.

Así como se consideraba que la izquierda tenía una conciencia de la que carecía el pueblo —que aún votaba mayoritariamente a los partidos tradicionales—, así como se pensaba que dentro de la izquierda el Partido Comunista era la vanguardia que debía guiar a esa izquierda y a ese pueblo por el camino correcto en el proceso revolucionario, así —en una lógica de círculos que se empequeñecen o una arquitectura de vértices sucesivos— el primer secretario del partido comprendía lo que los otros comunistas no tenían por qué comprender por sí mismos y guiaba, por eso, al conjunto de la organización.

En el lenguaje comunista el verbo comprender revelaba una actitud que era clave en cómo cada uno se insertaba en la militancia cotidiana. Había una delegación del pensamiento en la medida en que había una verdad a la que se podía acceder. Para eso era necesario entender con profundidad los fundamentos de una ciencia, el marxismo, que no estaba al alcance de todos ante cada hecho histórico. Ese mecanismo de delegación era particularmente ejercido ante las complejidades de los conflictos del mundo comunista: el conflicto chino-soviético o la invasión a Checoslovaquia.

Anótese, además, que esa delegación del pensamiento propio no implicaba pasividad, pues se producía en el contexto de las luchas cada vez más intensas del movimiento popular. Las urgencias de la acción política, las tareas que cumplir en los sindicatos, en el parlamento, en los gremios estudiantiles, en la prensa, en el financiamiento del partido, en fin, la práctica cotidiana y sus demandas coadyuvaban para que la confianza en la dirección y, en particular, en Arismendi se viviera sin traumatismo ni conflicto. Por otra parte, el propio crecimiento del partido y luego la creación del Frente Amplio no confrontaban a los militantes con problemas teóricos, sino que, por el contrario, la realidad —vista desde su interpretación— los reafirmaba, los confirmaba y, por lo tanto, los unía y los consolidaba.

Esto puede explicar por qué no se generó una cultura de debate interno. La ausencia de intercambios ideológicos, de confrontaciones teóricas o incluso de matices no fue consecuencia de una estructura verticalista que impidiera esa posibilidad. No obedecía a la existencia de un líder paternalista ni de una estructura en sí misma autoritaria.

En este sentido se podría considerar que lo que hubo fue una retroalimentación: la estructura genera subjetividad y la subjetividad posibilita cierta estructura.

El principio del centralismo democrático se aplicaba formalmente: había congresos para discutir la estrategia y la táctica, conferencias nacionales, departamentales y seccionales, reuniones del Comité Central y de cada organismo intermedio (comités departamentales, comisiones centrales, comités seccionales). Cada una de estas instancias se abría con un informe que abarcaba la interpretación sobre los principales hechos nacionales e internacionales. Formalmente, nada impedía que a esos informes se les contrapusieran otras ideas, otros informes. No había una autoridad que desde arriba prohibiera la discusión o sancionara de algún modo el de-bate.
Sin embargo, el debate no ocurría. Al informe le sucedían informes particulares de cada frente (organización, finanzas, educación, propaganda) y de cada área de militancia (sindical, barrial, de cada departamento del interior, estudiantil, etc.). El informe político luego se trasladaba a través de cuadros que reproducían lo sustancial de su contenido (en general esto lo hacía el secretario político de cada agrupación, seccional, regional, departamental o frente de trabajo). Se puede incluso nombrar esta práctica como una rutina institucionalizada y, por lo tanto, aceptada de hecho por los miembros del partido sin problematizarla ni cuestionarla.

Es probable, incluso, que cada militante haya vivido esa instancia de encuentro como una verdadera discusión sobre distintos puntos, y es probable también que en algunos casos haya habido diferentes puntos de vista (8).Pero la diversidad se acotaba, en general, a la elaboración de planes que llevaran a la práctica los lineamientos dados por el informe. Esa eventual pluralidad tenía, al parecer, más que ver con la concreción de la línea política de cada organismo que con la elaboración de la línea política en términos de tácticas y estrategia, o con una discusión (en el sentido de intercambio de opiniones distintas) respecto a elementos ideológicos o a posiciones internacionales.

Es en este sentido que se puede pensar en una anulación de la política en la vida interna, entendiéndose como vida política un ámbito de conflictos y tensiones, de encuentros y desencuentros, de negociaciones y debates, de diversidad de enfoques que, en la medida en que son vividos y resueltos en el colectivo, son públicos por lo menos dentro del grupo político.

¿Hubo entonces en el PC un fenómeno de culto a la personalidad, tan propio de los países socialistas en el momento en que se conformó la matriz comunista? ¿Hubo una idealización del individuo como se dio, aun después de la muerte de Stalin, en el movimiento comunista del Siglo XX?

Podría resultar riesgoso plantearse rápidamente una respuesta afirmativa. Algunos elementos podrían sustentar aquella afirmación. La consideración de Rodney Arismendi, conjugada con la tradición de institución sagrada de la primera secretaría, en un marco internacional pautado por la relevancia de lo individual (Stalin, Mao, Fidel y también cada uno de los dirigentes del PCUS de la década del sesenta), permitiría recurrir a esta categoría para explicarse —en una dimensión más pequeña— el fenómeno Arismendi.

Sin embargo, parecería difícil concebir que el Uruguay ambientase un fenómeno de esta especie, salvo que se constatara una significativa ruptura con las tradiciones nacionales, lo cual, lejos de colaborar a insertar el PC en nuestro medio, lo habría aislado.

Pero lo más destacable es que no había alrededor de la figura del dirigente uruguayo ninguno de los rasgos característicos del culto a la personalidad. No se lo idolatraba: se lo admiraba; no se colgaban sus retratos en los locales partidarios: se leían sus obras; no se difundían aspectos privados de su vida; no se negaba el valor de otros dirigentes.

Por el contrario, existía un conjunto de dirigentes con proyección nacional que tanto dentro de la organización como en sus respectivos ámbitos de militancia elaboraban líneas de acción, tomaban decisiones relevantes y representaban públicamente a su partido.

Era el caso, por ejemplo, de Enrique Rodríguez, (9) zapatero en sus orígenes, militante desde la década del treinta, miembro del Secretariado del PC desde 1955, senador desde 1966 hasta la disolución del Parlamento en 1973. Fue el encargado de la audición del PC en CX 30 Radio Nacional durante más de diez años, “Habla la izquierda”, desde donde de forma sencilla y en un lenguaje coloquial que llegaba a las grandes masas (en lenguaje partidario) trasmitía la línea política todos los días. Fue, seguramente, el dirigente comunista más popular en el período estudiado (10).

Otro dirigente de primera línea fue el ingeniero y brillante matemático —reconocido internacionalmente— José Luis Massera. Comunista desde la década del cuarenta, estaba entre los dirigentes que expulsaron a Eugenio Gómez en 1955, fue miembro del Comité Ejecutivo desde entonces y se destacó por la profundidad de sus aportes teóricos. Era, después de Arismendi, el cuadro más importante del PC. Sus libros Ciencia, educación y revolución (11) y Para entender quién vacía el sobre de la quincena (12), así como sus más de treinta artículos de gran profundidad conceptual en la revista Estudios, así lo demuestran.

Otros dirigentes muy importantes fueron Julia Arévalo (13), Alberto Suárez (14), César Reyes Daglio (15), Eduardo Viera (16), Alberto Altesor , Jaime Pérez (17), Enrique Pastorino , Eduardo Bleier (18), Rita Ibarburu (19), Walter Sanseviero (20), Niko Schvarz, Leopoldo Bruera (21), Alcira Legaspi (22), Luis Tourón, Jorge Ma-zzarovich, León Lev, Esteban Valenti (23) y un conjunto nada menor de importantes dirigentes sindicales que ocupaban puestos claves en la CNT, como Gerardo Cuesta, Félix Díaz, Vladimir Turiansky, Rosario Pietraroia, Juan Ángel Toledo, Thelman Borges, Eduardo Platero y Mario Acosta (24).

O era un culto a la personalidad a la uruguaya —laico, sobrio, intelectualizado y amortiguado— o, más bien, es posible considerarlo un fenómeno de liderazgo más racional que afectivo, más ideológico que personal, más fundado en la relación dirigente-cuadros que en el vínculo líder-masa. En un país que se destaca por la ausencia de líderes populistas, en un país cuyos partidos llamados tradicionales siempre tuvieron líderes que no suscitaron en la interna aplastantes unanimidades, el PC recogió —a su manera— esa tradición colegialista (25).

En suma, aun sin haber generado un culto a la personalidad ni un endiosamiento acrítico, el peso ideológico e internacional de Rodney Arismendi en el movimiento comunista liderado por la URSS (26), sumado a la admiración y la confianza que los comunistas tenían en su primer secretario, son elementos que podrían explicar la ausencia de debate interno sobre cuestiones ideológicas y el férreo monolitismo que caracterizó al PC en este período.

La propia historia del PC marca, en este aspecto, una línea de continuidad con respecto a la figura del primer secretario. Aunque el fenómeno Gómez haya sido de otra envergadura y calidad, en la medida en que fue cargado de un personalismo que se corporizó en privilegios y se tiñó de un burdo amiguismo —suerte de caricaturización del estalinismo en dimensión de pequeña sucursal—, y aunque este dirigente no se haya destacado en la elaboración teórica con el nivel de Arismendi, ambos se emparentan en la importancia central del cargo que ocuparon.

La comparación no es entre personas, ni entre estilos, ni entre aportes ideológicos, ni entre conductas y éticas —que sin duda eran radicalmente opuestas—. Se trata más bien de mostrar la importancia que en la identidad comunista, por uno u otro motivo, siempre tuvo el cargo de primer secretario o secretario general.

Esta línea de continuidad en la historia del PC se entronca con lo que fue la historia del movimiento comunista internacional. Si en Uruguay hubo un Arismendi, también hubo un Thorez en Francia, o un Togliatti en Italia, o una Dolores Ibarburu en España. Una singular paradoja recorre a los partidos comunistas desde su propio origen: una teoría que propone como sujetos históricos a las clases sociales y una práctica que realza la individualidad idealizada en determinadas personalidades. Este fenómeno pudo ser mayor o menor, pudo darse en un partido en el poder o en un partido en la oposición, pudo convertirse o no en culto a la personalidad, pudo derivar en prácticas corruptas o en admiraciones intelectuales, pero, aun variando en las formas y los contenidos, la importancia de lo individual en la interna de los partidos comunistas se mantuvo como una constante.

En este sentido, el fenómeno del liderazgo indiscutido de Rodney Arismendi, la unidad partidaria mostrada como mérito en sí mismo, la construcción de permanentes unanimidades, la ausencia de una cultura del debate, la identificación de discrepancia como falta de comprensión, la caracterización del divergente como anticomunista, fueron todos rasgos tributarios de un partido que reconocía su modelo en la Unión Soviética y en el PCUS.

Esta alienación —en el sentido de resignación del análisis propio— atravesó la vida partidaria y le dio al militante comunista un determinado lugar en la vida cotidiana.

Si se concluye que la unidad interna del PC podría ser predominantemente el resultado de una cohesión en el plano subjetivo; si se entiende que el funcionamiento interno estuvo regulado, más que por reglas objetivas de un poder vertical-autoritario, por redes subjetivas más o menos invisibles y sutiles, por un conjunto de creencias y símbolos que unificaban a los comunistas en torno a una línea, a los dirigentes medios y especialmente a un líder indiscutido, se puede comenzar a atisbar lo sustancial del modo de ser comunista.


Notas:

(1)En este sentido vale la pena explicitar la jerarquización que se hace de Arismendi en la Historia general del socialismo dirigida por J. Droz: “[…] y de la nueva generación comunista viene la estrella encarnada por un intelectual próximo a Fidel Castro, Rodney Arismendi, quien en agosto de 1958 se convierte en secretario del partido en su XVII Congreso” (p. 300). “Pero le corresponde al nuevo secretario general del Partido Comunista de Uruguay, uno de los excepcionales pensadores marxistas que cuenta en América Latina, superar esta elemental solidaridad, teorizarla. Rodney Arismendi se ha hecho conocer en 1948 por su libro La introducción del dólar en América Latina, escrito en un estilo vivo y coloreado, y donde él se ha tomado el trabajo de estudiar el extraordinario enredo de intereses en los que se apoyaban los éxitos de la diplomacia de los Estados Unidos. En mayo de 1959, por la publicación de dos artículos en la Nueva Revista Internacional, inicia el gran debate comunista sobre la burguesía nacional. Y en diciembre de 1962 publica, en Montevideo, Problemas de una revolución continental, un texto capital que se comentará ampliamente durante mucho tiempo. El triunfo cubano —declara— ha hecho salir a América Latina de las tinieblas. Amigo personal de Fidel y organizador en Uruguay de una solidaridad de masas con Cuba, en buenos términos con Moscú —critica el trotskismo e integra las tesis sobre la coexistencia pacífica del antiimperialismo militante—, líder comunista de un país donde la guerrilla rural apenas tiene sentido, Arismendi está bien situado no solo para enunciar, sino para hacer aceptar por los diversos partidos de América Latina, la idea según la cual “los cubanos tienen razón cuando dicen: ahora la revolución habla español”. Se trata, explica, de una sola revolución continental cuya unidad nace esencialmente del papel histórico del imperialismo yanqui, y no de revoluciones yuxtapuestas con objetivos más o menos similares. Estas tesis, en las que Arismendi desarrollará durante una década las implicaciones políticas, están en el origen del papel que va a representar el pc uruguayo, verdadero mediador entre el mundo de los barbudos de la sierra y el de las grandes ciudades del Plata. Robert Paris y Madeleine Réberioux: “Socialismo y comunismo en América Latina”, o. cit., pp. 330-331.

Por su parte, el chileno Rodríguez Elizondo señala: “R. Arismendi, uruguayo, uno de los pocos secretarios generales que es, simultáneamente, un ideólogo del marxismo leninismo”. José Enrique Rodríguez Elizondo: La crisis de las izquierdas en América Latina, Caracas, Instituto de Cooperación Iberoamericana y Nueva Sociedad, 1990.

(2) El cargo de secretario general pasó a denominarse primer secretario.

(3) Para los comunistas uruguayos el hecho de que Rodney Arismendi tuviera una relación personal e incluso, a veces, cercana con los grandes líderes mundiales fue un motivo de orgullo y admiración. Entre esas figuras se destacan Fidel Castro, el Che Guevara, Mao Tse Tung, Ho Chi Min, Arafat, Salvador Allende, Palmiro Togliatti, Armando Berlinguer, Mauricio Thorez, Dolores Ibarburu, Amílcar Cabral, entre otros. Las fotos de Arismendi con cada uno de ellos aparecían con frecuencia en El Popular y el propio Arismendi daba testimonio de sus entrevistas y encuentros con estos líderes en distintas partes del mundo. A estos nombres se les debe agregar el de cada uno de los gobernantes de la urss y de los países socialistas europeos.

(4) Jaime Pérez: El ocaso y la esperanza. Memorias políticas de medio siglo, Montevideo, Fin de Siglo, colección Enfoques, 1996, p. 45.

(5) Ibídem, p. 23.

(6) Resulta significativo constatar que en algunas obras recientes no aparece destacada la figura de Arismendi. Por ejemplo, el argentino Néstor Kohan, en su ensayo sobre el marxismo latinoamericano, no hace ninguna referencia al dirigente uruguayo (Néstor Kohan: o. cit.). Tampoco aparece mencionado como un pensador marxista en un importante libro aparecido en México en el año 2007: Elvira Concheiro Bórquez, Massimo Mondonessi y Horacio Crespo (coords.): o. cit.

(7) “R. Arismendi es seguramente uno de los representantes más inteligentes y más cultos de la corriente pro soviética. Contrariamente a otros dirigentes comunistas (argentinos y brasileros, por ejemplo), Arismendi colabora con la dirección cubana y desempeña un papel importante como “conciliador” entre el castrismo y los ppcc en la Conferencia de la olas.” Michael Lowy: o. cit., p. 398.

(8) El intercambio de puntos de vista distintos fue, seguramente, más practicado en las agrupaciones vinculadas con los intelectuales, con los docentes y con los estudiantes universitarios.

(9) Amigo cercano de Alfredo Zitarrosa, es a él a quien el cantor nombra en su Guitarra negra (“mi hermano Enrique en Praga”).

(10) Cuando años después Germán Araújo tuviera en la misma frecuencia de radio, también él, una audición para trasmitir sus ideas, estaría retomando una tradición del PC interrumpida por el golpe de Estado.

(11) José Luis Massera: Ciencia, educación y revolución, Montevideo, Ediciones Pueblos Unidos, 1970.

(12) José Luis Massera: Para entender quién vacía el sobre de la quincena, Montevideo, Ediciones Pueblos Unidos, 1971.

(13) Se hace referencia a algunos aspectos de su biografía en los capítulos 6 y 10.

(14) Secretario de Organización y miembro del Secretariado en el período estudiado.

(15) Comunista desde la década del veinte, fue uno de los principales dirigentes antes y después de 1955.

(16) Director de El Popular y miembro del Comité Central del PC.

(17) Fue uno de los más jóvenes de la dirección que surgió a partir de 1955, edil, primer secretario de la Departamental de Montevideo, miembro del Comité Central.

(18) Secretario de Finanzas, miembro del Comité Ejecutivo.

(19) Responsable de la revista Estudios.

(20) Primer secretario de la ujc y miembro del Comité Central, fallecido en 1969.

(21) Secretario de Propaganda, miembro del Secretariado.

(22) Secretaria de Educación, miembro del Comité Central.

(23) Los últimos tres nombrados formaban parte del Comité Ejecutivo de la ujc.

(24) Adviértase que la lista de dirigentes sindicales es notoriamente incompleta, en tanto la importancia que le otorgaba el PC al movimiento sindical y la prioridad establecida respecto a la composición obrera que debía tener la organización habilitó la formación de numerosos cuadros en el movimiento sindical.

(25) Importa señalar, con relación a las tradiciones uruguayas que la izquierda recoge, que también el mln hacía énfasis en lo colectivo: “En Actas Tupamaras se insistía: ‘Los organismos de dirección son colegiados, no hay vacas sagradas…’”. Citado por Luis Costa Bonino: o. cit.

(26) Aunque la relación entre Arismendi y el PCUS no ha sido aún investigada, se puede considerar a modo de hipótesis que los soviéticos leían y escuchaban al dirigente uruguayo en función de conocer más sobre la realidad latinoamericana, que en general no era centro de sus intereses y atenciones. En la medida en que Arismendi adhería en forma incondicional a la línea del PCUS , fue seguramente el teórico y dirigente latinoamericano en el que más confiaron los soviéticos. Al respecto resulta muy sugerente lo que plantea Ana Buriano, refiriéndose a que la URSS no caracterizó como fascista a la dictadura argentina y sí lo hizo respecto a la uruguaya: “De manera tentativa, podría pensarse que el peso de Arismendi ante el Departamento América del Comité Central del PCUS puede haber sido decisivo en esta caracterización”. Ana Buriano: “URSS, paradojas de un destino”, en Silvia Dutrénit Bielous (coord.): en El Uruguay del exilio, Montevideo, Trilce, 2006, p. 262.

Fuente: Silva, Marisa: Aquellos comunistas (1955-1973), Montevideo, Taurus, 2009