Las Metamorfosis del Trabajo Asociado

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Comentarios sobre la antología “Control obrero, consejos obreros, autogestión” de Ernest Mandel y el legado marxiano sobre el movimiento cooperativo

Por Isidoro Cruz Bernal

Uno de las dinámicas centrales de la formación social capitalista ha sido aquella en la que el capital, en tanto valor que se autovaloriza, introduce la competencia interna entre los asalariados y, como contratendencia, los intentos del colectivo de trabajadores por buscar formas de trabajo asociado que resistan a este movimiento objetivo de las relaciones de producción capitalistas. Esta cuestión central aparece en el Manifiesto Comunista aunque, desgraciadamente, no es de los tópicos a los que prestamos atención en nuestras primeras lecturas del texto. Un motor destacado de esta dinámica lo constituyen los movimientos de calificación, descalificación y recalificación en el interior del mundo del trabajo, que dejan a la vista sus diferentes recomposiciones. En el campo teórico marxista aparecen referencias centrales de esta temática como Harry Braverman y, más contemporáneamente, Giovanni Arrighi. 

La recurrente aparición de formas obreras de trabajo asociado han presentado diferentes versiones. Una de ellas ha surgido en el interior de las relaciones entre el colectivo de trabajadores y los patrones. La otra deja a la vista intentos de los colectivos obreros por establecer espacios de solidaridad y ayuda mutua en el hostil reino del capital. 

Mandel: la tradición revolucionaria revisitada 

En 1970 Ernest Mandel (1) publicó esta antología que es un verdadero clásico sobre la experiencia histórica del movimiento obrero y popular en los centros capitalistas pero también en la periferia. No trata de la experiencia obrera en su generalidad sino de un aspecto específico; aquellos que tratan de los puntos más altos de la lucha de los trabajadores: el comienzo del cuestionamiento de la propiedad capitalista. Esto implicaba comenzar por el control obrero para llegar a la autogestión. Es decir, a la administración obrera de la propiedad, primer paso para una gestión socializada que supere el marco de la propiedad empresaria de los recursos productivos de la sociedad. También era necesario relacionar estos dos momentos con los instrumentos necesarios que la clase obrera deberá construir en contra de su enemigo social. Allí interviene el instrumento aparecido en unos cuantos procesos revolucionarios y revoluciones, tanto en los centros como en la periferia capitalista: los consejos obreros. Esto es, la superación de un instrumento mucho más limitado a lo puramente mercantil que son los sindicatos, los cuales, además, rara vez consiguen abarcar a la globalidad de la clase obrera.

Podría criticarse que el autor tome exclusivamente a autores de los diversos marxismos que en el mundo han sido y excluya a otras vertientes del movimiento obrero. En verdad no es tan así, ya que se puede ver que al tomar la revolución española la antología toma documentos anarcosindicalistas (2). Pero hay una cuestión central: la articulación entre control obrero, recuperación autogestionaria de las empresas por los trabajadores y movilización extraparlamentaria es una problemática que solamente está tratada por los autores marxistas, sean estos reformistas o revolucionarios. En las corrientes anarquistas, en general, no existe una reflexión parecida. Los militantes anarquistas han apoyado las experiencias locales autogestionarias pero no han creído necesario integrarlas en una perspectiva estratégica global. Las discusiones intra-marxistas que toma Mandel son aquellas que  versan sobre las concepciones que en torno a dos cuestiones centrales –la huelga general y el control obrero- sostenían los socialismos reformistas y revolucionarios. Esto se debe a que la huelga general, en ciertas circunstancias en las que pueda desplegarse el potencial de lucha de los trabajadores, puede convertirse en una forma embrionaria de contrapoder opuesto al de la gran patronal. El control obrero como tal implicaría un paso adelante adicional en el desarrollo de este contrapoder. El punto de quiebre entre reformistas y revolucionarios pasa, para Mandel, por la actitud política ante el estado capitalista. La política socialdemócrata –y en menor grado la del comunismo histórico posleninista- llevaría a una integración respecto a este estado que, ya sea por vías cortas o largas, acabarían por mellarle todo filo contestatario a las experiencias de control obrero.

Para Mandel las experiencias de control obrero no son posibles en cualquier contexto. Su desarrollo solamente es viable en una situación prerrevolucionaria, en la cual las clases populares se encuentren en condiciones de poder empezar a enfrentar el poder de las clases dominantes, a pesar de no disponer en ese momento de todos los instrumentos políticos y sociales que tornen viable la victoria sobre el enemigo. En ese sentido la pretensión del movimiento trotskista de ser la corriente política que continuó la tradición teórico-política del marxismo de la Tercera Internacional es muy razonable y convincente. En la política de la Tercera Internacional posleninista se observa un tratamiento de las cuestiones teórico-políticas muy descuidado y centrado en la manipulación de las referencias en función de una lucha interna muy aguda (3). 

Otra cuestión relacionada pero que es necesario diferenciar es el aporte más propiamente trotskista en la lucha por el poder obrero. El elemento distintivo son las demandas transicionales, entendidas como reivindicaciones que no sean reabsorbibles por la clase dominante pero que al mismo tiempo no planteen abiertamente la cuestión del poder, aunque terminen poniéndolo sobre la mesa de manera objetiva. Los múltiples debates que han caracterizado la historia del movimiento trotskista han estado caracterizados por la manera que cada grupo o partido encontró para llevar a cabo el componente programático de estas demandas, que son el centro del programa de transición de Trotsky (4). Esta estrategia de demandas transicionales está estrechamente vinculada a una caracterización de que en 1938 vivíamos la fase de declinación del capitalismo. Si esto no fuera cierto las demandas transicionales no tendrían ningún sentido. Es muy conocida la afirmación de Trotsky que no sólo existían condiciones objetivas y madurez para la revolución sino que estas condiciones estaban empezando a pudrirse. Los años treinta, la crisis económica internacional, la tensión infernal entre comunismo y fascismo llevan a pensar que Trotsky no estaba desorientado y que su intuición acerca de la podredumbre de las condiciones objetivas era una percepción aguda de su tiempo. Aunque probablemente por razones muy distintas a aquellas en las que Trotsky ponía su atención (5).

Volviendo al enfoque mandeliano de la autogestión se debería hacer la siguiente apreciación. Contrariamente a las vertientes sectarias del trotskismo, que recusaban el mismo término de autogestión, Mandel tuvo una mirada abierta y no prejuiciosa en torno a la reivindicación de la autogestión, tanto de las experiencias concretas como la perspectiva autogestionaria como tal. Esto implica, tanto en él como en sus compañeros de militancia, una buena predisposición a dialogar con las tendencias progresivas de su época.

El enemigo teórico-político principal al que señala Mandel es la cogestión. Según su punto de vista, esta práctica lleva a los trabajadores a asumir la responsabilidad por el bienestar de la empresa capitalista (6) y por ende a una práctica basada en la armonía de clases. Hace también un repaso de algunos teóricos de la época de oro de la socialdemocracia europea, cuando todavía éstos tenían el poder para obligar a la burguesía a realizar concesiones por temor al avance comunista. Mandel hace referencia al oficialismo de la socialdemocracia así como a algunos teóricos de su izquierda, tales como Eduard Marz o Gilles Martinet (7). Su argumento parte del diagnóstico de que las prácticas cogestionarias, propias de los países europeos de la segunda posguerra fueron exitosas en un doble aspecto: convencieron a los obreros avanzados de estar transitando paulatinamente un camino para llegar a la forma socialista de producción y en la práctica comprometieron a la totalidad de la clase obrera con la institucionalidad capitalista. 

El argumento de Mandel contiene una ambigüedad que, en cierta medida, le trae algunos problemas. La condena a los “éxitos” socialdemócratas se reduce a una mirada exclusivamente estratégica. El rechazo a estas prácticas socialdemócratas solamente puede tener su punto fuerte desde los fines últimos de transformación social del movimiento obrero. Si esta cuestión se deja entre paréntesis, el punto de vista del avance en el terreno institucional se correspondía con una táctica socialdemócrata que en su momento mejor tuvo éxitos indudables, aunque su sostén socio-político-institucional último tuviera su precariedad. Sus críticas a la perspectiva de la llamada “democracia económica” (8) contienen  aspectos agudos y reflexiones políticas interesantes pero sólo resultan completamente convincentes a quienes pueden compartir una estrategia revolucionaria anticapitalista.

Una cuestión relacionada con esto último es la insistencia de Mandel, completamente racional desde su punto de vista, por defender una perspectiva autogestionaria entendiéndola como únicamente válida después de la conquista del poder por los trabajadores. Para Mandel no hay autogestión en el seno de la formación social capitalista. En ese sentido, el dirigente revolucionaria plantea que no hay autogestión sin haber pasado por la escuela del control obrero. La mayoría de los trabajadores solamente aprende en la práctica. En ese aspecto el argumento mandeliano es valedero. La otra cuestión que se halla implicada aquí es su perspectiva estratégica revolucionaria para la cual plantear la autogestión sin poder obrero es reformismo y conciliación de clases (9).

Interludio marxiano en torno a las cooperativas

En ese sentido, si bien la discusión con el movimiento cooperativista prácticamente no tiene lugar en este texto de Mandel, las cooperativas pueden ser incluidas en un lugar que coloca a los trabajadores en el terreno que les es más adverso: el de la competencia económica en el mercado. 

Marx compartía este aspecto del problema en sus Instrucciones a los delegados de la Primera Internacional: “…el movimiento cooperativo, limitado a las formas enanas, las únicas que pueden crear con sus propios esfuerzos los esclavos individuales del trabajo asalariado, jamás podrá transformar la sociedad capitalista. A fin de convertir la producción social en un sistema armónico y vasto de trabajo cooperativo, son indispensables cambios sociales generales, cambios de las condiciones generales de la sociedad”. 

Pero también Marx planteaba el otro lado del problema en el manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864). Refiriéndose explícitamente al movimiento cooperativo escribió: “…estaba reservado a la Economía política del trabajo el alcanzar un triunfo más completo todavía sobre la Economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativo, y, sobre todo, a las fábricas cooperativas creadas, sin apoyo alguno, por la iniciativa de algunas «manos» audaces. Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase de las «manos»; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado…”. Asimismo, también en el texto anterior Marx escribió: “Nosotros estimamos que el movimiento cooperativo es una de las fuerzas transformadoras de la sociedad presente, basada en el antagonismo de clases. El gran mérito de este movimiento consiste en mostrar que el sistema actual de subordinación del trabajo al capital, sistema despótico que lleva al pauperismo, puede ser sustituido con un sistema republicano y bienhechor de asociación de productores libres e iguales” (10).

Un Marx bastante más crítico aparece en los textos sobre la Comuna de Paris: “…los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta de la imposibilidad de que el actual sistema continúe — y no son pocos — se han erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de substituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista” (11) Marx ve la posibilidad de la manipulación del movimiento cooperativo por parte del orden social burgués aunque lo asocia a un momento histórico en el cual este orden se encuentre amenazado, condición que, evidentemente, no es indispensable en la diversidad de situaciones histórico-políticas que pueden presentarse, debido a que los regímenes políticos del capitalismo pueden llevar a cabo otra clase de iniciativas, ya sean preventivas o regimentadoras respecto a los movimientos desde abajo.

Unos años después, criticando las posiciones lasalleanas residuales en el movimiento obrero alemán, Marx volvió a referirse a las cooperativas. Es conocido que los lasalleanos eran partidarios de promover un movimiento cooperativo impulsado por el estado capitalista alemán y subordinado a él. Marx encuentra necesario combatir la estatización del trabajo asociado promovida por sus adversarios en el movimiento obrero. Escribe: “…por lo que se refiere a las sociedades cooperativas actuales, éstas sólo tienen valor en cuanto son creaciones independientes de los propios obreros, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses” (12).

En la visión marxiana sobre la forma cooperativa está planteada que en este tipo de asociación de trabajadores habita una tensión, una inestabilidad que es fundante. El trabajo asociado como elemento que posee una virtualidad alternativa como lazo social es una de los polos que constituyen la forma social de la cooperativa. Aunque el mismo Marx evalúa que las cooperativas tienden a volverse insignificantes si no se organizan como un movimiento a escala nacional. El otro polo está constituido en la visión marxiana, principalmente, por las leyes coercitivas de la competencia capitalista. Pero también, y esto es una virtud de la tradición del leninismo original y de sus epígonos trotskistas, la presión integradora del estado capitalista y las tendencias a la constitución de una burocracia que tiende a emanciparse de sus representados. 

Recapitulación sobre el trabajo asociado

La antología de Mandel buscaba revitalizar una tradición que, en el momento que fue editada, se hallaba a menos de cuarenta años de distancia de sus puntos más altos pero que, después de la segunda posguerra, se había contraído visiblemente. Si bien la tradición del movimiento cooperativo estaba integrada, desde hacía unas décadas antes, en las vertientes reformistas del movimiento obrero, antes de la segunda posguerra existían fracciones revolucionarias entre los trabajadores de Occidente. Este elemento se fue reduciendo cada vez más a medida que avanzaba la construcción del estado de bienestar en los centros y en la semiperiferia capitalista y en la periferia subdesarrollada avanzaban las revoluciones impulsadas por el movimiento comunista. La clase obrera se integraba y se volvía orgánicamente reformista en el mundo desarrollado y en algunos países avanzados de la periferia y los condenados de la tierra desmercancificados expropiaban al capital imperialista y sus aliados nativos. El marxismo era puesto patas para arriba.

La antología de Mandel era un intento de trabajo intelectual por relanzar la tradición política de la revolución socialista basada en la clase obrera y, lógicamente, ponía el centro de su atención en el mundo desarrollado.

Esa apuesta, mirada desde nuestro tiempo histórico, se puede decir que fracasó. Pero también hay que considerar que el período en el que esta antología fue editada estuvo caracterizado por formar parte de un cambio global en el que no faltaron iniciativas y movimientos revolucionarios. Y que estuvieron simbólicamente iniciadas por el mayo francés y la primavera de Praga pero que también abarcan al Cordobazo y al triunfo de Allende en Chile entre otros importantes hechos de un tiempo rebelde y antagonista.

El acontecimiento histórico en que lo descrito en la antología de Mandel se encarnó en mayor medida en la realidad histórica fue durante la revolución portuguesa. La mitad de las empresas de ese país estuvieron bajo control obrero. A pesar de esto de este dato tan impactante el proceso pudo ser reabsorbido a través de diversas mediaciones políticas y presiones geopolíticas. En el Chile de la Unidad Popular también asistimos a situaciones que, en algunos casos, eran de control obrero clásico y, en otros, de administración obrera en conjunto con el estado. La contrarrevolución de 1973 acabó con todo esto.

Pero entre fines de los años setenta y comienzos de los ochenta, el capitalismo mundial ingresó a uno de sus momentos de recomposición. Occidente se desindustrializó parcialmente y el material humano que integra su clase obrera se modificó en gran medida (13). Podemos citar varias transformaciones centrales: se feminizó, se nutrió de inmigrantes, pudo erosionar una parte central del acuerdo social de posguerra y amplió la medida de desocupación que el orden social podía soportar. Estas características, especialmente las dos últimas, han transformado la manera en que nos aproximamos al trabajo asociado en este tiempo histórico: han desplazado las formas clásicas del control obrero y dotaron de nueva vida a las formas cooperativas y autogestionarias que se convirtieron en una forma de metabolizar el mayor horizonte de miseria aceptada por el capitalismo actual. Pero también constituyen un indicador del grado alcanzado de rebeldía de los trabajadores para enfrentar la escasez organizada del sistema. Acompañar esas experiencias y defender su autonomía es una tarea permanente para los socialistas de nuestra época.


Notas:

(1) Quizás esta nota sea supernumeraria pero es necesario para lo que expondremos más adelante. Hablar de Mandel implica referirse tanto a un importante investigador marxista, autor de libros de una notable erudición como su Tratado de economía marxista, de una caracterización de la notable recuperación del capitalismo de los años cincuenta y sesenta mucho más rigurosa que la vulgata catastrofista como la que plasmó en su obra El capitalismo tardío, una reflexión culta y brillante sobre los ciclos Kondriatev en Las ondas largas del capitalismo y podríamos seguir enumerando varios libros de Mandel que constituyen hitos teóricos. Al mismo tiempo, el joven Ernest Mandel se vinculó al trotskismo, junto a su amigo Abraham León, a partir de su contacto con Michel Raptis (más conocido como Michel Pablo). Presos, Abraham y Ernest en un campo de concentración nazi, solamente el segundo podría fugarse y participar activamente de la resistencia al fascismo. Terminada la segunda guerra mundial militó entusiastamente en la reconstrucción del movimiento trotskista, llegando a ser su dirigente más conocido hacia los años sesenta. Mandel tenía la entrada prohibida en más de quince países, incluidos Estados Unidos y la Unión Soviética. No es exagerar si se lo califica como un héroe del siglo XX.

(2)La antología empieza con los textos clásicos de Marx y Engels y continúa con la visión del llamado centro marxista cuyo teórico fue Karl Kautsky. Retoma la experiencia del primer soviet, el de Petrogrado y su principal dirigente León Trotsky. Toma también los textos programáticos de Lenin en la Tercera Internacional así como otros miembros de esa asociación política. Después presenta documentación sobre las teorías de autores bolcheviques sobre el manejo de una economía socializada y el papel de los sindicatos. Encontramos luego el análisis que sus protagonistas pudieron hacer del ascenso revolucionario posterior a la primera guerra mundial, especialmente las experiencias alemana e italiana pero también aparecen los escenarios británico y norteamericano. Hay un intermedio teórico en torno a las posturas del joven Lukacs, Korsch y los consejistas. En el mismo apartado están la experiencia de los soviets campesinos en China, la revolución española y la huelga general francesa de 1936. Incluye allí el Programa de Transición que funda el trotskismo. Los dos últimos apartados tratan las etapas posteriores a la segunda guerra mundial, en las que toma la experiencia de la autogestión yugoslava y argelina, el control obrero en Bolivia, las rebeliones obreras en Europa del este y sus correlatos autogestionarios, las discusiones de teóricos marxistas como Panzieri y Gorz, finalizando con algunas experiencias del mayo francés y la primavera de Praga. Como dato curioso podemos agregar que algunos tramos de la antología de Mandel fueron tomadas en Cuadernos de Pasado y Presente número 33 “Consejos obreros y democracia socialista”.

(3) Sin duda esta circunstancia convierte a los años de la Komintern posteriores a Lenin en una historia apasionante, especialmente en lo que hace a las relaciones muy difíciles entre el partido alemán y la mayoría stalinista del partido ruso. Los congresos quinto y sexto son francamente fascinantes en ese aspecto. En verdad, en lo que hace al dominio de la Internacional por parte de Stalin esto se consigue verdaderamente recién en el séptimo, a pesar de que esa afirmación se terminó de imponer asociada a una política prestada por Dimitrov, estratega de los frentes antifascistas. Con esta política el movimiento comunista oficial obtuvo un crecimiento enorme mientras que sus rivales trotskistas, perseguidos por los servicios secretos de Stalin y después por fascistas y “demócratas” occidentales, terminaron reducidos a una marginalidad de la que no pudieron escapar. Esta situación les impidió capitalizar sus muchos aciertos políticos durante el período ultraizquierdista de la Komintern, que termina en el desastre de la victoria del fascismo radical hitleriano.

(4) Las demandas transicionales no están ausentes del programa de la Tercera Internacional en sus primeros congresos. Pero su implementación depende de cuál es el carácter de la situación política que atraviesa una formación social concreta. Contrariamente, el programa trotskista convierte a las demandas transicionales en el eje de su práctica política. La llamada izquierda socialista de los años setenta argentinos llevó a cabo una crítica del programa de transición que iba en este sentido, tal como puede verse en las publicaciones de organizaciones como Orientación Socialista, Socialismo Revolucionario y la Tendencia Comunista salida del PRT. En la actualidad, el economista Rolando Astarita ha retomado esta crítica en términos generales. 

(5) La actitud de Mandel ante el programa de transición fue una actitud más prudente y elástica respecto al uso de las demandas transicionales, aunque sin poner en discusión la validez del armamento político trotskista. No se debe al azar que la actitud de las fracciones trotskistas más ortodoxas, que cuestionaban sus posiciones teóricas y políticas, tomaran como bandera desplegada al viento y signo irrenunciable de identidad al ya citado programa.

(6)  Si bien Mandel toma posición respecto a una gran cantidad de asuntos, en el tema de la cogestión no hace diferencia explícita entre empresas privadas y empresas públicas.

(7) Eduard Marz fue un socialdemócrata austríaco nacido en Ucrania. Defendía la perspectiva de la llamada “cogestión por la base”. Gilles Martinet fue miembro del ala izquierda del socialismo francés, el PSU (Partido Socialista Unificado) hasta 1972, año en el que ingresa al PS oficial. Martinet defendía la estrategia de la “conquista de los poderes”, visión que, según Mandel, rehuía el planteo estratégico de destruir el estado capitalista.

(8) La democracia económica es patrimonio común tanto del movimiento cooperativo, basado en los “principios de Rochdale”, como de la socialdemocracia de la segunda posguerra (por ejemplo en la célebre y refundacional “Declaración de Francfort”.

(9) La discusión en este terreno vuelve a ser con las alas izquierdas socialdemócratas, las cuales a pesar de ser minoría en los partidos europeos siempre congregaron a miles de militantes.

(10) Para ambos textos, el Manifiesto (1864) y las Instrucciones (1866) se puede consultar www.marxist.org.

(11) La guerra civil en Francia” en www.marxist.org

(12)  Crítica del programa de Gotha” disponible en www.marxist.org

(13) Es conocido que la clase obrera norteamericana se desplazó desde el noreste hacia el sur. Y pasó de tener una alta sindicalización a una de las más bajas.