Disputar la Modernidad al Capital. Reseña de Inventar el futuro de Nick Srnicek y Alex Williams.

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Por Isidoro Cruz Bernal

La llegada de esta obra[1] al mercado argentino, aunque sea por la importación de su edición mexicana, es una excelente noticia. El libro representa una ampliación creativa de los argumentos desplegados por Srnicek y Williams en su célebre y discutido Manifiesto por una política aceleracionista. Acusados de vulgares deterministas tecnológicos e ingenuos creyentes en la religión progresista de las fuerzas productivas, Srnicek y Williams retornan con una exposición mucho más detallada de su postura. Si bien en su maniifesto de 2013 habían dejado claro que el redireccionamiento y aceleración de las tecnologías que expanden la productividad era un asunto que requería una decisiva intervención política, como es habitual, se lee con una desatención, probablemente intencionada, y hay que volver a decir las mismas cosas de otra manera. Inventar el futuro es la materialización de esa tarea pero con un feliz agregado de nuevas determinaciones y contenidos conceptuales. Es un libro imprescindible para cualquier persona de izquierda. Como muchos autores del pensamiento radical –el incansable Dave Harvey por ejemplo- Srnicek y Williams no retoman para sí denominaciones como socialismo o comunismo y prefieren hablar de poscapitalismo.

El argumento más general del libro es el siguiente: la izquierda radicalizada en todas sus variantes se encuentra situada en un lugar de comodidad –intelectual y militante- en el que no asume ningún riesgo. Debe retomar una perspectiva global, acorde a la magnitud del capital, y asumir la continuidad del proyecto moderno desde una gramática que subvierta el orden social existente. La política hoy dominante en la izquierda, que la inhabilita para asumir esta tarea, se expresa mediante conocidos síntomas. El más determinante es su incapacidad de proyectar perspectivas globales de transformación y su tendencia a recluirse en ámbitos y experiencias de lucha de pequeño o, a lo sumo, de mediano alcance.

En la enorme mayoría de los casos se limita a movilizaciones, muchas veces multitudinarias, en contra de los grandes poderes globales –como en el tiempo de las protestas contra la OMC comenzadas en Seattle en 1999- o contra los gobiernos nacionales de corte neoliberal. Pero carece de perspectivas mínimas respecto a qué hacer en concreto para redirigir a las sociedades hacia realidades políticas superadoras del orden social actual. El 2001 argentino es explícitamente citado como un ejemplo muy evidente de estos problemas. El otro ejemplo, más familiar para los autores, es la movilización desarrollada por Occupy Wall Street. En ambos casos las movilizaciones generaron efectos que no pudieron ser capitalizados en ningún aspecto por las fuerzas populares puestas en movimiento. Otro síntoma presente en las movilizaciones de las dos últimas décadas es que el recuerdo de un pasado verticalista y manipulatorio, presente en la era de los aparatos políticos de la izquierda de masas (socialdemócrata y comunista), ha llevado a una verdadera manía por el consenso y el rechazo a la construcción de decisiones políticas, que es vista como un ejercicio de autoritarismo por parte de los participantes. Esto último podía ser razonable a pocos años de la implosión del socialismo real pero se ha sedimentado como una cultura política que perpetúa indefinidamente a los procesos políticos en una infancia político-intelectual sin salida.

A este conjunto de síntomas (se pueden agregar otros pero pensamos que el punto está suficientemente clarificado) Srnicek y Williams lo llaman sarcásticamente la política folk. Esta política carece de programa, se limita a la pura resistencia, en el sentido más limitado que tiene esta expresión. Se podría decir que, para la política folk su único programa es el hacer[2] que se desprende de las prácticas de resistencia que llevan a cabo los explotados y expropiados. La política folk se limita a la resistencia. Pero una idea de la resistencia que, aun partiendo del carácter defensivo de toda resistencia, renuncia a la tarea de proyectarla políticamente. La política folk está enamorada de lo que es pequeño, particular y comunitario, desconfía, y hasta detesta, lo que percibe como universal, abstracto y que puede proyectarse globalmente.

Todo el libro es un rescate de la importancia de lo universal. Lo universal no está escindido de lo particular. Este es un momento necesario de la construcción política –la política folk no es criticada unilateralmente, se le reconoce un aspecto progresivo- pero que, por sí mismo, carece de posibilidad de proyección e incidencia político-social real. Lo universal no es pensado como una forma vacía ni como aquello que se impone como signo global de época sino como un horizonte que indica una perspectiva hacia la que ir, en la que son claras ciertas características positivas. Es decir, algo por qué luchar, lo que Ernst Bloch gustaba llamar utopías concretas. Esto va contra una dirección presente en la tradición marxista[3], que concebía que cualquier descripción o postulación de algunas características de la sociedad futura era un ejercicio indebido de socialismo utópico, ya superado por Marx y Engels. Si bien es cierto que los fundadores del socialismo científico renunciaron a cualquier postulación detallada y explícita sobre los rasgos de la sociedad socialista, esta decisión teórico-política no constituye un elemento inalienable o central de la mirada marxista. Y, tomando en cuenta los problemas que la izquierda internacional arrastra de la crisis de alternativa histórica que la caída del URSS y el bloque socialista de Europa del Este pusieron sobre la mesa, hoy parece difícil justificar la decisión de no pensar sobre las características que entraña un nuevo intento, que no sea fallido, de iniciar una transición al socialismo.

En ese sentido, la noción de universal hipersticioso, propuesta por los autores, es muy pertinente. Srnicek y Williams lo definen como un horizonte que empieza siendo una ficción, pero una ficción en el sentido de algo que todavía no es pero que se encuentra inscripto en las posibilidades reales de la historia. y que, de esa manera, pueden convertirse en una perspectiva para la acción histórica. Los universales son campos de lucha, que admiten negociaciones y disputas pero que también suponen grandes combates por la transformación global de la sociedad. El capitalismo es un universal, que ha logrado expandirse, a veces de manera racional y en otras de manera parasitaria y agresiva, generando la expropiación de los poderes genéricos de la especie humana. Solamente una lucha que tenga una mirada y una política global puede ser capaz de enfrentarlo eficazmente. La política folk tan amante de los particularismos y la cercanía, cultura dominante en la izquierda internacional[4], constituye un obstáculo para luchar con éxito contra el orden del capital.

Este rescate de lo universal es el paso decisivo que defienden los autores para proponer la perspectiva que defienden: un mundo postrabajo. Srnicek y Williams sostienen que la política folk se asocia, explícitamente o por su abstencionismo respecto a los poderes estatales, a la nostalgia por los treinta años gloriosos y el estado de bienestar. La utopía real que actúa en el seno de la clase obrera y el conjunto de las clases subalternas es la adoración nostálgica del keynesianismo y su compromiso de clase. La única salida real al neoliberalismo, para los autores, no es el retorno al estado de bienestar, que el capital rechaza (y es el actor principal de este arreglo social) y el uso neoliberal de las nuevas tecnologías dificulta en grado sumo. Es necesario pensar una nueva salida acorde a las realidades del capitalismo realmente existente. La apropiación neoliberal de la innovación tecnológica y el establecimiento del comando de las finanzas como cuartel general del capital han desarrollado una política de acoso al mundo del trabajo que ha multiplicado a un grado impensado la población excedente entre las clases subalternas. Este escenario determina la salida más general que defienden los autores: la búsqueda de una sociedad postrabajo, de avance a un desempleo pleno y de una automatización laboral generalizada. Una sociedad de esta clase sería la materialización concreta de la modernidad. Una modernidad de izquierda que es necesario oponer a la modernidad capitalista.

La propuesta sería un poco limitada si solamente plantease el horizonte del postrabajo y la automatización global. Esto se combina con la renta básica universal, con la edificación de un think tank global de izquierda que elabore un sentido común antineoliberal y el armado de una ecología de movimientos, partidos y grupos que  construya una contrahegemonía real al neoliberalismo. La propuesta supone una retroalimentación productiva entre estas instancias de contestación global. Un elemento importante de ese sentido común subversivo es el vigoroso ataque contra la ética del trabajo[5] planteada por los autores. El neoliberalismo ha conseguido suturar la disconformidad de las mayorías ante un trabajo cada vez más opresivo y despersonalizante, a partir de colocarlo como el centro de la actividad para cada individuo. La contracara de esta ética, casi suicida, del trabajo es la culpabilización individual por los fracasos, cuando la realidad indica que, en la mayoría de los casos, éstos están socialmente construidos.

El libro posee un instrumental bibliográfico rico y actualizado. Hay una utilización de la última teoría de Laclau sobre el populismo. Una utilización audaz, considerando al populismo, exclusivamente como un modo de agregación de rebeldías socio-políticas a partir de las demandas. En ese sentido, puede objetarse de que bastaba Gramsci para pensar una política de unidad de las clases y capas subalternas, más allá de que el modelo de las demandas equivalenciales de Laclau permite ver el problema-meta de la unidad popular con mucha claridad. Otro aspecto interesante es la construcción argumental de ciertos análisis particulares del texto, que sirven para sostener las tesis centrales pero que constituyen momentos muy logrados de la obra. Uno de ellos es el análisis, ya citado, de la ética del trabajo. Otro tramo muy agudo es un análisis elegante y estilizado de la población excedente y las fracciones que lo conforman.

Como en toda obra hay vacíos. La dimensión nacional de la lucha de clases está completamente afuera de su perspectiva. No le pedimos ninguna clase de especificidad a los autores, ya que las realidades nacionales difieren y plantean escenarios muchas veces disímiles. Pero sí sería necesaria alguna clase de mención y planteo de orden metodológico. Y, tratándose de lectores entusiastas de Gramsci, debería considerarse la categoría de lo nacional-popular, que está lejos de ser una característica privativa de la periferia sino que es un elemento irreductible a todas las formaciones sociales y, especialmente, a los movimientos y tradiciones que han generado en éstas. Otro elemento importante que está ausente del análisis es la estructura actual de la clase obrera internacional. Este es un defecto muy relevante, ya que deja afuera a los asalariados y al relevamiento a las formas contemporáneas de la extracción de plusvalor. Podemos ponernos en el lugar de Srnicek y Williams y entender que ellos buscan resaltar los elementos nuevos de la lucha de clases en la actualidad, donde la importancia de la población excedente es sustantiva. Pero esta decisión deja en las sombras la realidad específica de la explotación de clase, siempre opaca en las formaciones sociales capitalistas.

Inventar el futuro probablemente sea un clásico en las teorías radicales y las ciencias sociales. Combina una construcción conceptualmente sólida de los problemas tratados y una sorprendente imaginación sociológica y política en torno a las metas que propone para superar el capitalismo. Se ha instalado con pleno derecho en la conversación teórico-política de nuestro tiempo.


Notas

[1] Inventar el futuro: poscapitalismo y un mundo sin trabajo (2017) Ediciones Malpaso, México.

[2] En ese sentido, la obra más representativa de este espíritu es Holloway, John (2002) Cambiar el mundo sin tomar el poder, Buenos Aires, Ed. Herramienta. Para una crítica de esa obra puede consultarse nuestra crítica apenas salido el libro en el número 16 de Convergencia Socialista de México. www.convergenciasocialista.org.mx.

[3] Para evocar un ejemplo ilustre y notable de esta manera de pensar. “Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja” –escribe Trotsky en el prólogo a su Historia de la revolución rusa.

[4] Dejamos aparte a las organizaciones sobrevivientes de la izquierda revolucionaria de hace cuatro décadas.

[5] Una postura que los separa claramente del neoliberalismo pero también del peronismo, el stalinismo y hasta de los trotskistas que defienden el trabajo como una propiedad antropológica del género humano. Se nos dirá que esto fue planteado por el mismo Marx pero pensamos que esta afirmación no constituye una tesis central, sin la cual el materialismo histórico pierde algo esencial.