Federico Delgado: Cuando el “sistema” se impuso al sujeto bajo la cleptocracia

Continuando con las reflexiones acerca de la justicia y el poder judicial en estos tiempos, Federico Delgado nos brinda una reflexión de «los cuadernos de centeno» desde una perspectiva politológica. El desafío es comprender el formato actual de la sociedad argentina. Para esto, el autor utiliza como lente cuatro ejes: parrhesía, ideología del «como sí» y seguridad.



I

Los “Cuadernos de Centeno” marcaron gran parte de la agenda pública de los últimos tiempos. En general fueron la base de una multiplicidad de discursos abordados, básicamente, desde el plano político partidario y político judicial. Me interesa pensarlos como una fotografía que resume y condensa un momento histórico de la sociedad, signado por una profunda devaluación de los fines normativos de la Constitución Nacional y sumidos en medio de la emergencia y sedimentación de categorías propias de un estado preconstitucional. Y quiero pensarlos en base a una lectura que hizo Michel Foucault de Platón. En otras palabras, los cuadernos constituyen la prueba palpable de una crisis de sentido muy profunda que se presenta a nuestros ojos en la faz económica, política y social, que se acerca al estado de naturaleza propio de la filosofía contractualista.
Michel Foucault dedicó la clase del 9 de febrero de 1983, del “Curso en el Collége de France” a “Las cartas de Platón”. Trabajó de manera exquisita la relación entre la democracia, la isegoría y la parrhesia; es decir, la igualdad del derecho a hablar y el hablar franco sin temor a las consecuencias. No todas las cartas son de Platón, aunque, en términos generales, todas surgieron de platónicos ligados a la famosa Academia. En términos contextuales, esos textos tienen un interés especial porque revelan el rol de la escuela platónica en la vida de la antigua Grecia. Además de ello, permiten discutir como se organizan y como se desorganizan las ciudades y la importancia crucial que en ese sentido tiene la franqueza en las relaciones sociales. Como hablar, que decir, a quien hablar y cuando hablar constituyen aspectos decisivos en la organización social. Es que las sociedades no pueden sostenerse en base a las mentiras, porque las mentiras son fuente de discordia e impactan en los fines normativos de la democracia. Si las democracias son una forma de fundar la libertad política mediante la ley, la mentira o la ausencia de franqueza es el solvente que corroe los cimientos del régimen político.
La crisis de estos tiempos, que se verifica en todas las dimensiones de la vida societal vuelve atractiva la idea de repasar algunos conceptos de esos textos. Sociedades fragmentadas, relaciones sociales violentas, profundas regresiones en términos de calidad de vida material y espiritual, estrategias de explotación que no solo buscan extraer riqueza del hombre sino apropiarse de sus componentes políticos, ausencia de estrategias y proyectos de vida de largo plazo, constituyen genuinas preocupaciones para interpelarnos sobre las condiciones sociales y los dispositivos que llevaron a muchas sociedades al borde de la autodisolución. Los cuadernos y las cartas son una gran puerta hacían ese análisis.
-II-
Esta introducción me basta para señalar el punto crucial, ya que de todo ese campo de problemas me voy a ocupar del principio contenido en la carta V. Dijo Platón que cada forma de gobierno tiene su “lengua”; es decir, tiene su propio idioma frente a los hombres. La democracia habla de un modo, la oligarquía de otro, etc. El punto es muy relevante, porque la pregunta que subyace se vincula con desentrañar las razones por las que los regímenes1 políticos perduran o se corrompen. La “lengua”, entonces, nos permite ingresar en la cuestión nodal de la organización social, en los dispositivos que hacen a su formato y, por lo tanto, nos permiten asir los tópicos que sostienen o destruyen la democracia. Esos tópicos, precisamente, son los parámetros en que se desenvuelve nuestra vida colectiva e individual. Por eso son tan importantes algunos conceptos que allí legó Platón.
Dice Platón qué si cada forma de gobierno respeta su naturaleza, puede mantenerse en el tiempo. Sino lo hace, se derrumba. De estas premisas surge un principio muy importante que deben respetar quienes aconsejan a los gobernantes: es preciso detectar el “idioma” de cada forma de gobierno, para no errar en el consejo. Los argentinos tenemos una tendencia a importar remedios de otras latitudes, incompatibles con nuestra lengua. Cada lenguaje tienes sus particularidades tanto para fundar como para corromper una polis. Es decisivo desentrañar los enunciados que componen un régimen, sus prácticas preexistentes y sus horizontes de sentido.
Esa valiosa experiencia nos tiene que iluminar en estos momentos porque, en aquellos casos, el resultado fue siempre el mismo: el fracaso de algunas políticas públicas que van desde recetas del Fondo Monetario Internacional para la economía, del Banco Mundial para las políticas sociales, educativas y para la reforma judicial. También nos tiene que iluminar, porque quizá el grupo social que se beneficia con este régimen sí comprende su “lengua” y la renueva en el tiempo. Ninguna organización social nace y perdura por obra el acaso. Sigamos y retengamos que, para analizar un régimen, primero hay que comprenderlo.
La cuestión significativa para Platón en esos textos es doble. Por un lado, la necesidad de que el experto tenga la sensibilidad y la formación para detectar el “lenguaje” de ese régimen político. Por otro lado, y esto es decisivo, el consejero tiene que ser un “parrehsista”. Esto significa que debe decir su verdad, sabiendo que esa verdad puede generar el disgusto de los gobernantes; es decir, el consejero se expone a un riesgo concreto. Es maravilloso el modo en que define Platón el rol de los intelectuales: un saber situado, una responsabilidad con ese saber y con el régimen político y una franqueza que siempre entraña un riesgo concreto. Ser franco, en esa clave, es un acto de amor.
A Platón se la hacía una objeción. Si tenía todo tan claro ¿Por qué no le dio consejos a la propia Atenas, de cuya crisis fue testigo? La respuesta que se atribuye a Platón es tremenda. Dijo algo así como que el pueblo de Atenas se había entregado desde hace tanto tiempo a costumbres malas y que ya no era posible reformarlo. Por ello, para el consejero parrhesista no había acción posible. Era inútil correr el riesgo de ser franco para una sociedad que no quería escuchar. La democracia estaba perdida.
En la respuesta surge también un grave diagnóstico. A veces los intelectuales no pueden hacer más nada. Sólo el cuerpo político puede hallar el germen de la refundación o permanecer condenado a la destruccion. Hay momentos en la historia en que se disuelven los consensos básicos que permitieron el paso del estado de naturaleza al estado civil. Desarrollar una sensibilidad para detectar ello, es también una virtud. Por esa razón, muchas veces y sobre todo en estos tiempos, es útil preguntarse no tanto por las soluciones que proponen consejeros de todo tipo, sino interrogarse si el acto de recurrir a los consejeros no equivale a reconocer la corrupción de una sociedad que se conforma con escuchar y tratar de llevar a cabo propuestas que sabe condenadas al fracaso de antemano, porque no esta dispuesta realmente a incorporarlas a su “lengua”. En otras palabras, quizá solo el hecho de pedir un consejo expresa la corrupción de un cuerpo político que perdió la capacidad de auto interrogarse sobre su propio destino. A la par, quizá es el indicador que revela un curioso mecanismo por medio del cual el cuerpo político le pide un consejo a quien se beneficia de su corrupción.
En la carta VII Platón explica cómo el régimen ateniense se corrompió: violencia, mal funcionamiento de la justicia, gobernantes que usaban el poder para sí; etc. En esa misma carta VII Platón señala que el consejero además de la franqueza debe detectar el kairoi; o sea, la oportunidad, porque no sólo es importante comprender, hablar y aconsejar de acuerdo con la “lengua” del régimen, sino que también es decisivo intuir que momento es el oportuno. Ello es así, porque aún durante las crisis hay oportunidades para hacer los cambios estructurales que hacen falta en ese momento. Claro que es necesario siempre el apoyo de la comunidad. Los asesores, quienes conocen la ciencia de la política, tienen que aconsejar y participar en los asuntos comunes. Más deben elegir los momentos. Tienen que hacerlo pues, a veces en la historia de las comunidades tanto las crisis, como la disposición de los gobernantes y, me animo a decir, de los ciudadanos, permiten a través de la pedagogía cambiar algunas prácticas para generar un “ethos” que nos permita una buena vida en común.
-III-
Reduje heréticamente las líneas del texto, porque me parece importante retener la relación entre la democracia, la verdad, el riesgo, la crisis, las oportunidades, pero siempre a partir de detectar cual es la “lengua” de nuestro régimen político. Esa acción no se negocia. Vamos al caso argentino ¿Cuál es la lengua de nuestro régimen político? La lengua real de nuestro régimen está muy lejos de aquella condensada en nuestro acuerdo original que es la Constitución. Por ejemplo, ella habla de la forma republicana de gobierno, cuyo lenguaje es el derecho. También consagra los derechos civiles y políticos básicos que edificaron la democracia moderna. Incorporó asimismo los derechos sociales y la nueva generación de derechos ligados al medioambiente, al consumo y al derecho internacional de los derechos humanos. Ninguno de esos derechos rige plenamente y de manera universal, pese a que al menos nominalmente la Constitución tiene un alcance universal en el territorio.
Estamos lejos de los compromisos condensados en la constitución. Ella es un gran catálogo de derechos que rara vez podemos ejercer con plenitud. El derecho se aplica selectivamente y a veces se lo niega. Las libertades civiles y los derechos políticos se ven amenazados por la inseguridad, las respuestas desproporcionadas del estado a la protesta social y el mecanismo de financiamiento ilegal de la política que desiguala la competencia electoral porque la liga al acceso a las fuentes de financiamiento empresario. El medio ambiente es ferozmente castigado por una matriz económica extractiva, los consumidores aparecen en general como víctimas de poderosos conglomerados empresarios, cuya búsqueda de la ganancia no respeta ningún límite y los derechos humanos se aplican, como todo el derecho, con un innegable sesgo de clase que siquiera respeta la universalidad en la que al menos formalmente se inscribe el rasgo universal que identifica al Estado – Nación.
Como se ve, la lengua de nuestro régimen también la podemos detectar por su desempeño que nos muestra una vida pública atravesada por la corrupción, el saqueo del patrimonio común, por el uso de la cosa pública para fines particulares, por una institucionalidad frágil que por acción o por omisión de alguna manera garantiza la impunidad y por un desagarro del ciudadano portador de derechos que regresó a la condición de “hombre”.
Es muy importante, frente a una realidad que muestra como una organización política se ve impugnada desde arriba por una vulnerabilidad a la economía global, por abajo por la fragmentación del cuerpo político derivada de la pobreza y por el medio debido a las pujas de las élites por apropiarse de los resortes del Estado, es muy importante decía, comprender que es imposible plantear un escenario de salida sin hacer el ejercicio y el esfuerzo de comprender primero y reconocer después, cual es la “lengua” de nuestro régimen. Una manera de llevar adelante dicho ejercicio es enumerar sus rasgos.
Se destacan el egoísmo; la exacerbación de la búsqueda del éxito económico; el olvido por el otro; la concepción de lo público como un botín del que es preciso apropiarse para hacer negocios; la tendencia sistemática de utilizar la revolución comunicacional para presentar una vida pública que no es real; el hábito de las facciones que ocupan los roles de gobierno de utilizar los resortes del Estado para disciplinar y destruir a quien no comparte esa visión del mundo, o no hace de la lisonja una forma de vida; la manipulación de la ley para castigar al enemigo, proteger al amigo e ignorar a los demás; la práctica de encargar a un “otro” la solución de los problemas de la vida en común; el desprecio por los premios y castigos; el recurso de los prejuicios sociales para comprender la realidad y la búsqueda desenfrenada de la realización personal mediante el consumo. Sin embargo, todo esto que se ve a simple vista desde un punto de vista externo, aparece velado para quienes habitan el suelo argentino ¿Por qué? ¿Habrá algún problema de comprensión? No. Ese es el trabajo de la ideología. Volveré sobre ello. Por ahora voy a permanecer en el ethos conformado por esos rasgos.
En medio de este “Ethos”; es decir, en medio de estas costumbres y prácticas los argentinos enfrentan día tras día el desafío de vivir. La dinámica desatada por los “cuadernos de Centeno” puso todo ello de manifiesto. Hizo que esos hábitos irrumpan en la realidad. Como si fuesen un conjunto de piedras que cayeron desde un edificio en medio de un charco de agua nos salpicaron a todos. Los cuadernos constituyen un indicador fenomenal. Por ello, esa dinámica que vemos con perplejidad, en la que empresarios y ex – funcionarios reconocen los delitos, no tiene que presentarse lejana. Habla de ellos, pero también de nosotros. Contiene todas las premisas que nos ayudan a entender porque dicho ecosistema social hace imposible casi todo. Desde cruzar una ciudad, lidiar con la burocracia, enseñar, acceder a la salud pública, recorrer una ruta, tomar un tren, subte o colectivo, buscar justicia. En este último aspecto, los “cuadernos” nos muestras cual es la función real de la ley. Volveré sobre ello. En síntesis, ellos resumen nuestra “lengua”
La dinámica de los “cuadernos” desnuda la “lengua” del régimen político de la argentina, porque exhibe funcionarios desleales con la cosa pública, empresarios dispuestos a todo en el marco de la singular sedimentación del capitalismo en estas pampas2, un sistema judicial cómplice que con su acción y su omisión incentivó la vida de la “lengua” del régimen y la indiferencia de una sociedad que por un profundo disciplinamiento físico y económico3 toleró y a veces disfrutó de pequeñas dosis de alegría ficticia que esa “lengua” le regaló (como los momentos de alto consumo). En otras palabras, si comparamos los rasgos que identifican la lengua del régimen con la constitución, prácticamente nos hallamos en el estado de naturaleza hobbesiano, atravesado por el miedo a perder la vida y la lucha de todos contra todos.
El coeficiente de adversidad que trae aparejado emprender cualquier acción “normal” de una sociedad del siglo XXI se ve agravado, además, porque ese “ethos” se naturalizó y los ciudadanos se acostumbraron a vivir mal. Utilicemos el “affaire” Centeno para explicarlo.
No me interesa cuestionar la genealogía de los cuadernos porque una parte sustancial de la información fue reconocida por los actores. Tampoco los significados penales y los tiempos que abarca la causa. En el nivel general en que están colocadas estas líneas me basta con sostener que en general son verídicos. Me voy a concentrar en el movimiento que dispararon, porque mediante la dinámica desatada podemos asir mejor la “lengua” de nuestro régimen. Para empezar, en una república un ciudadano escogió denunciar un delito ante un periodista y no ante la justicia. Allí estriba el desafío a la credibilidad institucional. La cinematográfica genealogía de los cuadernos y su ingreso al campo estatal es una potente muestra de la legitimidad del sistema judicial.
La justicia, cuando recibió la denuncia, eligió un camino heterodoxo para empezar su trabajo. En esa elección heterodoxa yace una mancha originaria sobre el proceso judicial4 que, entre muchas cosas, revela que la ley se aplica fuera de todo contenido moral, porque no es la expresión institucional de un régimen de verdad, sino un instrumento en poder de quienes ocupan los roles de gobierno. De alguna manera, la reacción de la justicia fue perfectamente conteste con la secuencia preexistente que se remonta a un chofer tomando apuntes, a la custodia de esos apuntes por algún tiempo y a la entrega posterior a un periodista que finalmente generó la pesquisa judicial.
Inesperadamente, porque la regla en nuestro país es que los acusados nieguen los hechos, actores relevantes del sistema institucional (empresarios y funcionarios públicos) se lanzaron a una carrera desenfrenada por acogerse a la ley del arrepentido, un mecanismo legal para obtener información a cambio de algo de inmunidad. El camino que los acusados recorrieron para arrepentirse también estuvo plagado de intrigas, acusaciones y sospechas recíprocas.
En medio de ese maremoto aparecen personajes que parecían laterales, pero que son centrales porque son enunciados de nuestra “lengua”. Es que un episodio de estas características necesariamente requiere un “compromiso del Estado en su conjunto”. Por un lado, un exmagistrado que reconoce explícitamente que dictaba sentencias con su voluntad viciada por la acción de los servicios de inteligencia. Por otro lado, los “cuadernos” indican específicamente el rol de financistas que creativamente canalizaban la circulación de dinero. Finalmente, se identifica a un empresario que dirigía un conglomerado de medios. La justicia que emitía el laudo legal a la versión que los servicios de inteligencia elaboraban, los financistas gestionaban las prebendas que circulaban y algunos medios que difundían mensajes concretos.
Repasemos. Dinero público, funcionarios infieles amañados con empresarios, indiferencia social, servicios de inteligencia doblegando voluntades judiciales y responsables de medios de comunicación masiva intensificando esos mensajes. Pero todo esto estaba “ahí” y pese a ello funcionó mucho tiempo, gracias al trabajo de la ideología que no dejó ver la auténtica “lengua” del régimen.
Frente a esa trama que operó dentro de las instituciones del Estado, el mismo Estado tuvo que reaccionar por medio de una investigación judicial. En el momento de la reacción, dicho Estado desde un punto de vista sorprendió con un giro pragmático. Desde otro punto de vista reaccionó conforme a la “lengua” del régimen. Coqueteando con Max Weber, podríamos decir que pasó de una acción pública con arreglo a valores inscrita en no negociar con imputados y descubrir los delitos de la mano del valioso monopolio legítimo de la fuerza. Sin embargo, se desplazó, decía, hacia una acción con arreglo a fines; es decir, a sentarse en la misma mesa con quienes violaron el pacto social para que los infractores le expliquen a la institución judicial el “que”, el “cómo” y el “cuando”. Pasó de la moral constitucional al frío cálculo contractual, ¿o será que nunca operó de acuerdo con una acción con arreglo a valores? Lo veremos más adelante. Sigamos.
Estamos en medio de ese devenir que contiene los rasgos de la “lengua” del régimen. Corrupción, mentiras, impunidad, delitos, traiciones, cálculo, violencia. Ese ethos se aleja de la república, también de la democracia y nos acerca peligrosamente a la cleptocracia. En griego antiguo significa el gobierno de los ladrones, que institucionalizan a un régimen político en base a la violencia, el poder económico, la impunidad, el amiguismo y naturalizan la comisión de delitos escudándose en que “así es el sistema” cuyo correlato social sería el “roban, pero hacen” o “estos no roban porque ya son ricos y van por el bronce”
-IV-
Los “cuadernos” y el ecosistema que los envuelve, condensan las vertientes de las que emana el sentido social que suelda las condiciones sociales en las que se despliega el momento histórico. La articulación de los rasgos que describen la “lengua” del régimen político, fotografiados en los “cuadernos”, constituyen los contornos de una ideología. La llamo la ideología del “como si”.
Una ideología, en términos generales, es una visión del mundo que se exterioriza en formas de vida, estructuradas en base a determinadas creencias y valores. Su eficacia tiene que ver con que es una herramienta para trabajar sobre la realidad y construir una sociedad en función de una forma de vida. La ideología del “como sí” consagra un mundo irreal a la par que protege del mundo real. Está anclada en una crisis de sentido identitario y evita el choque con una realidad muy cruda y cruel. La ideología del “como sí” expresa el desgarro de un sujeto dislocado que lo ha perdido casi todo, pero que se aferra a una irrealidad sostenida en base a hipocresías y mentiras. Específicamente, el “como sí” funciona como una lente que obtura realidades evidentes, pero que es más cómodo no ver: pobreza, marginalidad, violencia verbal, física y simbólica, corrupción, saqueos, premios ficticios, ausencia de valores, mercantilización de las relaciones y competencia por triunfar en medio de esas realidades evidentes naturalizadas como invisibles.
Pero esas realidades no son obra de una mano negra. Si así fuese bastaría con identificarla y articular voluntades para vencerla en una competencia electoral. El drama ontológico de la ideología del “como sí” es que constituye un sistema porque se transformó en “sentido común” y es la fuente de las acciones que las personas realizan sin pensar. Veamos: los estímulos se compadecen con las reacciones. Los caminos para conseguir objetivos se transmiten por la tradición. Las palabras tienen siempre un significado real y otro formal. Concretamente: todos saben qué para determinados fines, son necesarios determinados medios: “sin guita no se puede hacer política”; “sin un empujón no se puede ser juez”; “que primero paguen ellos y después dejo de evadir”.
Pero todas estas prácticas no se pueden percibir a simple vista. Es preciso que parezcan lo que no son y si se ve lo que son, deben justificarse en base a algún fin superior. Por ello “en la campaña no aceptamos aportes de empresarios”; “me nombraron juez sólo porque di un gran examen”; “tengo un contador que es un genio para ocultar” Todo es mentira, pero todo es real. El sistema lo atrapa todo, desde el casting sábana para ser parte de la obra de teatro, hasta ser el “pollo de” para la lista de diputados, pasando por reconocer el peso de los dirigentes “para que el colegio de árbitros designe el juez que prefiere el club” Estas prácticas, que parecen caóticas tienen una racionalidad específica y son los contornos de un ecosistema social sedimentado en el tiempo en base a acciones individuales que forman un sistema protegido por una ideología poderosa.
Por eso es un sistema, porque es el suelo cultural en que se mueve el cuerpo político, es autónomo y se reproduce en el tiempo. El sistema lo engloba todo. Todos son las víctimas. Hay ganadores y perdedores ocasionales, pero víctimas son todos porque la vida es mala y la vida es una. Incluso aquellos que tienen beneficios concretos a costa de una inmensa mayoría anestesiada son víctimas. La ideología del “como sí”, elevada a la categoría de sistema responde a la pregunta del hombre de a pie ¿Cómo puede ser que xx, que era un tipo honesto, de golpe fue funcionario y se hizo millonario? Esa conversión operó porque el “como sí” penetró toda la sociedad. Se convirtió en un principio general de acción cuyo puerto de llegada es una vaga noción de bienestar material personal, más allá de cualquier otra dimensión.
La pregunta se impone ¿hay espacio para escapar del “como sí”? Si y no. Si porque como toda cuestión social llevan en su génesis el germen de la resistencia. No porque la rebeldía es muy costosa. El precio es muy alto y los parrhesistas escasean. Además, el “como sí” es endeble y por ello es particularmente duro con el desobediente. Dicha ideología no es más que un ropaje que obtura los poros de los seres, pero es un ropaje al fin. Consciente de esa debilidad, repele la rebeldía. Lo importante es que el ancla real de esa ideología es comunicacional. Su poderoso secreto es presentar como real un mundo irreal y a través de poderosos mensajes, sobre determinados por la repetición, transformar una máscara en normas reales y naturalizarlas.
Un cuerpo político corrompido en sus hábitos y costumbres, acostumbrado a vivir mal e ilusionado en obtener la felicidad en base a un sueño consumista, adquiere el hábito de permanecer estático esperando que le llegue el soñado futuro mejor. Un futuro que vendrá de la acción mágica de la propia ideología del “como sí” que tiene la capacidad fantástica de crear salvadores que reproducen esa ideología en base a la paciencia social, luego la agotan y caen, para ser reemplazados por un nuevo salvador que promete lo mismo con nuevos trucos de magia. La ideología del “como si” le suministra al sistema el mecanismo para administrar la secuencia ilusión – desilusión. Significa la esperanza que encarna un salvador, seguida de un proceso de desesperanza que en su propia esencia genera una nueva esperanza. Esa “espiritualidad” mantiene a la sociedad realmente estática, pero emocionalmente esperanzada con que “esta vez va en serio” Gracias a este “espíritu absoluto” que persigue un fin teleológico imaginario, la ideología y el sistema al que contiene, sobreviven.
El “como sí” se refugia en una tremenda inversión de la vida social. Sostiene que el sistema es capaz de mejorar la vida, cuando solo la acción de los vivos puede crear sistemas. Allí yace una trampa letal. En esa poderosa inversión está anclada la manipulación del “como sí” que penetra capilarmente a toda la sociedad y la inmoviliza. Claro que esa dimensión comunicacional necesita alguna malla de seguridad para tener algo más de certeza y, sobre todo, para amenazar cualquier intento de rebeldía. Esa es la función de la ley.
-V-
La ley, en la ideología del “como sí”, no funciona como un mecanismo laico capaz de ligar al cuerpo político. Funciona, en cambio, transformando en verdades respaldadas por la fuerza del Estado las hipocresías y mentiras que estructuran la ideología del “cómo sí”.
El concepto de verdad es decisivo en este esquema, porque hay al menos dos verdades. La verdad histórica; es decir lo que ocurrió realmente y la verdad del “como sí”. Si ambas verdades coindicen no hay problemas, pero en la estructura sistémica que envuelve a la sociedad es muy raro que la verdad sea idéntica en ambos casos. Por lo tanto, empiezan a jugar un montón de dispositivos que hacen prevalecer la mentira presentada como verdad y respaldada por quienes dicen el significado de la ley; o sea, la justicia. Allí se divorcian las verdades y se divorcia también la ley de la justicia. La ley pasa a ser un mascarón que, respaldado por la violencia legítima estatal, cristaliza mentiras con fuerza de verdad. Hace, por ejemplo, que un sobreseimiento a medida de un juez para un poderoso en los que se encarna el sistema, que se asemeja a un regalo más que al resultado de una investigación, sea presentado como un certificado de inocencia.
Esos dispositivos simbólicos, que van desde el sutil off de récord del juez al periodista, reforzado por el uso singular de las redes sociales y ratificado por el poder beneficiario de la sentencia, cristalizan la mentira con fuerza de verdad y, a la par, de manera mas solapada pero no menos profunda, destilan el mensaje para las personas de que el sistema es intocable, que el sistema sólo se reproduce y de hay que hacer “como sí” todo el mundo cree en la devaluada palabra de la justicia. Al final del recorrido, esas mentiras que se presentan como veraces a través de sofisticados dispositivos simbólicos tienen un efecto narcotizante y, en consecuencia, obtienen la tolerancia social. Los ciudadanos se acostumbran a la mentira verdadera y se habitúan a vivir en la mentira. Son mentiras que siempre tiene algo de verdad histórica.
A nadie sorprendió en el fondo la narración de los “cuadernos de Centeno” Sorprendieron los arrepentimientos, la reacción judicial y la presentación de esa reacción ante los medios de comunicación que mostraron los hechos como una verdad novedosa. Pero la sorpresa fue otra. La sorpresa fue el espectáculo, porque los temas de fondo eran una sospecha colectiva anclada en un saber práctico que no dejó de ser nunca un secreto a voces. En efecto, quienes vivimos aquí en algún lugar conservamos la capacidad de distinguir y comprender, aunque jamás lo digamos frente a los demás, porque el sistema no lo admite.
La fachada ideológica, entonces, es co constitutiva de esta organización social. Se apoya en un singular significado de la ley que cuenta con el respaldo jurídico del Estado, cuyos jueces tienen el poder legítimo de castigar al “insolente”. Esta función de la ley es muy transparente. Permanece a la vista de todos. Prueba de ello es que las personas se indignan por la impunidad. Pero no pueden dar un paso más allá de la situación de indignación, porque el sistema jurídico de “validación” de los mensajes se yergue como una amenaza que vuelve más remunerativo mirar para otro lado o, quizá, esperar un hipotético futuro mejor que inexorablemente llegará (ya que “la Argentina está condenada al éxito”). El caso es que, a la hora de dar el paso, retumba en los ciudadanos el “ejemplo del insolente”; sobre todo, porque con razón y sin ella los que pueden aplicar la ley pueden hacer cualquier cosa. Y los ritos legales son poderosos: circula la imagen de un exvicepresidente en prisión recibiendo a policía en pijama, de expresidentes desfilando ante los jueces de la constitución, la de la flor del empresariado confesando sus delitos, de exjueces admitiendo como los servicios de inteligencia de la Constitución a la que juraron lealtad les vició su voluntad, todo prolijamente anudado en medio de la ideología del “como sí”. Esos dispositivos contienen los intentos de desafiar al sistema. Pueden someter, humillar y destruir espíritus. Constituyen un poderoso mecanismo de reproducción ideológica que coloca al futuro en derredor de un lago de miedo y paraliza las energías sociales a la espera de un nuevo mago.
Un ecosistema social de esas características resiste la acción del solitario parrhesista, como bien lo señaló Platón. Poco puede hacer en ese contexto una voz solitaria a la que nadie quiere oír. Dicha voz franca no tiene chance y se expone a la eliminación. Lo que no puede nunca resistir aquel ecosistema, es la desobediencia social derivada de la comprensión relativa a que, en el fondo, los cimientos de la ideología responden a su constitutiva dimensión comunicativa. El “sistema5”, que se aloja y respalda en la ideología del “como si”, esta formado por un conjunto de ritos, amenazas veladas, mentiras verdaderas y verdades fraguadas que circulan en la forma de mensajes repetidos incesantemente que aturden y expropian la energía de los sujetos, hasta lograr una obediencia que cristaliza ese statu quo.
Por lo tanto, su vida se juega permanentemente en la significación y resignificación del sentido social. No resiste, en palabras de Jan Patocka6 “las cosas por las que vale la pena sufrir” Y algo por lo que vale la pena sufrir tiene que ver con recuperar la dimensión propiamente política del hombre condensada, en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano” de 1789.
Ese texto consagra, de acuerdo con Giorgio Agamben7, el paso del súbdito al ciudadano portador de la soberanía y fundamento real del cuerpo político. En él se funden el hombre, como presupuesto básico del ciudadano, y el ciudadano propiamente dicho que encarna la soberanía y otorga sentido a la tríada Estado-Nación-Territorio. Allí yacen los cimientos del edificio moderno. En el hiato producido por un sujeto desgarrado, porque fue despojado de su dimensión política, aparece la ideología del “como si” Su núcleo duro, tiene que ver con un trabajo que mantiene y a veces profundiza aquel desgarro. Uno de sus efectos se traduce en un desierto moral carente de significados comunes o que funcionen como incentivos para fundar una organización social capaz de garantizar la vida en sociedad.
El ciudadano, separado del hombre y despojado de sus componentes morales derivados de la politicidad, regresa paralizado a una suerte de estado de naturaleza hobbesiano en el que teme por su vida. La respuesta de la ideología del “como si” es ofrecer de inmediato seguridad. La seguridad se convierte en la palabra clave porque puede garantizar paz para diseñar e implementar estrategias de acción individuales, orientadas hacia un consumo difuso que nunca queda bien definido. La seguridad, que se convierte en un anhelo, supone concentrar el poder en una elite o en una persona cuyo rasgo distintivo pasa por reclamar herramientas excepcionales para paliar la “situación” ¿Qué situación? La que creó el propio “sistema” y que debe mantener mediante mentiras verdades para sobrevivir. A veces a través de noticias falsas, a veces usando la ley como máscara para proteger mentiras verdaderas.
Esa “situación” tiene un fin muy específico, reclama para sí la capacidad de decidir sobre el estado de excepción porque, según la ideología del “como si”, es preciso suspender la potencia de los derechos humanos para defenderlos. Se suspende la condición de ciudadano portador de la soberanía y se regresa al hombre indefenso para cuidarlo. Aquí yace una cuestión nodal, la condición humana se limita a la posibilidad de mantener la vida a condición de resignar la ciudadanía. El rasgo de portar derechos y ser el ancla de la soberanía se desplaza en favor del “sistema” que necesita cuidar al hombre de esa situación de vulnerabilidad para “preservarlo”. Por ello, exige la potestad de instituir mecanismos de ejercicio del poder excepcionales en pos de una seguridad que, en los hechos, sólo es una mentira verdadera para mantener la situación que al mismo tiempo dice querer remediar.
La excepción se convierte en una regla que rige sobre un territorio y, lo más importante, permite “hacer lo que sea necesario” para preservar la paz. Así, el esquema de derechos y las condiciones políticas que permitieron dotarlos de sentido se disuelven. La ley, despojada de cualquier componente moral derivado de su conexión con el ciudadano portador de derechos y soberanía, se desplaza hacia otro lugar más espinoso, porque es parte del elenco de herramientas con que la “ideología del como si” cuenta para mantener la seguridad en el territorio y cuidar la vida en peligro de los hombres que alguna vez fueron ciudadanos.
En nombre de ello puede confinar a los vulnerables a espacios geográficos en los que no molesten, se puede usar la cárcel para encerrar a los insolentes o los medios de comunicación para destruirlo, se puede matar a los que protestan, se puede espiar a los que se reúnen y se pueden instrumentar sofisticados sistemas circulación de mentiras a través de las redes sociales para crear enemigos o inventar falsos salvadores de la patria en peligro. Mientras ese sistema administra la vida en común, mediante los ocasionales administradores, la vida democrática en común se vuelve una quimera.
Como sea, la descomposición del ciudadano trajo aparejada la creación de un artefacto exterior a la sociedad que garantiza la seguridad y que en su nombre “puede hacer lo necesario” para garantizar esa paz que, a la par, crea las condiciones necesarias para que una organización económica de carácter extractivo y ligada al comercio mundial prospere, favoreciendo a un pequeño segmento de lo que alguna vez fue una “nación” Un pequeño segmento conserva en su poder los resortes del Estado y los usa para garantizar la seguridad de la mano de facultades excepcionales. Es más, todo ello debe hacerlo porque entre las características principales de la excepcionalidad se halla que “todo es posible” Así muere la democracia y se cristaliza la cleptocracia. Ese momento se objetivo en los “cuadernos”.
-VI-
La democracia, incluso en su versión limitada como democracia política, nos dijo Guillermo O’Donnell, presupone la concepción del ser humano como un agente que ha logrado ser reconocido y legalmente respaldado como portador de derechos a la ciudadanía no solo política, sino también civil, social y cultural. El ser humano así es el sustento de la democracia8, porque la ciudadanía se adquiere por el solo hecho de nacer. El agente-ciudadano pasó a ser el centro de la historia. La ley es o debería ser el cemento que articula las relaciones sociales con el estado. Aquí yace una dimensión moral de la ley, porque le ley entraña la búsqueda del bien común. Esa es la carga moral que el “sistema” expropia mediante el auxilio de la ideología del “como sí”
Para recapitular. De la mano de las Cartas de Platón ingresamos a la relación entre la democracia, la verdad, el riesgo, la crisis y las oportunidades. La clave para comprender esa relación en los casos específicos, dije, tiene que ver con la necesidad de descubrir la “lengua” del régimen político. De la lengua es factible extraer los rasgos del ethos social. En el caso argentino, básicamente se puede afirmar que los contornos de ese ethos tienen que ver con acciones egoístas, guiadas por una vacua necesidad de consumir a cualquier precio, que se complementan con la manipulación de la ley para castigar al enemigo, proteger al amigo e ignorar a los demás. Ese ethos se completa, además, con la práctica de encargar a un “otro” la solución de los problemas de la vida en común, más el desprecio por los prejuicios sociales para comprender la realidad y la búsqueda desenfrenada de la realización personal a cualquier precio y solo para consumir.
Ese camino, que explica la disolución de la democracia, se vio condensado en “los cuadernos de centeno”, ya que su trama envuelve dinero público, funcionarios infieles amañados con empresarios, indiferencia social, servicios de inteligencia doblegando voluntades judiciales y responsables de medios de comunicación masiva intensificando esos mensajes. Los cuadernos, de algún modo retratan un momento.
El paso siguiente fue responder porque si todo estuvo estaba “ahí” por tanto tiempo, fue convalidado por el silencio de la sociedad. La respuesta tentativa se inscribe en reconocer que la “lengua” material de nuestro régimen es propia de la cleptocracia, que se articula en base a la ideología del “como sí” que, a su vez, generó un “sistema” con vida propia que consagra un mundo irreal a la par que protege del mundo real. El drama ontológico de la ideología del “como sí”, en definitiva, es que constituye un sistema porque se transformó en “sentido común” y es la fuente de las acciones que las personas realizan sin pensar. Su trabajo cotidiano, lo hace con la ley que pasó a ser un mascarón que, respaldado por la violencia legítima estatal, cristaliza mentiras con fuerza de verdad.
En el plano del mundo de la vida, el sujeto perdió su rasgo constitutivo de portador de derechos y ancla de la soberanía. Dichos rasgos se desplazaron en favor del “sistema” que los necesita para cuidar al hombre de esa situación de indefensión e inseguridad propia del estado de naturaleza que describió Thomas Hobbes, pero, irónicamente, para preservarlo. La palabra mágica, entonces, es la seguridad. Sirve para crear espacios geográficos para proteger la vida, una vida habitada por el temor y la ausencia de proyectos en común. Esa labor se cumple en base a poderes excepcionales que permiten y obligan a “hacer lo que sea necesario” para resguardar esa forma de vida. Se resume en la palpable reducción de derechos básicos, inherentes al sujeto. Ese movimiento expresa el fin del “zoon politikon” y, con él, el fin de la democracia como régimen político capaz de permitir, a los ciudadanos portadores de derechos, fundar la libertad política para vivir pluralmente y de un modo autónomo en la escena pública.