Ekaitz Cancela: «No hay un cambio en las leyes sobre cómo se debería entender el capitalismo en la era digital»

Print Friendly, PDF & Email

Por Juan Delgado

Ekaitz Cancela es un joven periodista independiente, nacido en el País Vasco, que ha dedicado la mayor parte de su incipiente carrera a la investigación sobre las nuevas tecnologías de la información. El periodista realiza una lectura desde la filosofía políticay la economía sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el capitalismo actual y las tareas de la izquierda de cara a las nuevas configuraciones de las clases trabajadoras.

Ha publicado el libro «Despertar del Sueño Tecnológico», editorial Akal, en 2019. Además, colabora con diversos periódicos independientes de España y revistas académicas y de análisis social.


Sociedad Futura: En tu libro «Despertar del Sueño Tecnológico» empezás haciendo un juego con la lectura que hace Benjamin de su época histórica como una especie de desarrollo del capitalismo como catástrofe. Y trazás un paralelismo con la época actual, donde la tecnología y la infraestructura digital juegan un papel importante. ¿Nos podrías explicar cómo haces esa lectura de la realidad en relación con la tesis benjaminiana de la catástrofe?

Ekaitz Cancela: Bueno, es una explicación que, de la manera más breve posible, lo que trata de ver es el anuncio de Benjamin de cómo el desarrollo tecnológico en manos de la burguesía durante el Siglo XX se refleja en última instancia en el nazismo. Se refleja en ese punto porque son las mismas máquinas, el mismo desarrollo técnico que había dado lugar al capitalismo industrial el que posibilita la aniquilación humana más grande de la historia, que es la que lleva a cabo el nazismo. Él utiliza ese análisis para anunciar un momento de peligro. Lo que intentaba hacer era anunciar que los tiempos estaban preparados para largar la lucha. Es decir que existía una luchas de clases, un reconocimiento de Benjamin a través de otras estéticas de la tecnología. Ahora se trae a la actualidad para llevarlo a un punto más allá, para decir que ese anuncio que llevó a cabo Benjamin se repite no solo de manera filosófica, sino que tiene mucho que ver con las conexiones económicas. Benjamin trataba de ver la economía en la cultura. Pero en aquella época tuvo lugar una enorme crisis y el capital la forma que tuvo de solventarla fue la de utilizar la economía contra el trabajo. Solo que aparte de utilizarla contra el trabajo, la utilizó contra el humano. Fue una lectura fascista. Lo que tenemos en la actualidad no es algo similar porque la tecnología es muy distinta y los mecanismos de poder y de control son también distintos. Son adaptados a la época actual. Pero el anuncio de Benjamin se mantiene intacto. Es decir: se puede utilizar la técnica en otra dirección; se puede utilizar para trascender al capital.

SF: Y todo este pensamiento que deriva de la caída del Muro de Berlín acerca del Fin de la Historia, el fin de las ideologías y del conflicto social, ¿en esta situación cómo ingresa, en tu opinión?

EC: Es evidente que la lucha de clases nunca ha desaparecido. Lo que se hizo en la Guerra Fría fue, por así decirlo, utilizar todos los mecanismos tecnológicos que habían dado lugar a la vinculación del ser humano y llevarlos desde un plano del ámbito militar a una traslación liberal, donde todo tenía lugar a través del mercado de consumo. Esas tecnologías lo que hacían era ayudar al consumidor a informarse mejor y ahí se desarrolla toda la industria de la publicidad. Y también se desarrolla algo muy importante, que es la tecnología como la televisión, avanza el cine que ya era masivo desde la Segunda Guerra Mundial, se comienza a darle lugar a los ordenadores y a los dispositivos móviles. Es decir: la introducción de pantallas. La ideología liberal lleva los campos de concentración a un smartphone para eliminar las tendencias autoritarias del capital imponiendo la idea de que la democracia liberal puede por sí misma tolerar las tendencias autoritarias del capitalismo. Claro, si contra los fascismos se trae la democracia liberal, se parte de una idea errónea. La política o la democracia liberal no puede por sí sola soportar los mecanismos autoritarios del capital. Y eso es lo que estamos viendo con la segunda crisis, con la emergencia del neoliberalismo, que lo que lleva a cabo es una solución similar a la fascista pero por otros medios. Se da la misma manipulación de las masas solo que ocurre a través de una ideología donde priman los tecnócratas, los expertos, en la toma de decisiones políticas. Debilita el Estado desde dentro, al contrario de reforzarlo. Y al contrario de Hitler y ofrecer pleno empleo destrozan al trabajador para remontar las ganancias.

Son lógicas muy distintas que nacen como una respuesta al fascismo todas, pero que realmente no le dan solución sino que crean otros problemas distintos que son los que observamos ahora mismo.

SF: ¿Cómo se vincula todo esto con el fenómeno reciente, que Enzo Traverso llama neofascismo, con las nuevas tecnologías (redes sociales, medios de comunicación?

EC: Aquí la cuestión más importante es cómo se vincula el auge de los nuevos fascismos, de los populismos de derecha o como se le quiera decir, con las tecnologías de la información. Al fin y al cabo, el mecanismo central del fascismo -así lo entendía Benjamin- es impedir a las masas recuperar los derechos a romper las relaciones de producción capitalistas. Por este motivo, el fascismo lo que hace apelar a un ente o líder supremo que permita detener el tiempo histórico para aplicar todas las medidas posibles para que la industria alemana siga ganando dinero. 

¿Eso cómo se traslada al presente? ¿Estamos viendo que las tecnologías en manos de la ultraderecha estén sirviendo para algo distinto a mantener el poder de las empresas estadounidenses? No. Están utilizando sus mismas herramientas -Trump y Bolsonaro lo han explicado muy bien-, los mecanismos de la democracia liberal tal como decía Goebbels, a través de las redes sociales para destruirla. Las redes sociales y las tecnologías digitales propulsan una dinámica que ya era propia de las fallas de la ideología liberal, que es la incapacidad de soportar al capitalismo. Como es incapaz de reconocer esa teoría, los líderes ven esa contradicción y utilizan la tecnología para explotar la ambivalencia del liberalismo y llevarlo hacia una etapa más autoritaria. Pero esto es la forma en la que se crearon los fascismos en realidad. Entonces no es nada nuevo. Las tecnologías hacen más rápido ese proceso que históricamente podría haber sido más largo. Además, y eso también es importante, las tecnologías dotan a esta lucha de un aura más sutil. No se entienden los efectos que provocan, no los sabemos. Al contrario de lo que podía decir Benjamin del cine. Pero aquí no lo percibimos: estéticamente nos bloquean y nos lleva hacia el consumo. Ahí está el punto de hegemonía.

SF: Esto es un desarrollo que viene hace varios años, obviamente. Sobre todo con el auge y la explosión de las tecnologías de la información en las últimas décadas. Pero de alguna forma la pandemia aceleró estos procesos cuando introdujo la tecnología en ámbitos de nuestra vida en los que antes estaba presente todavía de forma incipiente. Esto en un artículo lo mencionas, pero me gustaría que lo desarrolles. La tecnología de alguna forma consolidó al mercado como organizador de la vida social, a través de las aplicaciones de compraventa y distribución de mercaderías y el crecimiento de las empresas tecnológicas en cuanto a su capacidad de empleo de fuerza de trabajo. Esto se da tanto en Europa como en Estados Unidos, Latinoamérica, Asia y África. 

EC: Aquí tenemos que tener una cosa clara. La digitalización es un producto del desarrollo capitalista. Es decir que la revolución industrial, la revolución digital es un producto del desarrollo capitalista y no al revés. La tecnología por sí misma no lo acarrea. El capitalismo va por una autopista subterránea a la que llega la tecnología. Y la tecnología puede hacer desviar esas vías o las puede reforzar. ¿Cuál era la lógica del capitalismo antes de que ingresaran las tecnologías de esta forma? Consideraba al ciudadano o consumidor soberano, una persona que solo se relaciona por y para el mercado, ya sea como trabajador que se civiliza a través del consumo y que las tecnologías le dan mayores capacidades para hacer eso ya sea con Amazon, con los anuncios super-dirigidos. En el ámbito de la producción se dan otras dinámicas: el ataque neoliberal al trabajo ha de recuperar la tasa de ganancia de las firmas que se lleva a cabo con una política de bajar los tipos de interés y al hacerlo crear un mercado propicio para las tecnologías y para que se invierta en esa industria y se expanda. Hasta en las lógicas financieras se da esta situación capitalista. Entonces en la producción lo que vemos es otro ataque al trabajo pero con herramientas de vigilancia. Pero no hay nada nuevo en el uso de las tecnologías actuales en manos capitalistas. Lo que hay es una estética o un poder más invisible, pero nada más.

SF: Un poco me das el pie para que conversemos de algo que en realidad está muy en boga: la identificación de este período capitalista como progresivamente un capitalismo de plataformas o capitalismo digital. En algunos artículos discutís con estas posturas. Con Mazzucato por ejemplo, que hoy en día tiene bastante reconocimiento como una economista que piensa estos procesos. Entiendo que vos no lo describirías de esta forma. ¿Qué tiene de nuevo todo esto entonces? ¿Hay algo nuevo? ¿Por qué crees que no se marca una ruptura considerable con respecto a las últimas décadas?

EC: Bueno creo que lo que supuso una ruptura en el capitalismo fue el paso del capitalismo mercantil al industrial. Eso es un debate muy grande que ha tenido lugar en el seno del debate de los teóricos del sistema mundo, que partían de la base de que el capitalismo mercantil se caracterizaba por la rapiña, el robo y la extracción de recursos de manera gratuita. De este modo se introducían los mercados y así se daba la explotación capitalista. Lo que trae el capitalismo industrial es una segunda característica que es la extracción de plusvalía. Es, como dice Marx, uno de los mecanismos fundamentales junto a los anteriores. Eso nos lleva a la conclusión de que no hay nada nuevo en el capitalismo actual tal como lo comprendemos ahora. Básicamente porque se siguen manteniendo las características anteriores. Sí que es cierto que hay un robo, una rapiña de recursos que son colectivos. Ese es el extractivismo de datos: es apropiarse de nuestros datos para ser capaces de crear modelos predictivos que ya no solo nos guían política y socialmente sino que también económicamente (y que encima nos hacen pagar por esos datos). Ya no es como si cogieras tierra y montaras un enorme sistema agrícola y luego cobraras por esos productos para obtener ganancias. Pasa lo mismo con los datos pero aparte hay un mecanismo de plusvalía. Nosotros producimos valor, producimos una plusvalía. Los periodistas, cuando indexamos a Google, estamos produciendo una plusvalía. Estamos trabajando para Google. Entonces hay varios mecanismos. Pero eso no es nuevo. Y lo que vienen a decir varias de las nuevas teorías, incluida Mazzucato y Srnicek, es que hay una nueva financiarización de la economía. Pareciera que el crecimiento o auge del crédito o de los mercados especulativos fuera una característica nueva y central del capitalismo, cuando no lo es. Estos intentos de un capitalismo de plataforma o cognitivo se han ido produciendo de manera histórica, al menos desde el surgimiento del neoliberalismo, e impide entender bien que el capitalismo puede existir con o sin neoliberalismo. Srnicek y todas estas personas hacen una crítica en última instancia al neoliberalismo, pero no están atacando las bases centrales de la economía. Srnicek acaba proponiendo la nacionalización de las plataformas porque son un monopolio y hay que regularas. Eso termina dando lugar a un debate donde la derecha puede utilizar el concepto de monopolio para, por así decirlo, ganar la discusión: «esto es un monopolio, hemos vuelto al pasado, hay que volver a capitalismo más duro». Y la izquierda argumenta que son monopolios y por eso hay que regularlos y nacionalizarlos. Mazzucato los quiere controlar un poquito para que distribuyan valor y ya. Pero ese no es el problema. Esas empresas no son monopolios, son firmas que compiten en el mercado. Son firmas que compiten pero porque la competencia no desaparece, sino que el propio desarrollo de los medios de producción lo que hace es intensificar la competencia, ya no entre medianos y pequeños capitales, sino entre grandes capitales: Google, Facebook y esas empresas. No hay un cambio en las leyes sobre cómo se debería entender el capitalismo en la era digital. No lo hay. Y el hecho de focalizar en el punto digital del capitalismo impide tener un debate más amplio sobre las soluciones económicas que tienen que ir mucho más allá de los monopolios, que limitan mucho la imaginación para pensar en alternativas. 

SF: De todas formas, ¿crees que de alguna manera se reconfiguró la relación entre capital y fuerza de trabajo? Las modalidades en las que se ejerce esa dominación o esa extracción de plusvalía han ido modificándose históricamente. Vos mismo lo marcaste con el surgimiento del capitalismo industrial. Ahora estamos en una etapa en la que en el capitalismo tiene una gran importancia el sector de los servicios, las tecnologías, la comunicación y demás. ¿Cómo pensás que juega allí la relación capital-fuerza de trabajo que es constitutiva del capitalismo, sea digital o industrial?

EC: Lo que es constitutiva es la intensificación del tiempo de trabajo, porque cuanto más lo intensificas más puedes aumentar la plusvalía; y otra dinámica, que es la reducción de los salarios, y cuando eso no es suficiente, la introducción de la automatización de los procesos productivos. Evidentemente para aumentar la productividad, aumentar la plusvalía, continuar la acumulación de capital y por lo tanto conseguir rentabilidad y ganancias a largo plazo. Eso es lo básico. 

¿Cómo tiene lugar en la era digital? Bueno, la intensificación del tiempo de trabajo o la extensión del tiempo de trabajo se logra gracias a las tecnologías digitales porque permiten tener a un trabajador constantemente conectado a un teléfono o a su ordenador y montar una oficina en su casa. Cuando montas una oficina en casa,  por las características que tienen las tecnologías: notificaciones, conexión perpetua a WhatsApp, lo que permite es un mayor control, una situación psicológica y psíquica donde el trabajador ya en su subconsciente está presente en el trabajo porque está en su mesilla de noche y se mete. Este proceso da lugar a cosas distópicas, como que Google tenga una aplicación para controlar el sueño de los ciudadanos y de los trabajadores. Eso puede permitir ver qué trabajadores son más propensos a tener depresiones, qué trabajadores van a ser menos rentables. Y esos trabajadores luego no se contratan, básicamente porque son más proclives a coger días de baja. Entonces se va desarrollando la automatización de los procesos productivos. Se necesitan máquinas que hagan el trabajo del hombre, que pueda conseguir más rentabilidad en menos tiempo y a menor costo. Eso favorece la automatización.

La inteligencia artificial favorece ambos procesos: tanto el control de la fuerza de trabajo como la automatización de las fábricas. Y luego hay un último punto de cómo las tecnologías afectan a la relación. Si el trabajador lucha por soportar la entrada de máquinas y., si entran, con una serie de condiciones para los trabajadores y luego soportan las presiones para intensificar el tiempo de trabajo, luego aparece un mecanismo sobre el que no tienen control y que las tecnologías han facilitado en el medio de la pandemia: el ejército industrial de reserva. Existe un enorme pool de trabajadores que, cuanto mayor es, de manera empírica la tendencia a la caída de los salarios es mayor. Por lo tanto, es más fácil disciplinar a la fuerza de trabajo. La pones a competir entre sí. Y antes este ejército industrial de reserva aparecía como mecanismo de regulación de los salarios del capital de manera muy abstracta, pero aun más ahora cuando hay una competencia hacia la baja en los salarios de cada nación. Como cada persona puede acceder a una plataforma para encontrar trabajo de diseñador, de redactor, de editor web y de cualquier cosa, entonces lo que se hace es igualar salarios a la baja y permitir que se ejerza presión de los países del sur a las clases proletarias de los países del norte. Por ejemplo, la competencia que tiene lugar entre los trabajadores de Latinoamérica y España en determinadas áreas de la economía digital como puede ser la de trabajar en un call center, lleva a los salarios a la baja. Lo que observamos es cómo se está drenando desde los capitales centrales a las clases más bajas y cómo eso solo tiene como efecto que los capitales se concentren más arriba. Es como cuando crece una torre. Se está viendo ese proceso en el que las élites están ganando con la tecnología.

SF: Evidentemente la izquierda lo está problematizando a esto. Hay muchas vertientes que lo están haciendo. Acá estamos conversando sobre una y hay otras. ¿Es importante o es posible pensar a la infraestructura digital como un bien común, dado que hoy en día se está revalorizando la discusión sobre los bienes comunes?

EC: Tienes dos opciones: o entenderlas como una propiedad de una empresa privada -Sillicon Valley suele ser o una empresa nacional-, una propiedad individual, y ahí te conviertes en el sujeto ideal del neoliberalismo porque se sigue la libertad de mercado y la propiedad individual a rajatabla y se impone a través de mecanismos de broche y de contratación individual donde puedes hacer contratos inteligentes para trabajar como privado; o hay una propiedad colectiva, común. No hay más opciones. Entonces la propiedad común es la única visión que puede trascender a la propiedad capitalista, porque puede entender a los datos como parte de una infraestructura más amplia. Y puede entender los datos en base a sus propios contratos. Puede estar en un código que todas las personas accedan a esos datos en base a una serie de pautas muy bien explicadas a los ciudadanos donde se diga, por ejemplo: «tus datos van a ser usados para  mejorar la eficiencia energética, pero para mejorarla y no para que el contador de una empresa eléctrica privatizada te cobre más por monitorizar tu contador de luz, sino para que se puedan entender cuáles son las necesidades energéticas de la sociedad». Eso se puede hacer en el campo de la energética, repensar al big data como una infraestructura de bien común; en el ámbito urbano; se puede hacer también en el ámbito de la salud y de la educación. Pero solo puede contemplar los datos como un bien común en las infraestructuras que se crean como servicios públicos. Y eso solo se puede conseguir aboliendo la propiedad privada de los datos. Y que sea no solo un bien común como consumidor, sino que también como contrapartida que los datos o las plataformas que crean esos datos deben ser propiedad de los trabajadores. Las fábricas ya no tienen por qué ser propiedad de los trabajadores, pero sí las plataformas. 

SF: Si pensamos a la infraestructura digital como un bien común, ¿nos habilita a pensar que lo que experimentamos las últimas décadas fue una nueva especie de acumulación originaria?

EC: No sabría decirte que sí a esa respuesta. No le he dado tanta reflexión a la acumulación originaria como a otros conceptos en Marx. Sí es cierto, y esto es una hipótesis más parcial, que la acumulación originaria de datos puede terminar. Los datos ya han automatizado muchas cosas. El mero hecho de que haya diez mil personas en Filipinas dándole a un botón y reconociendo imágenes ya ha enseñado a los coches de Google a funcionar. Ya no necesita ese valor. Entonces ya ha aprendido, ya tiene capacidad propia y puede funcionar de otro modo. 

La acumulación primitiva de datos puede terminar y seguir existiendo el capitalismo, sin que el desarrollo de las fuerzas de producción entre en contradicción con las relaciones de propiedad capitalistas.

SF: A veces pensamos igualmente que esto surgió en los últimos quince años. Pero vos en un artículo de la revista VientoSur, mencionás dos experiencias de izquierda -con sus matices obviamente- como son la Unión Soviética de Kruschev y el Chile de la Unidad Popular. De alguna forma ambas intentaron introducir las nuevas tecnologías de las décadas de los 60′ y 70′ en la planificación. ¿Podrías contarnos un poco más de eso? 

EC: De hecho el debate que se da en la Guerra Fría tiene lugar en la planificación comunista de la economía y el sistema de precios y de mercado. Es un debate que se da en aquellos años pero no quiere decir que antes no existieran alternativas al capitalismo ni que no se hubieran desarrollado después. Esto nos muestra que existen alternativas al sistema.

Y que esas alternativas además pueden contemplar la planificación digital, o la planificación de la economía ayudada de las nuevas tecnologías. Lo que planteaba allí es el ejemplo de la Unión Soviética, que aparte de desarrollar una enorme cantidad de programas y crear una serie de organismos y colocar a técnicos para planificar la economía, al mismo tiempo esa economía dotó a China de las bases de su desarrollo tecnológico a través de transferencias tecnológicas. La URSS es el primer ejemplo de internacionalismo comunista con China, hasta que las relaciones se enfrían. China empezó a desarrollarse como alternativa al capitalismo actual de este modo. 

Esos ejemplos tratan de buscar la manera en que un órgano planificador central, un sistema de ecuaciones y operaciones matemáticas, pueda limitar los precios. Su última preocupación es la manera en que el sistema de precios puede operar. Ese era el gran debate de la Guerra Fría. Y ese es el gran debate que te permite moverte de un planificador central (modelo chileno: comunismo cibernético pero con una planificación central) a otro modelo distinto llevado a cabo por plataformas, donde ya no es, de manera técnica, la propia estructura de la empresa la que tiene mecanismos cibernéticos de planificación y que se coordina con otras empresas del mismo sector, sino que hay una plataforma, hay una estructura de empresa dada que es la plataforma en la que pueden darse distintas dinámicas, distintas organizaciones, siempre y cuando el objetivo sea el mismo. El objetivo es el de establecer un sistema de planificación que no está centralizado, sino que puede estar descentralizado de la manera que quieras porque la planificación de una economía se puede dar mejor desagregando los datos de una empresa que puede ser como Amazon, pero sin ser Amazon, donde cada persona lista los productos en su zona y allí se ve la capacidad productiva que hay y si no es suficiente hay un mecanismo que consigue producción de otro lado y así se van juntando lo que se produce con lo que se consume. Se puede dar de una manera más descentralizada y ahí es donde puede entrar otros tipos de herramientas para desanonimizar o para lo que sea. Ahí es donde se plantea una planificación de la economía, donde se dé de manera mucho más autónoma y donde no tenga que haber un sistema burocrático que da lugar a burocracias y que fue uno de los problemas de la URSS.

SF: Todo esto que describís es un poco la propuesta que vos defendés de la planificación automatizada, como una especie de utopía socialista para el Siglo XXI. Ya mencionaste algunos aspectos importantes, como los datos para la planificación de los servicios públicos. ¿Cómo explicarías el rol del Estado en eso y cómo explicarías los mecanismos necesarios para que el Estado no se constituya como una especie de casta burocratizada que es lo que, como describiste, ocurrió en la URSS?¿Cuál es la concepción de ciudadanía activa que debe enarbolarse?

EC: Más que ciudadanía, de sociedad civil. El Estado tiene que limitarse a coordinar que sea posible asegurar una capacidad computacional suficiente para que esas iniciativas descentralizadas puedan tener lugar. El Estado puede tener una labor no de dirección o de mostrar el camino a través de la rebaja fiscal o a través de liderar en foros internacionales para atraer inversiones extranjeras o startups que es la visión actual del Estado que hay en Francia y Alemania y que de algún modo defiende Mazzucato. Puede  tomar otra serie de labores como las que ha hecho China: controlar los capitales, tener algo que decir en la soberanía financiera del país, en estructurar sus sectores financieros a través de las Fintech para servir objetivos propios. Es decir el Estado puede tener una serie de decisiones en esos ámbitos, pero no en los ámbitos en los que tiene China, que tiene mecanismos de crédito social. El problema de eso no es que aumenta la vigilancia y el control, sino que básicamente encaminan a través de métodos financieros a los ciudadanos hacia la economía de mercado, en forma de capitalismo de mercado chino, que es autoritario.

Se puede establecer otro mecanismo distinto, donde se compartan determinadas labores estratégicas que no puede tomar un ciudadano y que incluso tampoco podría tomar un Estado, por lo que se necesitaría crear un organismo más amplio como la Unión Europea para establecer mecanismos de control de inversión, de compra de empresas, de protegerse de la rapíña capitalista en un Estado de transición y la manera de organizar y coordinar dejarla a los ciudadanos. La manera de coordinar la producción en manos de los ciudadanos. Y encargarse de otro tipo de garantías como que Google y Facebook no puedan operar en España porque tú no puedes garantizar que se respeten tus derechos de privacidad. El ciudadano, si el Estado no actúa, abre una aplicación y dice «acepto». ¡Y ahí vale todo! El Estado se debe asegurar de que eso no exista: eso es representar los intereses de la ciudadanía. Y dejar que de ese modo surjan otras iniciativas, o impulsarlas. Con contrataciones, proyectos industriales, pero ahí cambia la propiedad del capital.

SF: Esto igualmente es un proceso que puede darse o no, porque la historia siempre está abierta y va a ser crucial para su desenlace lo que siempre se ha llamado lucha de clases. Hoy en día, la lucha de clases no es impermeable a todas estas reconfiguraciones del capitalismo, a toda esta pérdida de derechos y capacidad de acción colectiva. Entonces para esta nueva utopía, ¿qué tiene que repensar la izquierda desde sus instituciones clásicas (partidos, sindicatos, movimientos sociales de los últimos años)?¿Hay que volver a pensar cómo los construimos y cómo intervienen? ¿O es mejor hacer una especie de borrón y cuenta nueva y crear nuevas formas de articulación de nuestras capacidades?

EC: A ver, hacer borrón y cuenta nueva es peligroso porque te impide aprender de los experientos pasados.  Y eso es algo que dio lugar a muchos de los problemas del comunismo. Yo no creo que haya que olvidarse de lo que ocurrió anteriormente sino que hay que aprender de sus problemáticas. Sabemos los problemas que generan los sindicatos actuales a la hora de movilizar de manera horizontal en torno a alguna idea a las bases. Sabemos que puede tener una idea de digitalización Comisiones Obreras (CCOO) o UGT en España pero el resto de la gente que participa en el sindicato no lo sabe, no sabe por donde remar. Entonces el sindicato acaba tomando una dirección, una postura sobre la digitalización porque cree que es lo mejor para los trabajadores cuando no, cuando está perfectamente alineado con los intereses del capital. Es otro burócrata más, o como lo entendían los teóricos del capitalismo corporativisita: como una empresa más al servicio del capital, Entonces sabemos que eso genera problemas, pero no creemos que los sindicatos sean una mala herramienta. Porque siempre es necesario encontrar poder. Para que exista un poder colectivo tiene que haber una forma de contraponerlo y de manera democrática organizar las decisiones. Las decisiones de un sindicato, en una era como la de las plataformas, no tienen que ir dirigidas a cómo se regulan los salarios, porque ya están regulados de manera algorítmica, sino a ver cómo se puede innovar en términos participativos dentro del sindicato o cómo se pueden promover innovaciones de los productos qyue esa fábrica lleva a cabo de una manera en la que prime principalmente el ahorro del coste de trabajo, es decir que el único fin de ese sindicato sea que cada vez que se introduce una tecnología nueva permita aumentar la productividad sin aumentar el tiempo y la intensidad de trabajo del actual, eso es garantizar los derechos en una economía automatizada. Y las organizaciones de la sociedad civil pueden nadar en una dirección contraria, no como entidades que reciben becas de las entidades gubernamentales para no salirse de la línea. Tienen que financiarse de otro modo. Y para eso tiene que haber un peso en lo público. No pueden los ingenieros y las ingenieras estar en las empresas privadas. Las mentes más brillantes que pueden llevar a cabo esta utopía no pueden estar en Google o en Facebook, o en Telefónica aquí en España. Tienen que estar en bibliotecas, en archivos, en centros nacionales de investigación. Tienen que tener esa capacidad para coordinar a todos los estratos. Y para llevar a cabo un desarrollo tecnológico propio y las aplicaciones diseñadas de forma distinta a las de Sillicon Valley.

Claro que puede existir el Estado, solo que hay que repensarlo de modos radicales, teniendo en cuenta las posibildiades que ofrecen las plataformas.

SF: ¿Ves que existan brotes de este nuevo tipo de resistencia? Por ejemplo los «falsos autónomos», los trabajadores de las empresas plataforma. ¿Cómo evaluas este proceso de crecimiento de esa rama de la fuerza de trabajo y  cómo se enfrentan a las opresiones particulares de su rama de producción?

EC: Para mí los trabajadores y trabajadoras de plataforma son la clase más creativa y más innovadora.Son la vanguardia de la lucha de clases en muchos casos. Puedes ver ejemplos en cómo los trabajadores de Deliveroo han colaborado con ingenieros para hackera la plataforma, cómo instagramers organizan acciones en redes para que un instagramer tengan mejores «me gusta» y así poder aumentar sus capacidades de negociación colectiva contra un explotador que le organiza como freelance. Eso, en la época de la hiperexplotación y la superplusvalía. Esta gente sabe movilizar sus energías y su imaginación para diseñar formas alternativas de resistencia. Solo que a) no están conectadas, no hay una conexión entre esas alternativas y ni siquiera entre las personas que pueden ayudar a hacer esas alternativas. Es decir que no hay una conexión entre la pequeña burguesía de desarrolladores y programadores y la clase proletaria porque no hay un programa común de ambas. Y eso se puede hacer y tiene que hacerse. Para mí se están haciendo cosas, solo que se tiene que propulsar. La conclusión no es otra que la organización. Nunca ha sido una cosa distinta. Solo que ahora hay otros mecanismos: mecanismos de feedback, que son capaces de llevar a partes distintas hacia la misma dirección. Pero tiene que haber una pequeña labor de organización. Tiene que haber gente que acepte el liderazgo, de dejarse su tiempo en coordinar a la gente. No como un puesto de mando, sino coordinar el reparto de tareas. La figura del coordinador social pude existir y es un puesto público.

Es un poco la línea de cómo se estructuran las alternativas.

SF: Bueno, la verdad que ha sido muy interesante esta charla. Te queremos agradecer el tiempo. ¿Querés agregar algo más que pienses que no hayamos tocado y que es importante?

EC: Ha sido muy completa. Pero hay que pensar que ya no es una lucha por los medios de producción. Es una lucha que abarca todo, que es la de la vida y el buen vivir. Las iniciativas van en ese dirección. La lucha contra el capital en su era digital fósil sigue siendo ir hacia el colapso, hacia administrar el fin de nuestros días. Si la lucha de clases no se decanta hacia un lado, la vida se destruye. También es una lucha por la vida y es algo de lo que tenemos que aprender mucho cuando queramos trazar alternativas.

SF: Muchas gracias.


Imagen: https://agendacomunistavalencia.blogspot.com/2019/07/entrevista-con-ekaitz-cancela-muchas.html