Una historia inacabada. Prólogo al libro ¿Ciencia proletaria? El caso de Lysenko de Dominique Lecourt

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por Louis Althusser

La inclusión de este texto de Althusser en este dossier sobre los debates en torno al socialismo real se relaciona con una de las cuestiones que la existencia de esta sociedad trajo consigo: los efectos sobre la teoría y la construcción de pseudo-teorías que integraban las diferentes disciplinas intelectuales en el conjunto de una filosofía bastarda llamada materialismo dialéctico (un logaritmo amarillo lo llamaba burlonamente el autor del texto). El texto es prólogo a un libro de Dominique Lecourt sobre uno de los máximos hits de esa pseudo ciencia vulgarizada: la biología dialéctica de Lysenko. Tanto el prólogo como el libro circularon clandestinamente en los países del Este europeo, al estilo de los samizdat nativos. La pertenencia de Althusser al entonces poderoso partido comunista francés era uno de los costados escandalosos del texto y de su contenido. La relación de Althusser con el comunismo estalinista fue haciéndose cada vez más tensa. Pocas veces el discurso estalinista encontró una exégesis y una interpretación más aguda.


No presentaré este libro: léase y júzguese. Y sí, como es normal, se encuentran elementos dignos de crítica.

Hoy en día es fácil como un juego de niños resolver el problema de Lysenko, desechándolo como un charlatán cuya fortuna se debió únicamente al despotismo de Stalin. Pero examinar la historia del lysenkismo desde un punto de vista marxista es una empresa mucho más comprometida.

Voy a limitarme aquí a algunos comentarios, a algunos hechos y recuerdos llamativos.

Después de todo hay algo curioso en esta larga y tumultuosa aventura de Lysenko -una aventura que abarca casi cincuenta años de historia soviética, que movilizó sucesivamente primero las fuerzas del aparato agrícola, luego las de la filosofía oficial, y, finalmente, en la gran consagración de 1948, el aparato del estado soviético y los comunistas del mundo entero- una historia prolongada, escandalosa y dramática, que, durante varios decenios y basándose en un fraude teórico, produjo confrontaciones, escisiones, tragedias y víctimas: esa historia simplemente no existe.

Duerme en el silencio de archivos soviéticos cerrados y por el hecho de que ya ha sido enterrada desde los puntos de vista teórico y político. Ciertamente, aún acecha la memoria de los que sobrevivieron a la represión y al chantaje, pero ningún filósofo ni científico soviético ha levantado o ha podido levantar la voz para escribir una historia marxista de ese período y arrojar algo de luz sobre esas sombras[1]. El silencio de los soviéticos que guardan los archivos, encuentra su paralelo en el de los comunistas que, fuera de la Unión Soviética, han sufrido las mismas coacciones de la misma historia y guardan silencio sobre ello. Así nos encontramos aquí ante una paradoja extraordinaria, igual que hace en el caso de la terrible realidad bautizada posteriormente con el nombre irrisorio de “culto a la personalidad”, de la Tercera Internacional[2] y de numerosos episodios de la historia del movimiento obrero, es preciso rendirse a la evidencia de una paradoja realmente inaudita: los partidos comunistas, que históricamente fueron los primeros en recibir de Marx los medios para entender la historia y que, generalmente los utilizaron correctamente para analizar otros tiempos y otras fuerzas, parecen ser impotentes para dar cuenta como marxistas de su propia historia, especialmente cuando han cometido una equivocación.

No sirve de nada argüir que resulta difícil orientarse en la historia, que la voluntad más decidida puede ser superada por las circunstancias y perder la orientación, que el pasado, la tradición y el hábito (Lenin temía a los tres) pueden arrojar su sombra sobre el presente, aplastándolo. Porque estas circunstancias pueden ser analizadas ellas mismas (si se necesitan conceptos nuevos para esta tarea. ¿por qué no se elaboran?). Y, finalmente, suponiendo que se haya omitido este análisis, incluso la historia más oscura es, sin embargo, lo suficientemente clara en sus efectos para que los comunistas reconozcan, incluso en silencio, por el hecho de haber realizado rectificaciones (de algún detalle o de una línea política) el hecho de haberse equivocado.

Pero, se dirá, si la equivocación ha sido corregida, ¿qué importa que los comunistas no la tengan en cuenta, siempre que estén “avanzando”? ¿No han rectificado los propios soviéticos las “violaciones de la legalidad soviética” a las que aparentemente puede reducirse el sistema llamado “culto a la personalidad”? ¿No han “corregido” los errores del lysenkismo al devolver sus puestos a los geneticistas y al restablecer sus reputaciones manchadas? Y el Partido Comunista Francés, que había avanzado más que cualquier otro, sus dirigentes escudados detrás de sus “grandes intelectuales”, en la exaltación del lysenkismo y de la teoría de las “dos ciencias” -burguesa y proletaria- ¿no habría puesto las cosas en orden abandonando en el momento adecuado sus profesiones de fe y dejando de ejercer presión sobre sus militantes? Nadie ha dado explicaciones, por supuesto. Pero verdaderamente esto no tendría importancia porque, de todas formas, las cosas han “sido corregidas”… Y, para coronar este argumento, siempre se puede invocar una buena teoría, hecha a la medida, sobre la primacía de la práctica respecto a la teoría, ¡en el mundo un hecho concreto vale más que mil análisis!

Es preciso decir que sin duda esta argumentación completa es indigna del marxismo. Recordemos a Lenin, quien (sea dicho para todos los admiradores popperianos de la “falsación”) adjudicaba al error un papel privilegiado en el proceso de corrección del conocimiento, hasta el punto de adjudicarle, en lo que atañe a la experimentación científica y a la práctica política, una especie de primacía heurística sobre la “verdad”: cuántas veces repitió que es peor no querer admitir una derrota y callar sobre ella que sufrirla, que es peor no reconocer un error que cometerlo. Y nosotros sabemos con cuánta frecuencia tuvo Lenin que admitir tales errores: respecto a Brest-Litovsk, cuyas circunstancias nunca cesó de examinar; respecto al comunismo de guerra: “nos hemos equivocado” y éstas son las razones por las que era una equivocación… Lenin no era un historiador, pero, desde su puesto de combate, confrontado a las terribles contradicciones de la revolución soviética, advertía que el movimiento obrero tiene que analizar y comprender su pasado, no por amor al estudio de la historia, sino por motivos políticos vigentes en el presente: para no acabar luchando a ciegas. Hay que llegar a la raíz de las cosas, analizar las causas del error para comprenderlo bien y ser así capaces de corregirlo: si no se hace así, incluso en el caso más favorable sólo se corregirá en parte, y, además, en una parte superficial. Lenin tenía un concepto de en qué consistía corregir errores muy diferente de esta idea de “rectificación” circunstancial. Al predicar la primacía del análisis, al argumentar la necesidad de que el movimiento obrero entienda su propia historia, lo que ha hecho, dónde ha triunfado y dónde ha fracasado, estaba defendiendo la primacía de la política marxista.

Esta cuestión de la forma de tratar las equivocaciones debe ser estudiada muy seriamente si queremos valorar lo que quería decir Lenin cuando afirmó que es peor no reconocer un error que cometerlo. Porque nosotros, que no tenemos ninguna religión, ni siquiera la religión de nuestra teoría, menos aún la religión de las metas de la historia, sabemos que la lucha de clases no es nunca transparente y que el proletariado, que libra su propia lucha de clases, diferente de la lucha de clases de la burguesía, no es transparente a sí mismo, una clase compuesta, trabajando siempre para forjar su unidad. Sólo en la lucha de clases llega el proletariado a descifrar y enfrentarse a las relaciones de fuerza en las que está enredado hasta tener éxito y definir la “línea” de su combate. Nada se parece aquí a la claridad del caso en el que una conciencia pura se enfrenta a una situación puramente objetiva. Pues todo el proceso está constituido y dominado por relaciones contradictorias que sólo se perciben y se descubren poco a poco y pueden dar después algunas sorpresas, bien de anticipación (sobredeterminación) o de retraso (infradeterminación). Éste es el motivo de que la lucha de clases, insertada como está en un sistema de relaciones dominante, sea necesariamente una historia plagada de errores, a veces dramáticos o trágicos La posibilidad de estos errores, igual que la posibilidad de desviaciones, está escrita en las relaciones contradictorias que dominan la lucha de clases. Un error -aunque haya sido señalado anticipadamente por una minoría inatendida, repudiada, desarmada o derrotada- siempre se reconoce y denuncia como error (¡si es que se le reconoce!) cuando ya es demasiado tarde. Y como esta lucha se desarrolla, incluso para aquellos que la han visto claramente por adelantado, sin la ayuda de ninguna instancia superior que juzgue y decida cada cuestión, tenemos que hablar aquí, paradójicamente, de error sin verdad y de desviación sin norma. Un defecto no controlado, una vacilación, un arrebato, un fracaso o una crisis, que se desarrollen lentamente o se abran repentinamente en medio de la realidad, una realidad sin verdades ni norma: esto es el error, esto es la desviación.

Para volver a Lenin: ¿es suficiente con reconocer después de ocurrido la existencia de un error (o de una desviación) y limitarse a “rectificar” en silencio, sin asumir como marxista la tarea de analizar su historia real, es decir, sus circunstancias y sus causas? Yo digo que no. Si el partido, frente a una equivocación real, frente a un error que no puede seguir siendo tolerado, se conforma con simplemente reconocerlo y “corregirlo” sin explicarlo, es decir sin someterlo a un análisis marxista real y profundo, el fondo del error simplemente persistirá en su forma “corregida”, protegido por este silencio. El silencio sobre el error es casi siempre la persistencia del error al abrigo del silencio, de su próxima “rectificación” ¿Cómo puede corregir un error quien se niega a hablar de su historia, que se rechaza investigar,a analizarlo, a comprenderlo? ¿Cómo se puede pretender seriamente haber “corregido” un error que no se conoce? Se está condenado a “corregir”, arbitrariamente, sólo sus aspectos más visibles, o, peor aún, únicamente los detalles o los elementos superficiales. En resumen, así se “enmiendan actuaciones”, pero sólo en la medida que se pueda sin perturbar el orden establecido, que necesita ante todo silencio. Cuando nadie está dispuesto a hablar de un error, el error permanece. Incluso suponiendo que no haya sido “corregido” sólo un poco precisamente para que pueda seguir viviendo en paz.

Está claro que en estos asuntos la frontera entre el error, la falta de sinceridad y el engaño es muy tenue. La ceguera ante las causas del error, sea una ceguera intencionada o simplemente tolerada, suele tener motivos políticos. Si Lenin daba tanta importancia al tratamiento de los errores, es porque el proceso de corregir un error siempre es un proceso político, e implica una lucha política. La prueba de la historia ha demostrado que no existe una tercera vía: igual que es necesario tomar una decisión política para destruir un error y sus raíces, es necesario tomar una decisión política -incluso aunque no sea abierta sino oculta- para no analizarlo, no entenderlo y, por lo tanto no erradicarlo; una decisión de ser partidario del error, de defender la causa política a la que le interesa que ese error viva en paz. ¿Tenemos que referirnos otra vez a la realidad designada por la célebre expresión “el culto a la personalidad”? Sí, tenemos que hacerlo, porque aún no se ha roto el silencio. Pero, ¿por qué oponernos a que se entierren unos hechos tan prolongados y trágicos aunque no hayan sido explicados? ¿no admitió de todas formas el 20º Congreso del partido soviético el “error” (y frecuentemente se añade que ningún otro partido del mundo se ha atrevido nunca a admitir algo semejante) y lo “corrigió”? ¿No se ha restablecido la “legalidad socialista” (que “simplemente” había sido violada)? ¿Acaso los dirigentes soviéticos no han “puesto las cosas en orden y “corregido los abusos”? Todas las voces que señalaron el error anticipadamente fueron por supuesto silenciadas mediante insultos, castigos e incluso la muerte. Pero, llegó el momento en el qué, habiéndose declarado la crisis, el error tenía que ser reconocido. Así el error se admitía, como ya pasado, y en una forma muy limitada, muy circunscrita y se resolvía mediante unas pocas decisiones limitadas que por decreto se consideraban suficientes. Pero en lo que se refiere a la búsqueda de sus causas fundamentales, de sus raíces en la historia de la formación social soviética, en la lucha de clases en esa formación, y el “línea” política aplicada en la infraestructura y la superestructura: silencio. No estoy hablando del silencio o casi silencio de aquel mismo momento, sino de un silencio que ha durado veinte años. Está claro que los líderes soviéticos se han negado y siguen aún negándose a emprender un análisis marxista de este gigantesco error, enterrado como sus millones de víctimas en el silencio de estado. Incluso han retrocedido respecto a las escasas insinuaciones de esclarecimiento con las que Khrushchev despertara esperanzas. La URSS vive así en un silencio sintomático sobre su propia historia. Es una apuesta segura que este silencio no es ajeno al sistema: es el silencio de su sistema. Vuelve a oírse el eco de las palabras de Lenin: guardar silencio sobre un error significa permitir o fomentar la persistencia de ese error. Si el silencio continúa, el error persiste. El propósito del silencio puede consistir incluso en garantizar la persistencia del error, para cosechar los correspondientes beneficios políticos.

No niego, por supuesto, que las masas ya no están afectadas por sus formas más sangrientas ni que ahora se cobra un número de víctimas directas infinitamente menor, pero se sigue cobrando víctimas y el sistema represivo del período de Stalin, incluidos los campos de prisioneros, sigue existiendo, como siguen las prácticas de ese período que afectan a la vida social, política y cultural. Detrás de ellas subsisten los elementos esenciales de un economicismo conjugado con su contrapunto ideológico, un humanismo de palabra de una especie terriblemente conformista y pesada. ¿Debemos añadir una demostración a contrario, que sería ridícula si no fuera tan elocuente? Para “salvar” el socialismo soviético frente a la opinión pública francesa, altos cargos del partido comunista francés nos han explicado que las “dificultades” encontradas por la Unión Soviética en su transición al “socialismo democrático” son solamente formales puesto que la URSS sólo va “retrasada” según los “estándares socialistas”, esto es, retrasada respecto a sí misma. ¿Las pruebas? La URSS tiene todos los recursos (crecimiento económico, nivel cultural de la población) necesarios para llegar a ser completamente “democrática”, y, lo que es más, siente la necesidad de serlo (la “necesidad de democracia ampliada” – sic). ¿Qué falta entonces? Hablando estrictamente, nada. Solamente falta un pequeño factor, la idea de “socialismo democrático” que aún no se les ha ocurrido a los soviéticos, pero que se les ocurrirá, sólo tenemos que esperar un poco más. Pero, el hecho lamentable, o más bien, el simple hecho es que la URSS no quiere manifiestamente saber nada de esta dialéctica del atraso, de los recursos y de la necesidad de democracia y del pequeño factor que falta. En contra de lo que se nos dice y de esta pseudodialéctica tan poco marxista, es probable que el régimen soviético no tenga ni los recursos ni ninguna necesidad de “socialismo democrático”. Si no se han analizado en términos marxistas los fundamentos de clase de este “error” histórico gigantesco, seguro que no es por olvido ni por descuido, sino porque el algún sitio, en las propias relaciones sociales de la URSS, existe una “necesidad” política de este error para mantener estas relaciones, y, por lo tanto, también, una necesidad de que el error persista. Ya es hora de llamar al pan, pan, y al vino, vino y de dejar de engañarnos (a nosotros mismos). Hay que admitir que la realidad que los líderes soviéticos se han negado y se siguen negando a analizar en términos marxistas, constituye, en la medida en que no ha sido “corregida”, una parte integrante del sistema soviético (y no simplemente un vestigio o un accidente), porque desempeña en él un papel político esencial. Ni las distinciones más sutiles ni las historias apologéticas pueden alterar este hecho. La sustancia de las prácticas del período de Stalin, sin analizar, sigue pacíficamente su carrera en la URSS y en otros sitios. Es evidente que si estas prácticas no han sido analizadas, es por motivos políticos: para que no corran peligro, para que puedan persistir, porque son necesarias para mantener las relaciones sociales existentes. Pero, en este caso, es necesario plantear la cuestión desde una perspectiva completamente nueva, para desembarazarse de la ridícula teoría de un “accidente” en “el tiempo y el espacio”, un accidente que casualmente afectó a un socialismo que, por lo demás, es tan imperturbable como la sustancia aristotélica (esta teoría depende de la distinción conceptual entre sustancia y accidente). Hay que plantear la pregunta simple pero importante: ¿cuáles son en realidad las relaciones sociales que constituyen hoy la formación social soviética?

El episodio de Lysenko tiene por sí mismo poca trascendencia histórica. Pero, la lección que nos enseña no es por ello menos importante. Y tiene un interés directo para nosotros porque el Partido Comunista Francés desempeñó un papel ideológico y político de vanguardia en este asunto en los años 1948-52. Aquí también se han “corregido” las cosas. Pero, ¿cómo? Sin ningún análisis. ¿Así, qué posibilidad había de que nadie pudiera llegar a las raíces del problema y atacar sus efectos a partir del conocimiento de las causas? El fenómeno fue reducido al único elemento que se quería “corregir”. Igual que los soviéticos han reducido los hechos de la desviación estalinista al aspecto puramente jurídico de las “violaciones de la legalidad socialista”, el lysenkismo fue reducido a un desvarío teórico sobre cuestiones de biología, un desvarío secundado por la intervención estatal. Una vez “corregida” la posición científica, después de haber abandonado la teoría de las “dos ciencias” y haber sido prohibida la intervención estatal en la investigación científica, se decidió pasar al “siguiente asunto” sin ninguna explicación más. Silencio sobre la cuestión del estrato social de los “intelectuales” subordinados a esta ideología de estado que los ligaba -por lazos de presión, amenazas y represión- al estado, a cuya dominación sobre las masas populares colaboraban a su vez. Silencio sobre las relaciones y los conflictos de clase, y sobre la línea política, de economicismo y voluntarismo, que sostenía a todo el sistema. Y silencio sobre el hecho de que la versión oficial del materialismo dialéctico garantizaba las teorías de Lysenko, mientras que estas teorías servían a su vez para “verificar” esta versión oficial y para reforzar su pretensión de ser “la ciencia de las ciencias”. La “corrección” controlada del lysenkismo no tocó estas realidades, que, sin embargo, determinaron el destino histórico de esta aberración. Han seguido su desarrollo en el silencio oficial que las rodea.

Voy a seleccionar sólo un ejemplo entre todos los disponibles: el de la filosofía marxista. Resultó tan comprometida, visiblemente comprometida, por el episodio de Lysenko. que hubiera debido sufrir un examen a fondo como consecuencia del análisis de ese error. Entonces se hubiera podido ver que durante años una determinada versión, la llamaremos ontológica[3], de la filosofía marxista había estado ganando terreno en la URSS, que había sido codificada por Stalin en su famoso capítulo de la Historia del PCUS (Bolchevique), y que había llegado a ser preponderante en la Unión Soviética y en todos los partidos comunistas. Hubiera sido posible entender que ciertas contradicciones preexistentes en la filosofía marxista, que se pueden encontrar en los escritos de Marx y Engels, permitieron a escritores posteriores y, finalmente, a Stalin caer de cabeza en una ontología. Y así hubiera sido posible llegar a tener algunas perspectivas sobre una filosofía que presenta la característica paradójica de existir en un estado práctico en la actuación teórica y política del movimiento obrero sin haber sido definida nunca, salvo en términos de algunas someras tesis cuyo sistema sigue siendo, y por buenos motivos, problemático. En resumen, hubiera sido posible plantear seriamente, desde un punto de vista marxista, la cuestión del materialismo dialéctico, de sus contradicciones y desviaciones, con el fin de encauzar realmente la filosofía marxista en su propio camino, un camino “crítico y revolucionario” (Marx). Pero, no. Se dejaron las cosas en su estado original. Y la versión dominante del materialismo dialéctico que transforma el materialismo en una ontología de la materia, cuyas “leyes” se supone que están establecidas en la dialéctica, la versión que se niega a reconocer que toda la virtud del materialismo y de la dialéctica reside en el hecho de que no enuncian “leyes” sino tesis, esta versión sigue su carrera de éxitos. En realidad sigue siendo dominante incluso hoy día. Las negativas y las protestas serviles de los filósofos soviéticos y sus seguidores -como sus ridículas advertencias contra el “deductivismo” (sic), que hacen recordar los avisos de “pintura fresca”- nunca podrán ofrecer una vía de escape frente a la dominación de una versión de la filosofía marxista que permanece totalmente distante en su “interpretación” y en sus disculpas por el hecho consumado, y, en consecuencia, resulta completamente reaccionaria e improductiva. ¿Han olvidado los filósofos marxistas lo que dijo Marx sobre la dialéctica, que podía ser una cosa o la otra, podía volverse “crítica y revolucionaria” o representar el papel de “glorificar el estado de cosas existente”?

Y, para llegar a la raíz política del asunto: ¿por qué este silencio, cuyo efecto es proteger y perpetuar la versión dominante de la filosofía marxista? La causa tiene que ser que la función profundamente conformista, apologética de esta versión, que se distingue por “glorificar el estado de cosas existente ”y por transformar a quienes la siguen en directores de colegio de la producción teórica, sirve demasiado bien a las prácticas políticas existentes como para permitir que desaparezca: la “necesitan”. En la mejor tradición idealista, que se limita a al trabajo de “interpretar” (Marx), proporciona a estas prácticas por adelantado (esto es, después del hecho) una garantía y justificación más elevadas para cada decisión política del momento, pues su papel consiste simplemente en ser su sirviente, incluso su chica para todo. ¿Qué importa que no produzca nada, que sea incapaz de ser más brillante que sus oponentes y de irradiar hacia el exterior?[4] Por lo menos, sirve como ideología interna dentro del partido, proporcionando a sus cuadros y militantes un diccionario de claves comunes, un sistema interno de signos de reconocimiento que ayuda a reforzar la unidad de la organización. Por supuesto, la unidad no es una cosa mala, pero no la unidad por la unidad, no la unidad con cualquier fin y no importa con qué medios. Todo esto sólo se puede hacer a un precio, lógicamente, puesto que la degeneración de la filosofía en una ideología práctica, que sostiene la ideología política del partido ofreciéndole la garantía de las “leyes” de la dialéctica, alienta al partido a cerrarse sobre sí mismo, a aislarse del mundo exterior. Le priva del beneficio político con el que una filosofía realmente marxista, una filosofía “crítica y revolucionaria”, podría contribuir tanto a su teoría como a su práctica histórica, en todos los terrenos.

Si solo tenemos en cuenta este efecto (y hay consecuencias más serias), aparece con claridad el precio que el partido francés ha pagado por su apología del lysenkismo y por su silencio sobre las cuestiones políticas, teóricas y filosóficas implicadas que estaban en juego. por simplemente haber pasado al “siguiente punto el orden del día”, por haber rehuido el debate sobre la deformación reaccionaria de la filosofía marxista, por no haber convertido esta filosofía en un arma “crítica y revolucionaria”, el partido sufrió la pérdida de muchos intelectuales: de todos aquellos que lo abandonaron por esta razón, y, aún más, de todos aquellos que posteriormente nunca llegaron a unirse a él. Cuando me refiero a los “intelectuales” lo hago con intención. En la URSS iban dirigidas a ellos[5] la versión dominante del materialismo dialéctico y la teoría de “las dos ciencias”, con la finalidad de unirlos y también de someterlos. Los intelectuales son especialmente sensibles -es una consecuencia del actual reparto del trabajo- a las cuestiones teóricas y filosóficas. Ya tienen muchos prejuicios contra el partido del comunismo y cuando se intenta ganarlos en nombre de la crítica y de la revolución para un fraude teórico, para una filosofía que “glorifica el estado de cosas existente”, no hay que sorprenderse de que se mantengan alejados donde pueden (en Occidente, por supuesto). Tampoco hay que asombrarse que resulte difícil hasta plantear (correctamente), no digamos resolver, la “cuestión molesta” de las relaciones entre el partido y los intelectuales. Como la manera de tratar un error es en sí política y el indicio de una posición política, estamos obligados a concluir que cualquiera que se niegue a poner en duda la versión dominante del materialismo dialéctico está siguiendo una línea y secundando prácticas que no tienen “necesidad” de analizar las causas de un error supuestamente “corregido”. Así es como fue “corregido” Lysenko. Como por casualidad, nunca se cuestionó la versión dominante de la filosofía marxista: porque sus servicios eran necesarios. La historia del lysenkismo ha acabado. La historia de las causas del lysenkismo continúa. Una historia terminó. ¿Es interminable la otra?


Notas

[1] El libro de Jaurés Medvedev Grandeur et chute de Lyssenko (1962), prefacio de Jacques Monod, Paris. Gallimard, 1971, no puede considerarse, a pesar de su interés, una historia marxista.

[2] Dos excepciones: Fernando Claudín La crisis del movimiento comunista. De la Komintern al Kominform, París, Ruedo Ibérico, 1970 (La crise du mouvement communiste. Du Komintern au Kominform, traducido del español por Jorge Semprún. París, Maspero, 1972); Charles Bettelheim, Les luttes de clases en URSS, 4 volúmenes, Paris, Maspero-Seuil, 1971, 1977 y 1982.

[3] Término más preciso que metafísica.

[4] En el manuscrito del IMEC dice: “poco importa que ya no exista desde hace mucho tiempo filosofía marxista dotada de una talla suficiente que le permita ganar audiencia alguna fuera del partido”.

[5] En el manuscrito del IMEC dice: “a condición de entender por intelectuales todos los cuadros de la vida política, económica, social y cultural, los denominados “intelectuales orgánicos” del proletariado”.