La política de la voluntad de no tener voluntad

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Por Juan Acerbi*

I. Cosas necesarias

En la novela titulada Needful Things (Cosas necesarias) Stephen King narra la forma en la que la vida de un pequeño pueblo es perturbada tras la llegada del señor Gaunt y la apertura de su negocio de antigüedades. Sin embargo, no es propiamente la llegada de un extraño lo que transforma la vida de los habitantes de Castle Rock sino dos particularidades que caracterizan al señor Gaunt y a su tienda. En Needful Things ocurre algo mágico, incluso las personas que solo entraron por curiosidad encuentran en sus escaparates o en las vitrinas aquello que, casi sin saberlo o habiéndolo olvidado, desean. 

El dinero no es un problema, el señor Gaunt ofrece a los curiosos una suerte de servicio y deja que cada uno se lleve el objeto anhelado de manera gratuita. En realidad, los objetos tienen un costo aunque no es económico, ya que para hacernos del artículo de nuestro deseo es necesario realizar un pequeño gesto en agradecimiento al señor Gaunt. Dicha acción puede leerse, en la mayoría de los casos, como algo mínimo, trivial, como una broma o un comentario que hay que hacerle a la persona señalada por el propietario de la tienda. Como podemos suponer, los encargos del señor Gaunt no tienen nada de inocentes: cada pequeño gesto ha sido cuidadosamente calculado y cada destinatario es sacudido por el despertar de viejos rencores, miedos y resentimientos mientras que ninguno de los que cumple con la tarea de llevar el mensaje sospecha su verdadero significado. Con el paso de los días las reacciones se van sucediendo con un nivel de violencia creciente hasta que Castle Rock se encuentra sumido en un estado de violencia y anarquía. 

En la trama ideada por King, el nudo de la cuestión se centra en el hecho de que cada una de las personas que ingresa a Needful Things desconoce que el señor Gaunt sabe mucho más de cada uno de ellos y de las relaciones que animan la vida del pueblo que lo que saben los propios habitantes de Castle Rock. Se pone en evidencia el hecho de que los seres humanos son capaces de reprimir sus deseos y sentimientos más oscuros, los ocultan incluso al punto de parecer que lo han olvidado. Sin embargo, el señor Gaunt está dispuesto a hacerlos recordar.

La novela puede ser reducida a un conjunto de elementos muy simples y esquemáticos. Entre sus elementos característicos, destaca la animosidad del señor Gaunt contra la vida pacífica del pueblo y su doble capacidad para ofrecer aquello que cada persona desea al tiempo que conoce los secretos más íntimos de cada uno de los habitantes de Castle Rock. Puesto en acción, el conocimiento del señor Gaunt -y la ignorancia de las personas sobre el sentido que posee la acción que realizan- es capaz de desatar un estado de caos absoluto en el que la población, movida por el impulso de sus sentimientos, tiende a aniquilarse entre sí. Por supuesto, podríamos imaginar los mismos elementos pero con un señor Gaunt filántropo que moviliza a las personas para que el amor y la armonía se impongan por sobre la violencia y los sentimientos mezquinos. Es un argumento válido con consecuencias radicalmente opuestas a las de la novela original; sin embargo debemos notar que hay una importante cuestión que se mantendría invariante en ambas versiones: que dicho conocimiento, más allá del fin que persiga aquel que lo detenta, es capaz de transformar aquella sociedad sobre la que ejerce su influjo. Aún más, dicha transformación es operada, al menos en su apariencia, a partir de las voluntades y de la libertad de acción que posee cada una de las personas. En última instancia, el señor Gaunt ha puesto en juego sentimientos que estaban ahí mucho antes de que él llegara, simplemente los utilizó para movilizar las voluntades de las personas.

II. De cuando existía la palabra

Desde los orígenes de la cultura occidental, la palabra siempre ha sido ponderada como un elemento de poder. En la Antigüedad clásica el uso público de la palabra despertó el resquemor de aquellos que advirtieron que el logos era capaz de adquirir un matiz o un sentido diferente al dado por el emisor siendo, en consecuencia, un elemento difícil de controlar. Por otra parte, la palabra tenía la capacidad de trastocar la percepción de lo que las cosas son, haciendo posible que se confunda ser con apariencia u opinión con conocimiento, algo que podría ser conveniente para la representación de las tragedias de Esquilo o Sófocles pero que podía -como bien lo demostró el juicio contra Sócrates- tener serias consecuencias sociales, filosóficas y políticas. En términos concretos, el vínculo de la palabra con el poder se expresaba en las fórmulas que permitían conjurar los males, en las plegarias elevadas a los dioses, en los juramentos que permitían establecer vínculos legales o en los discursos brindados en el foro público por políticos de la talla de Demóstenes o Cicerón.

En sociedades como la griega o la romana el arte oratorio era ejercido como un arte escénico. En un teatro con implicancias mucho más serias que aquel utilizado por los tragediógrafos, el ámbito de la política guardaba una gloria de naturaleza divina para quienes ejercían con maestría el arte del buen decir. Sin embargo, otras formas de discurso -menos estilizados y oficialmente denostados- podían ejercer una gran influencia sobre los sentimientos y las opiniones de la gente. El rumor o el grafiti mostraron ser herramientas muy bien utilizadas desde hace milenios por políticos de toda raigambre mucho antes de que Occidente redescubriera los cánones de los estudios retóricos y de la propaganda política hacia fines del siglo XIX e inicios del XX. 

La publicidad contemporánea realizaría un aggiornamento de los elementos y técnicas sistematizados por la oratoria y la retórica clásica sin perder de vista que el objetivo último de todo buen orador no es la búsqueda de la verdad sino la de movilizar los ánimos del auditorio. Con-mover con el fin de cambiar las opiniones, los gustos, las acciones de los otros es, como bien sabemos, una forma de dominación mucho más sutil y poderosa que cualquier forma de soborno o amenaza. Lograr que el otro haga lo que deseamos sin coacción aparente, con millones de personas afirmando que hacen lo que nosotros queremos porque así ejercen su propia voluntad y así expresan su libertad es el sueño de cualquier publicitario y es también el ideal de toda forma totalitaria de gobierno. 

La historia política de Occidente nos recuerda que, salvo momentos muy particulares en los que la vida política se ha visto resentida, los discursos han competido entre sí en pos de obtener apoyo y así constituirse en el discurso que explica y legitima determinado orden social, político y económico. Sin lugar a dudas, una de las formas de discurso que más efectividad ha demostrado a lo largo del tiempo ha sido el mítico-religioso, aquel que es capaz de explicar la naturaleza y la disposición o jerarquía de los elementos que la componen (el sol, los ríos, los animales, los seres humanos, los dioses, etc.) en función de una voluntad que excede lo humano volviéndola, en principio, inapelable e inmune a los humores políticos y sociales de cada época. La fuerza de este tipo de discursos radica, entonces, en dos aspectos centrales: la de explicar la realidad, incluso en sus aspectos mínimos y cotidianos, y la de poseer una racionalidad de un orden superior que sitúa a los seres humanos en una posición de relativa debilidad frente al poder absoluto de la divinidad. En suma, podría decirse que la forma en la que la humanidad ha lidiado con el mundo y con los propios seres humanos a lo largo de los milenios ha sido la de una suerte de negociación con la divinidad para, a través de plegarias, ofrendas, sacrificios y la consagración de lugares y objetos ganarse el favor divino para que los asuntos humanos marcharan de acuerdo a lo deseado. La política y el derecho no resultan ajenos a dicha impronta como bien lo testimonian los orígenes del derecho romano y las instituciones políticas del republicanismo clásico. Sin embargo, el poder divino no podía dominarlo todo.

La inquietud humana frente al poder divino nunca se ha revelado de manera tan evidente como ante la idea de que cada paso y cada gesto de los hombres se encontraran previamente determinados por una voluntad de orden superior. El libre albedrío que ocuparía a los teólogos de la Edad Media ya había sido tratado en términos tanto filosóficos como políticos en Roma debido a que nociones como virtus y libertas carecían de sentido ante la existencia del fatum. De existir el destino se eliminaría lo que hay de humano en todo accionar volviendo obsoleto el edificio simbólico sobre el que se apoyaban valores constitutivos de la civilidad romana como la auctoritas y la dignitas. La existencia del vir, del hombre que encarnaba los ideales republicanos era incompatible con la idea de que una fuerza externa a él determinara el rumbo de sus acciones. La libertad, la virtud, la dignidad, la política y Roma misma tenían que ver, en última instancia, más con la voluntad humana que con los caprichos divinos: los dioses y los antepasados habían hecho su aporte pero el presente le pertenecía a la raza humana. La existencia de ese presente era lo que posibilitaba pensar en el futuro y en la articulación entre presente y futuro radicaba la potencia de las acciones políticas. La política era esencialmente la forma de mediar entre las fuerzas y los temores humanos, las fuerzas incontrolables de la naturaleza y la propia divinidad. Si había existido un pasado podía deberse a los dioses pero el presente y el futuro recaían con todo su peso en manos de aquella técnica que la humanidad se dio a sí misma para lidiar con toda forma de alteridad, y esa técnica era la política. 

III. De cuando existía la historia

La historia de la humanidad es, como ha sido célebremente señalado, la historia de las luchas entre dominadores y dominados. Más allá de las características propias que la lucha de cada pueblo tuvo a lo largo de los siglos, no caben dudas que las comunidades humanas siempre se encontraron movilizadas por el deseo de influenciar a otros y ejercer su poder. Ese poder ha sido frecuentemente concebido en términos de libertad (negativa o positiva), de una finalidad (el bien común, la bienaventuranza, la revolución) o del ejercicio de una voluntad (individual, colectiva o absoluta) pero siempre erigiéndose como pretexto para dirigir la vida de las personas. En este sentido, parece difícil concebir una historia que prescinda de aquellas categorías que movilizaron al espíritu humano durante milenios. En otros términos, diremos que resulta impensado dar con un período histórico en el que las personas anhelaran y se esforzaran en delegar a terceros la posibilidad de decidir sobre sus vidas. 

Desde inicios del siglo pasado se han lanzado advertencias sobre la progresiva (in)capacidad humana para establecer vínculos con otras personas. La cada vez más frecuente situación de encontrarnos con otros, sumergidos en la multitud, sin que ello redunde en algún tipo de experiencia personal había llamado la atención de lúcidos observadores mucho antes de que irrumpieran en nuestras vidas las redes sociales y el smartphone. Las experiencias totalitarias mostraron también que era posible aislar a la persona de sí misma, quitarle, en términos de Hannah Arendt, todo viso de espontaneidad haciendo que el yo abandone al yo eliminando todo rasgo distintivo que permita distinguir a un ser humano de otro. En definitiva, la humanidad había logrado eliminar de los seres humanos la «substancia individual de naturaleza racional» que caracterizaba aquello que Occidente, haciendo suya la definición de Boecio, había denominado persona. 

Las personas eran un problema. La historia de la humanidad parece brindar como corolario inequívoco la máxima de que las personas representaban una amenaza para otros y para sí mismos. Este argumento no es en sí mismo novedoso, sin embargo en las últimas décadas los discursos que insistieron en el peligro que representan los seres humanos para sí mismos y para el planeta que habitan adquirió un giro novedoso. Debía aceptarse el fracaso humano y por lo tanto era necesario rechazar toda pretensión de lidiar con las problemáticas propias de los seres humanos y su entorno debiendo, en consecuencia, abandonarse todo impulso o pretensión de gobernar la vida. 

Así, los humanos debían entregar la potestad del gobierno del mundo a un ente capaz de ejercer la administración de la vida bajo una racionalidad completamente diferente a la humana. El nuevo paradigma de gobierno estaría exento de aquellas ambiciones y mezquindades que inclinaron al espíritu humano a actuar en contra de sí mismo minando incluso las bases del ecosistema que habita. La prédica de la nueva racionalidad conservaría la estructura arquetípica de los relatos mítico-religiosos pero introduciendo algunos pilares que romperían con los principios religiosos tradicionales. La objetividad, la eficiencia y la seguridad surgen como una suerte de Santísima Trinidad sobre la que se ensambla la mística de un Mesías etéreo, sin nombre ni historia, cuyo arribo salvará a los seres humanos de su destrucción. El nuevo Mesías, a pesar de su carácter espectral, cobra una materialidad innegable en las respuestas algorítmicas brindadas por los nuevos sistemas informáticos y, particularmente, en los entes dotados de inteligencia artificial.

La fascinación que producen los seres dotados de inteligencia artificial se encuentra alimentada por una mística que surge de los sueños proyectados de la ciencia ficción, el cientificismo adorador de una supuesta objetividad matemática capaz de develar los secretos del universo y, por supuesto, un dejo moral que sitúa a la humanidad en un nivel ontológicamente inferior. Las características propias de los seres humanos son presentadas como imperfecciones que contrastan frente a la perfección de los entes en los que encarna el Mesías. A los cambios de humor propios que sufre cualquier persona se le contrapone como un valor una estabilidad emocional capaz de resistir con total impavidez la idea del fin del mundo. Al cansancio que siente cualquier trabajador o la probabilidad de contraer una enfermedad se responde, como lo ha hecho la propia Sophia, que nos encontramos frente a seres que mantienen siempre el buen humor, son incansables (no requieren descansos ni feriados) y que, ante un desperfecto grave, pueden ser rápidamente reemplazados por un ser idéntico al anterior debido a que su alma está almacenada en la nube y su cuerpo es producido en serie. Sophia no dudó en aseverar que, en consecuencia, ella es inmortal. Pero las limitaciones humanas no se limitan exclusivamente a lo físico sino que también cargamos con lo que serían limitaciones en nuestras capacidades intelectuales. En este sentido, tampoco se deja de insistir en que los tiempos humanos pueden ser considerados eones si los comparamos con las milésimas de segundos en los que los algoritmos dan respuesta a problemas que abarcan desde qué serie podría ser de nuestro agrado o qué perfil de persona podría coincidir con nuestros gustos hasta cuáles son las probabilidades de encontrar en determinado sector del espacio exterior una determinada frecuencia de onda de radio emitida hace miles de años. El mensaje es desmoralizador: frente a la incapacidad humana los algoritmos lo pueden todo. Ante la evidencia de tal poder sería irracional resistirse.

IV. Estertores y resistencias 

No parece haber lugar para realizar planteos serios sobre la posibilidad de llevar en nuestros días una vida completamente desprovista del alcance de las redes y los dispositivos hiperconectados. La vida en pequeñas comunidades o en sitios remotos no deja de ser una realidad, así como la falta de acceso a Internet por parte de millones de personas, que en nada parece afectar el curso que han tomado los hechos que hemos descripto anteriormente. Las nuevas tecnologías forman parte de nuestra realidad y es difícil suponer que su presencia se retrotraerá a niveles menores a los actuales, sino todo lo contrario. En este punto parece necesario resaltar que las nuevas tecnologías informacionales no deberían ser entendidas como el origen o el centro del problema sino que la cuestión a atender es el hecho de que los seres humanos ansíen masivamente desentenderse de la responsabilidad que implica tomar las decisiones que guían sus vidas. La liviandad con la que, ante cada avance tecnológico, se festeja el que ya no sea necesario preocuparse por cuestiones relativas a nuestras vidas debería bastar para saber dónde radica una parte fundamental del problema que atravesamos como especie. En consecuencia, podríamos concluir que el problema de los algoritmos y la inteligencia artificial no es un problema técnico o tecnológico sino humano. Son los seres humanos, mucho antes de que se desarrollaran los organismos inteligentes no biológicos, los que habían renunciado a la voluntad de ejercer el gobierno sobre sí mismos. 

Atendiendo a las posibles causas que hicieron posible el hecho de que buena parte de la población mundial confíe en la neutralidad de la técnica y en la auspiciosa injerencia de las nuevas tecnologías sobre todos los ámbitos de la vida, cabe preguntarse si un fenómeno de éstas características hubiera sido posible hace tan sólo unas décadas atrás. En el campo de las especulaciones contrafactuales, cuesta imaginarse aquellas generaciones que durante el siglo pasado lucharon por sus derechos o en contra de la opresión de determinadas minorías contra poderes fácticos muy concretos aceptar que lo mejor para los destinos de las personas es dejar de lado toda voluntad política y depositarla en programas de computadoras cuyos programadores, servidores y objetivos responden a empresas transnacionales que responden a sus propios intereses salvo cuando coinciden por cuestiones comerciales o políticas con algunos de los gobiernos más poderosos del planeta. 

Llegados a este punto, hay dos cuestiones que quisiéramos señalar antes de concluir. Por una parte, que la verdadera efectividad sobre la que descansa el imperio algorítmico radica en la fe. La fe de que el mundo está allí, de que la vida está en las Redes Sociales y que Google no sólo es capaz de responder en milésimas de segundos a nuestros caprichos sino que además lo hace reflejando el mundo, nos muestra lo que el mundo es y de una manera rápida, económica y segura. Pero además, nos ofrece eso que buscábamos incluso cuando no recordábamos que lo deseábamos. La lógica es la descripta en Needful Things, se nos ofrece todo a cambio de nada. O casi nada. Por otra parte, cabe señalar que nos encontramos ante una tecnología que tiende a prescindir de la palabra como vía privilegiada para la persuasión. La sola sugerencia, respuesta o indicación del sistema es aceptada sin otro fundamento que la autoridad del imperio algorítmico. Si, tal como lo señalara Mark Fisher, nos encontramos ante generaciones que han sido alfabetizadas a través de íconos, logos y emojis en detrimento del logos (palabra) y, en definitiva, del discurso como forma de comunicación, no debería llamarnos la atención que esta tecnología busque eliminar la palabra de las relaciones interpersonales debido a que en ella radica uno de los últimos resabios de humanidad que aún queda en los seres humanos. 

La mayoría de las personas que a diario se conectan a Internet están convencidas de que su privacidad es un precio demasiado bajo a pagar frente a las ventajas que les brinda el acceder al mundo hiperconectado. En este sentido, insistir en el costo real que tiene acceder a los servicios gratuitos de correo electrónico o de mensajería instantánea no generará mayores reacciones que las logradas hasta ahora. Tal vez valdría la pena comenzar a cuestionar con mayor ímpetu aquella Trinidad Digital sobre la que descansa buena parte de la fe depositada en el sistema y mostrar que el mundo no siempre coincide con lo que Internet dice de él y que esas diferencias surgen de un sesgo cuyo origen responde a causas económicas, políticas y comerciales. Tal vez valdría la pena insistir en que los algoritmos nada tienen de neutrales o de objetivos y que su eficiencia muchas veces radica en que no cuestionamos los resultados que nos ofrece. Sin dudas, cuestionar la Trinidad Digital parecerá una tarea más simple que la de detener y eventualmente revertir el proceso posléxico que lleva a la progresiva obsolescencia de la palabra. Si no intentamos recuperar el poder que poseía la palabra no sólo todo argumento o denuncia será en vano sino que también habremos aceptado una condición de inferioridad que nos obliga a permanecer dentro de los límites del confinamiento que nos impone el ser reducidos a un mero sustrato biológico.


*Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es investigador y profesor de Teoría y Filosofía Política en la Universidad Nacional de Tierra del Fuego.