El paso de fronteras en el nuevo imperialismo

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por Bob Sutcliffe* – traducción por Albert Recio

En palabras que hoy resultan asombrosamente pertinentes, dos personas que se vieron obligadas a huir de su país a mediados del siglo XIX (actualmente los llamaríamos solicitantes de asilo) escribieron que «mediante su explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo en todos los países».1 Esta cosmopolitización (o globalización en el lenguaje actual) nunca fue tan continua ni tan completa como ellos habían previsto. A principios del siguiente siglo otros emigrantes, seguidores suyos, sostuvieron que la plena integración del mundo capitalista podía verse frenada por las disputas existentes entre los países industrializados. El imperialismo, visto de esta forma, parecía indicar que la tarea de la globalización quedaba postergada para la sociedad post-capitalista.

Estas tesis parecieron confirmarse en los cincuenta años posteriores, marcados por la guerra, el proteccionismo y una profunda crisis económica, hasta que, a mitad del siglo veinte, se dieron señales de que volvía el capitalismo cosmopolita. La globalización es sobre todo la característica del capitalismo actual, lo que lleva a algunos a considerar que hay un nuevo imperialismo, o,
incluso que el imperialismo ha sido reemplazado por otra cosa (por ejemplo, por el «post-imperialismo» o por el «Imperio»).

El carácter novedoso de la situación actual es, sin embargo, discutible. Cuando se trata de caracterizar un nuevo período, existe la tentación de considerar que todo ha cambiado y que se da paso a una nueva época cualitativamente diferente. Pero suele ser más correcto considerar que lo que realmente sucede es que estamos ante nuevas combinaciones de cosas ya conocidas. La mayoría de las características globales o internacionales de la explotación capitalista han estado siempre presentes a lo largo de su vida. Son las formas específicas que adoptan estas características las que cambian y fluctúan. En otras palabras, en un sentido amplio el imperialismo precedió y ha sobrevivido al Imperialismo en sentido estricto. Como mínimo, cuatro de los elementos considerados básicos por la vieja tradición socialista mantienen hoy en día su pertinencia: la rivalidad económica y, ocasionalmente, el conflicto político entre los estados capitalistas desarrollados, así como las condiciones bajo las que cooperan entre sí; la polarización global del poder y la renta que se produce entre la minoría de estados desarrollados y el resto, así como la persistencia de la división del trabajo entre ellos; la expansión depredadora
de las relaciones de producción capitalistas con el fin de integrar los territorios y actividades no capitalistas; y el conflicto cultural global. La combinación de cambios seculares y cíclicos de estas cuatro dimensiones hace que las características internacionales del capitalismo evolucionen de un período a otro creando nuevas combinaciones, más que generar épocas cualitativamente
diferentes. Los trazos más sobresalientes del período actual pueden parecer novedosos desde una perspectiva de corto plazo, pero resultan viejos conocidos desde una visión de largo plazo.

La nueva globalización

Más específicamente, las economías capitalistas están sin duda más integradas económicamente en comercio, inversión y finanzas, en la actualidad que en 1950; pero es mucho más dudoso que estén más fuertemente integradas que en 1900.2La hegemonía es otra característica que parece haber reaparecido. Desde 1950 nos hemos acostumbrado a considerar a los Estados Unidos
como un poder hegemónico arrollador. En los años ochenta se hablaba de una hegemonía en decadencia. Pero el colapso de la URSS parece haber generado el renacimiento de la hegemonía estadounidense. Si esto es así no puede decirse que se deba únicamente a la economía esa hegemonía. La forma más simple de medir el poder económico relativo de un país es su peso en
la producción mundial. En el caso de Estados Unidos este peso descendió del 27% en 1950 al 22% en 1973, sin que después haya tenido variaciones significativas.3 El «boom» de la «nueva economía» de finales de los noventas parecía prometer una nueva dominación basada en la supremacía que Estados Unidos tenía en el campo de las nuevas tecnologías. Pero posteriormente se ha puesto en evidencia la fragilidad de esta prosperidad y lo exageradas
que eran las expectativas que se habían hecho sobre la economía estadounidense.4Si las tendencias de los últimos veinte años se mantienen, los Estados Unidos pueden ser superados como primera economía mundial en el año 2009 por China. Si, por una parte, este país parece ser el más probable rival futuro de los Estados Unidos; por otra, también surgieron dudas sobre su hegemonía durante los preparativos de la invasión de Iraq en 2003 cuando, por primera vez en muchas décadas, un grupo de grandes países desarrollados (con abierto apoyo de Rusia y más limitado de China) osó desafiar abiertamente, aunque de forma limitada, la política exterior estadounidense. Al mismo tiempo, la Unión Europea está adoptando una posición de creciente confrontación con Estados Unidos en materia de comercio y otras cuestiones. Quizás el
jactancioso unilateralismo de la Administración Bush se deba en parte a que no posee el grado de hegemonía que otros le atribuyen.

A menudo se considera que detrás de la nueva economía mundial se encuentra el empuje de las grandes multinacionales. También en este campo se exagera su novedad y su tamaño. En 1990 las cien mayores empresas multinacionales (medidas según el valor de sus activos en el exterior) controlaban aproximadamente el 7% de la producción mundial y en 2000 han alcanzado el 7,5%.6 Algunas cosas sin embargo han cambiado. En 1990 todas las 100 primeras empresas procedían de países desarrollados; en el 2000 se ha reducido el número de empresas de Estados Unidos y Europa entre las cien primeras, al tiempo que aumentaba el peso de las provenientes de países desarrollados más pequeños, y 5 de las empresas pertenecen a países en vías de desarrollo. Esto refleja un hecho más general: la existencia de una nueva dinámica de desarrollo capitalista en determinadas partes del Tercer Mundo, particularmente en Asia y también en algunos puntos de Latinoamérica. Se ha producido un evidente, aunque limitado, desplazamiento de la división del trabajo a favor de un grupo limitado de países en vías de industrialización (de los cuales China es el más importante y Corea, Taiwan, Hong Kong y Singapur los más desarrollados). Todo ello indica la presencia de cambios importantes, pero que no permiten hablar de un cambio de época.

Hay alguna novedad más que surge en parte de los factores ya mencionados, el hecho de que en la actualidad «los países en vías de desarrollo exportan capital a los países desarrollados»,6 incluso tomando la restrictiva definición de los flujos de capital que adoptan las instituciones internacionales. Esta afirmación se hace con independencia de los pagos del servicio de la deuda
exterior, de la repatriación de beneficios por parte de las multinacionales y del intercambio desigual que han significado, como han sostenido muchos socialistas, que los países pobres siempre han financiado por diversas vías a los países ricos. Durante varios años, los gobiernos y los capitalistas del Tercer Mundo han sido compradores netos de activos financieros (acciones, bonos, cuentas bancarias y de comercio exterior) mientras que, particularmente, Estados Unidos ha incurrido en un endeudamiento equivalente. Desde mitad de los ochenta Estados Unidos ha incurrido en una deuda cada vez mayor. Su creciente exceso de gasto nacional (bienes de consumo importados, inversiones, gasto militar y otros) debe financiarse con ahorro exterior,
procedente especialmente de Japón, China y otros países del Este de Asia. Un poder hegemónico creciente y seriamente endeudado con el resto del mundo constituye realmente una novedad cuyas consecuencias aún no se divisan claramente.

Las migraciones y la economía mundial

Para muchas personas las migraciones internacionales constituyen un nuevo componente del actual tipo de imperialismo. La industrialización y la acumulación moderna de capital han provocado un inmenso y universal crecimiento de un tipo de migración, aquella que se produce desde el campo hacia la ciudad, a pesar de que aún hoy en día la población urbana sólo representa aproximadamente la mitad de la humanidad y las actividades relacionadas
con el campo constituyen el mayor porcentaje de ocupación (seguidas por el empleo en servicios).7 Pero la migración masiva de personas entre fronteras no es, como ocurre con otros aspectos de la globalización, algo nuevo en la historia del capitalismo y, menos aún, si contemplamos el conjunto de la historia de la humanidad en la que las migraciones a larga distancia han sido habituales. La emigración forzada, primero de esclavos y después de siervos (indentured labour) desde África y Asia, así como las grandes migraciones de europeos a América del Norte jugaron un papel básico en la historia de la acumulación de capital y el imperialismo. Ciertamente, las migraciones de las últimas décadas son más variadas en sus formas y más inclusivas en cuanto al número de países implicados que las mayores migraciones de tiempos pasados. La valoración de su tamaño depende de la perspectiva con que se analizan.

Aproximadamente un 2% de la población mundial reside actualmente en países de los que no es ciudadano. El porcentaje puede aumentar al 3% si fuera posible calcular el volumen de población residente en países en los que no ha nacido. ¿Se trata de un porcentaje grande o pequeño? Realmente parece pequeño si se compara con otros indicadores de la globalización. Por ejemplo, los habitantes de cada país consumen como media un 20% de productos de
importación. Y el porcentaje de migrantes internacionales ha crecido mucho más lentamente que el peso del comercio internacional en la producción mundial. Mientras prácticamente todos los gobiernos se declaran partidarios de la máxima libertad para los movimientos de bienes, capital y dinero, ningún gobierno ha abierto sus fronteras a las personas, e incluso la mayoría de países de inmigración se esfuerzan en cerrarlas a muchos tipos de inmigrantes.
Además, mientras vastas legiones de intelectuales, políticos y burócratas defienden la libertad de comercio y movimientos de capital, y existen organizaciones como el F.M.I. o la O.M.C. dedicadas a conseguir estos objetivos, el número de defensores del libre movimiento de personas es extremadamente limitado y no existe ninguna organización, a menos que se considere a la
Organización Internacional del Turismo, dedicada a promoverlo. Algunos de los grandes predicadores de la libertad de comercio y del movimiento de capitales, incluyendo a Milton Friedman y a Gary Becker, explícitamente han rechazado aplicar sus argumentos al movimiento internacional de la fuerza de trabajo.8 Entre los pilares de la ideología neoliberal, el Wall Street Journal, defensor de la eliminación de las fronteras nacionales, constituye la excepción que confirma la regla.

Sin embargo, aun sin quererlo, la creciente integración de la producción y las finanzas internacionales así como numerosos cataclismos políticos han provocado un aumento de las migraciones, voluntarias o forzadas, entre las fronteras internacionales. Este aumento se debe a la combinación de tres factores. En primer lugar están aquellos que empujan a la gente a abandonar el lugar en el que viven, tales como: la pobreza, el hambre, la guerra, el desempleo, la falta de oportunidades, el peligro físico y la persecución por parte de estados, autoridades religiosas, familiares, maridos u otros. Aunque pueda debatirse si estas circunstancias están aumentado o no, lo cierto es que no escasean. En segundo lugar, están los factores de atracción: el crecimiento económico y la demanda de fuerza de trabajo en otros países y, en muchos casos, el reclutamiento internacional directo por parte de empresas o gobiernos, además de un gran número de sueños y aspiraciones de índole no económica. Y, en tercer lugar, los factores que facilitan las migraciones, como la enorme difusión de información junto con la posibilidad de viajes baratos, diseñados inicialmente para turistas y hombres de negocio pero crecientemente disponibles para los migrantes. La migración tiende a autorreforzarse a medida que se consolidan las comunidades de migrantes y sus descendientes en los países de destino, facilitando la llegada de nuevos migrantes procedentes de sus lugares de origen a los que les facilitan ayuda y aceptación. Estas se convierten frecuentemente en comunidades multinacionales que contienen millones de familias multinacionales cuyos miembros se mueven en flujos de ida y vuelta entre los países de origen y destino. Por último, ha aumentado el número de personas dedicadas a organizar migraciones internacionales, desde los modernos traficantes de esclavos hasta los que simplemente proporcionan servicios como el alquiler de su barca o de su camión, sirven de guías a través de fronteras peligrosas o falsifican documentos.

Ese porcentaje de entre el 2 y el 3% de población que vive fuera de su país de origen no está, obviamente, distribuido de forma aleatoria. Provienen en una mayor proporción de determinados países y grupos y se dirigen mayoritariamente a otros. Unos pocos países, debido a su situación política o económica así como la de sus vecinos, son a la vez lugares de inmigración y de emigración. En los últimos años esta situación se da en Jordania, Somalia, Paraguay, la República Dominicana, Polonia, Burkina Faso, Bolivia, Sudan, Botswana, Corea del Sur, Egipto, Túnez, Iraq e Iran.9 Pero en general la mayoría son países de inmigración o de emigración. E, incluso, los inmigrantes recientes se concentran a menudo en áreas concretas, especialmente en un número creciente de «ciudades mundiales».10

Las teorías del imperialismo han centrado normalmente su atención en la jerarquía entre las naciones, pero algunas la han analizado en el contexto de otros factores, como la clase, el género, el color, la cultura, etc., que constituyen el sistema de jerarquías interrelacionadas propio de las sociedades capitalistas. La migración masiva entre fronteras, en particular desde los países menos desarrollados a los más desarrollados, añade un nuevo elemento de complejidad en la forma de analizar estas cuestiones. De alguna forma estas migraciones tienden a romper la nitidez geográfica de la antigua jerarquía de naciones. Los trabajadores de América Latina que viven y trabajan en Estados Unidos no están geográficamente en el Tercer Mundo, sino que son explotados directamente en el primer mundo, forman parte de su población y hasta es posible que se les reconozca como ciudadanos de pleno derecho. El hecho de que se encuentren en una posición inferior en la jerarquía social se explica menos por su origen nacional y geográfico que por la clase y, quizás, por otros factores como el idioma, el color de su piel o la religión. Sin dudar se mantiene buena parte de su situación anterior: los trabajadores suelen mantener estrecha relación con sus familias, que pueden incluso depender económicamente de ellos. Su posición social puede verse afectada por factores culturales relacionados con su origen nacional, su idioma o su color. Los inmigrantes no son una nueva clase o estrato social, pero se incorporan a su nuevo país de residencia en un contexto de jerarquías múltiples y superpuestas, a la vez que mantienen otra posición en el esquema jerárquico de su país de origen.

Características de los principales flujos migratorios

Una gran parte de la población migrante mundial está compuesta por migrantes forzosos que huyen del genocidio, la persecución política o las catástrofes económicas. De los 12 millones de personas contabilizadas como refugiados internacionales y solicitantes de asilo por la UNHCR a finales del 2001, la inmensa mayoría estaban (en orden descendente) en Pakistán, Irán, Alemania y Estados Unidos. Ocho países, ninguno de ellos desarrollado, contaban con una proporción de refugiados superior al 2% de su propia población (Armenia, República del Congo, Yugoslavia, Yibuti, Irán, Zambia, Guinea y Tanzania). La proporción en Reino Unido, donde las quejas sobre su presencia son tan estridentes, es sólo del 0,31%, claramente inferior que en Alemania (1,2%), algo inferior que en Irlanda y algo superior que en Francia. La inmensa mayoría de los refugiados no se encuentran en absoluto en los países desarrollados, sino en aquellos países en vías de desarrollo vecinos de los lugares de donde huyen.11

No existe una diferencia clara entre migración voluntaria y forzosa, en la medida que la mayoría de las decisiones de migración se hallan probablemente condicionadas de muchas manera; aunque también resulta demasiado reduccionista considerar, como hacen algunos, que todas las migraciones son forzosas. Los flujos migratorios de los últimos años han sido en gran parte determinados por decisiones de los propios sujetos. Entre estos flujos se encuentran varios que se producen entre los propios países en vías de desarrollo (por ejemplo, entre Indonesia y Malasia, o entre países de África Occidental) y tres grandes flujos que van de países poco desarrollados hacia países ricos: el primero, hacia países de Europa Occidental, básicamente desde sus antiguas colonias (Caribe, Sur de Asia, Norte de África, África tropical) y de Turquía; el segundo, desde Centro América y, en menor escala, desde Asia Oriental a Estados Unidos; el tercero, desde Asia Occidental y Meridional hacia los países productores de petróleo del Golfo
Pérsico y Arabia.

A mediados de los años setenta, los enriquecidos estados petroleros se embarcaron en ambiciosos planes de construcción de infraestructuras, lo que supuso un foco de atracción de trabajadores asiáticos (especialmente del sur de Asia), hasta el punto que en los países pequeños éstos superan a la población nativa. Prácticamente toda la población trabajadora es inmigrante y los nativos se han convertido en una clase rentista. Es una situación muy diferente a la migración a Europa o Estados Unidos. Desde sus inicios los Estados del Golfo se plantearon que fuera una migración temporal, para lo que establecieron un férreo control sobre la vida de estos trabajadores e impidieron el reagrupamiento familiar. Los gobiernos tratan de mantener una separación estricta entre nacionales y trabajadores extranjeros, estos últimos siempre han tenido menos derechos civiles que los primeros por difícil que parezca. Quieren trabajadores, no personas. Sin embargo para algunas regiones de India, Kerala particularmente, este empleo y el flujo financiero que genera es importante y en parte explica la capacidad del estado de Kerala para mantener niveles relativamente elevados de servicios públicos de sanidad y educación, a pesar del débil nivel de desarrollo de la economía local. Es un ejemplo entre otros muchos de cómo las nuevas migraciones pueden generar beneficios económicos al tiempo que nuevas formas de dependencia.12

Mientras que las migraciones masivas a Europa y Oriente Medio constituyen una novedad en esta era moderna, no ocurre lo mismo en el caso de Estados Unidos o Canadá. Entre 1820 y 1996 entraron en Estados Unidos 63 millones de inmigrantes, y durante los primeros quince años del siglo veinte este flujo representó un aumento del 1% anual de la población, mucho más de lo que representa en la actualidad. La imposición de restricciones tras la Primera Guerra Mundial y el carácter cada vez más racista de las leyes de inmigración, dieron lugar a 50 años de baja inmigración. Tras la abolición de las cuotas racistas de inmigración, en 1965, la inmigración se aceleró, primero proveniente de Centro América, posteriormente de Asia y finalmente de todas partes del mundo. Los dos avispados solicitantes de asilo del siglo diecinueve, citados al principio, vieron claramente cómo la inmigración masiva era una arma de destrucción masiva en manos de las clases dominantes estadounidenses para destruir la hegemonía europea:

En concreto, la inmigración europea permitió a Norteamérica una gigantesca producción agrícola, cuya competencia conmocionó las bases de la propiedad agraria europea, grande y pequeña. Y, al mismo tiempo, permitió a Estados Unidos explotar sus tremendos recursos industriales con una energía y a una escala que en un corto plazo le permitieron romper el monopolio industrial de Europa occidental, y especialmente el británico, y mantener su poder hasta hoy.13

A pesar de que la ideología oficial estadounidense se basa en la apertura, abundan los intentos de imponer frenos a la inmigración, aunque generalmente éstos no hayan conseguido imponer sus objetivos. Se mantiene un elevado nivel de inmigración y, dada la relativamente rápida asimilación económica de los inmigrantes, ayuda a mantener el mayor crecimiento de la economía estadounidense frente a sus rivales, como han demostrado alguno de sus defensores.14 Al igual que en Europa, la inmigración habitual en Estados Unidos se ha convertido en una inmigración muy polarizada, compuesta a la vez de una fuerza de trabajo muy cualificada y otra muy poco cualificada. Desde mitad de los noventa, el gasto dedicado a controlar la inmigración
ilegal ha aumentado drásticamente. Ello se refleja en el aumento de los controles fronterizos con México y, tras el ataque al World Trade Center, en la proliferación de medidas de seguridad en puertos y aeropuertos y en detenciones y arrestos masivos de árabes e islámicos. El presupuesto de inmigración de la Administración estadounidense se ha triplicado en el período 1980–2000, pero se estima que en el mismo período también se ha triplicado el número de inmigrantes ilegales residentes en Estados Unidos, que ha pasado de 3 a 9 millones de personas.15 Y ello a pesar de la intensificación de los controles fronterizos que han hecho mucho más peligrosa la migración y han generado un aumento de los migrantes muertos por hambre, por ahogarse en
el cruce de los ríos y por disparos. Las estimaciones de asesinados crecen continuamente desde los 87 de 1996 a los 499 del 2000.16 Si la historia de Estados Unidos vuelve a repetirse, estos 9 millones de ilegales acabarán siendo amnistiados y los controles de inmigración volverán a estar en el punto de partida, a pesar de que todo esto se pueda ver ahora como algo tan inconsistente como la actual lucha antiterrorista.

Las migraciones a Europa Occidental a partir de 1950 se produjeron por la combinación del colapso del colonialismo y el inicio de la expansión económica de los cincuenta y sesenta. Los esfuerzos, especialmente del Reino Unido y Francia, para convertir los antiguos imperios coloniales en una «Commonwealth o Communauté» dieron lugar a políticas de inmigración y
ciudadanía relativamente liberales. Y el fuerte crecimiento económico generó una creciente demanda de mano de obra. Alemania tuvo que improvisar su propio ex-imperio, adoptando a Turquía como su ex-colonia honoraria.

El volumen total de inmigrantes en Europa es difícil de comparar con el de Estados Unidos porque mientras los países europeos contabilizan el número de extranjeros, los estadounidenses incluyen en el cómputo a los nacidos fuera del país, lo que supone un volumen mayor debido a los procesos de nacionalización. Sin embargo, Francia da información de ambas situaciones: aproximadamente un 5% de la población es extranjera mientras que un 10% ha nacido en el exterior. La diferencia es mayor que en la mayoría de países debido a que la tasa de nacionalización es relativamente alta. En Reino Unido, donde la nacionalización es más difícil, el número de extranjeros ronda el 4%; en Alemania, donde la nacionalización de personas no germánicas es aún más difícil, los extranjeros son el 8,9% de la población. En Estados Unidos el 10,9% ha nacido fuera, y quizás un 6% no posee la nacionalidad estadounidense. Por tanto no existen tantas diferencias entre Estados Unidos y Europa Occidental.

Sin duda Estados Unidos tiene una mayor diversidad étnica debido a las primeras migraciones. Sin embargo, tanto en varios países europeos como en Estados Unidos, un determinado origen nacional predomina en la inmigración reciente. El 13% de la población de Estados Unidos se considera de origen hispano, siendo la mayoría procedentes de México o sus descendientes. El total de personas nacidas en México residentes en Estados Unidos representa un 7% de la población de su país de origen. Ningún país europeo tiene este grado de concentración: el volumen de turcos residentes en Alemania representa el 4% de la población de Turquía y cerca del 3% de la alemana. Un 3% de la población de tres países del Magreb reside en Europa, lo que
representa un 2,6% de la población de Francia y porcentajes inferiores en España, Bélgica y Países Bajos.17 Todos ellos han creado comunidades multinacionales moviéndose una y otra vez entre su país de origen y su país de residencia, como hacen los sudasiáticos y los caribeños en el Reino Unido. Estos datos ofrecen poca información sobre la composición étnica de la población, debido a que muchos inmigrantes son blancos y mucha gente negra se ha nacionalizado y no se contabiliza como extranjera. Y muchos negros están a la vez nacionalizados y han nacido en el país. El censo británico del 2001 mostró que el 9% de la población no era blanca.

Desde finales de los sesenta la política migratoria y la presencia de inmigrantes han ganado importancia en la agenda política en muchos países de Europa Occidental. Políticos y grupos neofascistas, racistas o populistas de derechas han usado la presencia de inmigrantes como el tema central de sus programas y, en varias ocasiones, han conseguido una audiencia importante. Estos grupos han tenido un éxito considerable en presentar la inmigración como un peligro para la población existente y en hacerla responsable de una gran cantidad de males: crímenes violentos, enfermedades, drogas, degradación ambiental, paro, fallos de las políticas sociales, etc. Y aunque la evidencia de que exista una relación entre estos fenómenos y la inmigración es prácticamente inexistente o indique una relación inversa, ello tiene poco efecto. En el Reino Unido fue Enoch Powell en 1968, un momento que retrospectivamente puede considerarse como un punto de inflexión de la política británica, quien estableció la idea de que debía ponerse un límite a la proporción de «ciudadanos de la nueva commonwealth y sus descendientes», es decir, los no blancos. Predijo que si no se daba un fuerte giro político, hacia el año 2000 la proporción superaría el 10% y que ello provocaría grandes catástrofes, para cuya ilustración utilizó la expresión que se vería «al río Tiber lleno de espuma con sangre», estableciendo un paralelismo con la caída del imperio romano. Margaret Thatcher, cuando fue primera ministra, redujo ese porcentaje supuestamente crítico. Recientemente el porcentaje ha sido revisado al alza por alguno de los portavoces de las políticas anti-inmigración, pero la
base del razonamiento no ha cambiado. Al menos en el Reino Unido los partidos abiertamente racistas no han prosperado porque la opinión dominante de políticos, medios de comunicación, ideólogos e intelectuales han adoptado versiones más moderadas de la misma fórmula. Ya en 1961 el Partido Laborista abandonó su propuesta de plena libertad de inmigración para todos los ciudadanos de la «Commonwealth». Powell fue apartado del «gobierno en la sombra» de Edward Heath, pero fue el propio Gobierno Heath el que en 1971 aprobó la Commonwealth Inmigrants Act. Los laboristas prometieron derogarla pero no lo hicieron mientras ocuparon el gobierno entre 1974 y 1979.

Este cambio en la visión convencional de las políticas de inmigración se aceleró a mitad de los setenta cuando reapareció el paro masivo en Europa tras un largo período de altas tasas de empleo, a pesar de que no existía evidencia alguna de que la inmigración tuviera que ver con el desempleo. Pero los gobiernos eran sensibles a otro razonamiento económico: la idea que la oferta de determinados tipos de trabajadores cualificados, especialmente en los sectores de tecnología avanzada, considerados crecientemente como capital humano, era clave para fomentar el crecimiento y las exportaciones y atraer inversiones extranjeras para hacer frente a la competencia internacional. Esto condujo a apostar por políticas más liberales de inmigración para los trabajadores cualificados, así como para los estudiantes extranjeros a los que se invitaba a permanecer en el país al final de sus estudios. Reino Unido fue el país más activo en este campo y actualmente tiene el mayor porcentaje mundial de estudiantes universitarios extranjeros (cerca de 1 por cada 200 personas). Sin embargo, esta variante de la política migratoria genera cada vez más conflictos: las empresas indias de tecnología de la información denunciaron que sus técnicos padecían una creciente discriminación por parte de las autoridades de inmigración cuando trabajaban con contratos de corta duración en países desarrollados; y tras el 11 de Septiembre los nuevos controles han generado una larga cola de estudiantes que quieren ir a las universidades estadounidenses.18 Finalmente el colapso de los regímenes comunistas, a principios de los noventa, con el consiguiente endurecimiento de las
condiciones de vida, el desorden político y la recuperación de la libertad de emigrar, provocó un rápido aumento de las demandas de asilo provenientes de estos países, especialmente de personas de etnia germana que querían entrar en Alemania.19 La reciente sustitución de los demandantes de asilo del Este de Europa por demandantes procedentes de otros lugares (como Iraq, Somalia y Zimbabwe) a principios del presente siglo, ha provocado una nueva crisis en la migración europea que se concentra en las cuestiones del derecho de asilo y la inmigración ilegal.

Políticas gubernamentales y demandantes de asilo

En Europa en los últimos años, los cambios en las políticas migratorias se han producido normalmente de forma repentina y con frecuencia. Ello se debe a varios factores: los gobiernos quieren aumentar algunos tipos de inmigración a la vez que reducir otros; también tratan de contentar a diversos grupos de electores (los que quieren más inmigración y los que quieren menos); descubren que los costosos esfuerzos para reforzar el control policial de las fronteras no son muy eficientes e, incluso, generan efectos contraproducentes, como desanimar a la gente a salir una vez que ha superado las enormes dificultades para entrar; las políticas de ayuda a los países de origen, planteadas como alternativas a la inmigración, también muestran efectos perversos; y, por último, vacilan a la hora de aplicar la fuerte represión requerida, tanto en la frontera como en el interior del país, para conseguir un férreo control de las migraciones.

Actualmente casi todos los países quieren fomentar la inmigración de trabajadores cualificados, tanto porque aportan calificaciones cruciales como porque la abundancia de mano de obra calificada constituye un factor de atracción de las inversiones extranjeras. En los países desarrollados no abundan los inmigrantes no calificados legales, pero algunos sectores de baja productividad como la agricultura dependen de ellos y si se reduce drásticamente su presencia puede generar graves consecuencias en algunas regiones de países como Estados Unidos, España o incluso Reino Unido. Este último ha autorizado recientemente un aumento de la migración temporal de trabajadores agrícolas. Es asimismo difícil de coartar el derecho a inmigrar de los familiares de residentes legales. En algunos países constituyen la mayoría de la migración legal
actual. Una estimación aproximada ha calculado que el multiplicador de la inmigración (el número de inmigrantes que llegará siguiendo a un inmigrante legal) es aproximadamente de 1,2, o sea que por cada 100 inmigrantes primarios llegarán 120 inmigrantes en los 10 años siguientes.20 A largo plazo este componente de la inmigración sólo puede reducirse si se cortan otras formas de inmigración legal; a corto plazo sólo puede reducirse prohibiendo a los
inmigrantes vivir con sus familias, lo que violenta los principios ideológicos de la mayoría de gobiernos occidentales y amenaza con generar graves protestas y desanimar la migración de trabajadores calificados.

Siendo difícil o políticamente no aconsejable reducir estos tres grupos de inmigrantes legales, los ataques a la inmigración se concentran en las dos categorías restantes: demandantes de asilo e inmigrantes ilegales. El derecho de asilo frente a la persecución ha sido (por más que sólo se haya aplicado moderadamente) uno de los derechos definidores del «mundo libre». Fue especialmente utilizado de esta forma durante la Guerra Fría, cuando Occidente estaba seguro de que a pesar de ofrecer el derecho de asilo a los residentes en el mundo sin libertad, sólo unos pocos lo demandarían debido a los estrictos controles de salida que aplicaban los regímenes comunistas. Las demandas de asilo aumentaron con la caída del muro de Berlín, haciendo aumentar aún más de prisa el pánico.21 Cuando finalmente se superó la crisis, las demandas de asilo se mantuvieron relativamente elevadas, en parte porque otra gente siguió el ejemplo de Europa Oriental. Por ello los países occidentales han tratado de reducir las demandas de asilo sin abolir el propio derecho, algo que cuestionaría su credibilidad de «naciones libres».

Se han intentado varias fórmulas para volver a los buenos tiempos de la Guerra Fría, cuando el derecho a asilo era un principio que pocas veces se ponía en práctica. En primer lugar, ha crecido rápidamente la lista de países de procedencia de los que no se aceptaban peticiones porque se consideraban «libres» y por tanto no cabía que en ellos se dieran persecuciones. Será interesante ver que ocurrirá cuando el Iraq ocupado por los angloamericanos sea considerado
«libre» (del 2000 al 2002 fue el país al que se concedieron el mayor número de peticiones de asilo en los países desarrollados). En segundo lugar, se han puesto más dificultades a la petición de asilo. Sin embargo, el intento del gobierno británico de restringir las demandas de asilo a las que se realizan en el momento de entrar al país, de momento, ha fracasado. Tercero, se han endurecido las condiciones de vida de los asilados para desanimar las demandas. Se les
prohíbe trabajar, se les recortan las prestaciones monetarias y, en algunos casos, se les mantiene en condiciones de detención mientras se tramitan sus demandas. Cuarto, se acelera el proceso de reconocimiento de las demandas, con el objetivo de que los demandantes descartados estén el menor tiempo posible en el país de asilo. Quinto, ha aumentado la tasa de expulsiones de los demandantes rechazados, aunque la mayoría no han sido deportados. Un porcentaje desconocido marcha por voluntad propia. A pesar de todo, a finales del 2002 todas estas medidas no habían alcanzado el objetivo de reducir las demandas. Particularmente en el Reino Unido, han llegado a niveles nunca alcanzados.

A la vista de este fracaso puede comprenderse que muchos gobiernos, especialmente europeos, se sientan atraídos por una opción más radical, defendida por el gobierno británico en particular. Según éste no se permite la entrada al país a ningún demandante, sino que se les obliga a presentar su solicitud en un campo de tránsito (oficialmente denominado Centros Internacionales de Tránsito) situado fuera del país. En esta línea el Partido Conservador británico, y su homólogo australiano, propone la selección de pequeñas islas, fáciles de controlar; por su parte el Gobierno laborista ha propuesto países como Albania, que se encuentran fuera de la Unión Europea, y que recibirían de ésta alguna ayuda monetaria por alojar a los demandantes de asilo, para que se convierta en una especie internacional de Group 4 (una empresa británica de seguridad contratada para gestionar algunas cárceles y centros de detención de demandantes de asilo).

De esta forma las demandas se procesarían a distancia. Los demandantes rechazados (que presumiblemente serán la inmensa mayoría, ya que actualmente en Reino Unido lo son el 90%) serían deportados desde las áreas de tránsito a sus países de origen o a cualquier otro país que los aceptara. Los demandantes aceptados serían admitidos en el país de asilo pero se les haría deudores del coste de su estancia en el Centro de Tránsito, una carga impuesta seguramente
para disuadirlos de usar la demanda de asilo como forma de entrada.22

Si se consigue eliminar a los demandantes de asilo como parte de la población residente, las campañas anti-inmigración se concentrarán en los inmigrantes ilegales. Ello requerirá redadas masivas para localizar, y si es necesario expulsar, a miles de demandantes de asilo rechazados que permanecen en el país (una política recomendada por el Comité de Asuntos Internos de la Cámara de los Comunes) y a otros a los que ha caducado el permiso de residencia o que simplemente han entrado clandestinamente sin papel alguno. Es imposible pensar que esta política puede llevarse a cabo en Europa sin una masiva intromisión policial que afectará por igual a «inocentes» y «culpables». Si no se permite la entrada de nuevos asilados probablemente aumentarán los intentos de entradas ilegales, que sólo puede evitarse con una
política de fronteras más contundente. Lo que ya está ocurriendo en los pasos marítimos entre Marruecos y España (incluyendo a las Islas Canarias). La mayor presión ha generado los mismos efectos que los ya mencionados en México. Han aumentado los gastos, sin un aumento substancial de inmigrantes detenidos; ha crecido el volumen estimado de entradas ilegales pero también el número de muertos durante el viaje por ahogo y frío. Los cálculos de la Asociación de Trabajadores Marroquíes en España (ATIME) sitúan el peaje mortal entre España y Marruecos en unas 4000 personas en el período 1997-2001, parecida a las estimaciones de la prensa española.

La guardia de fronteras y la policía portuaria ha sido reforzada y en algunos lugares el Ejército también participa en el control de fronteras. Las fuerzas de la OTAN dan apoyo directo al control de fronteras en Italia y posiblemente en muchos otros sitios. Poco antes de hacerse cargo del mando supremo del Comando Aliado Atlántico de la OTAN en el año 2000, el general William Kernan argumentó en un discurso: «En el futuro nuestra tarea no sólo consistirá en defender las fronteras (de nuestros estados miembros) sino luchar contra la violencia étnica, el crimen internacional y la inmigración ilegal».23 Un informe reciente, de la Organización Internacional para las Migraciones, estima que los 25 países más ricos «están gastando, probablemente, entre 25 y 30 mil millones de dólares al año en mecanismos de inmigración y asilo»,24 lo que supone aproximadamente dos tercios de su gasto en ayuda al desarrollo y que está creciendo al tiempo mientras la ayuda se contrae.

El freno a la inmigración, justificado con el fin de evitar que la excesiva diversidad étnica y cultural afecte al orden nacional, se presenta como un planteamiento conservador orientado a mantener un «statu quo» pacífico. Pero de hecho sólo puede alcanzarse si se realiza una radical transformación del estado, que supondría un recorte de los derechos humanos y daría pie a un
estado más represivo, que no sólo afectaría a los inmigrantes. De hecho es una gran equivocación pensar que pueden revolucionarse los transportes y las comunicaciones, que pueden abrirse las fronteras a bienes, capital y dinero, pero no a las personas. De hecho los dirigentes de la Unión Europea son conscientes de ello y en parte han aceptado sus consecuencias al permitir la libertad de movimientos de sus ciudadanos dentro de la Unión. Pero en cambio no parecen serlo los grandes propulsores de la globalización.

Actualmente, los principales países capitalistas compiten por atraer a un tipo de migrantes pero parecen estar unidos en excluir a otros: los demandantes de asilo y la mayoría de trabajadores no calificados, en particular los inmigrantes ilegales. Sin embargo, no está claro que consigan establecer una estrategia común contra la inmigración no deseada basada en el recurso de una alianza cada vez más dividida, como es la OTAN. El enfrentamiento del Reino Unido y Francia por el campo de refugiados de Sangatte,25 a pesar del acuerdo alcanzado, es una muestra de los problemas que van a afrontar. Una política más estricta de control de las migraciones es inconcebible sin una mayor represión estatal y la consiguiente pérdida de derechos civiles.

Migraciones y redistribución

La distribución de la renta entre los diferentes países es más desigual actualmente que a finales del siglo XIX.26 Incluso se ha producido una limitada redistribución entre los países desarrollados; a escala mundial ha sido insignificante. La ayuda oficial al desarrollo ha caído al insignificante nivel del 0,2% de la renta nacional de los países desarrollados. El monto que el presidente Bush ha conseguido para financiar los seis primeros meses de invasión de Iraq en 2003 representa unas ocho veces la ayuda oficial estadounidense al resto del mundo en un año. El proteccionismo y el dumping continúan afectando a los países pobres productores de materias primas, y muchos países están asfixiados por los pagos de un inmenso servicio de la deuda, a menudo generada por créditos que han ido a parar a las cuentas en bancos extranjeros de sus propias clases privilegiadas o que se han gastado en financiar la represión estatal. Con la única excepción de los países nórdicos, no existe evidencia que los países más ricos consideren seriamente la extrema desigualdad mundial. Es natural que muchos ciudadanos de los países pobres vean la migración, temporal o permanente, a los países ricos como una forma de redistribución de la renta mediante la acción individual.

Si, en las condiciones actuales, el crédito, la ayuda y el comercio constituyen, en el mejor de los casos, un medio muy limitado para impulsar el desarrollo de los países pobres, los potenciales efectos positivos de la migración desde los países pobres a los ricos también constituyen, por diversos factores, un medio limitado para promover la igualdad mundial. En primer lugar, no existe una correlación directa entre pobreza y éxito migratorio. Ni son los países más pobres los que generan más emigrantes, ni éstos provienen habitualmente de las clases más deprimidas. La gente más necesitada que podría beneficiarse de la migración no puede hacerlo por el alto coste de la misma, el cual aumenta considerablemente por las leyes y las políticas anti-inmigración de
los países ricos. Esta situación empeorará por las nuevas líneas de política migratoria descritas anteriormente.

A pesar de ello, millones de personas provenientes de países pobres han sido capaces de mejorar su situación y la de sus familias gracias a la emigración. Hay, asimismo, evidencia de que han contribuido a mejorar la situación de su país de origen, en cuanto que la disponibilidad de divisas aumenta la capacidad de pagos externos, el aumento de la cualificación de la fuerza de trabajo cuando vuelven a su país, el aumento de los salarios en los países de origen y a través de las transferencias de una parte de sus ingresos. Alguno de estos efectos tienen su reflejo estadístico, como el continuo crecimiento del flujo de remesas de dinero que va de los países ricos a los países de origen. En el año 2000 el volumen total de remesas estimado por el Banco Mundial alcanzó los 80 mil millones de dólares (y con toda seguridad es una cifra subestimada), de la cual una cuarta parte fue a parar a India y México, mientras que un tercio salía de Estados Unidos. Ello supone que las decisiones individuales de los emigrantes consiguen transferir muchos más dinero a los países pobres que toda la ayuda de los países más ricos (incluyendo la ayuda multilateral) que durante bastantes años se sitúa en torno a los 50 mil millones de dólares (claramente sobreestimada). En el caso de Estados Unidos se estima que las remesas son 2,5 veces el nivel de la ayuda al desarrollo. A pesar de que la distribución de las remesas es un reflejo de la posición económica de los que pueden efectivamente emigrar, está sin duda mucho mejor distribuida que la ayuda al desarrollo, que en gran parte se pierde por la corrupción y la ineficacia burocrática. La eliminación de las remesas de emigrantes sería mucho más catastrófica que la eliminación de la ayuda oficial al desarrollo.

Los gobiernos europeos y la Unión Europea han estado jugando con la idea de usar la ayuda al desarrollo como un antídoto a la inmigración: la ayuda se concentraría en aquellas áreas que generan un elevado porcentaje de migrantes en proyectos orientados a frenar las migraciones, tanto porque abrirían oportunidades alternativas de progreso como porque se utilizarían para desplazar el control de la emigración en el país de origen. En la práctica la idea no ha funcionado, en parte debido a que los gobiernos del Tercer Mundo están satisfechos con la emigración, tanto porque reduce determinadas presiones como por la expectativa de futuras remesas, y en parte porque, como han sugerido diversos estudios, el efecto de la ayuda sobre la migración puede resultar contradictorio. La ayuda entre dos países, al igual que el comercio o las inversiones extranjeras, sirve para aumentar el conocimiento de las oportunidades existentes en los países más ricos, para realizar contactos que facilitan las redes migratorias y para obtener recursos para financiar la migración. Ya hace años que Estados Unidos renunció a la idea de cambiar ayuda por migración y esto explica en parte lo reducido de su presupuesto de ayuda.27 El empeño europeo en aumentar los controles fronterizos sugiere que la Unión Europea ha llegado a conclusiones parecidas.

Teóricamente puede preverse que los efectos positivos de la distribución entre países pueden ser neutralizados por los efectos negativos de un aumento de inmigrantes en los países desarrollados. Los efectos sobre el empleo y los salarios de la inmigración han sido ampliamente estudiados por los economistas pero, de momento, no se ha alcanzado un consenso. Una evaluación cuidadosa de estos estudios concluye que «la acumulación de investigaciones empíricas sobre los impactos económicos de la inmigración ha producido múltiples y variados resultados, pero no parece encontrarse ninguna evidencia consistente sobre la generación de importantes impactos negativos en los niveles de empleo y en los salarios de los trabajadores nativos».28 La ausencia del efecto esperado se explica a menudo con el argumento de que el mercado laboral no es una unidad simple sino un conjunto de mercados relativamente
segmentados. Los efectos de la inmigración pueden sentirse sólo en algunos de estos segmentos, sin afectar al nivel de salarios y el desempleo del conjunto. En particular, muchas comunidades de inmigrantes, una vez han alcanzado un volumen crítico, crean enclaves económicos con sus economías parcialmente separadas del resto de la nación. A menudo los propios inmigrantes padecen discriminaciones cuando tratan de integrarse en la vida económica de los países de destino. Muchos cobran salarios más bajos y tienen mayores niveles de paro que el conjunto de la población, aunque no puede olvidarse que los inmigrantes constituyen cada vez más una categoría bipolar, divididos entre los que están más calificados y los menos calificados que la media nacional, con un peso reducido de las categorías medias. En el Reino Unido, una mayor proporción de los inmigrantes que el de la población activa tiene los más bajos niveles educativos, pero también una mayor proporción de inmigrantes tiene el más alto nivel educativo.29

Hay algo que los estudios económicos olvidan. Prácticamente todos analizan el efecto del número de inmigrantes sobre los salarios y el empleo. Pocos, o ninguno, han analizado los efectos del status legal de los inmigrantes. Cualquiera que sea el impacto del volumen de inmigración, puede asegurarse que la criminalización de una parte de la misma tendrá serios efectos sobre las desigualdades. Obliga a los inmigrantes a pagar sumas elevadas para entrar en los países de destino, les hace víctimas de traficantes criminales o empresarios que los sobre-explotan, les hace particularmente vulnerables a todo tipo de amenazas en el proceso de migración y búsqueda de empleo, les pone en peligro de robos, lesiones o muerte durante el viaje, y les lleva a aceptar empleos no regulados, agotadores, mal pagados o incluso ilegales.

La criminalización no sólo reduce los ingresos de los inmigrantes, sino que amenaza también los salarios y las condiciones de trabajo de los nativos. Nada debilita tanto el poder de negociación del conjunto de la clase obrera como la existencia de una fracción importante que padece peores condiciones, a quien se le niega toda posibilidad de organización por razones legales y que vive con la amenaza continua de ser denunciada por empresarios o rivales. No resulta por tanto evidente que eliminar las barreras a la inmigración tenga efectos negativos sobre salarios y condiciones de trabajo. Y, en cambio, tendría el efecto positivo de facilitar a los trabajadores inmigrantes su participación en las organizaciones del movimiento obrero.

Migración contra imperialismo

La historia de las migraciones es una parte importante de la historia del imperialismo. La expansión del imperialismo estuvo asociada en muchas partes del mundo con la migración forzosa de esclavos y siervos por deudas. La destrucción causada por la ocupación imperialista que hizo insostenible la vida en muchas áreas generó nuevas migraciones. Las crecientes desigualdades generadas por el colonialismo crearon, cuando éste llegó a su fin, un gran incentivo a la emigración. La larga serie de alianzas de conveniencia entre los países imperialistas y las dictaduras opresoras en el Tercer Mundo también provocó presiones migratorias. Una elevada proporción de los actuales demandantes de asilo huye de algún gobierno impuesto o consentido por los poderosos de la comunidad internacional. Es imposible negar que la historia del imperialismo ha contribuido a generar las dinámicas de las actuales migraciones.

Las migraciones internacionales a principios del siglo XXI aún están íntimamente conectadas con los mecanismos básicos del imperialismo. La liberalización de la inmigración para los trabajadores altamente cualificados y las empresas transnacionales refleja las necesidades de los protagonistas en el contexto de una exacerbada lucha competitiva entre capitalistas en el
seno de una economía imperfectamente globalizada. El endurecimiento de las condiciones de migración para los migrantes pobres y los demandantes de asilo es un reflejo de las tendencias polarizadoras de la economía mundial, sólo parcial y muy inadecuadamente compensada por el creciente flujo de remesas de emigrantes. El continuo crecimiento de la migración, a pesar
de las murallas y obstáculos que se le oponen, es sin duda una parte del continuado proceso de mundialización de la economía mercantil. Y la inmigración a menudo conduce a la asimilación cultural y, algunas veces, al empobrecimiento. Sin embargo la inmigración no es sólo una parte del imperialismo, es también un componente de la lucha contra el mismo. La inmigración representa en parte la afirmación de los derechos a participar de la prosperidad por aquellos que las fortalezas tratan de excluir. A menudo la inmigración conduce más a la preservación cultural, a la creatividad y al intercambio que a la destrucción cultural. También permite que los ciudadanos progresistas escapen a la persecución de los dictadores. Y, a pesar de todos los problemas, contribuye en parte a erosionar la destructiva tradición del nacionalismo étnico que ha creado o nutrido la mayoría de los grandes conflictos del siglo pasado.

Las restricciones a la migración van en contra de los intereses de los países pobres y la gente más pobre y, en parte, de los intereses económicos de los trabajadores de los países desarrollados. Ello no quiere decir que la inmigración sin límites sea preferible a un desarrollo mundial más equilibrado o a soluciones más básicas del problema de la desigualdad y la explotación. Pero en el contexto de una economía capitalista mundial sin ninguna preocupación por eliminar la pobreza, la libertad de todos los trabajadores para moverse entre fronteras aumenta la igualdad. Sólo por esta razón es una libertad que el socialismo debe defender.

Sin embargo, no es suficiente afirmar la abolición de fronteras como un principio socialista; especialmente en los países desarrollados, debe buscarse la fórmula para traducirlo en una serie de políticas que puedan obtener el apoyo popular. Este tipo de utopismo práctico debe concentrarse en las leyes de migración y ciudadanía, en las políticas económicas y de bienestar, en el antirracismo y la política exterior.

Desmantelar la alambrada, física y burocrática, que progresivamente están levantando los países ricos permitiría mitigar los problemas de muchos pobres y perseguidos. Pero su bienestar también depende de los derechos a los que acceden una vez pasada la frontera. Si alcanzar los derechos de que goza la población nativa lleva mucho tiempo, los inmigrantes continuarán padeciendo persecución política y sobreexplotación económica y favoreciendo a debilitar fracciones de la clase obrera local. Los inmigrantes deben tener reconocido el pleno derecho al acceso al empleo, los servicios sociales y las pensiones, el disfrute de la legislación que protege los salarios y la jornada laboral, así como el pleno derecho de organización. Es importante que las organizaciones socialistas y de trabajadores nativos den pleno apoyo a sus demandas y luchen con ellos para conseguirlas. La migración requiere el desarrollo de un tipo de ciudadanía transportable, donde la ciudadanía depende menos de la pertenencia a una comunidad nacional y más de la posesión de unos determinados derechos comunes. Algo que se facilitaría si la ciudadanía formal fuera fácil de adquirir. En los años recientes la tasa de naturalización respecto al porcentaje de la población extranjera estimada no es elevada en ninguna parte: menos del 3% en Alemania, España y Reino Unido, por encima del 7% en Países Bajos y Suecia, y con una porcentaje intermedio en Francia y Estados Unidos. Muchos migrantes necesitan la doble nacionalidad, lo que cada vez resulta más posible (incluso en Estados Unidos), aunque su ritmo de introducción es muy lento.

Imaginar la apertura de fronteras es confrontarse con el estado real del mundo; con sus conflictos, injusticias y desigualdades. Inevitablemente surge el miedo de que la presencia de más inmigrantes se traducirá simplemente en más conflictos en la disputa por un volumen limitado de recursos y puestos de trabajo. La posibilidad de estos conflictos no puede despreciarse. Pero los empleos y los recursos no son cantidades inmutables. Por el contrario, su disponibilidad depende de la política económica, las empresas, los estados y las organizaciones supranacionales. Los problemas económicos que han experimentado muchísimos trabajadores de los países desarrollados los últimos 25 años no son el resultado de la inmigración sino básicamente de las políticas neoliberales de privatización, deflación, «flexibilización» del mercado de trabajo y recortes de los servicios sociales. Se ha centrado la atención en recortar el coste financiero de las políticas sociales en lugar de la adecuación y expansión del gasto social que debe ser complementario al derecho a la inmigración. Naturalmente la inseguridad de las fracciones de la clase obrera local más golpeadas por el neoliberalismo ha sido explotada por la derecha racista. Le ha sido demasiado fácil expandir la idea de que son los inmigrantes los responsables del endurecimiento económico. Los gobiernos responsables de estas políticas han permitido tácitamente que se hiciera esta conexión, o, a veces, la han propugnado explícitamente. Lo que debía haber sido un conflicto sobre política económica, cuyo centro se halla en las cuestiones de clase, se ha convertido en un debate sobre políticas de inmigración, con la raza y la nacionalidad en el centro.31 A pesar de la globalización, los gobiernos aún tienen un amplio margen de maniobra con las políticas económicas para evitar que un aumento de la inmigración no ponga en peligro puestos de trabajo, servicios públicos, viviendas y medio ambiente.

No es obligatorio que la inmigración masiva de personas de otro grupo étnico o nacional o de otro color de piel se traduzca en más racismo y xenofobia. Tan persistentes como el racismo son los conflictos interétnicos que no están especialmente asociados a la inmigración. También ocurren en comunidades que han vivido juntas durante siglos. Pero actualmente los racistas explotan la inmigración como fuente de conflictos. A pesar de que el racismo no está simplemente determinado por la economía, es evidente que si funciona el empleo y otras políticas económicas muchos de los típicos argumentos racistas dejan de funcionar. Pero no puede pensarse que el racismo y la xenofobia pueden ser derrotados sin atacarlos directamente con argumentos políticos y éticos. No puede permitirse que las políticas de inmigración estén regidas por el miedo al conflicto, generado oportunistamente y no fundamentado en reales diferencias de intereses.

Muchas de las situaciones que provocan las migraciones forzosas y las necesidades de asilo están directa o indirectamente provocadas por las políticas exteriores de los países que tratan enérgicamente de excluir a los inmigrantes. La eliminación del apoyo a las tiranías y a las políticas económicas que aumentan las desigualdades y obstruyen el desarrollo de los países pobres reduciría las presiones migratorias en muchos países. Aunque para los socialistas debe quedar claro que el objetivo de las políticas exteriores no es reducir las migraciones. Algunos de los defensores de aumentar la ayuda internacional han utilizado este argumento, aceptando tácitamente los prejuicios anti-inmigración. Una política exterior menos imperialista crearía menos migrantes forzados. Pero quizás esta política menos imperialista que diera apoyo a sociedades más democráticas, con una mejor relación económica con el resto del mundo, con mayores oportunidades de educación y conocimiento también generaría más migración voluntaria. Hay buenas razones para que los socialistas defiendan una masiva transferencia de recursos a los países pobres (aunque no en lo que hoy se considera ayuda al desarrollo), pero éstas deben defenderse por sus propios méritos, con independencia del efecto que tengan sobre el volumen de migraciones.

A pesar que algunas migraciones reflejan condiciones y situaciones económica y políticamente patológicas, en general la migración no es en sí misma patológica, en contra de lo que plantea la coalición anti-migratoria. Pueden ser un componente de una sociedad cosmopolita sana y vital. En particular se trata de un fenómeno que puede ayudar a la clase obrera mundial a escapar
de la camisa de fuerza del nacionalismo en la que siempre le trata de meter la burguesía intermitentemente cosmopolita.

Hay otra razón más próxima que debería llevar a los socialistas a priorizar la resistencia contra los controles de inmigración: la inmigración puede constituir el centro de los debates políticos en Europa, y una cuestión muy importante en otras partes. La oposición a la inmigración es el tema central de la ultraderecha en todos los países europeos; y a pesar de los altibajos ha ido ganando espacio. En los últimos cinco años la extrema derecha anti-inmigración ha alcanzado cuotas básicas de poder en varios países europeos: Austria, Dinamarca, Italia y Países Bajos. Y en Francia el avance del Frente Nacional no ha terminado con la derrota de Le Pen en las elecciones presidenciales. La inmensa mayoría del pensamiento político dominante, de las llamadas centro-derecha y centro-izquierda, rechaza parte de la retórica de la extrema derecha pero adopta sus contenidos. Como respuesta a la movilización de la ultra-derecha contra la inmigración, el pánico les ha llevado a implementar una serie de medidas que aumentan la criminalización de la inmigración y vilipendian a muchos inmigrantes. La fortaleza europea provoca consecuencias que los socialistas deben considerar inaceptables. Sólo pueden aplicarse con la militarización de las fronteras, el empeoramiento de las condiciones de vida de muchos migrantes y el aumento exponencial de las deportaciones. Un movimiento que no sólo amenaza a los inmigrantes sino también a los ciudadanos. Es imposible reprimir a una parte de la sociedad sin hacerlo al
resto. Y pueden empeorar las relaciones entre las distintas comunidades. Las fortalezas no son por naturaleza ni pacíficas ni democráticas.

Los controles de inmigración son un macrocosmo de las antiguas leyes del «apartheid» y las justificaciones que se dan para imponerlas son del mismo tipo que las que históricamente plantearon los ideólogos de la minoría blanca de Sudáfrica. Y mientras Sudáfrica ha abolido sus antiguas leyes, Europa está pensando en reforzarlas y en dar pasos para la creación de un nuevo tipo de bantustanes para los demandantes de asilo. Algunos gobiernos europeos también están pensando en considerar un delito el hecho de dar asistencia humanitaria o refugio a los inmigrantes ilegales.

El cosmopolitismo (la palabra usada asiduamente por Le Pen y por sus nefastos predecesores para clasificar a sus enemigos) me parece una parte integral del socialismo, y así lo era para los dos demandantes de asilo del siglo diecinueve citados anteriormente. Ellos concibieron un futuro socialista en el cual aquellos que poseían capital constituirían un cosmopolitismo que cuestionaría y superaría el construido por los capitalistas. El cosmopolitismo proletario actual, la lucha contra el imperialismo y los separatismos nacionales, significa luchar, entre otras muchas cosas, por acabar con la criminalización de los pobres que cruzan fronteras. En un sentido amplio constituye una arma básica para luchar contra el nuevo (y el viejo) imperialismo.


Notas

  1. Karl Marx y Friederich Engels, El manifiesto comunista 1848.
  2. Una argumentación detallada en Bob Sutcliffe y Andrew Glyn «Medidas de la globalización y su interpretación errónea», Mientras tanto, nº 76, invierno 2000.
  3. Angus Madison, The world economy: a millennial perspective Paris: OECD, 2001; World Bank, World Development Development Indicators, edicón en CD-Rom, Washington DC, 2002. Se trata de mediciones en términos de paridad de poder adquisitivo.
  4. Robert Brenner, The boom and the bubble. London,Verso 2002.
  5. Sutcliffe y Glyn «Medidas de la globalización y su interpretación errónea», cit.; UNCTAD, World Investment Report 1993, Geneva: UNCTAD 1993; UNCTAD, World Investment Report 2002, Geneva: UNCTAD 2002.
  6. World Bank, Global Development Finance 2003 Washington DC: World Bank 2003, p 49.
  7. Deon Filmer, Estimating the world at work, Background Report for World Bank, World Development Report 1995, Washington DC: World Bank, Office of the Vice President Development Economics, 1995
  8. Vernon M. Briggs Jr. «International Migration and Labour Mobility: the receiving countries» en Julien van den Broeck (edit.), The Economics of Labour Migration, Cheltenham, Glos and Brookfield, Vt: Edward Elgar, 1996.
  9. Bob Sutcliffe, Nacido en otra parte, Hegoa, 1998.
  10. Saskia Sassen, The Global City: New York, London, Tokyo, Princeton: Princeton University Press, 2001.
  11. Para más detalles y análisis consultar Stephen Castles «The international politics of forced migration» en Colin Leys y Leo Panitch (edits.), Socialist Register 2003.
  12. John Willoughby, ‘Ambivalent Anxieties: towards an understanding of the South Asian–Gulf Arab Labor Exchange’, borrador 2000.
  13. Karl Marx y Frederich Engels «Prefacio a la edición rusa del Manifiesto Comunista». Disponible en http://www.anu.edu.au/polsci/marx/classics/manifesto.html.
  14. Julian Simon, The Economic Consequences of Immigration, Oxford and Cambridge, Mass.:Blackwell 1989.
  15. Philip Martin, Bordering On Control: combating irregular migration in North America and Europe, Ginebra: International Organization for Migration, puede consultarse en www.iom.org.
  16. Wayne Cornelius, «Death at the Border: efficacy and unintended consequences of US inmigration control policy», Population and Development Review 27 (4), December 2001, pp 661-685
  17. Los datos de este párrafo provienen de SOPEMI, Trends in International Migration 2002 edition, Paris: OECD.
  18. Edward Luce and Khozen Merchant, «Visas and the West’s hidden agenda», Financial Times, 9 April 2003; Alan Leshner, «America closes the door to scientific progress», Financial Times, 30 May 2003.
  19. Castles, «International politics…», cit.
  20. Douglas Massey et al. «Theories of international migrations: a review and appraisal», Population and Development Review, Vol. 19, nº 3, September 1993.
  21. Castles, «International politics…», cit.
  22. Financial Times, «UK Assylum proposals draw mixed response», Financial Times 29/30 March 2003; Alan Travis «Blunkett backed on asylum centres», The Guardian, 22 April 2003; Theo Veenkamp, Tom Bentley and Alessandra Buonfino, People Flow: managing migration in a New EuropeanCommonwealth, London: Demos 2003 accesible en htpp://www.demos.co.uk/uplooadstore/docs/MIGR_ft.pdf.
  23. Statewatch, Statewatch News on Line, September 2000, disponible en www.statewatch.org/news/sept00/06nato.htm
  24. Martin «Bordering on Control….»
  25. Sangatte, cerca de Calais, era un centro de recepción temporal de demandantes de asilo. El gobierno británico objetó su existencia alegando que su proximidad al túnel del Canal de la Mancha facilitaba la entrada ilegal en Reino Unido. Después de una larga disputa entre el gobierno británico y el francés, se cerró en diciembre del 2002. A una pequeña parte de sus habitantes se les ofreció residencia en Reino Unido y la mayoría fueron repartidos en otros puntos de Francia.
  26. Bob Sutcliffe, «¿Un mundo más o menos desigual? Distribución de la renta mundial en el siglo XX», Cuadernos de Trabajo, Bilbao: Hegoa 2003.
  27. Comission for the Study of International Migration and Cooperative Economic Development, Unauthorized Migration: An Economic Development Response Washington DC, 1990; Georges Tapinos «La cooperation internationale peut-elle constituer une alternative à l’emigration des travailleurs?, mimeo, Paris, OECD 1991.
  28. Gregory DeFreitas «Inmigration, inequality and policy alternatives» en Dean Baker, Gerald Epstein y Robert Pollin (edits)., Globalization and Progressive Economic Policy, Cambridge: Cambridge University Press, 1998.
  29. SOPEMI, Trends, 2002 edition.
  30. Esta idea se ha elaborado en dos artículos de Socialist Register 2003 (Betz y Flecker, Beynon y Kushnik).

Fuente :Este escrito se publicó originalmente en Leo Panitch and Colin Leys (edit.), Socialist Register 2004: the New Imperial Challenge, London: Merlin Press 2003. La traducción pertenece a la Revista Mientras Tanto 89, 2003.

*Economista británico fallecido en 2019. Realizó estudios sobre migraciones y imperialismo, entre muchos otros temas. Trabajó como docente en el Reino Unido, Estados Unidos, Nicaragua y España.

Ilustración: Alejandra Saavedra