Reseña de «República de la Impunidad», de Federico Delgado

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Por Yvonne Blajean Bent*

La idea que anima a este libro permite una lectura de dos niveles de análisis. Por un lado, como una exploración de los mecanismos a través de los cuales se construye socialmente la impunidad, más los cimientos que la sostienen y los dispositivos que la reproducen en el tiempo. Por el otro, se lo puede leer como la expropiación de la apuesta republicana que consagra nuestra Constitución Nacional. Me voy a ocupar de esta lectura que, además, de alguna manera contiene a la primera.

El título apunta a reunir las dos palabras aparentemente contradictorias, porque en la clave del texto es la impunidad la que corroe a la república. Voy a tratar de explicar que la palabra república siguiendo a Antoni Domènech (1) y luego presentaré brevemente los ejes del texto. La palabra impunidad, por su parte, se define por sí misma y va a aparecer engarzada cuando sea necesario.

En nuestro país a menudo se asocia la república a la aristocracia y ello no está del todo mal. Toda una corriente justifica esa relación. Pero hay una más antigua y se trata de la sedimentación democrática de la república. Aquí me voy a detener, en la palabra democracia. Dice Domènech que se la usó para descalificar a quien la mencionara hasta el siglo XVII y que desde que el imperio macedonio destruyó la libertad en el año 221 AC permaneció en la opacidad. Si nos detenemos en sus orígenes históricos, es posible que hallemos una explicación. Héretodo la definió como el régimen de “los que viven con sus manos” y Aristóteles en su Política como el gobierno de “los pobres libres”. Con esto quiero enfatizar la relación entre la democracia y la libertad. 

Quienes la denostaban, se referían a los demagogos, porque demagogo en la antigua Grecia era “el esclavo que pasea al pueblo pobre”. Incluso en las discusiones que se dieron en 1776 en Filadelfia, enseña Domènech, Alexander Hamilton -que fue una pieza clave en el diseño de los Estados Unidos de América-, explicó la idea de una república aristocrática capaz de obturar los impulsos pasionales del pueblo. La palabra democracia vio de nuevo la luz en 1789 con la Revolución Francesa, pero en clave de las categorías helenistas que habían pasado por el cincel de los romanos, quienes articularon prácticas y conceptos para legar la sistematización del republicanismo. Aquí el componente popular de la democracia y el de la construcción de un espacio público plural e igualitario de la república se unieron. La Constitución de 1793 revela con nitidez la positivización de ese régimen. Las claves allí tienen que ver con tres grandes vectores. La libertad, la igualdad y la fraternidad. Estas ideas están presentes en el libro de Federico Delgado, porque esta noción de republicanismo recorre todo el libro.

La libertad republicana, a diferencia de la liberal, supone la igualdad, porque rechaza cualquier interferencia arbitraria sobre la autonomía de las personas. Por ello la igualdad no tiene que ver solo con los ingresos económicos de las personas, sino con la reciprocidad de ser igualmente libre con respecto a otro. En esta imbricación entre libertad e igualdad el sistema judicial juega un rol decisivo. La fraternidad apunta al reconocimiento del otro y a los fines comunes de la humanidad.

Las instituciones en general y la judicial en particular, respaldan con sus decisiones la integridad tanto de ese núcleo de derechos humanos que son inalienables, como también la de los derechos instrumentales y que son disponibles.  Por ello el estado republicano tiene la obligación de llevar adelante todas las interferencias necesarias para garantizar que nadie menoscabe indebidamente los derechos. Allí estriba la razón por la que el libro enfatiza todo el tiempo los efectos que tiene la impunidad en un horizonte normativo de esas características.

Esta introducción está anclada en la necesidad de describir la narrativa del libro, estructurada sobre la apuesta republicana y en la importancia que en esa perspectiva adquiere la dimensión institucional como un espacio abierto a los acuerdos siempre contingentes para organizar la vida en común, y también a la necesidad que en ese marco adquiere un sistema que solucione los conflictos de acuerdo con los lineamientos de las leyes resultantes del diagrama del estado republicano edificado sobre la democracia. 

Dije que me iba a concentrar en una de las posibilidades de lectura del libro. Ello significa que no voy a repasar capítulo por capítulo. Simplemente voy a tratar de describir cómo funciona la vida pública en una sociedad que se mueve en gran parte bajo el paradigma de la impunidad. Como consecuencia de ello, intentaré resumir el formato del poder que el libro concibe. Además, si la contingencia del mundo de solidifica históricamente en algunos significados, describiré cómo contribuye el discurso de la justicia a cimentarlo 

La dimensión discursiva de la impunidad es muy importante. Muchos mensajes intervienen en su composición y aunque el aparato judicial tiene múltiples funciones, algunas se vinculan con la impunidad. La tarea principal es resolver los conflictos que el estado expropia y devolverlos a la sociedad que debe aceptarlos. El sistema los devuelve como un mensaje que llamamos sentencia.  En el grado de aceptación se juega la eficacia judicial. El libro analiza con profundidad el rol de los mensajes judiciales en la construcción social de la impunidad. 

El punto de partida teórico es la crisis del sistema y el texto va más allá de la ingeniería institucional, porque aborda el plano cultural de los sujetos que hacen la justicia desde la articulación de la memoria institucional con las marcas de la historia en la identidad de los funcionarios públicos.  Se detiene en los efectos del terrorismo de estado, en los de las hiperinflaciones y en los que surgen de la forma de institucionalización de la República Argentina (atravesada por el particularismo)

Esa relación revela desde otro lugar las razones por las que existen sectores del estado que usan el poder con fines particulares.  De acuerdo con el texto, para entender ello, habría que prestar atención al modo en que sedimentó la relación entre la ley y la autoridad en los orígenes de nuestro estado nación porque allí yace un singular “sentido común” que es la semilla con que se construye la impunidad. 

A partir de allí operan conceptos como el “acomodaticio” y el “juez rock star”, entendidos como tipos ideales porque mediante esa lente es factible ordenar de un modo coherente la caótica producción de la justicia. A la par, suministra una mirada sobre el fenómeno de las causas armadas y del servicio de justicia como espectáculo, que se conecta con las alianzas entre sectores judiciales con actores políticos y económicos que van más allá de la moral de las personas, porque en la obra describen el formato de un modo de ejercicio del poder que desemboca en lo que se denomina el “estado como un botín”

Con respecto a ese concepto subyace otro. El de “corporativismo anárquico” de Guillermo O’Donnell (2) y exhibe como en la República Argentina las corporaciones pujan de la mano de la ley, con la ley o en contra de la ley para ocupar los roles de gobierno y direccionar las instituciones públicas para sus propios intereses, mientras la mayoría de los ciudadanos participa de ese proceso solamente en el acto electoral, aunque a veces recibe en determinados momentos beneficios distributivos.

Pero a propósito de los mensajes de la justicia en la construcción social de la impunidad, el libro describe la hechura de la noticia judicial dentro de la propia institución. Pero va un poco más allá, porque luego explica cómo la forma en que la noticia se fabricó moldea la posterior difusión para incidir en el proceso de formación de la opinión pública.  La discrecionalidad del emisor para emitir el enunciado, la elección del canal, la relación con los cronistas que median el vínculo entre la justicia y los medios y los propios intereses involucrados tienen un peso muy importante en la generación de sentido social. 

El autor se detiene en lo que llama los “juicios paralelos” que transcurren en los medios masivos y en el uso de la vergüenza como mecanismo de sanción pública no judicial, pero hecho por la justicia. Asimismo, muestra cómo los mensajes judiciales sirven para analizar el rol de la justicia en la rotación de las corporaciones en los roles de gobierno. Un rol que escapa a las funciones de la administración de justicia previstas por la constitución.

De acuerdo con el libro, el producto judicial tiene una densidad que trasciende al expediente. De hecho, es una mercancía que se transforma en un insumo que anima gran parte de los debates en la arena pública. Ello es parte, además, de la transformación de la administración de justicia que, como se destaca en el texto, extendió las capacidades que le asigna la constitución. Ese desplazamiento es crucial para la vida pública.

Según el libro, a menudo pasamos por alto el potencial que tienen en el proceso de formación de la opinión pública lo que se afirma en las tertulias televisivas, en los programas de radio con entrevistados rotativos, en las columnas de diarios reservadas a los expertos y en las maquinarias de reproducción de esas “verdades” por las redes sociales. Ese grupo de intelectuales se encarga de ejercer una vigilancia con celo del disenso, a la vez que con su palabrería abstracta buscan legitimar las únicas verdades posibles, que son las verdades del régimen. La justicia “consagra” esas “verdades”, cuyas semillas fueron recogidas de los propios tribunales.  Pero, también el autor señala, contribuyen en esa faena algunas “renuncias” de actores que en principio podrían actuar, pero que con su silencio dejan el camino libre a estas construcciones que desembocan muchas veces en verdaderas demoliciones de identidades.

Aquello que en el texto se adjudica al trabajo del “juez rock star” y la mecánica que se describe acerca del armado de causas que parecen legales pero que alojan ilegalidades tiene que ver con la concepción de mensajes judiciales como una mercancía. Son una pieza clave en la construcción de la impunidad porque se utilizan para construir regímenes verosímiles; es decir, interpretaciones de hechos que tienen poco de reales, pero que tras ser esculpidos por los comentaristas y condimentados por actores interesados, se convierten en hechos verosímiles. Sus rasgos son la ambigüedad y imprecisión.  Su capacidad es muy fuerte y los efectos son malos para el estado de derecho republicano. 

Me refiero a el ostracismo, la burla, la satirización o el ataque frontal. A veces son herramientas para entretener. A veces para difamar. A veces son las armas para disciplinar a los “resistentes”. Esos inocentes que aún creen en el peso de las razones. De hecho, en la Argentina personajes muy controvertidos y a veces auspiciados por los gobiernos que ocuparon el estado, eran asiduos concurrentes a programas de televisión que abordaban la realidad política y su palabra tenía un peso muy importante, ya que se la utilizaba como termómetros para medir la moral de otras personas.

Esa crisis de valores, en la que el imperativo categórico kantiano fue subvertido, no cayó del cielo. Se vio condensado en la construcción social de la impunidad y degeneró al régimen republicano que se convirtió en otra cosa diferente al programa constitucional. Como decía, no cayó del cielo. Es un momento de un espíritu público que, a su vez, es el resultado de la composición de micro comportamientos de muchas personas que admitieron las mentiras de quienes detentaban el poder político. Es también el producto de los permisos concedidos por los propios ciudadanos que mansamente ayudaron a que crezca el monstruo que los oprime. Olvidaron el fideicomiso en el que yace el poder y con ello autorizaron a quienes lo detentan a manejarlo al margen o al borde de ley, haciendo del error una casi una forma de ejercicio del poder.

En efecto, ejercer el poder político en base a errores es una forma de hacerlo. La regla es sencilla. Se trata de avanzar de error en error. El conjunto de errores y correcciones es una forma de hacer lo que plazca al gobernante que puede eludir incómodas sujeciones legales y morales. Eso sí, si el error fue demasiado grosero basta un perdón para rectificarlo discursivamente y seguir en la misma senda. Pero el error como vector que guía el ejercicio del poder no puede funcionar sin impunidad.  

La organización política del error demostró ser muy eficaz, porque permite gobernar en base a frases vacías, con excusas permanentes, con excepciones que esta vez se justifican porque caen sobre los enemigos, pero siempre sedimentando que el lenguaje de la ley nunca más tendrá eficacia práctica. Sobre todo, porque siempre algún juez estará dispuesto a ser complaciente con el poder y a través de decisiones autoritarias consagrar injusticias en nombre de la ley.  

El libro permite un juego de imaginación y pensar que, de golpe, un día nos dimos cuenta de que todo ello que parecía lejano, porque era lo contrario a la matriz democrática, estaba muy cerca. Ese hipotético día nos dimos cuenta de que el problema era salir de una dictadura que reivindicaba a la democracia y que se aseguraba el cumplimiento de sus decisiones gracias a la asimilación del sistema judicial y a la sedimentación de mensajes verosímiles que encorsetan la vida pública en límites muy precisos.

Esto significa que cuando el texto habla del “estado como un botín” y traza los ganadores y los perdedores de esa categoría, el lector debe regresar a los capítulos anteriores para chequear que las piezas encajan y, en consecuencia, que la impunidad es un hecho social que se construye colectivamente a través de acciones que individualmente parecen imperceptibles y de escaso peso específico.

El movimiento no es demasiado diferente al que se refiere Marx el capítulo 24 del primero volumen de “El capital”, cuando se refiere a la “Expropiación de la tierra de la población del campo”. Allí describe el proceso de cercamiento de tierras en Inglaterra, pero ello no tuvo tanto que ver con una evolución de la economía, sino con un interés de clase de instaurar el sometimiento al sistema de trabajo asalariado. La que cambió ahora es el lugar donde se ubica el interés de clase. Siempre se trata de someter, pero en un mundo que no está solamente organizado a través del salario, se apunta a someter la subjetividad y sino a encerrarla. La impunidad, entendida como una construcción social, es una jaula de hierro y los mensajes de la justicia debidamente industrializados fijan las paredes del cubo.

Con ello, los sectores más vulnerables son objetos de políticas sociales focalizadas que los transforman en rehenes de los gobiernos o en habitantes de prisiones por revoltosos. A la par, quienes pretenden articular el descontento para darle eficacia política y disputar otro proyecto de organización social son excluidos de la vida pública en términos legales o son encerrados bajo la prisión preventiva. En ambas alternativas, la justicia juega el rol decisivo de dar forma a las necesidades estructurales de reproducción del capitalismo posindustrial.     

El libro, a través de la descripción de un segmento de la vida pública exhibe a la impunidad como una suerte de paradigma de organización social y anida la percepción de que los ciudadanos debemos hacer una introspección y reparar en los que pequeños comportamientos que dejamos pasar, porque aisladamente nos parecían superfluos o insignificantes, y que luego se convirtieron en moles de cemento que destilan violencia disfrazada de la legalidad. Casi que invita a definir de nuevo a que llamamos violencia o a que llamamos política. En particular, cuando enumera y describe la lógica interna del armado de causas judiciales.

La narrativa no esconde la intención de sacudir al lector sobre el riesgo de un ejercicio del poder refractario a la pluralidad, que se apoya en significados sociales derivados de las “verdades judiciales”, puesto que ellas se usan para limitar la capacidad de pensar y decir cosas diferentes La justicia, entonces, es representada como un factor muy potente en la transformación de los valores que permitieron subvertir el imperativo moral kantiano y las condiciones políticas que lo podrían hacer posible.

Por ello el texto destaca la importancia del aparato judicial. Por esa razón un poder casi olvidado en el siglo XX y que aparecía lejano de la arena política, repentinamente ocupa un lugar central en la escena política. Los jueces y fiscales eran personajes marginales de la vida pública. Algunos eran más conocidos por sus actividades científicas, pero a la hora presente son actores vitales de ella. De hecho, las élites económicas mediante enigmáticas fundaciones o los estados más poderosos a través de entidades “benéficas”, desarrollaron importantes mecanismos de capacitación de los funcionarios judiciales, ya que cooptar a este sector supone algo más que aspirar a sentencias “a la carta”

Una capacitación que está atravesada por los valores del neoliberalismo democrático, signado por la separación del estado y de la sociedad civil, la lógica del emprendedor por la del trabajador, la visión abstracta de la ley más allá del contexto, la individualización de “nuevas amenazas” como el terrorismo y la pobreza  y por sobre todas las cosas la aceptación de un “statu quo” que no se puede trascender, cuya fuente es un bloque de sentido supra nacional integrado por actores institucionales formales, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional y no institucionales, como los agentes financieros que podemos agrupar en la heterogénea categoría de los “mercados” 

El gran problema final de todo esto se juega en la petrificación de algunas prácticas que dan forma a desenvolvimientos institucionales incompatibles con la apuesta republicana y democrática. El libro revela con nitidez como las transformaciones que hacen las prácticas respecto de las reglas vuelven, paradójicamente, normales a las patologías institucionales. 

En efecto, la negación de la república de la mano de la impunidad se transforma en sentido común. De pronto lo ilegal es lo legal.  En fin, aceptamos convivir con una serie de dispositivos que difaman personas, las persiguen y que confiscan al pueblo toda capacidad de activación para decidir cómo vivir en común sin pedir permiso. Por ello el nombre del libro es “República de la Impunidad”


NOTAS:

(1) https://sociedadfutura.com.ar/2018/03/21/antoni-domenech-texto-inedito-la-tradicion-socialista-en-los-conceptos-de-igualdad-y-libertad/

(2) O’Donnel, Guillermo “Y a mi que mierda me importa” Disponible en https://kellogg.nd.edu/sites/default/files/old_files/documents/009_0.pdf Consultado el 31 de mayo de 2020


*Yvonne Blajean Bent es abogada y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Es Magister en Teoría Política y Social por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.