La realidad argentina

Nicolás Casullo – La cuestión sindical en argentina (1979)

En el primer número de la célebre “Controversia”, revista de discusión política, filosófica y cultural publicada por primera vez en octubre de 1979, fue incluida una reflexión con la firma de Nicolás Casullo acerca de sindicalismo, peronismo y peronismo revolucionario en la Argentina de entonces. El autor argentino, fallecido en octubre de 2008, dedicó su vida a la militancia política y a la reflexión desde múltiples publicaciones, como la revista Hombre Nuevo o la mencionada Controversia, además de ensayos, novelas y numerosos escritos. Exiliado en 1974 por la persecución de la Alianza Anticomunista Argentina, volvió a radicarse en su país en 1983 con el retorno de la democracia.

El texto en cuestión fue redactado al calor de la última dictadura cívico militar argentina, época signada por la persecución, desaparición, asesinato y encarcelamiento de militantes políticos, sindicales e intelectuales. La publicación realiza un recorrido por la siempre presente cuestión de la relación entre lucha sindical y lucha política partidaria.

El artículo recupera perennes preguntas-problema que teóricos de la izquierda han intentado resolver por diferentes caminos a lo largo de la historia política e intelectual del Siglo XX. Se plantea la pregunta sobre las condiciones de posibilidad y la necesidad de la articulación entre la lucha sindical y los movimientos políticos de fines de la década del 70’. En ese sentido, surge el cuestionamiento al accionar de la siempre problemática burocracia sindical, fenómeno todavía familiar en el escenario político actual. Fundamenta la necesidad de encontrar una estrategia que, sin vaciar de poder a los sindicatos, en tanto órganos de aglutinación de poder obrero y popular, establezca la disputa que permita recuperar las bases y desechar a los dirigentes negociadores y reaccionarios del movimiento de los trabajadores.

De manera ineludible, el artículo también aborda la relación entre peronismo y sindicatos, pero aún de manera más incisiva el diálogo entre el peronismo revolucionario y los movimientos sindicales, tanto combativos como del “peronismo duro” de la época del escrito y del tiempo inmediatamente anterior, la Resistencia Peronista. Recupera dos lecturas con diferencias marcadas: la de John William Cooke (primer delegado de Perón en el exilio) y la del Comando Nacional Peronista (CNP).

La suma relevancia de recuperar un ensayo de Casullo en el Siglo XXI, más allá de la acostumbrada agudeza de sus reflexiones, salta a la vista por la continuidad de los conflictos a cuya solución aquel intentó aportar respuestas. Así como, refiriéndose al peronismo revolucionario, Casullo subraya la “impregnación obrera-popular-democrática” del movimiento, en el 2018 aparece la necesidad de rastrear las continuidades de dicha impregnación en los movimientos políticos actuales, en las claves que nos demandan los desafíos políticos de nuestro tiempo. Es decir, hacer valer ese concepto en el análisis de los movimientos, partidos y expresiones políticas contemporáneas que intentan hacer frente al avance avasallador de fuerzas políticas reaccionarias, violentas, autoritarias y de corte neoliberal.

Como contraparte, este artículo también es importante para pensar las posibles diferencias o evoluciones que la formación social argentina ha atravesado en los últimos cuarenta años. Si bien como se dijo, existen continuidades en las reflexiones de los 70 con las actuales, producto de debates irresueltos, problemáticas acuciantes jamás abordadas por la sociedad en su conjunto y condicionamientos estructurales en el modo de producción mundial, las características en que dichas cuestiones se expresan han manifestado transformaciones. En consecuencia, es posible plantearse si sigue siendo intocable en el Siglo XXI, tal como resaltaba Casullo, la capacidad articuladora de la clase obrera de todo el movimiento social. Temática harto desarrollada por las ciencias sociales actuales pero no por eso menos válida, nos demanda reflexión para apostar por la posible conformación de nuevos organismos o expresiones políticas que reemplacen a los sindicados como vanguardia del movimiento popular.

Juan Delgado

LA CUESTIÓN SINDICAL EN LA ARGENTINA

Peronismo revolucionario y sindicalismo peronista

En la historia contemporánea y más reciente de nuestra izquierda, el problema de los significados de lo sindical y aquel que remite a la articulación entre lucha gremial y lucha política atesoran un alto cúmulo de experiencias combativas incuestionables tanto como interpretaciones dogmáticas, ideologismos de los cuales todavía no dimos cuenta, a pesar de las circunstancias históricas necesarias de analizar en tanto determinaron particulares concepciones y prácticas militantes.

Al mismo tiempo, dos circunstancias más evidencian la necesidad de iniciar una profunda discusión crítica sobre la cuestión sindical. Por una parte la derrota política de los proyectos de izquierda en la Argentina, lo que lleva a reflexionar sobre sus discursos sustentadores, y en ese plano sobre uno de sus más importantes: la relación política de esas izquierdas con la clase obrera argentina y con sus formas orgánicas de presencia en el proceso nacional. Por otra parte el dilema se actualiza (en función de reconstituir un pensamiento de izquierda), cuando volvemos a ser testigos, lejanos, de la decisiva incidencia del sindicalismo en la presente resistencia antidictatorial, y cuando el propio régimen militar -desde una de sus políticas clave en la reformulación del capitalismo dependiente- pretende modificar sustancialmente los basamentos y forma de actuación del sindicalismo argentino en los últimos cuarenta años.

  1. Sindicalismo y política

La necesidad de buscar nuevas aproximaciones de análisis sobre el sindicalismo peronista en su etapa 1966-1976, constituye para el pensamiento de izquierda popular una tarea de reflexión crítica. Sindicalismo de identidad política peronista unificado nacionalmente durante casi cuarenta años, la izquierda peronista se distinguió por situarse con respecto a dicho gremialismo en términos tan progresivamente críticos que terminó por formalizar una realidad de concreto divorcio entre sus propuestas y aquella estructura obrera: instancias no obstante necesarias de engarzar en toda estrategia que pretenda el cambio social.

Gremialismo reprimido luego de la caída del gobierno peronista en 1955, los años de resistencia le permitirán alcanzar a la nueva dirigencia tres objetivos principales de reconquista: legalidad institucional, potestad sobre recursos y servicios y unidad nacional de estructuras. Esta consistencia sindical orgánica, reconstituida a partir de una experiencia gremial y política que difiere notoriamente de la llevada a cabo en el período 1943-1946, permitirá concretizar (por sobre cualquier otro factor) el proceso opositor de movimiento peronista durante la llamada resistencia. Al mismo tiempo la trascendencia del gremialismo peronista verifica en estos años un fenómeno de burocratización de sus prácticas, que desembocará más tarde en una etapa donde la mayor parte de las luchas obreras incluirán referencias contra las conducciones cegetistas.

Tal burocratización, si bien puede remitir a la compleja articulación ideológica que dio vida a este gremialismo en 1943-1946 (y también a su función-expresión durante los gobiernos peronistas de 1946-1955), reconoce sobre todo, ya en esta nueva etapa que se analiza, la inédita encrucijada económica y política de la Argentina: las circunstancias que atraviesa el peronismo y el rol, como sindicalismo integrado peculiarmente en el entretejido superestructural, que propone el capital monopolista.

Las condiciones de aparición de un discurso político que cuestiona a esta burocracia sindical -surgido desde el propio peronismo- se harán presente a partir de esta dominante contradicción que le confiere una primera inteligibilidad al conflicto: poder político de fuerzas productoras organizadas, gestionado por una dirigencia que desvirtúa y carcome la potencialidad de su propio vector de incidencia -lo sindical- en circunstancias de un mayor nivel reivindicativo expresado por las bases.

Llegados los años 1969-1973 el cuestionamiento a esta burocracia buscará sistematizar una lectura. Esta caracterización estará vertebrada a un discurso político más amplio, que pretende realizarse como proyecto estratégico: el del peronismo revolucionario. La aparición de la guerrilla peronista comienza a incidir gravitantemente con otros grupos de juventud peronista, gran parte de aquella herencia del peronismo radicalizado que se había ido gestando en el movimiento nacional (desde 1956 hasta 1968) como aporte relevante para este nuevo momento.

El objetivo de este trabajo es rastrear ciertas concepciones de corte sindical y sobre lo sindical, situadas en el interior del peronismo revolucionario, desde 1956 hasta 1973. En tanto estos límites de tarea, y teniendo en cuenta la escasez de datos para tal registro, la intención es reflexionar -a manera de apuntes críticos- sobre las lecturas que de lo sindical peronista va construyendo el peronismo revolucionario.

Indudablemente se tiene conciencia de la complejidad que plantea un discurso que se conforma a lo largo de un extenso ciclo de luchas y a la manera de un vasto, heterogéneo y pragmático texto que, durante largo tiempo, ni siquiera habló como alternativa unívoca y totalizante de una estrategia. La dificultad que plantea esta disgregación sin embargo no disminuye su importancia. A nadie escapa el dilema de situar un discurso atravesado por las peculiares contradicciones de surgir desde el peronismo y expresarse sustancialmente hacia el peronismo. Una crónica que no muestra casi programas fundadores ni la voz reguladora de un aparato de conducción propio. Una alternativa que va procurando diferenciarse a partir de prácticas parciales, con la consecuente inorganicidad como para no superar, por mucho tiempo, su estadio de tendencia ni lograr una convergencia de sus sectores. Un discurso, al mismo tiempo, que no se pretende esquematizar planteando su lectura a partir de su reduccionismo ideologista que busque la supuesta proletariedad de una misión ya destinada por la historia. Afortunadamente su fuerte impregnación obrera-popular-democrática fue su índole determinante, en cuanto a expresar la contradictoria realidad de un proceso. El peronismo revolucionario permite entonces un análisis que lo comprenda como espacio donde se articulan, con o sin síntesis, ideologías de clases y fragmentos ideológicos de clases y de conjuntos sociales emblocados políticamente, con complejas predominancias de configuraciones nacionalistas, antimperialistas, democratistas, socialistas, obreristas, laboristas, leninistas y guerrilleristas.

La intención del trabajo no es precisar una interpretación “fallida” (y por ende una práctica) de la izquierda peronista con respecto al sindicalismo peronista, desde el supuesto de que esta última experiencia de organización y lucha de los trabajadores ya engendró una acabada teorización que dé cuenta inequívocamente de su “trayectoria necesaria” en los procesos de luchas de clases. Por el contrario, como en muchos otros renglones del pensamiento de izquierda, el carácter de lo sindical se encuentra en estado de discusión crítica, de rastreo filosófico, de desbrozamiento de lo dogmático que infecciona sus lecturas.

Sindicalismo y política tienen una extensa historia de lucha -y teórica- donde, como dos momentos al parecer imprescindibles del proceso de masas hacia la transformación del sistema, han buscado sus síntesis articuladoras y sufrido también sus profundos extrañamientos. Como explica Étienne Balibar, “lo que asigna al momento de la organización sindical una función decisiva es la constitución del partido, es también lo que plantea el problema de saber si la forma sindical y la forma política del ‘partido’ son compatibles y hasta qué punto”[i]. Un registro histórico sobre las prácticas de lucha obrera y los análisis teóricos más clásicos parecerían coincidir en las secuencias de un proceso que previamente sindical deviene, como “momento superior”, en político. No obstante, la historia también certifica sobre todo el conflicto, las contradicciones, las superposiciones y hasta las rupturas entre esos dos momentos. Esto es: su por demás dificultosa articulación en las situaciones nacionales.

Revisar por lo tanto los argumentos y la relación del peronismo revolucionario con respecto al sindicalismo peronista no parte entonces, en este trabajo, de definiciones a cuál “debe ser” (debió ser) la “perspectiva correcta”. Quizás no sea éste el tiempo de apresurar, desde la izquierda bien-intencionada, “definiciones correctas” sobre otros discursos políticos, sino el tiempo donde la izquierda piense y discuta cómo generó y dónde está situado gran parte de su discurso, fehacientemente incorrecto.

Revelar ejes de contradicciones, hacer presentes determinados ideologismos de las propuestas y marcar condicionamientos económicos, políticos y teóricos que atraviesan el discurso del peronismo revolucionario sobre lo gremial, es simplemente abrir uno de los caminos de aproximación al tema, en el sentido amplio de la problemática que enfrentamos hoy. En todo caso, inaugurar y no clausurar la conciencia de una crisis: aportar al fin de un vació de sistematización teórica sobre lo sindical, aproximarse a una consideración objetiva sobre el contradictorio bloque de fuerzas populares, empezar a encarar la problemática nacional en lo que hace a su plano político, a las expresiones orgánicas, planos que se encuentran en una evidente carencia de reflexión.

  1. La importancia gremial en la resistencia

Delegado personal de Perón y coordinador de la etapa de resistencia a la dictadura militar (1956-1959), John William Cooke, ex diputado y cuadro intelectual peronista, concibe al movimiento nacional inserto en una inédita experiencia a partir de 1955, lo que obliga a drásticas reformulaciones conceptuales.

En lo organizativo: una estructura nacional conducida por “dirigentes revolucionarios” (intransigente a toda opción que no signifique el regreso al gobierno del peronismo, en tanto “revolución nacional” truncada). En lo metodológico: la ruptura con el modelo anterior de acceso al estado (vía electoral), suplantado por un contrapoder asaltador del estado. La perspectiva es la preparación de una insurrección obrero-popular, a desencadenarse a partir de una huelga revolucionaria. En lo político programático, la instauración de un gobierno sustancialmente en manos del movimiento obrero organizado.

Cooke percibe al peronismo como el bloque social-político de fuerzas populares. Su derrocamiento patentizó un agotamiento previo: el de una determinada alianza de clases como proyecto de gobierno: el año 1955 es para Cooke la expresión irrefutable del histórico ordenamiento político del sistema, enfrentado al peronismo. Desde este encuadre, y creyendo en lo perentorio de un enfrentamiento decisivo, se opone al renacimiento de las posiciones obreras reformistas (de corte laborista) que habían impregnado al decenio de gobierno. En una reunión con dirigentes se hace presente esta última postura y refuta Cooke: “les contesté que eso era una concepción netamente sindicalista, que los movimientos modernos consideran etapa superada porque margina a la clase trabajadora de la conducción política”[ii]. Esto lo ratificará poco después: “Las tentativas que se hicieron para hacer una organización peronista netamente gremial fracasaron y los dirigentes principales están presos (…)”[iii]

Frente al reformismo obrerista, Cooke no propone los excluyentes intereses proletarios sino el momento dominante de estos últimos articulando al resto de los intereses populares y nacionales- para esto, su visión no exige una reformulación política del bloque conformado. Este está históricamente constituido en el peronismo. Por lo tanto la hegemonía obrera a lograr no precisa de una ruptura del modelo político. Se resuelve, en cambio, a través del progresivo protagonismo obrero (no gremial), en la conducción del movimiento.

Dice Cooke: “La CGT tiene una estructura que, sin ser extraordinariamente revolucionaria fue lo más sólido del movimiento (…) El origen del fenómeno está en la debilidad del partido (Justicialista) (…) Gracias a la Ley de Asociaciones Profesionales los trabajadores serán los únicos que ahora tendrán un poder político real y efectivo (…) la única fuerza real, temida por el gobierno y capaz de presionarlo. ¿En qué medida acatarán y lucharán por los fines del movimiento y no exclusivamente por sus intereses de clase?”[iv]

La posibilidad revolucionaria de la clase obrera, pasa por su capacidad articuladora (abarcadora de otras expresiones de lo social) y no por el reduccionismo a sus intereses particulares. El error sería, para Cooke, que se redujese a esto último. El poder gremial se hace inteligible en relación a la debilidad (no presencia obrera) de lo político. Cooke llama a una conducción obrera del movimiento, que rompa la reproducción de esta dualidad desequilibradora del bloque político. Ahora bien, esta mirada que concibe un progresivo predominio obrero, nace de una lectura fáctica. Cooke no formula una teoría, se atiene a la realidad: a lo sucedido. Desde esta perspectiva crea una zona de vacío, de no elaboración entre estructura orgánica dada y desarrollo estratégico concebido.

Su obrerismo en esta estaba, si bien busca escapar del reformismo, no puede ser superado. Legitima la gravitación sindical a partir de sus aspectos institucionales, pero no consigue plantear las formas de una presencia obrera no gremialista. Aquí encontramos un desencuentro de acierto-error, que traumará gran parte de la cronología del peronismo revolucionario: la reivindicación de un poder institucional “efectivo” recuperado por la CGT, y la permanente regeneración de expectativas revolucionarias en cuanto a ese único “poder real” del movimiento nacional.

La contradicción entre preponderancia gremialista y necesidad de avanzar como bloque político, Cooke la resuelve a partir del inadecuado eje de antagonismos entre sindicalistas y políticos peronistas. Óptica inadecuada, que oscurece la problemática ideológica: tal oposición es implícitamente “sindicalista”, con lo cual vuelve al punto de partida del dilema, aunque le permite un tránsito de “solución”. Proponer a los dirigentes obreros gremiales como conducción del movimiento. Dice Cooke: “La organicidad que ahora se requiere (…) se logrará verticalmente de arriba hacia abajo”[v]. “Los dirigentes sindicales tiene muchas fallas, pero también los méritos principales: son representativos”[vi]. “No es admisible que (los gremialistas) que hicieron posible la coyuntura favorable desaparezcan de la conducción del movimiento”[vii].

Solo la práctica obrera, según Cooke, producirá la ruptura ideológica en el movimiento. Sólo la conducción obrera del movimiento permitirá la merma decisiva de las ideologías gremialistas en la clase.  Cooke parte desde los datos constitutivos del movimiento nacional. Esa realidad le permite pensar una determinada arquitectura del conjunto antidominante, aunque no resolver las formas en que puede realizarse una conducción hegemónica de la clase obrera. Lo sindical se encuentra en un período donde el espacio de disputa entre capital y trabajo se articula con una especial lucha política: la reconquista de un poder superestructural, la institución gremial.

“Sería una utopía pretender llevar a la clase obrera a una huelga general revolucionaria duradera, mientras el movimiento político no haya avanzado más y se haya puesto en una línea paralela al movimiento gremial”[viii]. El dilema político no se resuelve con la simple incorporación de obreros dirigentes a la conducción del movimiento, y esto Cooke todavía no lo analiza con claridad, aunque adquiere una correcta concepción desgremializadora del bloque popular constituido. Correcta en tanto que, inequívocamente movimientista, sin embargo su lectura obrerista de la resistencia le impedirá -ahora y en su trayectoria posterior- una posición antisindicalista neta, aun reconociendo el “cáncer” burocrático. El sindicalismo no fue nunca el centro neurálgico de sus problemáticas conceptuales, aun en esta nueva etapa donde las políticas de acumulación capitalista le otorguen a lo sindical un gravitante papel en la lucha.

Para el Cooke de esta etapa, el movimiento peronista -en tanto implica social y políticamente el modelo de revolución nacional iniciada- contiene en su contradictoria especificidad, la inteligibilidad suficiente. No se remite, pues, a la realidad de las articulaciones ideológicas de clases que trascienden al movimiento. Expresa: “el partido Justicialista puede ser el camino para que la corrupción penetre en el movimiento; no nos olvidemos que las mismas acechanzas se ciernen sobre nuestro movimiento obrero”[ix].

Esto lo escribe Cooke en enero de 1959. El plano moral que intercala entre lo político y lo sindical es una específica ideologización de la derrota peronista (1955), con la que se trató de explicar, intuitivamente, la desmembración de un determinado frente de clases. Pero el recrudecimiento de este tipo de argumentos apunta al mismo problema de fondo: la clase obrera se siente representada por eficaces estructuras en cuanto a presionar sobre el poder del sistema, pero ubicadas en un espacio de disputa que forma parte decisiva de la hegemonía dominante.

  1. Gremialismo y conducción política

El Comando Nacional Peronista (CNP), una corriente del llamado “peronismo duro” de la resistencia que se estructura a partir de núcleos gremiales y políticos intransigentes, analiza en febrero de 1959 una coyuntura de extrema combatividad gremial. La huelga de los trabajadores del frigorífico Lisandro de la Torre (en contra de la desnacionalización de la empresa), desembocó en un paro general por tiempo indefinido, decretado por la CGT en su etapa de normalización y ya enfrentada a la política general del gobierno de Frondizi.

Las características del alza de las luchas sindicales (que se inicia más de un año antes), llegan a su punto culminante en enero de 1959 y pueden sintetizarse: a) preeminencia, en la política opositora peronista, de los conflictos entre capital y trabajo; b) presión gremial para la normalización institucional de la CGT; c) preeminencia de ciertos gremios en el sindicalismo peronista (62 organizaciones), favorecidos por la estrategia monopólica de acumulación capitalista, estratificadora de la fuerza de trabajo.

El documento crítico del CNP rescata las jornadas de enero, por haber “revelado un alto grado de fuerza combativa” de la clase obrera peronista, defensora de los “principios de la argentinidad y del patrimonio del pueblo”. A diferencia de “todos los demás sectores o partidos políticos”, el movimiento nacional “hace presente” y “conduce” el bloque nacional y popular[x].

La huelga general “en ningún momento asumió caracteres de insurrección ni mucho menos contó con una conducción orgánica”. El CNP, en realidad, discute con una concepción matriz de la resistencia peronista: la huelga general como prólogo de una insurrección política, generada desde el poder gremial cohesionado. La conducción gremial es la “política de lucha” del peronismo. La incidencia en lo sindical fija los puntos de avance del movimiento en su conjunto, pero también esconde, en tanto mecanismo específico, la definición de sus límites.

“Las masas habían rebasado completamente a sus dirigentes, y estos, temerosos de verse barridos y superados, pasaron de una completa pasividad a un desorbitado aventurismo”[xi]. Se permanece en una esfumante apreciación de lo sindical. Las masas peronistas, en tanto sindicalizadas, corporizan y expresan una encrucijada de lucha económico social. Políticamente nada es “rebasado”, en tanto el movimiento nacional, que sitúa la única alternativa de lucha real, retiene gremialmente la más palpable conciencia cuestionadora de masas existente en el proceso. El tema de las masas que “rebasan”, es una constante del ideologismo revolucionario que también se genera en el peronismo radicalizado, desde su período insurreccionalista. El problema subyace una desubicación de lo sindical, al cual se le exige la segregación de una política resolutiva de la cuestión del poder, que su realidad por sí sola no promueve, aunque contradictoriamente es el espacio privilegiado en la generación de climas insurreccionalistas.

“Antes de declarar un paro general indefinido, que siempre plantea el problema del poder, de decidir quién gobierno el país, era imperioso crear gradualmente el clima necesario”[xii]. El documento no habla de burocracia. Señala una pasividad dirigente que se torna luego aventurismo. Un gremialismo representativo y en función política, qué posibilidad tiene de no “aventurarse” en relación a la problemática del poder social (conquista de los espacios del estado, gobierno político), visto así: como estructura alternativa determinante. El peronismo de la resistencia no resuelve la coherente organicidad de las fuerzas populares. La sigue “encontrando” (palpable), en un mecanismo institucional que no puede realizar, políticamente, los cuestionamientos básicos al sistema.

“La alta traición sindical demostró así, en los hechos por lo menos, su total incapacidad (…) dependía esencialmente de la existencia de una conducción y dirección audaz, dinámica y experimentada (…) frente a la espontaneidad popular”[xiii]. La falta de audacia y experiencia, en función insurreccional, no ilegitiman concluyentemente a lo sindical. Lo relacionan sí, con el problema del espontaneísmo, momento en el cual -contradictoriamente- el marco de lucha económico-político pasa a ser dominado por una compleja intencionalidad política.

“En estas circunstancias se evidenció la carencia de una dirección política revolucionaria y de cuadros sindicales combativos y leales al pueblo (…) la necesidad de una conducción política doctrinaria y peronista, capaz de ligar la táctica a la estrategia, como el CNP trató infructuosamente de explicar a los dirigentes de las 62 Organizaciones”[xiv].

El sindicalismo ya no es, únicamente, la cohesión en el alumbramiento y estructuración del movimiento político. Sería ahora, para una renovada generación de cuadros políticos que protagonizó la resistencia, el permanente punto de ruptura potencial con que se intenta proponer el movimiento en el proceso. “Formalizando” la conducción de un líder de masas, Perón, la fortaleza gremial implica un concreto paso de conciencia política hacer inteligible qué es lo otro que debe generarse. Dice el CNP: “la expresión histórica demuestra que el movimiento sindical, por su propia naturaleza, no genera espontáneamente una dirección capacitada especialmente para abordar la conducción general y fijar los objetivos finales”.[xv]

No es una reorganización verticalista del peronismo, como proponía Cooke. Lo gremial, por encima de capacitar dirigentes obreros, genera un marco de condiciones en otra dimensión de correlaciones de fuerzas. Y es en esas circunstancias donde se comprueba que lo gremial promueve gremialismo. Frente a esto tampoco la política -para el CNP- es el “otro momento” exterior a las masas, superador de la “falsa consciencia”. Desde el movimiento popular, el sindicalismo es una vertiente ideológica creciendo desde su relación producción-superestructura, para condensarse en un marco ideológico-político mayor y particular de la formación social argentina. Hace presente las contradicciones, sin resolución superestructural, pero sin posibilidad de que esta última se realice al exterior de la consciencia política obrera organizada.

  1. Plano político y plano gremial

Escribe Cooke en 1962: “Cuando hablan de la organización de abajo hacia arriba, están engañándose a sí mismos (…) el movimiento está estructurado piramidalmente”[xvi]. Y agrega, en otra carta a Perón de ese mismo año: “La línea que Ud. trace y que no dudo irá acentuándose hacia la izquierda, requiere un movimiento organizado para ser instrumento revolucionario adecuado. Salvo en lo sindical, carecemos de semejante organización”[xvii].

Estructurar al peronismo significa, para Cooke, integrar una conducción revolucionaria. Lo incuestionable, lo representativo, es el modelo histórico con que las masas instauraron en la Argentina su momento político. Un bloque popular que se ratifica, aún más drásticamente en la proscripción y la resistencia.

El modelo no es el sindicalismo. No es el partido político clásico. No es ya la forma combinada de estas dos instancias, con lo cual se expresó orgánicamente la alianza clase trabajadora-sectores de la burguesía nacional. Tampoco, para Cooke, es el partido de los intereses proletarios. La ruptura de aquella alianza no invalida al peronismo sino que, según Cooke, le permite al movimiento librar la lucha de clases en relación a su sentido histórico: desarticular un contradictorio espacio de confluencia ideológica y articular un nuevo discurso, revolucionario.

Obstáculo para Cooke: el peronismo tiene una única estructura, como práctica obrera concreta, que gesta política. Lo gremial. Que plantea el “peligro” laborista. Que potencialmente conspira contra el movimiento. Entonces llama a una resolución desde “arriba”. A una definición del líder. A una mítica suposición de acatamiento histórico. Sólo la presencia de una “superconducción revolucionaria” (pensada en el espacio que ocupa el líder de masas), puede decidir una conducción revolucionaria no segregada falsamente por lo gremial ni impedida por los políticos ni, en términos globales, sepultada por lo burocrático.

“Llamo burocracia, en términos generales, a los dirigentes no revolucionarios”, dice Cooke. Y agrega: “los sindicatos, aunque jueguen en la práctica un papel revolucionario, no son órganos revolucionarios (…) En un momento en que el régimen se vea en peligro inminente, disolverá los sindicatos (…) ¿Por qué hay dirigentes sindicales que negocian con los gobiernos para no perder el sindicato? Porque no hay una línea partidaria (…) entonces hay que mantener el sindicato porque nadie les tendrá en cuenta el gesto, y más bien los eliminarán en cualquier posición política”[xviii].

“Papel” revolucionario y posibilidad revolucionaria. Cooke plantea, a partir del problema sindical, una dificultad más amplia y profunda. La condición “natural” al sistema del gremialismo, lo habilita sin embargo para un rol de ruptura. Para el pensamiento de Cooke, igualmente es una presencia inacabada. No obstante la instancia “no natural”, lo político orgánico no existe sin la clase obrera peronista. Por lo tanto, el movimiento es el espacio de síntesis a lograr.

Para Cooke, la negociación gremial y la defensa explícita de lo gremial, como institución, no permiten una lectura sobre el eje “leales” y “traidores”. Aunque es consciente de la etapa de integracionismo sindical, del progresivo acuerdo estado-empresarios-sindicatos mayores y la consolidación del “aparato” gremial, desde su óptica las formas particularmente claudicatorias que conlleva la institucionalización sindical –los límites sindicales- no es lo determinante en el análisis.

Por el contrario, su problema radica en cómo invalidar el camino gremial que apunta hacia un laborismo, invalidando la posible segregación, en ese combate, de una lectura “sindical revolucionaria”. No lo resuelve. ¿De dónde emerge una “línea revolucionaria” que desplace esta problemática? Del líder.

Haciendo referencia a esta etapa, argumenta Roberto Carri: “el reformismo de los dirigentes sindicales es solo un aspecto de la formulación. Si no hubiesen actuado de esa manera fácilmente podrían haber sido desplazados por Perón, y el movimiento sindical no hubiera tenido la envergadura y el arraigo popular que realmente tuvo y que pese a las sucesivas derrotas todavía tiene (…) Mientras no exista un organismo que reemplace a los sindicatos, estos mantendrán su papel como vanguardia del movimiento popular”[xix].

En esta nueva etapa, surge claramente el dilema sindical peronista como un proceso de agudas contradicciones entre su poder de acumulación política (en la generación de un bloque histórico) y su poder en el plano superestructural como representante de los productores en los espacios de negociación contractual. El ver “un solo aspecto”, dice Carri, es erróneo. Con esto pretende rebatir las hipótesis esencialistas sobre lo sindical, aquellas que, antagonizando, lo determinan unilinealmente: estructura rupturista o de integración al sistema.

El agigantamiento de la presencia sindical (1959-1965) produce ambas lecturas. La gravitación transforma al gremialismo en “vanguardia” de hecho del movimiento, y en un proyecto cada vez más habilitado para las políticas integracionistas, en tanto aparato de demandas sectorizadas.

Precisamente, el marco que pone de manifiesto el conflicto –poder sindical incuestionable- esconde lo inadecuado de la articulación ideológica que emergerá como “políticas de resolución”: el enfrentamiento de dos gremialismos que, más allá de la disputa, parten de la misma evidencia de lo sindical como poder “providencial” suficiente. Esquemáticamente: revolucionarismo o laborismo.

La disputa intergremial entre “framinismo” (corriente liderada por el dirigente del gremio textil Andrés Framini”) y “vandorismo” (corriente acaudillada por el secretario de los metalúrgicos, Augusto Vandor) tiene, predominantemente, estas características larvales o sedimentadas.

El Movimiento Revolucionario Peronista (MRP, nacido en 1964) tendencia del movimiento nacional con fortificación en gremios fraministas, expondrá en su documento fundador y en términos globales una de aquellas perspectivas que en su momento, y más inorgánicamente, contuvo el framinismo. Su propuesta trasciende la polémica intergremial, en tanto se autoconcibe organismo integral de lucha dentro de las fronteras del peronismo. No obstante, su razón de ser resulta producto de una etapa donde lo gremial, de distintas maneras (gremiales y extragremiales), ha sido el eje vertebrador de la resistencia y, por ende, la referencia central para las alineaciones políticas.

Partiendo de “la plena madurez revolucionaria” del peronismo, el MRP llama a “poner en marcha la nueva etapa”, definida como de “liberación nacional”, para lo cual se hace necesario el “desarrollo de una estructura revolucionaria”, que utilice a “la lucha armada como método supremo de acción política”[xx].

Al calor de fracciones gremiales más débiles (de apoyo indirecto) y heredando experiencias de núcleos políticos-militares de la resistencia, se plantea como estructura tendencial alternativa. Nacionalismo, antimperialismo, socialismo, antiliberalismo, clasismo, guerrillerismo, son las ecuaciones ideológicas básicas, predominando las tres primeras.

“La debilidad de la línea revolucionaria es producto de la defección de la burocracia conciliadora”[xxi]. Se solidifica una visión interna del movimiento: la de una alternativa a la conducción político y sindical, conducción que impide un salto cualitativo, fundamentalmente ideológico, del peronismo. El primitivo eje de divisorias de aguas de Cooke –políticos/sindicalistas- se resquebraja, como consecuencia de la cada vez más elocuente gravitación de la política gremial en el peronismo.

Pero esta nueva lectura de las contradicciones, arrastra una primera confusión de importancia: la “alternativa” a la conducción peronista no diferencia en esta última y en términos precisos, la índole de dos momentos cualitativamente distintos: el político y la institución gremial.

“Las bases, por encima de la burocracia y sus maniobras de entrega del movimiento y de Perón, han demostrado que no aceptan acuerdos espúreos (…) para que el movimiento pueda cumplir su papel de conducción, de aglutinador, que la clase obrera le impone, debe desprenderse de los elementos burgueses y reformistas que lo frenan”[xxii].

Distintos planos, cada uno con sus cuotas de especificidad, expresan el cuadro de contradicciones del bloque nacional y popular. El político, gobernado por las estrategias institucionales de poder y la cohesión de lo político orgánico, a través de una hegemonía que vertebre diferentes intereses nacionales. Otro, el sindical, concentrador de la totalidad de la fuerza productora y en tanto determinado por la lógica contractual, que expresa la resistencia obrera a situarse en el sistema según las condiciones directas del capital.

En pos de una solución política, el peronismo revolucionario –desde las condiciones particulares que le permiten generar su discurso- agolpa ambos planos de diferente articulación ideológica, en lugar de diferenciarlos. Único camino, la distinción que teóricamente permitiría luego relacionar eficazmente ambas instancias a nivel de concepción.

De tal manera, en el combate en el plano político estratégico contra las tendencias reformistas (contra intereses de clases), se irá habilitando, cada vez más notoriamente, aquellas lecturas que identifican a la práctica gremial como la más excelsa expresión de reformismo político, a secas. La extrapolación confunde, entonces, la índole, la situacionalidad de una batalla necesaria de dar contra la burocracia gremial. Confunde, lo que es peor, el carácter de una de las formas de (re) presentación obrera en el capitalismo.

Si bien el proyecto vandorista de “partido sindical” es real en la etapa de Vandor, no es básicamente ese proyecto el que el peronismo revolucionario concluirá combatiendo, sino la resultante de un desplazamiento de lectura más profundo: el reformismo estratégico del movimiento será básicamente una traición sindical, que claudicó de su proyecto político “revolucionario”, en tanto “vanguardia” del peronismo resistente. De nuevo las matrices ideológicas del providencialismo gremial.

La lucha por desplazar conducciones burocratizadas, desde la propia izquierda se plantea como exclusiva del plano político en cuanto a los elementos estructurales que la componen. Estratégica finalmente. Es una lucha, no confesada textualmente todavía, contra “el enemigo”. El papel “aglutinador” del momento revolucionario peronista, hará crisis en la problemática central que habla de la articulación orgánica de un bloque.

[i] Étienne Balibar, “Marx, Engels y el partido revolucionario” en Cuadernos políticos, n° 16, México, noviembre-diciembre de 1967, p. 36.

[ii] Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Granica, t.1, p.86.

[iii] Ibid., pp 92-93.

[iv] Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Papiro, 1972, t.2, pp.78-79.

[v] Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Granica, t.1, p.276.

[vi] Ibid., p.272

[vii] Ibid., p.204

[viii] Ibid., p.308

[ix] Ibid., pp. 148-149

[x] “Enero 1959, Mataderos: análisis de un porteñazo”, en Militancia, n° 6, Buenos Aires, 19-7-73, pp.45-49.

[xi] Ibid.

[xii] Ibid.

[xiii] Ibid.

[xiv] Ibid.

[xv] Ibid.

[xvi] Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Granica, t.1, p.215-216.

[xvii] Ibid., p.239

[xviii] Ibid., pp. 245, 288-289

[xix] Roberto Carri, Sindicatos y poder en la Argentina, Buenos Aires, Sudestada, 1967, p.99

[xx] De Frente, n°9 (dirigida por Roberto Ortega Peña), Buenos Aires, julio de 1974, pp 51- 55.

[xxi] Ibid.

[xxii] Ibid.

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