Albert Mathiez: El Bolchevismo y el jacobinismo (1920)

[El nombre de Albert Mathiez es poco conocido para los militantes de la izquierda latinoamericana. No es para menos, solo uno de sus libros fue traducido al castellano y para peor con su apellido mal traducido: Matthiez. Este libro es la trilogía de «La revolución francesa», libro fundante de la historiografía moderna del proceso francés.

Que nosotros sepamos, sólo se le volvió a dar lugar con traducciones con los textos «¿Qué es el robespierrismo? y «El bolchevismo y el jacobinismo». Pero en algunos casos con ciertas fallas.

Desde Sociedad Futura nos sumamos a quienes buscan recuperar una tradición política dentro del campo de la izquierda y que entienda que esta misma no empieza y termina con el marxismo. Es por eso que Camila Álvarez Pereyra, compañera del equipo de Sociedad Futura, se dedicó a verificar y traducir lo que hacía falta el texto que presentamos.

Para quienes tengan más interés en el tema, recomendamos chusmear la obra de Ariel Colombo, «Un pasado que adelanta», así como las excelentes revistas digitales Espai Marx y Sinpermiso.info]

El Bolchevismo y el Jacobinismo (1920)

 

Albert Mathiez

 

Las similitudes entre el Jacobinismo (y me refiero al gobierno de los Montañeses entre junio de 1793 y julio de 1794) y el Bolchevismo no son en absoluto ficticias, ya que el mismo Lenin habla de ello en sus discursos [1] y recientemente ha levantado una estatua de Robespierre. Lenin, al igual que todos los socialistas rusos, se nutre de la historia de nuestra gran revolución, está inspirado en su ejemplo, y la pone en práctica al mismo tiempo que la adapta a su país y a las circunstancias.

Me gustaría demostrar, mediante un análisis breve, que las analogías entre los métodos de los Bolcheviques y de los Montañeses no sólo son aparentes, sino que existen estrechos lazos de parentesco y una lógica común entre ellos.

Jacobinismo y Bolchevismo son dos dictaduras nacidas de la guerra civil y extranjera, dos dictaduras de clase que operan con los mismos métodos: el terror, la expropiación y los impuestos, y que proponen como resultado final el mismo objetivo, la transformación de la sociedad. Y no solo de la sociedad rusa o francesa, sino de la sociedad universal.

Ambas dictaduras surgieron de la derrota y se impusieron por los disturbios. Fue la traición de Dumouriez, los desastres de Bélgica, la retirada del ejército en todos los frentes que permitieron a los Montañeses aplastar a los Girondinos, considerados responsables por los eventos del 31 de mayo y 2 de junio del París de 1793. Fue el fracaso de la ofensiva de Kerenski de julio de 1917, seguida por la aventura de Korni­lov que permitiría el éxito del levantamiento soviético de octubre de 1917 en Petrogrado. Sin embargo, hay aquí una diferencia evidente: los Montañeses tomaron el poder con el fin de intensificar la guerra y conseguir la victoria. Por el contrario, los bolcheviques veían en la guerra o en la paz un medio para salvar la revolución. Ante el agotamiento de Rusia y la lasitud general, Lenin se convencía de que en la paz era necesario un «respiro» a fin de consolidar los resultados de su golpe de Estado. Por el contrario, Robespierre, sintiendo el patriotismo de su país y conociendo sus recursos, creía que la salvación de la revolución estaba atada invenciblemente a la victoria inmediata sobre el campo de batalla. Por caminos opuestos, las dos dictaduras perseguían el triunfo de su partido y la realización de su ideal. Tan pronto como su gobierno fuera un poco más estable, Lenin formaría el Ejército Rojo y regresaría a la ofensiva.

Ambas dictaduras se fundaron en las clases bajas, pero fueron conducidas por desertores de las antiguas clases dominantes.

Los Comisarios del pueblo no eran los aventureros viles que la prensa mercenaria comúnmente ha divulgado. Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, era, como Lunacharsky, el hijo de un consejero de Estado, con rango de excelencia. Tchitcherine, el Comisario de Asuntos Exteriores provenía al igual que ellos, de una cuna noble. Lev Davídovich Bronstein, alias Trotsky, era el hijo de un hombre letrado. Zinoviev y Kamenev eran burgueses que habían transitado por las Universidades. Uritzky era ingeniero, Rykov un traductor certificado de lenguas extranjeras, la Señora Kollontai, la esposa de un coronel. Yoffe y Sukolnikov disfrutaban de una fortuna considerable.

De la misma manera, Maximilien Robespierre pertenecía a una familia de renombre, el caballero de Saint-Just a una familia de la espada, el Hérault de Séchelles a la vieja nobleza, el Carnot, el Couthon, Le Bas, ambos Prior y Robert Lindet también pertenecían a la buena burguesía.

La fuerza y el origen de ambas dictaduras fueron extraídos de la población de las ciudades, y en particular de la capital. La fortaleza montañesa radicaba en París, en secciones populares compuestas por artesanos; los bolcheviques reclutaron su guardia roja entre los trabajadores de las fábricas de Petrogrado.

El campesinado que, tanto en la Francia de 1793 como en la Rusia de hoy, conforman la mayoría popular, fueron arrastrados por las ventajas que los Bolcheviques y los Montañeses eran capaces de garantizar. Los montañeses alcanzaron la victoria en la Gironda logrando la abolición de las últimas raíces del feudalismo al suprimir los cargos basados en los antiguos derechos sectoriales que aún persistían en ese entonces. Se expropiaron las propiedades de los exiliados, un buen botín que sirvió como su tesoro de guerra. El campesino que compraba la tierra noble o eclesiástica se unía rápidamente a su causa y se conectaba al jacobinismo por los fuertes lazos de interés personal. Para él, la derrota de la revolución significaba el expolio y la ruina.

De la misma manera que los bolcheviques se exaltaban al saquear a los mouzhiks en la misma noche del 25 de octubre la tierra de los monasterios y las grandes explotaciones. Estos dominios confiscados, que fueron administrados por los comités cantonales, fueron la reserva formidable que les garantizaba la fidelidad de las masas, y al mismo tiempo facilitaba el abastecimiento de sus seguidores en las ciudades.

Las dos dictaduras, la francesa y la rusa, son eminentemente realistas. En aras de la seguridad pública no dudan en violar los principios mismos que proclaman. Robespierre y Lenin justificaron el terror por las necesidades de la lucha interna y externa. Ambos proclamaban que iban a finalizar una vez alcanzada la victoria. «Bajo el régimen constitucional», dijo Robespierre: «es suficiente para proteger a las personas contra los abusos del poder público. Bajo el régimen revolucionario propio el poder público está obligado a defenderse contra todas las fuerzas que lo atacan» (5 ventôse). Saint-Just agregaba más crudamente: «Aquello que constituye una república  es la destrucción total de todo lo que se le opone” (8 ventôse).  Lenin repetía como: “Suponer que el paso del capitalismo al socialismo será posible sin la restricción y la dictadura sería la mayor estupidez y la utopía más absurda» (28 de mayo de 1917). «Es imposible», continuaba,  “derrotar y extirpar el capitalismo sin la represión implacable de la resistencia de los explotadores, que no pueden aceptar ser repentinamente privados de su fortuna, de sus ventajas en la organización y el conocimiento, que durante un largo período intentaron sacudir la dominación de los pobres”.

Robespierre y Lenin exigían la abolición de la pena de muerte. Una vez en el poder, hicieron de esta última un método para gobernar. Exigieron la libertad de prensa y suprimieron los periódicos opositores.

En definitiva, el fin justifica los medios y absuelve todas las contradicciones. En ambos casos, el fin es la felicidad de las masas. Dijo Robespierre: «Queremos un orden de cosas donde todas las pasiones bajas y crueles sean encadenadas y donde todas las pasiones benefactoras y generosas sean despertadas por las leyes… donde la patria asegure el bienestar de cada individuo… donde el comercio sea la fuente de la riqueza pública, y no sólo la opulencia monstruosa de algunas casas» (18 ventôse). Saint-Just agregó: «Nuestro objetivo es establecer un gobierno sincero que hará feliz a la gente» (8 ventôse).Trotsky dijo en la noche del 25 de octubre: «Vamos a fundar un poder que va a proponer otra meta que la de satisfacer las necesidades de los soldados, obreros y campesinos. El Estado debe ser un instrumento de la liberación de las masas de todas las formas de esclavitud”.

No se objeta que Robespierre respetara la propiedad privada, mientras que Lenin la negara. La diferencia en los períodos de tiempo explica las diferencias en las teorías y las soluciones, pero la base de las cosas continua siendo idéntica. En cualquier caso, Lenin no suprimió la propiedad. Sus medidas fueron tan oportunistas como las de los montañeses. Ellos respondían a las mismas necesidades. No existe diferencia en la naturaleza entre ellos.

Los bolcheviques han nacionalizado los bancos, inventaron las cajas fuertes de los particulares, colocaron sus contenidos en una cuenta en el banco estatal, y fijaron la cantidad permitida para ser retirada, pero no suprimieron la propiedad privada. Los jacobinos no se no se molestaron en requisar los Bancos para colocar un sello en sus cajas fuertes, para someterlos a reglas estrictas, para cerrar la bolsa de valores, etc. En esta línea, un decreto del Comité de Salud Pública solicitaba a los hombres de negocios de Burdeos suministrar  20 millones de giros en el exterior y exportar una cantidad similar de mercancías. Esto no fue un acto excepcional. Sabemos bien que Robespierre subordinaba la propiedad al interés social y que la definía como «la parte de la propiedad garantizada por la ley». Los bolcheviques administraban sus fábricas por medio de comités elegidos por los obreros. Los jacobinos los habían precedido en este camino requisando las necesidades en los talleres para las fabricaciones militares, los que a su vez eran administrados por departamentos más o menos cercanos. Los bolcheviques controlaban de la producción agrícola como lo hacían con la producción industrial. En cada distrito se organizaban comités para la realización de inventarios, reposición y distribución de las mercancías que se conectaban a los “centros” comunes: los centros textiles, los metalúrgicos, etc.

Con el fin de aplicar su ley de máxima, los montañeses ya habían creado en París la Comisión de subsistencia, la Comisión de armas y polvos, la Comisión de transporte, etc, que, bajo las órdenes del Comité de Salud Pública documentaban todo tipo de productos inventariados, distribuidos y gravados a través de innumerables agentes diseminados por toda Francia que además eran apoyados por comités locales.

Sería un error creer que los Comités bolcheviques que administraban las fábricas y que controlaban la producción agrícola eran soberanos. En la actualidad, la República Soviética está tan centralizada y burocratizada como en su momento lo estuvo la República jacobina. Los Comités agrarios que regían las tierras confiscadas sobre la gran propiedad 2 fueron sin duda elegidos, pero al lado de ellos, el poder central era representado por comisarios armados con plenos poderes para asegurar la subordinación al centro. Igualmente, los Comités elegidos por los obreros de las fábricas no participan de la dirección de la empresa, que a menudo queda confiada al antiguo patrón, convirtiéndose en un agente del centro. Lenin no quería que el poder proletario permaneciera en un «estado gelatinoso». Se esforzaba para poner fin a la desorganización y practicaba una política de mano dura. «Cualquier persona,» decía, «que viole la disciplina laboral, en cualquier empresa, en cualquier asunto, ha de ser llevado ante un tribunal y ser castigado sin piedad.» Los tribunales revolucionarios de la Rusia soviética, como los de la Francia montañesa, castigan el robo, el sabotaje, el fraude y las violaciones a las leyes fiscales, lo mismo que los crímenes contrarrevolucionarios. Un antiguo decreto sobre la administración de los ferrocarriles les confió la dirección de las redes a comisarios con poderes tan extensos como aquellos que fueron investidos por los procónsules de la Convención.

Robespierre había dicho que «el gobierno revolucionario no tiene nada en común con la anarquía. Por el contrario, su objetivo es suprimirla a fin de garantizar y consolidar el imperio de la ley » (25 ventôse). Lenin no era más tierno para el desorden: «Si no somos anarquistas, debemos aceptar la necesidad de un Estado, es decir, de restricción, para la fase de transición del capitalismo al socialismo. Toda gran industria técnica exige la unidad de la voluntad más absoluta y más severa que dirige el trabajo simultáneo de centenas, de millares y de decenas de millares de hombres. ¿Cómo se puede asegurar la unidad más severa de la voluntad? Por la sumisión de estas voluntades de millares a la voluntad de uno solo” (28 de mayo de 1918). Y continúa: «No necesitamos  impulsos histéricos. Necesitamos la marcha cadenciosa de los batallones de hierro del proletariado.”

Leí en alguna parte que Lenin se inspiró en los métodos hebertistas. En todos sus actos y palabras de protesta contra tal juicio. Al igual que Robespierre, pretendía abstenerse de dos excesos en los que zozobraría la Revolución, el moderantismo y la exageración. Declaraba, en el discurso ya citado, que los compromisos son necesarios antes de alcanzar el orden comunista. De esta manera, el decreto sobre las sociedades cooperativas que publicara en la primavera de 1918 fue una solución de compromiso elaborado entre los representantes de las cooperativas burguesas y las cooperativas obreras: «Al concluir este compromiso con las cooperativas burguesas, el Poder de los sovietes determinó de modo concreto a sus problemas tácticos y los métodos de acción propios de la fase dada de su desarrollo, a saber dirigiendo los elementos burgueses, utilizándolos, haciéndoles ciertas concesiones parciales, creamos las condiciones necesarias para un movimiento avanzado que es  más lento que lo que suponíamos primitivamente, pero que al mismo tiempo es más sólido, con garantías más firmes para la base y la línea de comunicación, con una mejor fortificación de las posiciones ya adquiridas.” Esta fue precisamente la táctica de Robespierre en su esfuerzo por reunir y tranquilizar a los comerciantes y los pequeños propietarios.

Cuando Lenin y Trotsky crearon un nuevo ejército después de Brest-Litovsk, en el que excluyeron los elementos políticamente dudosos, aquí también, no hicieron más que seguir las enseñanzas del jacobinismo. Desde los tiempos de la Asamblea Constituyente, Robespierre había propuesto desestimar el ejército real para la reconfiguración de todas sus piezas con el fin de depurarlo de aquellos cuadros conformados en su mayoría por personas nobles. Su propuesta había sido rechazada, pero los mismos oficiales nobles se eliminaron a través de la emigración y así se obtuvo el resultado perseguido.

Nadie más que Robespierre profesó la desconfianza hacia el militarismo, ejerciendo sobre los generales una vigilancia tan suspicaz como él. De hecho, había predicho que la guerra llevarí­a a la dictadura de la espada, y sin embargo era el mismo Robespierre quien dio esta definición de la disciplina militar: «La disciplina es el alma de los ejércitos, la disciplina puede complementar los nombres, pero los nombres no pueden suplir la disciplina. Sin disciplina no hay ejército, hay sólo un ensamblaje de hombres sin unión, sin un concierto que pueda dirigir eficazmente sus fuerzas hacia un fin común, tal como un cuerpo que se abandona al principio de la vida o tal como una máquina cuya caja de cambios se rompe.” El Comité de Salud Pública, concediéndoles a los voluntarios el derecho a elegir a sus jefes mediante un ingenioso sistema de graduación, se las arregló en la práctica para imponerles poco a poco una obediencia estricta. Los Comisarios del pueblo hicieron lo mismo. En el Ejército Rojo, la elección de los jefes incluso había sido suprimida (23 de abril de 1918). En “El Corresponsal” del 25 de mayo de 1919 leí que este ejército estaba sometido hoy a » una disciplina de hierro».

Se podrá decir, en respuesta a lo que he dicho, que la dictadura montañesa misma era una dictadura legal, un órgano de la Convención Nacional, la expresión de la voluntad del país, mientras que la dictadura bolchevique era mancillada por una ilegalidad territorial, que  dispersó la Constituyente y que se mantuvo sólo por la fuerza. Sin embargo, no hay que exagerar demasiado esta diferencia entre ambos regímenes.

La Convención fue elegida en el período turbulento de las masacres de septiembre. La inmensa mayoría de las asambleas electorales que nombraron a los diputados electos padecieron la ley de los clubes populares. Debieron proceder mediante la votación a viva voz. Es un hecho bien conocido el que los jacobinos y sus partidarios eran prácticamente los únicos que votaban. Pero no hay que olvidar que la dictadura montañesa fue establecida por los disturbios del 2 de junio 1793 que mutiló la Convención mediante la exclusión de los dirigentes girondinos, que pronto fueron enviados a la guillotina. El arresto de los setenta y tres girondinos que protestaron en contra el 2 de junio fue suficiente para cambiar la mayoría. Los Montañeses gobernaron por medio de una Asamblea depurada. Los bolcheviques prefirieron disolver a mutilar. ¿Dónde se encuentra la legalidad en todo esto?

Los bolcheviques reemplazaron la Constituyente por el Congreso de los soviets. Es como si el Comité de Salud Pública hubiera reemplazado el Convenio por la sociedad jacobina. Los soviéticos privaron del derecho de voto toda una categoría numerosa de ciudadanos: los monjes, los ociosos, los patronos, etc. Antes de ellos, los jacobinos de los Comités revolucionarios habían elaborado listas de sospechosos. La Constitución monárquica de 1791 ya privaba de derechos políticos a todos los que no prestaban el juramento cívico. Los bolcheviques simplemente perfeccionaron los métodos jacobinos.

Los montañeses ya habían instituido el sistema de las tarjetas de alimentación, pero no se les había ocurrido servirse de eso como un instrumento político. Los bolcheviques, más ingeniosos que ellos, dividieron a la población en cuatro categorías para el derecho al abastecimiento. Los sospechosos sólo recibían una mitad o un cuarto de ración. ¡Medio eficaz y terrible de conformar una clientela!

Así como los campesinos acomodados se mostraban reacios a llevar a cabo los requerimientos, con el fin de superar la resistencia, los bolcheviques instituyeron Comisiones de pobreza conformadas por indigentes y encargados de ejecutar las medidas necesarias para garantizar el aprovisionamiento. Los jacobinos no habían ido tan lejos, pero poblaron de Sans-culotte los comités revolucionarios que fueron los encargados de supervisar la aplicación de máxima.

Sería en vano tratar de oponer el individualismo de los jacobinos al comunismo de los bolcheviques. Los jacobinos se proclamaron los defensores del derecho de propiedad. Castigaron con la pena de muerte a los predicadores de la «ley agraria», es decir, a los comunistas, pero, de hecho, confiscaron, expropiaron, requisaron.

Por el contrario, los bolcheviques profesionalizaron el comunismo, anunciaron la inminente abolición de la propiedad individual, pero en realidad la dejaron sobrevivir. En cualquier caso, los jacobinos antepusieron siempre los derechos de la sociedad a los del individuo, y en esto fueron como los bolcheviques.

¿Saint-Just no propuso, acaso, confiscar la propiedad de todos los adversarios del régimen? «La Revolución nos lleva a reconocer el principio de que aquel que se mostró enemigo de su país no puede ser allí propietario”, y sobre su moción, el Convenio votó este decreto: «Las propiedades de los patriotas son inviolables y sagradas. Los bienes de las personas reconocidas como enemigas de la Revolución serán confiscados en beneficio de la República; estas personas serán detenidas hasta la paz y desterradas luego a perpetuidad». Esta era, sin duda, una forma de reconocerlo, pero significaba ante todo hacer de la propiedad un privilegio del espíritu cívico.

Cuando los bolcheviques se apoderaron de las viviendas vacantes para albergar allí a los indigentes, cuando obligaron a los burgueses al trabajo forzado, continuaron siendo fieles a los jacobinos precedentes más de lo que nos imaginamos. Dijo Saint-Just: «No permitan en absoluto que haya un desocupado ni un solo hombre pobre en el Estado; sólo será gracias a este precio que usted habrá hecho una Revolución y una verdadera República… Obligue a todo el mundo a hacer algo, a tomar una profesión útil para la sociedad… ¿Qué derechos tienen en la patria aquellos que no hacen nada?» (8 ventôse). Los actos seguían las palabras cuando no los adelantaban. En numerosos departamentos los desocupados fueron reclutados para la producción del salitre, para la obtención de madera de los bosques destinados a la fabricación del potasio, para los trabajos de la cosecha, para la refacción de las carreteras.

Los políticos de nuestros días, que se han erigido como los herederos del jacobinismo, alardean su patriotismo, que oponen al derrotismo y al internacionalismo de los bolcheviques. La oposición es totalmente superficial y no resiste al examen.

Sin duda, los Montañeses se consagraron con un ardor sublime a la tarea de la Defensa Nacional. Robespierre en particular, pudo tornarse en una figura chauvinista cuando se lo vio denunciar sin tregua a los extranjeros refugiados en Francia,  de los que  sospechaba no sin razón, de servir de espías al enemigo. Un día, incluso, llegó a lanzar de la tribuna de los Jacobinos un anatema célebre contra el pueblo inglés. Pero Robespierre no distinguía la causa de Francia de la de la Revolución y el triunfo de la libertad en todo el mundo. Jamás repudió la doctrina de la fraternidad de los hombres.

Había querido hacer inscribir en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1793 los siguientes artículos:

  1. “Los hombres de todos los países son hermanos y los diferentes pueblos deben entre sí ayudar a los demás como si fueran ciudadanos del mismo Estado.”
  2. ” El que oprime a una nación se declara enemigo de todos.”
  3. “Los que hacen la guerra a un pueblo para detener el progreso de la libertad y aniquilar los derechos del hombre deben ser perseguidos por todos, no como enemigos comunes, sino como enemigos rebeldes y bandidos.”
  4. “Los reyes, los aristócratas y los tiranos, cualesquiera que sean, son unos esclavos rebelados contra el soberano de la tierra que es el género humano y contra el legislador del Universo que es la naturaleza.”

(24 de abril de 1793).

Robespierre jamás renunció a este internacionalismo de clase al cual Lenin podría suscribir. Cuando los dantonistas, urgidos por hacer la paz, propusieron abandonar a su suerte a los renanos, los belgas, los saboyanos, los nizardos, todos pueblos que habían creído en las promesas, Robespierre se les pronunció violentamente contra su propuesta derrotista. Si proclamaba su odio hacia los ingleses, es porque odiaba de ellos que los esclavos fueran demasiado dóciles a la voluntad de sus dueños. “¡Existe algo todavía más despreciable que un tirano, y son los  esclavos!… Esto en absoluto es para que nosotros paguemos los costos de la Revolución inglesa. Qué este pueblo se libere y le devolveremos toda nuestra estima y nuestra amistad.” (11 ventôse). Atribuirle a Robespierre la mentalidad de los imperialistas de nuestros días significaría desconocer lo extraño.

A pesar de las apariencias, los jacobinos y los bolcheviques no tenían un diseño muy diferente de las relaciones internacionales. M. Antonelli dijo en un reciente libro que «los bolcheviques no conciben el derecho de los pueblos de otro modo que no sea el derecho de los proletarios a organizarse libremente. Ellos son guiados por la lógica de su doctrina del intervencionismo proletario a intervenir siempre que la causa proletaria esté en peligro… El intervencionismo bolchevique es análogo al intervencionismo republicano de la Revolución francesa. Pero es todavía más peligroso: no tiene en cuenta los factores morales y étnicos.” (p. 144).

En efecto, los bolcheviques consideraron la paz de Brest-Litovsk sólo como una tregua. Tan pronto como pudieron, se llevaron las armas para librar a los proletarios de Finlandia, Estonia, Lituania y Ucrania, y, además, prestaron su apoyo a la revolución húngara. Su proselitismo, tanto como su repudio a los compromisos financieros del zarismo, explica el clamor formidable de la hostilidad que recibe su nombre en los países que quedan gobernados de modo antiguo. Los jacobinos causaron los mismos temores y generaron la misma rabia. Con una distancia de 125 años, esto podría resultar un juego divertido e instructivo para reunir y comparar las sentencias de los jacobinos y los bolcheviques por parte de los gobernantes y periodistas encargados de detener el contagio.

Nos equivocamos o intentamos engañar cuando representamos al gobierno bolchevique, después del gobierno jacobino, como una construcción artificial forzada por los decretos de algunos iluminados o de algunos ambiciosos. La realidad es completamente diferente. Los bolcheviques no crearon los soviets, que ya existían desde antes de que llegaran al poder. Los soldados rusos no esperaron a Brest-Litovsk para hacer la paz con Alemania. Los moujiks no esperaron más el prikaze del 25 de octubre de 1917 para ponerse en posesión de las tierras de los monjes y de los terratenientes. En las fábricas los obreros ya se habían organizado en comités de explotación antes de que Lenin consiguiera su golpe de estado.

Los Comisarios del pueblo debieron poner orden en el desorden. Reglamentaron el estado anterior de cosas esforzándose por darle un fundamento legal. «A veces”, dice M. Antonelli, “su intervención se ejerció en un sentido de moderación que levantó contra ellos ciertos elementos de la población obrera y campesina.» (p. 206).

Hay todavía un punto más de semejanza con el jacobinismo. La mayor parte de las grandes medidas revolucionarias del año II no fueron el resultado de una iniciativa del Comité de Salud Pública o incluso de los diputados de la Convención. Se les impuso bajo la presión de los clubes. El máximo, es decir la tasación de todos los productos de primera necesidad, fue reclamado con violencia por los grupos sociales antes de ser inscrito en la ley. Los montañeses, en un primer momento, se habían esforzado por resistir a una medida que consideraban peligrosa. El levantamiento en masa o primer requerimiento, el ejército revolucionario encargado de hacer aplicar las leyes sobre las subsistencias y la descristianización fueron obras de los dirigentes de los clubes y de las administraciones locales antes de ser adoptadas y legalizadas por la Convención.

Los mismos jacobinos y los bolcheviques fueron arrastrados por una corriente más fuerte que ellos. Estos dictadores obedecen a sus tropas para poder pedirlos. Estos dictadores obedecen a sus tropas con el fin de ser capaz de comandar.

¿Por qué asombrarse entonces porque tropiecen con los mismos obstáculos y estén expuestos a los mismos peligros?

Para los bolcheviques, la dictadura del proletariado era un paso más en el camino hacia al comunismo, y para muchos de sus seguidores se trataba del único objetivo. Desde la parte superior a la parte inferior de la escala del gobierno de los Soviets chocaba con el egoísmo de aquellos a quienes gobernaba.

El campesino ruso, al igual que el campesino francés del año II, quería preservar su cosecha. Difícilmente, sólo renunciaba a ella a cambio de papel moneda depreciada. A veces se debe recurrir a la fuerza para abrir las puertas de su desván. El trabajador considera que la fábrica es lo suyo y  trabaja tan poco como sea posible. La Revolución es interpretada por él como el derecho a la pereza. Los burócratas que censan, requisan y reparten los productos, trafican las mercancías en sus funciones. La dictadura de clase se resuelve en la práctica con una vasta operación de saqueo practicado por pequeños tiranos subalternos. Los tchinovnicks de Lenin valen lo mismo que los de Nicolás II.

Lenin lo sabe y se esfuerza por reaccionar con vigor. Los ladrones sorprendidos en flagrante delito en el momento de la Revolución del 25 de octubre fueron fusilados en el mismo lugar para el ejemplo. Lenin no estaba lejos de proclamar con Robespierre que la virtud debía ser el muelle del nuevo régimen, es decir, el sacrificio del interés privado en pos del interés general. Insiste en la necesidad absoluta de levantar la producción disciplinando el trabajo para intensificársele. “El Ruso”, dice, “es un trabajador pobre en comparación con los ciudadanos de las naciones avanzadas. Aprender a trabajar, he aquí el problema que el Poder soviético debe plantear en toda su grandeza al pueblo.” Y no duda en defender el trabajo a destajo y hasta la aplicación del sistema de producción de Taylor, que los sindicalistas occidentales consideran una forma de esclavitud. Se da cuenta de que los problemas de producción y de distribución no pueden ser resueltos por medidas administrativas únicamente porque son hasta cierto punto de un orden moral. También organizó una vasta propaganda educadora y cívica por medio de los periódicos y conferencias de la Academia Socialista. “Las comunas modelos deben servir y servirán de educadoras, de profesoras, de apoyos para las comunidades atrasadas, esperando así elevar la cultura de las masas y hacer la Revolución en sus espíritus. La prensa debe servir de instrumento a la edificación del socialismo, haciendo saber en todos sus detalles los éxitos de las comunas modelos, estudiando las razones de sus éxitos, los procedimientos de su economía doméstica, separándolas de aquellas que conservan obstinadamente las tradiciones del capitalismo, es decir de la anarquía, de la holgazanería, del desorden, de la especulación.”

También en este caso los bolcheviques imitaron a los jacobinos, que colocaron a la moral a la orden del día y se esforzaron en educar a las masas y frenar el egoísmo mediante un sistema estrechamente ligado a las fiestas cívicas y las instituciones sociales, incluyendo un periódico ad hoc: «Colección de acciones heroicas y cívicas «, fue el órgano. Al igual que los jacobinos, los bolcheviques rompieron con la iglesia, que separaron del Estado. Hasta aquí todavía no habían sentido la necesidad, como sus predecesores, de reemplazar el antiguo culto por un nuevo adaptado a su política, pero ya estaban en el camino que conducía a ella.

Lenin ya estaba preocupado por la invasión gradual del parlamentarismo en los soviets. «Hay que combatir esto mediante el uso de todos los miembros de los soviets como participantes activos en la administración.»   No quería el reinado de los aficionados más de lo que quería el reinado de los burócratas. Antes que él, Saint-Just había denunciado el mismo peligro: «La ciudad, había dicho, se encuentra prácticamente usurpada por los funcionarios. En las asambleas, disponían de sufragios y empleos; en las sociedades populares de la opinión. Todos se proponían conseguir la independencia y el poder más absoluto por sí­ mismos bajo el pretexto de actuar de una manera revolucionaria, como si el poder revolucionario residiera en ellos.» (8 ventôse).

Sin embargo los peligros más graves que amenazan al gobierno soviético posiblemente no sean los del interior. El sabotaje, los atentados, los levantamientos de campesinos y las rebeliones no son menos temibles que el bloqueo y la guerra extranjera. De cualquier forma, la relación existente entre ellos resulta evidente.

Los montañeses del año II tuvieron que hacer frente a la misma situación. Salieron de eso gracias a la victoria militar. “Vencer o morir” era su lema. Los bolcheviques llevados al poder por el agotamiento y el cansancio de pueblo ansioso que se arrojaba a la paz, en un primero momento cedieron al torrente. Su derrotismo fue una táctica, pero sólo fue eso. Para defender su Revolución en peligro, para salvar sus cabezas, se vieron obligados a volver a la guerra. El futuro del bolchevismo se determinará en el campo de batalla como el destino del jacobinismo.

Después de la victoria los jacobinos se dividieron y sus escisiones los condujeron a la derrota. El ejército se convirtió en el árbitro de sus disputas y la República fue finalmente confiscada por un general victorioso.

¿Es posible que el bolchevismo fuera a sufrir la misma suerte? Pronto sabremos si sus ejércitos son capaces de defenderse de los peligros externos y de triunfar sobre las últimas revueltas. ¿Trotsky y Lenin quedarán unidos? ¿Al 9 Termidor ruso le seguirá un 31 de mayo del 25 de octubre tendrá su 18 Brumario, conseguido por un Kornilov más hábil en la tragedia? Estos son los secretos del poder de mañana.

La historia jamás se repite exactamente. Pero las semejanzas que nuestro análisis ha llevado a cabo entre las dos grandes crisis de 1793 y de 1917 no son superficiales ni fortuitas. Los revolucionarios rusos voluntariamente y con conocimiento de imitar a los revolucionarios franceses estaban animados por el mismo espíritu. Se mueven en medio de los mismos problemas en una atmósfera análoga. Los tiempos son diferentes. La civilización ha avanzado durante el último siglo y cuarto. Sin embargo, Rusia debe su estado atrasado a su parecido con la Francia agrícola y analfabeta de finales del siglo XVIII más de lo que comúnmente creemos.

Sería interesante observar, y sería también una rico material para la reflexión, ver si en las dos revoluciones siguen unos a otros en la misma cadencia hasta el final.

 

Albert Mathiez

 

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NOTAS

[1] «Si tomamos la escala de revoluciones occidentales, estamos aproximadamente a la altura de lo que se alcanza en 1793 y 1870.» (Discurso de Lenin del 28 de mayo de 1918)

[2] «Las tierras de los cosacos y los simples soldados y los campesinos no pueden ser confiscadas.» (Decreto del 26 de octubre de 1917)