Naturaleza de la sociedad soviética

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Por Charles Bettelheim     

El autor de este texto fue un importante economista francés de origen austríaco judío. Conoció la Unión Soviética durante los años treinta. Ciertas observaciones críticas lo radiaron del partido comunista francés. Durante la ocupación nazi de Francia estuvo ligado a los resistentes trotskistas. Volvió  a relacionarse con el movimiento comunista oficial después de la Segunda Guerra Mundial. Fue consejero económico de Cuba y polemizó con el Ché. Fue girando hacia una simpatía abierta con China Popular y Mao aunque lo hizo con una  fuerte dosis de crítica al estalinismo, como se puede apreciar en este breve texto. De su época maoísta son sus libros más innovadores en la temática de las condiciones necesarias para la transformación anticapitalista. Una enfermedad degenerativa le impidió continuar su trabajo intelectual a mediados de los años ochenta aunque su muerte recién se produjo en 2006. Este breve texto es parte de un coloquio sobre el socialismo real, organizado por “Il Manifesto” en Venecia a fines de 1977. Gran parte de los trabajos presentados se encuentran en el libro “Poder y oposición en las sociedades posrevolucionarias” (Ed. Laia. Barcelona, 1980). 


El conjunto de las intervenciones que hemos escuchado ha sacado claramente a la luz la diversidad y profundidad de las contradicciones sociales y políticas que existen en los países socialistas o llamados “socialistas”. Estas intervenciones han puesto en claro de manera concreta cómo el desarrollo de estas contradicciones da lugar a diferentes formas de represión por parte de los aparatos de Estado. Por supuesto, ya todos lo sabíamos en términos generales pero el gran mérito de las intervenciones presentadas ha sido el de concretar esta realidad y mostrar que los actos de represión no constituyen “accidentes”, “errores” que cometerían ciertos dirigentes. Estos actos de represión están unidos a contradicciones objetivas del poder de Estado en el conjunto de las relaciones económicas y sociales.

Esto plantea el problema de la naturaleza de las relaciones económicas y sociales dominantes en esos países. Este problema se plantea con mayor agudeza ya que existe una tradición que se declara marxista y que afirma que con la desaparición de la propiedad privada jurídica de los medios de producción, solo existen clases (o, dicen aún, “grupos sociales”) que tienen entre sí relaciones fraternales y entre los cuales habrá cada vez menos divergencias.

La formulación más típica de esta concepción se encuentra en el discurso que pronuncia Stalin el 23 de diciembre de 1936 para presentar el proyecto de nueva constitución. En ese discurso Stalin describe la desaparición de la propiedad privada de los medios de producción en la Unión Soviética y la identifica con la desaparición del capitalismo. De esta descripción Stalin saca la conclusión de que en adelante ya no existe clase explotadora sino solamente dos clases amigas: los obreros y los campesinos, y un grupo social, el de los “intelectuales”. Agrega que estos últimos sólo pueden servir a los obreros y a los campesinos porque ya no tienen otras clases a las cuales servir.

La realidad se encargó de desmentir esta visión falsamente optimista. Después otros análisis aportaron una concepción más dialéctica. Como los textos de Mao que tratan de la continuación de la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado, los textos que redactó a partir de 1950, en especial su análisis de las contradicciones en el seno del pueblo y luego sus intervenciones en el curso de la revolución cultural. En estas intervenciones vemos desprenderse las tesis esenciales de la existencia de la burguesía en el partido y del riesgo de transformación del Partido Comunista dirigente en su contrario, en un partido fascista, lo que se cumplió en la Unión Soviética.

Estos análisis tan importantes están evidentemente en contradicción con una serie de formulaciones simplistas que se presentaron masivamente en Europa. Quiero decir tanto en Europa del Este como del Oeste.

Ahora quisiera decir algunas palabras sobre las concepciones teóricas que pretenden dar un fundamento a estas formulaciones simplistas. Éstas se basan en un postulado y una deducción.

El postulado es que la base económica de la formación social de los países llamados “socialistas” (y en este momento hablo esencialmente de la Unión Soviética) es una base económica socialista. La deducción es que, sobre esta base, ya no hay lugar para la existencia de clases antagónicas y que el papel del Estado consiste en consecuencia, antes que nada, en organizar la producción social y en defender el país contra sus enemigos externos e internos. Estos últimos no constituyen una clase hostil, sino sólo “individuos” o “elementos” contrarrevolucionarios sobre los que pesa el pasado o son agentes del extranjero. A partir de ahí, cada vez más fácilmente, todos los que expresan un desacuerdo con la política del partido y del Estado son considerados “a sueldo del imperialismo”,

Así la negación de la existencia de contradicciones internas –cuando esas contradicciones existen directamente- tiende a “legitimar” una severa represión en nombre de la “defensa del país” o de la “defensa de la revolución”.

Debe llamar nuestra atención sobre todo el postulado según el cual la base económica de un país como la Unión Soviética es una base económica socialista, o lo ha sido a partir de 1935 o 1936.

Por una parte, ese postulado asimila una relación jurídica (la propiedad de Estado) –que pertenece a la superestructura– a una relación de producción que responde a la base económica.

Por otra parte, implica una identificación entre la propiedad de Estado (o la propiedad cooperativa o koljosiana) y lo que se llama la “propiedad socialista”. Este postulado presenta la propiedad de Estado como forma de apropiación social nueva en su discurso del 23 de noviembre de 1936 cuando declaró: la clase obrera soviética es una clase enteramente nueva, ya no es un proletariado porque “posee los medios de producción en común con todo el pueblo”.

En términos abstractos, de esta manera se afirma que la propiedad de Estado “resuelve” la contradicción entre el carácter social de las fuerzas productivas y la propiedad privada de una clase. Estamos en presencia de un sistema ideológico que funciona de manera muy simple pero de manera completamente ajena al materialismo histórico. Este sistema plantea:

  1. Que propiedad de Estado = propiedad social = propiedad socialista;
  2. Que la propiedad es el fundamento de las relaciones de producción. Afirma pues que desde el momento en que existe una “propiedad de Estado socialista” existen relaciones de producción igualmente socialistas, de donde deduce que la relación salarial no es más que una forma “vacía”, una apariencia que disimula relaciones sociales “enteramente nuevas” (por ejemplo, es lo que dice el Manual de economía política de la Academia de Ciencias de la URSS que fue publicado en la Unión Soviética en 1954; ese manual resume las proposiciones enunciadas por Stalin sobre esos mismos problemas en 1952).

Tales formulaciones muestran una concepción idealista que es la de la ideología jurídica burguesa. No remiten al materialismo histórico. Esto surge por el papel clave atribuido a la propiedad de Estado, es decir, a la forma jurídica de la propiedad. Este papel corresponde a una “recaída” en el proudhonismo y el lasallismo. Ya en 1846 Marx en una carta a Annenkov, mostró la inconsistencia de tal concepción, que atribuye un papel a la propiedad jurídica, al decir: “La propiedad constituye finalmente la categoría suprema en el sistema de Proudhon. En el mundo real, por el contrario, la división del trabajo y todas las otras categorías de Proudhon son relaciones sociales, cuyo conjunto forma lo que hoy se llama la propiedad, fuera de esas relaciones, la propiedad burguesa no es más que una ilusión metafísica y jurídica… Cuando Proudhon representa la propiedad como una relación independiente, comete algo más que un error de método: prueba claramente que no captó el lazo que une a todas las formas de la producción burguesa…” (MEW, Tomo 4, pags. 551-552).

Este texto dice claramente que la propiedad, en el sentido profundo del término, no es una simple categoría jurídica sino el producto del conjunto de las relaciones sociales, sobre todo de la división del trabajo. Ahora bien, precisamente las relaciones sociales que caracterizan a la Unión Soviética son fundamentalmente las mismas que caracterizan el modo de producción capitalista.

La noción de “propiedad socialista”, en tanto noción jurídica, hace abstracción del proceso real de apropiación en el que están insertos los productores y los no productores. Hace abstracción de las relaciones sociales que se anudan en ese proceso y sobre la base del mismo. Esas relaciones sólo pueden conocerse por un análisis concreto; no pueden ser “deducidas” de la forma de la propiedad jurídica.

Como lo subraya Marx en El Capital, mientras los medios de producción continúen oponiéndose “en tanto propiedad ajena a todos los individuos realmente activos en la producción”, el modo de producción capitalista se mantendrá.

El mantenimiento de las relaciones de producción capitalistas sobre la base de la propiedad de Estado aparece claramente en la reproducción de la relación salarial. La existencia de esa relación significa que la base económica de la formación social soviética siempre está constituida por relaciones de producción capitalistas. Como lo subraya Marx: “El salario supone el trabajo asalariado, el beneficio supone el capital…La distribución capitalista es diferente de las formas de distribución que se desprenden de otros modos de producción; cada forma de distribución desaparece con el modo determinado de producción de la que surgió y a la que corresponde” (El Capital, Editions Sociales, tomo 8, pags 256 y 258).

Ya en los Grundrisse Marx mostró que la existencia de la forma valor en el nivel de la distribución (por lo tanto la existencia de la forma salario) prueba que “la producción no es aun directamente social”, que “el trabajo no está repartido de manera comunitaria” y por lo tanto que “la producción social aun no está subordinada a los individuos que la manejarían como un poder y una capacidad comunes” (K. Marx, Fondements de la critique de l’economie politique, Paris. Ed. Antropos, 1967, tomo I, pags 95-96, también pag. 106). 

De esta manera, tanto la forma del proceso de producción como la del proceso de distribución manifiestan la reproducción de relaciones de producción capitalistas en las empresas soviéticas.

Si la Unión Soviética pudo tener un carácter socialista no fue en razón de la transformación de la base económica sino  -al día siguiente de Octubre-  en razón de la naturaleza de un poder político que afirmaba su voluntad de luchar para la transformación de las relaciones sociales y para unir a los trabajadores con miras a esa transformación. Cuando esa lucha se abandonó, sobre todo cuando se proclamó “realizada” la transformación de las relaciones sociales cuando no lo estaba, la formación social soviética perdió su carácter socialista. El abandono de la lucha reveló que se había cumplido un trastocamiento que permitió que se asegurara la reproducción de las relaciones de producción capitalistas.

Esta conclusión fue dejada de lado por una ideología que inventó la existencia de un “modo de producción socialista” imaginario. Este “modo de producción” no tiene ningún status teórico. El socialismo no es un modo de producción. Es la transición entre el capitalismo y el comunismo.

La ideología de un “modo de producción socialista” que por otra parte contaminó a un gran sector del movimiento obrero en el mundo, jugó un papel apologético evidente. En la Unión Soviética funciona como justificación del estado de cosas existente, como teoría que tiende a “fundamentar” el reforzamiento del Estado y de la represión. Por lo tanto niega la existencia de la lucha proletaria de clase y privilegia la lucha de los que disponen del poder de Estado y, por intermedio de ellos, de los que disponen de los medios de producción, es decir, la lucha de una burguesía de Estado para conservación de su poder. Tal ideología permite denunciar como “contrarrevolucionarios” a los que se oponen a ese poder cuando éste es un poder reaccionario.

El capitalismo de Estado tal como funciona en la URSS es una realidad profundamente contradictoria. Por una parte, asegura la reproducción del antagonismo burguesía/proletariado. Por otra, mantiene una crisis permanente. Conduce a la superexplotación de las masas y al descontento de todos los que comprueban la contradicción entre el discurso del poder y la realidad. También por eso ese poder es necesariamente represivo. Sólo la lucha por la destrucción de ese Estado y por la destrucción de la división capitalista del trabajo es compatible con el desarrollo de la democracia para las masas.