Fútbol y mujeres: un poco de historia y desafíos pendientes

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por Lucía Malena Abelleira Castro

A un año de la profesionalización del fútbol femenino, pareciera que este llegó para quedarse. Nos encontramos en un momento histórico aparentemente único en el que miles de mujeres de todas las edades le dan un intento al deporte probablemente más masivo del mundo. No obstante, este artículo buscará iluminar una historia muchas veces oculta acerca de la raigambre histórica del fútbol femenino dentro de dicho deporte. Buscaremos indagar en su recorrido casi paralelo al desarrollo del fútbol masculino y nos preguntaremos por las razones que llevaron a su papel netamente secundario y accesorio. Como es de esperarse, nada fue casual y puede reducirse al menosprecio arbitrario de las elites dirigenciales de la rama masculina, acompañado de una inmensa construcción cultural alrededor del carácter “violento”, “brusco” y “de macho” del fútbol.

Ya en el año 2500 a. C, se jugaba en la China de la dinastía Han al Tsu Chu. En esta antigua variante del fútbol, que consistía en patear una pelota para embocarla en una red, tenían permitido jugar tanto hombres como mujeres. En el caso de Europa, hay evidencias de que en el Siglo XII las mujeres jugaban a todo tipo de deportes con pelota, especialmente en Francia y en Escocia. Pero detengámonos en algunas geografías y momentos históricos particulares.

Recorrido histórico: el caso de Inglaterra

En 1894, la activista por los derechos de la mujer Nettie Honeyball publicó en un períodico un anuncio con una búsqueda abierta de mujeres para conformar junto a ella un equipo de fútbol. Fue en ese momento que, junto con las treinta valientes que respondieron, se formó el primer equipo de fútbol femenino: British Ladies’ Football Club (BFCL). El equipo contó con el patrocinio de Lady Florence Dixie que, además de ser una mujer reconocida en la época por sus ideas feministas, formaba parte de una de las familias más escandalosas de la aristocracia británica.

Proveniente de un hogar de clase media, Honeyball contaba con una vasta red de contactos que le permitieron publicitar de manera exitosa el primer partido que disputaron. De manera extraordinaria, cerca de 10.000 espectadores se reunieron para alentar al BLFC. Honeyball, que creía en el fútbol como un deporte masculino que también podía ser femenino, demostró con este evento que las mujeres eran capaces de ocupar lugares importantes en la sociedad que hasta ese entonces tenían vetados.

El encuentro disputado en 1895 pasó a la historia como el primer partido oficial de fútbol femenino y fue el puntapié inicial de una seguidilla organizada por el BFCL. A pesar del buen recibimiento que tuvo el público en una primera instancia, los espectadores fueron disminuyendo en los encuentros que siguieron: las críticas al juego errático de las futbolistas llenaban los diarios de la época y sus uniformes dejaron de ser llamativos con el paso del tiempo.

Como era de esperarse, el protagonismo de las mujeres en el campo de juego tampoco fue bien recibido por las autoridades de la Federación Inglesa (FA). En años en los que la lucha feminista se enfocaba en los derechos civiles para las mujeres, la comisión directiva -completamente masculina- interpretó este avance como un peligro para el predominio del fútbol masculino. En 1902, en consecuencia, se prohibió a todos los miembros de la FA apoyar la existencia o disputar partidos contra equipos femeninos.

Pasaron los años y llegó la Gran Guerra. Irónicamente, este período que tuvo en vela a la población mundial toda fue clave para el avance femenino en las canchas de fútbol de Inglaterra, marcando la era dorada del fútbol femenino inglés. Debido a la demanda de fuerza masculina en el campo de batalla, la mujer ocupó espacios en el mercado de trabajo para reemplazar a los hombres enviados a la guerra. 

Las mujeres -que por ese entonces no tenían permitido votar, derecho que algunas verían reconocido con el Acta de Representación del Pueblo de 1918-  ahora eran empleadas en diferentes ramas de la industria. En ese contexto, comenzaron a jugar al fútbol en sus descansos, actividad históricamente masculina. Si bien hasta ese momento formar parte del equipo de la fábrica era un privilegio sólo de hombres, las mujeres lograron rápidamente ingresar en ese ámbito. Así surgieron diversos cuadros que comenzaron a disputar nuevamente partidos con presencia puramente femenina en la cancha. El más exitoso de los equipos de la época fue el Dick, Kerr’s Ladies de Preston, surgido a finales de 1917 en la fábrica de armamentos.

Los partidos de fútbol femenino se fueron convirtiendo poco a poco en eventos extremadamente populares. Por ejemplo, un juego entre Dick Kerr Ladies y Newcastle United Ladies disputado en 1919 en St. James’s Park reunió a unas 35.000 personas y recaudó cerca de 1200 libras (al valor de la época) para organizaciones benéficas locales de guerra.

A pesar del éxito conseguido por el fútbol femenino, la FA se rehusaba a reconocerlo. Por este motivo, las mujeres aficionadas decidieron crear la English Ladies Football Association, que en sus inicios resultó fuertemente boicoteada por la dirigencia del fútbol masculino, llegando incluso a tener que recurrir a canchas de rugby para poder practicar el deporte.

Prohibición del fútbol femenino

Los avances logrados por el movimiento de mujeres en diversos ámbitos durante la guerra sufrieron retrocesos al finalizar la misma. Los hombres ya habían regresado a sus empleos y pretendían que las mujeres retornaran a la vida doméstica. La prensa se volvió en contra del fútbol femenino y las mujeres dejaron de ser consideradas aptas para practicar fútbol. La FA aprovechó esta campaña en contra del fútbol femenino y ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran «el uso de los recintos para los partidos entre mujeres». Las razones que se esgrimieron para justificar esta prohibición fueron igual de absurdas que la medida: el fútbol era presentado como un deporte inapropiado para las mujeres; se hacía alusión a la existencia de fallas estructurales en el desarrollo de los encuentros de fútbol practicado por mujeres (campos de juego, tribunas, entre otros aspectos); por último, se mencionó que dado que los ingresos de los partidos femeninos se dedicaban en su totalidad a obras de caridad, a los clubes no les resultaba rentable seguir apoyando estos eventos.

Además, no solo se les prohibió a las mujeres la práctica del deporte, sino que se vetó a todo miembro de la FA que participe en una actividad relacionada con las mujeres y el fútbol: sus miembros no tenían permitido oficiar como árbitros o jueces de línea en ningún partido femenino. 

Todo este ensañamiento con el deporte femenino claramente tenía una cuestión política detrás: el equipo Dick, Kerr’s Ladies -junto con otros de menor popularidad- habían disputado numerosos partidos cuya recaudación fue destinada a los mineros durante las huelgas de 1921. A la FA no le cayó en gracia que las mujeres tomaran partido en un asunto político nacional, lo cual sin duda fue un determinante a la hora de prohibir el fútbol femenino.

Salvo el Dick, Kerr’s Ladies -que contaba con un gran capital que le permitió hacer giras por los Estados Unidos- la mayoría de los equipos de fútbol femenino desaparecieron de la noche a la mañana. Esta prohibición duró medio siglo. 

Recién en 1971 la FA permitió que los estadios de sus clubes miembros fueran casa nuevamente de partidos de mujeres. Ese mismo año, la Unión Europea de Fútbol Asociado (UEFA) recomendó a los organismos nacionales que la componían que era hora de tomar el control del fútbol femenino. Esta decisión marcó el renacer de balompié femenino. Desde ese momento hasta el presente, las mujeres se han ido involucrando cada vez más en este deporte, llegando incluso a ser profesionales en épocas recientes,

Con el levantamiento de la prohibición, en la década del 1970 comenzó lo que podría llamarse el boom del fútbol femenino. Esta rápida expansión del deporte a lo largo y a lo ancho del globo llevó a la realización del primer Mundial de Fútbol Femenino oficial en 1991. En este sentido, resulta interesante mencionar lo sucedido en los Estados Unidos, primer campeón del mundo oficial en esta disciplina. Allí, la ausencia de una cultura futbolística masculina -comparable a la existente en el resto del mundo- permitió que el soccer fuese asociado con el mundo femenino. Para David Goldblatt, este se reveló como el deporte en equipo ideal para las clases medias blancas, ya que presentaba una alternativa menos violenta al fútbol americano, y menos “sospechosa” que el baloncesto dominado por los afroamericanos.

El caso argentino

El 13 de octubre de 1923 se disputó en Argentina el primer partido femenino de fútbol del que se tiene registro. La antigua cancha de Boca fue durante 90 minutos el campo de juego en el que se enfrentaron dos equipos: Argentinas vs. Cosmopolitas. Periódicos como La Vanguardia y Crítica dedicaron páginas a lo sucedido en aquel encuentro, al que cerca de 6 mil personas asistieron. Este primer encuentro es un reflejo de lo que estaba ocurriendo en ese momento en Gran Bretaña con las Dick, Kerrs’ Ladies  y la popularidad que ellas habían ganado.

El registro argentino posee un hueco en la historia del fútbol femenino. De la década de 1920 hacemos un gran salto hacia 1950. La manager y coordinadora general de la división femenina del Club Atlético Estudiantes de La Plata, Bettina Stagñares, conserva dos fotografías de esa época en la que se ven dos mujeres jugando al fútbol. Una de ellas era su madre, Nélida Zulma “Beba” González.

Por esos años también, un partido de fútbol de mujeres ocupó un lugar en la portada de la revista Goles (1959). En la nota titulada “Juegan, discuten y se van a las manos como los hombres” se relataba un encuentro disputado en la cancha del Club Atlético Tigre y los disturbios que se habían tenido lugar en el mismo. 

Además, existe registro fílmico (probablemente uno de los primeros) de un partido de fútbol femenino disputado en el campo del Club Atlético Tigre en 1964. 

Un año más tarde, la cancha de la Asociación Atlética Estudiantes recibió una notable asistencia de hinchas que se reunieron para alentar durante 90 minutos al Club Atlético Tigre y al Centro Cultural Alberdi. La celebración de este partido logró recaudar alrededor de 300.200 pesos, suma significativamente más importante que la conseguida ese mismo día en el partido de fútbol masculino en el que se midieron Atenas e Instituto de Córdoba.

Si bien el fútbol femenino aumentaba su popularidad, a principios de 1970 pocas instituciones de la Ciudad de Buenos Aires contaban con una división femenina (Club Atlético Piraña, Excursionistas, Universitario, All Boys, entre otros). 

En agosto de 1971, una delegación no oficial, “las pioneras” -compuesta por 17 jugadoras- representó a la Argentina en la Copa Mundial Femenina de Fútbol de 1971. El equipo, que no contaba con el apoyo de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), viajó sin masajista, sin entrenador y con un uniforme obsequiado por la Unión Tranviarios Automotor (UTA), sindicato que previo a la competencia les brindó también un espacio para entrenar. Además, como la camiseta que que llevaron para disputar los partidos al primer lavado se les arruinó, la organización -Federación de Fútbol Femenino- les dió camisetas nuevas y botines.

En 1978 llegó el primer torneo organizado de fútbol femenino, por supuesto por fuera de la estructura de la AFA. El “Torneo Metropolitano”, en el que Racing se consagró campeón, se disputó en condiciones muy precarias: canchas de tierra, improvisación de arcos y con futbolistas jugando en zapatillas, excepto por las mundialistas, a quienes se les habían obsequiado botines como ya vimos.

En 1986 se creó la Asociación Argentina de Fútbol Femenino (AAFF). Esta organización, independiente de la AFA, contaba con el madrinazgo de honor de Doña Tota, la mamá de Diego Armando Maradona. A pesar del carácter amateur del fútbol femenino, la AAFF logró financiar viajes para que las mujeres argentinas disputen partidos a nivel internacional. 

Esta asociación, presidida por Nils Altuna -una de las impulsoras del fútbol femenino en nuestro país-, organizaba torneos locales llamados “Femigol” en los cuales el cuadro Yupanqui fue el campeón y gran dominador hasta 1991​, año en el que se disputó la primera Copa Mundial Femenina y el primer Campeonato Sudamericano Femenino. Ambos torneos fueron organizados y patrocinados por la FIFA, merced a su decisión en 1991 de darle impulso a la rama femenina del deporte.

Ese mismo año comenzaron  a celebrarse anualmente los Torneos Oficiales de Fútbol Femenino en Argentina. En el año 2001, se implementó el formato Apertura-Clausura, el mismo sistema que el de la rama masculina, el cual no cambió hasta que en el año 2015 se creó la segunda división.

Profesionalización del fútbol femenino en Argentina

Por todo lo dicho, es claro que la historia del fútbol femenino en nuestro país es vasta. Sin embargo los casi 30 años de torneos oficiales no lograron colocar en pie de igualdad ambas ramas del fútbol argentino (femenina y masculina). A modo de ejemplo: los hombres viven del deporte profesional desde el año 1931 pero a las mujeres les tocó esperar hasta el año 2019 para conseguirlo. Casi noventa años.

En una época en la que el movimiento de mujeres está presente en muchos ámbitos, las canchas no podían quedar afuera. Mención aparte merece el rol de Macarena Sánchez, actual jugadora del Club Atlético San Lorenzo, en el impulso del proyecto de profesionalización y visibilidad del fútbol femenino. Hasta la firma de la profesionalización, conseguida el 16 de marzo de 2019, las mujeres no eran consideradas trabajadoras del deporte y podían ser desvinculadas de los clubes sin ningún tipo de explicación o indemnización.  

Lamentablemente, esta conquista no es para nada suficiente. Los clubes del interior fueron dejados de lado. El hecho de que se exijan solamente 8 contratos -cuando al fútbol se juega con mínimo 11 jugadores- genera diferencias dentro de los equipos. Sumado a esto, las mujeres no disputan sus partidos ni en las canchas principales ni en horarios fácilmente adaptables a la realidad de muchas de ellas: el trabajo por fuera de la pasión. 

En palabras de Evelina Cabrera, ex futbolista y presidenta de la Asociación Femenina de Fútbol Argentina (AFFAR), «hay una realidad que va desde la infraestructura, materiales y hasta personal técnico que difiere muchísimo de la realidad del fútbol masculino. Y esto sucede en los mejores clubes hasta en el más bajo, y tiene que ver con un tema cultural y machista, más allá del deporte».

Conclusiones

Si bien la profesionalización significa una conquista para las mujeres en el fútbol, aún no alcanza. Para lograr igualar las condiciones con la rama masculina son necesarios cambios que nos involucran a todos. 

En nuestro país son cada vez son más las niñas que desean jugar al fútbol. Sin una estructura deportiva que les permitan hacer una carrera dentro de un club (como sucede con los hombres), resulta imposible equiparar el nivel técnico, reduciendo a las mujeres a entrenar en situaciones precarias, sin poder explotar todo su potencial. Por eso es necesario que, tanto desde la AFA como desde los clubes, se impulse la práctica de este deporte con divisiones infantiles.

A lo recién mencionado se le debe sumar la calidad del entrenamiento. Los clubes deben proporcionarle tanto a las mujeres como a los hombres iguales condiciones en lo referente a los predios, las herramientas y la vestimenta. En la actualidad, las mayoría de las mujeres que practican este deporte se ven obligadas a entrenar en predios no preparados para la práctica del deporte, con la ropa vieja de los hombres o con lo que ellas puedan comprar con su dinero. 

El fútbol como un trabajo remunerado es una realidad de pocas jugadoras. Como ya mencionamos, solo 8 jugadoras por equipo -y únicamente en Buenos Aires- tienen contrato oficial con una entidad deportiva. Resulta imprescindible continuar con la lucha para que todas las mujeres que deseen vivir de su pasión tengan la posibilidad, como la tienen los hombres.

Como dijimos, el fútbol femenino llegó para quedarse. Parece difícil concebir la idea de un fútbol femenino con la repercusión y centralidad que adquiere cualquier partido de fútbol masculino. Aún más difícil será si nos amparamos en la necesidad de un supuesto “cambio cultural” como precedente que habilite las transformaciones estructurales del fútbol. Debe ser inclaudicable la discusión acerca de las condiciones físicas que el fútbol aparentemente necesita para ser desempeñado en altos rendimientos (argumento harto utilizado por el machismo para menospreciar a las mujeres que practican el deporte), además de otros preconceptos que nos inhabilitan para perfeccionarnos en esta disciplina. No obstante, como sabemos, la cultura por sí sola no crea desigualdades, sino que las refuerza mediante complejos mecanismos. Es por eso que no debemos dejar para el futuro el reclamo por unas condiciones estructurales que permitan que las miles de niñas y jóvenes que actualmente ya demuestran la falsedad de aquellos preconceptos puedan desempeñarse de la mejor forma en el contexto del club que elijan.


Imagen de Mariano Cabrera para Diario Infobae