Barbara Ehrenreich: ¿Qué es el feminismo socialista? (1976)

¿Qué es el feminismo socialista?

Traducción: Juan Delgado. Se agradece la colaboración de Fernando Falbel

Enlace original: https://jacobinmag.com/2018/07/socialist-feminism-barbara-ehrenreich

El ensayo “¿Qué es el feminismo socialista?” de Barbara Ehrenreich apareció por primera vez en la revista Win en 1976 y, posteriormente, en los Working Papers on Socialism & Feminism del New American Movement. La introducción aquí presente es nueva, escrita por Ehrenreich para esta publicación. Mientras Ehrenreich tiene numerosas objeciones con respecto a su ensayo original -como detalla en sus notas preliminares debajo-, nos sentimos felices de republicarlo en un momento en el que más y más personas se exponen a políticas socialistas y feministas por primera vez.

 

El siguiente ensayo puede leerse como una muestra nuclear extraída del pensamiento radical de hace más de cincuenta años, cuando feminismo y socialismo todavía eran ideas novedosas para la mayoría de los norteamericanos. Muchas mujeres jóvenes blancas, de clase media como yo acogimos ambas abstracciones y luchamos, aunque sea solamente por algún sentido de orden teorético, para ver cómo se conectan. Nunca completaría ese proyecto en el día de hoy. Se aparece como demasiado singular, demasiado abierto a respuestas divergentes, demasiado “ahistórico”, para mis gustos actuales.

Lo único de este ensayo que me apena cuando lo leo actualmente es la casual postergación de temas como la raza y homofobia para alguna etapa de la teoría feminista socialista lejana, más omniabarcativa. Mi única excusa es que el capitalismo y la dominación masculina en ese tiempo parecían poseer la dignidad de ser “sistemas”, mientras que el racismo y la homofobia podían confundirse fácilmente con “actitudes” más transitorias. Pero esta es una débil excusa. Medio siglo después no estoy bajo la ilusión de ningún “sistema” abstracto y estoy más amarrada a los concreto, lo que incluye enfermantes cantidades de crueldad a la comunidad LGBTQ y las personas de color. Cualquiera que teorice necesita teorizar sobre esos hechos también.

Además, debo admitir, existe un poco de desorden histórico en este ensayo. Pareciera que fecho al capitalismo como originado desde la Revolución Industrial, lo que lo hace relativamente reciente en la escena humana, no más de un par de cientos de años de vida. Lo que me debería haber interesado no es el capitalismo si no las sociedades clasistas -o “estratificadas”- que surgieron más o menos hace cinco mil años en el mundo mesopotámico, junto con indicaciones arqueológicas de incipiente dominio masculino, conflictos armados y esclavitud. Cómo surgieron es una historia codificada en miles de mitos específicamente geográficos, bajorrelieves y otras formas de narrativas; la cuestión desafiante es cómo consiguieron persistir durante tantos milenios y cambios en el “modo de producción”.

Hoy en día lo único que encuentro refrescante sobre “¿Qué es el socialismo feminista?” es su sugerencia de que ambas formas de opresión están enraizadas en, o mantenidas por, la violencia. Esa palabra no aparecía prominentemente en nuestro vocabulario teorético den 1976, el que estaba mucho más preocupado por nociones como “producción” o “reproducción”, salarios por trabajo doméstico, y salarios en las fábricas locales. Lo que puede haber llevado mi atención a ella fue un  cuasi-violento incidente con un exmarido portador de armas de mi vecina del piso de arriba, una madre soltera y beneficiada por seguro social. En el frente teorético, no obstante, la violencia era un problema exótico y marginal.

Todo aquella ha cambiado, por supuesto. Las feministas comenzaron a enfocarse en la violencia contra las mujeres en los años subsiguientes y lograron oponer legislación federal a ella en 1994. De manera similar, la “brutalidad policial” era un tema de discusión en los 1970’, pero fue necesario un firme bombardeo de violencia policial en los noventa y décadas siguientes para que se provoque la formación del Black Lives Matter. Para el Siglo XXI no se evita el tema de la violencia contra la comunidad LGBTQ, los musulmanes o inmigrantes. Hoy en día, la violencia con armas esporádica se ha convertido en una cuestión que la izquierda no puede seguir desechando con una simple referencia a las ganancias de los productores de armas.

Pero en nuestra “teoría”- tal como es- la violencia permanece periférica. Sabemos que lo que nos mantiene en línea en última instancia es el miedo de que nos saquen los dientes o nos disparen la cabeza, ya sea por atacantes del Estado o por exmaridos o vecinos dementes. Quizás necesitamos una forma elegante de decir eso.

 

En algún nivel, quizás no del todo articulado, el feminismo socialista ha estado alrededor nuestro por mucho tiempo. Eres una mujer en una sociedad capitalista. Te enojas: por el trabajo, por las cuentas, por tu marido (o ex), por la escuela de los chicos, por el trabajo doméstico, por ser linda, por no serlo, por ser mirada, por no serlo (y de cualquier forma, no escuchada), etc. Si piensas sobre todas estas cosas y cómo encajan y qué debe ser cambiado, y luego buscas algunas palabras que mantengan todos estos pensamientos juntos en forma abreviada, casi que deberías encontrarte con “feminismo socialista”.

Muchas de nosotras llegamos al feminismo socialista de esa forma. Estábamos buscando por una palabra/término/frase que siquiera comenzara a expresar todas nuestras preocupaciones, todos nuestros principios, en una forma que ni “socialismo” ni “feminismo” parecían hacer. Debo admitir que la mayoría de las feministas socialistas que conozco no están conformes con el término. Por un lado es demasiado largo (no tengo esperanzas de un movimiento de masas); por otro el otro, es demasiado corto para lo que después de todo es realmente un feminismo socialista internacionalista anti-racista y anti-heterosexista.

El problema de adoptar una etiqueta de cualquier tipo es que crea un aura instantánea de sectarismo. “Feminismo socialista” se convierte en un desafío, un misterio, un problema en y fuera de sí. Tenemos expositores, conferencias, artículos sobre “feminismo socialista” -aunque sabemos perfectamente que tanto “socialismo” como “feminismo” son demasiado amplios y inclusivos para ser temas de cualquier discurso, conferencia o artículo sensible. La gente, incluyendo reconocidas feministas socialistas, se preguntan a sí mismas ansiosamente “¿Qué es el feminismo socialista?”. Hay una especie de expectativa de que sea (o esté a punto de convertirse en cualquier momento, quizás en el próximo discurso, conferencia o artículo) en una brillante síntesis de proporciones mundiales históricas -un salto evolucionario más allá de Marx, Freud y Wollstonecraft. O que terminará por ser nada, una moda aprovechada por feministas insatisfechas y mujeres socialistas, una distracción temporaria.

Quiero intentar atravesar el misterio que ha crecido alrededor del feminismo socialista. La manera lógica de empezar es observar al socialismo y al feminismo por separado. ¿Cómo mira al mundo un socialista, más precisamente, un marxista? ¿Cómo lo hace una feminista?

Para empezar, marxismo y feminismo tienen algo importante en común: son formas críticas de ver al mundo. Ambos desestiman la mitología popular y el “sentido común” y nos fuerzan a mirar a la experiencia de una nueva forma. Ambos buscan comprender el mundo -no en términos de balances estáticos, simetrías, etc. (como en la ciencia social convencional)- sino en términos de antagonismos. Llevan a conclusiones estremecedoras y molestas al mismo tiempo que son liberadores. No hay forma de poseer una mirada marxista o feminista y ser un espectador. Entender la realidad puesta al descubierto por estos análisis es movilizarse a la acción para cambiarla.

El marxismo se remite a las dinámicas de clase de la sociedad capitalista. Todo cientista social sabe que las sociedades capitalistas se caracterizan por la desigualdad sistémica más o menos severa. El marxismo entiende que esta desigualdad surge de procesos que son intrínsecos al capitalismo como sistema económico. Un grupo minoritario (la clase capitalista) posee las fábricas, fuentes y recursos energéticos, etc. de los que todos los demás dependen para vivir. La gran mayoría (la clase trabajadora) debe trabajar por pura necesidad, bajo condiciones impuestas por los capitalistas, por los sueldos que los capitalistas pagan.

Como los capitalistas consiguen sus ganancias pagando menos en salarios que el valor de lo que el trabajador produce realmente, la relación entre las dos clases es necesariamente una de antagonismo irreconciliable. La clase capitalista debe su existencia a la explotación continua de la clase trabajadora. Lo que mantiene el sistema de clases es, en última instancia, la fuerza. La clase capitalista controla (directa o indirectamente) los medios de violencia organizada representada por el Estado- policía, cárceles, etc. Solamente a través de una lucha revolucionaria que busque la toma del poder estatal puede la clase trabajadora liberarse a sí misma y, en último término, a todo el pueblo.

El feminismo se remite a otra desigualdad familiar. Todas las sociedades humanas están marcadas por algún grado de desigualdad entre los sexos. Si investigamos las sociedades humanas de un vistazo, recorriendo historia y continentes, vemos en qué se han caracterizado de forma común: subyugación de la mujer a la autoridad masculina, tanto en la familia como en la comunidad en general, objetualización de la mujer como una forma de propiedad, una división sexual del trabajo en la que las mujeres son confinadas a actividades de crianza de niños, realización de servicios personales para adultos hombres y formas específicas (usualmente de bajo prestigio) de trabajo productivo.

Las feministas, golpeadas por la práctica universalidad de estas cuestiones, han buscado explicaciones en los hechos biológicos que sustentan toda la existencia social de la humanidad. Los hombres son físicamente más fuertes que las mujeres en promedio, especialmente comparados con mujeres embarazadas o aquellas que están al cuidado de bebes. Además, los hombres tienen el poder de embarazar mujeres. Así, las formas que toma la desigualdad sexual -por diferentes que sean entre cultura y cultura- descansan, en el último análisis, en lo que es claramente una ventaja física que los hombres poseen sobre las mujeres. Esto es lo mismo que decir que se basan básicamente en la violencia, o la amenaza de violencia.

La raíz antigua, biológica de la supremacía del hombre -el hecho de la violencia masculina- es comúnmente oscurecida por las leyes y convenciones que regulan las relaciones entre los sexos en toda cultura en particular. Pero ahí se encuentra, de acuerdo con el análisis feminista. La posibilidad del ataque de un hombre es una advertencia constante a las mujeres “malas” (rebeldes, agresivas), y lleva a las mujeres “buenas” a la complicidad con la supremacía masculina. La recompensa por ser “buena” (“linda”, sumisa) es la protección de la violencia masculina y, en algunos casos, seguridad económica.

El marxismo devela los mitos de la “democracia” y su “pluralismo” para revelar un sistema de dominio de clase que descansa en la explotación por la fuerza. El feminismo atraviesa los mitos sobre el “instinto” y el amor romántico para exponer el dominio del hombre como dominio de la fuerza. Ambos análisis nos instan a mirar a la injusticia fundamental. La elección es entre apañarse en el confort de los mitos o, como dice Marx, trabajar por un orden social que no requiera mitos para sostenerse.

Es posible sumar marxismo y feminismo y llamar al resultado “feminismo socialista”. De hecho, así es como probablemente la mayoría de las feministas socialistas lo ven la mayor parte del tiempo- como un híbrido, que empuja nuestro feminismo a círculos socialistas, nuestro socialismo a círculos feministas. Un problema con dejar las cosas así, sin embargo, es que deja a las personas preguntándose “Bueno, ¿qué es ella realmente?” o inquiriéndonos “¿Cuál es la contradicción principal?’. Este tipo de preguntas, que suenan inquisitivas y autoritarias, a menudo nos frenan: “¡Elige”, “Es una u otra”. Pero sabemos que hay una consistencia política en el feminismo socialista. No somos un híbrido ni personas no comprometidas.

Para conseguir esa consistencia política debemos diferenciarnos, como feministas, de otro tipo de feministas y, como marxistas, de otro tipo de marxistas. Tenemos que buscar (y me disculpo por la terminología aquí) un feminismo de tipo feminista socialista y un socialismo de tipo feminista socialista. Solo ahí hay una posibilidad de que las cosas “se sumen” en algo más que una incómoda yuxtaposición.

Creo que las feministas más radicales y las feministas socialistas coincidirían con mi sintética caracterización del feminismo hasta aquí. El problema con el feminismo radical, desde un punto de vista feminista socialista, es que no va más lejos. Permanece paralizado en la universalidad de la supremacía del hombre: “las cosas nunca han cambiado realmente, todos los sistemas sociales son patriarcados; imperialismo, militarismo y capitalismo son simplemente expresiones de la agresividad natural masculina”, y así.

El problema con esto, desde un punto de vista feminista socialista, es que no solamente deja afuera al hombre (y la posibilidad de reconciliación con ellos en términos verdaderamente humanos e igualitarios) sino que deja afuera a muchas mujeres. Por ejemplo, para descontar a un país socialista como China en tanto “patriarcado” -como he escuchado hacer a feministas- es ignorar las verdaderas luchas y logros de millones de mujeres. Feministas socialistas, mientras coinciden en que existe cierta atemporalidad y universalidad en la opresión de la mujer, han insistido en que esta toma formas diferentes en diferentes configuraciones, y que las diferencias son de vital importancia. Hay una diferencia entre una sociedad en la que el sexismo se expresa en la forma de infanticidio femenino y en otra en la que el sexismo se presenta como la representación desigual en el Comité Central. Y por esa diferencia vale la pena morir.

Una de las variaciones históricas en la temática del sexismo que debe preocupar a todas las feministas es el conjunto de cambios que llegaron con la transición de una sociedad agraria a capitalismo industrial. Este no es un asunto académico. El sistema social al que reemplazó el capitalismo industrial era de hecho uno patriarcal, y estoy usando el término en su sentido original, para describir un sistema en el que la producción está centrada en el hogar y se preside por el hombre más anciano. El hecho es que el capitalismo industrial llegó y “rasgó el tapete” debajo del patriarcado. La producción fue a las fábricas y los individuos se separaron de la familia para convertirse en asalariados “libres”. Decir que el capitalismo interrumpió la organización patriarcal de la producción y la vida familiar no es, desde luego, decir que ¡el capitalismo abolió la supremacía del hombre! Pero sí es decir que las formas particulares de experimentar la opresión por sexo actuales son, en un grado significativo, desarrollos recientes. Una enorme discontinuidad histórica existe entre nosotros y el verdadero patriarcado. Si queremos entender nuestra experiencia como mujeres hoy, debemos llegar a una consideración del capitalismo como un sistema.

Obviamente hay otros caminos por los que podría haber llegado al mismo punto. Podría haber dicho simplemente que, como feministas, estamos más interesadas en las mujeres más oprimidas -mujeres pobres de clase trabajadora, mujeres del tercer mundo, etc.- y por esa razón necesitamos comprender y confrontar al capitalismo. Podría haber dicho que necesitamos remitirnos al sistema de clases simplemente porque las mujeres son miembros de clases. Pero estoy tratando de traer otro aspecto de nuestra perspectiva como feministas: no hay forma de entender el sexismo como actúa en nuestras vidas sin ponerlo en el contexto histórico del capitalismo.

Creo que la mayoría de las feministas socialistas también coincidirían con el esquemático resumen de la teoría marxista hasta aquí. Y el problema de nuevo es que hay muchas personas (las llamaré “marxistas mecánicos”) que no van más lejos. Para estas personas, lo único real e importante que sucede en las sociedades capitalistas es aquello relacionado con el proceso productivo o la esfera política convencional. Desde tal punto de vista, toda otra parte de la experiencia y la existencia social -aquello relacionado con la educación, sexualidad, recreación, familia, música, trabajo doméstico- es periférico a las dinámicas centrales del cambio social; es parte de la “superestructura” o “cultura”.

Las feministas socialistas están en un campo muy distinto al de los que llamo “marxistas mecánicos. Nosotras (junto con muchas marxistas que no son feministas) vemos al capitalismo como una totalidad cultural y social. Entendemos que, en la búsqueda de mercados, el capitalismo es llevado a penetrar en cada grieta, cada recoveco de la existencia socia. Especialmente en la fase del capitalismo monopólico, el ámbito del consumo es tan importante, solo desde un punto de vista económico, como el ámbito de la producción. Por eso no podemos entender la lucha de clases como algo confinado a los asuntos salariales o de horarios, o confinado solo a los problemas del lugar de trabajo. La lucha de cases ocurre en toda arena donde los intereses de clase entren en conflicto, y eso incluye educación, salud, arte, música, etc. Nosotros apuntamos a transformar no solo la propiedad de los medios de producción, sino la totalidad de la existencia social.

Como marxistas, llegamos al feminismo desde un lugar completamente diferente del que lo hacen los marxistas mecánicos. Como vemos al capitalismo monopólico como una totalidad política/económica/cultural, hacemos lugar en nuestra armazón para asuntos feministas que nada tienen que ver ostensiblemente con la producción o la “política”, asuntos que tienen que ver con la familia, salud, vida “privada”.

Además, en nuestro marxismo, no hay una “cuestión de la mujer” porque nunca compartimentalizamos a las mujeres fuera de la superestructura o en algún otro espacio, en primer lugar. Marxistas de inclinación mecánica continuamente ponderan el problema de la mujer no remunerada (la ama de casa): ¿es ella realmente un miembro de la clase trabajadora? Nosotras decimos, por supuesto que las amas de casa son miembro de la clase trabajadora -no porque tengamos pruebas elaboradas de que ellas producen realmente plusvalor- sino porque entendemos una clase como compuesta por personas, y teniendo una existencia social aparte del reino de la producción dominado por los capitalistas. Cuando pensamos en la clase de esta manera, entonces vemos que en realidad las mujeres que parecían más periféricas, las amas de casa, están en el corazón mismo de su clase- criando los niños, manteniendo unidas las familias, manteniendo los lazos sociales y culturales de la comunidad.

Venimos de un feminismo y un marxismo cuyos intereses se llevan bien juntos. Creo que estamos en una posición para ver por qué el feminismo socialista ha sido tan mistificado: la idea de un feminismo socialista es un gran misterio o paradoja, tanto que lo que generalmente se cree por socialismo es lo que yo he llamado “marxismo mecánico” y lo que se cree por feminismo es un tipo ahistórico de feminismo radical. Estos aspectos no funcionan juntos, no tienen nada en común.

Pero si unes otro tipo de socialismo con otro tipo de feminismo, como he tratado de definirlos, sí obtienes un suelo común, y eso es de lo más importante sobre feminismo socialista actualmente. Es un espacio libre de las constricciones de un tipo truncado de feminismo y de una versión truncada de marxismo -en el que podemos desarrollar el tipo de políticas que apunten a la totalidad política/económica/cultural de la sociedad capitalista monopólica. Podríamos llegar solamente hasta cierto punto con los tipos disponibles de feminismo y con el marxismo convencional y luego deberíamos escapar hacia algo que no sea tan restrictivo e incompleto en su visión del mundo. Tuvimos que darle un nuevo nombre, “feminismo socialista”, de manera de afirmar nuestra determinación por comprender el todo de nuestra experiencia y forjar políticas que reflejen la totalidad de nuestra comprensión.

Sin embargo, no quiero dejar al feminismo socialista como un espacio o suelo común. Hay cosas que comienzan a crecer en ese “suelo”. Nos acercamos a una síntesis en nuestra comprensión del sexo y la clase, capitalismo y dominación del hombre, con respecto a unos años atrás. Aquí indicaré un borrador de tal línea de pensamiento:

  1. La idea marxista/feminista de que de la dominación de clase y sexo descansan en última instancia en la fuerza es correcta, y esta continúa siendo la crítica más devastadora de la sociedad sexista/capitalista. Pero hay mucho más antes de esa “última instancia”. En un sentido del día a día, la mayoría de las personas asienten a la dominación sexual y de clase sin ser mantenidos en línea por la amenaza de violencia, y a menudo sin siquiera la amenaza de privaciones materiales.
  2. Es muy importante, entonces, pensar qué es lo que, si no es la aplicación directa de fuerza, mantiene las cosas tal cual son. En el caso de la clase, mucho ha sido escrito sobre por qué la clase trabajadora norteamericana no tiene una consciencia de clase militante. Ciertamente las divisiones étnicas, especialmente la división blancos/negros, son una parte central de la respuesta. Pero discutiría que, además de ser dividida, la clase trabajadora ha sido socialmente atomizada. Los barrios de clase trabajadora han sido destruidos y dejados a su descomposición; la vida se ha vuelto crecientemente privatizada y con la mirada hacia adentro; las habilidades antes poseídas por los obreros han sido expropiadas por la clase capitalista; la cultura de masas controlada por capitalistas ha barrido con casi toda la cultura e instituciones propias de la clase obrera. En lugar de la confianza mutua y colectividad de clase, hay un aislamiento mutuo y dependencia colectiva de la clase capitalista.
  3. La subyugación de la mujer, en las formas en que es característica en la sociedad capitalista tardía, ha sido clave en este proceso de atomización de clase. Para decirlo de otra forma, las fuerzas que han atomizado la vida de la clase trabajadora y promovido la dependencia material/cultural de la clase capitalista son las mismas fuerzas que han servido a perpetuar la subyugación de la mujer. Son las mujeres quienes están más aisladas en lo que se ha convertido crecientemente en una existencia familiar privatizada (aun cuando trabajen fuera del hogar también). Son, en muchas instancias clave, las habilidades de las mujeres (productivas, de curación, partería) las que han sido desacreditadas o prohibidas para darle espacio a las commodities. Son las mujeres por sobre todo, las que son incentivadas a ser completamente pasivas/acríticas/dependientes (“femeninas”) frente a la penetración generalizada del capitalismo en la vida privada. Históricamente, la penetración capitalista tardía en la vida de la clase obrera ha individualizado a las mujeres como principales objetivos de pacificación/”feminización” -puesto que las mujeres son las portadoras de la cultura de su clase.
  4. Se sigue que hay una interconexión fundamental entre la lucha de las mujeres y lo que se considera tradicionalmente como lucha de clases. No todas las luchas de mujeres tienen una imposición inherentemente anticapitalista (particularmente aquellas que buscan acrecentar el poder y riqueza de ciertos grupos de mujeres), pero todas aquellas que construyan colectividad y confianza colectiva entre las mujeres son vitalmente importantes en la construcción de una consciencia de clase. En cambio, no todas las luchas de clase tienen un fundamento inherentemente anti-sexista (especialmente las que se aferran a valores patriarcales preindustriales), pero todas las que busquen construir la autonomía social y cultural de la clase obrera están necesariamente relacionadas con la lucha por liberación de la mujer.

Esta, en un resumen grosero, es una dirección que está tomando el análisis feminista socialista. Nadie está esperando que emerja una síntesis que una a la lucha socialista y la feminista en una sola cosa. Los sintéticos esquemas que presenté antes retienen su verdad “definitiva”: haya aspectos cruciales de la dominación capitalista (como la opresión racial) de lo que una perspectiva puramente feminista simplemente no puede dar cuenta o tratar, sin distorsiones bizarras. Hay aspectos cruciales de la opresión sexual (como la violencia doméstica) para los que el pensamiento socialista tiene poca incursión -de nuevo, no sin una gran distorsión. Por eso la necesidad de continuar siendo socialistas y feministas. Pero hay suficiente síntesis, tanto en lo que pensamos como en lo que hacemos para comenzar a tener una identidad segura de sí misma como feministas socialistas.