Yvonne Blajean Bent: La justicia como mediadora del decir veraz

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Pensar en la justicia o en el Poder Judicial,  rama del Estado que intenta impartirla, no es tarea fácil. Máxime si tenemos presente que a diario se escuchan frases como “la justicia es lenta”, “la manejan los poderosos”, “justicia lenta no es justicia…”, entre otras, que nos generan un descreimiento sobre la posible existencia de dicho concepto y sentimientos encontrados con quienes la administran a diario.

Esto no solo ocurre en nuestro país y como muestra tenemos la sentencia al conocido “proces” catalán, que despierta tantas críticas como apoyos en la península ibérica. Por ello una reflexión sobre esta cuestión, aunque breve,  no debe dejar de lado la profundidad necesaria para que no sea solo un testimonio que aporte más que críticas vacuas.

Dicho esto, es momento de comenzar con la idea de Poder Judicial que tenemos como representación en Occidente, para luego avanzar al rol del juez y por último pensar en la aceptación que esto jueces tienen respecto de sus palabras (sentencias) en el entramado social.

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Para hacernos una idea de la organización del Estado y en especial del Poder Judicial solo diremos que idea de la división del Estado en 3 poderes que se controlen entre sí, se la  debemos a Montesquieu, quien en “El Espíritu de las Leyes” explica la necesidad de que la administración del Estado no recaiga en una sola persona o grupo particular, sin importar su origen o clase social, pues esto tendría como consecuencia la carencia de libertad para el resto. 

Ahora bien, establecido que es imprescindible que el ejercicio del poder sea repartido entre diferentes personas a fin de evitar abusos, es momento de pensar el por qué de la organización de la administración de justicia. Para ello usaremos la ayuda de Michel Foucault, quien en “La verdad y las formas jurídicas” (1978) hace una genealogía de misma. Sin ser demasiado exhaustivos y en honor a la brevedad, es posible tener en cuenta que el origen de la justicia como la conocemos hoy no es tan lejana en el tiempo y se la debemos en parte a la iglesia católica y  al imperio Carolingio. 

Esto por la introducción de la importancia de las pruebas como fundamento para la verdad jurídica. Antes de la impronta de la iglesia y del Imperio Carolingio, “la verdad” era en realidad asimilada a una cuestión de fuerza. La razón le asistía a quien pudiera conseguir más apoyo para su argumento. Este apoyo no se basaba en hechos sino en poder. Con el correr de la Edad Media, esta forma de resolver los conflictos fue desplazada por la de la recolección de pruebas mediante la inquisitio, para nosotros “Inquisición”. Es decir en la búsqueda de testimonios que lograran apoyar la reconstrucción de los hechos. Sin perjuicio de hacer la salvedad en relación a la forma en que muchas veces se obtenían dichos testimonios, es destacable el germen del rechazo a la fuerza y el poder, para vencer en una contienda judicial. Por otra parte es importante subrayar que en esta época (Alta Edad Media) comenzó a ser el  Estado, de acuerdo a su organización (muy diferente a la actual), quien poco a poco, el encargado de administrar la justicia, desplazando a los particulares. 

En este orden de ideas, resultaba imprescindible para que el Estado como institución pueda apropiarse del conflicto y administrar su solución que su palabra fuera válida para todos sus miembros, víctimas, victimarios y la sociedad civil en general. 

Esta validez no se obtuvo en poco tiempo sino que fue el resultado de marchas y contramarchas que tuvieron como vector más importante la organización económica de la sociedad. Pensemos en cuáles son los bienes jurídicamente protegidos y cómo se pena a quienes los violentan y veremos que la cuestión material no es menor, ya que el régimen de propiedad fue cambiando durante la Edad Media y comienzos de la Modernidad para ser lo que es hoy. Así la propiedad privada y la burguesía como motor económico juegan un rol fundamental en la escala de protecciones.

Dentro de estos cambios, el rol del juez es algo novedoso también, pues la gestión judicial no siempre estuvo en manos de letrados, sino que bien eran los obispos, bien los señores feudales los que se hacían cargo de resolver un litigio, aunque como se mencionó antes las controversias eran resueltas por los mismos particulares. El juez como representante del Estado es un fenómeno algo más cercano a la Modernidad. Y a esto debemos sumar que la separación del Poder Judicial y el Poder Ejecutivo, a cargo del soberano, es una representación más nueva aún. 

Pero volvamos a la validez de la palabra judicial. Para que esta sea aceptada como válida, fue necesario por un lado que como se dijo, los conflictos fueran expropiados y solo el Estado tuviera la potestad de solucionarlos. Sin embargo queda mencionar un ingrediente no menor: la credibilidad de los miembros de los tribunales. 

Entrar a discurrir sobre si la palabra de los jueces era válida y aceptada cuando todos estos cambios se fueron orquestando no aportaría mucho más que anécdotas, que no hacen al meollo de nuestro tema. Sin embargo reflexionar sobre la aceptación de la palabra de los jueces y tribunales actualmente es una cuestión que resulta central para el buen funcionamiento del poder judicial. Así las cosas, en la actualidad cada vez que una sentencia es conocida por la opinión publica, la sociedad se divide en 2. Aparecen grupos apoyando la sentencia y otros que la consideran errónea. Esto no surge de una cuestión de argumentos jurídicos o bien probatorios,  sino que lo que se cuestiona es la solvencia, la honestidad y la capacidad de los jueces que han fallado. Creo que este es el problema más importante que debe resolver nuestro país y muchos otros en los que la crisis de las instituciones lleva muchos años y que cada vez se parece más una ciénaga que nos atrapa quitándonos la capacidad de maniobra. 

Como primera medida es fundamental que el decir veraz sea lo que prime. Cuando me refiero a veracidad lo  hago pensando en la clase del 1° de febrero de 1984 de Michel Foucault, en el Collége de France, que se publica en su libro “El coraje de la verdad”. Allí el autor se dedica a desgranar el concepto de parrhesia. Este se refiere al decir veraz y para que este sea posible, es necesario no solo ser capaz de ser franco, sino que debe haber otro que me acepte como tal. Esto implica que a ese otro, quizás, pueda no gustarle lo que dice en nuestro caso un juez, pero que en caso de ser cierto, debe ser aceptado. Por otro lado, es necesario que quien habla no tenga miedo de ofender a nadie con la verdad; esto también es fundamental pues el temor a hablar francamente es lo que suele truncar la luz de la verdad. En algunos casos por las posibles represalias, en otros por el miedo a la ofensa. Esto es algo que en la Argentina ocurre con la mayoría de los hechos en que hay una investigación para dilucidar un posible hecho de corrupción. Si hay una sentencia, en general, la mitad de la ciudadanía no acepta el fallo, pues considera que es erróneo, mientras que la otra mitad lo celebra. Pero además, debemos agregar que hay un momento que es fundamental en la administración de la justicia, que se cristaliza en la administración, pero del tiempo para que se haga justicia.

Este tiempo, suele pasar rapidísimo si los hechos investigados son relacionados a ex funcionarios. Sin embargo, cuando estos funcionarios estaban en el cargo los expedientes no transcurrían en un frenesí alocado, sino que eran cuidadosamente guardados para evitar problemas con quienes están a cargo del gobierno. (Delgado Federico 2017). La cuestión temporal resulta entonces un ingrediente imprescindible a la hora de hablar verazmente para una sociedad, pues hace a la construcción de la credibilidad que nosotros mismos tenemos por quienes administran la cosa pública. Pero también a la credibilidad de todos los miembros de la sociedad, quienes dan vida a la parte pública, pues es su origen, su germen. Por ello la verdad debe ser un elemento fundamental de nuestro ethos.

Para que la parrhesia se transforme en una práctica es menester que se construya un lazo que permita que quienes hablan puedan hacerlo sin temor y a su vez con la seguridad que serán escuchados. Este lazo tendrá como basamento la ética, que no es otra cosa que una manera de ser y de conducirse de los individuos en una sociedad, en un momento dado. La ética debe ser la guía de quienes hablan, en nuestro caso los jueces, pero también de quienes reciben su palabra, pues eso generará lo mejor para el conjunto social. 

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Por ultimo, resulta importante ahondar en el tipo de juez que puede ser veraz y cuya palabra será aceptada por la sociedad. Para ello Francois Ost será una gran ayuda. El pensador belga hace una distinción tripartita en las posibles clases de jueces que administran la justicia. De esta forma menciona el juez que llama Júpiter, el cual respeta la letra de la ley. El derecho es una pirámide cuyo vértice, la norma fundamental, habilita a crear otras normas. La cara opuesta a Júpiter es Hércules, un juez que Ost caracteriza como asistencial. Su rol deviene de la crisis que ha provocado el neoliberalismo y no solo aplica la ley de corte liberal, sino que debe orientar, prevenir, y controlar que se cumpla su sentencia.

Como una figura más etérea e intermedia nos presenta a Hermes, el juez mediador, que en estos momentos de fluidez y liquidez (como denomina Zygmunt Bauman), debe resolver conflictos cambiantes, con normas que se puedan flexibilizar de acuerdo a las circunstancias. Hermes sería una juez en un mundo formado por nodos y bancos de datos, en los que el derecho no es más que un devenir y las normas surgen a partir de los hechos. Este juez debe intervenir para que los sujetos de derecho puedan interpretar la norma pero ser coautores de la misma ya que la ley deviene como un discurso que circula. 

Este discurso debe tener la fortaleza necesaria para ligar, aglutinar al entramado social y es función del juez con su decir veraz, haciendo uso de la parrhesia, jugar un rol de mediador cuya palabra sea aceptada y respetada. Pues este juez será un emergente de la sociedad que buscará, en su rol, hacer cumplir la ley pero con el objetivo de que los miembros  de la sociedad sean seres activos a la hora de expresar su verdad, no solo observadores pasivos que únicamente se acuerdan de la justicia cuando ella con sus ojos vendados les respira de cerca .


Yvonne Blajean Bent es abogada y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Es maestranda en la Maestría en Teoría Política y Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.


Bibliografía de consulta:

  • Bauman Zigmunt. (2017) Tiempos Líquidos. Tusquets editores.
  • Delgado Federico (2017) Injusticia. Planeta
  • Foucault Michel (1978) La verdad y las formas juridicas. Gedisa
  • Foucault Michel (2010) El coraje de la verdad. El gobierno de si y de los otros II. Fondo de Cultura Económica 
  • Ost Francois. (2007) Júpiter, Hércules, Hermes: tres modelos de juez. Academia. Revista sobre enseñanza del derecho. Año 4 numero 8. Páginas 101-130.