Trabajo y Libertad. Algunas reflexiones para el futuro

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Por Lucía Abelleira Castro y Juan Delgado

La evidencia científica señala que actualmente nos enfrentamos a un capitalismo distinto al de la sociedad industrial de antaño. Las celebérrimas imágenes de Charles Chaplin completamente deshumanizado y convertido en un autómata ajustador de tuercas quizás ya no sean las mejores para representar el efecto del modelo capitalista en la sociedad actual. Aun siendo enorme la justeza de la concepción tradicional del capitalismo como sistema de fábricas con ingentes masas obreras yendo a vender su fuerza de trabajo durante jornadas interminables, podemos asegurar que existe hoy en día una primacía absoluta del capital financiero sobre el capital productivo-industrial (Ash & Louca, 2019; Varoufakis, 2018), producto de más de 40 años de neoliberalismo. El predominio de este tipo de acumulación de capital -por medio de mecanismos financieros- tiene múltiples consecuencias: predominio del trabajo inmaterial sobre el material (Lazzarato & Negri, 2001), el sector de servicios como principal generador de trabajo, etc. Por supuesto que esta transformación del modelo productivo está apoyada en un sistema global de transnacionalización de las empresas industriales, la subcontratación de las gigantes multinacionales en países del tercer mundo con mano de obra más barata, etc. 

Aun así, el lento desarrollo hacia el libre flujo de capitales y personas, la transnacionalización de las empresas productivas, entre otras características de la globalización -sumado a la ya mencionada financiarización de las economías nacionales- constituyeron una suerte de castillo de naipes que con el menor soplido es capaz de desmoronarse. Solo hace falta recurrir a los principales analistas internacionales que pronostican una crisis económica sin precedentes en el Siglo XXI para este 2020.

En este contexto, se incrustan algunas discusiones que se vienen llevando a cabo en el mundo académico y político sobre el papel que juega el trabajo en este contexto. Si en el capitalismo industrial que predominó hasta las últimas décadas del Siglo XX el trabajo servía como eje estructurante de nuestras vidas, hoy esa certeza ya no es tal. Con economías progresivamente menos dependientes de la industria, aparecen debates sobre los nuevos avances tecnológicos y su capacidad de reemplazar la mano de obra humana. En otras palabras, el creciente rol de la robotización/automatización en la economía internacional y el impacto que esto puede tener en el futuro. Mientras algunos autores (Frey&Osborne, 2013) auguran que el 47% de los empleos hasta hoy conocidos -el estudio se enfoca en Estados Unidos- serán en mayor o menor medida reemplazados por alguna forma de automatización, otros analistas se muestran más escépticos (Husson, 2013) y matizan las posibles consecuencias. En suma, se trataría de una reducción de las tareas más rutinarias, que coinciden con los trabajos de “ingresos medios” (burocrático-administrativos, por ejemplo).

En América Latina, algunos de estos procesos se han manifestado de forma particular, de acuerdo a la realidad socio-histórica de nuestro continente. La situación actual nos muestra un continente con niveles muy bajos de industrialización -que en general ya era menor a los países centrales- y que atravesó el vaciamiento de sus servicios públicos; una región en la que a pesar de episodios de gobiernos de corte popular, el crecimiento del trabajo informal es un padecimiento creciente e incesante.

Nuestra intención en este artículo es analizar algunas de estas problemáticas. Nos parece clave, para comenzar, recuperar una distinción importante a la hora de abordar uno de los conceptos principales del presente artículo: la noción de trabajo. Queremos insistir en la diferenciación entre el empleo (es decir, el trabajo remunerado) y los demás tipos de trabajo, a saber, el doméstico y el voluntario (Raventós, 2007). El sistema capitalista prioriza las actividades que respondan a la producción de valor. De esta manera se invisibilizan aquellos trabajos no remunerados, no solo escondiendo opresiones de todo tipo (principalmente, la opresión a las mujeres forzadas al trabajo doméstico o, en todo caso, a compatibilizar las tareas domésticas con las remuneradas), sino también a través una estrategia de construcción discursiva. El objetivo de la misma, en nuestra opinión, es presentar al empleo como el centro neurálgico alrededor del cual los seres humanos debemos estructurar nuestras vidas. De esta manera, todo aquel que no desee trabajar -emplearse- pasa a ser considerado un parásito, un vividor, etc.

Nuestro objetivo, en consecuencia, será intentar repasar brevemente el mecanismo explotador que se esconde detrás del empleo tal cual fue concebido en las relaciones sociales de producción del capitalismo. De esta forma, buscaremos abrir el camino para profundizar la reflexión acerca del lugar del trabajo en el marco de una sociedad no estructurada a partir de la dominación del poder económico por sobre la vida humana.

I.

Para comenzar, proponemos traer de forma breve a discusión un texto clásico de la filosofía moderna: los Manuscritos económico-filosóficos de Karl Marx (1818-1883). En ellos, Marx desagrega por primera vez en su obra la matriz filosófica que existe detrás del modo de producción capitalista, al mismo tiempo que devela algunas de las principales características del funcionamiento expropiador de su proceso productivo.

En particular, nos interesa el apartado titulado “El trabajo alienado”, perteneciente al primero de los manuscritos que integran el volumen. Creemos sumamente necesario retornar al análisis de Marx sobre la categoría “trabajo” para comprender en el presente las formas que ella adopta. Consideramos que la utilidad del pensamiento de Marx sobre este concepto no ha perdido su actualidad, sino que hoy en día puede revitalizar la discusión sobre el lugar del trabajo en el Siglo XXI.

En su texto, el filósofo alemán señala que los principales exponentes de la cada vez más relevante Economía Política desarrollan sus estudios sobre la disciplina partiendo de una serie de supuestos que al parecer consideran “naturales”. Para Marx, la Economía Política “no nos da información alguna sobre la causa de la separación entre trabajo y capital, entre capital y tierra” (Marx, 2010: 104). 

De acuerdo con él, “el trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce” (Marx, 2010: 106). Lo que esta frase explica es el proceso por medio del cual el trabajo degrada al trabajador como mera mercancía. Lo importante en el capitalismo, por ende, no es la vida humana y su puesta en valor, sino la acumulación de ganancias. Cuanto más ganancias se quieran generar, mayor será la desvalorización del ser humano. En palabras del propio autor: “la desvalorización del mundo del hombre crece en proporción directa a la valorización del mundo de las cosas” (Marx, 2010: 106).

En conclusión, el trabajo en el capitalismo traspone el fin por el medio. Hace que el humano, por ser un ser consciente, convierta su actividad vital en un medio para su existencia. En otras palabras, lo despoja de su vida genérica. Es en este sentido, entonces, que hablamos de desrealización del hombre.

II.

A pesar de todo lo dicho, existen importantes aristas de las relaciones sociales de producción -y reproducción- capitalistas que Marx no abordó. No es nuestra intención entender por qué no lo hizo, sino señalar que se trata de un déficit de la teoría marxista del trabajo que debe ser superado para una cabal comprensión de las condiciones actuales de las grandes mayorías desposeídas a nivel mundial.

Por esta razón decidimos acudir a una de las autoras marxistas feministas más reconocidas mundialmente: Silvia Federici (1942). Pero antes de desarrollar algunas de sus ideas principales, tenemos que detenernos en uno de los conceptos fundamentales del análisis marxista del capitalismo. Es una noción que de modo lateral hemos presentado más arriba, en la recuperación de los Manuscritos… de Marx: el concepto de acumulación originaria.

Este concepto, perteneciente al volumen I del libro El Capital de Karl Marx, describe el proceso histórico por el cual se generaron las condiciones de posibilidad de la acumulación capitalista. Consistió, resumidamente, en la acumulación de tierras y capital por parte de la incipiente burguesía inglesa a partir del cercamiento (enclosures) de las tierras comunes de los campesinos británicos. Fue el resultado de un largo período iniciado en Inglaterra pero con su reproducción en paralelo a lo largo y ancho de la europa continental.

Ahora bien, Marx examina en la acumulación originaria el proceso por el cual surgieron las relaciones sociales capitalistas que distinguieron entre propietarios de los medios de producción y hombres asalariados. Silvia Federici, en cambio, nos llama la atención en su libro Calibán y la bruja sobre la posibilidad de concebir esta transformación desde el punto de vista de los cambios que introdujo en la posición social de las mujeres y en la producción de la fuerza de trabajo (Federici, 2019).

Para la autora, el hecho de que la explotación de las mujeres fuera un aspecto crucial en la acumulación capitalista no recibe la atención suficiente en la tradición marxiana del Siglo XXI y parte del XX. Para Federici, se produjo una suerte de mistificación del rol social de la mujer que, como sabemos, suele vincularse con las tareas domésticas no remuneradas (Federici, 2019; Raventós, 2007). Durante la acumulación primitiva, las mujeres pasaron a tener el papel fundamental que garantiza la reproducción del capitalismo: la producción de la fuerza de trabajo. La desarticulación de esta faceta con respecto al resto del sistema productivo, siguiendo a la autora, no fue más que una estrategia que permitió al capitalismo sacar provecho de la misma sin su correspondiente remuneración.

El período de los cercamientos que inauguró lo que hoy conocemos por capitalismo es aun más profundo de lo que Marx presentó en su famoso capítulo XXIV de El Capital.  La privatización de las tierras comunales no sólo despojó a los campesinos del libre acceso a la tierra, sino que también fue acompañada de la exclusión a las mujeres de adquirir esas tierras. De esta manera, se sentaron las bases de su dependencia material respecto de los hombres. Si la opresión generalizada a los campesinos fue determinante para el desarrollo de las fuerzas productivas que más adelante dieron lugar a la revolución industrial, el confinamiento de las mujeres a la esfera doméstica determinó su futuro lugar en el esquema productivo como encargadas de las tareas de reproducción de la fuerza de trabajo. En un sistema en el que se trabaja(ba) a cambio de un salario -en las condiciones que abordamos más arriba-, solo la producción para el mercado tenía valor. El trabajo reproductivo, por ende, fue confundido con una vocación natural con la que las mujeres nacen.

Federici, por lo tanto, critica a Marx por no haber reconocido a la procreación como un terreno de explotación del capitalismo. El mismo proceso por el cual un trabajador se deshumaniza en la instancia productiva puede iluminar el análisis acerca de la explotación de las mujeres como “incubadoras” de nuevos trabajadores. Lo que Marx no vio es básicamente la regulación que existió históricamente en el capitalismo para la reducción y expansión de la fuerza de trabajo.

Este sucinto recorrido por las principales publicaciones de Federici nos permitió completar el análisis que iniciamos con la recuperación de los Manuscritos… de Marx. Es un extenso conflicto el existente entre capital y trabajo y no pretendemos una mirada omnicomprensiva. Entendemos estas herramientas presentadas como disparadores para la reflexión y el pensamiento poscapitalista en el Siglo XXI. Pasemos, pues, a otra instancia de nuestro análisis.

III.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, nos gustaría introducir el debate acerca de cuáles pueden ser los posibles caminos colectivos a emprender para conseguir la reapropiación de nuestras vidas. Es decir, a la capacidad de tomar la decisión de forma autónoma e independiente sobre cuál es la vida que queremos. En un contexto como el actual, es importante saber qué deseamos hacer frente a un sistema que nos deshumaniza en distintas medidas, nos cosifica y nos compartimenta según arbitrarias construcciones político-teóricas.

¿Deseamos una vida construida alrededor de la lógica compra-venta? ¿Queremos seguir siendo mercancías intercambiables en un mercado de trabajo progresivamente más precarizado y más arbitrario? Existe una larga tradición de filosofía política identificada con el republicanismo histórico (originado en Atenas, pasando por Roma, la Revolución Inglesa de 1644, la Revolución Francesa y el socialismo a partir del Siglo XIX) que presenta un concepto crucial para enunciar una respuesta. Se trata de la noción de “libertad”, identificada por el grueso de esta tradición de pensamiento como no-dominación, es decir, con la independencia material necesaria para vivir sin tener que pedir el permiso de un tercero (Marx, 2004: 23). Si partimos de esta concepción de la libertad, anclada en la capacidad individual y colectiva de determinar nuestros destinos sin interferencia arbitraria alguna, es posible avanzar hacia un entramado institucional capaz de enfrentar las injusticias propias del sistema capitalista. Pero antes, son necesaria unas aclaraciones conceptuales. 

No debemos confundir la noción de libertad republicana con la del liberalismo académico: una diferencia fundamental es que el liberalismo concibe a la libertad como “no interferencia”, en lugar de como “no dominación” (Pettit, 1997). A su vez, el republicanismo enfatiza la necesidad de impedir interferencias arbitrarias en la vida individual y colectiva (Domènech, 2004). Lo que no es lo mismo que defender una ontología atomística del ser humano, en la que las motivaciones individuales del conjunto de la población podrían llevar a una comunidad automáticamente al bienestar general (Casassas, 2018). Muy por el contrario, el carácter arbitrario de una interferencia radica en la construcción institucional que otorga la autoridad competente para la interferencia en la vida colectiva con el único objetivo de impedir las imposiciones de un grupo, corporación o individuo por sobre los demás. Por lo tanto, podemos entender que la interferencia del Estado -en una comunidad organizada alrededor del Estado de Derecho- para desbaratar un mercado monopólico, por ejemplo, no se trata de una interferencia arbitraria. Sí lo es la construcción de un mercado de trabajo que fuerza a las mujeres a aceptar los trabajos más desagradables, o la intervención de una corporación para disputarle al Estado la definición del bien público (podrían ser, por ejemplo, los acreedores privados de deuda externa en el caso argentino).

En esta línea, es posible pensar respuestas que refuercen la libertad tanto individual como colectiva en el ámbito del trabajo. En su libro Libertad Incondicional (2018), David Casassas sugiere que solo podremos re-apropiarnos de nuestras vidas mediante profundas reformas institucionales que permitan la construcción de una verdadera democracia. Democracia, decimos nosotros, que no debería ser un mero conjunto de reglas tendientes a disponer los procesos de elección de representantes, sino un verdadero entramado donde predomine el “poder social” (Wright, 2006) por sobre los poderes privados. Este concepto resulta de vital importancia para continuar con nuestro trabajo.

En el caso de los trabajos, la clave reside en el desarrollo de una democracia económica, entendida como “la capacidad individual y colectiva de decidir qué hacer en términos de producción, reproducción y participación en la vida comunitaria” (Casassas, 2018: 127).

Esta definición nos sirve para pensar caminos de implementación de instancias deliberativas que permitan que la lógica colectiva y la vida humana prevalezcan por sobre el cálculo económico de los grandes poderes privados. Una conducción democrática de la vida económica, por lo tanto, debe preguntarse por el rol del trabajo remunerado en nuestras comunidades. La democracia económica debe, además, cuestionar el reparto de los trabajos en pos de lograr una sociedad más igualitaria y que deje atrás todo tipo de división sexual y social del trabajo. Y por último, sostenemos que un concepto como el de democracia económica también nos habilita la posibilidad de disponer de los avances tecnológicos del capitalismo, como la automatización del trabajo, con el objetivo de aumentar, en lugar de disminuir, la libertad individual y colectiva, en el sentido republicano.

IV.

Siguiendo esta línea de pensamiento, otro aspecto teórico importante que la filosofía política debe recuperar es el ocio, entendido como la disposición del tiempo libre por fuera del horario laboral para la consecución de actividades que trasciendan el trabajo productivo y reproductivo. Federici nos señala que por fuera del espacio estrictamente laboral existe una “fábrica social” (Federici, 2018: 39) que coincide con aquello que generalmente se nos presenta como ocio. Nuestro tiempo libre, en lugar de ser dedicado a lo que deseemos, lo destinamos a la realización de actividades que aparecen dentro de la órbita de los trabajos como preparación, perfeccionamiento de nuestro perfil profesional, recuperación física, etc.

A raíz de todo lo anterior, nos gustaría introducir una reflexión propia. La tan anunciada automatización de la economía capitalista puede ser, más que una condena a altas tasas estructurales de desempleo, a la desesperación, la pobreza y la precariedad infinita, una oportunidad histórica de reconfiguración de las relaciones sociales de producción capitalistas, mediante el desplazamiento del trabajo como centro estructurante de nuestras vidas

Entendemos que la robotización no tiene por qué significar una reducción de los puestos de trabajo remunerado. Muy por el contrario, siguiendo a Lluís Torrens y Eduardo González de Molina (Torrens&González de Molina, 2016), el predominio de autómatas en la producción puede ser motivo de una reducción generalizada de la jornada laboral. Los esperados aumentos de productividad que llegaron a consecuencia de la implementación de máquinas diseñadas para la realización de tareas específicas podría llevarnos a un debate sobre una repartición más justa de los trabajos.

Recuperar la noción de ocio no es una estrategia de demagogia política, sino que responde a una concepción filosófico-política de la vida humana radicalmente distinta a la enarbolada por los defensores del capitalismo, sin distinguir sus matices. Es común escuchar la frase “el trabajo dignifica”. Pues bien, la academia, en nuestra opinión, debe contribuir a la reflexión sobre cuáles son los trabajos que verdaderamente dignifican y cuáles no. La descripción realizada por Marx del proceso de desrealización del trabajador no tiene por qué eternizarse como única alternativa en el mundo de los trabajos. Una concepción de las relaciones sociales que se base en acuerdos igualitarios entre ciudadanos material y simbólicamente independientes puede abrir un horizonte de sentido que permita pensar una sociedad no estructurada alrededor del trabajo como instancia de socialización principal y de inclusión social.


Bibliografía:

●       Ash, Michael & Louca, Francisco (2019), Sombras: el desorden financiero en la era de la globalización, Barcelona, Sylone.

●       Casassas, David (2018), Libertad incondicional: la renta básica en la revolución democrática, Barcelona, Paidós.

●       Casassas, David (2020), “Libertad incondicional y trabajo libre en sociedades pluriactivas: ¿qué papel para la renta básica?”, Pasos a la izquierda, n° 18, marzo.

●       Domènech, Antoni (2004), El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, Barcelona, Crítica.

●       Federici, Silvia (2019), Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños.

●       Federici, Silvia (2018), El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, Madrid, Traficantes de sueños.

●       Frey, C.B. & Osborne, M.A (2013), “The future of employement: how susceptible are jobs to computarization”, Oxford Martin Programme on technology and employment, 17 de septiembre.

●       Lazzarato, Maurizio. & Negri, Antonio (2001), Trabajo inmaterial. Formas de vida y producción de subjetividad, Rio de Janeiro, DP&A editora. 

●       Marx, Karl (2004), La crítica del programa de Gotha, Madrid, Fundación Federico Engels.

●       Marx, Karl (2010), Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Buenos Aires, Ediciones Colihue.

●       Marx, Karl (2017). El Capital. Una crítica de la economía política. Tomo I, Madrid, Ediciones Siglo XXI.

●       Pettit, Philip (1999), Republicanismo: una teoría sobre la libertad y el gobierno, Barcelona, Paidós.

●       Raventós, Daniel (2007), Las condiciones materiales de la libertad. España, El viejo topo.

●    Wright, Erik Olin (2006). “Los puntos de la brújula. Hacia una alternativa socialista”, New left review, 41, páginas 81-109, noviembre-diciembre.

Imagen por Joaquin Lopez.