Pierre Naville: «Toda reforma es indicio de una crisis»

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Traducción por  Silvina Rojas

La literatura sobre la URSS es muy vasta. Sin embargo, las obras que tratan sobre los fundamentos de su régimen no abundan. 

Los políticos, los obreros militantes, el público se interesan en la coyuntura del régimen, en los altibajos de su producción, de su estrategia, de sus desarrollos científicos, de su democracia interna, de sus mecanismos represivos, de los conflictos externos e internos.

Pocos analistas serios intentaron caracterizar  la esencia del régimen ni trataron de encontrar la raíz del «modelo» que el régimen representa. 

Pierre Naville abordó este análisis en una obra extensa a la que denominó El nuevo Leviatán.

El primer volumen, publicado hace algunos años, presentaba las ideas fundamentales de Marx y de Engels, sobre la génesis de la sociología del trabajo como instrumentos de análisis del nuevo socialismo de estado. En los volúmenes 2 y 3, Pierre Naville examina las estructuras profundas de este «socialismo de hierro» y procura comprender su posible evolución.

Le hemos pedido si podía aclarar el sentido de este análisis.

J.P.: El título de este texto, El salario socialista, plantea un problema, ¿pero por qué?

P.N.: ¿Y por qué no? En primer lugar es necesario elegir un punto de partida. Es una cuestión metodológica. Es notable constatar que para nadie es sorprendente considerar el trabajo asalariado como la esencia del régimen capitalista. Y que sea aún menos sorprendente que se lo evoque en los países con socialismo de estado, aunque por razones opuestas.

Aquí somos todos, o casi todos, asalariados. Allí, todos son asalariados, en otro contexto: no hay burguesía, ni capitalistas privados, en sentido económico. En todas partes cada uno debe vender su capacidad de trabajo. Ahora bien, ¿por qué razón y en qué condiciones si se trata de un régimen que tiene como objetivo la abolición del sistema asalariado? 

Lo que hay que hacer es preguntarse si existe una problemática común en lo que se denomina «los dos mundos», que pretenden  ambos ser sistemas mundiales. En este punto, es llamativa la falta de visión de los críticos del capitalismo contemporáneo, cuyos análisis teóricos se detienen en las fronteras de la Unión Soviética o de China. Como si ciertas contradicciones, fundamentales o secundarias, no supusieran un modo de unidad de un sistema general, tanto de su funcionamiento como de sus crisis. Podríamos decir que en Europa se puede ser crítico del capitalismo sin serlo del socialismo de estado, el del modelo ruso o el chino.

En la Unión Soviética, tener una perspectiva crítica del socialismo de Estado, implica, con más razón, enfrentarse al capitalismo. 

Para comprenderlo, es necesario partir de la raíz: la existencia del trabajo asalariado y de las formas de producción de plusvalía y de beneficio, que el mismo supone, aquí y allá, con todo tipo de formas mixtas y de combinaciones, sobre todo en el Tercer Mundo.

J.P.: Entonces Ud. piensa que estas dos críticas no deberían plantearse separadamente. ¿Y no cree que se trata, ante todo, de una crítica política? 

P.N.: Por supuesto que también se trata de una crítica política, de la cual voy a hacer un análisis en un próximo volumen dedicado a la Burocracia y a la Revolución.

En primer término es necesario determinar qué tipo de contradicciones económicas y sociales soporta la lucha política. Estas contradicciones no pueden atribuirse simplemente a las relaciones clásicas del sistema salarial y del capitalismo. Lo que intenté hacer, precisamente, fue un análisis crítico de los fundamentos del sistema salarial en el socialismo de estado. Estos fundamentos se encuentran en el sistema que yo llamo «la explotación mutual» y que supone la dominación arbitral de la Burocracia. Por eso, la lucha para abolir este modo de explotación apunta a la abolición, o a la disolución, de las relaciones del sistema salarial y al mismo tiempo implica un combate implacable contra la burocracia omnipotente que mantiene vivo al sistema.

Este análisis crítico comienza refutando el siguiente axioma estalinista, y no marxista: el pueblo no puede explotarse a sí mismo. Este tipo de explotación nace a partir de la desaparición de una clase capitalista y de la  sustitución de la misma por una burocracia de estado cuya columna vertebral es el partido.

Es un socialismo menguante, residual.

J.P.: En este caso, las tendencias reformistas que parecen observarse, cada tanto, en la Unión Soviética o en la segunda revolución en China, ¿no le parecen primordiales para recuperar la vía, simplemente, del socialismo real?

P.N.: No. La importancia de estas tendencias reformistas, por ahora, es puramente sintomática. Toda reforma es indicio de una crisis, de la posibilidad momentánea de atenuar contradicciones, de evitar movimientos revolucionarios. Una reforma puede tener beneficiarios transitorios pero es incapaz de resolver el motivo fundamental del conflicto. 

Mao se refirió a las «contradicciones dentro del pueblo» que subsisten en las relaciones socialistas de estado. Por otra parte, Jdanov y Stalin, también lo hicieron. Pero el hecho de que estas contradicciones no opongan un proletariado asalariado a una clase y a un estado capitalista, no atenúa de ninguna manera, su gravedad ni su carácter explosivo.

La Unión Soviética está en estado de ebullición así como otros países de Europa oriental, China, también países capitalistas y tercermundistas. Las causas fundamentales se encuentran en la estructura misma del régimen, desde un punto de vista económico y social.

Es lo que intenté demostrar.

En el modelo ruso, las «reformas», tienen un carácter dual: por una parte, sirven para  compensar ciertos defectos del sistema que generan una escasa productividad relativa. 

Y por otra parte, las reformas ponen en evidencia fallas más preocupantes, que comprometen al sistema en sus principios.

Al respecto se suele hablar, frecuentemente, de sociedades «de transición». Pero esto tiene poco sentido. La noción de transición es verdaderamente significativa si el objetivo es deseado y si está claramente determinado.

Ahora bien, hablar de transición hacia la construcción del comunismo, en la coyuntura actual, implicaría refugiarse en plena mitología, vivir en una alienación semántica.

En realidad, estamos frente a otro fenómeno. Asistimos a crisis en serie, repetidas. Presenciamos explosiones cada vez más difíciles de contener por la burocracia, sobretodo porque no son sólo el resultado de contradicciones internas, sino también externas. La Unión Soviética ya no sabe bien si su principal adversario potencial es China o EEUU. Las contradicciones propias del capitalismo moderno se están asemejando a las de los socialismos de estado pero por un camino distinto. 

J.P.: Entonces, en función de sus análisis, ¿Usted no cree que se pueda esperar una especie de convergencia de las evoluciones democráticas acompañadas de una modernización de los sistemas económicos, asociada a un estado de paz duradero, por parte de los países capitalistas y de los socialismos de estado?

P.N.: Una convergencia de sistemas orgánicos que evolucionen conjuntamente, no. Pero  convergencia de crisis y contradicciones, definitivamente sí.

A pesar de las apariencias, la época de la cortina de hierro y del muro de Berlín, quedó atrás. Pero no debido al progreso de lo que llamamos coexistencia pacífica, intercambios comerciales o cortesías culturales. Siempre se pueden enviar embajadores literarios y encerrarlos en sus casas. 

Lo que crea convergencia es el eco, la resonancia que los conflictos en Praga o en Moscú tienen en París, en Washington o en Tokio y viceversa. Este tipo de comunicación es novedoso y muy revelador. 

Los trabajadores asalariados, los jóvenes, los estudiantes, los intelectuales, están recuperando una solidaridad internacional perdida. Las formas de opresión que soportan, la explotación a la que se ven sometidos, pueden diferir e incluso, oponerse. Sin embargo, estas formas, comienzan a encontrar expresiones comunes, por ejemplo, las de la autogestión. 

J.P.: En síntesis, El salario socialista trata de revelar un nuevo fetichismo, el del trabajo.  ¿Usted encuentra en el socialismo de Estado una expresión del mismo aún más severa que en el capitalismo? 

P.N.: Lo cierto es que el régimen de explotación mutual conlleva una forma de fetichismo del trabajo que desborda al de la mercancía, característico de las relaciones de mercado capitalista. 

El mercado planificado  transfiere a las relaciones de trabajo, lo que inicialmente  correspondía a las relaciones mercantiles.

Este fetichismo se expresa en la literatura soviética oficial de manera mucho más ruda, más contundente que el fetichismo que la burguesía difundió en Occidente en torno a sus productos. 

Los lingüistas que, con razón, otorgan tanta importancia a los «mitos» de las relaciones burguesas, deberían interesarse en los «mitos» que florecen en la Unión Soviética sobre el vocabulario del trabajo. Notamos su importancia, ya que existe allí una literatura clandestina o semi tolerada, que despoja el vocabulario restituyendo la realidad que critica al sistema e impone la exposición de las relaciones reales. Los libros de Soljenitsyne, por ejemplo, están escritos en un estilo muy simple, pero sus textos constituyen en sí mismos, una crítica social mucho más potente que los textos alambicados que en Occidente aspiran a hacer progresar la Revolución a golpes de semiologismos ininteligibles. 

Entrevista realizada por J.P.

(1) El nuevo Leviatán, 2 y 3. 

El salario socialista. I. 

Las relaciones de producción: ll, 

Fuente: La Quinzain litteraire número 97, 16-30 de junio de 1970