La disputa por la revolución tecnológica: Economía de plataforma y los datos

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Por Hernán Martini*

Las películas futuristas son cada vez menos distópicas y más realistas. Asistimos a un periodo de la historia de profunda transformación, cuyos rasgos centrales marcan la época en la que vivimos, y tienen como nuevos actores a las tecnologías emergentes tales como plataformas, big data, fabricación aditiva, robótica avanzada, aprendizaje automático, inteligencia artificial y la internet de las cosas. 

Estos cambios implican novedades en varios aspectos: formas de producir, nuevas materias primas y su consecuente explotación, relaciones de producción y, por lo tanto, la reproducción de las ideas. Es tal el avance de este sector de la economía que pasó de ser un mero bien de uso en la vida cotidiana a intermediar todo tipo de relaciones, ya sean comerciales, laborales, familiares o afectivas. La economía digital se está transformando en un modelo hegemónico. Los modelos de negocios cambiantes y los trabajos tienden a ser más flexibles. Frente a esta realidad, los gobiernos deben ser capaces de asimilar las nuevas condiciones del sistema capitalista. A su vez, los cambios implicados en el trabajo digital representan cambios en la relación capital-trabajo, por lo que los diagnósticos respecto a las economías de plataforma son esenciales para cualquier proyecto político socialista del siglo XXI.

La coyuntura que atravesamos durante la pandemia del covid-19 aceleró todos esos procesos por varias razones. El ejemplo más claro es el crecimiento del comercio electrónico que en los primeros meses de pandemia creció lo que tenía proyectado crecer en los próximos cuatro años, dicho por los propios empresarios del sector. Es una penetración de hecho en la vida cotidiana de las personas y se instaló con velocidad en el imaginario social las posibilidades que brinda, como así también el conocimiento para utilizarlo. No solamente se aceleró la venta de productos vía internet, sino que servicios como la capacitación a distancia hoy son mucho más frecuentes que hace meses, y servicios o terapias que antes requerían de la exclusividad de la presencialidad, hoy ya no la requieren. 

Los actores centrales de esta transformación son las plataformas, que emergen como un nuevo modelo de negocios de alta concentración, capaz de extraer y controlar la materia prima del siglo XXI, los datos. Se trata de infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos de personas interactúen haciendo de intermediarias que reúnen diferentes tipos de usuarios: clientes, anunciantes, proveedores de servicios, productores, distribuidores e incluso objetos físicos. A su vez, ofrecen una serie de herramientas que permiten a los usuarios construir sus propios productos, servicios y espacios de transacciones. Además, generan entre ellas subvenciones cruzadas, ofreciendo servicios gratuitos con el fin de obtener más registro de usuarios y que utilicen más seguido sus plataformas. El ejemplo más claro es el servicio de correo electrónico, que es gratuito porque la rentabilidad se obtiene de otros servicios paralelos como la publicidad. (Srnicek, 2018).

Las plataformas no solamente son intermediarias entre usuarios o tipos de usuarios, sino que imponen reglas, comisiones, costos y formas de funcionamiento. Y a medida que concentran datos y proporciones mayores del mercado al que se abocan, tienen mayores posibilidades de imponer nuevas condiciones y reglas del juego.

Todas estas empresas dependen de efectos de red o “bola de nieve”, es decir que mientras más numerosos sean los usuarios, más valiosa se vuelve esa plataforma. Esto se observa con facilidad en el uso de las redes sociales y plataformas de la actualidad. Ya que si alguien quiere unirse a una plataforma para socializar se registra a la que ya usan la mayoría de sus conocidos, como Instagram o Twitter, o si quiere vender un producto en Argentina lo publicará en MercadoLibre. De la misma manera, mientras más sean los usuarios que buscan en Google por ejemplo, “mejores” se vuelven sus algoritmos y más útil se vuelve para los usuarios. Se trata de un ciclo que lleva a una tendencia natural a la concentración de los datos y a la monopolización. 

Además, las plataformas más importantes se están convirtiendo en dueñas de las infraestructuras de la sociedad, por lo que las tendencias monopólicas deben tenerse en cuenta en cualquier análisis que se haga de sus efectos en el resto de la economía. Que este artículo seguramente esté “colgado” en los servidores de la empresa Amazon lo dice casi todo. Esta discusión se está dando en el mundo, no es exclusiva de nuestro país. Tanto las regulaciones en Europa sobre las empresas digitales, para apropiarse parte de la renta generada o los debates sobre la concentración y leyes antimonopolio en EEUU son un antecedente que debemos mirar con atención. Sin embargo, nuestra mirada debe atender nuestra realidad particular, con foco en las necesidades que afectan a la región sin importar modelos que no necesariamente sean factibles de ser copiados y pegados. 

Inteligencia capitalista artificial

Si bien hay diferentes tipos de plataforma, el negocio que tienen en común es el valor estratégico de los datos. Estos son un activo transable y el medio a través del cual se comercian diversos servicios y se organizan las cadenas globales de valor. La extracción y procesamiento de una inmensa cantidad de datos, constituye un punto central en la formación de las grandes compañías monopólicas. Esta información de cientos de millones de usuarios que los entregan gratuitamente es procesada con algoritmos y monetizada mediante la venta de publicidad enfocada por perfiles. 

Una de las cualidades más importantes de este “nuevo petróleo” radica en que la fórmula de su crecimiento es exponencial, ya que mientras más información se acumule los algoritmos funcionan con mayor precisión, predicen mejor y aprenden de sí mismos. Es decir que todo el proceso completo tiende a la acumulación y concentración. El modelo de negocio necesita de mayor cantidad de información que los usuarios le proveen de manera gratuita, y a medida que la obtiene se vuelve más eficiente su extracción, haciendo imposible la competencia de nuevos actores. 

Los datos son el insumo fundamental de la inteligencia artificial, es por esto por lo que los países con mercados internos más grandes, y por lo tanto más datos, tienen mayores avances sobre su desarrollo. 

Los usuarios entregan la información que luego será utilizada para direccionar sus propios consumos. Pero es importante comprender que los modelos predictivos de los algoritmos que analizan el pasado para predecir el futuro, no son inocuos, sino que reproducen y replican las condiciones sociales objetivas y subjetivas preexistentes. Cuando, por ejemplo, una plataforma de streaming recomienda al usuario películas o series gracias a la información recabada y procesada, controla y reproduce tipos de consumo, que son cómodos al usuario, pero estanca los segmentos sociales de pertenencia. Los datos son administrados por los algoritmos que lo que hacen es procesar y dirigir su flujo. Lo vemos claramente en los motores de búsqueda donde los resultados que un usuario obtiene no son inocentes, sino que hay una decisión política escondida detrás de códigos de fuente, para arrojar los resultados de la consulta. Se tiende a pensar que esos resultados son los más eficientes a los fines de la búsqueda original, porque tienen que ver con los datos que previamente la empresa ha tomado del usuario y que le permiten brindarle los resultados que busca. Pero la realidad es que los algoritmos están ideados fundamentalmente para obtener mayor rentabilidad. Permanentemente captan nuestra atención y de alguna forma imponen nuestros consumos, no somos inmunes a la publicidad. Así como conocer es transformar, el algoritmo predice y produce. Nos convierte en lo que quiere que seamos. Al estancar los grupos, les muestra una realidad distinta a la del segmento anterior, y les permite moldearlos. 

Las palabras Inteligencia y Artificial, a priori parecen ideológicamente neutras, pero esconden su carga valorativa presentando todo un catálogo de imparcialidad, como la tecnología, el consumo, los modelos de negocios, la flexibilización, etc. 

Podríamos investigar y apelar a innumerables estudios sobre la inteligencia y tipos de inteligencia, pero solo basta con decir que existen, como para presuponer que hay diferentes comprensiones de su definición. Por lo tanto, sería matemático afirmar que cuando nos referimos a la inteligencia de la inteligencia artificial, nos referimos a un tipo de ella. No se trata de un recorte del concepto, al contrario, implica todo un orden, un sistema de funcionamiento, de operativización de datos, de procesamientos, de creatividades e incluso de administración de emociones y sentidos colectivos. La pregunta es hacia dónde dirige ese sistema, qué es lo que está creando, cómo afecta a la sociedad y los individuos.  Y es que el uso del aprendizaje automático para hacer predicciones y analizar los comportamientos de personas se basa en tipos de inteligencias priorizadas por el capitalismo tales como la eficiencia y competitividad que no reflejan inocuamente la esencia de los que somos, o la sociedad que queremos construir. Es por esto por lo que es necesario un profundo debate público y de reflexión sobre el tema, en lugar de presentar la IA simplemente como software imparcial y técnicas inmutables para la facilitación de tareas.

Innumerables ejemplos nos obligan a repensar la función de la IA. Hoy los algoritmos y aprendizaje automático son fundamentales para el reclutamiento digitalizado, en el cual las decisiones para la detección de talentos, las entrevistas, el desempeño de los trabajadores y trabajadoras, sus patrones de salud y otras cuestiones de gestión operativa se efectúan con asistencia digital. Se hacen predicciones respecto a la aptitud de los postulantes, pero también los algoritmos contienen sesgos raciales y de género. El uso de tecnologías como el reconocimiento facial y de voz, la selección automatizada de CV y la elaboración de perfiles reproducen prejuicios políticos en torno del género, la etnia, la religión etc.

Es necesario abordar estas cuestiones para que las sociedades puedan evaluar y regular los nuevos usos de la IA ya que nuestra sociedad no debería subordinarse a la economía capitalista, sino que esta debe adaptarse a nuestro ideal de sociedad. 

Oportunidad e innovación social. 

Como vimos, la aparición de los datos como una materia prima obliga a los países a tomar una decisión respecto a su uso, su explotación, sus refinamientos y su protección. La forma que adquiere el mercado contemporáneo requiere entender al Estado asimilado al capitalismo de este siglo. Pensar en este tipo de economías es un desafío, pero también presenta la oportunidad de incorporar nuevos elementos de desarrollo para asumir un rol activo y por ende participativo. Las nuevas tecnologías no necesariamente tienen que ser perjudiciales, si como herramientas de la nueva economía son reguladas inteligentemente para incidir en la transformación social en un sentido más justo. Asimismo, podrían fomentar fuertemente a las PYMEs y las cooperativas, dar un impulso federal, desarrollar innovaciones productivas y colaborar a la planificación de un modelo de país integral. 

El Estado debe tener una fuerte intervención en este sector, ya que como se mencionó más arriba, se trata de modelos de negocio monopólicos con características específicas. El desafío es pensar estratégicamente la función (social) de la tecnología y a su vez fomentar la inversión en el área. Las posibilidades que ofrece el soporte digital deben potenciar la imaginación, no limitarla y, por lo tanto, es importante que no la dejemos librado al mercado cuyo único eje ordenador es la competencia. El horizonte que promete el avance de la tecnología abre muchos caminos, por lo que sería no sólo inequitativo, sino poco inteligente avanzar solo en el sentido del capitalismo salvaje. Hoy, es posible optimizar operaciones en áreas tan diversas como la defensa del consumidor, el mantenimiento predictivo o la gestión de redes de energía, transporte, salud, la educación pública avanzando hacia un desarrollo sustentable. Entender la inteligencia artificial como bien público permite al estado desarrollarla como infraestructura, apropiarse de ella, planificar su promoción y dar acceso a los diferentes actores de la economía y la sociedad civil.  De esta forma se podría incentivar y planificar modelos societarios, poniendo al servicio no solamente el soporte físico identificando necesidades y preferencias que pueden satisfacerse con la oferta de nuevos productos y servicios, sino también avanzando en la implementación de nuevos procesos operativos que respondan a mejores condiciones de la clase trabajadora.  

Todo lo expuesto exige nuevas políticas que operen en una estructura de gobernanza adecuada a las nuevas realidades, logrando innovaciones institucionales avanzadas que requiere que pensemos la dirección en que habrá de desarrollarse nuestra infraestructura digital para pensar la transparencia y ampliar horizontalmente la participación ciudadana. 

La apropiación de la revolución tecnológica por parte de grandes monopolios privados debe ser combatida inteligentemente y ponerla al servicio de las mejoras en las condiciones de trabajo, de educación, de salud, de igualdad, de transparencia, de participación ciudadana y, por qué no, de la felicidad de las grandes mayorías.  La alternativa es encontrar soluciones que apelan a la tecnología para conseguir un futuro más justo, pero la decisión es esencialmente política. 


Imagen: https://www.nubedigital.mx/flexo/post/que-es-la-economia-digital-