Prosper-Olivier Lissagaray: Historia de la Comuna-Capítulo XXVII

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por H. Prosper-Olivier Lissagaray

PARÍS EN VÍSPERAS DE LA MUERTE. VERSALLES

Al París de la Comuna no le quedan más que tres días de vida. Grabemos en la historia su luminosa fisonomía.

El que ha respirado tu vida, que es fiebre para los otros, el que ha palpitado en tus bulevares y llorado en tus suburbios, el que ha cantado en las auroras de tus revoluciones y algunas semanas después ha lavado de pólvora sus manos detrás de las barricadas; el que puede oír bajo tus piedras a voz de los mártires de la idea y saludar tus calles con una fecha humana; aquel para quién cada una de tus arterias es un nervio, aún no te hace justicia, gran París de la rebelión, si no te ha visto desde fuera. Los filisteos extranjeros dicen con una mueca desdeñosa: “¡Miren ese loco!” Pero acechan a su proletario que ha dejado en suspenso su martillo y está mirando; tiemblan, no sea que tu gesto le enseñe a ese proletario cómo tendrá que hacer saltar el resorte de su soberanía, la atracción del París rebelde fue tan poderosa que hubo quien vino desde América para contemplar este espectáculo desconocido en la historia: la mayor ciudad del continente en manos de los proletarios. Los pusilánimes se sintieron atraídos.

Los primeros días de mayo nos llegó un amigo de los tímidos de las tímidas provincias. Los suyos le escoltaron a la salida, con lágrimas en los ojos, como si bajase a los infiernos. Nos dijo: “¿Qué hay de cierto? -¡Venga usted a registrar todos los rincones de la caverna”.

Paseo a través de París

Salgamos por la Bastilla. Los vendedores de periódicos, atronando los oídos, vocean el “Mot d’ordre”, de Rochefort; le «Père Duchesne”; “Le Cri du Peuple” de Jules Valles; “Le Vengeur”, de Felix Pyat; “La Commune”, “Le Tribune du Peuple”, “LÀffranchi”, “L’Avant-Garde”, “Le Pilori des mouchards”. “LÒfficiel” se ve poco solicitado; lo ahogan los miembros de la Comuna con su competencia; uno de ellos Vésinier, llega incluso a publicar en el “París libre” una sesión secreta; “Le Cri du Peuple” tira cien mil ejemplares. Es el primero que se levanta; alza su clamor con el gallo. Si tenemos algo de Vallès esta mañana, buena suerte; pero Vallès cede con demasiada frecuencia la palabra a Pierre Dennis, que nos automatiza a todo trance. No compréis más que una vez el “Pére Duchesne”, aunque tire sesenta mil ejemplares. No tiene nada del de Hébert, que no fue ningún señorón. Tomad en “Le Vengueur” el artículo de FelixPyat como una linda muestra de embriaguez literaria. “La Commune” es el periódico doctrinario en el que escribe algunas veces Millière, en el que Georges Duchesne zarandea a los jóvenes y a los viejos del Hotel-de-Ville con una severidad que exigiría otro carácter.

Ahí tenéis, en los kioskos, las caricaturas: Thiers, Picard y Jules Favre en figura de las Tres Gracias enlazando su ventripotencia. Ese pez de escamas verde-azules que arregla un lecho con corona imperial es el Marqués de Gallifet. “L’Avenir”, monitor de la Liga; “Le Siecle”, muy hostil desde la detención de Chaudey; “La Verité”, del yanqui Portalis, se apilan, melancólicos e intactos. Una treintena de periódicos versallenses han sido suprimidos por la prefectura de policía; no por eso están muertos: un vendedor nada recatado nos los ofrece.

Buscad, a ver si dais con una incitación a la matanza, al pillaje, con una línea cruel en estos periódicos comunalistas, caldeados por la batalla, y comparadlos ahora con las hojas versallesas que piden fusilamientos en masa para cuando las tropas hayan vencido a París.

Sigamos esos féretros que suben por la calle de la Roquette. Entremos con ellos en el Père-Lachaise. Todos los que mueren por París son enterrados en la gran familia, y la Comuna reclama el honor de pagar sus funerales. Su bandera roja flamea en los ángulos del coche mortuorio seguido por los camaradas del batallón, a los cuales se unen siempre algunos transeúntes. Una mujer acompaña al cuerpo de su marido. Un miembro de la Comuna va también detrás del coche. Al borde de la tumba habla, no de lamentos, sino de esperanza, de venganza. La viuda estrecha a sus hijos contra sí y les dice: “¡Acordaos y gritad conmigo: viva la República, viva la Comuna!”. “Es la mujer del teniente Chatelle”, nos dice uno de los presentes.

Volviendo sobre nuestros pasos, pasamos junto a la Alcaldía del XI, cubierta de negro, de duelo por el que el pueblo de París no quiere cederle nada al cañón; incluso ha prorrogado por una semana esta feria. Los columpios se balancean, los torniquetes rechinan, los vendedores pregonan sus chucherías, los acróbatas hacen sus habilidades y prometen la mitad de sus ingresos para los heridos. Un guardia que vuelve de las trincheras contempla, apoyado en su fusil, el panorama del sitio, la entrada de Garibaldi en Dijon.

Bajemos por los grandes bulevares. En el circo Napoleón se apiñan cinco mil personas desde la pista hasta el remate. Un sinfín de banderolas invitan a los paisanos a agruparse por departamentos. La reunión ha sido organizada por algunos negociantes que proponen a los ciudadanos de los departamentos el envío de delegados a sus respectivos diputados; creen que se les podrá atraer, que será posible conquistar la paz con explicaciones. Un ciudadano pide la palabra, sube al tablado. La multitud aplaude a Millière: “¡La paz! Todos la buscamos. Pero ¿quién ha comenzado la guerra, quién se ha negado a toda reconciliación? ¿Quién atacó a París el 18 de marzo? –Thiers. ¿Quién le atacó el 2 de abril? –Thiers. ¿Quién ha hablado de conciliación, quién ha multiplicado las tentativas de paz? –París. ¿Quién las ha rechazado siempre? –Thiers. ¡La Conciliación!, ha dicho Dufaure; pero la insurrección es menos criminal… ¡Y lo que no han podido hacer ni los francmasones, ni las Ligas, ni las proclamas, ni los consejeros municipales de provincia, lo esperáis de una delegación elegida entre los parisienses!¡Pues bien, sin saberlo, estáis debilitando la defensa! ¡No, no más diputaciones! ¡Correspondencias activas con las provincias! ¡ahí está la salvación!”. –“¿Conque ese es el energúmeno de Millière con que nos espantan en provincias?”, exclamó mi amigo. Sí, y estos millares de hombres de todas condiciones que buscan la paz en común, que se escuchan, que se responden con cortesía, ésos son el pueblo demente, “el puñado de bandidos que tienen en su poder la capital”.

En el cuartel Prince-Eugene están los mil quinientos soldados que se quedaron en París el 18 de marzo y que la Comuna alberga sin obtener de ellos ningún servicio, porque estos holgazanes no querían estar, según decían, ni con París ni con Versalles. En el bulevar Magenta se ven los numerosos esqueletos de la Iglesia Saint-Laurent, alineados en el mismo orden en que fueron hallados, sin rastros de ataúd ni de mortaja. ¿Es que no están formalmente prohibidos los entierros en las iglesias? Algunas, sin embargo, especialmente Notre-Dame-des-Victoires, abundan en esqueletos. ¿No tiene la Comuna el deber de poner en claro estas ilegalidades, que quizás sean crímenes?

En los bulevares, desde el de la Bonne-Nouvelle hasta la Ópera, el mismo París vaga por los almacenes o toma asiento en las terrazas de los cafés. Los carruajes son raros; el segundo sitio ha reducido mucho el aprovisionamiento de caballos. Por la calle 4 Septiembre llegamos a la Bolsa, coronada por la bandera roja, y a la Biblioteca Nacional, en la que no faltan lectores. Cruzando por el Palais Royal llegamos al Museo del Louvre. Las salas, con todos los lienzos que dejó la administración del 4 de septiembre, están abiertas al público. Jules Favre y sus periódicos no dejan de decir, a pesar de ello, que la Comuna vende al extranjero las colecciones nacionales.

Bajamos por la calle Rivoli. En la calle Castiglione, una enorme barricada disfraza la entrada de la plaza Vendome. La desembocadura de la Concordia está cerrada por el reducto de Saint-Florentin, que va desde el ministerio de Marina a las Tullerías, ocho metros de espesor, con tres troneras bastante mal dirigidas. Un amplio foso que descubre el sistema arterial de la vía subterránea separa la plaza del reducto. Algunos obreros le hacen su última toilette y cubren de césped los parapetos. Muchos curiosos miran y más de una cara se ensombrece. Un pasadizo hábilmente dispuesto lleva a la plaza de la Concordia. La estatua de Estrasburgo destaca su arrogante aspecto sobre las banderas rojas. Estos comunalistas, a quienes se ha osado acusar de que para ellos no existía Francia, han sustituido piadosamente las muertas coronas del primer sitio con frescas flores de primavera.

La zona de fuego

Ahora entramos en la zona de combate. La avenida de los Campos Eliseos presenta su larga línea desierta, que cortan con surcos siniestros los obuses de monte Valérien y de Courbevoie. Llegan hasta el Palais de l’Industrie, donde los empleados de la Comuna, dirigidos por Cavalier, el famoso Pipe-en-Bois, un hombre de talento, protegen valerosamente sus riquezas. A lo lejos, el Arco de Triunfo perfila su poderoso volumen. Los aficionados de los primeros días han desaparecido de esta plaza de l’Etoile, que ha llegado a ser tan mortífera como las mortificaciones. Los obuses rebotan en la fachada, mutilan los bajorrelieves que Jules Simon había hecho blindar contra los prusianos. Los cascos de metralla extienden en torno a sí su mortal rociada. El arco principal está cegado, para detener los proyectiles que enfilan la avenida. Detrás de esta barricada se montan aparejos para instalar cañones sobre la plataforma que domina las avenidas convergentes.

Por el barrio Saint-Honoré bordeamos los Campos Eliseos. En el rectángulo comprendido entre la avenida de la Grande-Armée, la de Ternes, las fortificaciones y la avenida Wagram, no hay una sola casa intacta. Ya lo ven ustedes, Thiers no bombardea París, como no dejarán de decir las gentes de la Comuna. Un trozo de cartel cuelga de un muro derrumbado, el discurso de Thiers contra el rey Bomba, que un grupo de conciliadores ha tenido que reproducir. “Ustedes saben, señores –decía a los burgueses de 1848- lo que ocurre en Palermo. Se han estremecido ustedes de horror al saber que una gran ciudad ha sido bombardeada por espacio de 48 horas. ¿Y por quién? ¿Por un enemigo extranjero que ejercía los derechos de la guerra? No, señores. Por su propio gobierno. ¿Y por qué? porque esa infortunada ciudad reclamaba unos derechos. ¡Pues bien, por la petición de esos derechos ha habido 48 horas de bombardeo!» ¡Dichoso Palermo! París es bombardeado hace cuarenta días “por su propio gobierno”.

Tenemos alguna probabilidad de llegar al bulevard Pereire, rasando con el brazo izquierdo de la avenida de Ternes. Desde allí hasta la puerta Maillot, todo el mundo tiene la misma edad. Acechando un minuto de calma, llegamos a la puerta, o mejor dicho, al montón de escombros que indica su lugar. La estación ya no existe, el túnel está cegado, las fortificaciones se deslizan hasta los fosos. Salamandras humanas se agitan entre estos escombros. Delante de la puerta, casi al descubierto, hay tres piezas que manda el capitán La Marsellaise; a la derecha, el capitán Rochat con cinco piezas; a la izquierda, el capitán Martin con cuatro. Monteret mantiene esta avanzada, desde hace cinco semanas bajo un huracán de obuses. El monte Valèrien, Courbevoie y Bécon han lanzado más de ocho mil. Diez hombres bastan para el servicio de estas doce piezas, desnudos hasta la cintura, con el torso y los brazos negros de pólvora; Craon, muerto en su puesto, manejaba él solo dos piezas del 7; con un disparador en cada mano, hacía partir al mismo tiempo los dos tiros. El único que sobrevivió del primer equipo, el marinero Bonaventure, vio volar hechos pedazos a sus camaradas. Y sin embargo se mantienen firmes y estas piezas desmontadas frecuentemente se renuevan. Los versalleses han querido muchas veces intentar sorpresas y pueden seguir intentándolo. Monteret vigila día y noche; puede, sin jactancia, escribir al Comité de Salud Pública que mientras él esté allí, los versalleses no entrarán por la puerta Maillot

Cada paso hacia La Muette es un desafío a la muerte. Sobre la fortificación, cerca de la puerta de La Muette, un oficial agita su kepis hacia el Bois de Boulogne; las balas silban en torno de él.Es Dombrowski, que se divierte burlándose de los versalleses de las trincheras. El general nos conduce al castillo de La Muette, uno de sus cuarteles generales. Todas las habitaciones están acribilladas por los obuses. Allí sigue firme el general, sin embargo, y hace que sigan firmes los suyos. Se ha calculado que sus ayudas de campo vivían, por término medio, ocho días. En este momento acude el vigía del mirador, que acaba de ser atravesado por un obús. “¡Siga usted allí –le dice Dombrowski-; si no ha de morir usted, allí nada tiene que temer”. Su arrojo es puro fatalismo. No recibe ningún refuerzo, a pesar de sus despachos a Guerra; cree perdida la partida, y así lo dice frecuentemente. Éste es mi único reproche; no esperéis que justifique a la Comuna por haber aceptado el concurso de unos demócratas extranjeros. ¿Es que no era ésta la revolución de todos los proletarios? ¿Es que los franceses no han abierto sus filas en todas las guerras a los grandes corazones de todas las naciones que quisieron combatir con ellos?

Dombrowski nos acompaña, a través de Passy, hasta el Sena, y apunta con un ademán triste a las fortificaciones abandonadas casi. Los obuses trituran o siegan los pasos a nivel del ferrocarril. El gran viaducto se cae a pedazos por varios sitios. Las locomotoras blindadas han sido destrozadas y derribadas. La batería versallesa de la isla Billancourt dispara al ras de nuestras cañoneras, echa a pique en este momento una de ellas, L’Estoc. Una gasolinera recoge a la tripulación y remonta el Sena bajo el fuego que la persigue hasta el puente de Iéna.

Una atmósfera tibia, un sol de vida, un silencio de paz envuelven este río, este naufragio, estos obuses que vuelan en medio de la soledad. La muerte parece más cruel al ser lanzada en esta plenitud de la naturaleza. Vamos a saludar a los heridos de Passy. Ya sabe usted que Thiers ha hecho disparar sobre las ambulancias de la Comuna. A las protestas de la Sociedad Internacional de Socorros a los Heridos, respondió: “Como la Comuna no se ha adherido a la Convención de Ginebra, el gobierno de Versalles no tiene por qué acatar para con ella esta convención”. La Comuna se ha adherido a la convención; ha hecho más, ha respetado las leyes de humanidad en presencia de los actos más salvajes. Thiers sigue haciendo rematar heridos. Véalos. precisamente un miembro de la Comuna, Lefrancaise, está visitando la ambulancia del doctor Demarquay; al interrogar sobre el estado de los heridos: “Yo no comparto sus ideas –le responde al doctor-, y no puedo desear el triunfo de su causa; pero jamás he visto heridos que conserven más calma y sangre fría durante las operaciones”. La mayor parte de los heridos pregunta ansiosamente cuándo podrán reanudar sus servicios. Un joven de dieciocho años al que han amputado la mano derecha, levanta la otra y exclama: “¡Todavía me queda ésta para servir a la Comuna!. A un oficial herido de muerte le dicen que la Comuna acaba de hacerle llegar su sueldo a su mujer y a sus hijos. “Yo no tenía derecho a eso”, responde. Ahí tiene usted, amigo mío, los brutos alcoholizados que, según Versalles, forman el ejército de la Comuna.

Volvemos por el Campo de Marte. Sus vastos barracones están bastante mal defendidos. Haría falta otra oficialidad, otra disciplina para sujetar a los batallones.

Ante la Escuela, cien bocas de fuego permanecen inertes, enmohecidas, a mil quinientos metros de las fortificaciones, a dos pasos de la comisión de Guerra. Dejemos a la derecha este semillero de discordias, y entremos en el Cuerpo Legislativo, transformado en taller. Mil quinientas mujeres tejen los sacos de tierra que han de tapar las brechas. Una mujer alta y guapa, Marta, distribuye el trabajo, ceñida la banda roja con franjas de plata que le han regalado sus camaradas. Alegres canciones hacen más corta la tarea. Todas las tardes se entrega su paga a las obreras, que reciben la totalidad de su trabajo, ocho céntimos por saco; el empresario anterior apenas si les dejaba dos céntimos para ellas.

Subamos por los muelles somnolientos, sumidos en su calma inalterable. La Academia de Ciencias sigue celebrando sus sesiones de los lunes. No son los obreros los que han dicho: “La República no tiene necesidad de sabios”. Delaunay preside. Elie de Beaumont revisa la correspondencia y lee una nota de su colega J. Bertrand, que ha huido a Saint-Germain; este matemático estéril no está por las audacias creadoras, por no haber podido encontrar nunca un teorema natural. Mañana encontraremos el resumen de la sesión en “L’Officiel” de la Comuna.

No abandonamos la orilla izquierda sin visitar la prisión militar. Pregunte usted a los prisioneros versalleses si han encontrado en París una amenaza, una injuria, si no se les trata como a camaradas, si no están sometidos al mismo régimen que todos, si no se les devuelve la libertad cuando quieren ayudar a sus hermanos de París.

París de Noche

Estamos ante la noche de la gran ciudad. Se abren los teatros. El Lyrique da una gran representación musical a beneficio de los heridos, y la Opéra-Comique prepara otra. La Ópera, que Michot, el gran cantante, no ha abandonado, anuncia para el lunes 22 una solemnidad excepcional en la que Raoul Pugno cantará el himno de Gossec. Los artistas de la Gaité, abandonados por su director, dirigen por sí mismos su teatro. El Gymnase, el Chátelet, el Théatre-Francais, el Ambigu-Comique, los Délassements se llenan todas las noches. Vamos a los espectáculos que París no ha visto desde 1793.

Se abren diez iglesias, y la revolución sube al púlpito. En el viejo Gravilliers, Saint-Nicolas-des-Champs se llena en un potente murmullo. Algunos faroles de gas temblequean en el hormiguero de la multitud, y allá lejos, sumido en la sombra de los arcos, Cristo aparece condecorado con la banda comunalista. El único foco luminoso, la mesa que está frente al púlpito está asimismo tapizada de rojo. El órgano y la multitud rugen la Marsellesa. El pensamiento del orador, caldeado por este ambiente fantástico, se dispara en invocaciones que el eco repite como una amenaza. Trata del suceso del día, de los medios de defensa. Los miembros de la Comuna se ven tratados bastante mal. Los deseos de la reunión serán llevado mañana al Hotel-de-Ville. Algunas veces, las mujeres piden la palabra; tienen en Batignolles un club especial del que se alzan frases de guerra y de paz. Si salen pocas ideas precisas de estas reuniones enfebrecidas, ¡cuántos, en cambio, encuentran en ella provisión de brío y de valor!

Las nueve: podemos llegar al concierto de las Tullerías. A la entrada, algunas ciudadanas acompañadas de comisarios hacen una colecta para las viudas y los huérfanos de la Comuna. Por primera vez, mujeres honestamente vestidas están sentadas en las banquetas del patio. Tres orquestas tocan en las galerías. El corazón de la fiesta está en la sala de los Mariscales. En este sitio en que diez meses antes se pavoneaban Bonaparte y su banda, la señorita Agar declama los Castigos, el Ídolo, a pesar de los periódicos versalleses que la insultan. Mozart, Meyerbeer, las grandes obras de arte han expulsado a las obscenidades musicales del Imperio. Por la gran ventana del centro cae al jardín la armonía. Linternas, jubilosos farolillos constelan el césped, danzan en los árboles, colorean los surtidores. El pueblo ríe en los macizos. Los Campos Elíseos, negros, parecen protestar contra estos amos populares, a los que nunca han reconocido. También Versalles protesta con resplandores de obús que iluminan con un pálido reflejo el Arco del Triunfo, que encorva su masa sombría sobre la gran guerra civil. A las once oímos un rumor por la parte de la capilla: acaban de detener a Schoelcher. Ha abandonado un momento Versalles para ver las fiesta de este París, que él está ayudando a entregar a Versalles. Lo llevan a la prefectura, donde Raoul Rigault le devuelve la libertad burlándose de él.

Los bulevares se llenan con la multitud que sale de los teatros. En el café Peters -el Americano- una afluencia escandalosa de mujeres y de oficiales de estado mayor con botas blandas de vueltas rojas, con sables vírgenes. Un destacamento de guardias nacionales llega y se los lleva. Los seguimos hasta el Hotel-de-Ville, donde Ranvier, que está de guardia, los recibe. El proceso no es largo; las mujeres a Saint-Lazare; los oficiales a las trincheras, con palas y picos.

La una: París duerme con su aliento regular. Ahí tiene usted, amigo mío, el París de los bandidos. Lo ha visto usted pensar, llorar, combatir, trabajar; entusiasta, fraternal, severo con el vicio. Sus calles, libres durante el día ¡son menos seguras en el silencio de la noche? Desde que París se encarga por sí mismo de su policía, los crímenes han disminuido[1]. ¿Dónde ve usted el libertinaje vencedor? Estos obreros que podían nadar en millones, viven con una paga ridícula en comparación de sus salarios ordinarios. A merced suya están los ricos hoteles de los que les bombardean. ¿Dónde están los saqueadores?

¿Reconoce usted a este París siete veces ametrallado desde 1789, más sufrido hoy que Alsacia y Lorena a que ha defendido, este París de incapitulables, siempre en pie para la salvación de Francia?¿Dónde está su programa, dice usted? Búsquelo usted ante sí, no en ese Hotel-de-Ville que tartamudea. Estas fortificaciones humeantes, estas explosiones de heroísmo, estas mujeres, estos hombres de todas las profesiones, confundidos todos los obreros de la tierra aplaudiendo nuestra lucha, todas las burguesías coaligadas contra nosotros, ¿no expresan el pensamiento común, no dicen claramente que aquí se lucha por la República y por el advenimiento de una sociedad social? Vuélvase en seguida a su provincia para hablar de este París. Dígales a las provincias republicanas: “Esos proletarios parisienses combaten por vosotros, que seréis los perseguidos de mañana. Si sucumben, quedaréis por espacio de largos años enterrados bajo sus funerales.”

Versalles en la época de la Comuna

A mil leguas de aquí, Versalles, la amenaza constante. Ciudad de destinos inmutables, llena siempre de odio a París. Anteayer, el rey; ayer, Guillermo; Thiers, hoy. Y, desde 1789, siempre la misma sentencia, la de Breteuil: “¡Si es necesario quemar París, se quemará a París!”. La primera idea de incendiar a París se le ocurrió a la aristocracia francesa.

Las regias avenidas están erizadas de cañones. Agazapados en el patio de honor, los dogos de bronce guardan el palacio, la Asamblea, el antro. Para pasar hay que ostentar galones, ser diputado o confidente; nadie entra en Versalles, nadie puede permanecer allí como no esté incluido en la lista.

El estado mayor rural piafa en los Depósitos: pura sangre de la derecha, caballería ligera, orleanistas, ensotanados. También hormigueaban allí los desplumados funcionarios del Imperio, diplomáticos a lo Gramont, prefectos, chambelanes, domésticos, fugitivos del 4 de septiembre. Para salir de esta situación “no hay más que el rey” dicen unos; “no hay más que el emperador” dicen otros. Reunidos por la tormenta en esta arca de Noé, los antiguos proscritos y los antiguos proscriptores se espían, llenos de odios, a ver quién se engulle la victoria.

Los bonapartistas tienen de su parte al ejército, pero no cuentan con el gobierno, y ésto lo es todo en estos momentos en que los rurales reinan en la Asamblea. Ésta tiene una necrópolis por vestíbulo: la Cámara de los aparecidos, la galería de las tumbas, bolsín de diputados, funcionarios, oficiales, mercaderes, porque trae buena suerte alimentar y equipar a estos ciento treinta mil hombres, sin contar los grandes trabajos de reparación de carreteras, puentes, edificios públicos. Preocupados por sus departamentos, los prefectos escuchan a los grupos, siguen a los misteriosos conspiradores que anuncia a fecha fija la entrada en París. Esos que miran de arriba abajo a los derechistas son los honorables de la izquierda, que sirven de diversión en las sesiones.

Tolain pide explicaciones, desde la tribuna, sobre los asesinatos de la Belle-Epine. El que fue el pilar de la Internacional se ha quedado en Versalles para representar al verdadero pueblo, al bueno, porque él no está contaminado de las “lupercales populacheras” de París.

“¡Basta, basta! -le gritan a este hombre demasiado puro- todo el mundo sabe que nuestros bravos oficiales no son unos asesinos”. El ministro responde parlamentariamente: “El honorable Tolain…”. Se alza un tole tole al oír lo de honorable, y Grévy zanja el incidente: “No hace falta desmentir una calumnia abominable.”. Todo el mundo vuelve a sentarse, lo mismo que Tolain, indignado por la pifia.[2]

La Asamblea, cuando no ruge, se  arrodilla; los sermones alternan con los gritos de muerte. Gavardie pide los tribunales, a falta de la hoguera, para quien niegue la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Si se tarda en votar, el general Du Temple llama a sus colegas al orden: “¡Que estamos haciendo esperar a dios!”.

Fuera de este teatro y de los convoyes de prisioneros, a cuenta de los que surgen no pocas escaramuzas en la Asamblea, la vida es monótona para los rurales. A los más encopetados de ellos les queda el recurso de los grandes cabarets de Saint Germain, cuya terraza de fresca verdura se ha transformado en un Longchamp de mujeres de mundo, de artistas, de actrices y también de las prostitutas y de los periodistas que han trasladado su industria a Seinet-Oise. No hay ni un solo gacetillero que no haya sido, como Louis Blanc, condenado a muerte por el Comité Central, por la Comuna o por alguno de los consejos de guerra, cuyo presidente indica; ni uno que no tenga detalles auténticos de las sesiones del Hotel-de-Ville, de los asesinatos, robos, pillajes y fusilamientos de París. Según los monárquicos, la Comuna está inspirada por Hugelmann, bonapartista notorio ; el Comité Central, presidido por el general Fleury, y las barricadas son construidas bajo la dirección de los generales prusianos[3]. Es Gambetta, dicen los bonapartistas, quien, por mediación de su amigo Rane, inspira a esos comunalistas, cuya infame obstinación ha elevado a 5000 millones las exigencias de Bismarck, y que se atreven a pedir que se juzgue a Bazaine. Los rurales se lo tragan todo; Schoelcher es un fenómeno por haber salido de ese infierno que describe el “Journal Officiel” como “un lugar pestífero del que todos tratan de huir. Los desgraciados que no pueden escapar, se ven reducidos a invocar el apoyo de las potencias neutrales…como en esos países de Oriente donde se necesitan capitulaciones para preservar a los europeos de las atrocidades de los indígenas”. ¡Eso es!, chirría un poetastro que ha abandonado a su madre, a su hermana y a su querida por puro miedo, y ahora mezcla su flauta al concierto rural. El bajo es un rumiante de la Normal que lanza catilinarias. El gordo Francisque Sarcey escribe vulgaridades, lo ve todo rojo, y hace su papel de Breteuil: “Aunque haya que ahogar en sangre esta insurrección, aunque haya que enterrarla bajo las ruinas de la ciudad en llamas, no hay transacción posible. Si la guillotina llega a ser suprimida, habrá que conservarla para los que levantan las barridas.”[4]. Los comunistas le reconcilian con los prusianos, “buena gente a la que se ha calumniado” y cuyo “¡jaá” da gusto oír cuando sala uno de “jaula de monos y de tigres”. “No sería posible imaginar -dice “Le Drapeau tricolore”- todo lo que había en ese ja. Parecía decir: Sí, pobre francés, aquí estamos, no temas nada; ya no volverán a meterte en la cárcel, tendrás derecho a ir adonde te dé la gana; ya no te verás reducido a leer las bobadas de Jules Valles o las sangrientas bufonadas del vodevillista Rochefort; aquí estás en tierra libre, ja, en tierra amiga, ja, bajo la protección de las bayonetas bávaras, ja…No pude menos, a mi vez, de repetir este ja, tratando de tomarle la entonación. El alemán se quitó la pipa de la boca y exclamó: “¡Ah, los franceses siempre alegres! Ja, ja.” Y los dos nos echamos a reír, el uno frente al otro”.

A Versalles, este Sarcey le parece oportunísimo. Muchas cosas más ha de aplaudir aún Versalles. El 16 de mayo, día de oraciones, “Le Figaro” publica un verdadero programa de matanza: “Se pide formalmente que todos los miembros de la Comuna, del Comité Central y otras instituciones de la misma naturaleza; que todos los periodistas que han pactado cobardemente con la matanza triunfante; que todos los polacos ambiguos; que todos los válacos fantásticos que por espacio de dos meses han reinado sobre la más bella y noble ciudad del mundo, sean conducidos, en compañía de sus edecanes, coroneles y demás granujas de la misma calaña, después de un juicio sumarísimo, desde la prisión en que se les haya encerrado, al Campo de Marte, donde serán pasados por las armas ante el pueblo reunido.”

París leyó todo esto, y le dio no poco que reír. Estos versalleses le hacen el efecto de unos posesos del baile de San Vito. París se burla de ellos. Jamás creerá que esos ç00   , como él los llama, puedan ser unos buitres espantosos.


Notas

[1] Claude, jefe de seguridad durante el Imperio. (Encuesta sobre el 18 de Mayo)

[2] Nadie se indignó más que Tolain en 1876 contra Juls Favre, que declaraba que no dependía de nadie más que de su conciencia. En abril de 1896, este ex trabajador, transformado en senador bien cebado, escribía a sus electores, que le convocaban para que diese cuentas de su gestión, que él no tenía “otra regla de conducta que su conciencia”.

[3] “Le soir”.

[4] “Le Drapeau tricolore”